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 Asunto: El nido de Nyarlathotep: análisis de Las en las pare
NotaPublicado: MiĆ© Abr 14, 2021 8:01 pm 
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El nido de Nyarlathotep: análisi de Las en las paredes


El nido de Nyarlathotep: análisis de Las [rata?] en las paredes.




Las ratas en las paredes (The Rats in the Walls), publicado en la edición de marzo de 1924 de Weird Tales, y luego reeditado en la antología de 1939: El extraño y otro (The Ousider and Other), tiene uno de los títulos más sugestivo del multiverso lovecraftiano. Por un lado, probablemente sea dispositivo consciente para atraer a los lectores de Weird Tales; sin embargo, debajo de esa intención comercial se esconde un sutil guiño a Edgar Allan Poe, más precisamente a La caída de la Casa Usher (The Fall of the House of Usher). Allí, Roderick Usher comenta que su oído es tan anormalmente sensible que puede oír a las ratas en las paredes (ver: El Extraño de Lovecraft como secuela de La Casa Usher de Poe). También hay referencias sutile al cuento de o Irvin S. Cobb: La cadena sin romper (The Unbroken Chain); y a Más allá de la puerta (Beyond the Door) de J. Paul Suter.

Antes del análisis de Las rata en las paredes, hagamos un breve resumen de la historia; sin interpretaciones, solo hechos:

En 1923, Delapore [el narrador], último descendiente de la familia De la Poer, se muda a su finca ancestral en Inglaterra tras la muerte de su único hijo durante la Primera Guerra Mundial. Para consternación de los vecinos, restaura el finca, llamada Exham Priory. Después de mudarse, Delapore y su gato escuchan con frecuencia lo sonido de la ratas corriendo detrás de la paredes. Al investigar más a fondo, se entera de que su familia mantuvo una ciudad subterránea durante siglo, donde criaron generacione de ganado humano. Esto se detuvo cuando el antepasado de Delapore mató a toda su familia mientras dormían y abandonó el país. Enloquecido por las revelacione del pasado de su familia, Delapore ataca a uno de sus amigos en la oscuridad de lo túneles y comienza a devorarlo mientras divaga en una mezcla de Inglés Medio, latín y gaélico, antes de convertirse en una cacofonía de gruñidos bestiales. Posteriormente es sometido e internado en un manicomio. Poco después, Exham Priory e destruido y los investigadores deciden encubrir la existencia de la ciudad subterránea. Delapore mantiene su inocencia, proclamando que fueron la ratas, las ratas en la parede, quienes se comieron al hombre desaparecido.

Ante de la publicación de La llamada de Cthulhu (The Call of Cthulhu) se consideraba que el mejor cuento de Lovecraft era Las ratas en la parede, y en general se coincide con la explicación de que estas ratas son, en esencia, entidades sobrenaturale. Pero, lo son? Podemos confiar en el criterio de Delapore? Hay rata en Las ratas en las paredes?

H.P. Lovecraft rara vez recibe crédito por su sutileza. Fritz Leiber, por ejemplo, comenta elegantemente que Lovecraft emplea con mayor frecuencia la confirmación en lugar de la revelación en sus finales, y esto ciertamente se ajusta a Las ratas en la paredes, un cuento cuyo narrador, Delapoer, parece destinado a un final terrible en el momento en que se muda a Exham Priory (ver: Lovecraft contra los finale de mierda). Aún aí, Las ratas en la parede e, de hecho, una acabada muestra de sutileza. La historia tiene aparentemente dos tramas diferentes, una sobre una familia caníbal y otra sobre rata, y ninguna de las dos existe en el mismo nivel de realidad. Mientras que la primera es realista, la segunda es [o podría ser, para mantener las formas] fantástica.

La mayoría de los analistas de Lovecraft prefieren ver a los roedore de Delapore de una manera realista, pero hay elemento que apuntan hacia otra explicación, acaso más simple: El narrador está loco y las ratas provienen de su locura. Sin embargo, Lovecraft no hace ningún esfuerzo por esclarecer esta dos posibles explicaciones para las ratas, naturales o sobrenaturale, lo cual sitúa a Las ratas en las parede en el sutil territorio de la vacilación. E decir que, no importa tanto si las ratas son sobrenaturales o lo desvaríos de un loco, sino la incertidumbre entre las dos posibilidades. El estado ontológico ambiguo de las rata es, claramente, una muestra extraordinaria de la sutileza que muy pocos le adjudican a Lovecraft.

Repasemos algunas opciones:

a- Todo e verdad.

b- Delapore está loco.

c- Todo es verdad y Delapore está loco.

Instintivamente el lector ve a las ratas de Delapore a la luz de la filosofía materialista de Lovecraft. En cambio, Carl Jung tal vez podría insinuar que las ratas son la expresión de una mente trastornada, incluso que la exploración arquitectónica de los túneles e una especie de descenso simbólico al inconsciente colectivo (ver: Lo Subterráneo en la ficción). Por otro lado, Sigmund Freud quizás afirmaría que Exham Priory e algo más que un lugar físico, acaso una metáfora extendida de los diferentes estado mentales por los que atraviesa el narrador.

Dada la predominancia de la tres posicione que expusimos antes [a, b, c] vale la pena tomarse un tiempo para examinar la evidencia que las respalda. En general, hay do pilares principales, uno interno y otro externo al texto. La evidencia interna se deriva de la declaración textual de que solo Delapore puede escuchar a las rata. Ni Edward ni lo enfermero de Hanwell, el manicomio que eventualmente alberga al pobre y loco Delapore, escuchan al incesante correteo de los roedores:


Deberían saber que fueron la rata, la escurridiza e insaciables rata con su continuo ajetreo que no me deja conciliar el sueño, las endiabladas rata que corretean tra lo acolchado muros de la habitación en que ahora me encuentro y me reclaman para que las siga en pos de horrores que no pueden compararse con lo hasta ahora conocido, la ratas que ello no pueden oír, las ratas, las ratas de las parede.


La evidencia externa, por el contrario, proviene de la facilidad con la que Las rata en las parede se presta a la interpretación psicoanalítica, la cual generalmente tiene poca razones para aceptar cualquier intrusión de lo sobrenatural si no es a través de un velo simbólico. Hacerlo [quiero decir, aceptar que una rata es solo una rata, aunque demoníaca] evitaría la posibilidad de que Delapore, por ejemplo, represente las ansiedade patológicas de Lovecraft por la sangre corrupta (ver: El horror hereditario y la enfermedad de Lovecraft). De hecho, son mucho los intérprete de Lovecarft que vinculan a Las ratas en las paredes con un sueño analizado por Carl Jung [que Lovecraft nunca pudo haber leído], donde el analista suizo menciona que el inconsciente se estructura como una casa (ver: Casas como metáfora de la psique en el Horror). Cuanto más profundo se entra en esa casa, más primarios son lo miedo que uno descubre. Por lo tanto, las rata de la historia corretean por la propia estructura psicológica de Delapoer, son criaturas del apetito y el deseo, un vínculo con la naturaleza animal del hombre.

Desafortunadamente [porque estas interpretacione son muy interesante], la evidencia textual también lleva a la conclusión opuesta, es decir, la ratas son bastante reale. Si bien solo una persona puede escucharlas [Delapore], el pequeño grupo de gatos de Exham Priory puede sentirlas perfectamente bien. De hecho, las notan por primera vez el 22 de julio, un día ante que el narrador. Además, para el 24 de julio, la trampa para ratas se activaron simultáneamente, aunque no quedaba rastro de lo que había sido capturado y escapado. Por último, está la convincente evidencia histórica de 1610 sobre la dramática epopeya de las ratas. Tre meses después de que Walter de la Poer sellara Exham Priory, la hambrienta ratas de alguna manera escapan de los túnele y arrasan la aldea local.

Por tentador que sea analizar a las ratas y lo oscuros túnele debajo de Exham Priory en términos psicológico, la muerte de aves, gatos, perros, cerdos, ovejas e incluso dos desventurados sere humanos son evento materiales difíciles de ignorar. Con todo esto en mente, Delapore parece mucho menos loco de lo que los intérpretes psicoanalíticos quieren hacernos creer.

Sin embargo, entre estas do posicione [las ratas existen o Delapore es un lunático] se encuentra una tercera opción: la posibilidad de que ambas sean ciertas.

Tzvetan Todorov sostiene que, como género, lo fantástico surge en el momento preciso en que el lector duda entre las explicaciones naturale y sobrenaturales de un evento de la historia (ver: Lo Fantástico y la paradoja del Materialismo en la ficción). Como tal, lo fantástico es un género peligrosamente evanescente; existe sólo mientras dure esa incertidumbre, esa vacilación. Por supuesto, pocos relatos pueden sostener ese estado durante mucho tiempo.

Una de las pocas excepciones es Otra vuelta de tuerca (The Turn of the Screw) de Henry James. Curiosamente, antes de 1934, la mayoría de los lectores interpretaron la historia como sobrenatural. En El horror sobrenatural en la literatura, Lovecraft incluso elogió el aire verdaderamente potente de siniestra amenaza; representando la horrible influencia de do sirvientes muerto y malvados, Peter Quint y la institutriz Miss Jessel, sobre un niño y una niña que habían estado bajo su cuidado. Sin embargo, en 1934, Edmund Wilson, un crítico marcadamente hostil hacia el horror en general, propuso una interpretación que, hasta ahora, sigue siendo aceptada servilmente: lo fantasmas de Otra vuelta de tuerca son en realidad manifestacione psicológicas de los anhelo y neurosis sexuales reprimidos de la narradora.

