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 Asunto: Los moradores debajo de las tumbas: Robert E. Howard; relato
NotaPublicado: Jue Abr 01, 2021 7:52 am 
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Los moradores debajo de las tumbas: Robert E. Howard; relato y análisis


Los moradores debajo de las tumbas: Robert E. Howard; relato y análisis.




Los moradores debajo de las tumbas (The Dwellers Under the Tombs) es un relato de terror del escritor norteamericano Robert E. Howard (1906-1936), publicado de manera póstuma en la antología de 1974: Fantasías perdidas 4 (Lost Fantasies 4).

Los moradores debajo de las tumbas, posiblemente uno de los cuentos de Robert E. Howard menos conocidos, relata la historia de Conrad y ODonnel, dos caballeros temerarios que investigan el interior de una tumba y su relación con antiguos túneles excavados por una cultura prehistórica, según las leyendas, habitados por extraños humanoides subterráneos (ver: Lo Subterráneo en la ficción)

SPOILERS.

La zona donde viven Kirowan, ODonnel y Conrad [John, los tres] es muy concurrida, sobrenaturalmente hablando. Estos tres caballeros son personajes habituales en los relatos de Robert E. Howard. El profesor Kirowan nos recuerda un poco a Carnacki, el detective psíquico de William Hope Hodgson, aunque menos acartonado y autoritario. John ODonnel es un coleccionista de armas raras y antiguas [afición muy pertinente para esta historia]. John Conrad, extraordinariamente valiente, es otro miembro de este grupo de amigos. Que se sepa, ninguno de ellos tiene ocupaciones mundanas como trabajar o sacar la basura (ver: De qué trabajan? Personajes desempleados en el Horror). Kirowan es el narrador de No caven mi tumba (Dig Me No Grave), donde un vecino es atrapado por un demonio que lo obliga a cumplir los términos de un contrato por su alma. Conrad también es un testigo privilegiado en Los hijos de la noche (The Children of the Night), donde ODonnel, luego de ser golpeado en la cabeza por un mazo neolítico, logra matar a su atacante.

En Los moradores debajo de las tumbas el profesor Kirowan no está invitado a la fiesta. Solo ODonnel y Conrad se unen para descubrir un extraño misterio, que luego se revelará como un asesinato premeditado: un hermano codicioso finge su propia muerte, y simula regresar como un vampiro, con la esperanza de atraer a su gemelo a la tumba. Quiere matarlo y ocupar su lugar. Sin embargo, las cosas se complican. El mausoleo está excavado en una colina, y esta, a su vez, conecta con una red de túneles prehistóricos donde habitan los Moradores.

Aunque no es uno de los mejores cuentos de Robert E. Howard, Los moradores debajo de las tumbas es interesante por varios motivos, sobre todo por la presencia, nuevamente, de esta extraña e indefinible raza de humanoides subterráneos, consistente con la teoría involutiva del autor, tan frecuente en sus obras, la cual propone que las personas obligadas a vivir bajo tierra durante muchas generaciones regresan físicamente a una forma de vida más primitiva (ver: En el Metro: el horror subterráneo de lo reprimido)

Robert E. Howard también parece aprovechar aquí el estudio arqueológico de jeroglíficos alienígenas encontrados en En las Montañas de la Locura (At the Mountains of Madness). Aunque el cuento de H.P. Lovecraft se publicó en 1936, año de la muerte de Howard, el flaco de Providence lo escribió a principios de 1931, de modo tal que no es descabellado que Robert E. Howard haya estado al tanto de este aspecto de la trama. Al igual que los registros de los Antiguos en la historia de Lovecraft, los Moradores subterráneos de Robert E. Howard muestran un deterioro cultural y tecnológico a lo largo del tiempo, y finalmente regresan a una forma de vida bestial.

Si bien esto podría conectar a Los moradores debajo de las tumbas con los Mitos de Cthulhu, lo cierto es que el relato está más estrechamente relacionado con otras historias de Robert E. Howard, entre ellas: Los hijos de la noche (The Children of the Night), El pueblo de la oscuridad (People of the Dark), El Valle de los Perdidos (The Valley of the Lost) y La gente pequeña (The Little People). Cada uno de estos relatos presenta una variante de esta raza perdida de humanoides subterráneos (ver: El Horror siempre viene desde el Sótano)

Los moradores debajo de las tumbas se escribió poco antes de la muerte del autor, y se publicó póstumamente, casi cuarenta años después. Por el poco desarrollo de la trama, es probable que esta no haya sido la versión definitiva que Robert E. Howard tenía en mente.

Los moradores debajo de las tumbas relata la historia de dos hermanos entrados en años: Job y Jonas Kiles, quienes se odian. Job tiene éxito, pero es avaro y desagradable. Jonas está empobrecido, pero es astuto y posiblemente se ha metido demasiado en el ocultismo. En cierto modo, parece una reinterpretación del mito bíblico de Caín y Abel, el cual ocupa un lugar preponderante en la ficción de terror [pensemos, por ejemplo, en El árbol (The Tree) de Walter De La Mare y El retorno del brujo (The Return of the Sorcerer) de Clark Ashton Smith]. En cualquier caso, Jonas finge su propia muerte con la esperanza de atraer a su hermano a la tumba [haciéndole creer que es un vampiro], matarlo y ocupar su lugar. La primera parte del plan funciona: Job se propone clavarle una estaca al cadáver de su hermano, pero toma la precaución de pedir la ayuda de sus dos vecinos: Conrad y ODonnel. Estos son caballeros acomodados, como ya hemos mencionado, que a pesar de su gran riqueza y del amplio ocio que disfrutan, nunca vacilan ante la posibilidad de investigar un misterio.

Ahora bien, Jonas comete el grave error de elegir su falso sepulcro cerca de la entrada a los túneles subterráneos donde se habitan los Moradores. Sin embargo, logra atraer a su hermano a la tumba, donde este muere de pánico al ver a uno de estos humanoides. Conrad y ODonnel se introducen en los túneles superiores y descubren el diario de Jonas; la última entrada es un pasaje ridículamente largo donde confiesa sus planes para asesinar a su hermano. También especula sobre la misteriosa raza que construyó estos túneles debajo de la tumba. Jonas sufre un destino espantoso mientras intenta escapar por un pasadizo secreto; y Conrad y ODonnel escapan por los pelos de las catacumbas, no sin antes echar una buena mirada a uno de los seres de ojos ambarinos cebándose en el cadáver de Jonas.

Los moradores debajo de las tumbas, decíamos, no es uno de los mejores relatos de Robert E. Howard. Ni siquiera se aproxima a esa categoría. Si bien no está inconcluso, y puede leerse perfectamente, resulta evidente que no está terminado, que necesita pulirse aquí y allí. Howard era un escritor frenético. Producía cuentos a un ritmo vertiginoso, y conocía el oficio, conocía a sus lectores y las plataformas donde publicaba, principalmente revistas pulp, pero aun en esa vorágine de productividad siempre se advierte una mano fría que no vacilaba en corregir y retocar allí donde fuera necesario. Eso, lamentablemente, no se percibe en Los moradores debajo de las tumbas.




Los moradores debajo de las tumbas.
The Dwellers Under the Tombs, Robert E. Howard (1906-1936)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Me desperté repentinamente y me senté en la cama, adormilado, preguntándome quién era el que golpeaba la puerta con tanta violencia. Una voz chilló, afilada, intolerablemente loca de terror.

Conrad, Conrad! alguien fuera de la puerta estaba gritando . Por el amor de Dios, déjame entrar! Lo he visto! Lo he visto!

Suena como Job Kiles dijo Conrad, levantando su largo cuerpo del diván donde había estado durmiendo, después de cederme su cama . No derribes la puerta! gritó, alcanzando sus pantuflas . Ya voy.

Bien, date prisa! gritó el visitante. Acabo de mirar a los ojos del infierno!

Conrad encendió una luz y abrió la puerta. Un hombre, medio tambaleante y con los ojos desorbitados, se precipitó hacia adentro. Lo reconocí como el hombre que Conrad había mencionado: Job Kiles, un anciano amargado y avaro que vivía en la pequeña propiedad contigua. Ahora, un cambio espantoso se había apoderado del hombre, por lo general tan reticente y sereno. Su escaso cabello estaba bastante erizado; gotas de sudor perlaban su piel gris, y de vez en cuando temblaba como con un violento escalofrío.

En el nombre de Dios, qué te pasa, Kiles? exclamó Conrad, mirándolo. Parece como si hubieras visto un fantasma!

Un fantasma! la voz aguda de Kiles se quebró y se convirtió en un chillido de risa histérica . He visto un demonio del infierno! Te digo, lo vi esta noche! Hace solo unos minutos! l miró por mi ventana y se rió de mí! Oh Dios, esa risa!

Quién? espetó Conrad con impaciencia.

Mi hermano Jonas! gritó el viejo Kiles.

Incluso Conrad se sobresaltó. El hermano gemelo de Job, Jonas, había estado muerto durante una semana. Tanto Conrad como yo habíamos visto su cadáver colocado en la tumba en lo alto de las empinadas laderas de Dagoth Hills. Recordé el odio que había existido entre los hermanos: Job el avaro y Jonás el derrochador, arrastrando sus últimos días en la pobreza y la soledad, en la vieja mansión familiar en ruinas.

Incluso cuando Jonás agonizaba, Job sólo se había dejado persuadir a regañadientes para ir a ver a su hermano. Por casualidad, había estado solo con Jonas cuando este último murió, y la escena de la muerte debió de ser espantosa, porque Job había salido corriendo de la habitación, con el rostro gris y tembloroso, perseguido por una horrible carcajada interrumpida por el estertor de la muerte súbita.

Ahora el viejo Job estaba temblando ante nosotros, el sudor manaba de su piel gris y balbuceaba el nombre de su hermano muerto.

Lo vi! Justo cuando apagué la luz para irme a la cama, su rostro me miró lascivamente a través de la ventana, enmarcado por la luz de la luna. Ha vuelto del infierno para arrastrarme hacia allí, como juró hacer mientras agonizaba. No es humano! No lo fue en años! Lo sospeché cuando regresó de su largo vagabundeo por Oriente. Es un demonio con forma humana. Un vampiro! l planea mi destrucción , de cuerpo y alma.

Me quedé sin palabras, completamente desconcertado, y también Conrad. Frente a la aparente evidencia de una completa locura, qué puede decir o hacer un hombre? Mi único pensamiento fue el obvio: Job Kiles estaba loco. Entonces sujetó a Conrad por el pecho de su bata y lo sacudió violentamente en la agonía de su terror.

Solo hay una cosa que hacer! gritó, con un destello de desesperación en los ojos. Debo ir a su tumba! Debo ver con mis propios ojos si todavía está allí donde lo dejamos! Y tú debes ir conmigo! No me atrevo a atravesar la oscuridad solo.

Esto es una locura, Kiles protestó Conrad. Jonas está muerto. Solo tuviste una pesadilla.

Pesadilla! su voz se elevó en un grito entrecortado. He tenido muchas desde que me estuve junto a su lecho de muerte y escuché sus amenazas blasfemas brotar como un río negro de sus labios espumosos; pero esto no fue una pesadilla. Estaba completamente despierto, y te digo, te digo al demonio de hermano Jonas mirándome horriblemente a través de la ventana.

Se retorció las manos, gimiendo de terror, todo orgullo, posesión de sí mismo y aplomo barridos por el terror primitivo y crudo de los animales. Conrad me miró, pero no tenía ninguna sugerencia que ofrecer. El asunto parecía tan completamente loco que lo único obvio parecía llamar a la policía y enviar al viejo Job al manicomio más cercano. Sin embargo, había en sus modales un terror fundamental que parecía invadir mi columna vertebral.

Como si sintiera nuestra duda, estalló de nuevo:

Lo sé! Crees que estoy loco! Estoy cuerdo como tú! Iré a su tumba de todos modos, aun si tengo que ir solo. Si algo me sucede, mi sangre estará en tus manos.

Espera! Conrad empezó a vestirse apresuradamente. Iremos contigo. Supongo que lo único que destruirá esta alucinación tuya es ver a tu hermano en su ataúd.

Sí! el viejo Job se rió terriblemente. En su tumba, en el ataúd sin tapa! Por qué preparó ese ataúd abierto antes de su muerte y dejó órdenes de que no se le pusiera ninguna tapa?

Siempre fue excéntrico respondió Conrad.

Siempre fue un diablo gruñó el viejo Job. Nos odiamos desde nuestra juventud. Cuando derrochó su herencia y regresó arrastrándose, sin un centavo, se sintió resentido porque no quise compartir con él mi riqueza obtenida con tanto esfuerzo. Perro negro! Demonio de los pozos del Purgatorio!

Bueno, pronto veremos si está a salvo en su tumba dijo Conrad. Listo, ODonnel?

Listo respondí, enfundando mi 45.

Conrad se rió.

No puedes olvidar tu crianza en Texas, verdad? bromeó. Crees que necesitarás dispararle a un fantasma?

Bueno, nunca se sabe respondí. No me gusta salir de noche sin ella.

Las armas son inútiles contra un vampiro dijo Job, nervioso de impaciencia. Sólo hay una cosa que prevalecerá contra ellos! Una estaca clavada en el negro corazón del demonio.

Cielos, Job! Conrad se rió brevemente. No puedes hablar en serio sobre esto?

Por qué no? una llama de locura se elevó en sus ojos. Hubo vampiros en el pasado, todavía los hay en Europa del Este y Oriente. Le he oído alardear de su conocimiento de los cultos secretos y la magia negra. Lo sospechaba, entonces, cuando agonizaba, hasta que me reveló su espantoso secreto. Juró que volvería de la tumba y me arrastraría al infierno con él.

Salimos de la casa y cruzamos el césped. Esa parte del valle estaba escasamente poblada, aunque unas pocas millas al sureste brillaban las luces de la ciudad. Junto a los terrenos de Conrad en el oeste se encontraba la finca de Job, la casa oscura que se alzaba demacrada y silenciosa entre los árboles. Esa casa era el único lujo que se permitía el anciano avaro.

A una milla hacia el norte fluía el río, y hacia el sur se elevaban los sombríos contornos negros de esas colinas bajas y onduladas, coronadas y áridas, con largas laderas cubiertas de arbustos, que los hombres llaman Dagoth Hills, un nombre curioso, no aliado a cualquier idioma indio conocido, pero utilizado por primera vez por el hombre rojo para designar este lugar atrofiado.

Las colinas estaban prácticamente deshabitadas. Había granjas en las laderas exteriores, hacia el río, pero los valles interiores eran demasiado poco profundos y las colinas eran demasiado rocosas para el cultivo. Algo menos de a media milla de la finca de Conrad se encontraba la estructura laberíntica que había albergado a la familia Kiles durante unos tres siglos; al menos, los cimientos de piedra databan de esa época, aunque el resto de la casa era más moderna. El viejo Job se estremeció al mirarla, posada allí como un buitre en un gallinero, contra el fondo ondulado negro de las colinas de Dagoth.

Era una noche salvaje y ventosa a través de la cual continuamos nuestra loca búsqueda. Las nubes atravesaban la luna sin cesar y el viento aullaba entre los árboles, trayendo extraños ruidos nocturnos y jugando trucos curiosos con nuestras voces. Nuestro objetivo era la tumba que estaba en una ladera superior de una colina que se proyectaba desde el resto de la cordillera, corriendo detrás y por encima de la alta meseta sobre la que se encontraba la antigua casa de Kiles. Era como si el ocupante del sepulcro mirara hacia el hogar ancestral y el valle que alguna vez había sido propiedad de su pueblo desde la cordillera hasta el río. Ahora todo el terreno que quedaba en la antigua propiedad era la franja que corría por las laderas hacia las colinas, la casa en un extremo y la tumba en el otro.

La colina sobre la que se construyó la tumba se separaba de las demás, como he dicho, y al ir hacia la tumba pasamos cerca de su extremo escarpado, cubierto de matorrales, que caía abruptamente en un acantilado cubierto de arbustos. Nos estábamos acercando al punto de esta cresta cuando Conrad comentó:

Qué poseyó a Jonas para construir su tumba tan lejos de las bóvedas familiares?

l no la construyó gruñó Job. Fue construida hace mucho tiempo por nuestro antepasado, el viejo capitán Jacob Kiles, para quien este lugar se llamaba Pirate Hill, porque era un bucanero y un contrabandista. Un extraño capricho hizo que construyera su tumba allí. Pasó mucho tiempo allí, solo, especialmente de noche. Pero nunca la ocupó porque se perdió en el mar en una pelea con un barco de guerra. Solía estar atento a enemigos o soldados desde ese mismo acantilado que teníamos delante, y es por eso que la gente lo llama Smugglers Point* hasta el día de hoy. [*el lugar del contrabandista] La tumba estaba en ruinas cuando Jonás comenzó a vivir en la tumba, y la hizo reparar para recibir sus huesos. Bueno, tal vez no se atrevía a dormir en tierra consagrada! Antes de morir, había hecho todos los arreglos necesarios: la tumba había sido reconstruida y el ataúd sin tapa fue colocado en él para recibirlo.

Me estremecí a mi pesar.

La oscuridad, las nubes salvajes a través de la luna leprosa, los aullidos del viento, las lúgubres colinas oscuras que se cernían sobre nosotros, las palabras salvajes de nuestro compañero, todo trabajó en mi imaginación para poblar la noche con formas de horror y pesadilla. Miré nerviosamente las laderas cubiertas de matorrales, negras y repelentes a la luz cambiante, y me encontré deseando no estar pasando tan cerca de los acantilados de Smugglers Point, llenos de leyendas que sobresalían como la proa de un barco desde el mar.

No soy una niña tonta como para asustarme de las sombras parloteaba el viejo Job . Vi su rostro malvado en mi ventana iluminada por la luna. Siempre he creído en secreto que los muertos caminan por la noche. Ahora lo sé.

Se detuvo en seco, congelado en una actitud de absoluto horror. Instintivamente aguzamos nuestros oídos. Oímos las ramas de los árboles azotar en el vendaval. Oímos el fuerte susurro de la hierba alta.

Es sólo el viento murmuró Conrad. Distorsiona cada sonido.

No! No, te lo digo! Fue

Un grito fantasmal se oyó en el viento, una voz afilada por el miedo y la agonía.

Ayuda! Ayuda! Oh, Dios, ten piedad! Oh, Dios! Oh, Dios!

La voz de mi hermano! gritó Job. Me está llamando desde el infierno!

De dónde vino? susurró Conrad, con los labios repentinamente secos.

No lo sé la piel de gallina se destacó pegajosa en mis extremidades. No podría decirlo. Podría haber venido de arriba o de abajo. Suena extrañamente amortiguado.

El abrazo de la tumba amortigua su voz! chilló Job. El sudario aferrado ahoga sus gritos! Te digo que aúlla en las rejillas candentes del infierno y me arrastraría hacia abajo para compartir su condenación! Adelante! A la tumba!

El camino definitivo de toda la humanidad murmuró Conrad, un juego espantoso con las palabras de Job no me consoló.

Seguimos al viejo Kiles, apenas capaz de seguirle el paso mientras trotaba, una figura demacrada y grotesca por las laderas que ascendían hacia la masa achaparrada que la ilusoria luz de la luna revelaba como una calavera reluciente.

Reconociste esa voz? murmuré a Conrad.

No lo sé. Estaba amortiguada, como mencionaste. Podría haber sido un truco del viento. Si dijera que pensaba que era Jonas, pensarías que estoy loco.

Ahora no murmuré. Pensé que era una locura al principio. Pero el espíritu de la noche se me ha metido en la sangre. Estoy dispuesto a creer cualquier cosa.

Habíamos subido las cuestas y nos detuvimos ante la enorme puerta de hierro de la tumba. Por encima y detrás de ella, la colina se elevaba abruptamente, enmascarada por densos matorrales. El lúgubre mausoleo parecía investido de un siniestro presagio, inducido por los fantásticos sucesos de la noche. Conrad dirigió el rayo de una linterna eléctrica hacia la pesada puerta con su apariencia antigua.

Esta puerta no se ha abierto dijo Conrad. La cerradura no ha sido manipulada. Las arañas ya han construido sus telas a través del alféizar, y las hebras están intactas. La hierba ante la puerta no se ha aplastado, como hubiera sido el caso si alguien hubiera entrado recientemente en la tumba o salido.

Qué son las puertas para un vampiro? se quejó Job. Atraviesan paredes sólidas como fantasmas. Les digo que no descansaré hasta que haya entrado en esa tumba y haya hecho lo que tengo que hacer. Tengo la llave, la única llave que hay en el mundo que se ajusta a esa cerradura.

La sacó, un enorme implemento anticuado, y lo metió en la cerradura. Se oyó un gemido y un crujido de bisagras oxidadas, y el viejo Job retrocedió, como si esperara que algún fantasma con colmillos de hiena volara hacia él a través de la puerta que se abría.

Conrad y yo miramos hacia adentro, y debo admitir que involuntariamente me preparé, sacudido por conjeturas caóticas. Pero la oscuridad interior era estigia. Conrad intentó encender la luz, pero Job lo detuvo. El anciano parecía haber recuperado gran parte de su compostura.

Dame la luz dijo y había una determinación sombría en su voz. Entraré solo. Si ha regresado a la tumba, si está de nuevo en su ataúd, sé cómo tratar con él. Esperen aquí, y si grito, o si escuchan los sonidos de una lucha, entren.

Pero Conrad comenzó una objeción.

No discutas! chilló el viejo Kiles, su compostura comenzaba a desmoronarse de nuevo. Esta es mi tarea y la haré solo!

Maldijo cuando Conrad sin darse cuenta dirigió el haz de luz a su cara, luego agarró la linterna y, sacando algo de su abrigo, entró en la tumba, empujando la pesada puerta detrás de él.

Esto es una locura murmuré con inquietud. Por qué insistió tanto en que fuéramos con él, si tenía la intención de entrar solo? Y notaste el brillo en sus ojos? Pura locura!

No estoy tan seguro respondió Conrad. Me pareció más una mirada de maligno triunfo. En cuanto a estar solo, difícilmente lo llamarías así, ya que estamos a solo unos metros de él. Tiene alguna razón para no querer que entremos en esa tumba. Qué sacó de su abrigo al entrar?

Parecía un palo afilado y un martillo pequeño.

Por supuesto! espetó Conrad. Qué tonto he sido! No es de extrañar que quisiera entrar a la tumba solo! ODonnel, habla en serio acerca de esta tontería de los vampiros. No recuerdas las insinuaciones que hizo sobre estar preparado y todo eso? Tiene la intención de clavar esa estaca en el corazón de su hermano! Vamos! No pretendo que mutile...

Desde la tumba sonó un grito que me perseguirá cuando esté agonizando. El espantoso timbre nos paralizó, y antes de que pudiéramos recobrar el sentido, se oyó un enloquecido movimiento de pies, el impacto de un cuerpo volador contra la puerta. Como un murciélago salido de la boca del infierno, voló la forma de Job Kiles. Cayó de cabeza a nuestros pies. La linterna voló de su mano y se apagó. Detrás de él, la puerta de hierro estaba entreabierta y pensé escuchar un extraño ruido de deslizamiento en la oscuridad. Pero toda mi atención se centró en el desgraciado que se retorcía a nuestros pies en horribles convulsiones.

Nos inclinamos sobre él. La luna, deslizándose desde detrás de una nube oscura, iluminó su rostro espantoso, y ambos gritamos involuntariamente por el horror allí estampado. De sus ojos dilatados, toda la luz de la cordura se apagó, como se apaga una vela en la oscuridad. Conrad lo sacudió.

Kiles! En nombre de Dios, qué te pasó?

Un horrible maullido babeante fue la única respuesta; luego captamos unas palabras casi inarticuladas.

La cosa! La cosa en el ataúd!

Luego, cuando Conrad gritó una pregunta feroz, los ojos se pusieron en blanco y se cerraron, los labios rígidos se congelaron en una mueca espantosa y sin alegría, y todo el cuerpo lacio del hombre pareció hundirse y colapsar sobre sí mismo.

Muerto! murmuró Conrad, consternado.

No veo ninguna herida susurré, conmovido.

No hay heridas, no hay gota de sangre.

Entonces apenas me atrevía a poner en palabras el espantoso pensamiento.

Miramos con temor la franja oblonga de negrura enmarcada en la puerta parcialmente abierta de la tumba silenciosa. El viento aulló de repente a través de la hierba, como un himno de triunfo demoníaco. Un temblor repentino se apoderó de mí.

Conrad se levantó.

Vamos! dijo. Dios sabe lo que acecha en esa tumba infernal, pero tenemos que averiguarlo. El anciano estaba abrumado por sus propios miedos. Su corazón no era demasiado fuerte. Cualquier cosa podría haber causado su muerte. Estás conmigo?

Qué terror de una amenaza tangible y entendida puede igualar al de una amenaza invisible y sin nombre? Pero asentí con la cabeza, y Conrad tomó la linterna, la encendió y gruñó de placer porque no estaba rota. Luego nos acercamos a la tumba como los hombres se acercan a la guarida de una serpiente. Mi arma estaba amartillada en mi mano cuando Conrad abrió la puerta. Su luz jugaba velozmente sobre las paredes húmedas, el piso polvoriento y el techo abovedado, para detenerse en el ataúd sin tapa que estaba en su pedestal de piedra en el centro. Nos acercamos, sin atrevernos a conjeturar qué horror sobrenatural podrían encontrar nuestros ojos. Conrad iluminó con su luz. Un grito se nos escapó; el ataúd estaba vacío.

Dios mío! susurré. Job tenía razón! Pero, dónde está el vampiro?

Ningún ataúd vacío asustó hasta matar a Job Kiles respondió Conrad. Sus últimas palabras fueron la cosa en el ataúd. Había algo en él, algo cuya visión extinguió la vida de Job Kiles como una vela apagada.

Pero dónde está? pregunté con inquietud. No podría haber emergido de la tumba sin que lo hubiéramos visto. Es que puede hacerse invisible a voluntad? Está aquí, con nosotros en esta tumba, sin ser visto?

Es una locura pensarlo espetó Conrad, pero lanzando con una rápida mirada instintiva por encima del hombro a derecha e izquierda. Luego añadió: Notas un leve olor repulsivo en este ataúd?

Sí, pero no puedo definirlo.

Ni yo. No es exactamente el hedor de un osario. Es un olor a reptil. Me recuerda levemente a los olores que he captado en las minas muy por debajo de la superficie de la tierra. Se adhiere al ataúd como si algún ser impío de lo profundo se hubiera acostado allí.

Pasó la luz sobre las paredes de nuevo y la detuvo repentinamente, enfocándola en la pared trasera, que estaba fuera de la placa de roca de la colina sobre la que se construyó la tumba.

Mira!

En la pared supuestamente sólida mostraba una abertura larga y delgada! Conrad la alcanzó de una zancada y juntos la examinamos. Empujó con cautela en la sección de la pared más cercana, y cedió hacia adentro silenciosamente, abriéndose en una negrura tal que no había soñado que existiera de este lado de la tumba. Ambos retrocedimos involuntariamente y nos quedamos tensos, como si esperáramos que nos asaltara algún horror de la noche. Entonces, la breve risa de Conrad fue como una pizca de agua helada en mis nervios tensos.

Al menos el ocupante de la tumba utiliza un medio de entrada y salida no sobrenatural dijo. Evidentemente, esta puerta secreta fue construida con sumo cuidado. Mira, es simplemente un gran bloque de piedra vertical que gira sobre un pivote. Y el silencio con el que funciona muestra que el pivote y los casquillos han sido engrasados recientemente.

Dirigió su rayo hacia el hoyo detrás de la puerta, y descubrió un túnel estrecho que corría paralelo al umbral de la puerta, claramente hacia la roca sólida de la colina. Los lados y el suelo eran lisos y uniformes; el techo, arqueado.

Conrad retrocedió y se volvió hacia mí.

ODonnel, me parece sentir algo oscuro y siniestro aquí, y estoy seguro de que posea una agencia humana. Siento como si hubiéramos tropezado con un río negro, escondido, corriendo bajo nuestros pies. Adónde conduce, no puedo decirlo, pero creo que el poder detrás de todo esto es Jonas Kiles. Creo que el viejo Job vio a su hermano en la ventana esta noche.

Pero Jonas Kiles está muerto.

Creo que no. Creo que estaba en un estado autoinducido de catalepsia, como el que practican los faquires de la India. He visto algunos casos y habría jurado que estaban realmente muertos. Han descubierto el secreto de la animación suspendida a voluntad, a pesar de los científicos y los escépticos. Jonas Kites vivió varios años en la India y, de alguna manera, debe haber aprendido ese secreto.

El ataúd abierto, el túnel que conduce desde la tumba, todo apunta a que estaba vivo cuando lo colocaron aquí. Por alguna razón, deseaba que la gente creyera que estaba muerto. Puede ser un capricho de una mente desequilibrada, pero también podría haber razones más oscuras. A la luz de su aparición ante su hermano, me inclino por esto último, pero en este momento mis sospechas son demasiado horribles y fantásticas para expresarlas con palabras. Tengo la intención de explorar este túnel. Jonas puede estar escondido en alguna parte. Estás conmigo? Recuerda, el hombre puede ser un maníaco homicida, o si no, más peligroso incluso que un loco.

Estoy contigo gruñí, aunque se me puso la carne de gallina ante la perspectiva de hundirme en ese pozo nocturno. Pero, qué pasa con ese grito que escuchamos? Eso no fue fingir agonía! Y qué fue lo que Job vio en el ataúd?

No lo sé. Podría haber sido Jonas vestido con algún disfraz infernal. Admito que hay mucho misterio asociado a este asunto, incluso si aceptamos la teoría de que Jonas está vivo y detrás de todo. Pero, vamos, ayúdame a levantar a Job. No podemos dejarlo tirado aquí. Lo meteremos en el ataúd.

Así que levantamos a Job Kites y lo pusimos en el ataúd del hermano que había odiado, donde yacía con sus ojos vidriosos mirando desde sus rasgos grises. Mientras lo miraba, el canto fúnebre del viento pareció hacer eco de sus palabras en mis oídos:

Adelante! A la tumba! y su camino ciertamente lo había llevado a la tumba.

Conrad abrió el camino a través de la puerta secreta que dejamos abierta. Cuando entramos en ese túnel negro, tuve un momento de pánico absoluto. Me alegré de que Conrad tuviera en su bolsillo la única llave con la que la pesada cerradura de la entrada podría abrirse. Tenía la inquietante sensación de que el endemoniado Jonas podría cerrar la puerta, dejándonos sellados en la tumba hasta el Día del Juicio Final.

El túnel parecía correr aproximadamente hacia el este. Avanzaba con cautela, iluminando el camino ante nosotros.

Este túnel no fue abierto por Jonas Kiles susurró Conrad. Tiene un aire muy antiguo, mira!

Otra puerta oscura apareció a nuestra derecha. Conrad dirigió su rayo a través de ella, revelando otro pasaje más estrecho. Otras puertas se abrían a ambos lados.

Es una red murmuré. Pasillos paralelos conectados por túneles más pequeños. Quién hubiera imaginado que algo así se encontraba bajo las colinas Dagoth?

Cómo lo descubrió Jonas Kiles? se preguntó Conrad. Mira, hay otra puerta a nuestra derecha, y otra, y otra! Tienes razón, es una verdadera red de túneles. Quién diablos los cavó? Deben ser obra de alguna raza prehistórica desconocida. Pero este corredor en particular se ha usado recientemente. Ves cómo se remueve el polvo en el piso? Todas las puertas están a la derecha, ninguna a la izquierda. Este corredor sigue la línea exterior de la colina, y debe haber una salida en algún lugar a lo largo de ella. Mira!

Estábamos pasando por la abertura de uno de los oscuros túneles que se cruzaban, y Conrad había iluminado la pared junto a él. Allí vimos una flecha tosca marcada con tiza roja, apuntando hacia el túnel más pequeño.

Eso no puede conducir al exterior murmuré. Se hunde más profundamente en las entrañas de la colina.

Sigámoslo, de todos modos respondió Conrad. Podemos encontrar el camino de regreso a este túnel exterior fácilmente.

Así que bajamos, cruzando varios otros corredores más grandes, y en cada uno de ellos encontramos la flecha señalando el camino por el que íbamos. La luz de Conrad parecía casi perdida en esa densa negrura, y presagios sin nombre y temores instintivos me perseguían mientras nos hundíamos más y más en el corazón de esa maldita colina. De repente, el túnel terminó abruptamente en una estrecha escalera que conducía hacia abajo y se desvanecía en la oscuridad. Un escalofrío involuntario me sacudió mientras miraba hacia los escalones tallados. Qué pies impíos los habían pisado en épocas olvidadas? Luego vimos algo más: una pequeña cámara que se abría al túnel, justo en la parte superior de la escalera. Y cuando Conrad iluminó con su linterna, una exclamación involuntaria salió de mis labios. No había ningún ocupante, pero abundaban las pruebas de una ocupación reciente.

Que la cámara hubiera sido amueblada para ser ocupada por humanos no era tan sorprendente, a la luz de nuestros descubrimientos anteriores, pero nos quedamos horrorizados por el estado del contenido. Un catre de campaña yacía de lado, roto, las mantas esparcidas por el suelo rocoso en tiras irregulares. Libros y revistas hechos pedazos, latas de comida yacían descuidadamente, maltratadas y dobladas, algunas estallaron y el contenido se derramó. Una lámpara yacía rota en el suelo.

Un escondite dijo Conrad. Y apostaré mi cabeza que es de Jonas Kiles. Pero qué caos! Mira estas latas, aparentemente reventadas por haber sido golpeadas contra el piso de roca, y esas mantas, rasgadas en tiras, como un hombre podría rasgar un pedazo de papel. Dios mío, ODonnel, ningún ser humano podría causar tantos estragos!

Un loco podría murmuré. Qué es eso?

Conrad se detuvo y tomó un cuaderno. Lo acercó a la luz.

Es el diario de Jonas Kiles! Conozco su letra. Mira, esta última página está intacta, y está fechada hoy! Eso prueba que está vivo.

O estaba. Dónde diablos está de todos modos? susurré, mirando con miedo a mi alrededor. Y por qué toda esta devastación?

Lo único que se me ocurre dijo Conrad, es que el hombre estaba al menos parcialmente cuerdo cuando entró en estas cavernas, pero desde entonces se ha vuelto loco. Será mejor que estemos alerta; si está loco, es muy posible que nos ataque en la oscuridad.

He pensado en eso gruñí con un estremecimiento involuntario. Es un pensamiento bonito: un loco acechando en estos túneles infernales para saltar sobre nuestra espalda. Adelante, lee el diario mientras yo vigilo la puerta.

Leeré esta última entrada dijo Conrad. Quizás arroje algo de luz sobre el tema.

Y enfocando la luz en la caligrafía apretada, leyó:

Todo está ahora listo para mi gran golpe. Esta noche dejo este retiro para siempre, y no me arrepentiré, porque la eterna oscuridad y el silencio están comenzando a sacudir incluso mis nervios de hierro. Me estoy volviendo imaginativo. Incluso mientras escribo, me parece escuchar sonidos sigilosos, como de cosas que se arrastran desde abajo, aunque no he visto ni un murciélago o una serpiente en estos túneles. Pero mañana habré tomado mi morada en la hermosa casa de mi hermano. Mientras él, y es una broma tan rara que lamento no poder compartirla con nadie, él ocupará mi lugar en la fría oscuridad, más oscura y fría que incluso estos túneles oscuros.

Debo escribir, si no puedo hablar de ello, porque estoy emocionado por mi propia astucia. Y qué diabólica astucia! Si los tontos supieran que trabajé en las supersticiones de mi hermano soltando pistas y dejando caer comentarios crípticos. l siempre me miró como una herramienta del Maligno. Antes de mi enfermedad, tembló al borde de la creencia de que me había vuelto sobrenatural o infernal. Luego, en mi supuesto lecho de muerte, cuando derramé toda mi furia sobre él, su miedo era genuino. Sé que está completamente convencido de que soy un vampiro. Conozco a mi hermano? Estoy tan seguro como si lo hubiera visto, que huyó de su casa y preparó una estaca para atravesar mi corazón. Pero no hará ningún movimiento hasta que esté seguro de que lo que sospecha es cierto.

Esta seguridad se la brindaré. Esta noche apareceré en su ventana. Apareceré y desapareceré. No quiero matarlo de miedo, porque entonces mis planes quedarían en nada. Sé que cuando se recupere de su primer susto, vendrá a mi tumba para destruirme con su estaca. Entonces lo mataré. Me vestiré con sus ropas y lo colocaré en el ataúd abierto. Nos parecemos lo suficiente, de modo que, con mi conocimiento de sus maneras y gestos, puedo imitarlo a la perfección. Además, quién lo sospecharía? Es demasiado extraño, demasiado fantástico. La gente puede preguntarse por el cambio en Job Kiles, pero no irá más allá. Viviré y moriré en los zapatos de mi hermano, y cuando la muerte real llegue a mí, será pospuesta por mucho tiempo. Me acostaré en las antiguas bóvedas de Kiles con el nombre de Job Kiles en mi lápida, mientras el verdadero Job duerme en la vieja tumba en Pirate Hill.

Me pregunto hace cuántos años descubrió Jacob Kiles estos caminos subterráneos. l no los construyó. Fueron tallados en cavernas oscuras y roca sólida por las manos de hombres olvidados; cuánto tiempo hace no me atrevo a aventurar una conjetura. Mientras me escondo aquí, esperando, me he divertido explorándolos. He descubierto que son mucho más extensos de lo que había sospechado. Se hunden en la tierra a una profundidad increíble, nivel tras nivel, como los pisos de un edificio, y cada nivel está conectado con el de abajo por una sola escalera. El viejo Jacob Kiles debe haber utilizado estos túneles, al menos los del nivel superior, para el almacenamiento de botín y contrabando. Construyó la tumba para enmascarar sus actividades reales y, por supuesto, cortar la entrada secreta y colgar la piedra de la puerta en el pivote. Debe haber descubierto las madrigueras por medio de la entrada oculta en Smugglers Point. La puerta vieja que construyó allí era una mera masa de astillas podridas y oxidado metal cuando la encontré. Como nadie la descubrió, después de él, no es probable que nadie encuentre la nueva puerta que construí con mis propias manos para reemplazar la antigua. Aún así, tomaré las precauciones adecuadas a su debido tiempo.

