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 Asunto: El 252 de la Rue M. Le Prince: Ralph Adams Cram; relato y an
NotaPublicado: Dom Sep 25, 2022 8:25 am 
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El 252 de la Rue M. Le Prince: Ralph Adams Cram; relato y análisis.


El 252 de la Rue M. Le Prince: Ralph Adams Cram; relato y análisis.




El 252 de la Rue M. Le Prince (No. 252 Rue M. Le Prince) es un relato de fantasmas del escritor norteamericano Ralph Adams Cram (1863-1942), publicado en la antología de 1895: Espíritus negros y blancos (Black Spirits and White).

El 252 de la Rue M. Le Prince, uno de los mejores cuentos de Ralph Adams Cram, continúa parte del discurso de muchas historias de fantasmas norteamericanas de la época que involucran a un acaudalado protagonista estadounidense en Francia. También es una de esas historias en las que quedan muchas cosas por explicar, si no todas. En cualquier caso, Ralph Adams Cram evoca un memorable incidente extraño [ver: Psicología de las Casas Embrujadas]

El 252 de la Rue M. Le Prince es narrado en primera persona. El amigo del narrador, Eugene Marie dArdeche, abandona Boston después de enterarse de que una tía francesa, Mle. De Tartas, ha muerto y le dejó una antigua mansión en París, conocida en la zona como la Bouche dEnfer [la boca del infierno]. Esto lo desconcertó, ya que dArdeche y su tía no estaban en buenos términos.

Si bien dArdeche tiene algunos conocimientos en las artes ocultas [que para la mirada occidental del siglo XIX también incluyen al budismo], su tía parece haber estado seriamente involucrada en el ocultismo y el esoterismo. La casa, situada en el número 252 de la Rue M. Le Prince, era el sitio de reunión para toda clase de ritos negros. El vecindario, por supuesto, miraba con recelo a la señorita De Tartas.

Una vez al año, durante Walpurgisnacht, lujosos carruajes se reunían frente al número 252 de la Rue M. Le Prince para una noche de ritos y música pagana. Algunos vecinos de las propiedades adyacentes aseguran haber escuchado cánticos oscuros. También está el asunto del visitante habitual de la tía, el Rey de los Hechiceros: Sar Torrevieja, descrito vagamente como un gitano. En el testamento, Mle. De Tartas le entrega a Torrevieja todo el contenido de la casa, pero no la casa. Los vecinos lo veían entrar frecuentemente en la propiedad, pero nunca, a pesar de haber organizado una estricta vigilancia, lo vieron salir [ver: Casas como metáfora de la psique en el Horror]

DArdeche tiene problemas para alquilar el lugar. Los inquilinos anteriores terminaron en el hospital y los vecinos piensan que el lugar está embrujado, pero nadie puede explicar cómo está embrujado. Los impuestos sobre la propiedad son agobiantes, por lo que dArdeche realmente necesita conseguir un inquilino. En este contexto, invita a un par de amigos estudiantes de medicina, así como al narrador, para pasar la noche en la casa y tratar de resolver el misterio [ver: La Casa como entidad orgánica y consciente en el Gótico]

Ralph Adams Cram nos da una exquisita descripción de la casa. Al parecer, hay tres habitaciones muy extrañas y una bastante ordinaria. Una de ellas está recubierta de laca negra muy brillante. Otra es circular, su cúpula y paredes son azules y estampadas con estrellas doradas. En medio de esa habitación hay una gran figura de una mujer desnuda cubierta con laca roja. Sus proporciones son grotescamente distorsionadas. Otra habitación está cubierta de cobre, deslustrado por el paso del tiempo. Los cuatro hombres toman cada uno una habitación para pasar la noche. En la habitación sencilla, el narrador no puede mantenerse despierto, ni siquiera puede mantener encendida la lámpara y su pipa. Se siente oprimido por una negrura creciente. Dos ojos grandes y extraños ojos aparecen en la oscuridad. Luego es besado por una boca húmeda y helada, como la de una sepia muerta, informe, gelatinosa. Siente un frío intenso al ser envuelto por esta sustancia gelatinosa, y poco a poco experimenta la sensación de que la vida le está siendo succionada del cuerpo. Cree que está muriendo, que su vida está siendo arrebatada por un súcubo [ver: Black Goo y otras monstruosidades amorfas en la ficción]

Entonces el narrador despierta en el hospital. Parece que ninguno de sus compañeros, a pesar de haber estado en las habitaciones más extrañas, vio algo inusual. Solo después de advertir que el narrador no estaba respondiendo sus llamadas irrumpen en la habitación [cuya puerta estaba cerrada por dentro]. Ven que el piso y las paredes están cubiertas con una sustancia espesa, pegajosa, repugnante. El aire es almizclado. Llevan al narrador al hospital, quien está inconsciente. Luego nos enteramos que la casa se ha incendiado en su ausencia.

El lector moderno de El 252 de la Rue M. Le Prince de Ralph Adams Cram quizás se descubra al final de la historia con muchas expectativas frustradas. Después de todo, no llegamos a ver al Rey de los Hechiceros, ningún rito pagano; tampoco sabemos nada de la entidad proteica que casi mata al narrador. Pero podemos hacer algunas conjeturas.

Qué sacó Torrevieja de la casa? Probablemente algún tipo de sello que contenía al súcubo, haciéndolo suceptible a los ritos pero sin permitirle traspasar del todo a nuestro plano. Por qué los vecinos solo ven a Torrevieja entrando en la casa, pero nunca saliendo? Es lícito asumir que hay, por lo menos, una entrada secreta [por lo el Hechicero bien pudo entrar y salir sin ser visto la noche del ataque]. Por qué se quemó la casa? Quizás a Torrevieja se le fueron las cosas de las manos, y debió recurrir al fuego para matar a la entidad; quizás él mismo fue consumido por las llamas. Realmente no lo sabemos.

Es interesante que la casa sea conocida como la Boca del Infierno y que la entidad que se manifiesta allí actúe como una especie de jugo gástrico infernal que trata de licuar y digerir a sus víctimas. Es un lindo detalle.

El lenguaje y el estilo de El 252 de la Rue M. Le Prince de Ralph Adams Cram son asombrosamente modernos, aún tratándose de un relato de fantasmas del siglo XIX sobre una Casa Embrujada, uno de los temas centrales de la literatura gótica. Curiosamente, no tenemos al típico narrador racionalista, incluso cientificista, que se muestra rabiosamente escéptico de lo sobrenatural [hasta que es castigado por aquello que su discurso desacredita]; sino más bien cuatro sujetos educados que no descartan la posibilidad de lo sobrenatural. Paradójicamente, esto es lo más racional si tienes una tía fallecida que practicaba las artes negras en su mansión francesa y decides pernoctar allí para descubrir qué está sucediendo. Lo más racional, en ese caso, es proceder con disimulada credulidad [ver: El ABC de las historias de fantasmas]

Hay una brillante descripción de las habitaciones de la casa [Ralph Adams Cram fue un reconocido arquitecto del renacimiento gótico. Diseñó varios edificios y catedrales en toda Nueva Inglaterra], sobre todo del mural de esta gigantesca hembra arrodillada que se extiende a través del techo, con los brazos rodeando a los ocupantes mientras los mira con lascivia [ver: La Casa Embrujada como representación del cuerpo de la mujer]; y de los cuartos revestidos de cobre, los pilares de basalto, los pisos de mármol con incrustaciones de un pentagrama monstruoso. Parece que Torrevieja despojó a la propiedad de ídolos y accesorios típicos de la práctica de la nigromancia.

Si bien El 252 de la Rue M. Le Prince puede disfrutarse perfectamente sin conocer sus intenciones secretas, también hay que decir que se trata de un homenaje [casi una reelaboración] del clásico de Edward Bulwer-Lytton: La casa de los espíritus (The Haunted and the Haunters); el cual se menciona en el cuento de Ralph Adams Cram. Su mayor virtud, quizás, es abordar el cuerpo femenino prescindiendo de la misoginia típica del género, pero conservando las ansiedades góticas tradicionales [ver: El cuerpo de la mujer en el Gótico]



El 252 de la Rue M. Le Prince.
No. 252 Rue M. Le Prince, Ralph Adams Cram (1863-1942)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Cuando en mayo de 1886 me encontré por fin en París, naturalmente decidí entregarme a la caridad de un viejo amigo mío, Eugene Marie dArdeche, que había abandonado Boston hacía un año, o más, al recibir la noticia de la muerte de una tía que le había dejado sus bienes. Me imagino que esta ganancia inesperada lo sorprendió, porque las relaciones con su tía nunca habían sido cordiales, a juzgar por los comentarios de Eugene sobre la dama, que era, al parecer, una anciana más o menos malvada y bruja, con una inclinación a la magia negra, al menos ese era el informe común.

Nadie podía decir por qué debería dejarle todas sus propiedades a dArdeche, a menos que ella sintiera que sus tendencias hacia el budismo y el ocultismo podrían algún día llevarlo a su propia altura impía de cuestionable iluminación. Sin duda, dArdeche la calificó de mala, estando él mismo en ese estado de exaltación entusiasta que a veces acompaña a la afición juvenil por el ocultismo; pero a pesar de su actitud distante y repelente, Mlle. Blaye de Tartas lo convirtió en su único heredero, ante la violenta ira de un viejo cuestionable conocido por la infamia como Sar Torrevieja, el Rey de los Hechiceros.

Este viejo malévolo, cuyo rostro gris y astuto se veía a menudo en la Rue M. le Prince durante la vida de Mlle. de Tartas, esperaba disfrutar de su pequeña riqueza después de su muerte; y cuando parecía que ella le había dejado el contenido de la lúgubre y vieja casa en el Quartier Latin, dando la casa misma y todo lo demás que ella poseía a su sobrino en América, el Sar procedió a sacar todo del lugar, y luego maldecirlo elaborada y comprensivamente, junto con todos aquellos que deberían morar allí.

Después de lo cual desapareció.

Este episodio fue la última palabra que recibí de Eugene, pero sabía el número de la casa, 252 Rue M. le Prince. Así que, después de un día o dos dedicados a una primera inspección de París, comencé a cruzar el Sena para encontrar a Eugene y obligarlo a hacer los honores de la ciudad.

Todo el que conoce el Barrio Latino conoce la Rue M. le Prince, que sube la colina hacia el Jardín de Luxemburgo. Está lleno de casas y rincones extraños, o lo estaba en el 86, y ciertamente el número 252 era, cuando lo encontré, tan extraño como cualquier otro. No era más que una puerta, un arco negro de piedra entre dos casas nuevas pintadas de amarillo. El efecto de este trozo de mampostería del siglo XVII, con sus puertas viejas y sucias, y la linterna rota y oxidada que sobresalía demacrada y sombría sobre la estrecha acera, era, en su marco de yeso fresco, extremadamente siniestro.

Me pregunté si me había equivocado de número; era bastante evidente que nadie vivía detrás de esas telarañas. Entré en uno de los nuevos hoteles y entrevisté al conserje. No, M. dArdeche no vivía allí, aunque sin duda era dueño de la propiedad; él mismo residía en Meudon, en la casa de campo de la difunta Mlle. de Tartas. Le gustaría saber el número y la calle?

Por supuesto, así que tomé la tarjeta que me escribió el conserje y partí inmediatamente hacia el río, a fin de tomar un barco de vapor para Meudon.

Por una de esas coincidencias que ocurren tan a menudo, siendo bastante inexplicables, no había dado veinte pasos por la calle cuando corrí directamente a los brazos de Eugene dArdeche. En tres minutos estábamos sentados en el pequeño y extraño jardín del Chien Bleu, bebiendo vermut y absenta, y hablando de todo.

No vives en la casa de tu tía? dije al fin.

No, pero si este tipo de cosas continúa, tendré que hacerlo. Me gusta mucho más Meudon, y la casa es perfecta, está completamente amueblada y no tiene nada más nuevo que el siglo pasado. Tienes que venir conmigo esta noche. He arreglado una habitación alegre para mi Buda. Pero hay algo mal con esta casa de enfrente. No puedo mantener ni un inquilino en ella. En realidad, he tenido tres en solo seis meses. Han circulado historias de que está embrujada.

Me reí y pedí más vermut.

Está bien. Está embrujada, lo suficiente como para mantenerlo vacía, y la parte divertida es que nadie sabe cómo está embrujada. Nunca se ve nada, no se escucha nada. Por lo que pude averiguar, la gente simplemente tiene miedo allí, y se sienten tan mal que muchos han ido al hospital después. Así que la casa está vacía, y como cubre un terreno considerable y está sujeta a muchos impuestos, no sé qué hacer al respecto. Creo que se la daré a ese hijo del pecado, Torrevieja, o me iré a vivir en ella yo mismo. No me importan los fantasmas.

Alguna vez te quedaste allí?

No, pero siempre tuve la intención de hacerlo, y de hecho vine hoy para ver a un par de tipos sinvergenzas que conozco, Fargeau y Duchesne, médicos en el Hospital Clínico en el Parc Mont Souris. Me prometieron que pasarían la noche conmigo en la casa de mi tía, que por aquí se la llama la Bouche dEnfer. Ven conmigo, luego podemos cruzar el río hasta Vefours y almorzar, puedes recoger tus cosas en el Chatham, e iremos a Meudon, donde por supuesto pasarás la noche conmigo.

El plan me convenía perfectamente, así que subimos al hospital, encontramos a Fargeau, quien declaró que él y Duchesne estaban listos para cualquier cosa. El jueves siguiente estarían fuera de servicio por la noche, y ese día se unirían en un intento de burlar al diablo y aclarar el misterio del número 252.

El americano viene con nosotros? preguntó Fargeau.

Por supuesto repliqué, tengo la intención de ir. DArdeche; me niego a que me desanimes. Esta es una oportunidad para que hagas los honores de tu ciudad. Muéstrame un fantasma real, y perdonaré a París por haber perdido el Jardín Mabille.

Así que se resolvió.

Más tarde bajamos a Meudon y cenamos en la terraza de la villa, que era todo lo que había dicho dArdeche, y más, tan absoluta era su atmósfera como la del siglo XVII. Durante la cena, Eugene me contó más sobre su difunta tía y los extraños sucesos en la vieja casa.

La señorita Blaye vivía, al parecer, sola, a excepción de una sirvienta de su misma edad; una criatura severa y taciturna, con enormes rasgos bretones y una lengua rápida, cada vez que se dignaba usarla. Nunca se vio a nadie entrar por la puerta del número 252 excepto a Jeanne, la criada, y al Sar Torrevieja, este último viniendo constantemente de no se sabe dónde, y siempre entrando, nunca saliendo.