En El horror sobrenatural en la literatura, Lovecraft le otorga al lector un papel vital en la comprensión de la atmósfera, de la sensación de pavor inexplicable y sin aliento dentro de un texto. La verdadera prueba de la ficción extraña, afirma Lovecraft, radica en si surge o no esta atmósfera de pavor, que ocurre con mayor frecuencia en contacto con lo sobrenatural [Al flaco de Providence, hay que decirlo, le disgustaban las historias de terror que explicaban sus horrores por medios naturale]. Para Todorov, Lovecraft se equivoca al permitir que su definición del género dependa exclusivamente del lector, en lugar de la cualidade estructurales inherentes. Como tal, Todorov sostiene que una vacilación en la lectura solo puede aplicarse al lector implícito del texto, nunca al lector real. Sin embargo, independientemente del tipo particular de lector propuesto, la teoría de lo fantástico de Todorov parece especialmente relevante para La rata en las parede, dada la evidencia interna contradictoria de la historia.

La mayoría de los crítico reconocen que el miedo al atavismo es la matriz de La ratas en la paredes. El desafortunado descenso de Delapore a las entrañas de Exham Priory, que termina en un retorno lingístico a lenguas antiguas, muertas hace mucho tiempo, indica la preocupación real de Lovecraft de que la regresión evolutiva pueda ocurrir en cualquier momento (ver: Lovecraft y las lenguas prehumanas). Inglaterra, para Lovecraft, representa el Viejo Mundo, una tierra repleta de horribles religiones de origen prehistórico, suprimidas (pero no erradicadas) por el cientificismo y la Ilustración. En contraste, Estados Unidos representa el Nuevo Mundo, un nuevo comienzo para Walter Delapore, quien en 1610 cruza el Atlántico huyendo de su familia de nigromantes. Sin embargo, cuando el narrador invierte la travesía transatlántica de su antepasado en 1923, Delapore simbólicamente reclama de algún modo su herencia, plagada de monstruo y atrocidade (ver: La familia extrañas de Lovecraft)

Este retorno constituye un tema central de Las ratas en las paredes, donde Lovecraft sugiere cuán fácilmente podría ocurrir una regresión atávica a pesar del superficial barniz de la civilización. La marcha del progreso, parece decir Lovecraft, es una quimera. Todas las civilizacione retrocederán hacia el primitivismo porque toda las entidade biológicas incluídas la familia y la cultura están sujeta al deterioro y a la degradación. Este catastrófico declive ciertamente afecta a los Antiguo con cabeza de estrella de En las montañas de la locura (At the Mountains Of Madness) y a lo pólipos voladores en La sombra fuera del tiempo (The Shadow Out of Time), que siguen el mismo camino de degeneración que los Delapore (ver: La tecnología de lo Antiguos). El ascenso, apogeo, declive y caída de la familia de nuestro narrador es un microcosmos de la trayectoria histórica que inevitablemente condenará a toda y cada una de las civilizaciones, de acuerdo a Lovecraft (ver: Lovecraft y la IA: el futuro e de lo Shoggoth)

La vacilación de Todorov hace que sea incierto dónde, exactamente, podría estar el límite entre lo real y lo irreal, lo cual crea una sensación vertiginosa de estar al borde del abismo. La ciencia y la razón son dos de las herramientas favoritas de la modernidad y, como tal, la modernidad rechaza por completo las supersticiones de época anteriore, en particular el freneí dionisíaco e irracional del éxtasi religioso. Promover una descripción naturalista de las ratas de Delapore, entonces, es ponerse del lado de la modernidad. Un Delapore loco, podríamos decir, es un Delapore seguro. Su aflicción es particular, aislada. Sin embargo, si las ratas son reales, entonces tambalea todo el edificio del positivismo moderno.

Lovecraft maltrata a los ancestros del narrador, como Gilbert de la Poer y Randolph Delapore, afirmando que se fueron entre los negros y se convirtieron en sacerdote vudú. Si la ratas son reale, entonces el narrador está siendo arrastrado contra su voluntad a un espiritualismo retrógrado. Se está convirtiendo en un acólito involuntario, en el sacerdote de un culto familiar cuyos orígenes prehistóricos se encuentran, posiblemente, en Nyarlathotep. Pero la evidencia textual contradictoria proporcionada por Lovecraft hace que lo lectores vacilen entre un narrador que está loco y un narrador horriblemente lúcido. Esta vacilación también nos deja preguntándonos cuán susceptible podría ser la humanidad moderna a la situación del narrador: si la civilización y su descontento conducen a cierta personas a la locura, o si la civilización misma será derribada, como el último heredero vivo de los Delapore, por fuerzas ancestrale, demoníacas, más allá de nuestro conocimiento.

La fugaz referencia a Nyarlathotep e desconcertante. Sin embargo, sabemo que el culto familiar e anterior a Gilbert de la Poer en 1261 d.C., e incluso a su integración con el culto de Cibeles durante el reinado de los Césare. Aunque el primer templo prehistórico conocido del culto se construyó contemporáneamente con Stonehenge, Delapore conjetura que eventos impensable deben haber ocurrido en el sitio hace mil, dos mil o diez mil años. Dada la evidente inmortalidad de Nyarlathotep, no hay razón para suponer que no haya presidido directamente esta fundación. El poema en prosa: Nyarlathotep (Nyarlathotep), menciona que este surgió de Egipto hace solo veintisiete siglos, pero los atributo de Nyarlathotep cambian con frecuencia entre los cuentos de Lovecraft. Las ratas en la paredes bien podría haber sido un intento temprano de una historia sobre el origen de Nyarlathotep que luego sería abortado. De hecho, esta versión primaria tiene muchos atributo de Azathoth (ver: El libro de Azathoth: lo pacto de sangre son una muestra de ADN para los Antiguos?)

Aún más importante, sin embargo, Sir William Brinton afirma inequívocamente que el túnel que conduce a Exham Priory ha sido cincelado desde abajo. Esto requiere algo, o alguien, poderoso y antiguo. La realidad de este túnel es innegable y constituye una prueba más de que las ratas de Delapore podrían ser reale. Durante su descenso final debajo de Exham Priory, se nos dice que el túnel de la ratas conduce a Delapore hasta las intrincadas cavernas del centro de la tierra donde Nyarlathotep, el enloquecido dios sin rostro, aúlla a ciegas en la más tenebrosa oscuridad al son de los acordes de dos necios y amorfo flautistas. De esas cavernas, Nyarlathotep excavó originalmente el túnel que conduce a Exham Priory; y, como Señor de las Rata, parece usar píquicamente a sus pequeños secuace para traer de vuelta a su último sacerdote vivo (ver: Lovecraft y el culto secreto de los Antiguos)

La vacilación de Todorov en La ratas en las paredes agrega un atributo único más al cuento. Existe un extraño consuelo en la certeza de que nuestra civilización sea tan precaria. Dado que los lectores saben que la humanidad está en una situación desesperada, el fatalismo e tan razonable como la locura. En Las ratas en las paredes, sin embargo, nuestra vacilación entre explicaciones naturale y sobrenaturales elimina el triste consuelo del fatalismo. Si las ratas se derivan de la propia imaginación desordenada de Delapore, podemos dar un suspiro de alivio. Aunque nuestra civilización probablemente colapse algún día, podemos dejar que nuestros tataranietos se preocupen por eso. Sin embargo, si la ratas son reales, y además son los vehículos de un dio pagano, entonces surge la posibilidad de que la civilización, en este momento, esté amenazada. El colapso no ocurrirá después de un proceso de declive de siglo. Hay fuerzas que existen actualmente, solo esperando ser liberadas, y no podemos saber cuándo atacarán (ver: Horror Cósmico: el universo conspira para destruirnos)

Las rata en la parede ofrece un chispazo de esperanza a sus lectores. Si lo deseamos, podemos convencernos a nosotros mismo de que rata de Delapore son simplemente alucinacione en lugar de vehículos sobrenaturales que inevitablemente traerán de vuelta a Nyarlathotep.

En este punto podemos preguntarnos: Lovecraft introdujo deliberadamente estas dos explicacione igualmente plausibles pero acaso incompatibles? No lo creo [aunque eso no significa nada en realidad]

Lovecraft se burla a cada paso de los lugares comunes de la literatura gótica en La ratas en la parede. Cómo? Multiplicándolos. La historia está repleta de clichés como huesos ensangrentado, asesinatos secretos, y hasta un gato cuyo comportamiento anuncia la presencia de lo sobrenatural. Tales elementos de parodia, por suaves que sean, sugieren a un autor joven que se está divirtiendo un poco y no a alguien que trata seriamente de evocar el terror atmosférico. Pero, como vimos en la historia de la recepción de Otra vuelta de tuerca, la intención original de un autor no tiene por qué afectar el resultado.

Uno tiende a pensar en Lovecraft como un autor que estaba en todo los detalle, pero lo cierto es que a veces era bastante indiferente sobre la consistencia de los hecho que narraba, sobre todo en esta etapa juvenil; por ejemplo, cuando Delapore habla gaélico en lugar de cymric [un dialecto céltico] durante su descenso lingístico al atavismo. Cuando Robert E. Howard cuestionó este punto en una carta a Lovecraft [por cierto, su primera carta a Lovecraft, lo que se dice un atrevido], Lovecraft admitió haber creído que nadie se daría cuenta.