Me he preguntado mucho en cuanto a la identidad de la raza que alguna vez debió habitar estos laberintos. No he encontrado huesos ni cráneos, aunque sí he descubierto, en el nivel superior, implementos de cobre curiosamente endurecidos. También encontré implementos de piedra, hasta el décimo nivel. Además, en el nivel superior encontré porciones de paredes decoradas con pinturas muy descoloridas, pero que evidencian indudable habilidad. Estos cuadros-pinturas que encontré en todos los niveles hasta el quinto, aunque las decoraciones de cada nivel eran más toscas que las del anterior, hasta que las últimas eran meras manchas sin sentido, como las que un simio podría hacer con un pincel. Además, los implementos de piedra eran mucho más toscos en los niveles inferiores, al igual que la mano de obra de los techos, escaleras, puertas, etc. Uno tiene la fantástica impresión de una raza encarcelada que se adentra cada vez más en la tierra negra, siglo tras siglo, y pierde cada vez más sus atributos humanos a medida que se hundían en un nuevo nivel.

El decimoquinto nivel no tiene sentido, los túneles corren sin rumbo fijo, sin un plan aparente, un contraste tan llamativo con el nivel superior, el cual es un triunfo de la arquitectura primitiva, que es difícil creer que hayan sido construidos por la misma raza. Muchos siglos deben haber pasado entre la edificación de los dos niveles, y los constructores deben haberse degradado mucho. Pero el nivel quince no es el final de estas misteriosas madrigueras.

La entrada que se abre en la única escalera en la parte inferior del nivel más bajo estaba bloqueada por piedras que habían caído del techo, probablemente hace cientos de años, antes de que el viejo capitán Jacob descubriera los túneles. Impulsado por la curiosidad, quité los escombros. Abrí un agujero en el montón este mismo día, aunque no tuve tiempo de explorar lo que había debajo, De hecho, dudo que pueda hacerlo, porque mi luz me mostró, no la serie habitual de escaleras de piedra, sino un eje empinado y liso que conduce a la oscuridad. Un simio o una serpiente pueden pasar arriba y abajo, pero no un ser humano. A qué hoyos impensables conduce, no me importa incluso tratar de adivinar. Por alguna razón, me dio una sensación extrañamente espeluznante y me llevó a conjeturas fantásticas sobre el destino final de la raza que una vez vivió en estas colinas. Los niveles inferiores no se encuentran en rocas casi sólidas como los que están más cerca de la superficie. Están en tierra negra y una especie de piedra muy blanda, y aparentemente fueron extraídas con los utensilios más primitivos; incluso parecen haber sido excavadas con dedos y uñas. Podrían ser las madrigueras de animales, excepto por el evidente intento de imitar los sistemas más ordenados de arriba. Pero por debajo del decimoquinto nivel, como pude ver, incluso por mis investigaciones superficiales, cesa toda imitación; las excavaciones debajo del decimoquinto nivel son pozos locos y brutales, y no deseo saber a qué blasfemas profundidades descienden.

Me atormentan especulaciones fantásticas sobre la identidad de la raza que se hundió en la tierra y desapareció en sus negras profundidades hace tanto tiempo. Persistía una leyenda entre los indios de esta vecindad, muchos siglos antes de la llegada de los hombres blancos, que decía que sus antepasados condujeron a una extraña raza alienígena a las cavernas de Dagoth Hills y los sellaron para perecer. Sin embargo, no murieron, sino que sobrevivieron de alguna manera durante al menos varios siglos. Quiénes eran, de dónde venían, cuál era su destino final, nunca se sabrá. Los antropólogos pueden obtener alguna evidencia de las pinturas en el nivel superior, pero no pretendo que nadie se entere nunca de estas madrigueras. Algunas de estas imágenes oscuras representan indios inconfundibles, en guerra con hombres evidentemente de la misma raza que los artistas de estos modelos.

Pero se acerca el momento de llamar a mi amado hermano. Saldré por la puerta de Smugglers Point y regresaré por el mismo camino. Llegaré a la tumba antes que mi hermano, por muy rápido que venga, y vendrá, sé que lo hará. Luego, cuando todo esté hecho, saldré de la tumba, y ningún hombre volverá a poner un pie en estos corredores. Porque me aseguraré de que la tumba nunca se abra. Una explosión conveniente de dinamita sacudirá suficientes rocas desde los acantilados de arriba para sellar eficazmente la puerta en Smugglers Point para siempre.

Conrad deslizó el cuaderno en su bolsillo.

Loco o cuerdo dijo lúgubremente, Jonas Kiles es un verdadero demonio. No estoy muy sorprendido, pero sí un poco conmocionado. Qué plan infernal! Pero se equivocó en una cosa: aparentemente dio por sentado que Job vendría solo. El hecho de que no lo hiciera fue suficiente para alterar sus cálculos.

En última instancia respondí, en lo que respecta a Job, Jonás ha tenido éxito en su diabólico plan: logró matar a su hermano de alguna manera. Evidentemente, él estaba en la tumba cuando Job entró.

Conrad negó con la cabeza. Un creciente nerviosismo se había hecho evidente en sus modales a medida que avanzaba con la lectura del diario. De vez en cuando se detenía y levantaba la cabeza en actitud de escucha.

ODonnel, no creo que fuera Jonas a quien Job vio en el ataúd. He cambiado un poco mi opinión. Una mente humana malvada fue el artífice de todo esto, pero algunos de los aspectos de este asunto no se puede atribuir a la humanidad. Ese grito que escuchamos en el Point, el estado de esta habitación, la ausencia de Jonas, todo indica algo aún más oscuro y siniestro que el plan de asesinato de Jonas Kiles.

Qué quieres decir? pregunté con inquietud.

Supongamos que la raza que cavó estos túneles no pereció susurró. Supongamos que sus descendientes todavía viven en algún estado de existencia anormal en los pozos negros debajo de los niveles de los pasillos. Jonas menciona en sus notas que pensó escuchar sonidos sigilosos, como cosas que se arrastran desde abajo.

Pero vivió en estos túneles durante una semana protesté.

Olvidas que el pozo que conduce a los pozos estaba bloqueado hasta hoy, cuando limpió las rocas. ODonnel, creo que los pozos inferiores están habitados, que las criaturas han encontrado su camino hacia estos túneles, y que fue la vista de una de ellas, durmiendo en el ataúd, lo que mató a Job Kiles.

Pero esto es una locura total! exclamé.

Sin embargo, estos túneles fueron habitados en tiempos pasados, y según lo que hemos leído, los habitantes deben haberse hundido a un nivel de vida increíblemente bajo. Qué prueba tenemos de que sus descendientes no hayan vivido en los horribles pozos negros que vio Jonas? Escucha!

Había apagado la luz y llevábamos unos minutos en la oscuridad. En algún lugar escuché un leve ruido de deslizamiento. Sigilosamente nos metimos en el túnel.

Es Jonas Kiles! susurré, pero una sensación helada subió y bajó por mi columna.

Entonces se ha estado escondiendo abajo murmuró Conrad. Los sonidos provienen de las escaleras, como si algo se arrastrara desde abajo. No me atrevo a encender la luz, si está armado, podría atraerlo.

Me pregunté por qué Conrad, con los nervios de hierro en presencia de enemigos humanos, temblaba como una hoja. En algún lugar del túnel, en la dirección por la que veníamos, escuché otro suave sonido repelente. Y en ese instante los dedos de Conrad se hundieron como acero en mi brazo. En la turbia oscuridad debajo de nosotros, dos chispas amarillas oblicuas brillaron de repente.

Dios mío! susurró Conrad. Ese no es Jonas Kiles!

Mientras hablaba, otra par de ojos se unió al primero; luego, de repente, el oscuro pozo que nos atravesaba estaba vivo con destellos amarillos, flotantes, como estrellas malignas reflejadas en un golfo nocturno. Fluyeron escaleras arriba hacia nosotros, silenciosamente excepto por ese detestable sonido de deslizamiento. Un vil olor terroso brotó de nuestras fosas nasales.

Regresemos, en el nombre de Dios! jadeó Conrad, y comenzamos a alejarnos de las escaleras, por el túnel por el que habíamos venido.

Entonces, de repente, llegó la ráfaga de un cuerpo pesado a través del aire y, girando, disparé a ciegas y a quemarropa en la oscuridad. Mi grito, cuando el destello iluminó momentáneamente la sombra, fue repetido por Conrad. Al instante siguiente, estábamos corriendo por el túnel como los hombres podrían huir del infierno, mientras que detrás de nosotros algo se desplomaba, se tambaleaba y se revolcaba en el suelo en su agonía.

Enciende la luz jadeé. No debemos perdernos en estos laberintos infernales.

El rayo apuñaló la oscuridad delante de nosotros y nos mostró el pasillo exterior donde habíamos visto la flecha por primera vez. Allí nos detuvimos un instante y Conrad dirigió su rayo hacia el túnel. Solo vimos la oscuridad vacía, pero más allá solo Dios sabe qué horrores se arrastraban a través de la oscuridad.

Dios mío, Dios mío! Conrad jadeó. Lo viste? Lo viste?

No sé! Vislumbré algo parecido a una sombra voladora. No era un hombre, tenía una cabeza algo así como un perro.

No estaba mirando en esa dirección susurró. Estaba mirando por las escaleras cuando el destello de tu arma cortó la oscuridad.

Qué viste? mi carne estaba húmeda de sudor frío.

Las palabras humanas no pueden describirlo! gritó. La tierra negra se llenó de gusanos gigantes, la oscuridad se agitó con una vida blasfema. En el nombre de Dios, salgamos de aquí, por este pasillo hacia la tumba!

Pero incluso cuando dimos un paso hacia adelante, fuimos paralizados por sonidos sigilosos delante de nosotros.

Los pasillos están llenos de ellos! susurró Conrad. Rápido, por el otro lado! Este corredor sigue la línea de la colina y debe correr hacia la puerta en Smugglers Point.

Hasta que muera recordaré aquel vuelo por ese pasillo negro y silencioso, con el horror que nos pisaba los talones. Por un momento esperé que algún espectro con colmillos de demonio saltara sobre nuestra espalda o surgiera de la oscuridad frente a nosotros. Entonces Conrad, alumbrando su luz tenue hacia adelante, soltó un jadeo de alivio.

La puerta, por fin. Dios mío, qué es esto?

Incluso cuando su luz había brillado sobre una pesada puerta forrada de hierro, con una pesada llave en la enorme cerradura, había tropezado con algo que yacía arrugado en el suelo. Su luz mostraba una forma humana retorcida, su cabeza destrozada yacía en un charco de sangre. Los rasgos eran irreconocibles, pero conocíamos la forma demacrada y desgarbada, todavía vestida con las ropas de la tumba. La muerte real había encontrado por fin a Jonas Kiles.

Ese grito cuando pasamos el Point esta noche! susurró Conrad. Fue su grito de muerte! Había regresado a los túneles después de mostrarse a su hermano, y el horror se apoderó de él en la oscuridad.

De repente, mientras estábamos sobre el cadáver, escuchamos de nuevo ese maldito ruido de deslizamiento en la oscuridad. En un frenesí, saltamos a la puerta y la abrimos. Con un sollozo de alivio, nos adentramos en la noche iluminada por la luna. Por un instante, la puerta se abrió detrás de nosotros, luego, cuando nos volvimos para mirar, una ráfaga de viento salvaje la cerró de golpe.

Pero antes de que se cerrara, una imagen espantosa saltó ante nosotros, medio iluminada por los desordenados rayos de la luna: el cadáver desparramado y mutilado, y sobre él una monstruosidad gris que se tambaleaba, un horror con cabeza de perro, de ojos llameantes. Luego, el portazo borró la vista, y mientras huíamos por la pendiente a la luz de la luna cambiante, escuché a Conrad balbucear:

Engendro de los pozos negros de la locura y la noche eterna, el nadir de la degeneración humana! Buen Dios, sus antepasados eran hombres. Los pozos debajo del decimoquinto nivel, en qué infiernos de blasfemo horror negro se hunden, y por qué hordas demoníacas están poblados? Son descendientes de hombres, de los Moradores, los Moradores debajo de las tumbas!

Robert E. Howard (1906-1936)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Robert E. Howard.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Robert E. Howard: Los moradores debajo de las tumbas (The Dwellers Under the Tombs), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a ***.com


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 Asunto: La maternidad fallida en Drácula
NotaPublicado: Sab Abr 03, 2021 11:17 pm 
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La maternidad fallida en Drácula.




La novela de Bram Stoker: Drácula (Dracula), a menudo se interpreta en términos psicológicos como una obra que aborda la sexualidad como algo flexible, donde las las barreras de género invariablemente se rompen (ver: Atrapado en el cuerpo equivocado: la identidad de género en el Horror).

En efecto, los roles inestables y inversión de género pueden verse claramente en Drácula, y se manifiestan principalmente en sus personajes femeninos. Un ejemplo de esto es el tropo recurrente de la maternidad fallida que impregna todo el trabajo de Bram Stoker. Aquí, las figuras maternas fallan repetidamente en proteger a sus hijos contra los vampiros, y algunas llegan al extremo de atacar a los niños una vez que ellas mismas se han convertido en no-muertos. La teoría de las relaciones de objeto es una forma interesante de examinar estas figuras maternas de Drácula.

La gran mayoría de las interpretaciones freudianas de Drácula sostienen que la novela puede entenderse como una manifestación del complejo de Edipo, tanto en un nivel explícito como implícito (ver: Lo que Sigmund Freud no te contó sobre el complejo de Edipo). Desde esta perspectiva, el pequeño grupo de hombres que se propone destruir al Conde representa a los hijos que se vuelven contra su padre, y las mujeres que deben salvar de Drácula simbolizan las figuras maternas que los hijos, a su vez, recuperarán de su celoso padre.

Carl Jung, a su vez, cambia este enfoque patriarcal e intenta abordar la función más profunda de la figura materna. En este contexto, la relación madre-hijo no es analizada en términos unilaterales, sino de forma más dinámica. Esto desafía la clasificación freudiana de roles de género bien definidos y subraya la conexión erótica primaria del bebé con el cuerpo de la madre preedípica, una conexión que se conceptualiza como el eje organizador central de todas las relaciones humanas posteriores. A la luz de esto, Drácula puede analizarse como una novela centrada en el cuerpo de la mujer (ver: El cuerpo de la mujer en el Gótico).

De hecho, incluso Drácula puede verse como una figura materna, en términos de que trasciende e invierte los roles de género tradicionales. En esencia, muchas de las relaciones en la novela pueden entenderse como binarios de la madre-hijo y madre-hija respectivamente, y examinarse desde un enfoque de relaciones objetales.

Primero, en términos de personajes maternos en la novela, encontramos a las Hermanas Extrañas (Weird Sisters), aquellas tres vampiresas que viven en el castillo de Drácula (ver: Las tres novias de Drácula). Estas tres mujeres son fundamentales para la discusión sobre la maternidad fallida en Drácula, ya que invierten y pervierten el papel natural de la madre. Por ejemplo, cuando Jonathan Harker las encuentra por primera vez en una parte prohibida del castillo, las describe como damas por su forma de vestir y sus modales. Dos de ellas son morenas, de nariz alta y aguileña, como el Conde, y con grandes ojos oscuros y penetrantes, que parecían casi rojos en contraste con la luna.

La otra vampiresa es rubia, con grandes masas de cabello dorado y ojos de de color zafiro pálido. Curiosamente [y esto es algo que jamás fue utilizado por ninguna adaptación cinematográfica], Jonathan la reconoce: De alguna manera conocía su rostro, y lo conocía en conexión con algún miedo soñado, pero no podía recordar cómo ni dónde. En este punto estamos ante una encrucijada. Si tomamos el camino freudiano probablemente habría que decir que ese recuerdo que Jonathan no puede ubicar es el de la Madre Arquetípica, la madre que desea y teme al mismo tiempo. En otras palabras, la mujer que Jonathan no puede identificar es su madre, por supuesto, en términos simbólicos (ver: Drácula visita Salems Lot)

Sin embargo, hay una explicación más simple y probablemente más acertada para esta extraña sensación. Harker observa los rasgos de las vampiresas y de algún modo le parecen conocidos. Dónde los vio antes? Quizás no en el simbolismo inconsciente de su madre, sino en el propio Conde. En efecto, Harker utiliza casi las mismas palabras para describir los rasgos de Drácula. El problema radica en que no puede conectar los dos puntos porque la idea que sugiere la imagen completa es demasiado horrible: las novias de Drácula son en realidad sus hijas (ver: Drácula y las mujeres)

Más aun, incluso podría haber una explicación mucho más prosaica. Harker quizás tiene el vago recuerdo de la vampiresa debido a que ella lo atacó cerca de Munich en un episodio cortado de la novela pero que sobrevive en el cuento: El huésped de Drácula (Draculas Guest).

Esto, sin embargo, no excluye del todo el tema de lo prohibido en relación al cuerpo de la mujer (ver: El cuerpo de la mujer en el Horror). Después de todo, si las vampiresas son hijas del Conde deberían estar prohibidas para él, razón por la cual esto podría despertar algunas ansiedades en Harker en relación a su propia madre. Para Sigmund Freud, el cuerpo de la madre es aquello que se desea pero que no puede tenerse, representa tanto lo familiar como lo extraño, por lo tanto, el cuerpo de la madre es un puente directo hacia lo Siniestro (ver: Lo Siniestro en la ficción: cuando lo familiar se vuelve extraño). A la luz de esto se podría decir que Jonathan Harker recuerda a su madre en la forma corporal de estas seductoras vampiresas, ya que, en términos freudianos, el amor y el deseo nacen de la unión erótica con la madre.

La visión de las vampiresas en esta escena despiertan sentimientos de deseo en el hasta entonces desapasionado y frío Jonathan Harker. Bram Stoker no hace demasiado para destruir la interpretación freudiana cuando Harker, atraído y repugnado a la vez por estas voluptuosas mujeres, comenta: había algo en ellas que me inquietaba, algo nostálgico que me producía un miedo mortal. Sentí en mi corazón el deseo perverso y ardiente de que me besaran con esos labios rojos. Los sentimientos conflictivos que Jonathan Harker experimenta aquí son consistentes con la noción de que el niño desea y al mismo tiempo quiere destruir a la madre.

Sin embargo, justo cuando las vampiresas se disponen a morder a Jonathan Harker [una de ellas ya está arrodillada ante él en lo que se insinúa como una felación vampírica], Drácula irrumpe en la habitación y les prohíbe acercarse a él. Luego les ofrece lo que Jonathan cree que es un niño en su lugar:

No vamos a tener nada esta noche? dijo una de ellas mientras señalaba la bolsa, que se movía como si hubiera un ser vivo dentro de ella. Como respuesta él asintió con la cabeza. Si mis oídos no me engañaban hubo un jadeo y un gemido bajo, como el de un niño medio asfixiado. Las mujeres se acercaron, mientras yo estaba horrorizado.

Aquí, el ser vivo representa al doble de Jonathan Harker, quien, como un bebé indefenso, es dominado y devorado por las fuerzas del mal. En este sentido, las mujeres lo consumen, al igual que se deleitan con lo que parece ser un infante. Una vez más, esto puede relacionarse con el tropo de la maternidad fallida, ya que las vampiresas invierten el papel materno devorando en lugar de nutrir a los bebés. Por otro lado, la escena resuena asombrosamente en la relevancia de la etapa oral freudiana, un período donde los deseos de alimentación y los deseos sexuales se superponen (ver: Freud, el Hombre de Arena, y una teoría sobre el Horror)

El acto de devorar al infante, y simbólicamente a Harker, recuerda la imagen de la vagina dentata. De hecho, las bocas de las mujeres se describen en la novela como chorreando una humedad que brillaba sobre las lenguas rojas mientras se lamían los dientes blancos y afilados. Esta representación tabú está relacionada con sentimientos de odio hacia la figura materna: la fantasía del incesto y el matricidio evoca la imagen mítica de la vagina dentata, evidente en tantos cuentos populares, en los que la boca y los genitales se identifican y representan la amenaza de castración para todos los hombres (ver: Drácula habría sido la novela favorita de Nietzsche)

La figura materna sexualizada, a la vez codiciada y temida, es una verdadera depredadora en Drácula. De hecho, estas vampiresas matriarcales son las criaturas más temibles de toda la novela, ya que son capaces de afirmar su sexualidad de una manera mucho más explícita que los personajes vivos. Ellas pervierten, o, mejor dicho, invierten la imagen de la figura femenina idealizada, y se erigen como prostitutas en el extremo opuesto de este espectro.

Es importante señalar que, en la sociedad victoriana, las mujeres eran las únicas responsables de la crianza de los hijos, la cual era muy rígida, por lo tanto, sus hijos sentían por ellas una mezcla de amor y temor reverencial. La aparente omnipotencia de la madre primitiva, entonces, y su papel ambivalente como fuente del bien y del mal, es un tema central en Drácula. Curiosamente, Jonathan Harker adopta un papel pasivo hacia las abrumadoras figuras maternas de las vampiresas, que a su vez lo tratan como un indefenso niño victoriano al cual le proporcionarán placer y dolor simultáneamente (ver: Virgen o Bruja: la mujer según la literatura gótica)

Más tarde, cuando Drácula abandona el castillo para partir hacia Inglaterra, deja a Harker en manos de las mujeres, y el lector debe decidir si finalmente han logrado atacarlo. En todo caso, es un ataque implícito, no representado, y ocurre [si es que ocurre] en un oscuro espacio intermedio al que el diario personal de Harker no brinda acceso.

Sigmund Freud sostiene que esta mezcla de miedo y amor por la madre lleva a los niños a traicionarla, volviéndose hacia el padre en busca de seguridad emocional. Las vampiresas del castillo, que son esposas e hijas de Drácula, son retratadas como figuras maternas de las cuales el niño Harker desea escapar [y también poseer], pero con el inconveniente de que no hay ninguna figura paterna capaz de darle cobijo, lo cual plantea el tropo de la maternidad fallida casi desde el inicio de la novela.

Otra figura femenina interesante es el personaje de Lucy Westenra. Ella es la mujer caída de la novela. Lucy es, a la vez, la hija de una madre que no la protege y una figura materna que se alimenta de los niños. Al igual que las vampiresas del castillo, Lucy muestra un comportamiento maternal negativo hacia los niños una vez que se transforma en vampiro; se aprovecha de ellos, aunque sus víctimas en realidad sobreviven a sus ataques, a diferencia del supuesto bebé del castillo. Irónicamente, los niños de los que se alimenta se refieren a ella cariñosamente como la Dama Hermosa (Bloofer Lady); es decir, nunca la ven como una amenaza (ver: Bloofer Lady: la transformación de Lucy Westenra)

Es decir que Dama Hermosa no asusta a los niños. De hecho, un niño que ha sido mordido por Lucy le dice a su niñera que quiere volver a jugar con ella. En otras palabras, los niños, al igual que los personajes masculinos principales, se sienten atraídos por esta mujer maternal y cargada de erotismo. Como tal, Lucy adopta un papel maternal en el que es tanto una fuente de alegría como de horror para sus hijos, ya que es ella quien puede dar y quitar la vida.

En la escena en la que Lucy es atrapada con un niño por la banda de hombres dentro de su tumba, su actitud es brutal: Con un movimiento descuidado, arrojó al suelo, insensible como un demonio, al niño que hasta entonces había sostenido con fuerza contra su su pecho, gruñendo sobre él como un perro gruñe sobre un hueso. El niño soltó un grito agudo y se quedó allí, gimiendo. Lucy Westenra muestra un comportamiento cruel e incluso animal hacia los niños; al igual que las vampiresas del castillo, son solo comida para ella; lo cual nos remite de nuevo al tropo de la maternidad fallida (ver: Carmilla, Lucy y Helen: el monstruo femenino como figura de resiliencia)

Lucy también puede ser vista como una figura materna para sus tres pretendientes: John Seward, Quincey Morris y Arthur Holmwood. Al igual que Drácula con las tres vampiresas, la extraña relación entre Lucy y sus tres pretendientes es de naturaleza maternal y sexual. Le cuesta rechazar a Seward y Morris, casi como una madre que no puede elegir a un hijo por encima de otro, pero eventualmente lo hace, lo cual la convierte simbólicamente en una madre rechazadora para estos dos.

Más tarde, Arthur [el hijo elegido] cree que solo él le ha dado su sangre a Lucy y anuncia que este intercambio de fluidos la convierte en su verdadera novia. Sin embargo, no sabe que Van Helsing, Seward y Morris también le han donado su sangre, lo cual hace que Van Helsing insinúe maliciosamente que Lucy es un poco la novia de todos. Las transfusiones refuerzan el vínculo entre Lucy y los hombres, lo que sugiere que ella es verdaderamente una figura materna para ellos.

Una vez transformada en vampiro, Lucy se convierte en un ser visceral, movido por sus deseos, que persigue lo que quiere y ya no está inhibida por las reglas del decoro victoriano. Justo antes de morir solicita besos y caricias a su prometido, y su lascivia aumenta cuando se convierte en vampiro, ordenándole a Arthur que se una a ella: Ven a mí, Arthur. Deja a estos otros y ven a mí. Mis brazos están hambrientos de ti. Ven y podremos descansar juntos. Ven, esposo mío, ven!. Aunque resulte absurdo para nosotros, esta era una conducta sexualmente agresiva para una mujer victoriana.

Los sentimientos contradictorios de amor y odio hacia la maternal Lucy culminan cuando Arthur le clava repetidamente una estaca en el corazón. Esta escena resuena como el asesinato ritual de la madre primordial. Si bien la mano ejecutora es la de Arthur, el resto de sus hijos obtienen cierta satisfacción al destruir a Lucy de una manera cargada de simbolismo. Desde una perspectiva freudiana, estos sentimientos inaceptables no serían registrados conscientemente en sus mentes, sino que serían reprimidos. Desde el punto de vista de las relaciones objetales, Lucy muestra claramente el tropo de la maternidad fallida, primero como la hija de una madre que no logra protegerla, y luego como una figura maternal pervertida hasta su prematura muerte obliga a sus hijos a reemplazarla por Mina Murray (ver: Mina y Lucy: la ideología de género en Drácula)

En contraste con Lucy, Mina es la buena figura materna y posiblemente la heroína de Drácula. Mina representa el tipo de madre casta, y en esos términos reemplaza a Lucy como la figura materna de la banda de hombres. Primero, se convierte en la confidente emocional de John, Quincey y Arthur cuando Lucy muere, lo cual hace que el interés de los hombres se transfiera a ella, obteniendo contención, alivio emocional y consuelo. El espíritu maternal de Mina es muy evidente cuando consuela a Arthur:


Nosotras, las mujeres, tenemos algo de madre en nosotras, algo que nos hace elevarnos por encima de los pequeños asuntos cuando se invoca el espíritu de la madre. Sentí que la cabeza afligida de este gran hombre descansaba sobre mí, como si fuera la del bebé que algún día estará sobre mi pecho, y le acaricié el pelo como si fuera mi propio hijo.


Mina también consuela a Quincey Morris tras la pérdida de Lucy. Ella anota en su diario que él llevaba su dolor con tanta valentía que mi corazón sangró por él, y le asegura que ella puede proporcionarle el hombro que él busca desesperadamente para llorar: Me dejarás ser tu amiga? Vendrás a mí en busca de consuelo si lo necesitas?. El doctor Seward también recibe un trato amable por parte de Mina, quien a veces lo considera ingenuo como un niño. Mina es, por lo tanto, una figura materna importante a lo largo de la novela.

En Drácula, Mina fomenta esta actitud de retraimiento emocional cuando convence a los hombres de que debe ir con ellos a Transilvania para ayudar a derrotar al Conde. Más tarde, les hace jurar que si ella se convierte en vampiro la matarán sin vacilaciones: Deben prometerme, todos ustedes, incluso tú, mi amado esposo, que si llega el momento, me matarán. Mina se convierte así en la figura materna prototípica al obligar a sus hijos a ser emocionalmente fuertes y dejar de lado sus sentimientos si es necesario.

Pero el papel maternal de Mina cambia drásticamente al de una niña en la escena en la que Drácula la ataca y la obliga a beber su sangre en otra representación simbólica de una felación forzada. Seward anota la perturbadora escena en su diario: Con su mano izquierda, él [Drácula] sostuvo las dos manos de la señora Harker, manteniéndolas alejadas. Su mano derecha la agarró por la nuca, forzándola boca abajo sobre su pecho. La actitud de los dos tenía un parecido terrible con la de un niño que fuerza a un gatito a meter la nariz en un plato de leche para obligarlo a beber. Aunque Mina se ve obligada a beber la sangre de Drácula, claramente experimenta un deseo oral primitivo en esta escena, lo cual la contamina, volviéndola una figura materna menos perfecta durante el resto de la novela (ver: Por qué Drácula nunca pudo enamorarse de Mina)

Bram Stoker no solo vuelve a pervertir aquí la figura ideal de la madre, sino que esta escena también invierte las categorías de género al hacer que un hombre amamante a una mujer. En todo caso, en esta escena de iniciación, Drácula obliga a Mina a visitar una dimensión donde las distinciones de género colapsan, donde los fluidos corporales masculinos y femeninos se entremezclan. De hecho, a partir de esta lactancia simbólica, la figura materna idealizada de Mina se vuelve infantil. Más tarde, la marca causada por la hostia de Van Helsing en la frente de Mina refleja aún más su condición corrompida.

Drácula es derrotado al final y Mina da a luz a un niño, con lo cual establece su lugar como la heroína central de la novela, incluso más que cualquiera de los protagonistas masculinos. De hecho, su actitud se parece bastante a la de Lucy, ya que nombra a su hijo en honor a todos los hombres. Como señala Jonathan: Llevará los nombres de todo nuestro pequeño grupo de hombres, pero lo llamaremos Quincey. La decisión de nombrar al niño en homenaje a los hombres puede interpretarse como el matrimonio simbólico de Mina con todos ellos, cumpliendo así el deseo de Lucy de unirse en matrimonio con tantos hombres como quisiera. También imprime un aura un tanto incestual sobre el texto, ya que implica que la sangre de Drácula también fluye por las venas del niño.

Drácula termina con una nota polígama e implica que con el nacimiento (o renacimiento) de Quincey [el Quincey original muere en el combate final con Drácula], la próxima generación no aceptará fácilmente las categorías de identidad establecidas. En resumen, Mina, que puede ser vista como la buena figura materna de Drácula, también se representa con una luz negativa tras el ataque del conde contra ella. Por otro lado, el propio Drácula también muestra algunas cualidades maternas, invirtiendo así las categorías tradicionales de género. Este enfoque desafía la lectura tradicional freudiana de Drácula como la figura paterna malvada de la novela.

En cambio, Drácula podría representar una poderosa fuerza materna. El ataque a Mina lo muestra como un potente macho fálico, es cierto, pero también como una figura materna que amamanta a su víctima. Además, Drácula también actúa maternalmente con Jonathan Harker en el castillo, cuando este es atacado por las vampiresas. De hecho, inicialmente Drácula parece un padre que habla con su hijo al advertir a Harker que no se aventure a salir de su habitación por la noche, pero cuando este desobedece y se encuentra a merced de las vampiresas, el conde irrumpe como una madre encolerizada y sobreprotectora:


Era consciente de la presencia del Conde, y de su ser como bañado por una tormenta de furia. Con una voz que, aunque baja y casi en un susurro, parecía atravesar el aire y luego resonar en la habitación, dijo: Cómo se atreven a tocarlo? Cómo se atreven a mirarlo cuando se los había prohibido? Atrás, les dijo! Este hombre me pertenece! (ver: Este hombre me pertenece!)


Drácula muestra la posibilidad de ser una buena figura materna; no obstante, en la siguiente escena les entrega a las vampiresas la bolsa que contiene lo que parece ser un niño medio asfixiado, volviendo así a una figura maternal malvada. Y lo es, eventualmente, cuando por fin abandona a Jonathan, demostrando que es una madre negligente. En resumen, Drácula posee algunos rasgos maternos importantes que no siempre pueden considerarse negativos para el lector moderno, especialmente porque promueve y fomenta la liberación. Sin embargo, invierte y pervierte el papel natural de la madre y, en este sentido, representa una figura maternal fallida.

La maternidad fallida es un motivo recurrente en el Drácula de Bram Stoker. Como ejemplos del comportamiento maternal pervertido e invertido están las vampiresas, Lucy y el propio Drácula. Mina no se puede clasificar con estos depredadores vampíricos. Es, a lo sumo, una figura materna contaminada después del ataque de Drácula y, por lo tanto, pierde su condición de madre ideal. Por otro lado, a lo largo de Drácula vemos a todos estos niños y figuras infantiles sintiéndose atraídos y rechazados por sus madres. Además, los extraños sentimientos de matricidio surgen regularmente en la mente de estos hijos incestuosos, que desean a sus madres y, al mismo tiempo, desean también su destrucción.




Taller gótico. I Vampiros.


Más literatura gótica:
El artícul*: La maternidad fallida en Drácula fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a ***.com


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Una pieza nocturna sobre la muerte: Thomas Parnell; poema y análisis


Una pieza nocturna sobre la muerte: Thomas Parnell; poema y análisis.




Una pieza nocturna sobre la muerte (A Night-Piece on Death) es un poema de cementerio del escritor irlandés Thomas Parnell (1679-1718), publicado de manera póstuma por Alexander Pope en la antología de 1722: Poemas sobre varias ocasiones (Poems on Several Occasions).

A continuación compartimos nuestra versión en español de Una pieza nocturna sobre la muerte, sin dudas uno de los mejores poemas de Thomas Parnell, seguido de un breve análisis.




Una pieza nocturna sobre la muerte.
A Night-Piece on Death, Thomas Parnell (1679-1718)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Cuán profundo ese azul tiñe el cielo,
donde yacen innumerables orbes de oro,
mientras que a través de sus filas de plateado orgullo
parece deslizarse la luna.
La brisa adormecida se olvida de respirar,
el lago es suave y claro debajo,
donde una vez más el espectácul* de las estrellas
desciende para encontrarse con nuestros ojos.
Los terrenos, que a la derecha se extienden,
en penumbras de la vista se retiran:
a la izquierda, un lugar de tumbas,
cuyo muro baña el agua silenciosa.
Ese campanario guía tu vacilante mirada
entre los lívidos destellos de la noche.
Pasa, con melancolía,
por los solemnes túmulos del destino,
y piensa, con la suave tristeza
con la que caminas sobre venerables muertos.
Esas tumbas, cubiertas de hierbas,
que sin nombre levantan el suelo arrugado,
rápidas a la mirada del pensamiento,
revelan dónde reposan la Pobreza y el Trabajo.
Las tumbas de mármol que se elevan en lo alto,
cuyos muertos yacen en abovedados arcos,
cuyos pilares se hinchan con piedras esculpidas,
ángeles, epitafios, huesos, brazos,
adornan a los ricos, o alaban a los grandes.
Mientras miro, la pálida Cynthia se desvanece,
la tierra que estalla desvela las sombras!
Todos lentos y pálidos, envueltos en mortajas,
se levantan en multitudes visionarias,
y todos con acento sobrio gritan:
Piensa, mortal, lo que es morir.
Ahora, de ese tejo negro y funerario,
que baña de rocío el osario,
me parece oír una voz
(cuervos, cesen el estruendo de su croar,
relojes, no resuena el tiempo
sobre el amplio lago y el suelo de medianoche);
como un repique de gemidos huecos,
hablando así entre los huesos.
Cuando los hombres conocen mi guadaña,
me ven como la última de las cosas.
Tontos! La muerte es un camino que debe ser recorrido.
Por qué, entonces, tus estolas oscuras,
los largos coches fúnebres, los corceles con penachos negros,
que, al caminar, asienten sobre los escudos de los muertos?
Ni el cuerpo que ha partido,
ni desea el alma, conocer estas formas de aflicción.
En la tierra, y en el cuerpo enterrado,
unos pocos y malvados años son desperdiciados;
pero cuando sus cadenas son rotas,
contempla cómo se desarrolla la alegre escena,
aplauden con alegría y se elevan,
se mezclan con el resplandor del día.


How deep yon azure dyes the sky,
Where orbs of gold unnumbered lie,
While through their ranks in silver pride
The nether crescent seems to glide.
The slumbring breeze forgets to breathe,
The lake is smooth and clear beneath,
Where once again the spangled show
Descends to meet our eyes below.
The grounds, which on the right aspire,
In dimness from the view retire:
The left presents a place of graves,
Whose wall the silent water laves.
That steeple guides thy doubtful sight
Among the livid gleams of night.
There pass, with melancholy state,
By all the solemn heaps of fate,
And think, as softly-sad you tread
Above the venerable dead.
Those graves, with bending osier bound,
That nameless heave the crumpled ground,
Quick to the glancing thought disclose
Where Toil and Poverty repose.
The marble tombs that rise on high,
Whose dead in vaulted arches lie,
Whose pillars swell with sculptured stones,
Arms, angels, epitaphs and bones,
These adorn the rich, or praise the great.
While I gaze, pale Cynthia fades,
The bursting earth unveils the shades!
All slow and wan, and wrapped with shrouds,
They rise in visionary crowds,
And all with sober accent cry,
"Think, mortal, what it is to die."
Now from yon black and funral yew,
That bathes the charnel-house with dew,
Methinks I hear a voice begin
(Ye ravens, cease your croaking din,
Ye tolling clocks, no time resound
Oer the long lake and midnight ground);
It sends a peal of hollow groans,
Thus speaking from among the bones.
"When men my scythe and darts supply,
They view me like the last of things:
Fools! Deaths but a path that must be trod.
"Why then thy flowing sable stoles,
Long palls, drawn hearses, covered steeds,
And plumes of black, that, as they tread,
Nod oer the scutcheons of the dead?
"Nor can the parted body know,
Nor wants the soul, these forms of woe.
On earth, and in the body placed,
A few, and evil, years they waste;
But when their chains are cast aside,
See the glad scene unfolding wide,
Clap the glad wing, and towr away,
And mingle with the blaze of day."