De hecho, los vecinos, que durante once años habían visto al viejo hechicero acercarse sigilosamente casi todos los días, declararon a gritos que nunca lo habían visto salir de la casa. Una vez, cuando decidieron hacer guardia, el vigilante, nada menos que Maitre Garceau del Chien Bleu, después de tener la vista fija en la puerta desde las diez de la mañana, momento en que llegó el Sar, hasta las cuatro de la tarde, estuvo a punto de desmayarse cuando la siniestra figura de Torrevieja se deslizó maliciosamente a su lado con un seco Perdón, Monsieur; y desapareció de nuevo por la puerta negra.

Esto era curioso, porque el número 252 estaba completamente rodeado de casas, sus únicas ventanas daban a un patio al que ningún ojo podía mirar desde los hoteles de la Rue M. le Prince y la Rue de lEcole. Su misterio era una de las mejores posesiones del Barrio Latino.

Una vez al año se rompía la austeridad del lugar, y los habitantes de todo el barrio se quedaban boquiabiertos viendo llegar muchos carruajes hasta el número 252, casi todos privados, no pocos con escudos en los paneles. De ellos descendían figuras femeninas veladas y hombres con cuellos altos. Luego se oían curiosos sonidos de música desde el interior, y aquellos cuyas casas se unían a las paredes del No. 252 se hicieron populares, porque al apoyar la oreja se podía escuchar claramente una música extraña, y el sonido de monótonas voces cantando. Al amanecer partía el último huésped, y durante un año el hotel de la señorita Tartas guardaba un ominoso silencio.

Eugene declaró que creía que era una celebración de Walpurgisnacht, y ciertamente las apariencias favorecían tal fantasía.

Lo raro de todo este asunto dijo es el hecho de que todo el mundo en la calle jura que hace un mes, mientras yo estaba de visita en Concarneau, la música y las voces volvieron a oírse, como cuando mi venerada tía estaba viva. La casa estaba perfectamente vacía, como te digo, así que es muy posible que las buenas personas estuvieran disfrutando de una alucinación.

Debo reconocer que estas historias no me tranquilizaron; de hecho, a medida que se acercaba el jueves, comencé a arrepentirme de mi determinación de pasar la noche en la casa. Sin embargo, era demasiado vanidoso para echarme atrás, y la perfecta frialdad de los dos médicos, que corrieron el martes a Meudon para hacer algunos arreglos, me hizo obligó a mantener mi palabra.

Supongo que creía más o menos en fantasmas, estoy seguro que ahora creo en ellos, de hecho hay pocas cosas en las que no puedo creer. Me habían pasado dos o tres cosas inexplicables y, aunque esto fue antes de mi aventura con Rendel en Paestum, tenía una fuerte predisposición a creer algunas cosas que no podía explicar.

Bueno, para llegar a la noche memorable del 12 de junio, habíamos hecho nuestros preparativos y, después de depositar una bolsa grande en las puertas del número 252, cruzamos hacia el Chien Bleu, donde Fargeau y Duchesne aparecieron puntualmente, y nos sentamos para la mejor cena que Pere Garceau pudo cocinar.

Recuerdo que sentí que la conversación no era de buen gusto. Hubo historias de faquires indios y malabaristas orientales, asuntos en los que Eugene estaba curiosamente bien instruido. Cada tanto se desviaba hacia los horrores del gran motín de los cipayos y, por lo tanto, hacia reminiscencias de la sala de disección. Para entonces ya habíamos bebido bastante, y Duchesne se lanzó a un relato fotográfico y zolaesco de la única vez (según dijo) en que estuvo poseído por el pánico del miedo; a saber, una noche, hace muchos años, cuando fue encerrado por accidente en la sala de disección del Loucine, junto con varios cadáveres de naturaleza bastante desagradable.

Me aventuré a protestar levemente contra la elección de los temas, siendo el resultado un perfecto carnaval de horrores, de modo que cuando finalmente bebimos nuestro último trago y partimos hacia la Bouche dEnfer, mis nervios estaban en una condición un tanto rocosa.

Eran apenas las diez cuando salimos a la calle. Un viento muerto y caliente se movía en grandes ráfagas por la ciudad, y masas irregulares de vapor barrían el cielo púrpura; una noche del todo desagradable, una de esas noches de lasitud desesperada en las que uno siente, si está en casa, que no quiere hacer otra cosa que beber licor de menta y fumar.

Eugene abrió la puerta chirriante y trató de encender una de las lámparas; pero el viento apagó todos los fósforos, y finalmente tuvimos que cerrar las puertas exteriores antes de que pudiéramos encender una luz. Por fin encendimos todas las linternas y comencé a mirar a mi alrededor con curiosidad.

Estábamos en un pasaje largo y abovedado, en parte calzada, en parte sendero, perfectamente desnudo excepto por los desechos de la calle que se habían arrastrado con los vientos arremolinados. Más allá estaba el patio, un lugar curioso que se volvía aún más curioso por la irregular luz de la luna y el destello de cuatro linternas. Evidentemente, el lugar había sido una vez un palacio muy noble.

Enfrente se levantaba la parte más antigua, un muro de tres pisos de la época de Francisco I, con una gran enredadera cubriendo la mitad. Las alas de uno y otro lado eran más modernas, del siglo XVII, y feas, mientras que hacia la calle no había más que un muro plano e ininterrumpido.

El gran patio estaba desnudo, lleno de trozos de papel arrastrados por el viento, fragmentos de cajas de embalaje y paja, misterioso con luces centelleantes y sombras ostentosas, mientras bajas masas de vapor desgarrado flotaban ocultando y luego revelando las estrellas. Ni siquiera los sonidos de las calles entraban en este lugar parecido a una prisión. Debo confesar que ya empezaba a sentir una ligera disposición hacia los horrores, pero con esa curiosa inconsecuencia que tantas veces ocurre en el caso de los que se asustan deliberadamente, no se me ocurría nada más tranquilizador que esos deliciosos versos de Lewis Carroll:

Justo el lugar para un Snark!
Lo he dicho dos veces, solo eso debería animar a la tripulación.
El lugar perfecto para un Snark!
Lo he dicho tres veces, lo que te digo tres veces es verdad.

Los versos se repetían una y otra vez en mi cerebro con febril insistencia.

Incluso los estudiantes de medicina habían dejado de bromear y estaban estudiando los alrededores con gravedad.

Hay una cosa cierta dijo Fargeau, cualquier cosa podría haber sucedido aquí sin la más mínima posibilidad de descubrimiento. Alguna vez viste un lugar tan perfecto para la anarquía?

Y cualquier cosa podría pasar aquí ahora, con la misma certeza de la impunidad continuó Duchesne, encendiendo su pipa, el chasquido de la cerilla nos sobresaltó a todos. DArdeche, su lamentada pariente ciertamente estaba bien instalada; tenía todo el alcance para sus experimentos tradicionales en demonología.

Maldita sea si no creo que esas mismas tradiciones estaban más o menos basadas en hechos dijo Eugene. Nunca antes había visto el lugar en estas condiciones, pero ahora puedo creer cualquier cosa. Qué es eso?

Nada más que un portazo dijo Duchesne en voz alta.

Bueno, desearía que las puertas no se cerraran de golpe en casas que han estado vacías durante once meses.

Es irritante y Duchesne deslizó su brazo a través del mío; pero debemos tomar las cosas como vienen. Recuerda que tenemos que lidiar no solo con la madera espectral que dejó aquí tu tía, sino también con la maldición de ese gato infernal de Torrevieja. Vamos! Entremos antes de que llegue la hora en que los muertos cubiertos de sábanas chillen y parloteen en estos pasillos solitarios. Enciendan sus pipas, su tabaco es una protección segura contra los cadáveres, y sigan adelante.

Abrimos la puerta y entramos en un vestíbulo de piedra abovedado, lleno de polvo y telarañas.

No hay nada en este piso dijo Eugene, excepto las habitaciones de los sirvientes y las oficinas, y no creo que haya nada malo. De todos modos, nunca escuché que lo hubiera. Subamos las escaleras.

Por lo que pudimos ver, la casa carecía de interés por dentro, toda obra del siglo XVIII, siendo la fachada del edificio principal, junto con el vestíbulo, la única parte de la obra de Francisco I.

El lugar fue quemado durante el Terror dijo Eugene, porque mi tío abuelo, de quien lo heredó mademoiselle de Tartas, era un buen y verdadero monárquico; se fue a España después de la Revolución y no volvió hasta la subida al trono de Carlos X, cuando restauró la casa, y luego murió, muy viejo. Por eso es todo tan nuevo.

El viejo hechicero español a quien la señorita de Tartas había dejado sus bienes personales había hecho su trabajo a conciencia. La casa estaba absolutamente vacía, incluso se habían llevado los armarios y las estanterías empotradas; recorrimos habitación tras habitación, encontrándolas todas absolutamente desmanteladas, quedando sólo las ventanas y puertas con sus marcos, los pisos de parquet y los floridos mantos renacentistas.

Me siento mejor comentó Fargeau. La casa puede estar embrujada, pero ciertamente no lo parece; es el lugar más respetable que se pueda imaginar.

Solo espera respondió Eugene. Estos son solo los apartamentos estatales, que mi tía rara vez usaba, excepto, quizás, en su Walpurgisnacht anual. Ven arriba y te mostraré una mejor puesta en escena.

En este piso, las habitaciones que daban al patio, los dormitorios, eran bastante pequeños (De todos modos, son las malas habitaciones, dijo Eugene), cuatro de ellas de apariencia tan ordinaria como las de abajo. Detrás corría un corredor que conectaba con el pasillo del ala, y desde este se abría una puerta, a diferencia de las otras, cubierta con un paño verde, algo apolillado. Eugene seleccionó una llave del manojo que llevaba, abrió la puerta y, con cierta dificultad, la obligó a abrirse hacia adentro; era tan pesada como la puerta de una caja fuerte.

Ahora dijo, estamos en el mismo umbral del infierno; estas habitaciones eran las profanas de mi tía. Nunca las alquilé con el resto de la casa, sino que las conservo como una curiosidad. Torrevieja las saqueó, como hizo con el resto de la casa, y no queda nada más que las paredes, el techo y el suelo.

El primer departamento era una especie de antesala, un cubo de unos veinte pies por lado, sin ventanas y sin puertas excepto por la que entramos y otra a la derecha. Las paredes, el piso y el techo estaban cubiertos con una laca negra, brillantemente pulida, que destellaba la luz de nuestras linternas en mil reflejos intrincados. Era como el interior de una enorme caja japonesa, y casi igual de vacío. De aquí pasamos a otra habitación, y casi se nos caen las linternas.

La habitación era circular, de unos nueve metros de diámetro, cubierta por una cúpula semiesférica; las paredes y el techo eran de color azul oscuro, salpicados de estrellas doradas. De piso a piso se extendía una figura colosal, en laca roja, de una mujer desnuda y arrodillada, sus piernas estaban abiertas a lo largo, su cabeza tocaba el dintel de la puerta por la que habíamos entrado, sus brazos estaban extendidos y estirados a lo largo de las paredes hasta encontrarse con los largos pies.

La cosa más asombrosa, deforme y absolutamente aterradora, creo, que jamás haya visto.

Del ombligo colgaba un gran objeto blanco, como el tradicional huevo del Roc de Las mil y una noches. El piso también era de laca roja, y en él estaba incrustado un pentagrama del tamaño de la habitación, hecho de anchas tiras de latón. En el centro de este pentagrama había un disco circular de piedra negra, ligeramente en forma de platillo, con una pequeña salida en el medio.

El efecto de la habitación era simplemente abrumador, con esta gigantesca figura roja agachada, los ojos fijos en uno, sin importar su posición. Ninguno de nosotros habló, tan opresivo era todo el asunto.

La tercera habitación era como la primera en dimensiones, pero en lugar de ser negra, estaba completamente revestida con placas de latón: paredes, techo y piso, empañadas ahora y volviéndose verdes, pero aún brillantes bajo la luz de la linterna. En el centro se alzaba un altar oblongo de pórfido, y en un extremo, frente a la serie de puertas, un pedestal de basalto negro.

Esto fue todo. Tres habitaciones, más extrañas que estas, incluso en su vacío, sería difícil de imaginar. En Egipto, en la India, no estarían del todo fuera de lugar, pero aquí en París, en la Rue M. le Prince, eran increíbles.

Volvimos sobre nuestros pasos, Eugene cerró la puerta de hierro, entramos en una de las cámaras delanteras y nos sentamos, mirándonos.

Interesante mujer tu tía dijo Fargeau. Me alegro de que no pasemos la noche en esas habitaciones.

Qué crees que hacía allí? preguntó Duchesne. Conozco algo sobre el arte negro, pero esa serie de habitaciones es demasiado para mí.

Tengo la impresión dijo dArdeche de que la habitación de bronce era una especie de santuario que contenía una imagen u otra sobre la base de basalto, mientras que la piedra de enfrente era en realidad un altar, cuál podría ser la naturaleza del sacrificio? Ni siquiera lo adivino. La sala redonda puede haber sido utilizada para invocaciones y encantamientos. El pentagrama insinúa eso. De todos modos, es todo lo más extraño y de fin de siglo que puedo imaginar. Mira, son casi las doce.

Las cuatro cámaras de este piso de la vieja casa eran las que se decía que estaban embrujadas, las alas eran bastante inocentes y, hasta donde sabíamos, los pisos inferiores. Se dispuso que cada uno ocupara una habitación, dejando las puertas abiertas con las luces encendidas, y al menor grito o golpe todos debíamos correr de inmediato a la habitación de la que podría provenir el sonido de advertencia. Sin duda, no había comunicación entre las habitaciones, pero, como todas las puertas se abrían al pasillo, todos los sonidos eran claramente audibles.

La última habitación cayó sobre mí y la miré cuidadosamente.

Parecía bastante inocente, un dormitorio parisino común, cuadrado, bastante elevado, acabado en madera pintada de blanco, con una pequeña repisa de mármol, un piso polvoriento de arce y cerezo con incrustaciones, paredes cubiertas con un papel francés común, aparentemente nuevo, y dos ventanas con profundos alféizares que daban al patio.

Abrí el batiente con alguna dificultad y me senté en el asiento de la ventana con la linterna apuntando a la única puerta que daba al corredor.