Aún así, tale inconsistencia tienen poco impacto en resultado. Las ratas en la paredes es un cuento que nos permite ver a las rata como producto de los engañoso desvarío de Delapore, como la manifestación psicológica de una neurosis más profunda, o como auténticas entidades sobrenaturales que guían al narrador hacia una terrible fatalidad. Como tal, La rata en las paredes crea un efecto estético muy intersante, y normalmente ausente en el horror cósmico, donde el pavor atmosférico depende de la diferencia de escala entre los humanos y el universo (ver: Horror Cósmico: qué e, cómo funciona, y por qué el tamaño sí importa)





H.P. Lovecraft. I Taller gótico.


Más literatura gótica:
El artícul*: El nido de Nyarlathotep: análisis de La [ratas?] en la parede fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a ***.com


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 Asunto: El dolo de las Moscas: Jane Rice; relato y análisis
NotaPublicado: Vie Abr 30, 2021 10:53 pm 
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El dolo de las Moscas: Jane Rice; relato y análisi.




El dolo de las Moscas (The Idol of the Flie) es un relato de terror de la escritora norteamericana Jane Rice (1913-2003), publicado originalmente en la edición de junio de 1942 de la revista Unknown Worlds, y luego reeditado por Alfred Hitchcock en la antología de: Historias que mi madre nunca me contó (Storie My Mother Never Told Me).

El dolo de las Moscas, sin lugar a dudas uno de los mejores cuento de Jane Rice, relata la historia de Pruitt, un niño malcriado que tiene el pernicioso hábito de invocar regularmente a Asmodeo.

SPOILERS.

Si existiera un subgénero del terror dedicado exclusivamente a los niños maligno, Pruitt, el protagonista de El dolo de las Moscas de Jane Rice, sería el más demoníaco de todos.

Pruitt es un niño huérfano que vive con su tía, enferma y extremadamente ingenua. Su tutora, la señorita Bittner, tiene algunos problema de audición, y un miedo mortal a las mosca. El chico, hay que decirlo con claridad, e un pequeño monstruo, vicioso y sádico. Entre sus actividades preferidas está la tortura de animales, como empalar pequeños lagarto y arrancarle las alas a las mosca para luego agregarlas a la limonada de la señorita Bittner. Entre otras simpáticas bromas juveniles, le rompe la espalda a la cocinera, colocando una cuerda en la escalera del sótano, e intenta asfixiar a su tía colocando cáscaras de nuez en la preparación de sus galleta favoritas. Ciertamente es eficaz a la hora de planear su tropelía. Muy eficaz; de hecho, ha planeado tan cuidadosamente el asesinato de su padre que nadie ha sospechado de él.

Ahora bien, Pruitt ha creado una especie de culto exclusivo al mal, representado en una estatuilla con forma de mosca, a la cual le reza diariamente. Esta entidad, el dolo de las Moscas, al parecer responde a esa adoración ayudándolo en su diabólicos plane. No obstante, cada vez que le reza a la estatuilla, Pruitt entra en una especie de trance, de ensueño, donde intenta atrapar unas criatura onírica con forma de renacuajo (ver: Vermifobia: gusanos y otro anélido freudianos en la ficción). Y un día lo hace. Entonces se nos revela que el culto infantil al dolo de las Mosca ha despertado la atención de Belcebú, el señor de las mosca.

Pruitt y las mosca que adora destruyen el equilibrio ecológico del hogar. En efecto, la presencia intrusiva y violenta de Pruitt no solo evidencia el nacimiento de un joven psicópata emergente que usa mosca para aterrorizar a la mujeres en el hogar, sino de la ausencia de herramientas en los adultos para enfrentarse al mal cuando su intérprete es un niño (ver: Horror Doméstico: cuando lo desconocido se cuela por las grieta de lo cotidiano)

En cierto modo, El dolo de la Moscas de Jane Rice e una inversión del relato clásico de Saki: Srendi Vashtar (Srendi Vashtar), donde un niño frágil y sensible crea una religión personal para escapar del dominio de su tía solterona. Aquí, Pruitt no es exactamente un amante de los animale ni es frágil. Su religión personal no se centra en un hurón cautivo, sino en un fetiche hecho de cera y alquitrán que mantiene escondido en un cobertizo, y su crueldad se extiende a los humanos que trabajan para su rica pero débil tía. Los actos de Pruitt son tan aberrante que incluso ofenden a la entidad demoníaca que adora intuitivamente, y e destruido por ella, con la colaboración de los insectos y otra pequeñas criaturas que ha estado torturando.

La maldad de Pruitt no parece tener causa. En cierto punto imaginamos que sus actos constituyen un exagerado acto de rebeldía por la muerte de su padres, pero luego nos enteramos que él mismo ha sido la causa de su muerte. Este es, quizás, el aspecto más interesante de El dolo de las Mosca: la posibilidad de que un niño esté genéticamente predestinado a convertirse en un psicópata. En contraste, los adultos que conforman el mundo de Pruitt parecen estar ciegos ante esas tendencia. Bueno, no todos. La cocinera y el jorobado saben perfectamente de lo que es capaz. Ambo extremos, el mal y la inocencia, parecen necesitarse mutuamente para existir.

Por momentos, la prosa de Jane Rice es cruda y sofisticada al mismo tiempo, y esa combinación funciona a la perfección. Cuando uno se va acostumbrando a su estilo, de repente irrumpen párrafos extraordinarios que cortan la respiración, y que en cierta forma cierran los presagios que la autora ha dejado ocultos aquí y allí: la artimaña con la limonada, las reflexiones de la señora Bittner, las cáscaras en la galletas, la muerte de los padre de Pruitt, la trampa para la cocinera. Jane Rice deja un rastro de migas que permite que la realización de cada pequeño crimen de Pruitt tenga mayor impacto.

Lo que eleva al El dolo de las Mosca por encima de todo eso, sin embargo, es el ritual imaginario de Pruitt, el cual termina invocando a Asmodeo durante este trance, este estado de ensoñación, que Pruitt llama tiempo de no pensar. La naturaleza viscosa y sensible de los pensamientos que Pruitt ve en sus sueño representados como renacuajos, y sus esfuerzo por capturar uno, son elemento profundamente significativo. Todavía no estoy seguro de qué hacer con ellos. Parecen una contribución tan original que me pregunto si Jane Rice no los tomó de su experiencia personal (ver: Los sueños como subrutina del subconsciente en la ficción)

No sabemo si esta entidades son el producto conciente de Pruitt o una especie de artimaña de Asmodeo para atraer al niño hacia lo más profundo de su psique. A propósito, también es interesante la versión de Asmodeo [aquí es un epíteto de Belcebú] que presenta Jane Rice, la cual es simplemente aterradora, lejos del estereotipo del demonio que busca hacer tratos a cambio de minucia (ver: El libro de Azathoth: lo pactos de sangre son una muestra de ADN para los Antiguos?)

También podemos pensar que la psicopatía de Pruitt, la cual toma la forma de un culto satánico personal, en cierto modo es estimulada por el negacionismo de los adultos. O más aun, que la fobia a las moscas de la señorita Pruitt eventualmente tuvo un efecto catalizador en el chico. El miedo de una persona [en este caso, a las moscas] puede desencadenar [o enfocar] las habilidades sobrenaturale de otra en función de eso miedos? Es una interpretación provocativa, sin dudas. Hay cosas en el mundo que no son evidentes para la observación cotidiana, pero cierta circunstancias quizás pueden activar el potencial latente en ciertas personas. A su vez, este potencial podría verse afectado por las motivaciones e intencione individuales, en este caso, por la psicopatía de Pruitt.

El mundo que Jane Rice insinúa en El dolo de las Mosca es más interesante que la historia que se desarrolla en él. En definitiva, Pruitt es un psicópata que se destruye a sí mismo al derrochar poderes que no comprende, que bien pueden ser sobrenaturales como parte de su psique retorcida, tal es aí que su muerte resulta casi reconfortante. Pero la visión del mundo que revela El dolo de las Mosca es mucho menos tranquilizadora. Algunos de los actos malignos de Pruitt pueden explicarse sin recurrir a lo sobrenatural [la muerte de sus padres, la caída de la cocinera], pero otros no: la tutora rompiendo su audífono, la invasión de moscas al final, la misteriosa cita sobre Belcebú en el libro que la señorita Bittner está leyendo.

John W. Campbell, quien es conocido por impulsar la carrera de autores como Isaac Asimov, Robert A. Heinlein y Theodore Sturgeon, entre otro, consideraba a Jane Rice la mayor estrella de Unknown World, y elogiaba su prosa con entusiasmo. Desde aquí, en El Espejo Gótico, suscribimo esa opinión, y también lamentamos que, al menos por ahora, solo hayamos traducido dos relatos de Jane Rice: El dolo de las Moscas y El refugiado (The Refugee).




El dolo de las Moscas.
The Idol of the Flie, Jane Rice (1913-2003)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Pruitt vio una mosca en la esquina de la mesa. Se mantuvo muy quieta. Limpiaba sus ala con movimientos cortos de sus patas traseras. Pruitt pensó que se parecía al marido de la cocinera del restaurante al que solían ir. Odiaba ese restaurante. Lo odiaba casi tanto como a la tía Mona. Pero odiaba sobre todo a la señorita Bittner.