Thomas Parnell
(1679-1718)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)



El poema de Thomas Parnell: Una pieza nocturna sobre la muerte es considerado el primer poema de cementerio. Se cree que fue escrito como respuesta a la muerte de su esposa, Anne, en 1711; sin embargo, el dolor personal parece estar ausente en el poema. No hay lágrimas, no hay referencias al sentimiento de duelo. Más bien, lo que tenemos aquí es un poema corto pero impactante, desapegado y lúcido, equilibrado, que presenta la escena de un cementerio y afirma que en la muerte el cuerpo escapará de su prisión terrenal y encontrará el resplandor del día.

Siendo un precursor en el género, Una pieza nocturna sobre la muerte introduce varios elementos esenciales. La escena se desarrolla de noche y en un cementerio. El cielo esta despejado; las estrellas son aparentes no solo en el cielo nocturno sino también abajo, reflejadas en las aguas de un lago. Así el poeta establece una simetría entre los cielos y la tierra, quizás animando al lector a fijar sus pensamientos en cosas superiores. Thomas Parnell incluye una línea hermosa aquí: la brisa adormecida se olvida de respirar, que refuerza una sensación de paz y quietud.

Tal vez lo más interesante de Una pieza nocturna sobre la muerte de Thomas Parnell es cómo el poeta estimula los sentidos del lector. No sabemos si el retrata un paisaje específico o imaginario, pero ciertamente logra agitar la mirada del lector. En este sentido, prefigura mucho de lo que veremos en el poema de Thomas Gray: Elegía escrita en un cementerio de aldea (Elegy Written in a Country Churchyard).

En cierto modo, Una pieza nocturna sobre la muerte es una meditación en un cementerio, como si lo físico, lo visual y lo tangible [las tumbas, la tierra, los muertos mismos] fuesen una fuente de conocimiento. Thomas Parnell realiza entonces una descripción del paisaje, con detalles y rasgos escasos pero precisos: el campanario, un muro, y algunos elementos más. Luego, compara las clases sociales de muertos, los ricos y los pobres, pero se centra en un punto común: a pesar de los memoriales erigidos, de los elaborados monumentos funerarios, en la muerte todos se verán privados de los sentidos que podrían permitirles apreciarlos (ver: Significado de las estatuas de los cementerios). La muerte, entonces, es un destino común.

Irrumpe entonces la Muerte, quien sugiere que es el hombre el que crea el miedo a la muerte a través de su propia imaginación, y se burla de la parafernalia de las ceremonias funerarias y todo ese sombrío espectácul*. Ni el alma ni el cuerpo de los difuntos quieren tales rituales. Por el contrario, la muerte es una liberación de la prisión de este mundo (ver: La leyenda del Espíritu Guardián de los cementerios)

La muerte, entonces, está presente como figura imaginaria e irónica en Una pieza nocturna sobre la muerte. Los sentidos también: la vista y el oído son evocados y juegan un papel central, pero a pesar de las referencias a las emociones de miedo y alegría, la tristeza parece ser ilusoria. Es como si Thomas Parnell buscara transmitir un mensaje de consuelo. Si la la muerte es una liberación, y finalmente una fuente de alegría, entonces es lógico que el cementerio de Una pieza nocturna sobre la muerte no tenga lugar para las lágrimas (ver: La atracción por lo Macabro en la ficción)

La Poesía de Cementerio (Graveyard Poetry) es una influencia evidente en la poesía gótica temprana, y por tal caso en toda la literatura gótica, pero los poemas en sí rara vez se analizan más allá de su uso de imágenes fúnebres. Una pieza nocturna sobre la muerte de Thomas Parnell suele identificarse como el primer ejemplo del género, pero su mensaje dista bastante del de sus seguidores: la muerte no es nada que debamos temer (ver: In Articulo Mortis: Poe, Lovecraft y algunas opciones para retrasar la muerte). Lo lúgubre, que de hecho se anuncia al principio del poema, se diluye a medida que avanzamos hacia esta revelación.

La atmósfera de Una pieza nocturna sobre la muerte es rica, evoca la noche contemplativa antes de sumergirse entre las tumbas y sepulcros, tanto de los ricos como de los humildes. La vida es corta, esta idea está implícita, y el narrador cuestiona qué tan significativas pueden llegar a ser nuestras breves vidas. Los pobres, los ambiciosos y los grandes eventualmente yacen bajo la misma tierra. Sin embargo, el poema está lejos de ser nihilista.

Lo que encuentro más interesante de Una pieza nocturna sobre la muerte de Thomas Parnell no son sus lápidas, ni siquiera los muertos que se levantan de la tierra, sino esta convicción de que el miedo a la muerte es absurdo, está hecho por el hombre, y recubierto por una especie de mística que normalmente no nos atreveríamos a cuestionar. Claro que, para el autor, la vida misma es una prisión, iluminada sólo por la lámpara de la fe cristiana [tenía esa ventaja], de cual seremos liberados en la muerte. El alma, ya despojada de su cuerpo, ve la muerte como un escape de la oscuridad de la vida (ver: Seres del Plano Astral que viven en los cementerios)

No obstante, el narrador de Una pieza nocturna sobre la muerte no recurre a la teología para explicar la muerte. Visita un cementerio en la oscuridad de la noche, donde busca aclarar su mente y meditar sobre su vida y su eventual muerte. A medida que el poeta camina por el cementerio empieza a percibir el entorno: lápidas, tumbas, un osario. En cierto modo, todo parece estar conectado. Mientras continúa su viaje se encuentra con espectros que lo cuestionan. En la culminación del poema, se enfrenta a una voz misteriosa que le revela ciertas verdades sobre la muerte; verdades que obligan al poeta [y al lector] a interpretar la realidad de la muerte.

Si bien el mensaje de Una pieza nocturna sobre la muerte de Thomas Parnell es que no se debe temer a la muerte, lo cierto es que el narrador muestra poco miedo, sino ninguno, durante todo el poema. De hecho, al contrarrestar las imágenes sombrías del cementerio con esperanza, hasta la Muerte es retratada como una optimista. Más aún, la Muerte descarta las opiniones convencionales que recaen sobre sí misma y sostiene que ella es un camino que debe ser recorrido, el único, si uno desea alcanzar la vida eterna.



Poemas góticos. I Poemas de cementerio.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de NOMBRE: Una pieza nocturna sobre la muerte (A Night-Piece on Death), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a ***.com


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El hombre lobo de Ponkert: H. Warner Munn; relato y análisis


El hombre lobo de Ponkert: H. Warner Munn; relato y análisis.




El hombre lobo de Ponkert (The Werewolf of Ponkert) es un relato de hombres lobo del escritor norteamericano H. Warner Munn (1903-1981), publicado originalmente en la edición de julio de 1925 de la revista Weird Tales.

El hombre lobo de Ponkert, probablemente el mejor cuento de H. Warner Munn, nos sitúa en el siglo XV, en la región de Ponkert, Hungría, y relata la historia de Wladislaw Brenryk, un comerciante atacado por una manada de hombres lobo y convertido en licántropo (ver: Razas y clanes de hombres lobo)

SPOILERS.

En marzo de 1924, cuando Weird Tales cumplió un año, H.P. Lovecraft envió una carta al correo de lectores, una sección llamada The Eyrie, donde reflexiona un poco sobre las posibilidades de la revista. Lovecraft veía un gran potencial, aunque no estaba del todo satisfecho con el rumbo que estaba tomando la publicación, en especial porque la mayoría de los autores, según él, recurrían constantemente a las mismas narrativas básicas. Para ilustrar su punto, Lovecraft preguntó: Tomemos como ejemplo las historias de hombres lobo, quién escribió alguna vez una historia desde el punto de vista del lobo? (ver: El Círculo de Lovecraft y la aristocracia de Weird Tales)

Esa pregunta fue tomada como un desafío por el joven escritor Harold Warner Munn, quien se propuso escribir un cuento de hombres lobo partiendo de esa premisa. El resultado fue El hombre lobo de Ponkert. El relato fue un éxito impresionante, tal es así que Farnsworth Wright, editor de Weird Tales, instó a H. Warner Munn a continuar expandiendo el universo del El hombre lobo de Ponkert. Y así lo hizo en lo que luego se conocería como los Cuentos del Clan del Hombre Lobo (Tales of the Werewolf Clan).

La acción de El hombre lobo de Ponkert nos lleva a la Hungría del siglo XV, donde el comerciante Wladislaw Brenryk está de regreso a su casa en Ponkert durante una cruda noche de invierno. En el camino es atacado por lobos, pero de algún modo logra eludirlos. Durante la fuga, Wladislaw se da cuenta de que los lobos aparentemente son liderados por una figura oscura que permanece en un segundo plano. Cuando llega a casa, advierte que no puede desprenderse de la imagen de esta misteriosa figura y, por lo tanto, que su destino está sellado. Fascinado, se alista al servicio del Maestro, y Wladislaw se convierte en parte de la manada de lobos. Durante un tiempo logra mantener sus actividades nocturnas en secreto ante su esposa e hija, pero eventualmente es descubierto, justo en el proceso de transformación. Sin posibilidad de control sobre sí mismo, el desgraciado Wladislaw mata a su familia.

Hay varias cosas a tener en cuenta sobre los cuentos de hombres lobo de H. Warner Munn, y en particular sobre El hombre lobo de Ponkert. En primer lugar, hay que decir que Alejandro Dumas ya había respondido al desafío de Lovecraft unos años antes. Aparentemente, el flaco de Providence no conocía la historia de Dumas de 1857: El líder de los lobos (Le Meneur de loups), que luego se publicaría en serie en Weird Tales bajo el título The Wolf Leader entre agosto de 1931 y marzo de 1932. Por el contrario, no puede haber dudas de que H. Warner Munn conocía la novela de Dumas porque las similitudes con El hombre lobo de Ponkert son muchas, siendo las más importantes la perspectiva en primera persona del hombre lobo como protagonista y el tropo de vender su alma, que se repiten en ambos cuentos; aunque, después de todo, se podría argumentar que tales dispositivos son frecuentes en las leyendas de hombres lobo.

El hombre lobo de Ponkert de H. Warner Munn es un relato neogótico que se apoya estilísticamente en los elementos patetistas que caracterizan al género: el autoxamen, la angustia, la culpa, la tragedia, todo esto ocupa gran parte de la desafortunada historia de Wladislaw. Por otro lado, el Maestro, el líder de los hombres lobo, es la misma encarnación sombría del mal que podemos encontrar en los grandes clásicos de la literatura gótica, como Melmoth el Errabundo (Melmoth the Wanderer), de Charles Maturin, al cual El hombre lobo de Ponkert le debe casi tanto como a la novela de Alejandro Dumas.

En ese sentido, El hombre lobo de Ponkert está a la altura del perfil de los primeros números de Weird Tales, que tuvo como modelo estilístico a los clásicos góticos. Además, el cuento de H. Warner Munn encaja perfectamente con esta etapa de la revista al ser un relato confesional, narrado por Wladislaw mientras está sentado en su celda esperando ser ejecutado por las atrocidades que ha cometido. Casi al final nos enteraremos que la historia sería grabada en las páginas de un libro hechas con su piel desollada.

Una historia paralela de aparecería en Weird Tales en 1927 bajo el título: El regreso del Maestro (The Return of the Master), pero no tuvo tanto éxito como la anterior ya que esencialmente abandona el universo de Ponkert. Sin embargo, H. Warner Munn regresaría a la revista en 1928 con una secuela de El hombre lobo de Ponkert, titulada: La hija del hombre lobo (The Werewolfs Daughter). La historia transcurre unos años después, y describe el regreso del Maestro a Ponkert, donde persigue a la hija de Wladislaw [al final de El hombre lobo de Ponkert nos enteramos que Wladislaw, en efecto, mató a su esposa, pero que su pequeña hija sobrevivió], quien es acusada de bruja. Afortunadamente, una división de soldados acampa en las afueras del pueblo, y un joven soldado de buena familia puede ver que la chica es inocente y eventualmente la rescata.

En general, los Cuentos del Clan del Hombre Lobo de H. Warner Munn cumplen con las expectativas, y El hombre lobo de Ponkert, aunque está lejos de ser una historia brillante. Posee, al menos, la originalidad de plantear un relato desde la perspectiva en primera persona de un hombre lobo. Que esto haya sido tomado de Dumas no importa tanto, porque Dumas ya lo había tomado prestado de la leyenda (ver: El Hombre Lobo y la Mujer Loba: algunas diferencias de género en la ficción)

En la secuela [que esperamos traducir en algún momento] se intuye que han pasado muchas cosas con Weird Tales, y con H. Warner Munn como autor. La hija del hombre lobo es un cuento más moderno; se aleja del elemento confesional, y las fórmulas del patetismo y el melodrama características del gótico desaparecen. A favor, la historia se centra en la acción, el suspenso, y mucho menos en la introspección. De esta forma, H. Warner Munn también se adapta al desarrollo general de las narrativas de Weird Tales. Desafortunadamente, algo se ha perdido en ese proceso. El horror latente que subyace en El hombre lobo de Ponkert es reemplazado por elementos más entretenidos.




El hombre lobo de Ponkert.
The Werewolf of Ponkert, H. Warner Munn (1903-1981)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


En el pasado, cuando viajaba por Francia, invariablemente me aseguraba de no dejar nunca de parar en cierta taberna, a unas treinta millas de París. No les daré instrucciones más precisas para llegar porque fue un descubrimiento mío y, como tal, no lo compartiría con nadie. El hecho de que la posada tenga sirvientas muy bonitas no es más que incidental, la verdadera razón de mis visitas es la excelencia superlativa del vino.

Muchas noches el viejo Pierre y yo nos hemos sentado, fumado y bebido hasta altas horas de la madrugada, y muchas han sido las experiencias que hemos intercambiado de aventuras salvajes e inquietantes en varias partes del mundo. Pierre también fue un gran viajero y buscador de aventuras antes de adentrarse en el remanso de este plácido pueblo para terminar allí el resto de sus días.

Una noche (o una mañana, diría yo), Pierre se volvió indiscreto bajo la influencia de su néctar, y dejó caer unas palabras tan llenas de posibilidades que olí un misterio de inmediato; y cuando estuvo sobrio le pedí una explicación. Habiendo dicho tanto, y viendo que no podía disuadirme, sacó a relucir sus oscuras insinuaciones con respecto a un suceso horrible en los anales de su familia.

La prueba era un libro, encuadernado en cuero labrado a mano y cerrado con un broche de plata. Cuando se abrió, resultó que estaba escrito en latín, sobre lo que aparentemente era pergamino, ahora era amarillo por la edad. Constaba de sólo cuatro hojas, cada una de un pie cuadrado y pegadas o cementadas a un delgado lomo de madera. Estaban escritas en un solo lado y completamente cubiertas con este latín estrecho y malhumorado.

En el reverso del libro había dos grapas de hierro, y de cada una colgaban varios eslabones de una pesada cadena oxidada. Evidentemente, como la mayoría de los libros valiosos que estaban disponibles para el público en el pasado, se había encadenado rápidamente a algo inamovible para evitar el robo.

Desafortunadamente, no puedo leer latín, ni ningún otro idioma que no sea el francés y el inglés, aunque hablo varios. Entonces fue necesario que mi amigo me lo leyera, lo cual hizo.

Después de recuperarme del entumecimiento que me produjo la curiosa narración, le rogué que la volviera a leer, lentamente. Mientras leía, copié; y aquí está la historia para que la juzgues como mejor te parezca. Contada en húngaro, transcrita en latín, traducida al francés moderno y de ahí al inglés, aunque probablemente esté distorsionada. Sin duda abundan los anacronismos, pero sea como fuere, sigue siendo el único documento auténtico conocido de las experiencias de un hombre lobo, dictadas por él mismo.


***

Teniendo sólo unas pocas horas para vivir, dicto lo que sigue, esperando que alguien pueda ser advertido por mi ejemplo y sacar provecho de él. El cura me ha dicho que le cuente mi historia y él la anotará. Más tarde se volverá a escribir, pero no me importa pensar en eso ahora.

Mi nombre es Wladislaw Brenryk. Durante veinte años viví en el pueblo donde nací, un pequeño lugar en el noreste de Hungría. Mis padres eran pobres y tuve que trabajar duro; de hecho, más de lo que me gustaba, porque nací con una disposición lánguida. Así que usé mi ingenio para salvar mis manos, y fui inteligente. Nací para comerciar y regatear, y ninguno de los chicos con los que crecí hasta la edad adulta pudo vencerme en este oficio.

Pasó el tiempo y, antes de que llegara a la edad adulta, mi padre murió de pestilencia. Aunque mi madre estaba salada por la peste (porque tuvo la peste cuando era niña y se recuperó), pronto se rindió, se debilitó cada vez más y finalmente se unió a mi padre en los cielos. El sacerdote de nuestro pueblo dijo que fueron sus pulmones los que la mataron, pero supe que estaba equivocado.

Solo y triste por primera vez en mi vida, no podía soportar permanecer más tiempo entre las escenas de mi feliz niñez. Así que en una hermosa mañana de primavera partí llevando en mi espalda aquellas posesiones de las que no podía separarme, y alrededor de mi cintura un cinturón de dinero bien relleno con los resultados de mi comercio y la venta de nuestra cabaña.

Durante varios años vagué de aquí para allá, comerciando en el camino durante un tiempo, vendiendo joyas y artículos pequeños. Finalmente llegué a Ponkert y abrí una pequeña tienda en la que vendía hermosas sedas, joyas y empuñaduras de espadas. Fueron las empuñaduras las que mejor se vendieron. Estaban decoradas con filigranas doradas e incrustadas con piedras preciosas. Los jefes y los nobles adinerados venían o enviaban mensajeros por muchas millas para obtenerlas. Me gané una reputación de honestidad y trato justo, así como una notoriedad menos envidiable por ser un avaro. Es cierto que fui cuidadoso y cauteloso, pero desafío a cualquiera a que demuestre que fui parsimonioso.

Había cerrado la tienda por la noche y había enganchado los caballos para el largo viaje a casa, cuando por primera vez deseé vivir en el pueblo en lugar de estar tan lejos. Siempre había disfrutado el viaje antes; un hombre puede pensar mucho en un viaje de diez millas y eso me brindaba la oportunidad de limpiar mi mente de las preocupaciones del día, de modo que acudiera a mi querida esposa y a mi pequeña hija pensando solo en ellas.

Lo que me hizo esperar con ansiedad el largo viaje a casa fueron las muchas piezas de oro escondidas en mi billetera. Nunca me habían molestado en el camino, pero otros habían sido robados y devorados en parte, con huellas de hombres y animales en la nieve. Obviamente, pensé en ese momento, los ladrones los habían golpeado, dejándolos a los lobos.

Pero había un factor perturbador en el problema: no solo los cuerpos estaban horriblemente mutilados y las huellas de las bestias a su alrededor eran extraordinariamente grandes para las huellas de un lobo, sino que los pies de los hombres estaban desprotegidos! Hombres descalzos que deambulan por los bosques, en la nieve. La sola idea era improbable. Si tan solo hubiera sabido entonces lo que sé ahora, mi vida entera podría haber cambiado, pero no fue así.

Volviendo a mi historia: se sabía que tenía una gran cantidad de dinero en mi poder, porque esa tarde el jefe de una gran caravana tártara, que pasaba por allí, se había detenido en mi tienda y se llevó seis de mis mejores empuñaduras, dejando su equivalente en oro. Así que tenía suficientes motivos para preocuparme. Busqué algún tipo de arma y encontré una barra de hierro corta, que guardé debajo de la túnica del trineo; luego hablé con las yeguas y emprendimos el largo viaje a casa.

Durante mucho tiempo anduvimos sobre la nieve bien compacta. Había escarcha en el aire y las estrellas brillaban fríamente sobre el bosque oscuro, apenas iluminando el camino. Aún no había salido la luna.

Di la vuelta desde la carretera principal y tomé la carretera del río. Esto dejó atrás el bosque, pero el viaje fue mucho peor. Expuesta a los vientos, la ligera nevada de la mañana se había desviado y la calzada estaba obstruida. Pensé en dejar la carretera y tomar la suave superficie del río que brillaba intensamente a la izquierda, pero esto habría significado una milla o más para viajar, ya que el río se curvaba frente a nuestra casa, y había una barrera infranqueable de pequeños árboles y matorrales a cierta distancia.

La luna se estaba elevando sobre la colina que acababa de abandonar, y cuando los rayos me iluminaron, de repente me asaltó un ataque del más inexplicable terror. Este sentimiento peculiar me mantuvo rígido en mi asiento. Parecía como si una mano de hielo se hubiera posado de repente sobre mi espalda.

Las yeguas, era evidente, también habían sentido este extraño estremecimiento, porque imperceptiblemente aumentaron su velocidad. De hecho, no podría haber movido un músculo mientras ese hechizo estaba sobre mí.

Pronto nos sumergimos en la hondonada al pie de la colina, y el poder que me había congelado desapareció. Un extraño sentimiento de exaltación y felicidad se apoderó de mí, como si hubiera escapado de un peligro terrible e impensable.

Hai! grité, levantándome en el carro y haciendo restallar mi látigo.

Las yeguas respondieron con nobleza y comenzamos a subir la siguiente colina. Mientras lo hacíamos, un aullido diabólico descendió en el viento, pero débilmente, como si estuviera a cierta distancia. Detuve a las yeguas para escuchar mejor. Débiles y lejanos sonaron los gritos, suavizados por la distancia. Luego se hicieron más y más ruidosos a medida que las bestias se acercaban. Por encima de la apareció la manada diabólica! Estaban detrás de mi rastro, y estaba muy claro que antes de que pudiera llegar a casa estarían sobre mí.

Solo había una oportunidad y la aproveché. Chasqueé a los animales y los dirigí hacia el hielo del río, donde había un camino recto y liso. Mientras las yeguas mantuvieran el paso estaría a salvo. Pero si una tropezaba Entonces ese mismo hechizo de horror volvió a arrojarme su manto helado. Me hundí hacia atrás y nos precipitamos como un rayo río abajo.

Pequeñas bocanadas de polvo de diamante se dispararon desde el hielo hasta mi regazo, mientras los cascos herrados de acero chasqueaban. Seguimos adelante, mientras yo estaba sentado en el carro como una piedra, incapaz de mover un músculo. Corrimos cada vez más rápido entre los bancos de matorrales que bordeaban la calzada helada. Más débil se volvió el eco de los endemoniados ululadores detrás de mí, hasta que por fin cesaron por completo y las yeguas aflojaron gradualmente su furia.

Ahora viajábamos al trote. La respiración jadeante de las yeguas arrojaba vapores en el aire helado. Luego doblamos una curva y vi aguas negras y abiertas más adelante. Aquí cesó el progreso, forzosamente. No había salida, excepto dar media vuelta y subir a la orilla donde crecía menos maleza, luego hacia la llanura suave más allá y hacia casa. Así que tiré de las riendas y nos desviamos a mitad de camino. En ese momento, todo se convirtió en confusión.

Una risa de regodeo sonó malévolamente desde la orilla más alejada, y cinco grandes formas grises se lanzaron hacia mí a través del campo. Siempre he sido una criatura impulsiva, y casi instintivamente me volví, cortando a las yeguas hasta que se encabritaron y nos sumergimos directamente en la masa de cuerpos que se precipitaban. Este decidido movimiento tomó a las bestias por sorpresa. Se dispersaron y yo pasé por el medio, pero lejos estaba de escapar.

Silenciosamente, desde el refugio de una roca que sobresalía, trotaban otras dos criaturas: una bestia gigante, demacrada y gris, junto a la cual se movía una pequeña más negra. Rugiendo, el gris se arrojó sobre las yeguas, que se encabritaron y se precipitaron aterrorizadas; mientras el resto ya estaba sobre mí.

Luego se produjo un tumulto de batalla, un pandemonio de sonidos cortado por el grito de una yegua. Sentí que el carro se tambaleaba; cuerpos pesados me golpearon, dientes afilados me desgarraron; pero mantuve el equilibrio hasta que una bestia, tal era su velocidad, me golpeó y me tumbó sobre el fondo del carro.

Algo se ofreció a mi mano, algo frío y metálico. Levanté el brazo, golpeé, sentí el acero mordiendo el hueso. Me abrí paso como un loco, con la barra, y despejé un espacio. Permanecí erguido y esperé otro ataque. Pero no se produjo. La amenaza de la barra era aparentemente demasiado fuerte, y una a una las bestias pusieron en cuclillas para descansar o esperar. Las mandíbulas se abrieron de par en par y las lenguas colgaron. Jadeando, descansaron después de la larga carrera.

Observando desde el carro me pareció como si se estuvieran riendo, como ghouls, de mi horrible situación. Entonces escuché un ruido detrás de mí, un pequeño ruido, como el que el viento podría hacer al soplar una hoja muerta sobre el hielo desnudo, un sonido como de ramitas muertas crujiendo con la brisa, un leve roce de garras, un ruido de pies; y, volviéndome, miré directamente a los brillantes puntos rojos que eran los ojos del lobo negro.

Grité con voz ronca, subí la barra y la bajé con lo que me quedaba de fuerzas. Por desgracia para mí, la gran criatura gris se desvió, y la bestia negra que corría a su lado recibió el golpe en su lugar, directamente entre los ojos. Gruñó, se atragantó; un chorro de sangre salió disparado de su boca y fosas nasales. Sus párpados se abrieron y cerraron convulsivamente. Luego se derrumbó. La barra se había enterrado hasta la mitad de su cabeza.

Me giré, esperando ser abrumado por los seis que aún vivían, pero para mi gran sorpresa, la oleada de cuerpos que había visto por el rabillo del ojo cuando golpeé al lobo negro se había calmado y ahora estaban dando vueltas alrededor de su cuerpo. Mientras se movían, la yegua herida los seguía con sus ojos llenos de dolor. La otra, ilesa, luchaba por liberarse. Cuando el líder negro pasó a mi lado en la ruta circular, yo también me volví lentamente para mantenerlo siempre a la vista. El instinto me dijo que de él vendría mi mayor peligro.

Noté algo extraño: del cuello de cada una de las cinco bestias grises colgaba una correa con una bolsa de cuero, del tamaño de un gran puño. Estas bolsas colgaban planas y flácidas como si estuvieran vacías. El negro, examinándolo tan de cerca como pude, no llevaba ninguna.

Luego, unánimes, se detuvieron en seco y se hundieron en cuclillas. Lo que habían estado esperando había ocurrido por fin. Parecían haber entendido una especie de señal silenciosa. Simultáneamente levantaron la cabeza y soltaron un largo y bajo gemido, en el que parecía colgar toda la desolación y la soledad de la eternidad. A partir de entonces, nadie se movió ni emitió un sonido.

Todo estaba mortalmente callado. Incluso el viento, que había estado jugando en la maleza, ahora se había desvanecido en la nada. Sólo se oía la respiración trabajosa de las dos yeguas y el jadeo ronco de las bestias. Pequeños ojos rojos, como chispas del infierno, brillaron malévolamente a la luz de la luna.

En esta pausa inexplicable tuve tiempo de contemplar toda la belleza de la trampa. El río formaba una gran proa, y mientras yo viajaba en la curva, abandonaron el río y esperaron en los rápidos, la línea de su persecución formaba la cuerda a la proa.

Por primera vez pude examinarlos cuidadosamente y notar qué tipo de bestias eran estas que me tenían en su poder. Lejos de ser lobos, como había sido mi primer pensamiento, eran grandes animales grises, del tamaño de un gran sabueso, excepto el líder, que era negro y más del tamaño y forma de un verdadero lobo. Sin embargo, todos tenían el mismo aspecto general y las mismas características. Una frente alta e inteligente, debajo de la cual brillaban ojos rojos, como los de un cerdo, con un destello de demonio en su mirada, y cuartos traseros largos y deformes, que les hacían moverse con un conejo. Lo más aterrador de todo es que eran casi lampiños y no poseían el más mínimo rudimento de cola.

El círculo estaba tan organizado que, mientras estaba de pie, receloso de un posible ataque, pude ver a cuatro de los seis. La pequeña criatura negra estaba directamente frente a mí, con la lengua fuera, aparentemente riéndose entre dientes en anticipación. Dos estaban detrás de mí, en cualquier dirección que girara, pero la noche estaba tan tranquila que podría haberlos oído acercarse.

Mientras observaba a las criaturas, de repente me di cuenta de que ya no me miraban con furia, sino hacia algo detrás, más allá de mí, en el suelo. Me giré, temiendo una carga, pero no se había producido ningún movimiento en ninguna parte del círculo. Así que miré por el rabillo del ojo en busca de una carrera hacia mi espalda y me dispuse a resolver el misterio.

No había nada frente a mí, sobre el hielo desnudo, pero aquí y allá una línea blanca se extendía a través del río, causada por la nieve que se deslizaba hacia las grietas. Noté que al otro lado de una de estas yacía, dentro del círculo, el cadáver de la cosa que había matado con la barra. Las cuatro criaturas que ahora podía ver estaban observando esto con atención. Yo hice lo mismo, con los sentidos alerta a la traición. Miré de un extremo al otro de la cosa deformada, retorcida y rota. De alguna manera parecía más simétrica que antes; más larga en cierto modo, y de una característica más humana.

Entonces... Dios! Es que nunca olvidaré ese momento?

Miré su pata delantera derecha, o donde debería haber estado, y una mano blanca había ocupado su lugar.

Grité, ronca y horriblemente, agarré mi barra con firmeza, salté del carro y me precipité a la manada, que, levantada, estaba esperando recibir mi ataque.

Desde ese momento todo es borroso en mi memoria. Recuerdo una figura negra, erguida ante mí, ojos ardientes que me clavaron como una estatua de piedra, una orden de desnudarme y un dolor punzante en el hueco de mi codo, donde yace la gran vena. Luego, más vagamente, me parece recordar un momento de intensa angustia, como si todos mis huesos estuvieran siendo dislocados y reajustados, y un coro de bienvenida aullando, un rápido correr sobre el hielo en cuatro patas, y un chillido agudo, como solo un caballo aterrorizado puede dar. Entonces hay un claro recuerdo en el que estaba comiendo carne cruda de mi propia yegua, con criaturas gruñendo como yo a mi alrededor.

No tengo la menor idea de cómo llegué a casa, pero lo siguiente que recuerdo es una habitación cálida y el rostro de mi querida esposa inclinado sobre el mío. Todo después de eso, durante casi una semana, fue un delirio, alucinaciones, me dijeron, sobre lobos que no eran lobos y un demonio negro con ojos como brasas.

Cuando me recuperé, fui a la escena de mi aventura, pero el hielo se había roto en un deshielo temprano y solo el río crecido rodaba donde me habían capturado. Al principio, pensé que mis fantasías medio recordadas eran recuerdos nacidos del delirio, pero una noche a principios de la primavera, mientras yacía en la cama, medio dormido, ocurrió algo que me robó esta esperanza. Escuché el largo y melancólico aullido de un lobo! Me atrajo hacia la ventana, pero nada era visible hasta donde alcanzaba la vista, así que me di la vuelta para volver a la cama. Cuando me alejé de la ventana, se oyó de nuevo, llamándome insistentemente. Me atrajo poderosamente. Silenciosamente abrí la ventana y me fundí en la oscuridad del exterior.

Anduve en silencio, descalzo, a través del bosque, arrastrado en una dirección que conducía hacia la parte más espesa del bosque. Debo haber recorrido al menos media milla bajo la influencia de una extraña euforia, como la de un amante que mantiene una cita con su amada. Entonces el grito volvió a resonar, pero con un sobresalto me di cuenta de que no había ningún sonido en el bosque salvo los habituales ruidos nocturnos. Entonces comprendí que el sonido no existía en realidad, y estaba escuchando con los oídos del espíritu. Sospeché peligro, pero era demasiado tarde para dar marcha atrás.

Una figura se puso de pie y reconocí al maestro, como se llamaba a sí mismo. Bajo un poder que no era el mío, me despojé de mis ropas, las escondí en un árbol hueco que el maestro me mostró, y caí al suelo, convertido en una bestia. El maestro había bebido mi sangre, y la vieja historia que nunca había creído del todo, en el sentido de que si un vampiro bebe la sangre de uno, él o ella tiene un poder sobre esa persona que nada puede romper, y eventualmente también será un vampiro, se estaba volviendo realidad.

Salimos corriendo hacia la noche, más tarde se nos unieron los otros cinco y nos detuvimos un rato en el bosque. Aquí el maestro se transformó a sí mismo y yo también. Nos quedamos allí y por primera vez escuché la voz del maestro.

Luce bien! dijo. Bienvenido a la manada!

(Por el tono y las acciones, juzgué que estaba hablando de memoria y usando frases hechas para la ocasión.) Aquí se escuchó un aullido.

Luce bien! repitió. Quieres ser uno de nosotros? dijo, señalando a la manada.

Me tapé los ojos con las manos y retrocedí.

Piensa bien habló de nuevo, acariciando mi hombro desnudo con una garra, y hablándome al oído. Te unirás a mi banda de compañeros libres o les darás una comida esta noche?

Podía imaginar que una mueca de muerte cubrió sus rasgos ante esto, aunque mis ojos todavía estaban cegados.

Todos tienen una opción dijo. No dañamos a los pobres, solo a los ricos, aunque de vez en cuando les quitamos una vaca o un caballo, porque eso es lo que nos corresponde. Pero a los ricos matamos, y sus joyas y oro fino son nuestros. Yo no tomo ninguno, todo pertenece a mis compañeros. Qué dices?

No! grité tan fuerte como pude, y lo miré desafiante a la cara.

Por encima de su hombro noté que la manada se estaba moviendo gradualmente, sigilosamente, con miradas lascivas y ansiosas. El maestro se rió mientras yo palidecía.

Dónde está ahora tu valentía? Haz tu elección. Muere aquí y ahora, o haz la promesa de obedecer mis órdenes, sin importar cuáles sean, y sé mi esclavo voluntario. Te haré rico más allá de tus sueños más descabellados, tu pueblo vestirá de marta y armiño, y el rey mismo se enorgullecerá de reconocerte como amigo. Ven, qué dices?

Por qué yo? Nunca te he hecho daño, ni te conozco. Debe haber cientos más fuertes que yo, y más dispuestos, al alcance de la mano. Por qué no usar los que tienes o traer a alguien más?

Debe haber siete en la manada respondió. Mataste a uno, por lo tanto, debes ocupar su lugar. No es más que justicia.

Justicia! me reí en su cara. Justicia que un hombre que lucha por su vida también perezca si, matando a uno de sus enemigos, él mismo todavía vive!

Mi risa lo enfureció.

Basta! gritó con impaciencia. Vamos, decide! Acude a ellos o promete obedecer! Muerte o vida. Decide!

Qué terrible elección me ofrecieron! Una muerte horrible bajo colmillos de bestias que nunca debieron haber existido, sin que nadie supiera nunca que había resistido la tentación de la vida ofrecida, o una existencia aún más terrible como una de estas cosas antinaturales, mitad hombre, mitad bestia demoníaca. Pero si elegía la muerte, tendría una esperanza muy problemática de una vida futura en los cielos, y quedarían solas mi esposa y mi hija.

Si escogiera la vida, debería tener una gran aventura para sazonar mi prosaica existencia. Debería tener una riqueza con la que pudiera comprar un título. Además, algo podría suceder para salvarme del destino que de otra manera inevitablemente me alcanzaría en algún momento. Te sorprende por qué elegí convertirme? No harías lo mismo en mi situación?

Te seguiré. Lo prometo!

Pero, Dios! Si tan solo hubiera elegido la muerte!

Las cosas que vi, escuché e hice esa noche dejaron una mancha en mi alma que la eternidad nunca borrará. Pero finalmente nos separamos, cada uno regresando a su casa, y el maestro donde nadie sabe.

Retomé mi forma junto al árbol y, mientras lo hacía, recordé los eventos que habían tenido lugar esa noche. Caí boca abajo sobre la hierba, gritando, maldiciendo y sollozando, al pensar en mi destino. Estaba condenado para siempre!

Aunque me he llamado a mí mismo un Wampyr, no lo era en el verdadero sentido de la palabra. Tampoco el resto de mis compañeros, excepto el maestro, pues aunque comíamos carne humana, bebíamos sangre y partíamos huesos para extraer hasta la última partícula de alimento, no era necesario para nuestra existencia. También comíamos abundantemente comida humana, en forma de hombre, pero cada vez la encontrábamos más insatisfactoria y llegamos a poseer un apetito caníbal que solo la carne y la sangre conquistarían.

Poco a poco fuimos dejando incluso esto por una dieta que consistía únicamente en sangre. Esto, en mi firme creencia, era aquello de lo que vivía el maestro. Toda su apariencia confirmaba esto. Tenía una edad increíble y creo que era un inmortal. De hecho, todavía puede estar vivo.

Su rostro era como un trozo de pergamino arrugado por el tiempo, negro como el carbón por la edad. Sus ojos brillaban con juventud, pareciendo tener una existencia propia casi separada. Gradualmente, las expresiones de nuestros rostros también fueron cambiando, y nos estábamos convirtiendo en verdaderos Wampyr cuando la catástrofe cayó sobre nosotros.