El viento se había calmado y afuera estaba muy silencioso. Hacía calor. Las masas de vapor luminoso se acumulaban densamente en lo alto, ya no impulsadas por las ráfagas de viento. Las grandes masas de frondosas hojas de glicinia, aquí y allá con un segundo capullo de flores púrpura, colgaban muertas sobre la ventana en el aire perezoso. A través de los techos pude oír el sonido de un coche tardío en las calles de abajo.

Volví a llenar mi pipa y esperé.

Durante un tiempo, las voces en las otras habitaciones fueron una compañía, y al principio les gritaba de vez en cuando, pero mi voz resonaba de manera bastante desagradable a través de los largos pasillos, y tenía una forma sugerente de reverberar alrededor del ala izquierda, saliendo por una ventana rota como la voz de otro hombre. Pronto abandoné mis intentos de conversación y me dediqué a la tarea de mantenerme despierto.

No fue fácil.

Por qué comí esa ensalada? Debería haberlo pensado mejor. Me estaba dando un sueño irresistible, y la vigilia era absolutamente necesaria. Ciertamente fue gratificante saber que podía dormir, que mi coraje estaba a mi lado en esa medida, pero en interés de la ciencia debía mantenerme despierto. Casi nunca, al parecer, el sueño me había parecido tan deseable.

Varias veces me encontré dormitando, solo para despertar sobresaltado y descubrir que mi pipa se había apagado. Ni el esfuerzo de volver a encenderla me recompuso. Encendía mi cerilla mecánicamente, y con la primera calada volvía a caer. Fue de lo más irritante.

Me levanté y caminé por la habitación.

Mi posición casi había hecho que mis piernas se durmieran. Apenas podía estar de pie. Me sentía entumecido, como si tuviera frío. Ya no se oía ningún sonido de las otras habitaciones, ni del exterior. Me hundí en mi asiento junto a la ventana. Qué oscuro estaba! Encendí la linterna. Esa pipa otra vez, con qué obstinación seguía apagándose! Mi último fósforo se había ido.

La linterna también se estaba apagando?

Levanté la mano para subirla de nuevo. Se sentía como plomo, y cayó a mi lado.

Entonces me desperté, absolutamente. Recordé la historia de Bulwer-Lytton: La casa de los esíritus.

Intenté levantarme, gritar. Mi cuerpo era como el plomo, mi lengua estaba paralizada. Apenas podía mover los ojos. Y la luz se estaba apagando. No había duda sobre eso. Todo se volvía más y más oscuro; poco a poco, el patrón del papel tapiz fue engullido por la noche que avanzaba. Un entumecimiento punzante se acumuló en cada nervio, mi brazo derecho se deslizó de mi regazo a mi costado, y no pude levantarlo. Se balanceó impotente. Un zumbido fino y agudo comenzó en mi cabeza, como las cigarras en la ladera de una colina en septiembre. La oscuridad venía rápidamente.

Algo me estaba sometiendo, en cuerpo y mente, a una lenta parálisis.

Físicamente ya estaba muerto. Si tan solo pudiera contener mi mente, mi conciencia, aún podría estar a salvo. Pero, podría? Podría resistir el loco horror de este silencio, la oscuridad cada vez mayor, el entumecimiento progresivo? Sabía que, como el hombre de la historia de fantasmas, mi única seguridad estaba aquí.

Había llegado por fin. Mi cuerpo estaba muerto, ya no podía mover los ojos. Estaban fijos en esa última mirada en el lugar donde había estado la puerta, ahora solo una profundización de la oscuridad.

Noche absoluta: el último parpadeo de la linterna se había ido. Me senté y esperé; mi mente todavía estaba aguda, pero, cuánto tiempo duraría? Había un límite incluso para la resistencia al pánico absoluto.

Entonces comenzó el final.

En la negrura aterciopelada aparecieron dos ojos blancos, lechosos, opalescentes, pequeños, lejanos, ojos espantosos, como un sueño muerto. Más hermoso de lo que puedo describir, los copos de llama blanca se movían desde el perímetro hacia adentro, desapareciendo en el centro, como un flujo interminable en un túnel circular. No podría haber movido mis ojos si hubiera poseído el poder. Cada vez más grandes, los ojos se fijaron en mí, avanzando, haciéndose más hermosos, los copos blancos de luz barriéndose rápidamente en los vórtices ardientes, la espantosa fascinación se profundizaba en su demencial intensidad a medida que los ojos blancos y vibrantes se acercaban, se agrandaban.

Como un espantoso e implacable motor de muerte, los ojos del Horror desconocido se hincharon y dilataron hasta quedar muy cerca de mí, enormes, terribles, y sentí un lento, frío, húmedo aliento impulsado con mecánica regularidad contra mi rostro, envolviéndome en su niebla fétida, en su letalidad de osario.

Con el miedo ordinario llega un terror físico, pero en presencia de esta Cosa indescriptible sólo estaba el terror absoluto y espantoso de la mente, el miedo loco de una pesadilla fantasmal y prolongada. Una y otra vez traté de chillar, pero físicamente estaba muerto. Solo podía sentir que me volvía loco con el terror de una muerte espantosa. Los ojos estaban cerca de mí, moviéndose tan rápido como llamas palpitantes. El aliento muerto me rodeaba.

De repente, una boca húmeda, helada, como la de una sepia muerta, informe, gelatinosa, cayó sobre la mía. El horror comenzó a quitarme la vida, pero, mientras enormes y estremecedores pliegues de gelatina palpitante barrían sinuosamente a mi alrededor, mi voluntad volvió, mi cuerpo despertó con la reacción del último miedo, y me cerré con la muerte sin nombre que me envolvía.

Qué era contra lo que estaba peleando? Mis brazos se hundieron a través de la masa sin resistencia que me estaba convirtiendo en hielo. Nuevos pliegues de gelatina fría me rodearon, aplastándome con la fuerza de los titanes. Luché por arrancarme la boca de esta horrible Cosa que la sellaba, pero, si alguna vez lo conseguía, la masa húmeda y succionadora se cerraba sobre mi cara de nuevo antes de que pudiera gritar.

Creo que luché durante horas, desesperada, locamente, en un silencio que era más espantoso que cualquier sonido; luché hasta que sentí que la muerte definitiva se acercaba, hasta que el recuerdo de toda mi vida se abalanzó sobre mí como una inundación, hasta que ya no tuve más fuerza para arrancarle la cara a ese súcubo infernal, hasta que con una última lucha mecánica caí y me rendí a la muerte.

Entonces oí una voz que decía:

Si está muerto, nunca me lo perdonaré, yo tuve la culpa.

Otro respondió:

No está muerto, sé que podemos salvarlo si llegamos a tiempo al hospital. Conduzca como el demonio, cochero! Veinte francos para usted, si llega en tres minutos.

Luego volvió la noche y la nada, hasta que de repente me desperté y miré a mi alrededor.

Me acosté en una sala de hospital, muy blanca y soleada, algunas flores de lis amarillas estaban junto a la cabecera de la cama, y una alta hermana de la misericordia se sentó a mi lado.

Para contar la historia en pocas palabras, yo estaba en el Hotel Dieu, donde los hombres me habían llevado la noche espantosa del doce de junio. Pregunté por Fargeau o por Duchesne, y poco a poco vino este último. Sentado al lado de la cama me dijo todo lo que no sabía.

Parece que se habían sentado, cada uno en su habitación, hora tras hora, sin oír nada, muy aburridos y desilusionados. Poco después de las dos, Fargeau, que estaba en la habitación de al lado, me llamó para preguntarme si estaba despierto. No respondí y, después de gritar una o dos veces, tomó su linterna y vino a investigar. La puerta estaba cerrada por dentro!

Inmediatamente llamó a dArdeche y Duchesne, y juntos se lanzaron contra la puerta. Se resistió. Dentro podían escuchar pasos irregulares corriendo aquí y allá, con respiración pesada. Aunque congelados por el terror, lucharon para destruir la puerta y finalmente lo lograron utilizando una gran losa de mármol que formaba el estante de la repisa de la chimenea en la habitación de Fargeau. Cuando la puerta se derrumbó, fueron arrojados contra las paredes del corredor, como por una explosión, las linternas se apagaron y se encontraron en completo silencio y oscuridad.

Tan pronto como se recuperaron del susto, saltaron a la habitación y cayeron sobre mi cuerpo en medio del piso. Encendieron una de las linternas y vieron el espectácul* más extraño que se pueda imaginar. El suelo y las paredes, hasta la altura de unos dos metros, estaban cubiertos por algo que parecía agua estancada, espesa, pegajosa, repugnante. En cuanto a mí, estaba empapado con el mismo líquido maldito. El olor a almizcle era nauseabundo.

Me arrastraron, me quitaron la ropa, me envolvieron en sus abrigos y se apresuraron al hospital, creyendo que tal vez estaba muerto.

Poco después del amanecer, dArdeche salió del hospital, asegurándose de que yo estaba en buen camino para recuperarme, y subió con Fargeau para examinar a la luz del día las huellas de la aventura que estuvo a punto de ser fatal. Fue demasiado tarde. Camionetas de bomberos bajaban por la calle. Un vecino corrió hacia dArdeche:

Oh, señor! Qué desgracia, pero qué fortuna! Se quemó, pero no del todo, sólo el antiguo edificio. Se salvaron las alas, y por ello se debe gran mérito a los valientes bomberos. Monsieur los recordará, sin duda.

Era bastante cierto. Si una linterna olvidada, volcada por la emoción, había hecho el trabajo, o si el origen del fuego fue más sobrenatural, lo cierto era que la Boca del Infierno ya no existía.

Un último motor bombeaba lentamente cuando dArdeche se acercó; la manguera se extendía a través de la puerta cochera, y dentro solo quedaba la fachada de Francisco I, todavía cubierta con los tallos negros de las glicinias. Más allá había un gran vacío, donde una fina humareda se elevaba lentamente. Todos los pisos habían desaparecido, y los extraños pasillos de la señorita Blaye de Tartas eran solo un recuerdo.

Con dArdeche visité el lugar el año pasado, pero en vez de las antiguas murallas quedaba sólo un edificio nuevo y ordinario, fresco y respetable; sin embargo, las maravillosas historias de la antigua Bouche dEnfer aún perduraban en el Barrio, y se mantendrán allí, sin duda, hasta el Día del Juicio.

Ralph Adams Cram (1863-1942)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Ralph Adams Cram.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Ralph Adams Cram: El 252 de la Rue M. Le Prince (No. 252 Rue M. Le Prince), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a ***.com


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 Asunto: Porque la sangre es la vida: análisis del Caso Renfie
NotaPublicado: Sab Oct 08, 2022 6:00 pm 
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Porque la sangre es la vida: análisis del Caso Renfield.


Porque la sangre es la vida: análisis del Caso Renfield.




R. M. Renfield es uno de los personajes más enigmáticos y carismáticos de la novela de Bram Stoker: Drácula (Dracula, 1897). Su presencia trastorna la formalidad y la lógica desplegada por los Cazadores [Van Helsing, Harker, Seward, Holmwood]. Es un rompecabezas, cuya solución permite encontrar al Vampiro. De hecho, en un mundo en el que un profesor, un médico, un lord, un terrateniente, un abogado y su esposa, entablan una lucha a muerte contra fuerzas sobrenaturales, la locura de Renfield parece un requisito indispensable para sobrevivir a una amenaza tan desproporcionada [ver: Síndrome de Renfield: el vampirismo como enfermedad mental]

Cuando lo conocemos, Renfield ya es el familiar trastornado del Conde Drácula, a quien ayuda en su plan de convertir en vampiro a Mina Harker a cambio de [la promesa] de inmortalidad. R. M. Renfield se encuentra recluido en un manicomio donde es tratado por el doctor John Seward, cuyo diagnóstico es maníaco zoófago, definición acuñada por él mismo. Es un caso interesante debido a los extraños hábitos alimenticios del paciente. Así lo describe el doctor Seward:


[R. M. Renfield, aetat 59. Temperamento sanguíneo, gran fuerza física, mórbidamente excitable, períodos de tristeza que terminan en una idea fija que no puedo descifrar. Presumo que el temperamento sanguíneo en sí mismo, y la influencia perturbadora, lo convierten en un hombre posiblemente peligroso.]


Más que un diagnóstico, es una descripción de síntomas. R. M. Renfield sufre delirios que lo llevan a comer criaturas vivas [moscas, arañas y pájaros, aunque ansía obtener un gatito] con la esperanza de absorber su fuerza vital. Según el testimonio del propio Renfield, su Amo [Drácula], le envía una provisión constante de insectos para consumir en su celda. Comienza con moscas, polillas, y poco a poco empieza a criar arañas, a las que alimenta con moscas. Luego atrae gorriones a las ventanas de su celda para alimentarlos con las arañas. Cuando el doctor Seward se niega a entregarle un gato, él mismo se come a los pájaros.

Más tarde, Renfield consigue un cuchillo y ataca a Seward. Mientras la sangre gotea de la mano del doctor, Renfield lame el suelo desesperadamente. Sus creencias, después de todo, no son un completo delirio. El papel de Renfield en la novela es permitirle al lector descubrir otra perspectiva de la naturaleza diabólica del Conde. En efecto, Drácula, cuyas habilidades incluyen el control de ciertos animales [como arañas, ratas y murciélagos], se presenta ante Renfield y la hace una oferta: si este lo adora, promete hacerlo inmortal [ver: El enlace entre el Vampiro y su víctima]

Sin embargo, cuando Renfield conoce a Mina Harker, vacila. Le ruega que huya de las garras de su Amo. Cuando Drácula regresa al manicomio esa noche, Renfield recuerda haber oído que los lunáticos tienen una fuerza sobrehumana, por lo que intenta luchar contra el Conde; lamentablemente, sus fuerzas físicas lo abandonan cuando mira a los ojos del Vampiro. Curiosamente, Drácula no lo mata, aunque tiene motivos para hacerlo [la ruptura unilateral del pacto que los unía]. Solo lo arroja al suelo, hiriéndolo seriamente. Afortunadamente, una cirugía de emergencia, practicada por Van Helsing, logra salvarlo momentáneamente.

Al recuperar la conciencia, Renfield revela cómo Drácula lo convenció de invitarlo a entrar en el manicomio [Mina estaba circunstancialmente en las habitaciones de Seward]. El grupo de Cazadores sale corriendo a las habitaciones de Mina y logran repeler al Vampiro con los crucifijos y hostias proporcionadas por Van Helsing [ver: Por qué los vampiros necesitan ser invitados a entrar?]. Drácula huye de la habitación, pero no del manicomio. Regresa a la celda de Renfield y le rompe el cuello:


[El Dr. Seward nos dijo que, cuando él y el Dr. Van Helsing bajaron a la celda, encontraron a Renfield tirado en el piso, hecho un bulto, su cara estaba toda magullada y aplastada, y los huesos del cuello estaban rotos.]