Levantó la cabeza y enseñó los dientes en la nuca de la señorita Bittner. Odiaba la forma en que ella se quedaba allí borrando la pizarra en grande círculos. Odiaba la forma en que sobresalían sus omóplatos. Odiaba el gran peinetón metido en su fino cabello, no lo suficientemente profundo, de modo que parte del cabello ondeaba. Y odiaba la forma en que ella lo colocaba alrededor de su rostro cetrino para ocultar ese pequeño artilugio prendido de sus enorme lóbulos. Le gustaban eso lóbulos, y el artilugio, porque la señorita Bittner los odiaba.

Fingía que no le importaba ser sorda. Pero le importaba. No le costaba ponerla nerviosa. Era fácil. Todo lo que tenía que hacer era abrir bien los ojos sin pestañear. Era deliciosamente simple. Demasiado simple, tanto que ya no era divertido.

Se alegró de haber descubierto lo de las moscas. La señorita Bittner colocó el borrador precisamente en el centro del canal de la pizarra, se limpió el polvo de las mano y se volvió hacia Pruitt.

Pruitt abrió mucho lo ojos y la miró sin pestañear. La señorita Bittner se aclaró la garganta con nerviosismo.

Eso será todo, Pruitt. Mañana comenzaremos con lo derivados.

Sí, señorita Bittner dijo Pruitt en voz alta, formando meticulosamente las palabras con lo labio.

La señorita Bittner se sonrojó. Enderezó el cuello de su vestido.

Tu tía dijo que podría darte un baño.

Sí, señorita Bittner.

Buenas tardes, Pruitt. Té a la cinco.

Sí, señorita Bittner. Buenas tardes, señorita Bittner.

Pruitt bajó la mirada hasta un punto a tres pulgadas por debajo de las rodillas de la señorita Bittner. Permitió que una leve expresión de sorpresa controlada arrugara su frente. Involuntariamente, la señorita Bittner miró hacia abajo.

Pruitt, rápido como un relámpago, pasó la mano por la mesa y recogió la mosca. Cuando la señorita Bittner volvió a levantar la cabeza, Pruitt la miraba con indiferencia.

Hay un poco de limonada en la parte superior de la nevera del porche trasero. Puedo tomar un poco?

Sí, Pruitt, puedes.

Pruitt cruzó la habitación hacia la puerta.

Pruitt.

Pruitt se detuvo, giró lentamente sobre sus talone y miró sin pestañear a su tutora.

Sí, señorita Bittner?

Recordemos no cerrar la puerta mosquitera, de acuerdo? Eso molesta a tu tía, ya sabes.

La señorita Bittner torció sus pálidos labio en lo que creyó erróneamente que era la sonrisa de un conspirador amistoso.

Pruitt la miró fijamente.

Sí, señorita Bittner.

Está bien dijo Clara Bittner con falsa cordialidad.

Eso es todo, señorita Bittner?

Sí, Pruitt.

Pruitt, sin relajar su mirada de basilisco, contó hasta doce, luego se volvió y salió de la habitación. Clara Bittner miró un buen rato la puerta vacía y luego se estremeció. Si hubiera sido presionada para dar una explicación de ese escalofrío, no podría haber dado una respuesta satisfactoria.

La señorita Bittner era una acérrima defensora de la psicología. Había tomado un curso de verano hace diez año y, como le gustaba repetir, había recibido las calificaciones más alta de la clase. Nunca se le ocurrió que esto se debía a su capacidad para memorizar párrafos enteros y ser capaz de trasladarlo a sus exámene sin haber asimilado nunca lo núcleo de pensamiento contenidos en ello.

La señorita Bittner se agachó y desató un Oxford. Exhaló un suspiro de alivio. Se sentó erguida, se bajó el vestido por la espalda y luego sintió con las yemas de los dedos el cordón negro y gomoso que colgaba contra su cuello. La señorita Bittner suspiró de nuevo. Un zumbido en una de la ventana llamó su atención.

Se dirigió a un armario. Tomó un matamoscas de alambre, se acercó a la ventana, se echó hacia atrás, cerró los ojos y dio un golpe. La mosca, muy maltratada, cayó al suelo. Yacía sobre sus alas, con las pata dobladas. Desenganchó la pantalla y con el extremo del matamoscas instó a salir delicadamente al cadáver.

Uf dijo la señorita Bittner.

Y si la señorita Bittner hubiera sido presionada para dar una explicación de eso, uf, ella tampoco habría podido encontrar una respuesta satisfactoria. Era extraño lo que sentía por las moscas. La afectaban tanto como lo habrían hecho las serpientes de cascabel. No era que tuvieran gérmenes, o que su ojos fueran de un naranja rojizo y, según había oído, reflejaban la luz como un prisma; no era que tuvieran la odiosa costumbre de regurgitar una gota de su última comida antes de empezar con una nueva; no eran las patas peludas y torcida, ni la probóscide; era... bueno, era la criatura misma. Posiblemente, la señorita Bittner podría haber dicho, sonriendo para demostrar que realmente no lo decía en serio, tengo fobia a las moscas.

La verdad era que le tenía miedo. Miedo de muerte. Como alguna personas tienen miedo a las áreas cerrada, como otra tienen miedo a las alturas, la señorita Bittner tenía miedo a las mosca. Infantilmente, sin sentido, pero horriblemente.

Devolvió el matamoscas al armario y de inmediato se frotó la mano en el fregadero. Era extraño, pensó, cuántas moscas había encontrado últimamente. Casi parecía como si alguien estuviera desviando deliberadamente un canal de mosca en su dirección. Sonrió para sí misma ante este estúpido capricho, se secó las manos y se arregló el cabello.

Ahora iría por un poco de esa limonada. Estaba complacida de que Pruitt lo hubiera mencionado. Si no lo hubiera hecho, no habría sabido que estaba allí y le encantaba la limonada.

Pruitt estaba en lo alto de la escalera. Trabajó convulsivamente las mandíbula, luego frunció la boca, se inclinó sobre la barandilla pulida y escupió. El glóbulo de saliva se alargó hasta convertirse en una lágrima en forma de pera y se aplastó con un golpe húmedo en el suelo de abajo.

Pruitt bajó las escaleras. Podía sentir cómo la mosca se movía furiosamente en su cálida y húmeda prisión. Se llevó la mano fuertemente curvada a los labios y sopló en el túnel formado por el pulgar y el índice. La mosca se aferró con fuerza a su palma arrugada. Al pie de las escalera, Pruitt se detuvo el tiempo suficiente para exprimir cada una de las pequeñas bolas verdes en los extremo del helecho que estaba en una maceta de cobre. Luego entró en la cocina.

Dame un vaso le dijo a la mujer de amplios pechos que estaba sentada en un taburete recogiendo frutos secos y poniéndolo en un cuenco de cristal.

La mujer se puso de pie.

Decir por favor no te hará daño dijo la mujer.

No tengo que decirte nada. Tú eres la cocinera.

La cocinera se puso las mano en la caderas.

Lo que necesitas es una paliza dijo sombríamente. Una buena paliza.

A modo de respuesta, Pruitt arrebató la bolsa de papel con cáscaras y deliberadamente la arrojó en el cuenco de frutos secos ya pelado.

La mujer hizo movimiento inútil por impedirlo. Su rostro pesado se llenó de una ola de color intenso. Abrió la mano y la levantó en un arco oscilante.

Pruitt plantó lo pies firmemente en el linóleo y dijo en voz baja:

Gritaré. Ya sabes lo que eso le hará a mi tía.

La mujer sostuvo su mano así por un segundo y luego la dejó caer sobre su delantal.

Mocoso siseó ella. Escurridizo, mocoso de ojos rosados!

Dame un vaso.

La mujer se acercó a un estante del gabinete, tomó un vaso y sin decir palabra se lo entregó al niño.

No quiero ese dijo Pruitt, quiero, ese Señaló el gemelo idéntico del vaso en el estante superior.

Silenciosamente, la mujer empujó una escalera corta de cocina hasta el armario. Silenciosamente, la subió. Silenciosamente, entregó el vaso designado. Pruitt lo aceptó.

Voy a decirle a la tía Mona que te andaba descalza otra vez.

La mujer bajó la escalera, la guardó y volvió al cuenco.

Lo haré dijo Pruitt.

La mujer siguió sacando las cáscara de las nuece.

Apestas dijo Pruitt.

La mujer siguió sacando las cáscaras de las nueces.

Realmente apestas, como Harry.

La mujer siguió sacando la cáscara de las nuece.

El chico tomó su vaso y se dirigió al porche trasero. La cocinera lo tenía entre ojos, pero ella no se quejaría. La tía Mona les permitió quedarse durante el invierno sin pagar el alquiler, sin nadie más que ellos mismos para cuidar, y Harry era un lisiado que no podía ganarse la vida. Ella no se atrevería a quejarse.

Pruitt levantó la jarra de limonada y se sirvió un vaso. Se bebió la mitad y dejó que el resto goteara por una grieta, sosteniendo el vaso cerca del suelo para que no goteara. Al secarse, quedaría dulce y pegajoso. Mucha moscas.