No me detendré mucho en el año en que fui esclavo del amo, porque nuestros actos oscuros y sangrientos son demasiado numerosos para mencionarlos en detalle. Algunas noches deambulamos en búsqueda infructuosa y regresamos con las manos vacías, pero generalmente dejamos atrás la muerte y la destrucción. Nos encantaba matar caballos y ganado. En estas ocasiones nos volvíamos locos de sangre. Por estas muertes no me condeno a mí mismo, en la medida en que ninguna alma humana fue destruida en estas matanzas para convertirse en Wampyrs después de la muerte. Pero cuando pienso en aquellos que están arruinados para siempre por mi culpa, me estremezco.

En una ocasión, habíamos salido sobre la pista de un trineo cargado de viajeros adinerados de países extranjeros; un anciano y sus dos nietos de entre tres y cinco años. Lo seguimos durante varios kilómetros para encontrar el trineo tirado de costado, los caballos desaparecidos y los tres viajeros rígidos sobre la nieve oscura y manchada, que estaba batida por muchas huellas de caballos y hombres. Enfurecidos, no por el asesinato (porque nosotros mismos no teníamos la intención de hacerlo), sino por la pérdida de nuestro botín anticipado, tomamos el camino que conducía hacia las montañas. Cinco hombres a caballo componían el grupo. Espolearon a sus caballos al máximo cuando cantábamos la Canción del Hambre, aullando mientras corríamos, pero eran demasiado lentos para nosotros. Uno por uno, los derribamos, matamos a los asesinos y despojamos a los ladrones, lo cual fue una broma lúgubre y espantosa.

Pero pocas veces podía consolarme así. Muchos eran los indefensos que eliminamos de la existencia, y nos volvimos más horribles. Día a día nos íbamos endureciendo y acostumbrándonos a nuestra suerte, y rara vez mi alma enfermaba como en mi primera metamorfosis. En uno de esos momentos, entré sigilosamente en la iglesia del pueblo. Era tarde por la noche y, excepto yo, el edificio estaba vacío.

Me arrodillé ante el altar y desahogué mi alma. Confesé todo, me humillé y me hundí en el suelo. Durante horas, al parecer, oré y supliqué que se me diera una señal, una pequeña esperanza, de que no sería condenado para siempre. No hubo ninguna. Maldije, grité y recé; por un tiempo debí haber estado loco.

Finalmente me fui. En la puerta de la iglesia, descubrí mi cabeza y miré hacia el cielo a través del cual se movían nubes que oscurecían las estrellas. Me levanté de puntillas, agité el puño ante las nubes veloces, maldije a Dios mismo y esperé el rayo, pero no llegó ninguno. Sólo empezó a caer una ligera lluvia. Llegué a casa, empapado hasta los huesos, con una carga más pesada en el corazón que cuando me fui. Sin embargo, incluso entonces, tan misteriosos son los caminos de la Providencia inescrutable, que mi salvación se acercaba de una manera horrible. Porque esa noche tuve un pensamiento que resultaría en la aniquilación para todos nosotros.

En ocasiones, cuando caminaba por las calles del pueblo, me había encontrado con personas que parecían mirarme furtivamente. Por ellas había comenzado a sospechar quiénes eran los otros miembros de la manada. Cada vez más audaz, me había acercado a algunos de ellos, para encontrarme en lo cierto. Uno por uno, los sondeé, pero descubrí que sólo Simon, el herrero, compartía mis propios sentimientos con respecto a nuestro espantoso asunto. Todos los demás se regocijaban en la alegre caza y, estábamos seguros, no podían ser persuadidos.

Pero gradualmente, a medida que nos volvíamos más duros y faltos de principios, más insensibles al sufrimiento que causábamos, nos habíamos vuelto aún más codiciosos y rapaces. Aquí Simon y yo encontramos una escapatoria para atacar.

Como he dicho antes, el amo nunca se llevó el dinero, las joyas u otros objetos de valor que encontramos en los cuerpos o entre las posesiones de aquellos a quienes matamos. De modo que dejé caer una palabra aquí, una pista allí, una vaga pregunta a medias dirigida a un individuo solo, mientras Simon hacía lo mismo. La esencia de todas esas sutilezas era: Qué se lleva el maestro?

Esta era una pregunta muy pertinente, porque era obvio para todos que el maestro no era líder en vano. Obtenía algo de cada cadáver cuando iba hacia él, solo, y nos sentamos en el círculo, esperando ansiosos su señal. Para mí estaba claro que esto no era más que la sangre vital de los desafortunados, la cual mantenía vivo al maestro. Simón y yo no dijimos nada de esto, formando gradualmente las opiniones de los demás en el sentido de que las almas inmortales eran absorbidas por el maestro, dándole vida eterna.

Este asombroso pensamiento abrió grandes posibilidades en la mente de la mayoría. Cada vez estaban más insatisfechos, con menos paciencia se contuvieron de saltar antes de su turno en nuestras incursiones. Para trabajar en sus mentes, como gusanos en la carroña, o chispas humeantes en la tela que pronto estallarán en llamas, les preguntábamos: Por qué no ser inmortales también?

Así se fomentaron la disensión y la rebelión, y así fue la causa involuntaria de mi mayor ruina y, curiosamente, mi redención.

Más tarde descubrí que uno le había dicho al maestro lo que Simon y yo habíamos comenzado, y era el único miembro femenino de nuestra manada. Pero ya había percibido, con sus astutos sentidos, los signos casi imperceptibles de rebelión contra su poder absoluto. Determinado a aplastar esto desde el principio, decidió hacer un ejemplo de alguien que uniera al resto más estrechamente a él por medio de un nuevo miedo.

No tengo la menor idea de por qué me eligió a mí en lugar de a Simon, a menos que fuera más inteligente que los ignorantes que formaban el resto de la manada. Pero así fue, fui elegido para ser la víctima, y esta es la forma en que se dispuso a unirme para siempre a él.

Ahora, mi esposa era una buena mujer, y estoy seguro de que ella me amaba tanto como yo la amaba, pero este mismo amor nos arruinó. Todas las personas tienen una debilidad de una forma u otra, y ella no era una excepción a la regla. Estaba celosa, locamente. Mis frecuentes ausencias, que creía habían pasado desapercibidas, ya que había tenido cuidado de no hacer el menor ruido al abrir la ventana y salir de la casa, se habían observado durante semanas.

El amo solicitó la ayuda de la anciana Madre Molla, a quien consideraban una bruja que había vendido su alma al diablo. Nunca pude descubrir cómo entró en la casa, porque la excusa original se olvidó más tarde o simplemente no se dijo. Pero llegó un día a la casa, probablemente consiguiendo una entrada con algún endeble pretexto de mendigar ropa desechada o de pedir prestado algún utensilio de cocina. Antes de irse, mencionó casualmente que me había visto temprano en la mañana, antes del amanecer, pasando por su cabaña. Solo había dos casas en esa parte del bosque. La de la Madre Molla y la del carbonero, que se llamaba Fiermann. Todo habría ido bien, pero la vieja bruja insinuó que Fiermann tenía una hija joven y bonita y que él mismo estaba en la ciudad muy a menudo durante la noche. Y así se plantaron las semillas de la sospecha en la mente de mi esposa.

Dijo que ordenó salir a la bruja y la ayudó a cruzar el umbral con un pie en la espalda, y cuando la vieja bruja se levantó del barro gritó:

Puedes verlo por ti misma, media hora antes de la medianoche y se alejó cojeando riéndose para sí misma.

La travesura estaba hecha. Al principio, mi esposa resolvió no pensar en nada sobre el asunto, pero este se apoderó de su mente y le carcomió el corazón. Así que, para aliviar sus sospechas, hizo un nudo en la partición; y esa noche, cuando me acosté, ella esperó y miró. Me vio tirar la ropa hacia atrás y salir de la cama, completamente vestido, luego caminar silenciosamente por el piso y abrir la ventana lenta y cuidadosamente, desapareciendo en la noche iluminada por la luna. Al principio, me dijo más tarde, estaba horrorizada y desconsolada al pensar que yo era infiel; luego decidió irse o suicidarse, para no ser más un obstácul* para mí. Pero finalmente sus emociones cambiaron y se desvanecieron hasta que solo quedó el odio. Decidió observar y esperar a ver qué podía ocurrir. Noche tras noche esperaba, a veces infructuosamente, porque no todas las noches la llamada silenciosa nos convocaba a la cita. Pero cuando en un período de tres semanas yo había escapado sigilosamente ocho veces y ella se había convencido de que Fiermann también había estado ausente, sus sospechas se confirmaron. Así que decidió confrontarme con los hechos y decirme que eligiera entre las dos.

Todo este tiempo la mente del maestro estuvo trabajando sobre la de ella a tal efecto, que aunque pensó que estaba eligiendo su propio curso de acción, en realidad estaba siguiendo los planes que el maestro había hecho para ella.

Entonces, de nuevo, llegó el aullido, que solo yo podía oír, y creí detectar en él una nota de ira por mi retraso. Lo había estado esperando durante varios días, y me había quedado vestido todas las noches hasta la medianoche para estar listo para la llamada.

Me acerqué con cuidado a la ventana y solté el pestillo, lo mantuve presionado y luego lo levanté. Que era esto? Estaba pegado! Tiré más fuerte sin mejores resultados.

La puerta, pensé. Era peligroso, pero se podía hacer. De todos modos, cualquier cosa era preferible a enloquecer dentro de la casa. Así que me volví y una astilla de luz amarilla me golpeó. Alguien estaba al otro lado de la puerta con una vela encendida, y la puerta se estaba abriendo lentamente. Al instante supe que me habían descubierto. Salté hacia la cama, con la intención de simular el sueño hasta que ella se hubiera ido, pero la puerta se abrió con estrépito y mi esposa se quedó en el umbral con una mirada de desprecio en el rostro. Era demasiado tarde para tener esperanzas de escapar.

Bien, qué es esto? pregunté gentilmente.

Qué estabas haciendo en la ventana? dijo ella.

Hace tanto calor aquí que iba a dejar entrar un poco de aire respondí.

Para dejar entrar el aire o salir tú mismo? aunque hablaba en voz baja, sonaba como un trueno para mí.

Silencio! rugí con tal vehemencia que la ventana traqueteó.

Seré escuchada! exclamó . Clavé la ventana y no pasarás por esta puerta.

Cerró la puerta de un portazo y se paró intrépidamente ante ella! Mi corazón se compadeció de en este momento. Esa pequeña figura bendecida y brillante, parada allí con tanta valentía, me hizo olvidar por qué tenía que irme. Di un paso hacia ella, y ese largo y misterioso aullido, que solo hizo eco en mi cerebro, sonó mucho más airado, y más cercano!

Me quedé quieto. Mi rostro debe haber sido una máscara de horror y angustia, porque ella me miró con asombro, que se suavizó en lástima.

Qué pasa, querido? susurró. No me lo dirás, cariño?

Entonces sentí que comenzaban los dolores del cambio y supe que la transformación vendría rápidamente. Tomé un taburete pesado y lo arrojé por la ventana. Si iba a escapar, no desperdiciaría ni un segundo. Con una rapidez que nunca había soñado que poseyera, ella corrió hacia mí mientras yo me acurrucaba en la ventana con las manos a los lados y una rodilla en el alféizar. Me agarró del pelo y me arrastró hacia atrás, llorando mientras decía:

No! No! No! No irás. Eres mío! Esa puta de Stanoska esperará mucho esta noche!

Luego tiró con tanta fuerza que caí de espaldas. Todo estaba perdido! Era demasiado tarde, porque ya no tenía deseos de irme! Aunque todavía mantenía la apariencia exterior de un hombre, pensaba como una bestia.

A menudo he pensado que el cambio tuvo lugar primero en el cerebro y luego en el cuerpo. Grité demoníacamente, y otro grito surgió fuera de la casa, sonando fuerte a través de la ventana rota. Ella palideció ante el sonido y se encogió contra la mesa, aterrorizada por mi apariencia salvaje y sin duda extraña. Me puse de pie de un salto, rasgando locamente mi ropa.

Cuando me desnudé por completo, volví a aullar con fuerza y caí en cuatro patas, una criatura deforme que nunca debería haber existido. Me había convertido en una bestia salvaje! Pero no fui yo quien se escabulló, barriendo el suelo, con el pelo enrojecido por el odio, hacia la figura horrorizada junto a la mesa; No fui yo lo juro ante el Dios que pronto me juzgará quien se agachó y saltó, desgarrando con afilados y blancos colmillos esa hermosa garganta blanca que tantas veces había acariciado!

Al oír un sonido afuera, me volví, a horcajadas sobre mi víctima y listo para luchar por mi muerte.

Con las patas delanteras en el alféizar de la ventana, a través del cristal roto se asomaba la cabeza de un lobo. Miró hacia la puerta de la habitación contigua donde yacía nuestra niña, dormida en su cuna, y luego volvió sus ojos hacia mí en una orden muda.

Fui yo, el espíritu del hombre, quien por un momento gobernó la monstruosa forma en la que mi cuerpo había sido transmutado. Fui el hombre, yo mismo, quien curvó esos delgados labios bestiales en una silenciosa y amenazadora sonrisa, quien acechó hacia adelante, con las piernas rígidas, el pelo erizado y ansioso por vengarse!

Tan rápido como había aparecido la cabeza, se retiró y de repente volvió, curiosamente cambiando de forma. Sus contornos se volvieron menos decididos, todo parecía nadar ante mis ojos. Me sentí mareado. La cabeza del lobo se transformó en esa máscara de pergamino inescrutable del maestro. Esos ojos juveniles me miraron siniestramente, con una llama humeante detrás de ellos.

Me sentí débil; de nuevo la bestia estaba en ascenso y me olvidé de mi herencia humana. Perdido estaba todo recuerdo de amor o venganza. Yo, el hombre lobo, me escabullí por la puerta, hacia la cuna, me quedé con regocijo anticipando por un momento mientras la sangre goteaba de mis mandíbulas entreabiertas en el camisón limpio de mi pequeña niña. Luego apreté mis mandíbulas contra su vestido, y sin hacer caso de sus débiles luchas, o sus gritos, me levanté con un largo y limpio salto a través de la ventana rota, llevando mi contribución al festín macabro.

Luego, a mi torturada memoria, llega uno de esos curiosos espacios en blanco que a veces me afligían. Recuerdo vagamente los gruñidos de los animales que luchan y, más vagamente aún, los sonidos de los disparos, pero debe ser el delirio de mis heridas lo que habla, porque a esa hora de la noche no podía ser posible que alguien estuviera vagando armado.

Pronto se acabó. Yo, el último de nuestra línea, emprendí la horrible cacería, alegre y regocijado.

Valle abajo rugió la manada del infierno, y a la cabeza el amo. La espuma de mis mandíbulas ensangrentadas manchaba la nieve de rosa mientras galopábamos y subíamos la colina como una ola rompiendo en la playa. bamos corriendo a toda velocidad con el maestro todavía adelante y el resto de la manada a cierta distancia detrás, cuando de repente dio media vuelta y, al apearse, nos enfrentó.

El que estaba directamente frente a mí, y detrás del maestro, clavó los pies en el suelo y se deslizó para evitar la colisión. Iba tan rápido que no podía detenerme terminé sobre mi compañero. Al instante siguiente, estábamos en el fondo de un montón que luchaba y arañaba. Por un momento nos molimos a golpes, luchamos, mientras el maestro se sentaba en cuclillas y sacaba la lengua de las demacradas y sonrientes mandíbulas, jadeando en bocanadas blancas y húmedas.

Luego nos dispersamos como si nos hubieran hecho pedazos, y también nos acomodamos en una posición de descanso, una manada de merodeadores de aspecto muy tímido. En ese momento sentí que se producía dentro de mí la sensación desgarradora que siempre precedía a la transformación. Mis huesos encajaron en posiciones ligeramente diferentes; empecé a recordar que era humano y me quedé erguido, un hombre de nuevo.

Todos mis compañeros se habían transformado igualmente y estaban parados donde se habían detenido.

Qué contraste! Seis hombres, hombres blancos, cada uno un gigante en fuerza, atados hasta la muerte a algo que no puedo llamar hombre. Una criatura negra de sólo cuatro pies de altura, que físicamente el más débil de nosotros podría haber aplastado con una mano. Pero seis hombres obedecieron servilmente a todas sus órdenes y se movieron con un miedo mortal hacia él. Qué lástima! Solo dos de nosotros todavía éramos lo suficientemente humanos como para entender que estábamos condenados para siempre y no teníamos forma de escapar. Mirar sus rostros lo dejaba claro.

Yo también estaba cambiando. Pero ahora el maestro avanzaba. Una fuerza irresistible me empujó hacia él y, mientras me movía, los demás se acercaron a mí, de modo que él y yo nos paramos en el centro de un pequeño círculo.

Luego levantó la mano, la pata o la garra (no puedo decir cuál, porque se parecía a las tres) y habló con voz estridente:

Compañeros, camaradas me miró de reojo y yo me encendí de rabia, pero no dije nada. Los he reunido aquí conmigo esta noche para darles una advertencia. Déjenme hacer lo que crea conveniente y todo estará bien, pero si tratan por un instante de cambiar mi curso de acción o de atacarme, lo lamentarán.

Luego perdió el control de sí mismo.

Tontos! chilló Malditos campesinos ignorantes, ustedes que pensaban que podían matarme, a quien ni siquiera los elementos pueden dañar! Idiotas, que intentaron conspirar contra la inteligencia acumulada de mil años, escúchenme!

Atónitos por este repentino estallido, nos tambaleamos bajo la revelación que vino a continuación.

Desde el primer momento gritó, vi a través de vuestra estúpida intriga contra mí. Supe cada movimiento que han hecho, cada palabra que pronunciaron en la aparente privacidad de vuestras chozas. Esto no es nada nuevo para mí. Ochenta y cuatro veces lo han intentado, y ochenta y cuatro veces he enfrentado el problema de la misma manera.

Se giró rápidamente y me lanzó una garra gris a la cara. Aparté los ojos de los suyos y salté a su garganta. De nuevo se puso de pie, frotándose la garganta, y de nuevo graznó, sin mirarme, ya que tres de mis compañeros me detuvieron.

Todos ustedes tienen hijos, esposas o padres que dependen de ustedes y están indefensos. Me encargué de eso antes de elegirte, teniendo esto mismo en mente. En cualquier momento puedo convertir a cualquiera de ustedes en una bestia por el poder de mi voluntad, dondequiera que esté. Mañana, si todavía me resistes, haré que todos maten a sus seres queridos.

Desde el círculo se levantaron gritos:

No! No! No hagas eso!

Luego me miró. Tomando mi barbilla, obligó a mis ojos a encontrar los suyos y gruñó:

Y tú? Qué dices ahora?

No pude resistir esos ojos ardientes.

Amo murmuré, soy su esclavo.

Entonces vuelve a tu guarida gritó, dándome un empujón que me hizo caer en la nieve, y espera allí hasta que te llame de nuevo.

La manada cambió de hombres a bestias de nuevo y corrió hacia el bosque, y aunque traté de seguirlos, no pude moverme hasta que el sonido de sus gritos se desvaneció en la distancia. Finalmente me levanté y volví a mi triste hogar.

Pasaré brevemente por alto lo que siguió. No creo que pudiera repetir mis pensamientos mientras caminaba a durante la noche. El amanecer estaba llegando cuando vi las cuatro paredes que recientemente había llamado hogar. Entré tambaleándome y me hundí en una silla, demasiado apático para encender un fuego.

Después de un rato, me vestí mecánicamente, encendí un fuego en la chimenea y pensé en esconder el cuerpo que yacía en la otra habitación, hasta que pudiera huir. Se me ocurrió un plan tras otro, pero pronto todos fueron abandonados por inútiles. Cansado, hundí la cabeza en mis brazos, mientras estaba sentado junto a la mesa, y debí haberme quedado dormido.

De repente me desperté de la apatía sorda en la que había caído por un pequeño y tímido golpe en la puerta. Mi primer pensamiento fue que me habían descubierto. Un ataque de temblor se apoderó de mí, que pasó rápidamente, pero me dejó demasiado débil para levantarme.

De nuevo sonó el golpe, seguido por el chirrido de la grava helada mientras unos pasos pasaban vacilantes por el camino. De repente, un plan se había formulado en mi pobre cerebro distraído. Reforcé mi voluntad de actuar decididamente, corrí hacia la puerta y la abrí de par en par. No había nadie a la vista.

Desconcertado, miré a mi alrededor, sospechando hechicería, y entre dos de los árboles que bordeaban el camino divisé una figura que se dirigía lentamente hacia el pueblo.

Hola! grité. Qué quieres? Vuelve!

Cuando la figura se volvió y se acercó, reconocí a la criatura que viajaba cojeando de aldea en aldea durante los meses de verano, trabajando cuando la necesidad lo obligaba a hacerlo, pero más a menudo mendigando comida y refugio de personas más afortunadas.

Por qué llamas a mi puerta? pregunté tan amablemente como pude.

Vine anoche dijo, y la señora que vive aquí me dijo que estaba sola y que no me dejaría entrar, pero que si más venía cuando su marido hubiese regresado, me daría algo de ropa vieja. Así que me acosté con las vacas y ahora he vuelto.

Me obligué a hablar tranquilamente.

Eres un buen muchacho, y si haces algo por mí, me ocuparé de que recibas ropa nueva y mucho dinero. Aquí está la prueba de que tengo buenas intenciones y arrojé una amplia pieza de oro a sus pies.

Algo de la agonía de mi espíritu debió reflejarse en mi rostro, porque él se encogió, toda su alegría se desvaneció y titubeó con temor:

Qué quiere que haga, maestro?

Su aspecto lamentable me golpeó el corazón, y las palabras que había estado a punto de pronunciar murieron en la punta de mi lengua. Nunca revelaré a nadie cuál había sido mi intención, pero algo más noble y puro de lo que jamás había conocido animó mi alma. Me incorporé en toda mi estatura, miré desafiante al miserable tembloroso y grité:

Ve a Ponkert. Despierta a la gente y saca a los soldados del cuartel. Soy un hombre lobo y acabo de matar a mi familia.

Sus ojos parecían partir de su cabeza, sus miembros paralizados y sin nervios lo llevaban tembloroso por el camino, mientras me miraba por encima del hombro como si esperara verme convertirme en un lobo y perseguirlo vorazmente. Al final del camino pensó en huir, arrojó la moneda de oro y echó a correr hacia el pueblo.

Podría haber pasado un minuto o un año sentado a la mesa, con la cabeza enterrada en mis brazos. Solo sé que me despertó un rugido sordo de muchas voces afuera. Abrí la puerta, salí y esperé una muerte instantánea.

Una multitud de unas cincuenta personas subió por la carretera y me vio parado allí, esperando pasivamente, amontonados, ansiosos, pero a ninguno le importaba estar al frente y ser el primero en conocer al temido hombre lobo. Finalmente salió un curtidor, vestido sólo con su delantal de cuero y llevando una enorme lanza en la mano derecha.

Vengan gritó. Quién me sigue si yo lidero?

En ese momento sonó el golpeteo de los cascos, lejos de la carretera.

El que viene debe apresurarse pensé, si quiere ver el espectácul*.

El curtidor arengaba inútilmente a la multitud en constante crecimiento, ninguno deseaba ser el primero. No pude evitar regocijarme. Setenta y cinco o cien contra uno, y nadie se atrevía a acercarse.

Por fin, el curtidor se movió lentamente hacia mí, de vez en cuando echando un vistazo hacia atrás para asegurarse de tener un camino libre de retirada si era necesario. Creo que, en ese momento, si hubiera saltado hacia ellos, todo el rebaño habría huido gritando por el camino; pero no hice nada por el estilo. No me moví, ni siquiera opuse resistencia cuando el curtidor me agarró por el hombro, su lanza lista para el golpe mortal. La vida ya no me interesaba.

Al darse cuenta de que estaba de pie pasivamente, el curtidor me soltó, agarró la lanza con ambas manos y la elevó por encima de mí. Sus poderosos músculos sobresalían como cuerdas en sus brazos y pecho desnudos. Toda la asamblea contuvo la respiración. Entonces apareció un enorme caballo negro montado por un hombre corpulento, con el uniforme de los soldados del rey.

Bajó la espada de lleno sobre la cabeza del curtidor. Cayó como un novillo, mientras la lanza se hundía en el suelo hasta la mitad de su longitud.

Este hombre es mío gritó. Debe ir conmigo para ser juzgado y sentenciado por el rey.

La multitud murmuró airadamente, pero se dispersó ante la avalancha de media compañía de soldados que había seguido a su capitán.


Entonces, señores estaba concluyendo mi narración en el cuartel de la prisión en Ponkert, ustedes ven a qué fines me han traído las maquinaciones de esta criatura. Yo mismo no pido la vida, porque me alegraré de morir, y es justo que deba hacerlo; pero dame venganza, y arderé felizmente en el infierno por la eternidad.

Por un tiempo pensé que el oficial me la negaría, porque rumió mucho antes de hablar.

Puedes dijo, atrapar a esta horrible banda, si yo y mis hombres te damos ayuda?

Salté de mi silla y grité:

Dame una docena de hombres, armados, y ninguno de esos demonios estará vivo mañana por la mañana!

Llevado por mi entusiasmo, gritó:

Tendrás cincuenta y yo mismo los guiaré. Todos deben morir. Todos!

Asentí con la cabeza y lo miré directamente a los ojos.

Entiendo dije. Luego haz conmigo lo que quieras. No resistiré, porque estoy muy cansado y estaré feliz de descansar. Pero hasta entonces, soy tu hombre!

Eres valiente dijo simplemente, y desearía no tener que hacer lo que debo hacer. Me tomarás de la mano antes de irnos? preguntó casi tímidamente.

No dije nada, pero nuestras manos se unieron en un fuerte apretón, y cuando él se dio la vuelta pensé que veía humedad en su mejilla. Era un buen hombre y desearía haberlo conocido antes. Quizás podríamos haber sido amigos.

A cierta distancia de Ponkert hay un bosque, tan denso que incluso al mediodía solo existe un tenue crepúsculo. Muchas veces era el lugar de reunión de la manada. Entonces, sabiendo esto, hice mis planes.

Rasgué mi ropa y la manché de sangre, me puse una venda ensangrentada alrededor de la cabeza y los soldados me ataron las manos firmemente detrás de mí, poniendo también una cuerda alrededor de mi cuello. Partimos al anochecer, unos ochenta en total, incluidos los rústicos que iban detrás, cargando armas improvisadas y perros de labranza, torpes, pero mortales.

Atravesamos el corazón del bosque. De vez en cuando, el soldado que sostenía el otro extremo de la cuerda se sacudía ferozmente, casi haciéndome tropezar, y en una de estas ocasiones escuché un gruñido hosco y sofocado desde un matorral. Al parecer, nadie más lo escuchó. Levanté la cabeza con cautela y vi una forma deslizarse silenciosamente entre las sombras. El plan había tenido éxito.

Luego salimos a la luz del sol una vez más. Entre el bosque y las colinas corría el río. Con vistas a esto, se veía un gran castillo que en otro tiempo había dominado el río y las rutas comerciales que cruzaban la llanura del otro lado. Pero esto fue hace mucho tiempo, tanto que los constructores del castillo habían fallecido, sus hijos, y también los suyos, si es que alguna vez los hubo, dejando solo el castillo para demostrar que alguna vez habían vivido.

A medida que pasaban los años, varios grupos de bandidos habían sostenido la gran estructura de piedra y se habían librado guerras alrededor y dentro. Lentamente, el tiempo y los elementos habían trabajado sin control hasta que la torre central se derrumbó y se llevó el resto del castillo con ella.

Aún quedaba el fuerte muro de piedra que alguna vez había rodeado la estructura, pero ahora formaba un gran cuadrado, de diez metros de altura, alrededor de una montaña informe de mampostería en el centro. Debajo de este imponente monumento yacía el último que había vivido allí, y algunos dicen que sus fantasmas todavía rondan las ruinas. A cada lado de la plaza, en las paredes, había una puerta de hierro. Estas estaban todavía bien conservadas, pero muy oxidadas, tanto de hecho que era imposible abrirlas, y nos vimos obligados a encontrar otro modo de entrar.

Finalmente descubrimos un gran árbol, que, arrancado de raíz por un fuerte viento, había caído con su copa contra la pared, formando un puente por una suave pendiente. Para acceder al patio era necesario seguir la muralla hasta donde daba a la llanura. Aquí, una gran sección había caído hacia adentro, dejando la pared a seis metros de altura en ese punto. Por allí bajamos, usando la cuerda que tanto me había atormentado, y preparamos nuestra trampa.

Era muy simple: yo era el cebo y sabíamos que cuando llegara el momento seguirían mi rastro a menos que se advirtiera al maestro. Entonces podríamos matarlos porque éramos más de diez a uno, aunque muchos de los granjeros se habían negado a entrar en el castillo encantado y regresaron.

Por fin se hizo cerca de la medianoche, y débilmente, muy lejos, escuché los aullidos en el bosque.

El tiempo está cerca le susurré al capitán mientras estábamos en el recinto. Los escucho reunirse.

Estén preparados les advirtió a los hombres. Escóndanse en las rocas.

Esperamos, ansiosos, aunque ahora no se veía nadie excepto el capitán y dos o tres soldados, de pie junto a la pila de mampostería. Mientras esperaba cerca de una gran pila de bloques de piedra, escuché a alguien gritar con fuerza:

Ahora!

Las luces de disparo bailaron ante mis ojos. Caí de bruces. Me habían golpeado por detrás.

Cuando recobré la conciencia, las estrellas aún brillaban intensamente en lo alto. Mi único pensamiento era escapar de estas criaturas de dos patas que me tenían prisionero. De nuevo, yo era la bestia!

Por primera vez, no había tenido conocimiento de la transición cuando tuvo lugar. Rápidamente me di cuenta de que me llamaban con insistencia. Por el rabillo del ojo vi a un hombre de pie a mi lado, pero a poca distancia. Quizás podría escapar!

Mis músculos se tensaron. Saltaría la pared, huiría por mi vida, lo haría y luego un tremendo peso cayó sobre mis cuartos traseros, rompiéndome ambas piernas.

El dolor era insoportable! Solté un grito de agonía que fue respondido por aullidos de aliento y rabia mezclados más allá de la pared. Luego descendieron de la pared saltando, uno a la vez, cinco grandes bestias grises. Habían seguido mi rastro y habían venido, según pensaban, a salvarme, sin soñar que los llevaba a una trampa.

Los soldados habían sido más sabios que yo, porque habían previsto lo que yo no había visto: que si mi historia era cierta, inevitablemente, cuando mi naturaleza cambiara, los traicionaría. Entre el hombre y la bestia salvaje no puede haber compromiso, así que me aturdieron, y luego derribaron una piedra pesada, inmovilizándome contra el suelo. En lugar de advertir a la manada como indudablemente lo habría hecho si hubiera sabido antes que estaban presentes, grité pidiendo ayuda, porque el repentino dolor alejó cualquier otra emoción de mi mente.

Ahora todo era confusión. Aullido de bestia y grito de hombre, mezclados en coro con el choque de acero y colmillos. De vez en cuando, pero con poca frecuencia, un disparo acentuaba el alboroto, pero estas nuevas armas son demasiado lentas para ser de uso práctico, por lo que fue un conflicto mano a mano y cara a cara.

Los lobos atacaron ferozmente. Entrando y saliendo, con movimientos relámpago, podían arrancarle la garganta a un hombre y desaparecer antes de que pudiera defenderse. La confusión era tan grande, que un hombre podía matar a su camarada por accidente. Vi que esto sucedió dos veces.

Ahora sólo cuatro eran visibles, saltando de un lado a otro, luchando por sus vidas como ratas acorraladas, y poco a poco abriéndose paso hacia la pared de donde habían venido. Vi a la desaparecida, la vieja Madre Molla, desgarrando con afilados colmillos blancos algo que yacía medio escondido debajo de ella. Un soldado se escabulló silenciosamente detrás de ella y, con una poderosa demostración de fuerza, le atravesó completamente el cuerpo con una pica. Pero otros ojos además de los míos habían visto el cobarde golpe. Al instante siguiente, cayó y quedó enterrado en el centro de la manada que gruñía. Durante varios segundos quedaron en un apretado nudo de cuerpos, y mientras permanecían así, los soldados entraron de un salto, picas y garrotes subiendo y bajando. Antes de que Madre Molla llegara a la esquina hacia la que se arrastraba lentamente, tosiendo su vida en burbujas de sangre, el resto de la manada la había vengado y muerto.

Fue en este momento crítico cuando una cabeza se asomó por encima de la pared y dos ojos rojos brillantes observaron la escena. No puedo explicar por qué el maestro había retrasado así su llegada. Pero cualesquiera que fueran sus motivos, no era un cobarde, porque el primer indicio que los hombres tuvieron de su presencia fue la visión del lobo negro saltando y aterrizando sobre el montón de cadáveres que habían representado a sus antiguos vasallos.

De un salto se encontró en medio de los soldados, luchando con colmillos y garras. Se dispersaron como ovejas, pero regresaron, formando ahora un círculo apretado a su alrededor, bloqueando toda salida. Ahora su única oportunidad de vida era moverse tan rápido que haga inseguro dispararle por temor a herir a uno de los hombres.

Ahora vio claramente que todo estaba perdido, y evidentemente percibió que la huida era su única esperanza. Me dio una mirada de aliento mientras yo yacía allí delirando y echando espuma, mordiendo y rompiéndome los dientes contra la fría e inflexible roca que me sujetaba; y corrió locamente por el interior del círculo, buscando un punto débil en él. Así que los hombres lo presionaron, golpeándolo de vez en cuando al pasar, pero sin hacerle daño realmente.

Con la lengua roja y caliente colgando de sus mandíbulas babeantes, corrió alrededor del cordón circundante de enemigos. Saltó a medio paso directamente hacia un patán ignorante que empuñaba un tridente de heno. El pobre tonto golpeó con torpeza, en lugar de esquivar, error que fue su último, porque falló. Al instante, el maestro le había arrancado la garganta con un solo chasquido y se dirigía hacia la muralla del castillo.

El camino estaba despejado; bocanadas de nieve se levantaron detrás, delante de él y a ambos lados, pero ninguno de los proyectiles lo alcanzó. Al llegar a la pared, dejó el suelo en el salto más magnífico que jamás haya visto, ya sea de hombre o de bestia. Luego, mientras las balas iluminaban la antigua mampostería que lo rodeaba, se revolvió salvajemente con las patas traseras para incorporarse, y pronto cruzó el muro y desapareció.

Corrieron hacia las puertas oxidadas, pero su misma prisa derrotó sus esfuerzos, y cuando llegaron al campo abierto, la llanura estaba vacía de vida. Pero sobre la colina hacia el este flotaba un aullido burlón. Desde ese día hasta ahora, nunca se le ha visto en Ponkert. Así terminó el reinado del Wampyr!

Así ha terminado mi terrible experiencia. El maestro fue expulsado, y el miedo que dominaba la aldea ha terminado. Yo, de toda la manada que devastó la tierra durante muchas millas, soy el único que queda con vida. En algún lugar quizás el maestro todavía deambule silenciosamente, sigilosamente, en la fresca oscuridad de nuestras noches.

Cuando su poder se convirtió en polvo en el patio de ese antiguo castillo, y se vio obligado a huir para salvar su vida, su última mirada me insinuó que regresaría y me rescataría de mis captores. Debe haber habido alguna chispa de humanidad en ese corazón salvaje, algo que no le permitiría dejar a quienes le habían jurado lealtad; por ser testigo de ese magnífico salto desde la pared del patio hasta el mismísimo centro de sus enemigos, para salvar al único miembro superviviente de su banda. Regresó!

Mientras yacía en el calabozo del cuartel, recuperándome de mis huesos rotos y otras heridas (porque debo estar en buena salud antes de que se me permita expiar mi crimen), una noche, aproximadamente una semana después de la pelea, escuché el viejo y familiar aullido.

Reconocí la llamada del maestro y respondí. Pensé en todas las cosas que me gustaría decirle y no pude. Repasé mentalmente toda la serie de acciones de las que había escapado: su horrible esclavitud.

Después de unos segundos de silencio, justo afuera de la pared se escuchó el aullido escalofriante de un lobo. Se elevó más y más alto, un largo sollozo, un ululante sonido creciente que decreció hasta convertirse en un hilo cuyo murmullo gutural se ahogaba en el apresurado pisoteo de los pesados pies en lo alto y el estruendo de la descarga de pólvora. Destello tras destello desgarró la noche aterciopelada, mezclándose con los gritos de los soldados. En algún momento del tumulto el maestro le dio la espalda a Ponkert por última vez.

Totalmente solo en el mundo, sin amigos, renuncio mañana a esta forma mortal que ha conocido cambios tan extraños. Me marcho sin ningún tipo de tristeza, porque no tengo nada por qué vivir, y cuanto antes me vaya, más rápido expiaré mis pecados y por fin llegaré a donde se me espera. Porque no puedo creer que sufriré en tormento para siempre.

Sin embargo, incluso renunciaría a esa dicha para volver a ser una bestia, de modo que pudiera sentir mis colmillos hundirse en la garganta negra del maestro, y sentir la sangre brotar caliente en mi boca. Oh, el desgarro, cortar esa carne y tenerlo completamente en mi poder! Sentir sus huesos crujir bajo mis poderosas mandíbulas!

Sin embargo, a veces pienso que tal vez él también, como yo, fue tentado a caer. Quizás él tampoco tenía la culpa, pero, al igual que yo, estaba débil y condenado desde el principio.

Me dicen que cada dolor que sufra ahora acortará mi castigo en el futuro. Cuáles serán mis dolores en la tierra, no lo sé. Puedo romperme en la rueda o estirarme sobre el potro, pero estoy resignado y fortalecido contra mi destino. Solo hay una cosa de la que estoy seguro: seré desollado vivo, y mi historia será escrita en mi piel para que sea conocida.