Hasta aquí, los hechos; pero eso apenas nos permite rascar la superficie del Caso Renfield. A continuación lo analizaremos en detalle.

El tratamiento del doctor Seward es, como mínimo, delictivo. R.M. Renfield lleva un detallado cuaderno de anotaciones, el cual es robado por su doctor, quien droga a su paciente con ese propósito. Allí descubre que Renfield parece estar recreando una especie de cadena alimenticia con el objetivo de acumular progresivamente la fuerza vital que consume. Al advertir el gesto de asco de su médico, Renfield asegura que comer moscas es muy bueno y saludable; porque la vida da vida. Si bien la dieta de Renfield es inusual, el doctor Seward no reconoce que los humanos normales también comen animales. Entonces, lo que lo perturba no es el consumo de vida, sino el tipo de vida [ver: Gollum y Renfield]

El apetito anormal de Renfield, y su deseo de consumir vida, insinúan su conexión posterior con Drácula, para quien la sangre es la vida. A medida que avanza la novela, la conexión entre Renfield y Drácula se hace más evidente [al menos para el lector, porque el doctor Seward no logra establecerla hasta que es muy tarde]. Al parecer, cuando el Conde llega a Inglaterra, Renfield pasa por períodos de manía, llamando desesperadamente a su Amo. Intenta escapar del manicomio para acceder a la vecina Abadía Carfax, donde reside Drácula. Cuando el doctor Seward intenta consolarlo [mintiéndole] con la promesa de un gatito, Renfield lo despide de una manera que sugiere que ha encontrado un propósito superior. En efecto, la esperanza de Renfield es que, con la ayuda de Drácula, podrá empezar a consumir la esencia de la vida: sangre. Sin embargo, Renfield es asesinado por su Amo cuando intenta escapar de su papel de sirviente y adulador.

Bram Stoker hace un trabajo sutil al representar a Renfield como alguien conectado a la luna. El propio Renfield describe la entrada de Drácula en su celda del siguiente modo:


[La propia Luna ha entrado a través de la más pequeña grieta y se ha parado ante mí en todo su tamaño y esplendor.]


Por supuesto, Drácula también está relacionado con la luna. Después de la confesión agónica de Renfield, se encuentra a Mina bebiendo sangre del pecho de Drácula en una noche en la que la luz de la luna era tan brillante. Esta red de relaciones, muy bien articulada por Bram Stoker, refuerza la conexión entre Renfield y Drácula. De hecho, Renfield es un lunático, palabra cuya raíz es luna. El paralelismo entre la luna, la noche y Drácula, perfila a Renfield como un personaje más propicio para recibir una visita del Conde; y, como en el caso de Drácula, el comportamiento de Renfield solo se informa de segunda mano. El lector no puede leer su cuaderno de anotaciones para endender al hombre en sus propias palabras. El diario del doctor Seward nunca permite que el Caso Renfield vaya más allá de un estudio de caso.

Los antecedentes de Renfield nunca se revelan en la novela. En las adaptaciones cinematográficas de Drácula, Renfield tiene un pasado [generalmente se volvió loco en el castillo del Conde], pero en la novela ni siquiera sabemos con exactitud por qué fue recluido en el manicomio [ver: El Drácula de Coppola y las cloacas de Stoker]. Renfield tiene familia? Esposa? Hijos? Amigos? Bram Stoker no nos brinda ninguna pista. Solo nos queda preguntarnos si, habiendo sido rechazado por la sociedad como un lunático, es inevitable que Renfield buscara consuelo en otro marginado; en este caso, un marginado que le promete una libertad que le fue arrebatada por la sociedad.

Sin embargo, Renfield conserva su humanidad hasta cierto punto. Parece preocuparse genuinamente por Mina y su acto final es protegerla, salvándola de Drácula. [ver: Por qué Drácula nunca pudo enamorarse de Mina]

Hay varios problemas con la representación de Renfield. A pesar de la aparente naturaleza progresiva del enfoque del doctor Seward sobre la salud mental de su paciente, su aislamiento en una celda con piso de piedra y rejas en las ventanas, parece inusualmente edulcorada. Incluso una investigación superficial sobre el estado de las instituciones de salud mental en la época victoriana arroja una letanía de horrores que sobrepasan con creces el sitio donde Renfield está encerrado. Es cierto, la descripción del manicomio en la novela insinúa estos terribles crímenes, pero, en general, Bram Stoker le da al lector una versión mucho más aceptable de lo que significaba estar encerrado en un manicomio en el sigilo XIX [ver: En el Manicomio: la locura en la ficción gótica]

El propio Renfield funciona menos como un personaje que como un dispositivo narrativo. Su locura parece creíble al principio, pero los repentinos saltos de la manía a la lucidez, justo en los momentos en los que la historia lo necesita, la desacreditan un poco. En esencia, Renfield es el cliché del arquetipo del loco; es decir, alguien cuyos delirios esconden una profunda claridad, en este caso, respecto de la amenaza que significa Drácula.

La mayoría de los comentarios de Renfield son crípticos, pero todos contienen la información requerida para cazar a Drácula; por lo tanto, él es posiblemente el personaje más cuerdo en su capacidad para reconocer la verdadera naturaleza del Conde desde el principio, a diferencia de los demás, que solo ven lo que la razón y la lógica les permiten.

En la psiquiatría de finales del siglo XIX, los criterios de clasificación de las enfermedades mentales eran muy abarcativos. En 1893, Emil Kraepelin cambió para siempre la disciplina cuando desarrolló el diagnóstico de la dementia praecox [demencia precoz, que llevaría a la comprensión moderna de la esquizofrenia]. Cuatro años más tarde, Bram Stoker escribió Drácula, y basó a Renfield, en parte, en la obra de Kraepelin, pero también en sus observaciones personales de la enfermedad mental en Emily, la esposa de su hermano, Sir Thornley Stoker. El comportamiento de Emily, incluso el contenido de sus delirios, son muy similares a los de Renfield. [ver: Puérpera, loca y poseída]

El doctor Seward es un ejemplo representativo de la falta de consistencia en el entendimiento de las enfermedades mentales en el siglo XIX; de hecho, donde no existía una clasificación y una terminología que permitieran agrupar los distintos síntomas, condiciones y padecimientos. El término locura cubria una amplia variedad de fenómenos mentales mórbidos. Por ejemplo, en 1988 se recuperaron los archivos de un manicomio privado de Sussex, y se buscó evidencia de lo que ahora se diagnosticaría como esquizofrenia. Un gran número de pacientes no recibió ningún diagnóstico, pero los que sí tuvieron la fortuna de ser diagnosticados, a pesar de tener síntomas coincidentes, incluye una plétora de generalidades como manía crónica, monomanía, melancolía, y delirios.

En este contexto, Emil Kraepelin analizó cientos de casos en un esfuerzo por desarrollar un esquema de clasificación. De este modo amplió la comprensión actual de la psicosis al identificar un patrón que llamó demencia precoz. Si bien es un diagnóstico muy simplificado, permitió clasificar varios trastornos graves, como el deterioro intelectual, el aislamiento social, la pérdida del habla, comportamientos desorganizados, delirios y alucinaciones, bajo un solo esquema. Renfield, en cambio, parece existir en un mundo donde los pacientes psiquiátricos son simplemente lunáticos; lo cual es lógico de acuerdo al contexto.

El conocimiento de Bram Stoker sobre las enfermedades mentales era menos teórico que personal. Su hermano mayor, William Thornley Stoker, fue un célebre neurocirujano. De hecho, perfeccionó la técnica de trepanación, recomendada para tratar las hemorragias epidurales, algo que Bram Stoker utiliza en la novela en el episodio en que Van Helsing le practica una trepanación a Renfield después del ataque de Drácula. A pesar de sus éxitos profesionales, la vida personal de Thornley fue significativamente más dura. Su esposa, Emily, padecía varios trastornos mentales, que conocemos gracias a la publicación de sus cartas a Oliver St. John Gogarty, médico y amigo personal. Allí podemos encontrar un patrón de comportamiento muy similar al de Renfield, aunque Emily no tenía el delirio específico de que consumir una vida prolongaba la suya [ver: Porque los muertos viajan deprisa]

En Drácula, conocemos a Renfield cuando el doctor Seward se sume en su trabajo para olvidar el reciente rechazo de Lucy Westenra a su propuesta matrimonial. Renfield es un hombre de 59 años [tiene 49 en el manuscrito original] con una gran fuerza física; mórbidamente excitable; y períodos de tristeza que terminan en ideas fijas. Más tarde, Seward agrega tres palabras más: egoísmo, secreto y propósito. Acto seguido, observa a Renfield mientras este recolecta una enorme cantidad de moscas con las que luego alimenta a sus arañas. En un momento, Seward observa a Renfield comer una mosca particularmente grande, quien asegura en voz baja que es muy buena y muy saludable; es vida, vida fuerte, y me da vida. Esta admisión susurrada revela la fantasía de Renfield: la ingestión de animales vivos puede aumentar su fuerza vital.

El proceso continúa: Renfield procede a alimentar a los gorriones con las arañas, y cuando se le niega un gatito para que se coma a los gorriones, se los come él mismo. Hay cierta lógica en este delirio, que lleva a Seward a afirmar: Qué bien razona este hombre; los lunáticos siempre lo hacen dentro de su alcance. Bram Stoker quiere que el lector crea que Renfield cae bajo la influencia de Drácula una vez que el Vampiro se establece en la abadía vecina, pero el recuento de las vidas que involucran a las moscas, arañas y gorriones ocurre antes de que Drácula llegue a Inglaterra a bordo del Deméter [ver: El misterio del Deméter]. Es decir, Renfield no se vuelve loco a causa de Drácula [como sucede en la mayoría de las adaptaciones cinematográficas], ya es un lunático cuando Drácula se instala en la Abaía de Carfax.

A pesar de sus delirios, Renfield es un sujeto organizado. Anota meticulosamente sus actividades en un cuaderno, lo cual nos permite establecer que está orientado en el tiempo. Sin embargo, Renfield ha desarrollado una progresiva pérdida del sentido moral. La matanza progresiva de animales no es un obstácul* para él, así como el deseo de quitar vidas humanas, como él mismo admite más adelante después de atacar a Seward, cuando asegura que su intención era matarlo.

La condición de Renfield comienza a deteriorarse rápidamente. Desarrolla alucinaciones olfativas que son observadas por un asistente [comenzó a excitarse y olfatear como lo hace un perro]. En efecto, Renfield está excitado porque está convencido de que el Amo está cerca. Curiosamente, Bram Stoker no insinúa en ningún momento que Drácula está comunicándose [telepáticamente?] con Renfield, lo que respalda ante el lector la idea de que las creencias de Renfield son parte de su enfermedad.

En un momento se encuentra a Renfield hablando solo, aparentemente habiendo desarrollado alucinaciones auditivas:


[Estoy aquí para cumplir sus órdenes, Amo... Espero sus órdenes, y no me olvidará, verdad, querido Amo?, en su distribución de cosas buenas.]


Estas alucinaciones implican un empeoramiento del estado clínico de Renfield. Cree estar influenciado por su Amo, lo cual le da cierta grandiosidad a su delirio: Renfield está convencido de que es el sirviente de un ser superior, y que su obediencia será recompensada, algo común en un brote psicótico en el que el paciente experimenta ideas exaltadas y se siente destinado a grandes cosas. En otras palabras, el comportamiento de Renfield no es absurdo, responde a una lógica interna.

Renfield se encuentra en un punto de quiebre. Después de las alucinaciones normalmente sobrevienen estados de ánimo que fluctúan repentinamente: llanto, desconcierto, risas, pueden sucederse unos a otros sin una causa externa. El deterioro de Renfield sigue este curso inexorable:


[Tres noches sucedió lo mismo: violencia todo el día y luego silencio desde el ocaso hasta el amanecer Casi parece como si hubiera alguna influencia que iba y venía.]


Por supuesto, el lector ya sabe que los volitivos impulsos diurnos de Renfield, seguidos de una pasividad nocturna, responden a las actividades de Drácula; pero este comportamiento también es consistente con sus delirios anteriores. Renfield se encuentra en un estado de extrema susceptibilidad; en este caso, a la influencia de Drácula, pero si hubiese sido un paciente común [me refiero a uno no atormentado por un Vampiro], también hubiese sido susceptible a las alucinaciones de órdenes auditivas. De hecho, si descartamos que las acciones de Renfield son consecuencia de la influencia directa de Drácula, y no una respuesta a alucinaciones auditivas, se puede argumentar que Renfield es susceptible a la influencia de Drácula precisamente debido a su enfermedad mental [ver: Drácula visita Salems Lot]

Ahora bien, el progresivo deterioro de Renfield se rompe dos veces en la novela, más precisamente en las dos conversaciones racionales que mantiene, primero con Mina, y luego [dos días antes de su muerte] con el doctor Seward, el profesor Van Helsing, Lord Godalming [antes Arthur Holmwood] y Quincey Morris. Renfield recuerda algunas cuestiones históricas con notable precisión, como la anexión del territorio de Texas a la Unión en 1845 y la doctrina Monroe de 1823. También recuerda haber sido miembro del Windham House Club, un club social para caballeros; sin embargo, refiere, en algún punto de su juventud comenzó a experimentar creencias extrañas:


[En efecto, no es de extrañar que sus amigos se alarmaran e insistieran en que fuese puesto bajo supervisión médica.]


Kraepelin sugiere que la demencia precoz se manifiesta entre la adolescencia y los 25 años. Dada la sugerencia de que la enfermedad mental de Renfield comenzó temprano en su vida, se prevé una progresión hacia un tipo de demencia mucho más aguda en el momento en que transcurre la novela. En este contexto, los momentos de lucidez de Renfield, donde toda su sintomatología parece remitir, no es del todo inconsistente con casos clínicos donde los pensamientos mórbidos pueden remitir momentáneamente, recrudeciendo más adelante. El problema aquí es que Renfield recobra la lucidez en los momentos en los que el argumento lo necesita.