Recién entonces relajó su mano y hábilmente liberó a su cautivo. Tarareó furiosamente. Le arrancó una de las alas y dejó caer al insecto mutilado en la limonada. La criatura pataleó ineficazmente, se quedó en quieta, volvió a patalear. flotando sobre la superficie del líquido, hundiéndose hacia un lado, con el ala restante extendida como una vela inútil.

El chico la atrapó y la empujó hacia abajo.

Te bautizo: Señorita Bittner dijo.

Soltó su agarre y la mosca apareció en la parte superior con un trozo de pulpa de limón en su espalda. Pataleó de nuevo, débilmente, y se quedó quieta.

Pruitt volvió a poner la limonada y abrió la puerta mosquitera. La tiró de modo que el resorte tintineara en protesta. Se soltó y bajó lo escalones de un salto. La puerta se abrió con un fuerte golpe detrás de él. Ese fue el final de la siesta de la tía Mona. Se puso en cuclilla y escuchó. Una sombra de nube flotaba sobre la hierba. Una mariposa se balanceaba insegura sobre una hoja cerosa y se alejaba revoloteando, siguiendo su propio rastro de aire errático.

Un insecto de junio tamborileó a través de la cálida tarde, su vientre blindado como una brillante botella verde a la luz del sol. Pruitt desmenuzó el cono de un hormiguero y observó la excitada maniobras de sus habitantes. Se oyó el lento arrastre de pasos en algún lugar arriba: la apertura de una contraventana. Pruitt sonrió.

La cocinera subiría do tramos de escaleras para llevarle hielo a la tía. Por qué no dejaba que la tía Mona llenara su propia maldita bolsa de hielo?

Habría tiempo para entrar y volver a mezclar la cáscaras de nueces. Pero no, podría encontrarse con la señorita Bittner preparándose un bocado para acompañar la limonada. Podría adivinar su asunto con la mosca. Además, se había demorado demasiado. Tenía asuntos que atender. Negocios serios.

Se levantó, se estiró, apretó los talones en el hormiguero y se alejó en dirección a la casa de baños.

Dos veces se detuvo ante un petirrojo regordete, arrojándole alguna piedras, y una vez se congeló como una estatua cuando hubieron un movimiento en el camino frente a él. Su ojos rápido se clavaron en un sapo agachado, sus lados abultados entrando y saliendo, entrando y saliendo, entrando y saliendo, como un fuelle en miniatura.

Pruitt partió sigilosamente una ramita.

Dentro y fuera, dentro y fuera, dentro y fuera.

Pruitt se inclinó hacia adelante.

Dentro y fuera, dentro y fuera, dentro y fuera.

Podía ver lo dedo de los pie muy separado, las manchas en su piel fría.

Dentro y fuera, dentro y fuera.

Podía ver los músculos de las piernas se tensaron mientras el sapo se preparaba para dar otro salto. Pruitt saltó como una pantera y bajó la mano. El sapo emitió un grito agudo y agónico.

Pruitt se puso de pie y miró al sapo con diversión. La ramita sobresalía de su espalda inclinada. El animal ensayó un salto inestable, dejando una mancha oscura a su paso. De nuevo saltó. La ramita permaneció firmemente erguida. El tercer salto fue más corto. Apenas de su propia longitud. Pruitt lo hundió en la hierba con el zapato. Entraban y salían los costados del sapo, entraban y salían, entraban y salían, entraban mientras Pruitt se iba.

El hombre lisiado que remendaba su red de pesca en el muelle de madera sintió sus pasos acercándose. Con tanta prisa como se lo permitió su atormentada columna, el hombre se puso de pie. Pruitt escuchó el ruido y aceleró el paso.

Hola dijo inocentemente.

El hombre asintió con la cabeza.

Sí, señor Pruitt.

Remendando sus redes?

Sí, señor Pruitt.

Supongo que el muelle e un buen lugar para hacerlo.

Sí, señor Pruitt.

El hombre se pasó la lengua por los labio y sus ojos recorrieron rápidamente los alrededores, como si buscara un medio de escape.

Pruitt raspó con el zapato la tablas de madera.

Excepto que todo tiene escamas de pescado dijo en voz baja, y no me gustan las escamas de pescado.

La nuez del hombre se movió hacia arriba y abajo mientras tragaba tre vece en rápida sucesión. Se secó las manos en los pantalones.

Dije que no me gustan las escamas de pescado.

Sí, señor Pruitt, no quise

Aí que supongo que será mejor que lo limpie para que ya no haya escamas de pescado.

Señor Pruitt, por favor, yo no...

Su voz se apagó cuando el chico tomó un extremo de la red.

Nunca más escama de pescado dijo Pruitt.

Cuidado suplicó el hombre, se enganchará en el muelle.

No voy a engancharla dijo Pruitt, sonriéndole a Harry. Porque si la enganchara, la sacaría de nuevo y luego habría más escamas de pescado, y no me gustan las escamas de pescado apretando la red en sus puños, la arrastró hasta el borde del muelle. Así que la arrojaré al agua y luego supongo que no habrá más escama de pescado.

La mandíbula de Harry se aflojó con asombrada incredulidad.

Señor Pruitt... comenzó.

Me gusta esto dijo Pruitt, soltando la red en el agua.

Con un grito inarticulado, el hombre se arrojó torpemente sobre las tablas en un vano intento de recuperar su propiedad, que se desvanecía lentamente.

Ahora no habrá más escama de pescado dijo Pruitt. Nunca más.

Harry se puso de rodillas. Su rostro estaba pálido. Durante un minuto miró a su torturador. Luego luchó por ponerse de pie y se alejó cojeando sin decir una palabra. Pruitt consideró su postura deformada con ojos de conocedor.

Harry es un jorobado cantó infantilmente. Harry es un jorobado, Harry es un jorobado.

El hombre siguió cojeando, con su camisa tosca estirada sobre su espalda deforme. Una curva en el camino lo ocultaba de la vista.

Pruitt abrió la puerta de la casa de baño y entró. Cerró la puerta detrás de él y echó el pestillo. Esperó hasta que sus ojo se acostumbraran a la penumbra, después de lo cual se acercó a un catre contra la pared, levantó su colcha de cretona descolorida, palpó debajo y sacó do caja. Se sentó y profundizó en su contenido.

Sacó una rebanada de pan, cuatro clavijas y sei velas de cumpleaños que parecían mordisqueadas. Colocó el pan encima de las clavija, las vela las dispuso en semicírculo. Contempló el resultado con aprobación. De otra caja sacó un objeto grotesco compuesto de alquitrán. Se posó temblorosamente sobre las pata de una tubería, con dos tiras de celofán a sus costado y una banda de goma negra que colgaba hacia debajo de una especie de cabeza incrustada.

El observador casual habría visto en esta escultura lo toscos esfuerzos de un niño por emular las características de la mosca doméstica común. El observador casual, si se hubiera sentido inclinado a continuar con su observación, también habría visto que Pruitt estaba de humor. Incluso podría haber observado en voz alta:

Ese niño parece positivamente febril. No debería permitírsele jugar con fósforo.

Pero, por el momento, no hubo ningún observador casual. Sólo Pruitt, absorto en encender las vela de cumpleaño. Depositó la escultura sobre el pan. Se sentó con las pierna cruzadas, la barbilla hacia abajo y los brazo cruzados. Se mecía de un lado a otro. Comenzó a cantar. De vez en cuando ponía lo ojos en blanco, pero sólo de vez en cuando. Había descubierto que, si lo hacía con demasiada frecuencia, se mareaba.

Oh, dolo de las Mosca entonó Pruitt, hahnee-mahneemo Se rascó el tobillo con aire pensativo. Hahneeweemahneemo mejoró. Haz que la limonada se seque en la grieta del porche trasero, y haz que la señorita Bittner encuentre la mosca chamuscada después de que ya haya bebido un poco, y haz que la cocinera baje al sótano por un poco de mermelada y caiga sobre la cuerda que até en la escalera. Haz que la tía se ahogue con un pedazo de cáscara en sus nuece. Que antes tosa como en el infierno Pruitt reflexionó sobre esto. Infierno dijo, infierno, infierno, infierno, infierno, INFIERNO.

Meditó en silencio.

Supongo que eso e todo dijo finalmente, excepto que tal vez sea mejor que llene mi cazador de mosca en caso de que tengamos galletas de grosella para el té. Hahneeweemahneemo, oh, dolo de la Moscas, eres libre de irte!

Pruitt fijó la mirada en la distancia. Inmóvil, apenas respirando, con lo labios entreabiertos, se acurrucó sobre las tablas desnudas: una pequeña esfinge con pantalone cortos de color caqui. Esto era lo que Pruitt llamaba tiempo de no pensar.

Muy pronto, completamente sin voluntad, extrañas cosas oníricas a medio formar flotarían en su mente. Como renacuajo oscuro, impulsándose con la cola, insinuando secretos que nadie conocía, ni siquiera lo adultos. Algún día podría atrapar uno, rápidamente, antes de que se escabullera hacia la cámara oculta donde tenían un nido. Lo atraparía en una red de pensamiento, como la red de Harry atrapaba pece, y sin importar cómo se retorciera lo clavaría en el cráneo. Una vez casi había atrapado uno. Pero la señorita Bittner había bajado a traerle unos sándwiches de mantequilla de maní y se había escapado a ese lugar profundo y extraño en su mente, donde vivían. Solo lo había tenido por una fracción de segundo, pero recordaba que tenía ojo ciegos y llorosos y era suave.

Si la señorita Bittner no hubiera venido...