Nunca antes había oído que se hicieran estas cosas, pero no tengo ninguna duda de que me las harán a mí. Sin embargo, no me importa. Tanto he sufrido en el corazón que ningún malestar corporal puede superar a otros tormentos. Estoy resignado. Que quien lea esto reciba advertencia. Adiós a todos los que conozco y he conocido. Adiós.


***

Cuando terminé de leer el manuscrito me senté a pensar. De modo que este libro fue escrito sobre piel humana, que cuando fue ocupada había encerrado al antepasado de Pierre.

Pensé le dije al anciano, que habías dicho que la persona descrita en la narración era tu abuelo. Pero aquí se relata que su única hija fue asesinada por él mismo. Cómo explicas eso?

Recordarás quizás que contó cómo, después de la huida desde la cabaña, siguió un vacío en su memoria, salvo el vago recuerdo de disparos. Ahora bien, es probable que esos disparos lo hayan asustado, abandonado a su presa todavía viva. Tal es la leyenda que acompaña al libro durante siglos. También se dice que este libro nunca ha estado fuera de la posesión de los descendientes de los húngaros. Por lo tanto, al observar que ahora poseo el libro, que me fue dado por mi padre, como lo fue por su padre, asumo que por mis venas corre la sangre diluida del hombre lobo.

Puede que todo esto sea cierto dije. Seguramente en las semanas de su encarcelamiento debieron informarle que su pequeña no había sido devorada; sin embargo, habla constantemente a lo largo del relato como si no supiera nada sobre el rescate.

Ah respondió, eso también me dejó perplejo cuando lo leí por primera vez de esto. Pero creo sinceramente que esta información se ocultó a propósito para agregar tortura mental a su castigo físico.

Después de que me fui, me felicité por ser tan afortunado de existir en el prosaico siglo XX, y no en los años llenos de supersticiones que apenas acabamos de dejar. Porque incluso las supersticiones deben tener un principio, y quién sabe cuánta verdad puede haber, después de todo, en esta extraña historia.

Nunca volví a la posada después de eso. A menudo quise hacerlo, pero otros asuntos eran más importantes y la dilación finalmente hizo que el viaje fuera inútil.

Pierre está muerto ahora, sin dejar parientes ni amigos más que yo. Ahora poseo el libro y está ante mí, mientras escribo la historia que contiene para que el mundo la lea y se burle de ella con desprecio.

H. Warner Munn (1903-1981)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de hombres lobo.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de H. Warner Munn: El hombre lobo de Ponkert (The Werewolf of Ponkert), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a ***.com


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 Asunto: La presa de los nocturnos: Hugh B. Cave; relato y aná
NotaPublicado: MiĆ© Abr 14, 2021 8:01 pm 
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La presa de los nocturnos: Hugh B. Cave; relato y análisis


La presa de los nocturnos: Hugh B. Cave; relato y análisis.




La presa de los nocturnos (Prey of the Nightborn) es un relato de vampiros del escritor norteamericano Hugh B. Cave (1910-2004), publicado originalmente en la edición de septiembre de 1936 de la revista Spicy Mystery Stories, y luego reeditado en la antología de 1977: Murgunstrumm y otros (Murgunstrumm and Others).

La presa de los nocturnos, posiblemente uno de los cuentos de Hugh B. Cave menos conocidos, relata la historia de Peter Marabeck, un hombre que ha perdido a su esposa recientemente, la cual aparentemente habría muerto de causas naturales, salvo por dos extraños y pequeños orificios en su cuello.

SPOILERS.

La esposa de Peter Marabeck, Jane, muere en circunstancias poco claras. No hay una investigación oficial, pero su médico asegura haber encontrado dos marcas extrañas en su cuello. Eventualmente nos enteramos que Jane ha sido víctima de una vampiresa, llamada Morgu, quien lidera un pequeño clan de vampiros que se ocultan en una cantera abandonada (ver: Razas y clanes de vampiros)

Cuando Morgu vuelve su atención a Peter, el espíritu de Jane asume la forma de un lobo blanco para protegerlo. Pero Morgu es obstinada, y hechiza a Marabeck, quien la acompaña a la caverna debajo de la cantera abandonada donde se reúne su clan [hay una escena bastante tétrica aquí con una chica colgada y un grupo de vampiros bebiendo de sus heridas abiertas]. Afortunadamente, Jane vuelve al rescate, esta vez blandiendo una cruz en llamas. Juntos huyen al cementerio donde, a petición de su esposa, Peter le ensarta un cuchillo de plata en el pecho y luego lo clava en el suyo. Mientras agoniza, reaparece Morgu, y Peter sabe que debe evitar que lo muerda para no convertirse en una pieza más de su clan nocturno y alejarlo para siempre de Jane (ver: La cuestión de género entre vampiros y vampiresas)

Es interesante mencionar que Hugh B. Cave vivía muy cerca de Lovecraft, uno en Pawtuxet y el otro en Providence. No se conocieron en persona, lo cual probablemente fue lo mejor, pero en ocasiones mantuvieron correspondencia. Lovecraft y Hugh B. Cave discrepaban vehementemente sobre la estética y el profesionalismo del trabajo en revistas pulp como Weird Tales. Lovecraft, digamos, tomó el camino más elevado, pero menos lucrativo. Desdeñó el uso de fórmulas y convenciones, y sobre todo se rehusó a enfocarse en la cantidad sobre la calidad de sus historias (ver: El Círculo de Lovecraft y la aristocracia de Weird Tales). Hugh B. Cave tomó el camino contrario, y fue prolífico y exitoso, pero sus historias a menudo recurren una y otra vez a las mismas fórmulas; tal es el caso de La presa de los nocturnos.

Si bien la extensión de La presa de los nocturnos es la habitual para este tipo de publicaciones, de algún modo resulta demasiado vertiginosa, con poco o ningún agarre a un contexto que justifique buena parte de la acción. Claro que Hugh B. Cave estaba escribiendo para Spicy Mystery Stories, cuyos lectores buscaban fundamentalmente cuatro cosas: poco contexto, acción frenética, violencia gráfica y mujeres con poca ropa (ver: El Machismo en el Horror). En el afán por satisfacer a sus lectores [tal era el precio de la productividad en el pulp] lo mejor de Hugh B. Cave se diluye miserablemente. Sin embargo, como de hecho era un buen autor, algunas pequeñas joyas chisporrotean aquí y allí, justificando lo que de otro modo sería una total y absoluta porquería.

Aislado del contexto de Spicy Mystery Stories, La presa de los nocturnos es un relato sumamente extraño. De hecho, constantemente el lector debe aceptar premisas que no parecen tener sentido, pero que precipitan la acción vertiginosamente. En este contexto, es importante mencionar que eso era lo que buscaban los lectores de la revista: cultos dirigidos por un maniático [generalmente con una biología exagerada pero bastante terrestre], personajes arrojados a la acción sin ningún contexto, extrañas resurrecciones de personajes que se creía estaban muertos, y mujeres hermosas, muchas mujeres hermosas (ver: El cuerpo de la mujer en el Horror)

La presa de los nocturnos de Hugh B. Cave solo debería juzgarse dentro del marco de sus intenciones, y sus intenciones son claras: colocar a un sujeto promedio a merced de una vampiresa que desea convertirlo en su amante eterno. Es un relato muy pobre en comparación con otros cuentos de Hugh B. Cave, pero posee algunos detalles [pocos, es cierto] que valen la pena; sobre todo para el amante de los relatos de vampiros, quien está acostumbrado a tragar mucha mierda para encontrar alguna modesta joya ocasional.




La presa de los nocturnos.
Prey of the Nightborn, Hugh B. Cave (1910-2004)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


La mujer de Peter Marabeck fue enterrada el martes. La otra apareció en su vida el sábado siguiente, por la noche, mientras conducía a casa desde Putney. La nieve había caído irregularmente durante dos días. El camino a través del valle era un dedo blanco, apuntando, y la mujer estaba erguida y quieta en esa desolación. Era extrañamente hermosa, y estaba casi desnuda. Peter se puso rígido al verla. Ella dio un paso adelante, lo miró fijamente y levantó los brazos hacia él con avidez. Sus pechos redondos bajo su cubierta diáfana relucían como copas de plata fundida. El movimiento sinuoso de sus caderas era un tono susurrante; y luego, de repente, no estaba allí en absoluto.

Eso es extraño pensó Peter. Adónde fue?

Era más que extraño, porque el valle era bastante llano en todas direcciones, y ninguna persona podría haber desaparecido tan abruptamente. Peter salió del coche y caminó hacia donde la mujer había estado mirándolo, pero no vio nada excepto una alfombra lisa de nieve, sin huellas.

Dijo en voz alta, mientras regresaba al auto:

Estoy viendo cosas. Ayer escuchaba cosas, y ahora las estoy viendo. El impacto de perder a Jane me ha destrozado los nervios.

Ayer, durante todo el día, había vagado sin rumbo por la casa en un vano intento de sofocar su soledad. Su propio nombre, Peter, susurrado por la voz de una mujer, lo había perseguido. Ahora, en cambio, estaba viendo cosas. Condujo despacio y llegó por fin a la masía que, no hace mucho, se había hecho eco del canto de su esposa. Afuera, el viento suspiraba a través de los árboles. En el interior, no se oía ningún sonido de cosas maravillosas; sólo había sombras y silencio, como si las paredes, las alfombras y el mobiliario se hubieran unido a su ama en un sueño eterno.

No puedo vivir aquí pensó Peter. Cada cosa me recuerda a ella. Dios mío, si pudiera estar con ella!

Una voz dijo suavemente:

Peter!

Se volvió, se detuvo, y la otra mujer estaba sentada allí en una silla mullida cerca de la ventana, como si hubiera estado sentada allí durante mucho tiempo. Era esbelta y seductora, y estaba tan escasamente vestida que Peter sintió que la sangre en sus venas cobraba vida mientras la miraba.

Sus ojos eran glóbulos de cristal que reflejaban la luz de la lámpara, y desde sus brillantes profundidades se extendía un poder magnético que enredó el alma de Peter Marabeck. Una serpentina de vívido escarlata, a juego con sus labios, colgaba como una llama sobre la blancura de alabastro de un hombro. El resto de ella estaba pálido y de alguna manera irreal, pero lo suficientemente real como para atraer a Peter hacia adelante, con los ojos muy abiertos y temblando. Y luego, de repente, la silla mullida estaba gris y vacía, riéndose de él. No había ninguna mujer; no había boca escarlata esperando la presión hambrienta de sus labios. En silencio, miró fijamente, luego murmuró:

Me estoy volviendo loco.

Se dejó caer en una silla y miró alrededor de la habitación como si fuera un lugar extraño e impío.

Dijo mi nombre como lo escuché ayer pensó. Quién es ella? Qué quiere de mí?

Luego se durmió, pero no fue un buen sueño.

Soñó que su esposa se acercaba y se paraba a su lado.

Esa mujer es mala, Peter susurró su esposa. Ella no es para ti. Debes tener cuidado.

En su sueño, se puso de pie, abrazó a su esposa y le habló. Pero las palabras tintinearon y se convirtieron en el clamor vibrante de una campana; y cuando despertó, la habitación estaba llena del mismo sonido. Pasó mecánicamente por la cocina hasta la puerta trasera. El timbre volvió a sonar con insistencia, y abrió la puerta. Afuera caía nieve. El hombre de la escalinata estaba cubierto de pies a cabeza.

Oh dijo Peter. Eres tú. Entra.

Había olvidado la visita del doctor Menner, pero ahora se alegraba. Era bueno estar de pie y ver al doctor sacudirse la nieve de los brazos y las piernas. Estas cosas eran reales. Podía entenderlas.

Horrible noche dijo Menner con brusquedad. Si no fuera un practicante de un pueblo pequeño, estaría en casa en la cama. Uf! Tengo que calentarme sobre la estufa un rato.

No hay fuego dijo Peter.

Qué? Sin fuego en una noche como esta? Estás loco?

Me olvidé.

El médico lo miró de forma extraña.

Ya veo. Bueno, quiero hablar contigo de todos modos.

Entró en la sala y Peter lo siguió.

He estado hablando con un especialista declaró Menner. Quiere verla...

Verla? Peter frunció el ceño.

Sí. Oh, lo sé, sé cómo te sientes. Pero él insiste. Tan pronto como le conté sobre esas marcas en su cuello, me llamó la atención. Curioso, su nombre es Markham. Por lo general, se necesita una epidemia generalizada para que un caso le interese.

No puede verla dijo Peter con rigidez. Deja que los muertos descansen en paz.

Eres un tonto, Marabeck.

Ella no querría que la desenterraran.

Menner se inclinó hacia delante para señalar con un dedo acusador.

Mira, sabes lo que piensa Markham? La marca del vampiro, dice!

La marca de? No, no! Dios mío!

Ha pasado mucho tiempo desde que este valle fue maldecido, Peter. No tenías más de tres años; no lo recuerdas. Pero vinieron, hordas de ellos. De dónde, nadie lo sabe. Los matamos, pero no a todos.

No, no! Peter dijo con voz ronca. Mi esposa murió de forma natural.

No a todos repitió Menner, recordando. Algunas de las víctimas vivían con sed de sangre. Las aislamos, como leprosos.

Peter estaba mirando detrás del mullido sillón, donde un rostro miraba fija y silenciosamente al suyo. Los labios carmesí estaban curvados, sonriendo. Los senos pálidos subían y bajaban con un ritmo maligno. Manos blancas aguardaban para rodear la garganta del doctor.

Pero no se quedaron donde los pusimos dijo pensativo el médico. Uno era una demonio. Se escapó y se llevó a los demás con ella. A dónde van, nadie lo sabe. Pero si Markham tiene razón, ellos han vuelto... o ella ha vuelto, de todos modos.

Manos suaves y blancas agarraron la garganta del doctor, y el grito de horror de Peter fue silencioso. Menner se retorció, profirió horribles sonidos de tormento y terror mientras los labios carmín bajaban hasta su cuello estirado y se clavaban allí.

Peter lo miró todo con los ojos muy abiertos. Esto no era real. Estaba viendo cosas de nuevo. Pero los pies del médico golpeaban rápidamente la alfombra, y su rostro, volteado hacia el techo, se retorcía de dolor que poco a poco se iba convirtiendo en algo más. Un suspiro de satisfacción escapó de los labios torcidos de Menner. Sus brazos se curvaron lentamente hacia arriba y sostuvieron a la mujer contra él, y con sus propias manos presionó sus labios rojos más profundamente en su garganta.

Cuando por fin se enderezó, su víctima yacía inerte. Se volvió hacia Peter y este se quedó mirando. Ella sonrió. Peter se levantó mecánicamente. Sus manos extendidas estaban frías al tacto de sus propios dedos. La mujer dijo suavemente:

Bésame, Peter!

La tomó en sus brazos, y sus labios sobre los de él estaban tan absolutamente sin calor que, paradójicamente, parecían estar en llamas. Sus suaves dedos acariciaron su rostro, su cuello. La miró a los ojos sin fondo y se olvidó de que su esposa acababa de morir.

La levantó del suelo y la llevó por las polvorientas escaleras hasta la habitación donde había muerto su esposa. Pero ahora no pensaba en su esposa. Con la puerta cerrada, bajó su carga voluntaria sobre una silla grande. Se sentó a su lado y deleitó sus ojos en su tentadora belleza.

La gloria medio revelada hizo nadar sus sentidos y removió ácidos extraños en su sangre. Ninguna mujer podría ser tan hermosa como esta! Seguramente ella era una cosa irreal creada por el dolor de su propia soledad, y pronto se derretiría ante él, dejándolo solo de nuevo. Pero su piel era vibrante y viva al toque de sus ansiosas manos. Sus labios respondieron hambrientos a la presión de los suyos, y sus pechos, aplastados contra él, palpitaron hasta convertirse en una oleada. Ella lo atrajo más cerca y lo sostuvo en sus brazos.

Quién eres? susurró Peter.

Morgu.

Qué clase de mujer eres?

Ella no respondió. En cambio, aplastó su boca contra la suya y la mantuvo allí hasta que fue drogado por la furia de la tempestad de su propio anhelo loco. Luego dijo, mientras un reloj de la planta baja tocaba cuatro veces:

Mañana, Peter, vendré a buscarte.

Peter suspiró y se relajó. No estaba seguro de lo que ella le hizo entonces, pero su aliento era frío en sus labios y se durmió.

El doctor Menner yacía despatarrado en la silla mullida, con los pies extendidos ante él y la cabeza colgando; y Peter, al bajar las escaleras a la mañana siguiente, lo encontró allí.

Peter lo sacudió, miró las marcas carmesí en su cuello y luego se sentó a pensar.

Debo ir al pueblo y avisar a la policía pensó. No. Si lo hago dirán que lo maté. Debo encontrar a Markham, el especialista, y contarle lo que sucedió. Solo él me creerá.

Caminó hasta el pueblo, a la casa de Markham.

He venido porque el doctor Menner está muerto.

Luego habló apresuradamente y con entusiasmo sobre su esposa y la otra mujer; y mientras hablaba, Markham escuchó y frunció el ceño. Entonces Markham hizo muchas preguntas, lo examinó y finalmente dijo:

Estamos perdiendo el tiempo. Ven.

Condujeron en el automóvil del médico hasta la casa de Peter, donde Markham examinó el cadáver del doctor Menner.

No puedes quedarte en esta casa, Marabeck dijo Markham. Debes irte.

Mañana prometió Peter.

Esta noche, tonto! Hoy!

Debo esperar hasta que venga mi esposa dijo Peter. Si me voy sin verla primero, cómo me encontrará?

El médico miró al muerto y dijo con el ceño fruncido:

La gente ya no cree en esto. Si lo llevo conmigo ahora, te acusarán de asesinato. Afortunadamente, Menner no tiene esposa ni personas cercanas. Lo dejaré aquí por el momento. Esta noche vendré otra vez y lo llevaremos a su propia casa. Cuando lo encuentren allí, me llamarán para dar una opinión, y lo llamaré enfermedad cardíaca. Las marcas se pueden lavar y limpiar. Nadie las notará.

Peter se despidió con rigidez y el médico se marchó de nuevo.

El sol se estaba poniendo y el resplandor rojo en la nieve era como sangre, pero Peter no tenía miedo. Dentro de poco vendría Jane. l estaba seguro de ello.

Subió las escaleras y se acostó, esperando. La habitación se oscureció. Luego su vigilia fue recompensada y su esposa estaba con él, a su lado. La abrazó suavemente y la besó como siempre la había besado.

Debo irme de aquí, Jane. El doctor Markham dice que debo irme.

Ella asintió.

Lo sé, Peter. Un nuevo hogar en algún pueblito donde serás feliz. Pero debes llevarte mi ataúd y asegurarte de que contiene tierra de sepultura. Serás feliz, amado mío?

Peter pensó: Por qué no debería ser feliz? Este asunto de la vida es fácil de adaptar. Muchos otros hombres duermen los días y trabajan por las noches sin importarles. Yo haré lo mismo.

Ha estado aquí, Peter?

Sí.

Ella es malvada. Y te quiere. Escúchame y déjame decirte quién es.

Peter escuchó. Sin embargo, las cosas que le dijo eran cosas del pasado, cosas oscuras. Vio a la mujer llamada Morgu liderando una compañía impía a lo largo del camino hacia la aldea. Vio la calle del pueblo atestada de gente que gritaba de miedo mortal mientras huían del horror que se acercaba. Las mujeres se arrodillaron en súplica; los hombres lucharon como bestias. Y en una puerta no muy lejana, una mujer se agachó llorando y un niño pequeño se acurrucó contra sus piernas. El chico era Peter Marabeck.

Ahora había fogatas encendidas y en el centro del pueblo había una cruz en llamas. La hermosa mujer y su impía horda se retiraron, abandonando a sus víctimas. Días después, los hombres se sentaron y hablaron en una habitación en alguna casa de la aldea. Uno era el padre de Peter, otro, el doctor Menner, quien dijo en voz baja:

Debemos enfrentar los hechos. Algunas de nuestras personas yacen muertas con la marca del vampiro sobre ellas. Otras sobrevivirán, pero la marca también está sobre ellas. Debemos aislarlas hasta que podamos descubrir alguna cura.

Ahora la escena era realmente extraña, pues hombres y mujeres paseaban como animales enjaulados en un espacio despejado del bosque. En todas direcciones un alto muro les impedía escapar. Era de noche y los ocupantes del patio de la prisión llenaban la oscuridad con gritos animales de hambre; y de las sombras cerca de la puerta cerrada se arrastró la mujer llamada Morgu, guiando a sus seguidores impíos.

El guardia huyó aterrorizado. La puerta se abrió. Fuera del patio de la prisión se apresuraron a gruñir seres humanos sedientos de sangre! Y más tarde, esa misma noche, la mujer de labios rojos condujo su extraña manada a una enorme cámara rodeada de rocas en medio de las fruncidas paredes de la cantera, y luego salió sola para saciar su propia hambre.

Verás, Peter, ella es malvada.

Peter se estremeció. La mano de su esposa estaba fría, así como su aliento, y en su cuello aún eran visibles las marcas del vampiro. Nunca morirían, esas marcas, porque la propia Jane nunca podría morir. Ella había regresado a él como una criatura de la noche, pero seguía siendo su esposa.

Quédate conmigo le rogó, y la abrazó, acariciándola.

La calidez de su cuerpo lo consoló y suspiró con satisfacción. Sus labios buscaron los de él, y sus manos dispararon su sangre con un ardor más tempestuoso, pero más suave que nunca. Su respiración se aceleró. Luego hubo otro sonido, y una delgada forma gris se agachó en las sombras.

El terror arrancó un chillido de los labios de Peter. Acercó a su esposa hacia él. Ella estaba temblando. Ojos verdes los miraron a ambos. Peter se incorporó, tambaleándose, arrastrando a su esposa con él, y de repente, donde un cuerpo tembloroso había sido presionado contra él, ya no había cuerpo. Había dos elegantes formas de lobo luchando horriblemente en la oscuridad.

Entonces fue una pesadilla. Las dos bestias, una negra grisácea, gruñendo, la otra blanca marfil y siempre a la defensiva, daban vueltas con cautela.

Lucharon, saltando y golpeándose unos a otros con furia salvaje. La habitación era una cámara de terror llena de sonidos que no provenían de labios humanos. Cuando terminó, la bestia más grande y pesada se tambaleó sobre su víctima y lanzó un espantoso aullido de triunfo. Pero entonces no había lobos, no había lobos en absoluto. En cambio, la esposa de Peter Marabeck yacía sin vida y sangrando sobre la alfombra, y la mujer llamada Morgu estaba a su lado, con los brazos extendidos y los labios separados, esperando que Peter avanzara.

Peter miró a su esposa y se tambaleó hacia adelante, pero la voz de la otra mujer lo detuvo. Miró en sus ojos sin fondo. Su belleza impía sostuvo su mirada, y sus labios susurraron una pregunta:

A quién amas, Peter?

A ti.

Entonces ven conmigo, Peter.

Bajó con ella por la oscura escalera y atravesó las habitaciones inferiores hasta la puerta trasera.

Tendrás frío dijo tontamente, y no se le ocurrió que ella ya tenía más frío que la noche misma.

l la siguió. No tenía ni idea de adónde lo llevaba, ni le importaba.

Solo las horas de la noche valen la pena! dijo Morgu en voz baja. Por la noche, el mundo será nuestro para tomarlo, cuando los vientos negros sollocen en los cielos. Hablaremos con Ahrimán y los niños de alas verdes de Nazora. Beberemos vino tinto con el maestro de la alegría del infierno!

Uno al lado del otro anduvieron sobre campos cubiertos de nieve mientras las horas morían detrás de ellos.

Llegaron, después de muchas horas de caminata, a un lugar donde un camino estrecho y virgen serpenteaba en una oscuridad inexpugnable. Pronto se detuvieron al borde de una cantera abandonada. Sonriendo, la bella mujer descendió por medio de un sendero resbaladizo y excavado en la roca. Y, por fin, en el suelo del gigantesco pozo, se volvió y extendió las manos.

Esta es nuestra casa, mi Peter.

Peter miró a su alrededor y no le importó nada. Cielo o infierno, era de ella, y su hogar era suyo también. Sin embargo, la escena le resultaba vagamente familiar. De repente pensó en lo que le había dicho su esposa y tuvo miedo. Pero no había tenido tiempo para recordar. La mujer vampiro lo condujo rápidamente por el suelo blanco de la cantera hasta donde las oscuras aberturas invadían la pared del fondo. Entró en uno de estos túneles, seguida de Peter, y luego la oscuridad fue la de la noche más profunda.

Al oír a Peter tropezar, la mujer le dijo para animarlo:

Pronto serás una criatura de las tinieblas, como yo.

En la penumbra, sus ojos habían adquirido un brillo verdoso que la convertía en una cosa animal, extrañamente maligna. Pero Peter la siguió a través de pasadizos laberínticos, hasta que llegaron a una gran cámara central en la que también brillaban otros ojos de animales.

Ahora había luz, porque por encima de él se extendía una fisura estrecha, y el blanco de la luna brillaba a través de ella. A su alrededor había hombres y mujeres de rostro perverso, algunos vestidos con ropas que no les quedaban bien, otros desnudos. Orbes siniestros lo examinaron.

Una mujer casi desnuda se acercó con los labios carmesí entreabiertos, y podría haber caído sobre él si Morgu no le hubiera ordenado que no lo hiciera.

En un rincón de la cueva, otra mujer, flácida, humana e inconsciente, colgaba encadenada contra la pared. La sangre manaba de una incisión en su cuello. En el suelo, a sus pies, un hombre yacía con la boca abierta para recoger las gotas.

Esta es mi gente dijo Morgu. Ven!

La siguió a una cámara donde decenas de antiguas cajas de madera yacían una al lado de la otra en el suelo de piedra. Las cajas estaban numeradas y llenas de tierra marrón que apestaba a descomposición. Luego lo condujo hacia el laberinto, a una cámara más pequeña donde solo había dos cajas y donde colgaban pinturas malignas de las paredes.

Aquí una suave alfombra cubría el suelo y la luz de la luna se filtraba a través de un nicho en el techo; y en una mesa cerca de un sofá cubierto con seda rojo sangre, estaba una figura de labios rojos: Ahrimán, el demonio de la noche, en bronce. Y Morgu dijo, sonriendo:

Este es mi tocador, amado. Nuestro tocador. Tu cama está al lado de la mía. Ámame, Peter!

Peter la tomó en sus brazos y la colocó en el sofá. La faja escarlata que cubría sus pechos se aflojó en sus dedos, y los sintió latiendo con excitación maligna. Cada movimiento de su seductor cuerpo era una sinfonía oscura mientras se aferraba a él, atrayéndolo más cerca. Sus sentidos nadaron; la sangre hervía en sus venas.

Allí, en la reclusión de ese extraño tocador, cedió por completo al atractivo hipnótico de los ojos sin fondo de la mujer y a las súplicas susurrantes de su voz sedosa. Sus labios le extrajeron el alma de su pecho agitado. La carne suave como el yeso se estremeció bajo la ávida presión de sus dedos. Y, cuando por fin se recostó, el suave susurro de su voz formó algunas palabras.

No es la muerte, Peter. No sentirás dolor, sólo éxtasis. Durante un día dormirás; luego, cuando vuelva a caer la noche, iremos juntos, hijos de la noche.

Sin miedo, vio sus labios descender a su cuello y sintió la presión. Sus pechos llenos pesaban contra él y sus brazos lo rodeaban. Y luego, de repente, la mujer retrocedió. Un grito áspero tintineó de sus labios mientras caía hacia atrás, mirando algo más allá de él.

Peter se volvió violentamente y contempló una visión extraña: una figura vestida completamente de blanco y una antorcha encendida sostenida en alto. Sus ojos se abrieron de par en par. A su lado, Morgu se había cubierto la cara y estaba gritando, porque la llama que avanzaba era una cruz.

Directamente hacia el sofá llegó la mujer de blanco, aparentemente sin miedo.

Era la esposa de Peter Marabeck.

Morgu, gritando, se incorporó de un salto y corrió medio desnuda hacia la puerta. La otra, bajando la antorcha, dijo en voz baja:

No tengas miedo, Peter.

Peter susurró su nombre. Como un niño, se aferró a ella, murmurando una confesión de lo que había hecho, de lo que, peor aún, iba a hacer. Pero su esposa respondió simplemente:

Es un demonio, Peter. Cualquier hombre habría hecho lo mismo.

Aturdido, todavía sollozando, Peter se dejó llevar fuera de la habitación. Los horrores que lo rodeaban eran confusos. Por todos lados, los demonios del clan hambriento de Morgu avanzaron, solo para retroceder aterrorizados por el resplandor de la cruz en llamas. Luego se paró en la entrada de las cuevas, y detrás de él, en la oscuridad del túnel, estaba la mujer de la pasión, la mujer llamada Morgu mirándolo con malvados ojos verdes.

Se estremeció. Su esposa sostuvo la antorcha encendida en alto y juntos treparon por el camino estrecho y tortuoso hasta el borde de la cantera. Allí su esposa se volvió y dijo:

Te amo, Peter.

Ella presionó la antorcha en su mano y sus labios encontraron los suyos.

Te amo, pero ahora debo dejarte. Toma esta antorcha y vete a casa. Cuando vuelva la noche, amado mío, ven a mi tumba en el cementerio.

Sí dijo Peter.

Y trae un cuchillo, Peter. Un cuchillo de plata.

Luego se marchó y, a través de la nieve blanca, una elegante forma de sombra parecida a un lobo se alejó corriendo, girando en la cima de la primera colina iluminada por la luna para mirarlo.

El sótano de la casa de Peter Marabeck se llenó con un clamor rechinante, y Peter estaba de pie en un banco de trabajo, haciendo rodar una piedra de afilar. Habían pasado horas desde su regreso a casa, pero su esposa le había dicho que trajera un cuchillo, y el cuchillo debía ser de plata.

El doctor Markham lo estaba esperando.

Así que por fin has venido había dicho Markham con el ceño fruncido. Ya era hora! Tuve que sacar el cuerpo de Menner de aquí yo mismo!

Peter lo lamentaba, pero ahora tenía otras cosas en las que pensar. El sol se pondría pronto y tendría que ir por el camino del valle hasta el cementerio. Jane estaría allí, esperando.

La piedra de afilar cantó un acompañamiento gutural a sus pensamientos.

Más tarde, temblando un poco de frío, cerró la puerta a sus espaldas y salió. Una penumbra plomiza difuminaba los desvanecidos reflejos del sol. Sería una noche oscura, pensó, con nubes grises corriendo por el cielo. No habría luna.

Llegó al cementerio. Miró a su alrededor y tuvo miedo. Pero prosiguió y finalmente se detuvo junto a la lápida que marcaba la tumba de su esposa. Humildemente se arrodilló, limpió la losa con la mano y leyó las palabras grabadas allí. Eran sus propias palabras, diciendo simplemente:


QUERIDA JANE, MI ESPOSA.


Y luego llegó Jane.

Ella se paró frente a él, sonriendo, con los brazos extendidos. El mismo vestido delgado revelaba su exquisita hermosura, y parecía no sentir el aire frío de la noche.

Sabía que vendrías, Peter dijo en voz baja. Sabía que no tendrías miedo.

Pensó: No, no tengo miedo. Morgu es todo lo que temo, y seguramente no vendrá a buscarme esta noche.

En voz alta dijo:

Me dijiste que trajera un cuchillo...

Sí, Peter. Pero primero tómame en tus brazos. Abrázame. Te dará valor.

La sostuvo contra él y se dio cuenta vagamente de que había dos tipos de amor, el bueno y el malo. Este tipo era bueno. Su cuerpo se fusionó con el de él y se volvió más cálido, y cuando su mano buscó la suave curva de su cintura, fue gentil a pesar del anhelo que lo invadió. Curiosamente, parecía calentado por la presión de la piel suave como el satén, aunque no había calor en ella. Y de repente hizo una pregunta que le había preocupado durante muchas horas.

Anoche, querida, cuando sostuviste la cruz, por qué no te

Por qué no me destruyó, Peter? No sé. Pero cuando oré pidiendo ayuda para salvarte, fue porque te amaba. El suyo no era mi tipo de amor; era un hambre bestial. Le temes a la muerte, Peter?

No dijo con sinceridad.

Tienes miedo de morir?

No.

Trajiste el cuchillo?

Sacó el cuchillo del bolsillo y se lo mostró. Luego dijo casi inaudiblemente:

Hay dos maneras de estar juntos, amado mío. Existe el camino de esa mujer llamada Morgu, pero es un camino de pecado y no hay felicidad en él. El otro camino significa paz y amor, pero necesitarás coraje y fe.

Tengo fe respondió.

Entonces

Ella medio descubrió sus pálidos pechos y volvió sus labios hacia los de él. Ninguna palabra se dijo mientras se abrazaron por última vez. Luego ella susurró suavemente:

No me hará daño, Peter. Un momento de dolor y habré muerto de verdad. Entonces, si tu amor por mí es mayor que el miedo, puedes unirte a mí.

Cerró los ojos y esperó, y durante muchos minutos Peter se mantuvo rígido, luchando contra el terror que amenazaba con apoderarse de él. Cerró los ojos y oró, y luego su mano izquierda buscó su piel fría. Su derecha, sujetando el cuchillo, se elevó más y tembló.

No puedo hacerlo! gimió.

Si me amas, Peter...

Temblando, clavó la hoja en su sitio, y la punta plateada se hundió profundamente en el tierno montícul* de su pecho y la sangre brotó de la herida. Sus labios se abrieron con un dolor repentino. Sus ojos se abrieron de par en par.

Sé valiente Peter!

Luego, su cuerpo se desplomó sin vida en la nieve. Con un grito, Peter cayó de rodillas a su lado. Sus manos agarraron el cuchillo y lo soltaron. Sollozando, presionó sus labios contra los de ella y supo que estaba muerta. Estuvo largo rato allí, mientras la sangre de su pecho perforado manchaba su ropa. Luego, tambaleándose, se paró sobre ella y hundió la hoja en su propio cuerpo. La agonía forzó un gemido bajo de sus labios tensos. La empuñadura del cuchillo permaneció sobresaliendo de su pecho. El dolor lo aterrorizó. Luego, detrás de él, se pronunció su propio nombre en voz alta.

Peter!

Se volvió a ciegas. La muerte era solo cuestión de momentos, y se habría caído si su cuerpo no se hubiera puesto rígido involuntariamente por lo que vio. Allí, cerca de él, estaba la mujer llamada Morgu, casi desnuda y exóticamente hermosa. Sus brazos estaban extendidos hacia él y sus ojos eran imanes que lo atraían hacia adelante.

Sólo por un momento, Peter se dio cuenta de las espantosas consecuencias. l estaba muriendo.

Si esos seductores labios carmín mordieran su cuello antes de que llegara la muerte, el abismo entre él y la mujer que yacía muerta en la nieve sería infinito para siempre, y él sería una criatura de la noche, malvada, vil y solitaria.

Entonces sus ojos se abrieron con deseo. Tropezó hacia adelante, ajeno incluso a la agonía. Los brazos de Morgu se enroscaron sinuosamente a su alrededor y su cuerpo casi desnudo se estremeció en su loco abrazo.

El dolor y la pasión rabiaron en el cuerpo atormentado de Peter. La mujer estaba desnuda ahora; sus dedos frenéticos habían desgarrado la faja escarlata de sus pechos. Su boca inquisitiva se aferró a la de él y pareció drenar la agonía de su interior, agotando también su vida. El triunfo brilló en sus ojos.

Se aferró a ella y se mantuvo erguido con una fuerza nacida de la pasión. Entonces, la agonía infligida por el cuchillo suicida se volvió insoportable y se hundió en la nieve, flácido, inconsciente y peligrosamente cerca de la muerte.

Morgu, gruñendo de triunfo, se arrojó sobre él, buscando su cuello. Entonces era el final. Sabía que era el final. Esos dientes afilados se clavarían en su cuello y entonces ningún poder en el cielo o el infierno podría liberarlo.

Gimió el nombre de su esposa y cerró los ojos para borrar el inminente horror. Y luego, detrás de una alta lápida gris, a diez pasos de distancia, una forma indistinta apareció repentinamente al descubierto. Una lengua de fuego partió la oscuridad. Un estruendo, como el ladrido de un perro, ahogaba todos los demás sonidos.

La mujer se puso rígida sobre su víctima. Se llevó las manos a la garganta. Un grito bajo, casi inaudible, se ahogó en sus labios. Luchó convulsivamente por levantarse, pero cayó de espaldas sobre la nieve.

Desde su escondite en las sombras, el salvador de Peter avanzó lentamente. Tenía un revólver en una mano; en la otra, un puñado de balas. El revólver era antiguo, con el signo de la cruz grabado en el cañón, y las balas eran plateadas.

El hombre era el doctor Markham.

Con tristeza, se acercó al cuerpo tendido de Peter. Su mirada pasó a la mujer y se estremeció, pues el cuerpo desnudo se desintegraba lenta y horriblemente. Era el cuerpo de una bruja. En silencio, el doctor Markham levantó el cuerpo de Peter Marabeck de la nieve y lo colocó junto al cuerpo de su esposa. Su cuerpo no había cambiado, ni siquiera en la muerte. El rostro vuelto hacia arriba, pálido y encantador, seguía sonriendo.

Markham colocó los dos cuerpos uno al lado del otro y con reverencia extendió su abrigo sobre ellos. Luego se volvió. De la mujer llamada Morgu no quedó nada más que una lúgubre mancha oscura en la nieve.

Terminado murmuró Markham. Terminado por fin, gracias a Dios. Ahora será un asunto fácil destruir a los demás...

Por un momento permaneció inmóvil, con las manos cruzadas y el rostro levantado en actitud de oración. Luego, con una última mirada a las dos formas silenciosas en la nieve, se fue.