Afortunadamente, en la actualidad podemos acceder al manuscrito original de Drácula, que en los episodios de Renfield fue extensamente comentado por el hermano de Bram Stoker, Thornley. A través de su experiencia personal con su esposa, pero también de su trabajo como residente en un manicomio de Dublín, Thornley proporcionó a Bram Stoker una excelente caracterización de la enfermedad mental de Renfield. A diferencia de este, Emily Stoker no fue encerrada en un manicomio. Fue atendida en Ely House, la residencia de Thornley en Dublín, por Florence Dugdale [quien sería la segunda esposa de Thomas Hardy]. Emily Stoker murió en 1910, mucho tiempo después de que su enfermedad la alejara de su esposo [en realidad, después de que él se alejara de ella]. Van Helsing, al igual que Thornley Stoker, tiene una esposa que sufre una enfermedad mental, y el profesor incluso podría estar hablando por Thornley cuando observa: mi pobre esposa está muerta para mí, pero viva según la ley de la Iglesia.

La representación que hace el doctor Seward de su paciente no es enteramente profesional. Emplea términos degradantes y se muestra impresionado por actitudes que realmente no constituyen una rareza para un paciente de estas características. En este sentido, es extraño que Seward jamás explore el evidente masoquismo de Renfield, ni siquiera después de la confirmación de que el Conde ha estado en contacto con él. A la luz de esta revelación, la relación de Renfield con Drácula funciona como el vínculo complementario entre un sádico y un masoquista [ver: El código secreto en el Drácula de Bram Stoker]

No sería descabellado suponer que aquellas creencias extrañas de las que hablan sus amigos tienen relación con el masoquismo. Renfield bien pudo haber sido encerrado en el manicomio para recuperarse de sus impulsos poco convencionales para la sociedad victoriana. De hecho, podemos pensar que Renfield experimenta el masoquismo hasta la muerte, que la experiencia del dolor es llevada voluntariamente a su consecuencia más extrema.

Drácula se desarrolla a través de diarios, cartas y grabaciones, donde los personajes buenos intentan leer e interpretar la figura [ausente] del Conde como si se tratara de un misterio clínico. En cierto modo, el mal y el misterio de Drácula bien podrían ser reemplazados por la enfermedad y la perversión en una lectura freudiana. Estas dos miradas opuestas quedan representadas en Seward y Van Helsing. Mientras el primero intenta clasificar a Renfield según los criterios médicos de la época, Van Helsing remite todo el asunto a lo sobrenatural. Y es Van Helsing, de hecho, quien ofrece una interpretación definitiva de los hechos, la cual demuestra ser cierta en el caso de Drácula pero inadecuada al referirse a Renfield.

El Caso Renfield es clásicamente freudiano. En sus estudios, Sigmund Freud concluyó que las primeras actividades del infante son exclusivamente autoeróticas y dedicadas a la satisfacción del instinto de hambre a través de la oralidad [mamar y morder]. Estas actividades suelen ser reprimidas una vez que el niño es destetado, aunque el impulso puede amenazar con volver a la conciencia del adulto, creando así síntomas de ansiedad. En una lectura freudiana, el hambre de Renfield es equivalente al ansia del infante por la leche materna [ver: Lo que Sigmund Freud no te contó sobre el complejo de Edipo]. Renfield incluso parece apoyar las teorías de Sigmund Freud al explicar por qué bebe sangre: con el propósito de fortalecer mis poderes vitales. En apoyo de su argumento, Renfield cita un pasaje del Deuteronomio [porque la sangre es la vida], pero omite mencionar que lamer sangre como un perro está prohibido en las Escrituras.

El Caso Renfield apoya la teoría freudiana de que la sangre puede equipararse [inconscientemente] con la leche materna. El doctor Seward incluso describe el intercambio de sangre entre Mina y Drácula como un terrible parecido a un niño que empuja la nariz de un gatito dentro de un plato de leche para obligarlo a beber. Tal vez por todo esto Van Helsing afirma que Drácula tiene un cerebro infantil, no porque sus ideas y acciones sean infantiles, sino porque están movidas por esta voracidad infantil, análoga a la de un bebé perpetuamente hambriento [ver Las fantasías privadas de Bram Stoker]

La era victoriana se caracterizó por una explosión de discursos sobre la sexualidad destinados a fijar el comportamiento aceptable a través de la clasificación de las desviaciones de la normatividad heterosexual. En el clásico Psychopathia Sexualis, de Richard von Krafft-Ebing [1893] podemos encontrar toda clase de jerarquías de desviación, entre ellas, el sadismo y el masoquismo. El Drácula de Bram Stoker está imbuido de estas teorías sobre la degeneración y la criminalidad supuestamente inherentes a los comportamientos perversos. En este sentido, el doctor Seward es la representación del nuevo profesional médico, aunque sus métodos y practicas, así como la forma en que administra el manicomio, demuestran un absoluto desinterés por el bienestar de sus pacientes, la mayoría de los cuales son tratados como delincuentes.

Es muy importante tener esto en cuenta, porque [casi] todo lo que sabemos sobre Renfield es una representación de Seward. Nunca se nos ofrece su punto de vista, como su propio cuaderno; de modo que cualquier acercamiento a este personaje carece de un elemento fundamental. En última instancia, no podemos afirmar nada concluyente sobre Renfield porque lo vemos solo a través de los ojos del doctor Seward; pero si entendemos la mirada y los prejucios del médico, tal vez podamos sacar algo de verdad.

Seward actúa impulsado por el deseo de obtener fama y prestigio en el campo médico. De hecho, él mismo admite: una buena causa podría alterar la balanza conmigo, por que no puedo obtener yo un cerebro excepcional?. El médico está más preocupado por la idea de avanzar en mi propia rama de la ciencia que en atender la salud de sus pacientes. Esto se ve claramente cuando se muestra indiferente hacia Renfield al abandonarlo en el momento de la muerte, incluso informa este hecho con un breve comentario: el pobre hombre está muerto.

Además, el doctor Seward admite repetidamente su incapacidad para comprender los problemas de su paciente. Por ejemplo, afirma: No puedo interpretar bien su mirada. Tampoco parece ser capaz de explorar en profundidad su psique [Ojalá pudiera sondear su mente]. Por lo tanto, el médico está obsesionado con encontrar una definición, una nueva categoría de enfermedad mental, y no un tratamiento para Renfield:


[Cuestioné a Renfield más a fondo que nunca, con miras a hacerme dueño de los hechos de su alucinación... Parecía desear mantenerlo hasta el punto de su locura.]


La incompetencia de Seward parece ser afirmada por Van Helsing cuando se dirige a su propio discípulo:


[Usted razona bien, pero tiene demasiados prejuicios. No deja que sus ojos vean ni sus oídos escuchen, y lo que está fuera de la vida diaria no le importa.]


Van Helsing insinúa que la evaluación de Seward no es imparcial, sino que está imbuida de los prejuicios del siglo XIX, los cuales le impiden comprender la naturaleza del caso. Esto es reafirmado por el propio Renfield, quien le reprocha a su médico: No me oyes, hombre? No puedes entender? Nunca aprenderás? En otra ocasión, Bram Stoker representa a Seward como menos agudo intelectualmente que su paciente. Después de que Renfield se refiere a una cita, el médico admite: No pude ver la analogía, pero no me gustó admitirlo.

Seward no está dispuesto a admitir su inferioriad intelectual ante a un hombre que considera loco. En lugar de confiar en las palabras de Renfield, y seguir su razonamiento hasta el final, Seward quiere sacarle algo interesante solo para la comprensión y clasificación de un caso de estudio. Después de todo, considera a Renfield como material para su investigación médica, no como un individuo, y mucho menos un igual [ver: ESTOY MUERTO!: análisis del Caso Valdemar]. Pero, si todo esto es cierto, podemos pensar que su diagnóstico de locura está equivocado? Renfield definitivamente parece ser un hombre cuerdo, capaz de razonar y discutir con claridad.

Eventualmente, Renfield es capaz de recordar su vida anterior al encierro en el manicomio, así como de sostener una conversación inteligente y erudita con las personas que se dirigen a él. En mi opinión, el doctor Seward no reconoce el comportamiento masoquista de su paciente. El lector no puede verlo de inmediato porque se ve obstaculizado por la perspectiva del médico.

El carácter masoquista de Renfield, condenado en el siglo XIX como una forma de perversión, y por lo tanto fuera de la normatividad, seguramente lo condujo al manicomio. El encierro refleja así la contención y exclusión de cualquier comportamiento inaceptable por las normas dominantes. El mismo Asilo de Carfax asume un papel disciplinario, destinado a reafirmar los valores y normas aceptadas públicamente en la era victoriana, una época marcada por el estudio, la categorización y el confinamiento de la alteridad. Es interesante notar que, después de que Renfield logra escapar momentáneamente, Seward reasegura el confinamiento del hombre y comenta: Ahora está a salvo de todos modos A qué se refiere? Evidentmente, Renfield está más seguro en Carfax que en medio de la sociedad normal. El propio Renfield reconoce la necesidad de alejarse de la sociedad contemporánea cuando afirma:


[Yo mismo soy el ejemplo de un hombre que tenía creencias extrañas. En efecto, no es de extrañar que mis amigos se alarmaran e insistieran en que fuese puesto bajo supervisión médica.]


Aquí Renfield parece estar admitiendo la peculiaridad de sus hábitos. Es una mirada desapasionada de su pasado, casi como si estuviese contemplando su condición desde otro lugar; sin embargo, su masoquismo subyacente es el punto de apoyo que utiliza Drácula, el máximo exponente del sadismo, para controlarlo. Indudablemente existe un vínculo entre Drácula y Renfield que Bram Stoker se niega a explicar por completo. Sin embargo, la relación entre ellos se muestra como exclusivamente sadomasoquista, donde hay un Amo y un sirviente [ver: Quién convirtió a Drácula en vampiro?]

Renfield es un hombre educado que habla de creencias extrañas cuando se refiere a sus impulsos masoquistas, por eso intenta repetidamente convencer al doctor Seward de que no está loco: Estoy tan cuerdo como la mayoría de los hombres que están en posesión de sus libertades. En otras palabras, Renfield admite que tiene estos impulsos, pero niega que estén asociados con la locura; de hecho, no sería asombroso que fuese conducido a sus trastornos por la estigmatización social de sus deseos. Esto parece quedar confirmado cuando Renfield habla de la condición que lo llevó a ser encerrado en un manicomio:


[Estaba tan cuerdo entonces, excepto en ese sentido, como lo estoy ahora.]


Drácula y Renfield están unidos por una relación amo-esclavo, sin embargo, Bram Stoker solo establece el tipo de relación; no conocemos nada sobre la dinámica interna, salvo que parece existir un vínculo telepático en el que Renfield es el receptor pasivo de Drácula. Pero, cómo se ha establecido este vínculo telepático? Drácula parece tenerlo con sus víctimas femeninas, como Lucy Westenra y Mina Harker, pero, hasta donde sabemos, el Conde nunca mordió a Renfield, ni permitió que este beba de su sangre [ver: Mina y Lucy: la ideología de género en Drácula]

Podemos ir más lejos todavía al afirmar que Renfield siempre dice la verdad sobre Drácula; y si Drácula existe, entonces Renfield no está loco, simplemente ha decidido someterse al Conde en lugar de oponerse a él. En este contexto queda claro que, tanto al hablar de su supuesta cordura como de su locura, Renfield se refiere a la próxima venida de Drácula. Pero el doctor Seward no cambiará de opinión fácilmente. Se aferra al diagnóstico de locura y persuade a los demás de tal verdad, haciéndolos desconfiar de las palabras de Renfield incluso cuando se articulan con sinceridad y lucidez. De haber sido escuchado, Renfield podría haber evitado la visita de Drácula a Mina en Carfax, lo cual habría sido catastrófico para el argumento de la novela. [ver: Drácula y las mujeres]

No importa tanto qué es el masoquismo, sino qué se pensaba que era el masoquismo en la época en que Bram Stoker escribió Drácula. El Psychopathia Sexualis lo define del siguiente modo:


[El deseo de sufrir dolor y ser sometido por la fuerza. El individuo afectado, en el sentimiento y pensamiento, está controlado por la idea de estar total e incondicionalmente sujeto a la voluntad de otra persona, de ser tratado por esta persona como un amo, de ser humillado y abusado.]


Aunque no conocemos las menudencias del vínculo entre Renfield y el Conde, el primero se refiere a Drácula como su Amo. Cuando está confinado en su celda, dice: El Amo está cerca. Cuando logra escapar del manicomio y llegar a la puerta de la Abadia de Carfax, donde se esconde Drácula, Renfield le suplica al vampiro diciendo:


[Estoy aquí para cumplir tus órdenes, Amo. Soy Tu esclavo (...) Te he adorado desde hace mucho. Ahora que Tú estás cerca, espero Tus órdenes.]


Esta es una declaración de esclavitud voluntaria por parte de Renfield. l mismo se define explícitamente como un esclavo dispuesto a postrarse ante su Amo. Estamos leyendo las palabras de un hombre dispuesto a someterse a las órdenes de otra persona, básicamente la definición que encontramos en el Psychopathia Sexualis.

Gilles Deleuze asocia al masoquismo con lo repetitivo, lo ritualista. El contrato amo-esclavo genera un tipo de vínculo que conduce directamente al ritual. Al estar obsesionado, la actividad ritualista es fundamental para el masoquista, ya que le permite personificar sus fantasías. Esta rigidez se manifiesta en la compulsión de repetir las mismas situaciones, las mismas ideas, palabras y sueños. En el Drácula de Bram Stoker, Renfield está obsesionado con sus pequeños rituales, como capturar moscas, arañas y gorriones en una especie de juego continuo que, una vez interrumpido, se repite desde el principio. También repite varias veces las frases referidas a la llegada de Drácula: Tendré paciencia, Amo y Ahora puedo esperar, ahora puedo esperar.

Esto es consistente con las observaciones de Richard von Krafft-Ebing, quien sostuvo que uno de los principales componentes de la repetición ritualista en un individuo con los impulsos de Renfield es la espera del Amo. Deleuze va más lejos al afirmar que el masoquismo es un estado de espera (...) la angustia del masoquista se divide, por lo tanto, en una espera indefinida del placer y una espera intensa del dolor. Esto es exactamente lo que hace Renfield en su celda. Continuamente está esperando a su Amo, dándose ánimos para tener paciencia hasta que ese momento llegue.