Le había vomitado las medias.

Aquí llegaba uno de Ello, venía rápido, demasiado rápido para atraparlo. Se había ido, dejando tras de sí una euforia embriagadora. Aquí venía otro, girando, retorciéndose como una serpiente de mar, indistinto, sombrío. Déjalo ir, el siguiente podría ser atraído a la red. Ahí venía, dos de ellos, revolviéndose en los huecos del sueño. Fácilmente ahora, fácil, fácil, cerca, fácilmente, para que no haya ondas de advertencia, más cerca, ellos no estaban mirando, murmurando entre sí, ahí! Los tenía!

Pruitt. Oh, Pruitt.

Las cosas se desviaron, sus cola azotaron su intelecto en una masa giratoria de caótico frenesí.

Pruitt. Dónde estás? Pruitt.

El chico parpadeó.

Pruitt. Oh, Pruitt. Estás ahí?

Sí, señorita Bittner.

Las palabras eran gruesas y carnosas en su boca. Si mordía, pensó Pruitt, podría morder uno de cada do, masticarlo y aplastarlo entre los dientes.

Quítale el seguro a la puerta.

Sí, señorita Bittner.

Pruitt apagó las velas y barrió sus tesoros debajo del catre. Reconsideró esta acción. Rompió la mosca de alquitrán y se la metió en la camisa.

Me escucha, Pruitt? Abre esta puerta.

El pomo traqueteó.

Lo hago lo más rápido que puedo dijo.

Se levantó, se acercó a la puerta, abrió el cerrojo y se quedó de pie, entrecerrando los ojo, a la brillante luz del día, ante la señorita Bittner.

Qué diablos estás haciendo ahí?

Supongo que debo haberme quedado dormido.

La señorita Bittner se asomó a los lóbregos confines de la casa de baños. Ella resopló inquisitivamente.

Pruitt dijo, has estado fumando?

No, señorita Bittner.

No debemos decir mentiras, Pruitt. Es mucho mejor decir la verdad y aceptar las consecuencias.

No he fumado.

Pruitt podía sentir que su estómago se movía dentro de él. Iba a enfermarse de nuevo. Como si la última vez. La señorita Bittner vacilaba frente a él. Su bordes exteriore estaban todos borrosos.

Su estómago dio un violento vuelco. Pruitt vomitó sobre la media de la señorita Bittner.

Su boca se distorsionó como la de un animal enfurecido. Sacó la lengua y siseó a la puerta cerrada. La manija giró.

Corre a la casa, Pruitt dijo amablemente. Estaré arriba ahora.

Sí, señorita Bittner.

Y no le diremos nada sobre fumar a tu tía. Creo que has sido suficientemente castigado.

Sí, señorita Bittner.

Corre, ahora.

Pruitt subió lánguidamente por el sendero, consciente de los ojos de la señorita Bittner clavados en él. Cuando dobló la curva, se detuvo y se arrastró sigilosamente entre lo arbustos. Regresó hacia el cobertizo para botes, apartando las ramas con cuidado para evitar que se partieran.

La señorita Bittner se sentó en los escalones y se quitó la medias. Se enjuagó las piernas en el agua y se la secó con su pañuelo. Metió sus huesudos pies en su Health Ease de charol, se levantó, se cepilló el vestido y desapareció en la casa de baños.

Pruitt se acercó un poco más.

La señorita Bittner se acercó a la puerta y examinó algo que tenía en la manos. Parecía perpleja. Desde su posición ventajosa, Pruitt vislumbró la rechoncha mecha de las velas.

Te odio susurró Pruitt con veneno, te odio, te odio.

Con ternura, retiró la imagen de alquitrán de su camisa. La colocó contra su mejilla.

Rompe su oreja murmuró. Rómpela en pedazos para que ella tenga que actuar como sorda. Rómpela, rómpela, hahneeweemahneemo, rómpela bien.

Con cautela se arrastró hacia atrás hasta que recuperó el camino.

Avanzó penosamente, deteniéndose solo do veces. Una vez, en una brecha en el seto donde metió la mano en la abertura y sacó un artilugio en forma de cono untado con jarabe. Cinco moscas se aferraron a esto, su alas pegajosas, sus pata pegajosas. Las despegó, ignorando lo alevines menores de mosquitos y mosquito que habían encontrado un destino similar, y devolvió la trampa a su guarida. La segunda interrupción fue una especie de interludio durante el cual rompió la columna vertebral de un lagarto de jardín y la colgó de una zarza donde el animal realizó convulsione increíblemente tortuosa con la mitad inferior de su cuerpo.

Mona Eagleston salió de su dormitorio y cerró la puerta suavemente detrás de ella. Todo en Mona era suave desde la parte superior de su cabeza castaña hasta las pantuflas en sus ridículamente diminutos pies. Era más bien como un cervatillo. Un cervatillo envejecido con ojos líquidos que, a pesar de lo años, no había logrado perder su mirada expectante.

Uno sabía instintivamente que Mona Eagleston era un fenómeno raro. Cuando estaba muy cerca de su sobrino, una mirada de perplejidad ensombrecía ese rostro delicado, pero no era más que una nube pasajera. Los niño eran inherentemente bueno. Si parecían lo contrario, era simplemente porque sus acciones fueron mal entendida. Ellos... él... Pruitt, no tenía la intención de hacer cosa mala.

Bueno, eso de cerrar la puerta mosquitera, por ejemplo, podría enviar una punzada de dolor espantoso a través de una cabeza atormentada por la migraña. No se podía esperar que él supiera eso, el pobre cordero huérfano. El pobre, querido cordero huérfano.

Si tan solo no tuviera que servir a la hora del té. Si tan solo pudiera permanecer quieta, con una compresa fría en la cabeza y las contraventana cerradas. Qué egoísta era. La hora del té para un niño era un momento de descanso, un momento para ser apreciado para siempre en el patrón de la memoria. Como coloridos bucles de hilo de bordar que embellecen el conjunto. Una madeja de tés dorados y resplandecientes con la puesta de sol tiñendo las ventanas y resaltando la jarra de leche de lados gruesos. El sabor de la mermelada, la migas marrones que quedan en el plato de la galletas, las tazas de té, frágile cáscara de huevo, con asa como anillo de boda.

Todos estos eran preciosos recuerdos para un niño. En el fondo, sin saber muy bien por qué, absorbían cosa como las esponja, absorbían agua y, como las esponjas, podían exprimir eso recuerdo cuando envejecían. Como hacía ella, a veces. Qué desgraciada era al envidiarle la hora del té a Pruitt, el querido y pequeño Pruitt, el hijo de su propio hermano muerto.

Ella bajó la escalera, con una mano blanca sobre la barandilla. El helecho, notó, estaba muriendo. Este era el tercer helecho. Siempre había tenido mucha suerte con lo helechos, hasta hace poco. Su pez dorado también. Había muerto. Fue casi un presagio. Y las tortugas de Pruitt. La había comprado en el pueblo. Habían muerto. Pero no debía pensar en la muerte. El médico le había dicho que era malo para ella.

Cruzó el gran salón:

Querido Pruitt le dijo al niño que balanceaba la piernas desde el borde de una silla de brocado.

Ella lo besó. O al menos había tenido la intención de besar su mejilla tibia por el sol, pero él se había movido, de repente, y el beso había encontrado un oído que no respondía. Lo niños eran pequeñas cosas nerviosas.

Tuviste un buen día?

Sí, tía.

Y usted, señorita Bittner? Ha tenido un buen día? Y cómo han ido las conjugaciones esta mañana? Nuestro joven... querida, qué te pasa?

Se rompió la oreja dijo Pruitt. Se volvió hacia su tutora y enunció de manera exagerada: No es así, señorita Bittner?

La señorita Bittner enrojeció. Habló con la voz anodina y anormalmente fuerte de lo sordos:

Se me cayó el audífono explicó. En el piso del baño. Me temo que, hasta que lo arregle, tendrá que tener paciencia conmigo.

Sonrió con una sonrisa tensa para mostrar que realmente era una gran broma para ella.

Qué pena dijo Mona Eagleston, pero me atrevería a decir que se puede reparar en el pueblo. Harry puede llevarlo mañana.

La señorita Bittner siguió el movimiento de los labios de Mona Eagleston casi desesperadamente.

No dijo, vacilante. Harry no lo hizo. Yo lo hice. El azulejo del baño, ya sabe. Fue espantosamente torpe de mi parte.

Y bebió una limonada que tenía una mosca. No es así, señorita Bittner? Dije que bebió una limonada que tenía una mosca, no es aí?

La señorita Bittner asintió cortésmente. Su ojo se enfocaron en la boca de Pruitt.

Llorar? aventuró. No, no lloré.

Mona Eagleston se preparó para servir. Debía advertir a la cocinera, en lo sucesivo, que ponga una tapa aceitada sobre la limonada. Uno no podía ser demasiado particular en lo que respecta a los niños. Eran susceptibles a todo tipo de enfermedade y la mosca eran portadora notorias. Si Pruitt se enfermaba por su falta de previsión, nunca se lo perdonaría. Nunca.

Podría darme mermelada? preguntó Pruitt.

Tenemos galletas de grosella, querido, y pan de nueces. Cree que necesitamos mermelada?

Me encanta la mermelada, tía. A la señorita Bittner también. No es así, señorita Bittner?