Hugh B. Cave (1910-2004)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Hugh B. Cave.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Hugh B. Cave: La presa de los nocturnos (Prey of the Nightborn), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a ***.com


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 Asunto: La Caja de Todo: Zenna Henderson; relato y análisis
NotaPublicado: Sab Abr 17, 2021 12:06 pm 
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La Caja de Todo: Zenna Henderson; relato y análisis.




La Caja de Todo (The Anything Box) es un relato fantástico de la escritora norteamericana Zenna Henderson (1917-1983), publicado originalmente en la edición de octubre de 1956 de la revista The Magazine of Fantasy and Science Fiction, y luego reeditado en la antología de 1965: La Caja de Todo (The Anything Box).

La Caja de Todo, uno de los mejores cuentos de Zenna Henderson, relata la historia de Sue-Lynn, una niña con una imaginación hiperactiva, tal es así que su pequeño mundo imaginario, contenido en una Caja de Todo, comienza a volverse muy real para su maestra.

SPOILERS.

La Caja de Todo de Zenna Henderson es un cuento difícil de analizar. Parece un tanto sentimental en la superficie, casi moralizante en sus formas y aspiraciones, pero a medida que profundizamos en él se vuelve más y más significativo, incluso perturbador. Si bien es la historia de una niña que parece tener una imaginación excesiva, en realidad trata sobre esta otra forma de ver el mundo que tienen los niños, una visión que va más allá del alcance de los adultos, y que bien podría traspasar incluso a otras dimensiones. En este contexto, la imaginación es una fuerza creativa (ver: Los cuentos de hadas y una Teoría sobre la Imaginación)

Zenna Henderson, además de una de las pocas escritoras de fantasía y ciencia ficción en utilizar su propio nombre en aquellos años [con exepción, quizás, de Margaret St. Clair], fue maestra de escuela primaria en el sur de los Estados Unidos. Desde esa experiencia docente, la narradora de La Caja de Todo observa el caso de una alumna, Sue-Lynn, una chica retraída, tímida, triste, cuya imaginación le permite ver un mundo diferente, incluso influir en la realidad, para encontrar consuelo. Este mundo está contenido en su Caja de Todo, una especie de dimensión privada que los adultos niegan, tal vez porque también les está negada (ver: Gandalf y la tercera ley de Clarke: la magia como forma avazada de tecnología)

Sue-Lynn proviene de una familia con problemas. Su madre está demasiado atareada en la crianza de sus hermanos como para prestarle atención; y su padre está en prisión. En este contexto, Sue-Lynn crea la Caja de Todo, básicamente la suma de todos sus deseos. Su maestra, la narradora del relato, no está dispuesta a interferir con esta fantasía aparentemente inocente, al menos al principio, hasta que Sue-Lynn parece dispuesta a abandonar la realidad para entrar en la Caja de Todo. Sue-Lynn no solo está evadiendo su dura realidad, sino que está creando una a partir de su ideal de felicidad [vivir con su padre], y su creación es tan sólida, tan eficiente, que realmente se manifiesta ante la narradora.

La Caja de Todo de Zenna Henderson es una historia maravillosa sobre la magia de la imaginación infantil, y también sobre la pérdida de esas capacidades al crecer. La maestra de Sue-Lynn, sin embargo, es capaz de percibir la Caja, incluso siente celos de su alumna. Como parte de una institución escolar, su función es educar a Sue-Lynn, lo cual equivale a despojarla de todas esas tonterías. En este contexto, el lector puede quedarse con la capa superficial del relato, y hasta recordar sus días escolares y quizás encontrar alguna resonancia con la historia de Sue-Lynn, pero hay mucho más en La Caja de Todo.


Tal vez una niña pueda sonreír y aún tener pequeños gusanos de locura floreciendo en su interior.


Sue-Lynn está loca? Después de todo, sus compañeros la rechazan por ser rara; su madre la ha abandonado emocionalmente [y su padre, físicamente], las maestran la ven de reojo, preguntándose si no estará trastornada. Más aún, su propia maestra, a quien Sue-Lynn le había confiado su secreto: la existencia de la Caja de Todo, se siente obligada a intervenir cuando cree que este juego imaginario ha ido demasiado lejos: La Caja no existe, no debe tomarse en serio, es solo tu imaginación... Este es el punto crítico del relato: debido a la presión de los adultos, Sue-Lynn pierde la Caja de Todo.


Juré que nunca, nunca más arrebataría la creencia de nadie sin reemplazarla con algo mejor. Qué le había yo dado a Sue-Lynn? Qué tiene ahora mejor de lo que yo le había quitado?


Sue-Lynn continúa buscando su Caja durante un tiempo, completamente abatida. Juega con los otros niños, hace sus trabajos en la escuela, pero está vacía, ausente. Actúa como una autómata. Hace lo que se espera de ella pero sin motivación para nada más. Quitarle a alguien algo en lo que cree, algo que le da esperanza, es algo cruel, y acaso irreversible... Afortunadamente, hay un lugar en su aula en el que Sue-Lynn no ha buscado: el escritorio de su maestra. Aquí, Zenna Henderson propone que la ilusión arrebatada puede volver a encenderse, pero yo no estoy tan seguro.




La Caja de Todo.
The Anything Box, Zenna Henderson (1917-1983)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Supongo que fue alrededor de la segunda semana de clases cuando me fijé especialmente en Sue-Lynn. Por supuesto, me había fijado en su nombre antes y verifiqué automáticamente su madurez, capacidad y desempeño probable, como lo hacen la mayoría de los maestros con sus alumnos durante las primeras semanas de clases. Ella había demostrado ser madura y capaz y no se preocupaba por el desempeño, así que la encasillé, dejando de lado por el momento la etiqueta mental que decía demasiado callada.

Recuerdo el día que me di cuenta. Me había derrumbado en mi silla para un breve respiro de guiar esas pequeñas manos a través de las complejidades de mantener una crayola dentro de límites razonables y la habitación estaba llena del zumbido relajado y feliz de una clase complacida mientras trabajaban, sin darse cuenta de que estaban frotando azul en sus recuerdos así como en sus papeles. Estaba meditando sobre cómo las personalidades individuales comenzaban a emerger entre los treinta y cinco o más heterogéneos alumnos de primer grado que tenía, cuando noté a Sue-Lynn, realmente la noté, por primera vez.

Había terminado su trabajo, muy por delante de los demás como de costumbre, y estaba sentada en su mesa frente a mí. Tenía sus pulgares juntos frente a ella en la mesa como si tuvieran algo entre ellos, algo lo suficientemente grande para mantener las yemas de los dedos separadas y lo suficientemente angulares como para doblar los dedos como si fueran esquinas. Era algo agradable lo que sostenía, agradable y precioso. Se notaba por la suavidad de su agarre. Se inclinaba un poco hacia adelante, las costillas inferiores apretadas contra la mesa y miraba, completamente absorta. Su rostro estaba relajado y feliz. Su boca se curvó en una tierna media sonrisa, y mientras yo miraba, sus pestañas se levantaron y me miró con la calidez de quien comparte un placer. Luego sus ojos parpadearon y se cerraron. Su mano golpeó el escritorio. Apretó los pulgares contra los dedos índices y los frotó lentamente. Luego puso una mano encima la otra sobre la mesa y las miró con el aire de total negación e ignorancia que los niños pueden asumir de manera tan devastadora.

El incidente me llamó la atención y comencé a notar a Sue-Lynn. Mientras la observaba conscientemente, vi que pasaba la mayor parte de su tiempo libre mirando fijamente la mesa entre sus manos, demasiado discretamente para captar mi ocupada atención.

Cuando Davie la empujó en el recreo, y la sangre fluyó desde su rodilla hasta su tobillo, llevó sus vendajes y su rostro manchado de lágrimas a ese consuelo que tenía entre las manos. Creo que Davie la empujó por su Mirada. Sé que el día anterior se había acercado a mí, con la cara roja y retorciéndose.

Maestra espetó. Ella mira!

Quién mira? pregunté distraídamente.

Sue-Lynn. Ella mira y mira!

A ti?

Bueno se frotó el índice debajo de la nariz, dejando una marca limpia en el labio superior, aceptó el pañuelo de papel que le ofrecía y se lo guardó en el bolsillo. Mira su escritorio y miente. Dice que puede ver...

Puede ver qué?

Lo que sea dijo Davie. Es su Caja de Todo. Puede ver todo lo que quiera.

Te duele que ella mire?

Bueno vaciló. Luego estalló. Dice que me vio con un perro mordiéndome porque le quité el lápiz comenzó una ráfaga verbal desordenad. Ella cree que tomé su lápiz. Pero solo encontré miró hacia el piso. Se lo devolveré.

Eso espero sonreí. Si no quieres que te mire, no hagas cosas así.

Malditas chicas murmuró, y se arrastró hacia su asiento.

Así que creo que la empujó al día siguiente para vengarse de ella por la mordedura del perro.

Varias veces después de eso, me dirigí al fondo de la salón, casualmente en su vecindad, pero siempre que ella me veía o sentía que me acercaba el rápido esbozo de su mano eliminaba la evidencia. Solo una vez pensé haber captado un destello de algo, pero su pulgar y su dedo índice rozaron la luz del sol, y debió haber sido solo eso.

Los niños no se retiran sin motivo alguno, y aunque Sue-Lynn no siguió ningún patrón manifiesto de abstinencia, comencé a preguntarme por ella. La miré en el patio de recreo. Eso solo me confundió más.

Tenía un patrón muy regular. Cuando la avalancha de niños descendía en el recreo, ella corría junto con ellos pero de repente los esquivaba. Después de diez minutos más o menos, emergía de la multitud con el cabello despeinado, las mejillas rosadas, manchada de polvo, un cordón colgando y, a través de una alquimia que yo codiciaba para mí, se volvía descuidada.

Y allí estaba ella, serena en el estrecho escalón al lado del tramo de escaleras justo donde desaparecía en la base de la columna pseudo-corintia que adornaba nuestra puerta, absorta en sus manos ahuecadas. Y cada vez, antes de unirse a la carrera hacia el salón, su mano dibujaba un gesto en su bolsillo, si tenía uno, o en la pequeña repisa que se extendía entre el seto y el edificio. Aparentemente, siempre tenía que guardar la Caja de Todo, pero nunca tenía que volver a buscarla.

Estaba tan intrigada que una vez me acerqué a la repisa y palpé el pequeño y mugriento espacio vacío. Seguí tímidamente a mis alumnos al pasillo, limpiándome el polvo de las yemas de los dedos, y los ojos de Sue-Lynn brillaron divertidos hacia mí, sin que su boca sonriera. Sus manos se cuadraron maliciosamente frente a ella y sus pulgares acariciaron algo cuando la fila de niños entró en el salón.

Algún día, quizás, aprenderé a mantener la boca cerrada. Ojalá lo hubiera hecho antes de esa larga tarde en la que los maestros de primaria trabajamos juntos en una densa nube de vapores de tinta china y humo de cigarrillos. Dejé que Alpha me ayudara a comenzar con lo que debía hacer con nuestros problemas de conducta. Ella estaba loca por el habitual correteo ruidoso de sus alumnos y el eterno griterío de sus alumnas, y yo, bendita sea mi estupidez, le di a Sue-Lynn como ejemplo de lo que debería ser nuestra preocupación más profunda en lugar de estos arrebatos de actividad.

Quieres decir que ella simplemente se sienta y no mira nada? la voz de Alpha rechinó en su tono interrogativo.

Bueno, no puedo ver nada admití. Pero aparentemente ella sí puede.

Pero eso es tener alucinaciones! su voz subió un poco. Leí un libro una vez

Sí Marlene se inclinó sobre el escritorio para arrojar las cenizas al cenicero. Lo hemos escuchado una y otra vez.

Bien! olfateó Alpha. Es mejor que nunca leer un libro.

Estamos esperando Marlene dejó escapar humo de sus fosas nasales, el día en que leas otro libro. Este debe haber sido extraordinariamente largo.

Oh, no lo sé la frente de Alpha se arrugó por la concentración. Solo se trataba de luego enrojeció y apartó el rostro de Marlene con enojo. A propósito de nuestra discusión dijo intencionadamente. Me parece que esa niña tiene una profunda alteración de la personalidad. Tal vez incluso esté un poco psicótica.

Sus ojos brillaron débilmente mientras daba vueltas al pensamiento.

Oh, no lo sé dije, sorprendida al hacerme eco de sus palabras y de mi repentina necesidad de defender a Sue-Lynn. Hay algo en ella. No tiene ese aire aprensivo que tienen tantos niños retraído Y pensé dolorosamente en uno de los míos del año pasado, que Alpha tenía ahora, que estaba volviendo verbalmente al silencio después de todo mi trabajo con él. Parece tener una personalidad feliz y ajustada, solo que con este pequeño y extraño plus.

Bueno, estaría preocupada si ella fuera mía dijo Alpha. Me alegro de que todos mis alumnos sean tan normales suspiró complacida. Supongo que realmente no tengo nada de que quejarme. Rara vez tengo niños con problemas. Basta un grito y una bofetada para enderezarlos.

Marlene me miró burlonamente. Me di la vuelta con un suspiro. Ser tan feliz... bueno, supongo que la ignorancia ayuda.

Será mejor que hagas algo con esa chica gritó Alpha mientras salía de la habitación. Probablemente empeorará a medida que pase el tiempo. Deterioro, creo que dice el libro.

Conocía a Alpha desde hacía mucho tiempo y pensé que sabía cuánto de su charla debía descartar, pero comencé a preocuparme por Sue-Lynn. Tal vez una niña pueda sonreír con una sonrisa suave y satisfecha y aún tener pequeños gusanos de locura floreciendo en su interior.

Oh, por Dios!, me dije a mí misma, tal vez ella tenga una Caja de Todo. Tal vez ella esté mirando algo precioso. Quién soy yo para decirle que no a algo así?

Una Caja de Todo! Qué puedes ver en una Caja de Todo?

Sentí mi propio corazón dar un vuelco, solo un poco, la próxima vez que las manos de Sue-Lynn se curvaron. Respiré profundamente para sostenerme en mi silla. Su Caja de Todo, en definitiva, podía mostrarle lo que yo pensaba. Apoyé la mejilla en mi mano y garabateé sin rumbo fijo en mi horario. Cómo diablos, me preguntaba, no por primera vez, me las arreglaba para salirme por la tangente? Entonces sentí una pequeña presencia a mi lado y me volví para encontrarme con los ojos muy abiertos de Sue-Lynn.

Maestra? la palabra fue apenas más que un suspiro.

Sí?

Me di cuenta que, por alguna razón, Sue-Lynn me amaba mucho en ese momento. Tal vez porque su grupo había entrado en libros nuevos esa mañana. Tal vez porque me había fijado en su vestido nuevo, cuyos volantes la hacían sentir muy femenina y adorable, o tal vez simplemente porque el sol de finales de otoño yacía tan dorado sobre su escritorio. De todos modos, ella me amaba hasta desbordar, y, a diferencia de la mayoría de los niños, no tenía abrazos casuales ni besos suaves y húmedos, me estaba trayendo su amor en sus manos envolventes.

Ve mi caja, maestra? Es mi Caja de Todo.

Oh! dije. Puedo sostenerla?

Como maestra he tenido que tomar en mis manos muchos objetos desagradables, desde pequeñas serpientes a mariposas muertas. Seguramente podría manejar La Caja de Todo, pero la tomé con cuidado. Y sentí peso, sustancia y actualidad!

Casi dejo que se escurra de mis dedos sorprendidos, pero el aliento aprensivo de Sue-Lynn me ayudó a recuperarla, y curvé mis dedos alrededor de la preciosa calidez y miré hacia abajo, hacia abajo, más allá de un tenue resplandor, hacia la Caja de Todo de Sue-Lynn.

Yo corría descalza por la hierba susurrante. El remolino de mis faldas atrapaba margaritas cuando rodeé el retorcido manzano en la esquina. El viento cálido yacía a lo largo de cada una de mis mejillas y se rio entre dientes en mis oídos. Mi corazón superó mis pies voladores y se derritió con una oleada de deleite cuando sus brazos ...

Cerré los ojos y tragué con fuerza, con las palmas de las manos apretadas contra la Caja de Todo.

Es hermosa! susurré. Es maravillosa, Sue-Lynn. Dónde la conseguiste?

Sus manos lo retiraron apresuradamente.

Es mía dijo desafiante. Es mía.

Por supuesto dije. Ten cuidado ahora. No la dejes caer.

Ella sonrió levemente mientras dibujaba un movimiento en su bolsillo.

No lo haré palmeó el bolsillo plano en su camino de regreso a su asiento.

Al día siguiente tenía miedo de mirarme. Quizás temía que yo dijera algo o mirara algo o de alguna manera le recordara lo que ahora debe parecerle una traición, pero después solo sonreí con mi sonrisa habitual, y se relajó.

Más o menos una noche después, cuando me incliné sobre el alféizar de la ventana bañada por la luna y dejé que la sombra de mi cabello ocultara mi rostro, recordé la Caja de Todo. Podría hacer una para mí? Podría arreglar esta espera dolorosa, este acercamiento, este grito silencioso dentro de mí, y convertirlo en una Caja de Todo? Liberé mis manos y las junté, pulgar con pulgar, enmarcando una parte de la oscuridad del horizonte entre mis dedos índices. Miré el cuadrado vacío hasta que mis ojos se llenaron de lágrimas. Suspiré, me reí un poco y dejé que mis manos enmarcaran mi rostro mientras me inclinaba hacia la noche. Tener magia tan cerca, sentirla cosquillear en la punta de los dedos y no poder recibirla. Me alejé de la ventana, dándole la espalda al brillo.

Alpha y yo trabajábamos juntas, y una mañana, mientras los niños corrían en el aire fresco, ella me susurró al oído.

Cuál es? Me refiero a la anormal.

No tengo alumnos anormales dije, mi voz se agudizó antes de que terminara la oración porque de repente me di cuenta de a quién se refería.

Bueno, yo llamo anormal mirar fijamente a la nada casi se podía saborear el ácido en sus palabras. Quién es?

Sue-Lynn dije de mala gana. Ella está jugando en las hamacas ahora.

Alpha examinó a Sue-Lynn mientras se hamacaba.

Parece bastante normal dijo.

Es normal!

Bueno! gritó Alpha. Tú eres la que dijo que era rara, no yo.

La campana salvó a Alpha de un final horrible. Nunca conocí a una persona tan serenamente inconsciente de sus trivialidades. Pero ella había logrado hacer que me preocupara por Sue-Lynn nuevamente, y la preocupación estalló en angustia unos días después.

Sue-Lynn llegó a la escuela con los ojos soñolientos y callada. No terminó nada de su trabajo y se quedó dormida durante el tiempo de descanso. Maldije la televisión y los autocines y asumí que una noche de sueño lo arreglaría. Pero al día siguiente, Sue-Lynn rompió a llorar y le dio una palmada a Davie para que se levantara de la silla.

Por qué Sue-Lynn?

Recogí a Davie con todo su asombro y tomé la mano de Sue-Lynn. Ella lo apartó de mí de un tirón y se volvió hacia Davie. Sujetó dos puñados de su cabello y lo sostuvo fuera de mi alcance antes de que me diera cuenta. Lo arrojó con fuerza contra la pared con un movimiento de sus manos, luego dobló los puños y se los apretó contra los ojos llorosos. En el conmocionado silencio de la sala, se sentó sola en el rincón, inclinó la cabeza hacia la esquina y sollozó en voz baja.

Qué diablos pasa? le pregunté al estupefacto Davie, que estaba sentado en el suelo con las piernas abiertas y se toqueteaba un mechón de pelo suelto. Qué hiciste?

Solo le dije que su padre era un ladrón dijo Davie. Así lo decía en el periódico. Mi mamá dijo que su papá es un ladrón. Lo metieron en la cárcel porque robó una gasolinera su rostro desconcertado estaba tratando de decidir si llorar o no. Todo había sucedido tan rápido que aún no sabía si estaba herido.

No es agradable decirle eso a una persona dije débilmente. Vuelve a tu asiento. Yo me ocuparé de Sue-Lynn más tarde.

Se levantó y se sentó con cautela en su silla, frotándose el cabello revuelto, queriendo decir algo más pero sin saber cómo. Giró su rostro para ver si tenía lágrimas a la vista pero no tenía ninguna.

Malditas chicas murmuró, tocándose la cabeza.

Mantuve mi atención en Sue-Lynn durante la siguiente media hora mientras me ocupaba de la clase. Sus sollozos pronto cesaron y sus hombros rígidos se relajaron. Sus manos estaban suavemente en su regazo y sabía que se estaba consolando con su Caja de Todo. Hablamos más tarde, pero ella estaba tan completamente aislada de mí que no hubo comunicación entre nosotras. Se sentó en silencio, mirándome mientras yo hablaba, sus manos temblaban en su regazo. Sacude el corazón, de alguna manera, ver las manos de una niña pequeña temblar así.

Esa tarde levanté la vista de mi grupo al ver los ojos asustados de Sue-Lynn. Miró a su alrededor, desconcertada, y luego volvió a mirar sus manos, sus manos vacías. Luego se lanzó a la rincón de penitencia y buscó debajo de la silla. Regresó a su asiento lentamente, sus manos cuadradas con un peso invisible. Por primera vez, al parecer, había tenido que ir a buscar la Caja de Todo. Esto me dejó una vaga inquietud durante el resto de la tarde.

Durante los días que siguieron tuve a Sue-Lynn presente, pero solo físicamente. Se hundió en su Caja de Todo en cada oportunidad. Y siempre, si la había guardado en algún lugar, tenía que volver a buscarlo. Se despertaba cada vez más a regañadientes de estos sueños diurnos, y finalmente llegó un día en que tuve que sacudirla para despertarla.

Fui a ver a su madre, pero ella no podía o no quería entenderme, y me hizo sentir como una chismosa frívola alejándola de su marido, a pesar de que ni siquiera lo mencioné, o tal vez porque no lo mencioné.

Si está siendo una chica mala, dale nalgadas dijo finalmente, moviendo con cansancio el peso de un bebé lloriqueante de una cadera a otra y apartándose el pelo revuelto de la frente. Hagas lo que hagas está bien para mí. Mi preocupación está agotada. No me queda nada para los niños en este momento.

Bueno, el padre de Sue-Lynn fue declarado culpable y sentenciado a la Penitenciaría del Estado. Al día siguiente, Davie se me acercó torpemente en puntas de pie, y susurró con voz ronca:

Sue-Lynn está dormida con los ojos abiertos de nuevo, maestra.

Regresamos a la mesa y Davie se deslizó en su silla junto a una Sue-Lynn completamente inconsciente. La tocó con un dedo de advertencia.

Te dije que te delataría.

Y ante nuestros ojos horrorizados, se derrumbó, tan rígidamente como una muñeca. El ruido sordo de su caída inerte sobre las baldosas fue espantoso. Sus manos todavía sostenían algo. Le solté los dedos y casi lloré al sentir que el encanto se disolvía bajo mi mano. La llevé a la habitación de la enfermera y la revisamos hasta que finalmente abrió los ojos.

Maestra susurró débilmente.

Sí, Sue-Lynn tomé sus manos frías entre las mías.

Maestra, casi me meto en mi Caja de Todo.

No respondí. No podrías. Eres demasiado grande.

Papá está ahí dijo. Donde solíamos vivir.

Eché una larga mirada a su rostro pálido. Espero que haya sido una preocupación genuina por ella lo que motivó mis siguientes palabras. Espero que no haya sido la envidia o el recuerdo de la persistente voz de Alpha lo que puso firmeza en mi voz.

Es solo un juego dije, y sus manos se movieron en protesta. Tu Caja de Todo es solo un juego para divertirse. Es como el caballito que Davie que guarda en su escritorio o en el avión de Sojie, o cuando el gran oso los persigue a todos en el recreo. Es divertido para jugar, pero no es real. No debes pensar que es real. Es sólo un juego.

No! negó. No! gritó frenéticamente y, encorvándose en el catre, mirando a través de sus ojos hinchados por las lágrimas, escarbó debajo de la almohada y la áspera manta que la cubría.

Dónde está? lloró. Dónde está? Devuélvemela, maestra!

Se arrojó hacia mí y abrió mis dos manos apretadas.

Dónde la puso? Dónde?

No hay ninguna caja dije rotundamente, tratando de abrazarla y sintiendo que mi corazón se rompía junto con el de ella.

Usted la tomó! sollozó. Me la quitó!

Y ella se soltó de mis brazos.

No puedes devolvérsela? susurró la enfermera. Si eso la hace sentir tan mal? Sea lo que sea...

Es sólo su imaginación dije, casi malhumorada. No puedo devolverle algo que no existe.

Muy joven!, pensé con amargura. Demasiado joven para aprender que el deseo del corazón es solo un juego.

Por supuesto, el médico no encontró nada malo. Su madre descartó el asunto como un desmayo y Sue-Lynn regresó a clase al día siguiente, delgada y apática, con la mirada perdida por la ventana y las manos con las palmas hacia abajo sobre el escritorio. Juré por el pálido hueco de su mejilla que nunca, nunca más arrebataría la creencia de nadie sin reemplazarla con algo mejor. Qué le había dado a Sue-Lynn? Qué tenía mejor de lo que yo le había quitado? Su Caja de Todo tenía el propósito de ayudarla en momentos difíciles. Y ahora qué, ahora que se la había quitado?

Bueno, después de un tiempo volvió a trabajar y luego a jugar. Volvió a sonreír, pero no a reír. Ella avanzó bastante satisfactoriamente, excepto que era una vela apagada. La llama se fue dondequiera que vaya el brillo de la fe. Y ella ya no compartía más sonrisas para mí, no tenía un amor desbordante que traerme. Y su hombro se encogía sutilmente cuando la tocaba.

Entonces, un día, de repente me di cuenta de que Sue-Lynn estaba registrando nuestro salón de clases. Sigilosamente, casualmente, día a día estaba buscando, cubriendo cada centímetro de la habitación. Revisó cada caja de rompecabezas, cada trozo de arcilla, cada estante y armario, cada caja y bolsa. Revisó metódicamente detrás de cada fila de libros y en el escritorio de cada niño hasta que finalmente, después de casi una semana, había revisado todo en el lugar excepto mi escritorio. Entonces ella comenzó a materializarse repentinamente a mi lado cada vez que abría un cajón. Y sus ojos sondeaban rápida y agudamente antes de que lo cerrara de nuevo. Pero si trataba de interceptar sus miradas, se desvanecían.

Ella lo cree de nuevo, pensé esperanzada. No aceptará el hecho de que su Caja de Todo se haya ido. Ella la quiere de vuelta. Pero se ha ido, pensé con tristeza. Realmente se ha ido.

Mi cabeza estaba pesada por el sueño y el dolor era un cansancio en todos mis movimientos. Esperar es a veces una carga casi demasiado pesada de llevar. Mientras mis alumnos tarareaban felices sobre sus cosas divertidas, yo meditaba en silencio por la ventana hasta que logré reírme de mí misma. Era una risa temblorosa que amenazaba con disolverse en otra cosa, así que regresé a mi escritorio.

Es un buen momento para tirar cosas inútiles, pensé, y para ver si puedo encontrar esa tiza de colores que guardé con tanto cuidado. Hundí mis manos en el desierto del cajón inferior derecho de mi escritorio. Era profundo con una enorme acumulación cosas, simplemente cualquier cosa que pudiera necesitar un escondite temporal. Me arrodillé para sacar las fotos sobrantes de Jack Frost, y un tirador de frijoles roto, una cinta roja mordida, un rollo de munición de pistola, un calcetín rayado, una daga de goma, una copia de El Evangelio según San Lucas, una pala de carbón en miniatura, patrones para linternas y un pelícano rosa de plástico. Recuperé mi pañuelo de lino irlandés que creía perdido para siempre y la boleta de calificaciones de Sojie que me había dicho solemnemente que se le había escapado de la mano. Entonces sentí una cuadratura. Oh!, pensé, aquí es donde puse la tiza de colores! Dejé caer papeles en cascada de ambos lados de mis manos levantadas y sacudí la caja para liberarla.

Afuera, el mundo era un encantador desierto blanco, el viento gritaba suavemente a través de las ventanas. En el interior, toda la preocupación y la espera, la separación y la soledad, se acabaron y se olvidaron, su enormidad disminuyó por la comodidad de un hombro, el calor de las manos juntas:

Era la Caja de Todo de Sue-Lynn!

Mi corazón se aceleró. Lo tenía aquí! En mi cajón de trastos! Había estado aquí todo el tiempo! Me puse de pie, temblorosa, ocultando la caja invisible en el doblez de mis faldas. Me senté y puse la caja con cuidado en el centro de mi escritorio, cubriendo la parte superior con las palmas de las manos para que no me ahogara de nuevo de placer. Miré a Sue-Lynn. Estaba terminando su divertido trabajo, de manera competente pero con tristeza.

Alpha lo aprobaría. Y muy posiblemente, pensé, Alpha, por una vez en su limitada vida, tendría razón. Es posible que necesitemos alucinaciones para seguir adelante. Recordé el cuerpo delgado y rígido de Sue-Lynn cayendo como una muñeca de su silla. Con qué facilidad podría devolverle la felicidad a sus ojos, pero a qué precio!

No, tenía el deber de proteger a Sue-Lynn. Solo se podía confiar en la madurez nacida del dolor y la soledad que Sue-Lynn apenas comenzaba a conocer para usar una Caja de Todo de manera segura y sabia.

Mi corazón dio un vuelco cuando comencé a mover mis manos, dejando que las palmas se deslizaran hacia abajo desde la parte superior para dar forma a los lados de... Los había movido de nuevo antes de ver realmente, y ahora casi he aprendido a olvidar ese destello de cómo es el deseo del corazón cuando se gana a costa del corazón de otro.

Me senté en el escritorio, temblando y sin aliento, mis palmas húmedas, sintiéndome como si hubiera estado en un largo viaje lejos de la pequeña aula. Quizás lo había hecho. Quizás me habían mostrado todos los reinos del mundo en un momento.

Sue-Lynn llamé. Ven aquí cuando hayas terminado?

Ella asintió sin sonreír y cortó el último papel del borde del vestido de la señora Mary. Sin volver a mirar su obra, guardó las tijeras, arrugó los trozos de papel en su mano y se acercó a la papelera junto al escritorio.

Tengo algo para ti, Sue-Lynn dije, destapando la caja.

Sus ojos se posaron en el escritorio. Ella me miró con indiferencia.

Ya hice mi trabajo. Le gusta?

Sí fue una mentira rotunda. Pero, mira aquí.

Cuadré mis manos alrededor de la Caja de Todo. Ella respiró hondo y todo su cuerpecito se puso rígido.

La encontré dije apresuradamente, temiendo la ira. La encontré en el cajón de abajo.

Ella apoyó su pecho contra mi escritorio, sus manos apretadas entre ellas, con los ojos fijos en la caja, su rostro blanco con el doloroso deseo que se ve en los rostros de los niños pegados a las ventanas navideñas.

Puedo sostenerla? ella susurró.

Es tuya dije.

Puedo? preguntó de nuevo.

Sí! estaba impaciente con este anticlímax. Pero

Sus ojos parpadearon. Ella había sentido mi reserva antes que yo.

Pero nunca más debes intentar meterte en la caja.

Está bien dijo, las palabras salieron en un largo suspiro de alivio. Está bien, maestra.

Tomó la caja y la guardó con amor en su pequeño bolsillo. Se apartó del escritorio y volvió a su mesa. Mi boca se curvó en una sonrisa. Me pareció que todo en ella se había vuelto repentinamente hacia arriba, incluso las puntas de su cabello liso color caramelo. La sutil llama a su alrededor que la distinguía estaba allí de nuevo. Apenas tocaba el suelo mientras caminaba.

Suspiré profundamente y tracé con mi dedo, en la parte superior del escritorio, un tamaño probable para una Caja de Todo. Qué elegiría ver Sue-Lynn primero? Seguramente le parecería como beber algo fresco después de caminar en el desierto.

Me sorprendió cuando una pequeña figura se materializó a mi lado. Era Sue-Lynn, con sus dedos cuidadosamente formando un cuadrado frente a ella.

Maestra dijo en voz baja, todo el vacío desapareció de su voz. Siempre que quiera usar mi Caja de Todo, solo pídamela.

Busqué a tientas, entre mi asombro e incredulidad, las palabras adecuadas. No podía haber tenido tiempo de mirar dentro de la Caja todavía.

Vaya, gracias, Sue-Lynn me las arreglé para decir. Muchas gracias, me gustaría mucho tomarla prestada alguna vez.

Le gustaría usarla ahora? preguntó, ofreciéndola.

No, gracias dije con un nudo en la garganta. Ya tuve mi turno. Adelante.

Está bien murmuró. Maestra?

Sí?

Tímidamente se apoyó contra mí, su mejilla apoyada en mi hombro. Ella me miró con sus ojos cálidos y abiertos, luego ambos brazos estaban de repente alrededor de mi cuello en un breve e incómodo abrazo.

Cuidado! susurré riendo en el cuello de su vestido azul. La perderás de nuevo!

No, no lo haré se rió en respuesta, palmeando el bolsillo de su vestido. Nunca, nunca más!

Zenna Henderson (1917-1983)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Zenna Henderson.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Zenna Henderson: La Caja de Todo (The Anything Box), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a ***.com


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 Asunto: El refugiado: Jane Rice; relato y análisis
NotaPublicado: Jue Abr 22, 2021 10:08 pm 
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El refugiado: Jane Rice; relato y análisis.




El refugiado (The Refugee) es un relato de hombres lobo de la escritora norteamericana Jane Rice (1913-2003), publicado originalmente en la edición de octubre de 1943 de la revista Unknown Worlds, y luego reeditado en la antología de 2003: El ídolo de las moscas y otras historias (The Idol of the Flies and Other Stories).

El refugiado, sin lugar a dudas uno de los mejores cuentos de Jane Rice, relata la historia de Milli Cushman, una mujer estadounidense atrapada en Francia durante la Segunda Guerra Mundial, soportando las incomodidades del racionamiento y el tedio del aislamiento, quien es sacudida de su rutina cuando un joven extraordinariamente apuesto, desnudo, de aspecto lobuno, aparece durmiendo en su jardín (ver: El Hombre Lobo y la Mujer Loba: algunas diferencias de género en la ficción)

SPOILERS.

El refugiado de Jane Rice apareció en el último número de Unknown Worlds, cuyo editor, John W. Campbell, fue un pionero introduciendo a varias escritoras que no se encontraban con mucha frecuencia en las revistas pulp. Campbell, además, era extremadamente exigente, tal es así que en 1942 rechazó el primer relato de Ursula Kroeber. La chica tenía apenas doce años en ese momento y, al parecer, su historia necesitaba mucho trabajo. No obstante, la alentó a seguir escribiendo, afirmando además que se convertiría en una gran escritora en el futuro. Ursula Kroeber siguió su consejo. El lector quizás la conozca mejor por su seudónimo, Ursula K. Le Guin.

Milli Cushman está atrapada en Francia durante la Segunda Guerra Mundial, probablemente en París, pero esto no está claro. Definitivamente es una zona ocupada por los nazis. Milli es rica, a pesar de ser hija de un carnicero d Pittsburgh. Jane Rice la describe como una mujer mimada, frívola, y fatalmente ingenua. Anhela las fiestas, los cócteles, los días de ir al Café Royale. Pero la realidad es dura. La comida escasea. Milli piensa en la ciudad como un demacrado gato gris, lo cual le recuerda, tal vez, una frase de su padre: cocinado, un gato tiene un parecido sorprendente con el conejo. Para agregarle mayor dramatismo a la situación, no se encuentran peluqueros decentes. Y luego está la cuestión de los hombres. No hay, no hombres interesantes, al menos (ver: El cuerpo de la mujer en el Horror)

El hambre ha agudizado los recuerdos de la carnicería de su padre. Es difícil no pensar en ellos en una época de racionamiento. Sin embargo, Milli intenta mantener las apariencias. Y lo consigue, hasta que un día ve al hombre en su jardín, un hombre desnudo de excelente anatomía. Milli, hambrienta no solo de carne vacuna, es sobrecogida por la excitación. El hombre es perfectamente hermoso, tal es así que la primera reacción de Milli es levantar un poco la cabeza para ocultar una incipiente papada. El hombre, sin embargo, huye del jardín cuando María, la sirvienta, entra en el salón para comentarle a Milli que un vecino de la zona, Phillipe, ha sido encontrado muerto, a falta de una palabra mejor, porque lo cierto es que de su cadáver solo se han encontrado los huesos.

El refugiado de Jane Rice es un relato engañoso, que parece dirigirse inevitablemente hacia un final que el lector anticipa en las primeras páginas, para darle una verdadera bofetada en el rostro. En primer lugar, tenemos a un hombre lobo que no es un alma perdida [como hemos visto hace poco en El hombre lobo de Ponkert (The Werewolf of Ponkert)], y menos aun alguien que lamenta su condición de licántropo. En cambio, tenemos un joven galán que claramente se deleita con los aspectos más siniestros de la licantropía (ver: Razas y clanes de hombres lobo)

Es inevitable mencionar algunas similitudes intencionales entre El refugiado y el cuento de Caperucita Roja, solo que el interés amoroso de Milli resulta tener mucho más en común con el Lobo del cuento que con Caperucita. Milli no quiere ayuda, no necesita ser rescatada, y ciertamente está en condiciones de ser ella quien imponga las condiciones al Lobo (ver: No salgas del camino! El Modelo Caperucita Roja en el Horror)

Entonces, cuando El refugiado de Jane Rice parece dirigirse inexorablemente hacia un final previsible, el menguante suministro de alimentos debido al racionamiento de la guerra, que se describió anteriormente, de repente se convierte en el eje de la trama. Milli no es rescatada a último momento por el Cazador, ni mata al hombre lobo en defensa propia. Eso habría sido indigno de una autora sofisticada como Jane Rice. En cambio, Milli se convierte ella misma en la Cazadora; de hecho, lo ha sido durante todo el relato, y el lector probablemente no lo ha notado.