Dado que durante mucho tiempo no se produce un encuentro real y físico con Drácula, todo lo que Renfield está experimentando en este punto es una fantasía, probablemente la máxima fantasía para alguien con sus impulsos, habida cuenta que Drácula es el Amo perfecto. De hecho, ni siquiera cuenta con las restricciones de un sádico humano. Es un Vampiro, y por lo tanto capaz de inflingir un dolor inimaginable [ver: Una exploración literaria por el Castillo de Drácula]

Es decir que Renfield experimenta estos impulsos desde hace mucho tiempo, ciertamente mucho antes de que Drácula llegue a Inglaterra, por lo que su venida viene a llenar un vacío muy grande. Tengamos en cuenta que los impulsos y deseos de Renfield necesariamente tienen que involucrar a otra persona, incluso si la otra persona solo está en su imaginación. En este sentido, Renfield experimenta un flujo constante de fantasías en el manicomio, todas centradas en la figura de Drácula, y a veces en la imitación del comportamiento del Conde, como sucede durante el ataque al doctor Seward.

Otro componente importante del masoquismo, según von Krafft-Ebing, es la agresividad, y más específicamente una tendencia autodestructiva y autopunitiva. Renfield ciertamente es visto como alguien violento por el doctor Seward y sus asistentes, y en ocasiones se comporta agresivamente con ellos. Pero su agresividad, la mayoría de las veces, se dirige contra sí mismo. Bram Stoker sugiere la posibilidad de que Renfield se haya lastimado voluntariamente en una de sus crisis a través de un asistente, quien le informa a Seward que solo podría marcar su rostro de ese modo golpeándose contra el suelo. Por otro lado, la manifestación más extrema de la condición de Renfield es el deseo de ser asesinado. Podríamos decir que Renfield llega a encarnar una manifestación extrema del masoquismo, aunque también es justo decir que, al final, parece haberse opuesto y luchado voluntariamente contra Drácula y los impulsos que este representa.

La necesidad de experimentar dolor físico, sufrimiento emocional, autodegradación y humillación, caracteriza el comportamiento de Renfield. De hecho, experimenta dolor físico en varios pasajes de la novela, siendo el peor de todos durante la lucha contra Drácula. Renfield a menudo se sienta en un rincón de su celda, mordiéndose los dedos, es decir, causándose dolor a sí mismo. De forma similar, Jonathan Harker observa que el pobre infeliz sin duda se estaba torturando a sí mismo, a la manera de los locos, con pensamientos innecesarios de dolor, haciendo referencia a una especie de sufrimiento emocional autoinflingido. Finalmente, la autodegradación es evidente en la súplica de Renfield a Drácula: Soy tu esclavo, frente al refugio del Vampiro, y también en el ruego a Seward para que lo libere de su encierro:


[Cuando vio que su apelación no tendría éxito, se arrodilló y levantó las manos, retorciéndolas en lastimera súplica, con lágrimas rodando por sus mejillas y toda su cara sumida en la más profunda emoción.]


Esta descripción [para la mirada victoriana] representa a un hombre de cincuenta y nueve años que se comporta de manera incompatible con su edad, clase social y posición de hombre educado. Renfield se envilece ante otro hombre, ante los ojos de un igual.

No solo se podría interpretar a Renfield como un masoquista, sino también a Drácula como su contraparte sádica. El Conde posee una personalidad dominante, una especie de padre tiránico que disfruta seduciendo mujeres y creando un harén [ver: La verdad sobre las tres Vampiresas de Drácula]. Renfield, por otro lado, está claramente dominado y sometido por Drácula. Lamentablemente, Bram Stoker no nos proporciona ningún ejemplo de las interacciones entre ambos, pero podemos deducir que Drácula ve a Renfield del mismo modo que a Jonathan Harker cuando está prisionero en el castillo, es decir, como una pertenencia [ver: Este hombre me pertenece!]. No podría ser también el caso de Renfield? Ya sea que se hayan conocido en algún punto ciego de la trama, o que su vínculo sea solo telepático, Drácula parece haber asegurado la esclavitud de Renfield.

También podemos sacar algo del vínculo entre Renfield y Drácula a través de un comentario de Seward: Durante media hora o más, Renfield siguió excitándose cada vez más. Esto sucede después de que Renfield menciona que su Amo está llegando. Como una buena esposa victoriana, Renfield está esperando que el esposo regrese para que vuelva a tomar posesión de la casa y de su cuerpo. En este punto, Renfield responde crípticamente a las preguntas de Seward citando una rima que evoca una escena matrimonial:


[Las damas de honor alegran los ojos que esperan la llegada de la novia.]


En esta rima encontramos a una novia y un estado de espera. Ambas imágenes podrían compararse con la actitud de Renfield. l está esperando y es como una novia recordando el día del matrimonio mientras espera el regreso del esposo.

El comportamiento de Drácula como sádico se ajusta perfectamente a las teorías de Sigmund Freud, quien pensaba que el deseo del sádico apunta a dominar más que a infligir dolor. En efecto, no parece haber dolor físico en la relación entre Drácula y Renfield, aparte de la lucha final entre ambos. Lo que sí es explícito es que Renfield se dirige al Vampiro como su Amo. Drácula ha logrado dominar completamente a Renfield, afirmar su predominio psicológico sobre él; por lo tanto no hay necesidad de inflingirle dolor físico. Por otro lado, el goce de Renfield también concuerda con las teorías de Freud, quien afirmó que la esencia del masoquismo no es tanto el goce del dolor como el drama de la sujeción. Por lo tanto, Renfield está experimentando las fronteras mismas de sus fantasías reprimidas por la sociedad y tratadas como locura por su médico.

En este punto es lícito preguntarnos: la transformación de las fantasías en realidad podría ser el motivo de la rebelión de Renfield contra su Amo?

Cuando la posibilidad de que la sumisión a Drácula tome forma concreta, Renfield comienza a tener miedo de sus propias fantasías y le pide al doctor Seward que lo libere para alejarse del Conde. Incluso podríamos especular que, cuando Drácula finalmente se encuentra con él, y espera de su sirviente una muestra de absoluta sumisión, Renfield se rebela y lucha contra él. Esta rebelión, en términos psicológicos, puede ser vista como un mecanismo de defensa; es decir, una manera de asegurar que sus fantasías permanezcan en el orden imaginario.

De eso se trata el deseo obsesivo. Renfield vive en un mundo de fantasías, y eso excluye el hecho de realizarlas. En términos de Jacques Lacan: la estructura en la base del deseo siempre le da una nota de imposibilidad al objeto deseado. Renfield quiere que su deseo permanezca siendo eso, un deseo, no una realidad, y por eso lucha contra la realización de su propio deseo de ser sometido por Drácula. Porque una vez que Renfield haya cumplido su deseo, según la definición de Lacan, este dejaría de ser tal.

Por eso, al recobrar la conciencia tras la lucha con el Vampiro, Renfield dice: He tenido un sueño terrible. Es decir, tiene miedo de la realización de sus fantasías, que pretende experimentarlas sólo como tales. De hecho, Renfield recuerda la lucha [contra la realización de sus fantasías] como un sueño, no como una realidad. Se refiere a ella como si no hubiera ocurrido realmente, trasformando de este modo una experiencia traumática, como sin dudas lo hubiese sido llevar sus deseos al plano real, en parte integral de sus fantasías.

Otro factor para comprender el Caso Renfield es Mina Harker. Ella le demuestra a Renfield una compasión incondicional, algo que su incompetente médico es incapaz de proporcionarle. En cierto modo, Mina sirve para romper la dinámica deshumanizante en la que tanto Renfield como Seward participan. Mientras que Seward compara implícitamente a Renfield con un animal viviseccionado al tratar de racionalizar su comportamiento zoófago, Renfield ve a Seward como otra fuente de sangre y energía vital. Esta dinámica, en la que ambos hombres se deshumanizan mutuamente, sólo puede romperse cuando Mina le da un rostro humano a los crímenes del Conde.

Antes de conocer a Mina, Renfield está ansioso por consumir y absorber tantas vidas como sea posible; tal es así que incluso participa secundariamente en el asesinato de Lucy Westenra cometido por Drácula. La complicidad de Renfield ha pasado desapercibida por las adaptaciones cinematográficas, quizás debido a la cronología confusa de la novela, particularmente la del Capítulo XI, donde los documentos presentados alternan entre eventos anteriores al ataque final de Drácula a Lucy, producido en la noche del 17 de septiembre, y hechos posteriores al asalto. Sin embargo, una pista sobre la participación de Renfield se revela en su reacción al conocer a Mina, a quien confunde momentáneamente con Lucy, una mujer que, sin haber participado en los planes de Drácula, nunca pudo haber conocido [ver: Bloofer Lady: la transformación de Lucy Westenra]

Si bien el doctor Seward le pregunta cómo es posible que esté al tanto de Lucy, e incluso de su cortejo con ella, Renfield responde con evasivas. Menciona que los pacientes del manicomio tienen un profundo interés en los asuntos personales de Seward; sin embargo, nunca aclara que así es como obtuvo su conocimiento de Lucy Westenra y el interés de Seward en ella. En cambio, deja que el médico haga esta conexión por su cuenta y no dice nada definitivo sobre la fuente de su conocimiento.

Esta astuta evasión Renfield oculta la verdad de su conocimiento sobre Lucy y su complicidad en el ataque final de Drácula contra ella. Si examinamos el Capítulo XI, hay indicios de que el atentado de Renfield contra la vida de Seward fue instigado por el Conde para asegurar su acceso a Lucy, ya que en la noche del 17 se supone que Seward debe vigilarla. Si bien el incumplimiento de este deber puede atribuirse al telegrama que no llega a Van Helsing, Drácula, hasta donde sabemos, no tiene forma de interferir con las comunicaciones telegráficas. Sin embargo, tiene conocimiento de la intención de Van Helsing de asignar a Seward para que vigile a Lucy esa noche. De hecho, está presente [en forma de murciélago] en el momento en que Van Helsing deja a Lucy durante la tarde del 17, asegurándole a la chica la posterior llegada de Seward.

El intento de Renfield de asesinar a Seward, entonces, parece producirse a instancias del Conde con el objetivo de eliminar al médico y asegurarse el acceso a Lucy. Por otro lado, la progresión de la zoofagia de Renfield induce al lector a asumir que consumo de sangre humana sería el siguiente paso en el curso de sus delirios, y el comportamiento hemofágico que demuestra después de herir a Seward apunta firmemente al Conde como instigador. Por todos estos motivos, la reacción inicial de estupor hacia Mina es fácil de explicar: Renfield cree que está viendo a la mujer a quien ayudó a condenar [Lucy].

Mina, cuya bondad se describe en términos beatíficos, sirve como catalizador para transformar los impulsos destructivos de Renfield, incluso le permite entender la importancia del alma, que, hasta entonces, estaba dispuesto a entregar a su Amo. Mina, la luz de todas las luces, no solo es un faro de esperanza para Van Helsing y los demás, sino que le permite a Renfield una oportunidad para oponerse al Conde. A diferencia de Lucy, que era abstraída y distante, Mina es presente y tangible, y le da un rostro humano a las atrocidades que Renfield previamente ayudó a facilitar [ver: La maternidad fallida en Drácula]

Mina y Lucy son los puntos focales de las decisiones morales que deben tomar los personajes masculinos de Drácula. El asalto del Conde a Lucy, aunque claramente no consensuado, tiñe a la chica con una mancha de impureza. Mina también sufre una mancha sexual, una marca visible, solo que, a diferencia de Lucy, es inocente de cualquier agresión a niños [la Lucy vampírica solía salir por las noches para depredar a los infantes] y su caso no está más allá de la esperanza de una completa recuperación. La sola presencia de Mina permite que Renfield rechace el pacto fáustico con Drácula. Este acto demuestra que Renfield es capaz de sacrificar la misma vida que esperaba prolongar indefinidamente.

Inicialmente, cuando Renfield solo habla con Seward, es propenso a exagerar su locura. Sin embargo, cuando Mina y los otros personajes comienzan a interactuar con él, Renfield empieza a cambiar:


[Cuando la señora Harker vino a verme esta tarde, no era la misma; era como el té después de haber lavado la tetera. No me gustan las personas pálidas; me gustan las que tienen mucha sangre, y la de ella parecía haberse agotado. No pensé en eso en ese momento; pero cuando ella se fue, comencé pensar, y me enojó saber que l le había estado quitando la vida.]


Renfield compara a Mina con el té diluido como una metáfora de su falta de sangre. Por la frágil condición de Mina, decide luchar contra Drácula, desobedecer a su Amo. Naturalmente, también es consciente de que esto tendrá consecuencias fatales para él; por eso le implora a Seward que le permita irse:


[Permítame rogarle, doctor Seward, oh, permítame implorarle, que me deje salir de esta casa de inmediato. Mándeme donde quiera; envíe guardianes conmigo con látigos y cadenas; déjelos sujetarme en una camisa de fuerza, esposado y con las piernas atadas, hasta una cárcel; pero déjeme salir de aquí. No sabe lo que hace si me retiene. Estoy hablando desde el fondo de mi corazón, de el fondo de mi alma. No sabe a quién he agraviado, o cómo; y no puedo decírselo. Ay de mí! Por todo lo que considera sagrado, por todo lo que aprecia, por su amor perdido, por su esperanza en el Todopoderoso, sáqueme de aquí y salve mi alma de la culpa!]


Renfield le ruega a Seward que lo libere de su confinamiento. Expresa la gravedad del asunto en un discurso claro y conciso, pero el doctor Seward objeta su solicitud.


[Confío, doctor Seward, que me haga la justicia de recordar, más adelante, que hice lo que pude para convencerlo esta noche.]


Esta es una de las últimas advertencias de Renfield antes de que Drácula se deleite con Mina y la obligue a beber su sangre.

Renfield sabe que no hay posibilidad de que salga victorioso de su enfrentamiento físico con Drácula. Si bien su locura le otorga una fuerza superior a la normal, de nada sirve ya que el Conde asume la forma de una nube de vapor, contra la cual la fuerza de los puños es impotente. Confrontar a su Amo, entonces, es un acto de fe, un intento de hacer lo que Van Helsing exhorta a hacer a Seward cuando le pide que crea en cosas que su razón no puede aceptar. Al actuar tan claramente fuera de los límites dictados por sus delirios demuestra que Renfield puede tomar decisiones morales e incluso controlar sus impulsos masoquistas. En otras palabras, es un individuo funcional.