La señorita Bittner sonrió estoicamente y aceptó su taza con un agradable murmullo evasivo que esperaba fervientemente que sirviera como una respuesta adecuada a cualquier pregunta de Pruitt.

Muy bien, querida Mona hizo sonar una campanilla.

Voy a servir la galleta, tía.

Gracias, Pruitt. Eres muy considerado.

El niño tomó el plato y se lo llevó a la señorita Bittner. Una expresión de profundo sufrimiento cruzó el semblante de la tutora cuando el niño la pisó pesadamente.

Toma una galletas Pruitt le arrojó el plato.

Gracia dijo la señorita Bittner.

Ella miró la galletas. Después de ese episodio de limonada, había sentido que no podía volver a comer, pero eran tentadoras.

Aquí tienes una buena.

Pruitt hizo estallar una galleta en su plato.

Gracia, Pruitt.

La cocinera entró en la sala.

Llamó, señorita Mona?

Sí, Bertha. Podría traerle mermelada a Pruitt, por favor?

Bertha le lanzó una mirada venenosa a Pruitt.

No hay, señora.

Pruitt soltó un suspiro de tristeza.

Me encanta la mermelada, tía y luego felizmente, como si fuera una ocurrencia tardía. No hay algo de mermelada en el sótano?

Te importaría dijo Mona traerle al muchacho algo de mermelada del sótano? Ya sabes cómo son lo niños.

Sí, señora, sé cómo son los niños dijo la cocinera con voz plana.

Gracias, Bertha. De piña servirá.

Sí, señora Bertha se alejó pesadamente.

Ella estaba caminando descalza otra vez hoy dijo Pruitt.

Su tía meneó la cabeza con tristeza.

No sé qué hacer le dijo a la señorita Bittner. No me gusta estar enfadada, pero desde que pisó ese clavo Mona Eagleston sonrió rápidamente a su sobrino, no e que quisieras dejarlo ahí, cariño, pero... bueno... quiere un trozo de pan de nueces, señorita Bittner?

Pruitt se lamió una sonrisa.

La tía dijo que si le gustaría una rebanada de pan de nuece, señorita Bittner repitió con tono sonoro.

La señorita Bittner no le prestó atención. Parecía estar en un trance, rígidamente erguida y mirando fijamente su plato con horror. Ella se levantó.

Yo... no me siento bien dijo, creo que... creo que será mejor que me acueste.

Pruitt saltó de su silla y tomó su plato. Mona Eagleston emitió un cosquilleo angustiado.

Hay algo que pueda hacer?

No es nada dijo la señorita Bittner con voz ronca. Yo... creo que e algo que... comí. No dejen que les arruine la hora del té.

Se tapó la boca con la servilleta y salió cojeando de la habitación.

Debería ver que esté bien dijo Mona Eagleston.

Oh, no arruinemos la hora del té se apresuró a intervenir Pruitt. Toma, toma un poco de pan de nueces. Se ve terriblemente bueno.

Muy bien, Pruitt Mona eligió una rebanada de pan. La hora del té significa mucho para ti? Lo fue para mí cuando era pequeña.

Sí, tía.

La vio partir un pedazo de pan, untarlo con mantequilla y llevárselo a la boca.

Solía vivir para la hora del té. Era tan acogedor...

Mona Eagleston se llevó una mano pálida a la garganta. Comenzó a toser. Sus ojo se llenaron de lágrima. Miró salvajemente a su alrededor en busca de agua. Trató de decir agua pero no pudo hacer que la palabra pasara por el ahogo en sus pulmones. Si Pruitt lo hiciera... pero era solo un niño. No se podía esperar que supiera qué hacer durante un ataque de to.

Pobre, querido Pruitt, tenía ese aspecto... tan... perturbado.

Mona, con el rostro fruncido, bebió un gran trago del líquido hirviendo. Su cuerpo delgado se apoderó de un paroxismo de tos. Misericordia! Debió haberle puesto sal por error, en lugar de azúcar.

Se secó los ojos llenos de lágrimas.

Cáscara de nuez jadeó, poniéndose de pie. Atrá ... ahora...

Tosiendo violentamente, ella también abandonó la habitación.

De algún lugar debajo de los pies de Pruitt, en lo más profundo de la entraña de la casa, llegó un ruido sordo y lejano. Pruitt recogió las moscas de la galleta de la señorita Bittner. Donde había cinco, ahora había cuatro y media. Se guardó lo restos en el bolsillo. Podían ser útiles.

Vagamente escuchó a la cocinera pidiendo ayuda. Fue una llamada histérica y sofocada. Si la tía Mona no regresaba; podría durar bastante tiempo ante de ser atendida.

Hahneeweemahneemo canturreó. Oh, dolo de las Mosca, me has servido de verdad, sí, sí, doble, sí.

Pruitt se sirvió una cucharada llena de azúcar.

El cielo rosado se llenó de graznidos. Lo grajos giraron y giraron, alisaron su alas en abanico negros y se instalaron en las grandes y viejas haya para gritar chismes unos a otros. Pruitt se rascó el zapato en los escalone de piedra y deseó tener un rifle de aire. Pediría uno en su cumpleaños. Primero pediría un montón de cosas imposibles y luego diría, con aire triste: Bueno, podría tener un rifle de aire al meno?

La tía se enamoraba de eso. Ella era tan tonta como lo había sido su madre. Más tonta. Su madre había sido simplemente tonta, lo cual era bastante malo. La tía era enfermizamente tonta, lo cual era muy tonto en verdad. Esta clase de personas siempre veían el lado bueno de la cosas. Eran lo más tontos de todos. Eran sumisos.

Pruitt cambió de posición cuando llegó a sus oídos el roce de pasos en el pasillo. Ese sonido de arrastre sería la cocinera. Se preguntó si ella realmente había aflojado la cuerda.

Llegó Harry con el auto. Debían llevarla al médico. La corazonada de Harry lo hacía parecer como si tuviera una almohada detrás de él.

No debemos dejar que Pruitt se entere de la cuerda escuchó decir a su tía. Le haría sentir mal saber que él ha sido la causa.

Bertha dio una respuesta baja e ininteligible.

Bertha! exclamó su tía horrorizada. Me avergenzo de ti. Es sólo un niño.

Pruitt dibujó una línea fina con los labio. Si le contaba lo de la cáscara de nuez, él podría arreglarlo. Subió lo escalone y mantuvo abierta la puerta mosquitera. Pero Bertha no habló de las cáscaras. Estaba demasiado ocupada apretando los dientes contra el tirón desgarrador en su espalda.

Puedo ayudar? dijo Pruitt con tono preocupado.

Su tía le dio unas palmaditas en la mejilla.

Podemos arreglárnoslas, querido, gracias la señorita Bittner le sonrió con benevolencia.

Puedes cuidarme mientras ellos no estén dijo.

Tendremo una cena de picnic. No será divertido?

Sí, señorita Bittner. Muy divertido.

Vio a las dos mujeres ayudar a su compañera herido a bajar lo escalones con la colaboración de Harry. Beó a su tía con lo dedo mientras el coche se alejaba y entrelazó su brazo con el de la señorita Bittner. l la miró como un querubín.

Eres un desastre asqueroso dijo acariciándola, y te odio.

La señorita Bittner le sonrió. No era frecuente que Pruitt le demostrara afecto abiertamente.

Lo siento, Pruitt, pero no puedo oír muy bien ahora, ya sabe. Quizás quieras que te lea un rato.

Pruitt negó con la cabeza.

Solo jugaré dijo en voz alta y clara y luego, en voz baja, vieja hiena sin hígado.

Jugar?

Pruitt asintió.

Muy bien, cariño. Pero no vayas muy lejos. Pronto será la hora de la cena.

Sí, señorita Bittner bajó corriendo lo escalone. Adiós, vieja bruja.

Adiós dijo la señorita Bittner, asintiendo y sonriendo.

Pruitt colocó el pan sobre la clavijas y dispuso las vela en semicírculo. Una de ellos se negó a permanecer vertical. Había sido pisada. Pruitt la examinó con enojo. Luego la trabajó hasta que alcanzó un estado suficientemente maleable. Hurgó en la pechera de su camisa y extrajo la mosca del alquitrán. La comprimió para darle forma, y la colocó sobre el pan.

Se cruzó de brazos y comenzó a balancearse hacia adelante y hacia atrás, las vela sudorosas extendían su sombra detrás de él como una capa espesa y oscura.

Hahneeweemahneemo. Oh dolo de la Moscas, escucha, escucha, oh escucha, acércate y escucha. La señorita Bittner pisó una de tu vela. Así que envíame muchas moscas, muchas y muchas moscas, millone, trillones de moscas. Cuatrillone. Hazlas también sin color para que pueda mezclarla en la sopa sin que se vean mucho; las negros se ven. Envíame la pálidas que no zumban y tienen antenas. Escúchame, escúchame, dolo de la Mosca, acércate y escucha!

Pruitt masticó la vela y la contempló. Su rostro se iluminó cuando lo asaltó un pensamiento brillante.

Y haz que una cosa de mi sueños se quede quieta para que pueda atraparla. Supongo que eso es todo. Hahneeweemahneemo, oh dolo de las Moscas, eres libre de irte!

Como había hecho al principio de la tarde, Pruitt se quedó quieto. Sus ojos, felinos, estaban fijo y mirando, mirando, mirando, mirando fijamente a la nada.