Milli envía a María a visitar a sus familiares y sale al encuentro de su misterioso visitante. Lo encuentra en el jardín y lo invita a dormir en la casa. Lo que sigue son dos páginas, al menos, donde se hace un inventario de sus encantos físicos y se establece que el muchacho es un hombre lobo. De hecho, su nombre es Lupus. En este punto, Jane Rice nos hace creer que Milli no solo es una mujer frívola y egocéntrica, sino ingenua. Las cosas, parece, no terminarán bien para ella.

Decidida a seducirlo, Milli se dispone a preparar la cena mientras el muchacho duerme. Al despertar, Lupus sugiere que vean juntos la puesta de sol. Ella arregla su cabello, pero trata de que su amante no se desborde. Entonces, le ofrece uno de sus chocolates rellenos. Lupus no parece demasiado entusiasmado, por lo que Milli le acaricia la cabeza como si estuviera acariciando a un perro y, cuando el muchacho bosteza, deja caer el chocolate en su boca. Sorprendido, el muchacho empieza a transformarse, pero Milli lo apuñala y, en el proceso, lo obiga a tragar el choclate... relleno con un amuleto de plata.

Milli es egocéntrica, desde luego; y puede, como lo insinúa su nombre [Cushman], estar acostumbrada a una vida suave. Pero ella no es suave y definitivamente no es estúpida. Siempre supo que el muchacho era un licántropo, y siempre supo que terminaría comiéndoselo. En este sentido, el guiño a El hombre lobo de París (The Werewolf of Paris) de Guy Endore, una de las lecturas de Milli, es un toque realmente agradable.

A propósito, Milli cita dos poemas significativos en el relato: *El toque de las campanas anuncian el final del día es la apertura de Elegía escrita en un cementerio de aldea (Elegy Written in a Country Churchyard) de Thomas Gray; y **La luna era un galeón fantasmal pertenece al poema de Alfred Noyes: Los salteadores de caminos (The Highwayman). Por otra parte, El refugiado parece ligeramente influenciado por el relato de hombres lobo: Gabriel Ernesto (Gabriel-Ernest), una historia clásica, oscura y levemente humoristica de Saki, aunque en el cuento de Jane Rice es una mujer quien descubre a este muchacho desnudo al amanecer, y donde el erotismo es más heterosexual y abierto.
 
Jane Rice fue una de las grandes heroínas anónimas de las revistas pulp, como Catherine L. Moore, Margaret St. Clair y Everil Worrell. Su obra aún no ha recibido la atención que merece, de manera tal que es un placer para El Espejo Gótico tratar de enmendar modestamente esa injusticia.




El refugiado.
The Refugee, Jane Rice (1913-2003)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


El problema con la guerra, pensó Milli Cushman mientras miraba malhumorada a través de las ventanas francesas en su jardín empapado de lluvia, es que resulta terriblemente aburrida. Ya no había hombres interesante, eso es. O fiestas. O pequeños cócteles. O cafés. O rosas de tallo largo envueltas en papel encerado. No quedaba ni un peluquero decente.

Había sido una tonta al quedarse. Pero le había parecido tan emocionante hacerlo. Todos escuchando las transmisiones de radio; las calles llenas de uniformes; un aire de alegría febril, embriagador como el vino del Mosela, sobre toda la ciudad; las conversaciones que hacían que una se sintiera tan importante, tan en el meollo de las cosas. Aguantaría la Línea Maginot? Vendrían los británicos? Serían invadidos los Países Bajos? Era cierto que Estados Unidos había emitido un ultimátum? Temas que, ahora, estaban completamente desactualizados.

Había sido tremendamente estimulante que le pidieran su opinión, como estadounidense. Por supuesto, no había estado en casa durante varios años y se consideraba una verdadera cosmopolita, liberada de las cuestiones provincianas de su propio país, pero, aun así, había sido agradable, en esos primeros días de sorpresas inesperadas de la guerra, poder hablar de manera tan inteligente. Había sido tan divertido. Momentáneamente, los ojos de Milli brillaron, recordando. El brillo se desvaneció y murió.

Entonces, inesperadamente, la ciudad se había convertido en un fantasma gris y demacrado. No, no un fantasma, un gato. Un gato gris y demacrado con sus huesos asomando, mientras se agachaba en silenciosos cuartos traseros y miraba sin pestañear. Como uno de esos gatos que merodeaban por los callejones de los mejores hoteles. Cocido, un gato tenía un parecido sorprendente con un conejo.

De la noche a la mañana, el silencio había caído sobre todo. Era como si la ciudad hubiera jadeado en un largo, último, laborioso y agonizante aliento. Se podía sentir en la atmósfera. Casi como un golpe desesperado. Por alguna razón inexplicable, le recordó su infancia, cuando jugaba mientras las luces de la calle comenzaban a florecer en el crepúsculo.

Si puedo mantener los ojos abiertos sin parpadear se decía a sí misma, hasta que se encienda la última, me comprarán una muñeca nueva.

O una cinta para el cabello nueva, o lo que sea. Todavía podía recordar esa sensación de que el tiempo se acababa cuando se encendían las luces finales. Casi siempre ganaba. A veces no, pero la mayoría de las veces sí. Sería perfectamente horrible si esta vez no ganara. Si tenía que quedarse, ahorrándose las horquillas y las puntas de jabón y esas cosas, sería completamente embrutecedor.

Fue una suerte que supiera, antes de que fuera demasiado tarde, quiénes eran las personas adecuadas para conocer. Eso ayudó. Aunque, en estos días, a las personas adecuadas no les fue mucho mejor que a las equivocadas.

ltimamente sentía una dolorosa nostalgia por la carnicería de su padre en Pittsburgh. Eso había sido antes de que comprara una nueva deshuesadora y amasara una cantidad increíble de dinero antes de morir estrangulado. El recuerdo de Milli de su padre no era más que algo borroso, de rostro rojo y bigote y una voz profunda y retumbante que Milli había asociado con la frase El toque de las campanas anuncian el final del día*, que se había visto obligada a aprender. No recordaba nada de su madre, ya que la habían llamado a pastos más verdes que cualquier cosa que Pittsburgh pudiera ofrecer mientras Milli aún vestía pañales en un estado de humedad perpetua.

Sin embargo, agudizados por la adversidad, los recuerdos de Milli de la carnicería eran muy claros. El frigorífico con terneras colgando de ganchos, patas de cordero como gordas velas de sebo, gallinas regordetas con muslos gruesos y la cabeza envuelta en papel marrón, trozos de cerdo y, en Acción de Gracias y Navidad, patos de patas cortas, y pavos de pecho alto y grandes gansos amarillos. En la vitrina había chuletas, bistecs, asados y todo tipo de salchichas y carnes condimentadas colocadas en bandejas de esmalte blanco con tapas de zanahoria en el medio para aderezar.

Era inútil soñar con estas cosas, pero era prácticamente imposible no hacerlo. Los principales temas de conversación ya no eran sobre cosas importantes, sino sobre dónde se podía comprar una ración extra de té, muy cuestionable, o una chuleta espantosa de origen dudoso, o unos huevos de edad incierta. Siempre y cuando tuviera un buen suministro de chocolates rellenos de licor, podría estar segura. Eran mejores que el dinero en el actual intercambio.

El reloj de la repisa de la chimenea marcó las horas y Milli suspiró. Debería bañarse y vestirse para la cena. Pero, de qué servía mantener las apariencias cuando no había nadie a quien ver? Y era espantoso rizar las puntas del cabello con una plancha. Era tedioso y realmente no servía de mucho. Y además le daba un inconfundible olor a cuero de zapatos quemado.

El agua estaría tibia, si no realmente fría. El jabón no hacía espuma. El baño estaría húmedo, y la cena, cuando llegara, sería un ragú de Dios sabe qué, una papa que tenía partes arrancadas, una ensalada blanda y una compota de frutas secas. Y María se quejaba tanto de servir en platos. Era absolutamente inútil explicárselo. María era casi peor que ninguna ayuda.

Milli bostezó y estiró los brazos por encima de la cabeza. Se levantó y, acercándose a las ventanas, se quedó mirando hacia afuera. Un rayo de luz solar atravesó las nubes y enfureció a los pequeños amuletos que colgaban de su brazalete de guerra. Un avión tachonado de pedrería, un cañón en miniatura con ruedas de pan de oro, un soldadito de juguete cuyos ojos de diamantes parpadeaban en rojo, azul y verde al sol mientras giraba impotente en su cadena de plata. Diez o doce de estos adornos colgaban del brazalete y es indicativo del carácter de Milli que los había comprado como regalo para ella misma, para celebrar el último Día de la Bastilla.

El resplandor acuoso del sol convirtió la caída de la lluvia en brillantes hilos de mercurio y el jardín en un paisaje marino ahogado. El fauno que una vez había sido una fuente, brillaba húmedo en la luz pálida, sobrenatural, y sobre sus pies en la palangana agrietada, las gotas bailaban y burbujeaban como recuerdos antifónicos de notas desaparecidas hace mucho tiempo. Las cabezas de las flores estaban llenas de pétalos empapados y sus tallos se doblaban con cansancio, como si fueran conscientes del hecho de que sus vidas estaban sostenidas por un tenue hilo que pronto se rompería entre los fríos y mordaces dientes de una helada temprana.

Milli miró la lluvia entremezclada con el sol y pensó, el diablo está golpeando a su esposa. Eso era lo que solía decir Savannah, en Pittsburgh. El diablo está golpeando a su esposa. Savannah, que hacía tan deliciosos pasteles de carne y tartas de cereza, y cuyos jamones horneados siempre estaban dorados y crujientes en la parte superior... Los recuerdos culinarios de Milli sufrieron un completo colapso y sus ojos se abrieron mucho cuando se posaron en una cabeza que asomaba inquisitivamente desde el frondoso aislamiento del alto seto que limitaba el jardín.

Dos manos marrones apartaron el follaje para permitir que pasaran un par de hombros anchos y marrones.

Milli dio un grito ahogado, infinitesimal. Había un hombre en su jardín! Un hombre que, a juzgar por la parte visible de su excelente anatomía, había perdido, literalmente, su camisa.

Instintivamente abrió la boca. Si pretendía pedir ayuda, o asustar al intruso, o simplemente dar rienda suelta a una tardía exclamación de sorpresa, será siempre discutible, ya que el objeto de su escrutinio eligió ese momento para volver su cabeza, extraordinariamente bien formada y su mirada fija, hacia ella. El clamor de Milli murió como un rayo.

Para empezar, no era un hombre. Era la juventud personificada. Y para terminar, había algo en él, una cualidad extraña e indefinible, que era absolutamente fascinante.

Milli pensó que era más bien como una pantera joven o un leopardo. Milli admitió que estaba fascinada. l era perfectamente hermoso, como un animal es hermoso.

El joven se mostró descarado. Si el descubrimiento de su presencia en un jardín privado lo dejó en una posición difícil, ocultó efectivamente su vergenza. Miró a Milli con firmeza, y Milli, como un pájaro hipnotizado, observó el juego ondulante de sus músculos debajo de su piel mientras empujaba el seto aún más para obtener una mejor vista de su anfitriona.

Confundida, Milli pensó que era una suerte que las ventanas estuvieran cerradas y, en el mismo aliento mental, qué lástima que lo estuvieran.

Los dos se miraron. Milli sólo sabía que tenía el pelo pegado a la cabeza con la lluvia, que sus brazos brillaban como satén y que sus ojos eran leonados y estaban llenos de un fuego interior parpadeante que le aflojaba las rodillas. Durante un largo momento permanecieron así, sus ojos se cruzaron. Los de Milli eran como los de una muñeca china asombrada; los suyos como los de un animal salvaje, un poco desnutrido y resentido por las alteraciones gástricas resultantes.

Alguien golpeó la puerta de la cocina.

Milli oyó a María saludar a alguien, mientras vaciaba un balde de agua en el patio. En ese instante los últimos vestigios de sol comenzaron a hundirse detrás del horizonte, y el joven se fue. Solo estaba el jardín, la lluvia y el seto.

Vagamente, como a través de la niebla, Milli oyó entrar a María, oyó que el pestillo se cerraba, el ruido metálico del cubo al dejarlo debajo del fregadero y, en algún lugar del exterior, el aullido largo y cada vez más lúgubre de un perro.

Milli salió de su trance. Se pasó la mano por los párpados como para despejarlos de telarañas y, abriendo una de las ventanas, salió al jardín. No había nadie. Solo una huella junto al seto, una huella desnuda que se llenaba de agua.

Regresó a la casa. María estaba allí, encendiendo las lámparas. Miró a Milli con curiosidad y Milli se dio cuenta de que debía ser un espectácul* extraño, de hecho, su cabello abundantemente salpicado de gotas de lluvia, sus zapatos embarrados, su vestido manchado de humedad.

Pensé haber visto a alguien ahí afuera, justo ahora explicó. Alguien mirando hacia adentro.

La policía, probablemente dijo María con severidad. La policía no tiene nociones de privacidad.

No dijo Milli. No, no fue la policía. No te escuché salir hace unos momentos?

No estaba mirando dijo María con voz malhumorada. Por qué debería mirar adentro? Tengo otras cosas que hacer además de mirar por las ventanas.

Se preparó para enumerar vocalmente y con gestos acompañantes las innumerables cosas que tenía que hacer.

Has visto a alguien? preguntó Milli rápidamente.

Al viejo Phillipe respondió María. Vi al viejo Phillipe. De camino a la posada bajo la lluvia torrencial y con tos desde el pasado mes de abril. Cuando uno tiene tos y está lloviendo, no mira por las ventanas. De todos modos, Phillipe es demasiado mayor. Cuando uno tiene la edad de Phillipe, ya no le interesa. De todos modos, su hijo fue asesinado en Aviñón. Phillipe no miraba por las ventanas.

No viste a nadie más?

Los ojos de María se entrecerraron.

Madame estaba esperando a alguien, no?

No dijo Milli. No, solo pensé... no era nada.

Si madame está esperando a alguien, quizás sería mejor guardar la bebida para más tarde en la noche?

No espero a nadie.

Milli pensó, mientras dejaba el rizador sobre la llama, era casi imposible saber de qué lado de la cerca estaba María. Fácilmente podría estar informando cosas a ambos lados. Había que tener cuidado. Mucho cuidado.

Este tipo en el jardín, por ejemplo. Debe haber escapado de algún lugar. Eso explicaría la ausencia de ropa. Era un refugiado de algún tipo. Y los refugiados de cualquier tipo eran peligrosos. Lo mejor era ceñirse al camino trillado. Pero era tan hermoso. Como un dios joven. Seguramente no tenía más de veinte. Fue delicioso volver a ver a alguien tan joven como de veinte años. Fue...

Milli maldijo mientras el hierro comenzaba a humear; lo agitó en el aire para enfriarlo y, probándolo con cautela con el dedo índice humedecido, lo aplicó a su peinado; no solo era delicioso, era celestial. En realidad, era más bien como uno de esos pequeños cócteles rosados de hace mucho tiempo.

Un leve aroma a cabello chamuscado se manifestó en la habitación húmeda y con olor a empapelado.

Milli consideró al refugiado desde todos los ángulos mientras comía su cena solitaria y, después, mientras se recostaba en su chaise longue pasando las páginas de un libro seleccionado al azar, y mientras se desnudaba para irse a la cama, e incluso cuando estaba dándole a su barbilla el número reglamentario de bofetadas, un ritual que por regla general ocupaba toda su atención.

Se puso la bata, abrió la ventana y se asomó, con la barbilla en las manos y los codos en el alféizar. La luna cabalgaba en el cielo, una cosa perseguida que se escondía detrás de volutas de nubes andrajosas, y el aire estaba pesado, húmedo y con olor a hojas muertas.

La luna era un galeón fantasmal, citó Milli, sintiéndose frágil e inmensamente poética.

Esbozó una sonrisa triste y frágil acorde con su estado de ánimo y se preguntó si el refugiado también estaría teniendo un encuentro solitario con la luna. Acostado de espaldas en algún lugar, escondido, pensando, posiblemente, en

Su ensoñación fue interrumpida bruscamente por la voz de María rompiendo la quietud de la noche. Fue seguida por una cascada de agua.

Qué diablos estás haciendo! gritó Milli exasperadamente.

Había un animal aquí gritó María, igualmente exasperada. Pisoteando mis flores.

Milli empezó a decir:

No seas ridícula, vete a la cama pero la frase se congeló en sus labios al recordar al refugiado.

Había vuelto! María le había echado agua! Había regresado lleno de... de... bueno, de esperanza de refugio, tal vez, y María, la idiota, lo había ahuyentado!

Espera gritó frenéticamente en la oscuridad. Espera! Oh, por favor, espera!

María, pensando que la orden era para ella, había esperado, aunque el por favor la había asombrado un poco. Murmurando entre dientes, había conducido a su extrañamente sobreexcitada señora al jardín de la cocina y le había señalado con perdonable orgullo las huellas de sus flores. Huellas acolchadas. Con garras.

Vi los ojos dijo, grandes, relucientes, amarillos, brillando a la luz cuando comencé a tirar de las persianas de la cocina. Afortunadamente, tenía una olla con agua a mano y abrí la puerta de un tirón y...

Pero su ama no estaba escuchando. En verdad, para alguien tan alterado, había recuperado la compostura con notable rapidez.

Sin duda, era perro de Trudeau dijo con total desinterés.

El perro de Trudeau es un Pomerania dijo María con determinación.

No importa dijo Milli. Vete a la cama, María.

María se fue, murmurando para sí misma una letanía quejumbrosa en la que la palabra pomerania era, de vez en cuando, distinguible y pronunciada con fuerza.

Milli se despertó para encontrar su habitación iluminada por el sol, lo cual fue lamentable ya que llamó la atención sobre el patrón de la alfombra y el estado gastado de las cortinas. Asimismo, hizo varias cosas en el rostro de Milli Cushman, que fueron poco menos que difamatorias. Calumnioso, es decir, después de que Milli se pintó un nuevo con esmerado cuidado.

Abajo encontró su desayuno listo y, debido a que estaba listo, un poco frío. También encontró a María, aunque no lloraba abiertamente, con los ojos hinchados, la nariz rosada y bastante enfadada, era un estado que Milli encontraba deplorable en los sirvientes.

Una serie de preguntas agudas sacaron a la luz el hecho de que el viejo Phillipe estaba muerto. Al parecer, no solo estaba muerto sino destrozado. Para abreviar la historia, el viejo Phillipe había sido descubierto en una condición que algunos describieron como un esqueleto.

La identificación del cuerpo se hizo por unos jirones de ropa y un par de anteojos rotos.

Quieres decir que se lo comieron! exclamó Milli, lo que hizo que María entrara en un paroxismo casi histérico.

Milli dedujo oscuramente que María se culpaba a sí misma por la prematura desaparición del viejo Phillipe.

Poco a poco, Milli se lo fue sacando. Las huellas cerca de las flores. El balde de agua. La retirada del animal a un entorno más agradable. Los alrededores, sin duda, adyacentes a la posada desde donde el viejo Phillipe, posteriormente, avanzó pesadamente hacia casa. La almohadilla sigilosa de los pies merodeadores. El encuentro. El chillido. El terrible silencio que siguió.

Los detalles que le dio María eran tan gráficos que hizo que Milli se sintiera un poco enferma, aunque no le impidió ser firme sobre el asunto del lobo.

Tonterías dijo Milli. Ridícul*. Un lobo. Absurdo.

María explicó sobre las huellas ensangrentadas que se alejaban de la escena de la masacre. Huellas demasiado grandes para un perro. Enormes huellas.

Sin duda era un perro enorme dijo Milli con frialdad. El hábitat natural de un lobo es un bosque, no una calle pavimentada.

María abrió la boca para profundizar aún más en los detalles, pero Milli efectivamente se la cerró con una reprimenda que, como la papilla del más pequeño de los tres osos, no estaba ni demasiado caliente ni demasiado fría, sino justa.

Después de todo, pensó Milli, el viejo Phillipe estaba mejor así. Con toda probabilidad, no había sufrido mucho. Lo más probable era que primero hubiera muerto de un shock. Uno más, uno menos, qué diferencia hacía. Especialmente cuando uno tenía la edad de Phillipe. Al menos él había vivido su vida mientras ella, con tanta vida por vivir, estaba embalsamada en una miserable existencia de papel matamoscas que se adhería a cada centímetro de su ser sin importar cuánto tirara de él.

Y el suministro de té era desastrosamente bajo. Y esta horrible tostada hecha de un pan horrible, seco, quebradizo, sabía a aserrín. Y su último frasco de colonia prácticamente había desaparecido. No podía comer este desastre frente a ella.

Milli se levantó y entró en el salón. Abrió de par en par las ventanas francesas y contempló con petulancia el jardín. Había alquilado el lugar por el jardín, un escenario tan encantador para tés informales, pensó, y cenas improvisadas en las losas con velas y vasos delgados de tallo elegante. Se había imaginado a sí misma con el atuendo apropiado, cortando flores y haciendo lo que fuera con sus invitados, y ahora mira. Míralo!

Milli lo miró. Se quedó sin aliento. Volvió a aspirarlo con un impropio silbido. Una mano voló a la garganta.

En el jardín, profundamente dormido, acurrucado en una bola bajo el seto, estaba el refugiado, todo salpicado de sombras y desnudo como el día en que nació.

Milli no abrió la boca. Si un grito estaba en ella, no fue lo suficientemente fuerte como para registrar sus reflejos. Sus ojos parpadearon rápidamente, como siempre lo hacían cuando pensaba rápido y, cuando volvió a cruzar el salón y caminó por el pasillo hacia la cocina, sus tacones hacían fuertes sonidos entrecortados en el suelo, como siempre hacían cuando había tomado una decisión.

La decisión de Milli hizo a María lo más feliz posible, dadas las circunstancias, y diez minutos después, bolso en mano, María partió hacia el domicilio de la tía del marido de su sobrina casada, que era amiga de la viuda del viejo Phillipe y, en consecuencia, estaría en posesión de todos los detalles y agradecería mucho una mano amiga y un oído atento durante el fin de semana.

Milli giró la llave detrás de ella. Rápidamente, corrió hacia el armario de la cocina y sacó de un clavo un par de pantalones manchados de hierba que habían pertenecido a un jardinero que había sido liquidado antes de que tuviera la oportunidad de regresar por su prenda. Con los pantalones colgados del brazo, volvió sobre sus pasos hasta el salón y atravesó las ventanas dobles.

Tranquila como estaba, su invitado inesperado se despertó tan pronto como su pie tocó la primera losa. No movió un músculo.

Simplemente abrió los ojos y la miró con la tranquilidad de quien sabe que puede irse cuando quiera y varios saltos por delante del competidor más cercano.

Milli se detuvo. Ella le extendió los pantalones.

Para ti dijo.

El muchacho, con sus extraños ojos claros que la observaban en cada movimiento, no intentó atraparlos.

Póntelos dijo Milli. Ella vaciló. Por favor dijo, y agregó: Soy tu amiga.

El chico se sentó. Milli se apresuró a darle la espalda.

Dime cuando te los hayas puesto ordenó.

Esperó, esperó, esperó y, al no oír el más mínimo susurro, giró cautelosamente la cabeza. Una vez más contuvo el aliento. Se mordió los labios en una sonrisa bastante desconcertante, sus ojos eran como brillantes pepitas de ámbar.

Un pensamiento cruzó por la cabeza de Milli: iba a saltar sobre ella, un pensamiento teñido de alivio cuando inconscientemente notó que él se había puesto los pantalones. Rápidamente levantó la barbilla y trató de evitar que su consternación se volviera obvia.

El muchacho rió suavemente. Una risa que, de alguna manera, era como una especie de gruñido musical. Dio un paso atrás. Hizo una reverencia. Burlonamente.

Qué estás haciendo en mi jardín? preguntó Milli, pensando que lo mejor era primero ponerlo en su lugar. No estaría bien dejar que las cosas se salieran de control. No tan pronto, de todos modos.

Dormir dijo el muchacho.

No tienes ningún lugar para dormir?

Sí. Muchos lugares. Pero me gusta este lugar.

Qué pasó con tu ropa?

El muchacho se encogió de hombros. No respondió.

Eres un refugiado?

En cierto modo, supongo que sí.

Te estás escondiendo, no?

Hasta que saliste, simplemente estaba durmiendo. Después de haber comido, duermo hasta un rato antes de la puesta del sol.

No tienes hambre? Milli enarcó las cejas con sorpresa.

Ahora no el muchacho dejó que su mirada recorriera fugazmente el cuello de su anfitriona. Tendré hambre más tarde.

Qué quieres decir con hasta poco antes de la puesta del sol? Has estado viajando de noche?

Sí.

Milli hizo un movimiento inútil hacia los pantalones.

No era... quiero decir, andar sin... No tenías frío?

No.

Es un milagro que no hayas contraído neumonía.

El muchacho sonrió. Se palmeó el vientre plano.

Neumonía no dijo. Pero no fue mucho mejor lo que conseguí. Viejo, fibroso y sin sabor.

Milli lo miró con el ceño fruncido, perpleja. No le gustaba que la engañaran, así que decidió ser franca.

Mi nombre es Milli Cushman dijo. Eres más que bienvenido a quedarte aquí hasta que descanses. Nadie te molestará. He despedido a mi doncella.

Eres muy amable dijo el muchacho con exagerada cortesía. Hasta esta noche será suficiente.

Si se dio cuenta de que Milli esperaba que se presentara, no dio ninguna señal. Después de una pausa, ella dijo, un poco irritada.

Sin duda tienes un nombre.

Tengo muchos nombres. Incluso en latín.

Bueno, por el amor de Dios dime uno.

Podrías llamarme Lupus. Es uno de los nombres latinos. Significa lobo.

Te llaman El Lobo?

Sí.

Qué intrigante. Pero por qué?

El muchacho le sonrió.

Me atrevería a decir que lo descubrirás dijo.

Quieres decir que eres uno de los que... bueno, como el asunto de ese oficial alemán la semana pasada... es decir, por así decirlo, eres uno de los que todavía están en la resistencia. Martillo y tenazas?

Uñas y dientes.

Parece tan tonto dijo Milli. Para qué sirve? No les asusta. Solo los enoja más. Y eso nos dificulta las cosas.

Oh, pero sí los asusta dijo el muchacho con un tono irónico. Les da un susto de muerte. Y eso siempre ayuda.

Bostezó y su lengua se curvó como la de un gato. Y, de repente, se puso hosco. Miró a Milli con remota hostilidad.

Tengo sueño gruñó. Estoy cansado de hablar. Quiero ir a dormir. Vete.

Entra dijo Milli. Puedes quedarte con la cama de María.

Ella le dirigió su mirada más deliciosa, que incluyó el barrido hacia arriba y hacia abajo de sus pestañas con el rastro más delgado de una peculiaridad pícara en los labios. No te molestaré. Y, además, puede que te atrapen si te quedas en el jardín. Hubo un hombre asesinado anoche por algún tipo de criatura, o eso dicen, y María seguramente difundirá la noticia de que le arrojó agua a algo. La policía podría investigar, y podría ser muy incómodo para los dos. No quieres entrar, por favor?

El muchacho la miró en silencio.

Por favor, Lupus. Por mí?

Una vez más se rió suavemente. Y esta vez la risa fue definitivamente un gruñido. Extendió la mano y la pellizcó.

Lo haré por ti.

Milli pensó que no era en absoluto un pellizco coqueto. Era el tipo de pellizco que su padre solía dar a los pollos para ver si estaban rellenos en los lugares adecuados.

Pero Lupus no dormía en la cama de María. Se acurrucó en el suelo de la sala. Lo cual, pensó Milli, estaba bien. Ahorraría rehacer la cama para que María no se diera cuenta de nada.

Mientras su interlocutor dormía, Milli se ocupó de las ollas y sartenes en la cocina. Fue tedioso, pero valió la pena. Esta noche habría cena en losas, con velas, luz de las estrellas y todos los complementos. Una oportunidad como esta puede que no se le presente en muchas otras lunas. Estaba resuelta a aprovecharla al máximo. Para Lupus, lo mejor no era demasiado bueno. Tampoco para ella.

Mordisqueó un sándwich para el almuerzo, no queriendo estropear su apetito, y para no despertar a Lupus, por miedo a estropear el de él.

Sacó su precioso tesoro de condimentos. Leyó las instrucciones impresas en las cajas. Meticulosamente leyó el folleto instructivo incluido en su bolsa de harina. Se quitó el brazalete, se arremangó y se puso a trabajar, tarareando alegremente para sí misma, algo que no había hecho durante meses.

Raspaba, pelaba, medía, tamizaba, picaba, removía, batía y doblaba. De debajo de sus desacostumbrados y aficionados dedos surgieron unos muffins bastante meritorios, un postre que no estaba nada mal, y una ensalada que conseguía dar la impresión de ser en realidad una ensalada, lo cual rayaba en lo milagroso.

El día llegó lentamente a su fin y Milli se sorprendió al descubrir que las horas habían pasado con tanta rapidez. Tan rápidamente, de hecho, que apenas lo notó con el advenimiento de un Lupus claramente malhumorado.

Oh, querido dijo Milli. No me di cuenta, es tarde?

No dijo Lupus. Es temprano todavía. El sol está bajando.

Tienes hambre? Estoy preparando algunas cosas que creo que serán bastante buenas.

Estoy hambriento dijo Lupus. Vamos a ver la puesta de sol.

Milli se llevó las manos al peinado con coquetería, dejando que las mangas se le cayeran de sus brazos blancos y redondos.

Espera a que me arregle el pelo. Debo ser todo un espectácul*.

Lo eres asintió Lupus, con los ojos brillantes.

Sin esfuerzo, se acercó y se detuvo junto a Milli, devorándola con una mirada que lo abarcaba todo.

No quieres uno de estos? preguntó Milli apresuradamente, esperando que su impetuosidad no se desbordara demasiado abruptamente.

Ella le mostró una caja de bombones rellenos de licor.

Ven, los comeremos en el sofá. Es... es más acogedor.

Pero Lupus no estaba interesado en los chocolates. En el salón, estiró su largo y flexible cuerpo en el suelo y contempló el jardín, ardiendo con los últimos rayos de un sol moribundo. Milli se dejó caer a su lado y comenzó a frotar su espalda, suavemente, con movimientos largos y uniformes. Lupus giró la cabeza con un placer perezoso e indiferente, y la miró con un hambre que habría sido voluptuoso, si no hubiera sido tan crudo.

Te gusta eso? susurró Milli.

Como respuesta, Lupus abrió la boca y bostezó.

Milli dejó caer un chocolate en esa boca, mientras en el mismo instante lo apuñaló salvajemente.

El muchacho contuvo el aliento con un aullido de dolor, y ocho minutos antes de que se pusiera el sol, Lupus se había ahogado cuidadosamente con un chocolate cuyo interior, lleno de licor, contenía una pieza del brazalete de guerra de Milli Cushman.

Milli se dijo más tarde que habría sido espantoso si no hubiera funcionado.

Pero había funcionado.

Por supuesto, era lógico que así fuera. Después de todo, si, al morir, un hombre lobo cambiaba de nuevo a su forma humana, lógicamente, la forma humana, si estuviera en contacto con una bala de plata antes de la puesta del sol, se metamorfosearía en lobo.

Era maravilloso que ayer hubiera elegido por casualidad El hombre lobo de París; le había dado una idea, por así decirlo, y fue extremadamente útil que tuviera toda esa experiencia en carnicería.

Milli se secó la boca delicadamente con una servilleta. Cuán divinamente llena estaba. Y con María fuera, podría tener Lupus para ella sola. Hasta el último y delicioso bocado.

Jane Rice (1913-2003)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de hombres lobo.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Jane Rice: El refugiado (The Refugee), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a ***.com


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NotaPublicado: Vie Abr 30, 2021 10:54 pm 
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Poemas de Horror Cósmico.




El Horror Cósmico ha trascendido a H.P. Lovecraft (ver: Horror Cósmico: el futuro es de los pesimistas). En cierto modo, el horror de lo incomprensible, de lo incognoscible, no solo es un subgénero de la ficción. Siempre ha formado parte de la poesía (ver: Cosmicismo: la filosofía del Horror Cósmico).

En esta sección de El Espejo Gótico iremos agrupando todos los poemas de horror cósmico de nuestra biblioteca (ver: Horror Cósmico: la vida no tiene sentido, la muerte tampoco), cuyos temas centrales, al igual que los de la ficción, están centrados en la diferencia de escala entre el ser humano y el universo, en la locura, en lo prohibido, en lo innombrable (ver: Horror Cósmico: el universo conspira para destruirnos)




Poemas de Horror Cósmico.




Autores en El Espejo Gótico. I Poemas góticos.


El artícul*: Poemas de Horror Cósmico fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a ***.com


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NotaPublicado: Jue May 06, 2021 6:23 am 
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El Extraño de Lovecraft como metáfora del parto


El Extraño de Lovecraft como metáfora del parto.




Así como los Mitos de Cthulhu abordan desde diferentes ángulos la insignificancia humana en el universo, y tratan con el horror que supone descifrar algunas verdades cósmicas, H.P. Lovecraft también examinó la naturaleza destructiva del autodescubrimiento en un nivel psicológico más personal (ver: El Extraño de Lovecraft como secuela de La Casa Usher de Poe)

En algún momento de 1921, Lovecraft escribió una de sus historias más interpretadas psicológicamente: El Extraño (The Outsider). En este cuento que parece ser un homenaje a Edgar Allan Poe (ver: Poe y Lovecraft: dos miradas complementarias sobre el Horror), el narrador en primera persona, el Extraño, vive miserablemente, solo, en las entrañas húmedas de un castillo antiguo y en ruinas, con cámaras vastas y lúgubres con tapices marrones y enloquecedoras filas de libros antiguos. El cuento es precedido por la cita de la última estrofa de The Eve of St. Agnes, de John Keats. El objetivo del epígrafe, tal vez, es insinuarle al lector que la historia que está a punto de leer es un sueño (ver: Los sueños como subrutinas del subconsciente en la ficción). De qué otra manera explicar las siguientes incongruencias? Por qué el Extraño pierde la memoria? Cómo se reanimó? Cómo llegó a vivir en un castillo con una biblioteca bien surtida de libros raros ubicado en una caverna subterránea? Cuál es la fuente de luz en la caverna? Por qué su amnesia es selectiva? No sabe quién es pero parece estar en buenas condiciones psicológicas y hasta es capaz de leer.

La historia abre con un primer párrafo críptico sobre una infancia de miedo y tristeza. El siguiente párrafo introduce enigmas adicionales cuando el narrador explica que no sabe dónde nació ni quién lo cuidó. Esta falta de conocimiento, junto con las connotaciones góticas de oscuridad, telarañas, sombras y torres, crea un estado de ánimo de pavor y anticipación por los horrores que se avecinan. Sin embargo, a medida que el narrador intenta alejarse de esta atmósfera, finalmente descubre un terror aún mayor dentro de sí mismo.

El Extraño anhela la luz y la alegría y alguna compañía que no sea la de las silenciosas ratas, murciélagos y arañas que comparten su morada. A veces se aventura al exterior, bajo los árboles oscuros, pero teme adentrarse en el bosque circundante. Por fin se atreve a subir a la decrépita torre que, cree, debe alzarse por encima de los árboles, aunque sólo sea para echar un vistazo a la luna:


Decidí escalar esa torre, aunque pudiera caer, ya que era mejor vislumbrar el cielo y perecer, que vivir sin jamás contemplar el día.


Aferrándose penosamente a la viscosa pared cilíndrica de piedra, el Extraño asciende por la torre. Al abrir una puerta en la cámara superior, encuentra a la luna llena, que nunca antes había visto salvo en sueños y en vagas visiones que no me atrevo a llamar recuerdos. Lo que descubre en lo alto de la torre es tan irracional como un sueño: En lugar de una perspectiva vertiginosa de copas de árboles vistos desde una elevada eminencia, no se extendía a mi alrededor nada menos que el suelo sólido. Caminando por el campo con algún recuerdo latente que hizo que mi progreso no fuera del todo fortuito, el Extraño finalmente llega a un venerable castillo cubierto de hiedra en un espeso parque arbolado; enloquecedoramente familiar, pero lleno de desconcertante extrañeza (ver: Lo Siniestro en la ficción: cuando lo familiar se vuelve extraño). Dentro del salón iluminado ve una compañía vestida de forma extraña; evidentemente se trata de algún tipo de fiesta o baile. El Extraño entra en el salón por una ventana, solo para ver a la alegre multitud convertirse en una manada de fugitivos delirantes, gritando y huyendo de una repentina amenaza.

Aquí Lovecraft emplea un recurso frecuente en sus relatos: hacer que el narrador esté muy por detrás del lector en darse cuenta de lo que está sucediendo. El Extraño ve movimiento más allá de la puerta de arco dorado que conduce a otra habitación algo similar, y se acerca, viendo allí una presencia espantosa, el eidolon pútrido y goteante de la revelación malsana; la espantosa desnudez de lo que la tierra misericordiosa siempre debe esconder... Una parodia lasciva y aborrecible de la forma humana. Tropezando, el Extraño inadvertidamente extiende la mano y toca la la cosa en el arco y, experimentando una única y fugaz avalancha de recuerdos aniquiladores, huye de regreso a su torre, tratando en vano de abrir la trampilla de piedra. Negado el regreso a su morada, se entrega a su situación: Ahora cabalgo con los burlones y amistosos ghouls en el viento de la noche, dice amargamente.

El cuento termina con una revelación que el lector probablemente ya ha adivinado en este punto. Cuando el Extraño se acercó al monstruo en el marco dorado, extendió sus dedos y tocó una superficie fría e inflexible del vidrio pulido; es decir, de un espejo. Aquí hay una clara reminiscencia a la escena en la que Frankenstein, de Mary Shelley, observa su reflejo en el agua y descubre que es un monstruo.