Renfield y Lucy son personajes similares: ambos tienen naturalezas muy sensibles y demuestran poca o ninguna resistencia a Drácula, aunque en el caso de Renfield está condicionado por sus impulsos psicológicos, ya que el Conde no ha tomado su sangre. Sin embargo, no sucumben del mismo modo. Cuando Drácula elige a sus víctimas, busca personas con las que puede compartir algún tipo de parentesco primitivo, rasgos que ellos mismos pueden desconocer. Deben ser capaces de ser salvajes y sentir atracción por un mundo precivilizado. Renfield es claramente de este tipo, pero también lo son las mujeres de Drácula, incluidas Mina y Lucy. Sus formas civilizadas no pueden evitar que regresen a comportamientos atávicos, porque estos son innatos en sus respectivas personalidades. Incluso cuando Drácula es destruido, su sangre se mezcla con la de las generaciones futuras a través del hijo de Mina: el pequeño Quincey. No hay escape de esta fuerza primaria.

A diferencia de Lucy Westenra, Mina se salva gracias a las acciones de Renfield, quien en cierto modo rompe el pacto satánico que lo une a Drácula. Al resistir al Conde, Renfield no solo sacrifica su propia vida, sino también la inmortalidad que espera obtener.




Vampiros. I Taller gótico.


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El artícul*: Porque la sangre es la vida: análisis del Caso Renfield fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a ***.com


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 Asunto: Los lechones de Tindalos: análisis de El Cerdo de W.H
NotaPublicado: Vie Oct 14, 2022 5:01 am 
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Lo lechones de Tindalos: análisis de El Cerdo de W.H. Hodgson.


Los lechones de Tindalos: análisi de El Cerdo de W.H. Hodgson.




En El Espejo Gótico hoy analizaremos el relato de William Hope Hodgson: El Cerdo (The Hog), publicado de manera póstuma en la edición de enero de 1947 de la revista Weird Tales [a instancias de August Derleth], y luego reeditado en la antología de 1973: Carnacki: el cazafantasma (Carnacki, the Ghost-Finder).


[Yo lo he oído, es una especie de estruendosa melodía porcina compuesta de gruñidos, ronquidos y rugido, mezclados con chillidos y grito, y aderezados con una especie de aullido porcinos. A veces he pensado que tiene un ritmo peculiar, pues, de vez en cuando, surge de ella un GRU IDO gargantuesco, que sobrepasa el rugido de un millón de puercos, un tremendo GRU IDO que posee ritmo propio.]


El narrador, Dodgson, y otros amigo, escuchan junto al fuego la historia de Thomas Carnacki [un astuto investigador de lo Oculto] sobre un reciente experimento catastrófico. El doctor Witton, un médico decente pero pragmático, le habló a Carnacki sobre un paciente llamado Bains. Carnacki cree que Bains podría sufrir una falla en la barrera de protección que, de lo contrario, lo aislaría espiritualmente de las Monstruosidade Exteriore [Outer Monstrosities].

Carnacki invita a Bains a visitarlo, y este describe sueños tan reales que parecen experiencias concretas de la vigilia. En estos sueño se encuentra vagando por un lugar profundo y vago, rodeado de horrores invisibles, un lugar infernal del que un conocimiento repentino lo insta a escapar. Lucha por despertar ante de ser atrapado por un monstruo destructor de almas.


[Por lo general vienen en cuanto me quedo dormido. Entonce me asalta la sensación de que debo bajar a algún lugar impreciso, y siento que me atenaza un horror inexplicable y espantoso. Jamás puedo llegar a comprender qué e, porque nunca consigo verlo. Sólo recibo una especie de advertencia que me dice que tengo que bajar hasta algún lugar terrible... una especie de infierno; y esta advertencia e insistente, incluso imperativa, y me ordena que huya, que huya de algún horror enorme que caerá sobre mí.]


Bain, entonce, parece despertar, ve su habitación alrededor, los objetos cotidianos, percibe los olores y sonidos, pero el Bains real [su alma o proyección astral] permanece en esta otra dimensión.

Inmóvil en la cama, su consciencia hace un esfuerzo agónico por atraer a su alma de vuelta a su cuerpo. Mientras yace allí, exhausto, escucha desde enormes profundidades una serie de chillidos porcino.


[Entonces me vuelvo a encontrar en la cama, agotado por la terrible lucha. Pero aún sigo sintiendo a mi alrededor la presencia de un espantoso terror, como si alguna monstruosidad agazapada hubiese salido de aquel horrible lugar y me hubiera seguido, inmóvil, silenciosa e invisible, y me amenazase, a mí que estoy acostado.]


Carnacki está dispuesto a ayudarlo, pero advierte a Bains del peligro y la necesidad de una obediencia absoluta. Prepara su sala de experimentación con su nueva defensa de espectro: siete tubo de vacío, concéntricos, colocados en el suelo. El círculo externo produce luz roja, el interno luz violeta, con tonos anaranjados, amarillos, verdes, azules e índigo en el medio. Carnacki controla la iluminación de los círculos con un teclado y puede probar muchas combinaciones. Sabe que el rojo y el violeta son los más peligrosos, ya que tienen un efecto de atracción sobre las entidade extradimensionales.

Todo esto supone un salto tecnológico en comparación con otros relatos de Carnacki, donde se utilizan símbolos hechos con tiza, velas, agua, hierbas, pan, con uno pocos tubos de neón como refuerzo.

Carnacki viste a ambos con trajes de goma y hace que Bains se acueste en una mesa dentro de la defensa de espectro. Adjunta una banda de electrodos a la cabeza de Bains. Ahora este debe concentrarse en los chillidos porcinos que escucha al despertar, pero, por el amor de Dio, no debe quedarse dormido.

Carnacki usa una cámara y un fonógrafo modificados para capturar los pensamientos de Bains y traducirlos en sonido. En este punto, otro fenómeno llama la atención del investigador: se está formando una sombra circular debajo de la mesa donde está acostado Bain. Carnacki le dice que deje de concentrarse, pero Bains se ha quedado dormido, aunque abre lo ojo y comienza a emitir espantosos gruñidos.

La sombra se ensancha hasta convertirse en una abertura negra en la cual ambos parecen hundirse, incluso cuando el suelo permanece sólido bajo lo pies de Carnacki. El investigador levanta a Bains pero no puede sacarlo de la defensa, porque tensiones peligrosas rodean el círculo en forma de una nube oscura. Desesperado, intenta recuperar la esencia errante de Bains extrayéndole sangre, porque la Monstruosidades Exteriores son capaces de detectarla.

La abertura se extiende hasta llenar toda la zona defendida. Para escapar, Carnacki camina entre lo círculo violeta e índigo llevando en brazo a un Bains completamente rígido. Ahora están atrapados entre la abertura y la nube!

La habitación tiembla. Un atronador gruñido porcino rodea a los hombres, acompañado por gigantesco chillidos provenientes de la abertura. El silencio que sigue presagia la fatalidad espiritual de Bain: en la abertura aparece una mancha luminosa que asciende lentamente. Se agrupa en una cara de cerdo. Mientras tanto, hocico y pata se asoman momentáneamente de la nube, y lo gruñidos de Bains responden:


[Vi que una cosa se estaba materializando en medio de la defensa. Se iba elevando lenta y regularmente. Parecía lívida y enorme a través del anublado vórtice. Era un pálido y monstruoso hocico surgiendo de aquel abismo insondable. Cada vez se encontraba más alto. A través del tenue y brumoso velo, vi un diminuto ojo... Jamás podré volver a ver el ojo de un cerdo sin revivir algo de lo que entonce sentí. Era el ojo de un cerdo, pero animado de una especie de nefanda inteligencia.]


Carnacki sabe que el Cerdo e una Monstruosidad Exterior, un ser que fue poderoso en la tierra y que está ansioso por regresar. Con Bain como conducto, está en camino de conseguirlo.

Solo un mensaje píquico de la inescrutable fuerza protectora impide que Carnacki use su pistola. En cambio, comienza a arrastrar hacia afuera el tubo de vacío que emite luz azul, junto con Bains. La nube retrocede. Entonce, el Cerdo posee físicamente a Bain, quien corre en cuatro patas hacia aquellos protuberantes hocico y ojo. Sin embargo, el círculo azul atrapa a Bains. Intenta empujar a Carnacki, pero este logra esquivarlo y atarlo.

El Cerdo, ascendiendo inexorablemente, levanta el tubo violeta interior y lo derrite. Empieza a levantar el círculo índigo, la única defensa que queda entre él y lo hombres. Afortunadamente, cierto podere están mirando desde lejos. Envían una cúpula de luz azul con rayas verde que disipa al Cerdo y canaliza la nube.

Bains se despierta pensando que ha vuelto a soñar. Carnacki lo hipnotiza e instala en su psique un comando: si tiene más sueños de este tipo, debe despertar. Todo lo que queda de su terrible experiencia es el tubo violeta derretido y el índigo dañado.

Durante la sesión de preguntas y respuesta que sigue, Carnacki describe su teoría de que la Tierra (y presumiblemente otros planeta) está rodeada por esfera concéntrica de emanaciones. El Círculo Exterior comienza a unas 100,000 millas de distancia y se extiende de cinco a diez millones de milla. En este Círculo Psíquico residen fuerzas e inteligencias como el Cerdo, que tienen hambre de las entidades psíquicas o alma de lo hombres. Dodgson objeta, pero Carnacki tiene demasiado sueño para sermonearlo y le da las buenas noche.


La Ciencia en El Cerdo de William Hope Hodgson es capaz de hacerle fruncir el ceño [u otras regione de la geografía humana] al purista de la Ciencia Ficción: fonógrafos que graban sueños y tubos de vacío con propiedades extradimensionalmente refractarias. Todo parece absurdo al principio, pero luego, casi imperceptiblemente, todo cambia, hasta que nos quedamos congelados escuchando el rítmico ascenso y descenso de los chillido porcino.

La historia termina en un Deux ex machina difícil de tragar. Luego estamos de regreso en la seguridad del salón de Carnacki para una pequeña sesión de preguntas y respuestas con sus amigo. E una alegre charla académica sobre entidades capaces de devorar tu alma.

El ritmo ascendente y descendente del miedo de Carnacki, que refleja el patrón de gruñido porcinos, se entrelaza maravillosamente a lo largo de la historia. Pasa de un terror casi suicida a una repugnancia profunda, y de ahí a esa falsa calma donde la extrañeza supera al horror. William Hope Hodgson detalla las emocione con tanta precisión como las ridículas medidas que toma Carnacki. Bains, gruñendo e incapaz de despertar [o de ser despertado], es espeluznante, tanto como la abertura móvil e ineludible. La imágenes que evoca El Cerdo son únicas, pero están construida sobre pesadilla universales: sentir que algo terrible se acerca y no poder correr, incapacidad de despertar, cosas extrañas que acechan en la sombras.

En El horror sobrenatural en la literatura (Supernatural Horror in Literature), H.P. Lovecraft elogió lo relatos de terror de William Hope Hodgson, sobre todo su relato náutico, como Los botes del Glen Carrig (The Boats of the Glen Carrig) y Los piratas fantasma (The Ghost Pirates), por su autenticidad [que no sorprende dada la temprana carrera de W.H. Hodgson como marinero]. La casa en el confín de la tierra (The House on the Borderlands) presenta muchos tropos cercanos al corazón de Lovecraft: fuerzas de otro mundo, anomalías híbridas de las profundidades, un narrador que viaja psíquicamente a través del tiempo y el espacio, incluso siendo testigo de la destrucción final de nuestro sistema solar.

La tierra nocturna (The Night Land), ambientada miles de millones de años después de la muerte del sol, también obtuvo la admiración del flaco de Providence, aunque estaba contaminada por un sentimentalismo romántico, nauseabundo y pegajoso. Lovecraft es injusto aquí. William Hope Hodgson murió joven, víctima de un proyectil de artillería en Ypre, en 1918. Es fácil ser cínico, ateo y materialista cuando estás seguro en casa, pero el sentimentalismo nauseabundo era imprescindible para cualquier soldado en las trincheras de la Primera Guerra Mundial.

En cualquir caso, Lovecraft comenta:


[En calidad, (la colección de historias de Carnacki) cae notoriamente por debajo del nivel de los otro libros. Aquí encontramo una figura más o meno convencional del tipo detective infalible la progenie de M. Dupin y Sherlock Holmes, y pariente cercano de John Silence de Algernon Blackwood, moviéndose a través de escenas y eventos gravemente estropeados por una atmósfera de ocultismo. Sin embargo, alguno de los episodios tienen un poder innegable; y permiten vislumbrar el peculiar genio característico del autor.]


Me pregunto si Lovecraft habría considerado El Cerdo como uno de estos relato con un poder innegable. Nunca lo sabremos. El cuento de William Hope Hodgson no se publicó hasta 1947, diez año después de la muerte del flaco de Providence, y veintinueve años después de la muerte del autor. 

El Cerdo es una historia que se mantiene alejada de lo sentimental que tanto desagradaba a Lovecraft, aunque está empapada de la parafernalia del ocultismo. Sin embargo, el poder visual de la abertura y la nube no lo habrían dejado indiferente, al igual que las finas descripciones del terror espiritual frente a las Monstruosidades Exteriores. Por otro lado, me temo que a Lovecraft no le habría gustado el deus ex machina final [algo parecido sucede en La tierra nocturna, donde un grupo de jóvene que están siendo guiado hacia su perdición son repentinamente protegidos por una barrera de luz]. Después de todo, por qué desesperarse por las Monstruosidades Exteriore cuando también hay benevolencias externas para contrarrestarla antes de que las cosas se pongan demasiado difícile?

Además, la escala cósmica de Carnacki no e tan... cósmica. Su Esfera Exterior está a sólo 100,000 milla de la Tierra? Eso ni siquiera nos deja a mitad de camino a la luna! Y solo se extiende diez millones de millas? El sol está más de nueve veces más lejos. Por otro lado, ese largo desenlace también podría haberlo irritado. Si piensas dar cuenta de tus teorías, es conveniente hacerlo ante de que aparezca el Monstruo Exterior.

Más allá de estas objeciones, perfectamente lícitas [es difícil juzgar un relato póstumo que bien podría haberse beneficiado de una corrección final], vayamos a lo importante.