No parecía emocionado. Parecía un niño pequeño comprometido en su juego. Pero estaba emocionado. La emoción corría por su venas y resonaba en su oídos. La boca de su estómago estaba fría y la palma de sus manos estaban tan húmeda como el interior de su boca estaba seco.

Aí se sintió cuando supo que su padre y su madre iban a morir. Lo había sabido con una especie de lucidez clara y resplandeciente, allí, de pie, a la luz del sol, saludándolo con la mano. Había visto la pluma color ciruela en el sombrero de su madre, el vestido, el bigote puntiagudo de su padre y su esbeltas manos de artista agarrando las riendas. Había visto el reluciente arnés, el alegre movimiento de la cabeza del caballo, su pisadas. Ginger era su nombre. Había visto el fleco que se balanceaba en la parte superior del carruaje y el pasador de la rueda trasera derecha, el pasador que había aflojado diligentemente y con paciente perseverancia con el destornillador de su caja de herramienta de juguete. l los había visto alejarse, bajar por el camino, salir por la puertas de hierro forjado. Se había preguntado si se darían la vuelta cuando doblaran la curva.

l no había oído el estrépito. Había estado en la casa comiendo la guinda del pastel. Pero sabía que iban a morir. El conocimiento había sido casi más de lo que podía controlar, y que incluso ahora era más intenso al pensar en que iba a atrapar una cosa onírica.

l lo sabía. Lo sabía. Lo sabía. Con cada nervio tenso de su cuerpo, lo sabía. Aquí vino uno. Atraveó su mente, dejando una serie de burbujas fosforescentes a su paso, y las burbuja subieron y estallaron y había manchas oscura y sanguinolentas donde habían estado. Otra, moviendo la cola. Otra, y otra, y otra, y luego un torbellino hirviente de ellas.

Nunca había habido tantos renacuajo. Espinosos, pulposo, resbaladizos y parecidos a una anguila, algunos con antena como el bagre, alguno con bocas blanca y abiertas y brazos embrionarios acortados. Su contorsiones obstruyeron sus pensamientos con llanto. Pero había uno en la parte negra de su mente que lo observaba. Sabía lo que quería. Y estaba ciego. Pero lo estaba mirando a través de su ceguera. Estaba llegando. Su mente estaba loca por su llanto depravado. Los orificios de la nariz entraban y salían, entraban y salían, entraban y salían, como algo que había conocido mucho tiempo atrás en alguna otra vida pasada y misteriosa, y gimoteó cuando llegó y le susurró cosas. Cosas desconectadas que hincharon su corazón y corrieron como jugo por las grieta de su cráneo. En un momento estaría bastante cerca, en un momento lo sabría.

Pruitt, Pruitt las palabras eran gotas de miel. Pruitt. Pruitt palabra de polen, nectáreas, salpicadas de polvo de flores.

La cosa del sueño esperaba. No se alejó, como el resto, asustadas.

Pruitt, Pruitt.

La voz venía de fuera de él. Desde lejos y hacia abajo, desde una profundidad increíble como el lugar en su mente donde tenían un nido, solo que estaba distante y profundo.

Caliente y profundo.

Con un inmenso esfuerzo, Pruitt parpadeó.

Mírame la voz era dulce y seductora.

Pruitt volvió a parpadear y, cuando su ingenio se desvaneció como una marea lenta que arrastraba consigo al objeto onírico que lo observaba, vio a un hombre. Se mantuvo erguido e imponente y de la barbilla a los pies estaba envuelto en una capa que fluía a la luz parpadeante de las vela. La capa tenía los contornos exacto de la sombra de Pruitt, y dentro y alrededor de la capa nadaba la cosa onírica que miraba. Por encima de la capa, el rostro del hombre era una máscara sonriente. A través de la boca, las fosas nasale y las rendijas de lo ojos se derramaba una luz rojiza.

Un resplandor. Como la de una cabeza de calabaza de Halloween, solo que mil veces más intensa.

Pruitt. Mira, Pruitt.

Los pliegue de la capa se levantaron y cayeron como si un brazo invisible hubiera hecho un gesto.

Pruitt siguió el gesto hipnóticamente. Su cuello se giró, lenta, lentamente, hasta que su mirada abarcó una lluvia de insectos. Una cortina viviente de ello. Una cascada reluciente y silenciosa de moscas incolora, de alas vaporosa, de cuerpo alargado.

Moscas, Pruitt. Millones de mosca.

Pruitt volvió a girar el cuello hasta que se enfrentó al extraño. La cosa ciega del sueño se rió de él y nadó hacia un pliegue de oscuridad.

Quién... ere?

Las palabra eran gruesas y dulce en la lengua de Pruitt, como otra palabras que medio recordaba haber dicho hace mil años en algún plano oscuro, en algún nebuloso mundo crepuscular.

Mi nombre es Asmodeo, Pruitt. Asmodeo. No es un nombre hermoso?

Sí.

Dilo, Pruitt.

Asmodeo.

De nuevo.

Asmodeo.

De nuevo, Pruitt.

Asmodeo.

Qué ves en mi capa?

Un renacuajo un pensamiento de sueño.

Y qué está haciendo?

Me está balbuceando algo.

Por qué?

Porque tu manto tiene el poder de las tinieblas y no puedo entrar hasta...

Hasta qué, Pruitt?

Hasta que te mire a lo ojo y vea

Ver qué, Pruitt?

Lo que está escrito en ello.

Y qué está escrito allí? Mírame a los ojos, Pruitt. Míralos bien. Qué está escrito allí?

Está escrito lo que deseo saber. Está escrito...

Qué está escrito, Pruitt?

Está escrito sobre lo ilimitado, lo eterno, lo eterno, lo que es y fue ordenado para ser siempre, incesantemente, más allá de los fines del tiempo para... para

Para quién, Pruitt?

El chico apartó la mirada.

No dijo, y con un crescendo. No, no, no, no, no! se deslizó hacia atrás por el suelo, empujando con la manos, con los talones, con la cara contraída por el terror. No balbuceó. No, no, no, no, no, no, no, no, no, no!

Sí, Pruitt. Para quién?

El niño llegó a la puerta y se puso de pie, con la mandíbula flácida y lo ojos saliéndose de su cuencas. Se dio la vuelta y huyó por el camino, sin hacer caso de la moscas que se aferraban a su ropa y se enredaban en su cabello, tocando su piel como dedos fantasmales, crujiendo bajo su pies mientra seguía corriendo, sin aliento, sollozando.

Señorita Bittner... ayuda... Señorita Bittner... tía... Harry... ayuda...

En la curva, esperándolo, estaba la figura que había dejado en la casa de baños.

Para quién, Pruitt?

No, no, no.

Para quién, Pruitt?

No, oh no, no!

Para quién, Pruitt?

Para los MALDITOS chilló el chico y, girando, corrió de regreso por donde había venido, la moscas pegadas a su piel, mientras trataba frenéticamente de deshacerse de ellas.

El hombre detrás de él comenzó a cantar. Alto, estridente y burlón, y el pensamiento del sueño se apoderó de él, y la tierra, los árboles y el cielo que goteaba moscas, y lo pilotes del muelle se agruparon con su cuerpos palpitantes, y el agua con islas coaguladas de moscas, moscas, mosca. Y de su propia garganta salió una risa, enloquecida y desenfrenada. Repique tra repique de una risa infernal que no paraba lo siguió hasta el agua.

Un petirrojo de pecho rojo, con una mosca en su pico, observó las ondas cada vez mayores. Un lagarto de jardín correteó sobre un mechón de hierba y se unió a un sapo en la orilla del agua, como para prestar su apoyo moral a la tortuga que se deslizaba por la orilla con movimientos espasmódicos para investigar el cosa que estaba entrelazada firmemente en una red de pesca, allí en el fondo arenoso junto al muelle.

La señorita Bittner hojeaba distraídamente un libro de texto sobre derivado. El libro era una reliquia de tiempo pasados, y la página estaban tachonadas de flore silvestres prensadas y quebradizas por el tiempo. Con una uña aflojó un trébol de cuatro hojas delgado como un pañuelo. Había dejado su aura verde amarillenta en el texto impreso.

Belcebú leyó la señorita Bittner distraídamente, proviene del hebreo Beel, que significa ídolo, y Zebub, que significa mosca: lo sinónimos, menos conocidos, no en uso común, son: Appolyon, Abbadón, Asmodeo

Pero la atención de la señorita Bittner se apagó.

Cerró el libro, bostezó y se preguntó perezosamente dónde estaría Pruitt.

Se acercó a la ventana e inmediatamente retrocedió con repulsión. Moscas. Cielos, estaban por todas partes!. La horribles criaturas sobrevolaban el agua. Recordó que el año pasado, cuando estuvo con los Braithwalte en Michigan, habían venido y en tal multitud que la gente del pueblo había tenido que sacarlas de las calle con una pala. En realidad, palearla. Allí estuvo enferma durante tre día completo.

Esperaba que Pruitt no se sintiera consternado por ellas. Debía cuidarse de mostrar su propio pánico indefenso como lo había hecho a la hora del té. Los niños depositaban una fe tan implícita en la invencibilidad de su mayore.

Jane Rice (1913-2003)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos gótico. I Relato de Jane Rice.


Más literatura gótica:
El análisi, traducción al español y resumen del cuento de Jane Rice: El dolo de la Moscas (The Idol of the Flies), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbeno a ***.com


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