Si bien El Extraño puede interpretarse psicológicamente de diversas maneras, sobre todo dentro de los esquemas de Sigmund Freud y Carl Jung [la torre como el canal del parto, el viaje hacia la luz como la búsqueda de la integración de la psique, etc.] lo que observamos aquí va un poco más allá (ver: H.P. Lovecraft vs. Freud: la interpretación de los sueños según Cthulhu). El Extraño, al tocar el espejo, no se encuentra simplemente a sí mismo [ya que, por supuesto, no existe tal ser integrado] sino un repositorio de paradojas.

No cabe duda de que la figura que el Extraño ve en el espejo es un cadáver. En esa revelación, entonces, el Extraño, que busca la restauración de la vida y el paso del tiempo, se da cuenta de lo que realmente hay detrás la vida: un mero cadáver.

Apenas podemos leer el título de este cuento sin advertir que se trata de una oposición binaria entre lo externo y lo interno, una suplementariedad espacial en la que lo interno parece tener un privilegio sobre lo externo. El Extraño [Ousider] anhela estar dentro, en medio de la vida. Esta bipolaridad opera junto a otra, el contraste entre la luz y la oscuridad, con la luz como un polo aparentemente privilegiado, asociado a los interiores que ansía el narrador en la fiesta, y la oscuridad que caracteriza al exterior del que quiere escapar. En la denominación del Extraño, además, se encuentran conexiones etimológicas tan interesantes como problemáticas, sugiriendo en todo momento esas oposiciones espaciales en cuya tensión prospera el relato.

Out deriva de la raíz indoeuropea ud, que además de afuera, exterior, también significa arriba. El escalado de la torre mortal [en términos de metáfora del canal de parto] sugiere que arriba está afuera, pero tendremos motivos para preguntarnos si esto realmente es así. La misma raíz da lugar a un enunciado, una noción antitética a las autodescripciones del Extraño, quien en un momento asegura que nunca había pensado en intentar hablar en voz alta. En el momento en el que ve al monstruo en el espejo, naturalmente, sin saber que era un espejo, sostiene que ese fue el primer y último sonido que jamás pronunció: un aullido espantoso. En serio? Nunca? El Extraño no solo dice que nunca habló en voz alta, sino que nunca se le ocurrió hacerlo. Por qué? Podemos aceptar que, en su soledad, no tenía la necesidad de hablar, o también que en esa especie de simbólica vida intrauterina, prenatal, en el interior del castillo, aun no sabía hablar, y, por lo tanto, el deseo o la intención de hablar estaban ausentes en él (ver: Horror Uterino: descenso hacia el inconsciente colectivo)

En la palabra Outsider también encontramos el término side, sugiriendo un movimiento lateral, indirecto, furtivo, como si algo se moviera tal como el relato se mueve. Como veremos, aquí no hay interiores o exteriores fijos, y cualquier movimiento textual hacia tales supuestos [interiores o exteriores] sólo puede ser, de hecho, una fuga.

Es significativo que, al principio de la historia, el problema del Extraño resida en el hecho de que está dentro, en la prisión de su lúgubre casa cubierta de telarañas, su castillo sepulcral (ver: La Casa como entidad orgánica y consciente en el Gótico). Espacialmente, es un Extraño solo en tránsito, tanto cuando se encuentra entre su interior inicial (el castillo en ruinas) y su nuevo interior (el salón iluminado). Literalmente está afuera solo en el campo abierto que une esos espacios. De la manera en que el texto subvierte sus propios simbolismos espaciales, el Extraño es más Extraño cuando está dentro, y menos cuando está en el exterior, cuando ha dejado atrás el castillo y tiene, al menos, la esperanza de encontrar compañía y alegría. Al final de la caminata, está nuevamente adentro, en medio de la alegre compañía. En su presencia, sin embargo, se vuelve un Extraño más que nunca: es temido, rechazado, aborrecido.

La alegre compañía se ha convertido en una manada de fugitivos delirantes, es decir, en una multitud de extraños mientras él permanece en el pasillo. Tal vez, al escalar la torre y salir de su espacio seguro, el narrador ha ganado la oportunidad de conocerse a sí mismo, y de hecho lo hace, literalmente, al verse en el espejo. La alegre compañía, sin embargo, cada miembro de la cual sin duda se ha mirado en el mismo espejo en el transcurso de la noche, no puede haber encontrado allí nada que aprender sobre sí mismos.

La supuesta adquisición de autoconocimiento por parte del Extraño está repleta de dificultades. Aunque experimenta una única y fugaz avalancha de recuerdos que aniquilan el alma, los pierde en el momento siguiente: Olvidé lo que me había horrorizado, y el estallido de memoria negra se desvaneció en un caos de imágenes repetidas. No obstante, sí recuerda lo que ha visto en el espejo; por lo tanto, esa experiencia debería haberlo integrado. Sin embargo, el Extraño es una mezcla de cualidades textuales apenas caracterizable en términos reduccionistas, por ejemplo, poseer un Yo. No hay una naturaleza única presente en la criatura que está frente al espejo luchando por comprender lo que ve. Es incluso arbitrario referirse a él en términos masculinos. Cómo sabemos que el Extraño no es una mujer? (ver: El asesino de El corazón delator es mujer?)

Lovecraft solo utiliza el pronombre he, él, dos veces en el relato; más precisamente en la apertura, pero no en relación al Extraño:


Unhappy is he to whom the memories of childhood bring only fear and sadness. Wretched is he who looks back upon lone hours in vast and dismal chambers with brown hangings and maddening rows of antique books.

[Infeliz es aquel a quien los recuerdos de la infancia solo le traen miedo y tristeza. Miserable es aquel que mira hacia atrás y ve horas solitarias en vastas y lúgubres cámaras con cortinas marrones y enloquecedoras filas de libros antiguos]


Sin embargo, las mujeres en los cuentos de Lovecraft son una rareza, lo cual hace que sea casi seguro que el narrador sea un varón (ver. Feminismo y misoginia en Lovecraft). No obstante, esto es un sueño, una pesadilla, lo cual nos permite preguntarnos lo siguiente y, al mismo tiempo, evadir cualquier respuesta concluyente: La revelación del Extraño ante el espejo no podría ser el descubrimiento de que es mujer? Eso sería verdaderamente horroroso desde la perspectiva de Lovecraft (ver: Atrapado en el cuerpo equivocado: la identidad de género en el Horror).

Ahora bien, el proceso de autodescubrimiento del Extraño ante el espejo es defectuoso. Todavía posee lo suficiente de su mentalidad anterior como para regresar al castillo en ruinas e intentar reabrir la trampilla en la habitación de la torre. Se une a los ghouls sólo cuando se ve incapaz de volver a su estado habitual. Por otro lado, la alegre compañía parece no tener ninguna experiencia mental, excepto la primaria: el miedo; aunque podemos deducir que algo sí han aprendido de la parodia lasciva y aborrecible de la forma humana que es el Extraño. Al menos, en un nivel inconsciente, deben saber que el Extraño es aquello en lo que ellos mismos se convertirán algún día. A esta especie de autoconocimiento sólo pueden responder huyendo, curiosamente, huyendo simbólicamente de sí mismos.

El hecho de que el Extraño experimente una especie de revelación ante el espejo simboliza la falta de un Yo preexistente. Los espejos reflejan, iteran, multiplican, o, quizás más exactamente, reflejan las iteraciones que encuentran. El espejo en la sala iluminada se encuentra dentro de un gran marco dorado, y por lo tanto pretende enmarcar o fijar la imagen del Extraño. Si algo está enmarcado aquí, paradójicamente, es la imposibilidad de que el Extraño permanezca de pie, sin ambigedades, retratado dentro de los límites de un marco.

Si la condición del Extraño [externidad vs. interioridad, autoconocimiento vs. autoignorancia] es indeterminada, entonces debemos reconocer que no lo es menos que sus propios sentimientos sobre esa condición. Casi al comienzo del cuento, al lamentarse de la soledad de sus aposentos, dice: y, sin embargo, estoy extrañamente contento, y me aferro desesperadamente a esos recuerdos amargos, cuando mi mente amenaza momentáneamente con ir más allá. Este más allá es presumiblemente la avalancha de recuerdos ruinosos que despertarán más adelante ante el espejo; es decir, al recibir la mirada del Otro, en este caso, un Otro inmerso en sí mismo..

Jacques Lacan se refiere a este interesante proceso de externalización por el cual el niño, a través de la adquisición y la inmersión en el lenguaje, llega a verse a sí mismo a través de los ojos de la estructura social circundante. A través de este proceso uno llega a codificarse a sí mismo como Yo, una codificación que sólo es posible a través del lenguaje. Este proceso, para cualquiera, y ciertamente para el Extraño, está plagado de paradojas (ver: Lovecraft y las lenguas prehumanas)

En la teoría psicoanalítica de Lacan, el niño primero genera un Yo Ideal temprano que interactuará con el Yo posterior y más socializado. Pero el Extraño de Lovecraft, cuyas cámaras ancestrales no contienen espejos, nota cambios en este patrón al experimentar el encuentro en el espejo después de su desastrosa introducción en la sociedad. Como un niño, se niega a ser sistematizado, aunque está extrañamente contento cuando su mente amenaza con ir más allá , es decir, cuando su mente se inclina hacia la esperanza [insatisfactoria, por cierto] del autoconocimiento a través de la sociedad y el lenguaje. De hecho, el Extraño comenta lo siguiente al irrumpir en la fiesta: Al parecer, nunca antes había escuchado el habla humana; y sólo podía adivinar vagamente lo que se decía. Siendo un recién nacido, simbólicamente, es lógico que así sea.

Y en el momento en que ve su cuerpo monstruoso en el espejo dice: Ni siquiera puedo insinuar cómo era, aunque continúa haciéndolo, aparentemente sin darse cuenta de lo que hace. Es un forastero errante y torpe, un Extraño en la tierra del lenguaje. Pero, de nuevo, es más un outsider cuando está dentro. Está más exteriorizado por la contención.

El Extraño, que bien puede ser uno de los cuentos de Lovecraft más profundamente psicológicos, es también uno de las más alegóricos. La búsqueda de la luz por parte del narrador y el descubrimiento final de una verdad espantosa y dolorosa subraya el concepto de Lovecraft del poder destructivo del conocimiento. Si El Extraño realmente debe interpretarse como un sueño, la historia también ilustra el poder de la imaginación para descubrir la verdad. Desde el principio, el narrador, como una polilla, está obsesionado con un anhelo de luz. Esta es una inversión interesante de la búsqueda de la verdad en El modelo de Pickman (Pickmans Model), donde la figura del artista aborda la misma búsqueda de la verdad, pero en la oscuridad (ver: De la luz a la oscuridad: psicología de El modelo de Pickman)

El código de acción en El Extraño también es inverso al de El modelo de Pickman, donde los protagonistas encuentran el terror al descender a las profundidades, mientras que el Extraño encuentra la verdad y el horror al ascender a la superficie. De hecho, su largo y arduo ascenso a través del interior de la torre, como hemos visto, se asemeja a un viaje a través del canal de parto (ver: El cuerpo de la mujer en el Horror). Lovecraft era conciente de esa analogía, tal es así que, el Extraño emerge a la luz de la luna llena, sin saber quién era o qué era, o cuál podría ser mi entorno. Observando su búsqueda de la verdad desde una perspectiva psicológica, el Extraño es como un recién nacido que acaba de entrar en un mundo extraño, aterrador y maravilloso, lleno de luz. Su primer atisbo de la verdad lo sorprende. En este punto, el Extraño, como el recién nacido, ve el universo simplemente como una extensión de sí mismo. Y así como cuando el niño eventualmente debe descubrir la verdad: que él es solo una pequeña parte del universo, sufre al aceptarlo, tanto como el Extraño sufre al descubrir su lugar entre los demás. La mirada que recibe de los Otros, esta especie de familia simbólica, es de rechazo (ver: Las familias extrañas de Lovecraft)

El código cultural también entra en juego en la historia cuando el Extraño descubre que es una instancia diferente de lo que la sociedad considera normal. Lovecraft era un elitista en muchos aspectos, y se veía a sí mismo separado de lo que llamaba la manada. Ateo declarado desde la infancia, sin duda se sintió aislado de sus prójimos, y se volvió hacia la imaginación como refugio pero también como herramienta para encontrar la verdad. Esto, junto con la creencia impuesta por su madre de que era espantoso y feo, le da ciertos elementos autobiográficos a la historia, ya que Lovecraft sabía de primera mano lo que era sentirse diferente (ver: Por qué a Lovecraft lo vestían de niña?)

Al igual que un niño, el Extraño aprende que la humanidad no siempre es hermosa, y que a menudo es horrible y grotesca. Si bien la mayoría de las personas aceptan esta dolorosa realidad, el Extraño no puede enfrentarla y trata de regresar al santuario de su útero simbólico, que naturalmente ahora está cerrado para él. Sin embargo, y a pesar del dolor que acompaña el descubrimiento de la verdad, el narrador no se arrepiente. De hecho, para él es mejor apenas vislumbrar el cielo que vivir sin contemplar el día. Al final, está satisfecho, a pesar de su dolor, dice: Estoy extrañamente contento y me aferro desesperadamente a esos recuerdos amargos. Esta idea refleja lo que pensaba Lovecraft sobre la vida, una especie de tranquilidad en la convicción científica de que nada importa demasiado (ver: Horror Cósmico: qué es, cómo funciona, y por qué el tamaño sí importa)

Además de todo esto, es bueno recordar que Lovecraft era un outsider literario que trabajaba en un género, y dentro de un formato, que no era respetado como literatura. Reconoció que el horror era un género para unos pocos, no para muchos, y nunca escribió para obtener dinero y fama [Realmente ha dejado de interesarme si alguien lee mi basura o no. Solo quiero la diversión de escribirla it has really ceased to be of any interest to me whether anyone reads my junk or not. I want the fun of writing it]. Sin embargo, Lovecraft también estaba preocupado por el horror como una forma de verdad. Y dado que la verdad puede ser dolorosa y potencialmente destructiva, equiparó la verdad con el horror, tanto es así que los horrores más espantosos en su obra siempre son verdades que se revelan al protagonista.

Esta búsqueda de la verdad puede haberle revelado a Lovecraft el terrible conocimiento personal de que su padre murió de sífilis. Basado en el hecho de que muchos de los protagonistas de Lovecraft están involucrados en la investigación genealógica La sombra sobre Innsmouth (The Shadow Over Innsmouth) y El caso de Charles Dexter Ward (The Case of Charles Dexter Ward) son los ejemplos obvios, esta premisa puede tener cierta validez, y de algún modo iluminar la preocupación de Lovecraft por el conocimiento prohibido (ver: La Sombra sobre Innsmouth: del odio racial a la empatía). Esto también podría explicar por qué tantos de sus cuentos tratan sobre la degeneración hereditaria y la cópula de seres humanos con monstruos (ver: El horror hereditario y la enfermedad de Lovecraft)

Dicho esto, un buen escritor [como sin dudas lo era Lovecraft] es conciente del subtexto pero no permite que este se apodere completamente de la historia. En ese sentido estaríamos ante una alegoría, y no es el caso de El Extraño. Por el contrario, Lovecraft detecta claramente el simbolismo del parto y lo utiliza como subtexto de la historia en una especie de diálogo con el subconsciente del lector. En otras palabras, el parto, el acto de nacer, forma parte del subtexto de El Extraño, pero eso no significa que sea una historia alegórica.

A simple vista, El Extraño puede parecer un relato despojado de cualquier código metalingístico, pero lo cierto es que aborda la naturaleza del lenguaje y el arte de contar historias. Inicialmente se nos dice que el Extraño vivía en un mundo de libros y que de esos libros aprendí todo lo que sé. Es interesante notar que, aunque el narrador aparentemente aprendió a leer por sí mismo, nunca pensé en intentar hablar en voz alta. Como nunca habló, simbólicamente no pudo comunicarse ni siquiera consigo mismo. Su búsqueda de la verdad, entonces, toma una forma externa, ya que no puede venir desde adentro. Si hubiera reconocido la verdad, no habría podido comunicársela a los demás ni a sí mismo. Una vez que el Extraño descubre la verdad, emite el primer y último sonido que pronuncié. La verdad, por su propia naturaleza, fuerza la comunicación, incluso si esta toma la forma de un aullido espantoso o, como en el caso del propio Lovecraft, una espantosa historia de terror.




H.P. Lovecraft. I Taller gótico.


Más literatura gótica:
El artícul*: El Extraño de Lovecraft como metáfora del parto fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a ***.com


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NotaPublicado: Jue May 06, 2021 6:23 am 
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El Extraño de Lovecraft como metáfora del parto


El Extraño de Lovecraft como metáfora del parto.




Así como los Mitos de Cthulhu abordan desde diferentes ángulos la insignificancia humana en el universo, y tratan con el horror que supone descifrar algunas verdades cósmicas, H.P. Lovecraft también examinó la naturaleza destructiva del autodescubrimiento en un nivel psicológico más personal (ver: El Extraño de Lovecraft como secuela de La Casa Usher de Poe)

En algún momento de 1921, Lovecraft escribió una de sus historias más interpretadas psicológicamente: El Extraño (The Outsider). En este cuento que parece ser un homenaje a Edgar Allan Poe (ver: Poe y Lovecraft: dos miradas complementarias sobre el Horror), el narrador en primera persona, el Extraño, vive miserablemente, solo, en las entrañas húmedas de un castillo antiguo y en ruinas, con cámaras vastas y lúgubres con tapices marrones y enloquecedoras filas de libros antiguos. El cuento es precedido por la cita de la última estrofa de The Eve of St. Agnes, de John Keats. El objetivo del epígrafe, tal vez, es insinuarle al lector que la historia que está a punto de leer es un sueño (ver: Los sueños como subrutinas del subconsciente en la ficción). De qué otra manera explicar las siguientes incongruencias? Por qué el Extraño pierde la memoria? Cómo se reanimó? Cómo llegó a vivir en un castillo con una biblioteca bien surtida de libros raros ubicado en una caverna subterránea? Cuál es la fuente de luz en la caverna? Por qué su amnesia es selectiva? No sabe quién es pero parece estar en buenas condiciones psicológicas y hasta es capaz de leer.

La historia abre con un primer párrafo críptico sobre una infancia de miedo y tristeza. El siguiente párrafo introduce enigmas adicionales cuando el narrador explica que no sabe dónde nació ni quién lo cuidó. Esta falta de conocimiento, junto con las connotaciones góticas de oscuridad, telarañas, sombras y torres, crea un estado de ánimo de pavor y anticipación por los horrores que se avecinan. Sin embargo, a medida que el narrador intenta alejarse de esta atmósfera, finalmente descubre un terror aún mayor dentro de sí mismo.

El Extraño anhela la luz y la alegría y alguna compañía que no sea la de las silenciosas ratas, murciélagos y arañas que comparten su morada. A veces se aventura al exterior, bajo los árboles oscuros, pero teme adentrarse en el bosque circundante. Por fin se atreve a subir a la decrépita torre que, cree, debe alzarse por encima de los árboles, aunque sólo sea para echar un vistazo a la luna:


Decidí escalar esa torre, aunque pudiera caer, ya que era mejor vislumbrar el cielo y perecer, que vivir sin jamás contemplar el día.


Aferrándose penosamente a la viscosa pared cilíndrica de piedra, el Extraño asciende por la torre. Al abrir una puerta en la cámara superior, encuentra a la luna llena, que nunca antes había visto salvo en sueños y en vagas visiones que no me atrevo a llamar recuerdos. Lo que descubre en lo alto de la torre es tan irracional como un sueño: En lugar de una perspectiva vertiginosa de copas de árboles vistos desde una elevada eminencia, no se extendía a mi alrededor nada menos que el suelo sólido. Caminando por el campo con algún recuerdo latente que hizo que mi progreso no fuera del todo fortuito, el Extraño finalmente llega a un venerable castillo cubierto de hiedra en un espeso parque arbolado; enloquecedoramente familiar, pero lleno de desconcertante extrañeza (ver: Lo Siniestro en la ficción: cuando lo familiar se vuelve extraño). Dentro del salón iluminado ve una compañía vestida de forma extraña; evidentemente se trata de algún tipo de fiesta o baile. El Extraño entra en el salón por una ventana, solo para ver a la alegre multitud convertirse en una manada de fugitivos delirantes, gritando y huyendo de una repentina amenaza.

Aquí Lovecraft emplea un recurso frecuente en sus relatos: hacer que el narrador esté muy por detrás del lector en darse cuenta de lo que está sucediendo. El Extraño ve movimiento más allá de la puerta de arco dorado que conduce a otra habitación algo similar, y se acerca, viendo allí una presencia espantosa, el eidolon pútrido y goteante de la revelación malsana; la espantosa desnudez de lo que la tierra misericordiosa siempre debe esconder... Una parodia lasciva y aborrecible de la forma humana. Tropezando, el Extraño inadvertidamente extiende la mano y toca la la cosa en el arco y, experimentando una única y fugaz avalancha de recuerdos aniquiladores, huye de regreso a su torre, tratando en vano de abrir la trampilla de piedra. Negado el regreso a su morada, se entrega a su situación: Ahora cabalgo con los burlones y amistosos ghouls en el viento de la noche, dice amargamente.

El cuento termina con una revelación que el lector probablemente ya ha adivinado en este punto. Cuando el Extraño se acercó al monstruo en el marco dorado, extendió sus dedos y tocó una superficie fría e inflexible del vidrio pulido; es decir, de un espejo. Aquí hay una clara reminiscencia a la escena en la que Frankenstein, de Mary Shelley, observa su reflejo en el agua y descubre que es un monstruo.

Si bien El Extraño puede interpretarse psicológicamente de diversas maneras, sobre todo dentro de los esquemas de Sigmund Freud y Carl Jung [la torre como el canal del parto, el viaje hacia la luz como la búsqueda de la integración de la psique, etc.] lo que observamos aquí va un poco más allá (ver: H.P. Lovecraft vs. Freud: la interpretación de los sueños según Cthulhu). El Extraño, al tocar el espejo, no se encuentra simplemente a sí mismo [ya que, por supuesto, no existe tal ser integrado] sino un repositorio de paradojas.

No cabe duda de que la figura que el Extraño ve en el espejo es un cadáver. En esa revelación, entonces, el Extraño, que busca la restauración de la vida y el paso del tiempo, se da cuenta de lo que realmente hay detrás la vida: un mero cadáver.

Apenas podemos leer el título de este cuento sin advertir que se trata de una oposición binaria entre lo externo y lo interno, una suplementariedad espacial en la que lo interno parece tener un privilegio sobre lo externo. El Extraño [Ousider] anhela estar dentro, en medio de la vida. Esta bipolaridad opera junto a otra, el contraste entre la luz y la oscuridad, con la luz como un polo aparentemente privilegiado, asociado a los interiores que ansía el narrador en la fiesta, y la oscuridad que caracteriza al exterior del que quiere escapar. En la denominación del Extraño, además, se encuentran conexiones etimológicas tan interesantes como problemáticas, sugiriendo en todo momento esas oposiciones espaciales en cuya tensión prospera el relato.

Out deriva de la raíz indoeuropea ud, que además de afuera, exterior, también significa arriba. El escalado de la torre mortal [en términos de metáfora del canal de parto] sugiere que arriba está afuera, pero tendremos motivos para preguntarnos si esto realmente es así. La misma raíz da lugar a un enunciado, una noción antitética a las autodescripciones del Extraño, quien en un momento asegura que nunca había pensado en intentar hablar en voz alta. En el momento en el que ve al monstruo en el espejo, naturalmente, sin saber que era un espejo, sostiene que ese fue el primer y último sonido que jamás pronunció: un aullido espantoso. En serio? Nunca? El Extraño no solo dice que nunca habló en voz alta, sino que nunca se le ocurrió hacerlo. Por qué? Podemos aceptar que, en su soledad, no tenía la necesidad de hablar, o también que en esa especie de simbólica vida intrauterina, prenatal, en el interior del castillo, aun no sabía hablar, y, por lo tanto, el deseo o la intención de hablar estaban ausentes en él (ver: Horror Uterino: descenso hacia el inconsciente colectivo)

En la palabra Outsider también encontramos el término side, sugiriendo un movimiento lateral, indirecto, furtivo, como si algo se moviera tal como el relato se mueve. Como veremos, aquí no hay interiores o exteriores fijos, y cualquier movimiento textual hacia tales supuestos [interiores o exteriores] sólo puede ser, de hecho, una fuga.

Es significativo que, al principio de la historia, el problema del Extraño resida en el hecho de que está dentro, en la prisión de su lúgubre casa cubierta de telarañas, su castillo sepulcral (ver: La Casa como entidad orgánica y consciente en el Gótico). Espacialmente, es un Extraño solo en tránsito, tanto cuando se encuentra entre su interior inicial (el castillo en ruinas) y su nuevo interior (el salón iluminado). Literalmente está afuera solo en el campo abierto que une esos espacios. De la manera en que el texto subvierte sus propios simbolismos espaciales, el Extraño es más Extraño cuando está dentro, y menos cuando está en el exterior, cuando ha dejado atrás el castillo y tiene, al menos, la esperanza de encontrar compañía y alegría. Al final de la caminata, está nuevamente adentro, en medio de la alegre compañía. En su presencia, sin embargo, se vuelve un Extraño más que nunca: es temido, rechazado, aborrecido.

La alegre compañía se ha convertido en una manada de fugitivos delirantes, es decir, en una multitud de extraños mientras él permanece en el pasillo. Tal vez, al escalar la torre y salir de su espacio seguro, el narrador ha ganado la oportunidad de conocerse a sí mismo, y de hecho lo hace, literalmente, al verse en el espejo. La alegre compañía, sin embargo, cada miembro de la cual sin duda se ha mirado en el mismo espejo en el transcurso de la noche, no puede haber encontrado allí nada que aprender sobre sí mismos.

La supuesta adquisición de autoconocimiento por parte del Extraño está repleta de dificultades. Aunque experimenta una única y fugaz avalancha de recuerdos que aniquilan el alma, los pierde en el momento siguiente: Olvidé lo que me había horrorizado, y el estallido de memoria negra se desvaneció en un caos de imágenes repetidas. No obstante, sí recuerda lo que ha visto en el espejo; por lo tanto, esa experiencia debería haberlo integrado. Sin embargo, el Extraño es una mezcla de cualidades textuales apenas caracterizable en términos reduccionistas, por ejemplo, poseer un Yo. No hay una naturaleza única presente en la criatura que está frente al espejo luchando por comprender lo que ve. Es incluso arbitrario referirse a él en términos masculinos. Cómo sabemos que el Extraño no es una mujer? (ver: El asesino de El corazón delator es mujer?)

Lovecraft solo utiliza el pronombre he, él, dos veces en el relato; más precisamente en la apertura, pero no en relación al Extraño:


Unhappy is he to whom the memories of childhood bring only fear and sadness. Wretched is he who looks back upon lone hours in vast and dismal chambers with brown hangings and maddening rows of antique books.

[Infeliz es aquel a quien los recuerdos de la infancia solo le traen miedo y tristeza. Miserable es aquel que mira hacia atrás y ve horas solitarias en vastas y lúgubres cámaras con cortinas marrones y enloquecedoras filas de libros antiguos]


Sin embargo, las mujeres en los cuentos de Lovecraft son una rareza, lo cual hace que sea casi seguro que el narrador sea un varón (ver. Feminismo y misoginia en Lovecraft). No obstante, esto es un sueño, una pesadilla, lo cual nos permite preguntarnos lo siguiente y, al mismo tiempo, evadir cualquier respuesta concluyente: La revelación del Extraño ante el espejo no podría ser el descubrimiento de que es mujer? Eso sería verdaderamente horroroso desde la perspectiva de Lovecraft (ver: Atrapado en el cuerpo equivocado: la identidad de género en el Horror).

Ahora bien, el proceso de autodescubrimiento del Extraño ante el espejo es defectuoso. Todavía posee lo suficiente de su mentalidad anterior como para regresar al castillo en ruinas e intentar reabrir la trampilla en la habitación de la torre. Se une a los ghouls sólo cuando se ve incapaz de volver a su estado habitual. Por otro lado, la alegre compañía parece no tener ninguna experiencia mental, excepto la primaria: el miedo; aunque podemos deducir que algo sí han aprendido de la parodia lasciva y aborrecible de la forma humana que es el Extraño. Al menos, en un nivel inconsciente, deben saber que el Extraño es aquello en lo que ellos mismos se convertirán algún día. A esta especie de autoconocimiento sólo pueden responder huyendo, curiosamente, huyendo simbólicamente de sí mismos.

El hecho de que el Extraño experimente una especie de revelación ante el espejo simboliza la falta de un Yo preexistente. Los espejos reflejan, iteran, multiplican, o, quizás más exactamente, reflejan las iteraciones que encuentran. El espejo en la sala iluminada se encuentra dentro de un gran marco dorado, y por lo tanto pretende enmarcar o fijar la imagen del Extraño. Si algo está enmarcado aquí, paradójicamente, es la imposibilidad de que el Extraño permanezca de pie, sin ambigedades, retratado dentro de los límites de un marco.

Si la condición del Extraño [externidad vs. interioridad, autoconocimiento vs. autoignorancia] es indeterminada, entonces debemos reconocer que no lo es menos que sus propios sentimientos sobre esa condición. Casi al comienzo del cuento, al lamentarse de la soledad de sus aposentos, dice: y, sin embargo, estoy extrañamente contento, y me aferro desesperadamente a esos recuerdos amargos, cuando mi mente amenaza momentáneamente con ir más allá. Este más allá es presumiblemente la avalancha de recuerdos ruinosos que despertarán más adelante ante el espejo; es decir, al recibir la mirada del Otro, en este caso, un Otro inmerso en sí mismo..

Jacques Lacan se refiere a este interesante proceso de externalización por el cual el niño, a través de la adquisición y la inmersión en el lenguaje, llega a verse a sí mismo a través de los ojos de la estructura social circundante. A través de este proceso uno llega a codificarse a sí mismo como Yo, una codificación que sólo es posible a través del lenguaje. Este proceso, para cualquiera, y ciertamente para el Extraño, está plagado de paradojas (ver: Lovecraft y las lenguas prehumanas)

En la teoría psicoanalítica de Lacan, el niño primero genera un Yo Ideal temprano que interactuará con el Yo posterior y más socializado. Pero el Extraño de Lovecraft, cuyas cámaras ancestrales no contienen espejos, nota cambios en este patrón al experimentar el encuentro en el espejo después de su desastrosa introducción en la sociedad. Como un niño, se niega a ser sistematizado, aunque está extrañamente contento cuando su mente amenaza con ir más allá , es decir, cuando su mente se inclina hacia la esperanza [insatisfactoria, por cierto] del autoconocimiento a través de la sociedad y el lenguaje. De hecho, el Extraño comenta lo siguiente al irrumpir en la fiesta: Al parecer, nunca antes había escuchado el habla humana; y sólo podía adivinar vagamente lo que se decía. Siendo un recién nacido, simbólicamente, es lógico que así sea.

Y en el momento en que ve su cuerpo monstruoso en el espejo dice: Ni siquiera puedo insinuar cómo era, aunque continúa haciéndolo, aparentemente sin darse cuenta de lo que hace. Es un forastero errante y torpe, un Extraño en la tierra del lenguaje. Pero, de nuevo, es más un outsider cuando está dentro. Está más exteriorizado por la contención.

El Extraño, que bien puede ser uno de los cuentos de Lovecraft más profundamente psicológicos, es también uno de las más alegóricos. La búsqueda de la luz por parte del narrador y el descubrimiento final de una verdad espantosa y dolorosa subraya el concepto de Lovecraft del poder destructivo del conocimiento. Si El Extraño realmente debe interpretarse como un sueño, la historia también ilustra el poder de la imaginación para descubrir la verdad. Desde el principio, el narrador, como una polilla, está obsesionado con un anhelo de luz. Esta es una inversión interesante de la búsqueda de la verdad en El modelo de Pickman (Pickmans Model), donde la figura del artista aborda la misma búsqueda de la verdad, pero en la oscuridad (ver: De la luz a la oscuridad: psicología de El modelo de Pickman)

El código de acción en El Extraño también es inverso al de El modelo de Pickman, donde los protagonistas encuentran el terror al descender a las profundidades, mientras que el Extraño encuentra la verdad y el horror al ascender a la superficie. De hecho, su largo y arduo ascenso a través del interior de la torre, como hemos visto, se asemeja a un viaje a través del canal de parto (ver: El cuerpo de la mujer en el Horror). Lovecraft era conciente de esa analogía, tal es así que, el Extraño emerge a la luz de la luna llena, sin saber quién era o qué era, o cuál podría ser mi entorno. Observando su búsqueda de la verdad desde una perspectiva psicológica, el Extraño es como un recién nacido que acaba de entrar en un mundo extraño, aterrador y maravilloso, lleno de luz. Su primer atisbo de la verdad lo sorprende. En este punto, el Extraño, como el recién nacido, ve el universo simplemente como una extensión de sí mismo. Y así como cuando el niño eventualmente debe descubrir la verdad: que él es solo una pequeña parte del universo, sufre al aceptarlo, tanto como el Extraño sufre al descubrir su lugar entre los demás. La mirada que recibe de los Otros, esta especie de familia simbólica, es de rechazo (ver: Las familias extrañas de Lovecraft)

El código cultural también entra en juego en la historia cuando el Extraño descubre que es una instancia diferente de lo que la sociedad considera normal. Lovecraft era un elitista en muchos aspectos, y se veía a sí mismo separado de lo que llamaba la manada. Ateo declarado desde la infancia, sin duda se sintió aislado de sus prójimos, y se volvió hacia la imaginación como refugio pero también como herramienta para encontrar la verdad. Esto, junto con la creencia impuesta por su madre de que era espantoso y feo, le da ciertos elementos autobiográficos a la historia, ya que Lovecraft sabía de primera mano lo que era sentirse diferente (ver: Por qué a Lovecraft lo vestían de niña?)

Al igual que un niño, el Extraño aprende que la humanidad no siempre es hermosa, y que a menudo es horrible y grotesca. Si bien la mayoría de las personas aceptan esta dolorosa realidad, el Extraño no puede enfrentarla y trata de regresar al santuario de su útero simbólico, que naturalmente ahora está cerrado para él. Sin embargo, y a pesar del dolor que acompaña el descubrimiento de la verdad, el narrador no se arrepiente. De hecho, para él es mejor apenas vislumbrar el cielo que vivir sin contemplar el día. Al final, está satisfecho, a pesar de su dolor, dice: Estoy extrañamente contento y me aferro desesperadamente a esos recuerdos amargos. Esta idea refleja lo que pensaba Lovecraft sobre la vida, una especie de tranquilidad en la convicción científica de que nada importa demasiado (ver: Horror Cósmico: qué es, cómo funciona, y por qué el tamaño sí importa)

Además de todo esto, es bueno recordar que Lovecraft era un outsider literario que trabajaba en un género, y dentro de un formato, que no era respetado como literatura. Reconoció que el horror era un género para unos pocos, no para muchos, y nunca escribió para obtener dinero y fama [Realmente ha dejado de interesarme si alguien lee mi basura o no. Solo quiero la diversión de escribirla it has really ceased to be of any interest to me whether anyone reads my junk or not. I want the fun of writing it]. Sin embargo, Lovecraft también estaba preocupado por el horror como una forma de verdad. Y dado que la verdad puede ser dolorosa y potencialmente destructiva, equiparó la verdad con el horror, tanto es así que los horrores más espantosos en su obra siempre son verdades que se revelan al protagonista.

Esta búsqueda de la verdad puede haberle revelado a Lovecraft el terrible conocimiento personal de que su padre murió de sífilis. Basado en el hecho de que muchos de los protagonistas de Lovecraft están involucrados en la investigación genealógica La sombra sobre Innsmouth (The Shadow Over Innsmouth) y El caso de Charles Dexter Ward (The Case of Charles Dexter Ward) son los ejemplos obvios, esta premisa puede tener cierta validez, y de algún modo iluminar la preocupación de Lovecraft por el conocimiento prohibido (ver: La Sombra sobre Innsmouth: del odio racial a la empatía). Esto también podría explicar por qué tantos de sus cuentos tratan sobre la degeneración hereditaria y la cópula de seres humanos con monstruos (ver: El horror hereditario y la enfermedad de Lovecraft)

Dicho esto, un buen escritor [como sin dudas lo era Lovecraft] es conciente del subtexto pero no permite que este se apodere completamente de la historia. En ese sentido estaríamos ante una alegoría, y no es el caso de El Extraño. Por el contrario, Lovecraft detecta claramente el simbolismo del parto y lo utiliza como subtexto de la historia en una especie de diálogo con el subconsciente del lector. En otras palabras, el parto, el acto de nacer, forma parte del subtexto de El Extraño, pero eso no significa que sea una historia alegórica.

A simple vista, El Extraño puede parecer un relato despojado de cualquier código metalingístico, pero lo cierto es que aborda la naturaleza del lenguaje y el arte de contar historias. Inicialmente se nos dice que el Extraño vivía en un mundo de libros y que de esos libros aprendí todo lo que sé. Es interesante notar que, aunque el narrador aparentemente aprendió a leer por sí mismo, nunca pensé en intentar hablar en voz alta. Como nunca habló, simbólicamente no pudo comunicarse ni siquiera consigo mismo. Su búsqueda de la verdad, entonces, toma una forma externa, ya que no puede venir desde adentro. Si hubiera reconocido la verdad, no habría podido comunicársela a los demás ni a sí mismo. Una vez que el Extraño descubre la verdad, emite el primer y último sonido que pronuncié. La verdad, por su propia naturaleza, fuerza la comunicación, incluso si esta toma la forma de un aullido espantoso o, como en el caso del propio Lovecraft, una espantosa historia de terror.




H.P. Lovecraft. I Taller gótico.


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El artícul*: El Extraño de Lovecraft como metáfora del parto fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a ***.com


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