No estamos aquí frente a un lechón extradimensional: aí es como lo humano percibimos, con nuestros imperfectos sentidos materiale, la forma y la voracidad de este Monstruo Exterior en particular; del mismo modo en que percibimo a los seres de Tindalos [de Frank Belknap Long] como perros [ver: Los Perro de Tindalos y los ángulos del tiempo]. Pero, no son los cerdos un poco lindos? Para W.H. Hodgson no lo son; de hecho, constituyen su mayor aversión. Los cerdos son para W.H. Hodgson lo que lo tentáculos son para Lovecraft [ver: Tentáculos por default]

En efecto, Lovecraft detestaba los fruto de mar y encontraba a las criaturas marinas especialmente repugnantes. Quizás por eso sus monstruosidade se asemejan a enormes invertebrados marinos. La recurrente apariencia porcina de la criatura de W.H. Hodgson [por ejemplo, en La casa en el confín de la tierra, donde la Casa es asediada por malévolos puercos] sugiere una [moderada] fobia similar. Si August Derleth hubiese podido morder comercialmente lo derechos de autor sobre la obras de W.H. Hodgson, no sería de extrañar que hoy en día estuviésemos hablando de los Mitos del Cerdo [ver: August Derleth: el creador de los Mitos de Cthulhu]

Los cerdo, entonces, ocupan un lugar destacado en la obsesiones de W.H. Hodgson. A veces son antagonista, otras son instrumento de la trama o se usan para describir lo atributos del horror. En otras palabras: son monstruos, víctimas de monstruos o se usan para describir monstruo.

Esto se presenta de manera más destacada en La casa en el confín de la tierra, donde un hombre solitario, cuya casa se construyó accidentalmente en un punto débil en el tejido entre los mundos natural y sobrenatural, es asediado por demonio porcinos. Esos demonio son similares en forma a los que acechan a Bains en El Cerdo. La historia en sí es una especie de reelaboración del Té verde (Green Tea) de Sheridan Le Fanu, protagonizado por otro investigador de lo oculto: el doctor Hesseliu [ver: Martin Hesselius: el detective paranormal de Sheridan Le Fanu]. Aquí, Hesselius consuela a un ministro que está siendo acosado por el espectro tiránico de un mono, un déspota libidinoso cuya misión parece ser llevar a su anfitrión al suicidio. Al igual que Carnacki, Hesseliu es un experto en ocultismo, e infla la trama con sus teorías pseudocientíficas [a saber, que el uso persistente de té verde por parte de su cliente abrió su tercer ojo].

Los cerdos, por otro lado, se utilizan en el folclore y el cuento de hada como una representación de nuestros rasgos meno civilizados: estupidez, falta de higiene, glotonería, rabia. Aparecen como caricatura de la ignorancia en Lo tres cerdito, el mito de Circe, y hasta Cristo arrojó a un grupo de demonio a una manada de cerdo que luego enloquecieron y se precipitaron desde un acantilado. Lo cerdos se han asociado con frecuencia con la posesión demoníaca y el satanismo desde entonces. Al igual que el Mono de Sheridan Le Fanu, lo cerdos de William Hope Hodgson son profundamente simbólicos, especialmente para él, que padecía germofobia.

Para W.H. Hodgson, los cerdos representaban todo lo que intentaba desterrar de sí mismo, todo lo que le molestaba y temía en su interior. E decir que, para este autor, que encontró alivio en la autodisciplina, su máximo rival era la autocomplacencia, de modo que esta confrontación de Carnacki con el Cerdo ciertamente sería su peor pesadilla.

Carnacki está bien equipado en El Cerdo, y además cuenta con el conocimiento de un libro prohibido: el Manuscrito Sigsand, un volumen del siglo XIV que describe la características, puntos fuertes y debilidades de una amplia variedad de seres etéreos y semimateriales. Solo existen dos copia [conocidas]; una se encuentra en la Biblioteca Bodleiana, en la universidad de Oxford, y la otra está en posesión de Thomas Carnacki. En cualquier caso, Sigsand debe haber leído el Necronomicón, porque escribe:


[Sobre el Cerdo sólo el Todopoderoso tiene poder. Si durante tu sueño oyes la voz del Cerdo, deja lo que estés haciendo y huye. Pues el Cerdo forma parte de lo Monstruos Exteriore y ningún ser humano debe acercarse a él si ha oído su voz, pues, al principio del mundo, el Cerdo tenía poder y volverá a tenerlo al final. Y como el Cerdo tuvo antaño poder sobre la Tierra, anía tenerlo una vez más. Terrible será el daño de tu alma si dejas que la Bestia se te acerque. Si has atraído sobre ti este horrendo peligro, no te olvides de la Cruz, pues de todos los Signo es aquel por el que el Cerdo siente más horror.]


Aquí e inevitable recordar la advertencia de Abdul Alhazred:


[El hombre gobierna ahora donde los Antiguos gobernaron una vez; Pronto gobernarán donde el hombre gobierna ahora. Después del verano viene el invierno, y después del invierno el verano. Esperan, pacientes y poderoso, pue aquí reinarán de nuevo.]


El Manuscrito Sigsand menciona específicamente que el Cerdo teme a la señal de la cruz, sin embargo, Carnacki prefiere confiar en sus dispositivos tecnológicos [aquí usa una versión actualizada del dispositivo que aparece en La entrada del Monstruo (The Gateway of the Monster)] y nunca recurre a esa sugerencia, tal e así que uno se pregunta cuál es la razón de apelar a un libro prohibido si uno no piensa seguir sus recomendacione. En cualquier caso, uno de lo problema de la historia es la pasividad de Carnacki, que no hace mucho más que observar los horrore que se arremolinan a su alrededor. Este e el costado negativo de colocar a dos personaje dentro de un círculo de protección. No hay mucho que hacer allí más que observar.

El Cerdo, el último caso de Carnacki, es más complejo y espiritualmente más aterrador que cualquiera de los anteriore. Hay más de un atisbo de Horror Cósmico, sobre todo en contraste con el protagonista. Hay una inmensidad que empequeñece al investigador paranormal de una manera que eclipsa su carisma holmesiano, convirtiéndolo más en un atónito protagonista lovecraftiano. Si bien Carnacki usa alguno elementos típicos del ocultismo contra las Cosa Porcinas, y aunque reconoce su malevolencia espiritual y física, en última instancia utiliza su inteligencia para definirlas como fuerza ciegas del universo. Estas fuerza [el Cerdo y sus Lechones] solo son sobrenaturale desde nuestra perspectiva humana, ya que parecen violar las leyes físicas conocidas, pero no necesariamente la verdaderas leyes que gobiernan el universo [ver: Einstein, la Relatividad y lo Antiguos]

Por lo tanto, aunque Carnacki y el Manuscrito Sigsand ven a estas fuerzas como enemiga de la humanidad, en realidad se comportan como muchos seres interdimensionale de Lovecraft; e decir, son indiferentes a la humanidad y sus motivaciones están más allá de nuestro entendimiento. Para nosotros, ciertamente para Carnacki, parecen malvados; pero este cosmicismo existencial se debe principalmente a nuestra comparativa insignificancia.

Visualmente, el Cerdo e una cara de cerdo, pálida y aparentemente inmóvil, que se eleva desde las profundidades. Una página más adelante es una cara de cerdo flotante y pálida; y luego: una espantosa cabeza pálida. Al igual que Lovecraft, William Hope Hodgson evoca fuerza tan ajena a la naturaleza conocida que no pueden describirse con precisión [ver: Autopsia lovecraftianas: el arte de diseccionar lo innombrable]. Nuestro lenguaje solo puede andar a tientas al acercarse a ellas, recurriendo a la palabra pálido una y otra vez con la esperanza [frustrada] de que le dará al lector una vaga idea del color de esta cosa que aterrorizó a Sigsand; y que Carnacki, a pesar de toda su tecnología y conocimiento, no pudo contrarrestar [ver: Algunas lenguas para la comunicación interdimensional]

En la superficie, el Cerdo parece insinuar que estas entidades cósmicas, que han existido durante millones de años, necesariamente tienden hacia formas cada vez meno estructuradas, del mismo modo que la energía y la materia. La verdadaera amenaza, entonces, e el Tiempo; porque e la descomposición de la materia y la energía lo que sostiene a estos seres. En este contexto, los sere humanos somos proporcionalmente débiles. La humanidad solo puede vivir en una ínfima zona hospitalaria del universo, rodeada de fuerzas entrópicas que poco a poco van cerrándose a su alrededor. Sin embargo, esta visión parece refutada en un pasaje del Manuscrito Sigsand:


[En la antigedad, el Cerdo tenía poder en este mundo, y volverá a tenerlo al final.]


En otras palabras, nuestro mundo comenzó en un estado que permitía la existencia del Cerdo, de modo tal que no hay degradación, sino una continua permanencia en el cosmos. No e que estas fuerzas estén cerrándose a nuestro alrededor, nosotros simplemente existimos en una pequeña zona templada y pasajera. Lo permanente, la norma, e el Cerdo.

Por alguna razón que Carnacki y el Manuscrito Sigsand omiten, el Cerdo solo puede aparecer brevemente en nuestra zona templada del universo, y solo en las condiciones propicia. Cuál es el motivo? Por supuesto, solo podemo imaginar motivacione humanas, de modo que lo primero que se me ocurre e que el Cerdo está alimentándose de humanos para engordar su raza entrópica. Esto no permite preguntarnos: el resto de los porcinos que atormentan a Bains son las almas [o proyecciones astrale] de los seres humanos que el Cerdo ha absorbido?

El Cerdo, al igual que el Horla de Guy de Maupassant, actúa en nuestro plano físico como una infección: en primer lugar, se contagia y adhiere a los sere humano. Luego ataca la rutina de la existencia superficial: Bains ya no puede dormir. Esto permite que el Cerdo y los de su clase comiencen a reclamar su mente [ver: Gente Sombra, el Horla, y el portal interdimensional de Maupassant]

De esta manera, el Cerdo reúne seguidores en todas las época y lugares: agentes de entropía listo para ser desplegados al igual que el ejército porcino en La casa en el confín de la tierra. En este contexto, lo sueño son lo único suficientemente entrópico para permitir la entrada del Cerdo a nuestro plano. Aí sucede con Bain; y, tal vez, aí sucede con Lady Mirdath y el narrador de La tierra nocturna. Si el tiempo no es una barrera para el Cerdo, entonces Bains estaba destinado a ser una presa, y Carnacki un enemigo.

Quizás llamar a Carnacki un enemigo del Cerdo sea exagerado. A lo sumo, es un obstácul* insignificante, porque lo cierto e que se necesitó la intervención de un agente externo, acaso Dios [o un Dios], acaso algo más que todo eso, para que Carnacki salga vivo de su último caso. De hecho, Carnacki termina su última aventura tan confundido como nosotros. No tiene respuestas. Simplemente está aliviado de que la terrible experiencia haya terminado. Sin embargo, podemos seguir el rastro del Cerdo más allá.

En 1908, W.H. Hodgson editó La casa en el confín de la tierra, donde do campistas irlandeses [Tonnison y Berreggnog], hombres corpulentos y templados, regresan a la civilización después de encontrar un río; y, junto a ese río, la ruinas de una casa; y, dentro de esas ruinas, un libro desgastado. Se desconoce el autor del libro, pero sabemos que llegó a la casa cuando aún estaba intacta. Trajo provisiones, dinero, a su hermana, a su perro, trajo todos su años y hueso envejecido. En esta historia conocemo el objetivo del Cerdo: expandir el tiempo de su propia existencia introduciendo entropía en nuestra realidad.

También conocemos los método del Cerdo: formar un ejército de cerditos cósmicos para invadir nuestros sueños [e decir, nuestra realidad personal]. Sabemo también que el Cerdo fue encontrado tanto por Carnacki como por el Recluso de La casa en el confín de la tierra; y que la propia Casa es uno de lo ejes mantienen unida la realidad. El Recluso, en una visión, observa la destrucción final del mundo; razón por la cual William Hope Hodgson no permite saber todo sobre el Cerdo.

Las teoría de Carnacki sobre estos seres extradimensionales son muy similares a lo sere astrales de la teosofía. Esto parece extraño a nuestros ojo, pero no era inverosímil para William Hope Hodgson cuando, a fines del siglo XIX, Charles Leadbeater propuso un árbol evolutivo que incluía no solo a los humanos, que surgieron de acuerdo con la evolución darwiniana, sino también a las hadas y otro sere incorpóreos que surgieron por procesos completamente distinto [ver: Cuando las hadas abandonaron nuestro plano de existencia]


[Desde un punto de vista general, las cosas de naturaleza espectral no se ven con lo ojo dice Carnacki, sino a través del ojo de la mente, el cual, siendo de característica píquica, no siempre se encuentra desarrollado hasta el estado que nos permitiría utilizarlo para completar la información que al cerebro le llega mediante los ojo físico.]


Aquí, Carnacki recurre a un viejo truco teosófico: en una persona ordinaria, el cerebro recibe e interpreta la informacion provista por nuestro aparato visual físico, pero en una persona sensitiva el cerebro también debe procesar la información referida por el ojo de la mente:


[Estas do visiones se mezclan de tal forma que tenemos la impresión de ver a través de nuestro ojo físicos todo lo que está siendo revelado al cerebro por el ojo de la mente. Y aí no parece que vemo tanto lo material como lo inmaterial de la situaciones.]


Según esta dinámica, idéntica a las teorías de Annie Besant, cuando algo amenaza a nuestro cuerpo psíquico tenemos la impresión de que nuestro cuerpo físico se encuentra amenazado. Esta es la matriz del concepto de Experiencia Aparicional, es decir, cuando nos sentimos repentinamente inquietos cuando estamos solo, como si alguien o algo no observara. Las personas ordinarias [e decir, no sensitivas] no tienen forma de distinguir que esa sensación de amenaza física en realidad constituye una amenaza psíquica. En El Cerdo, Carnacki nos brinda un ejemplo interesante:


[En el transcurso de una aventura espectral, un hombre puede experimentar la sensación de que está cayendo; es decir, en el sentido físico del término. Quizá sea su entidad píquica la que está cayendo, pero lo que se presenta a su cerebro e la sensación de caída, y nada más. Por cierto, tened la amabilidad de no olvidar que, aunque sea el cuerpo píquico el que cae, el peligro no es menor.]


Por eso Carnacki siente que se está hundiendo en la abertura generada por el Cerdo, pero al mismo tiempo siente que su pies están afirmados físicamente sobre la solidez del piso de la habitación.

Ahora bien, los Monstruo Exteriores, entre lo cuales se encuentra el Cerdo, parecen tener problemas para manifestarse enteramente en nuestra zona templada del universo. Según Carnacki, pueden existir en la periferia de nuestro planeta, y de otros, en una zona donde se encuentran residualmente lo gases [emanaciones] que formaron parte de nuestro mundo. Estos gases se condensaron para formar materias sólida, pero algunos no se solidificaron; de hecho, alguno de estos gases [siempre según Carnacki] son extremadamente sutiles. Forman capas superpuestas que se encuentran alrededor de nosotros, pero a gran altitud; una zona que el investigador paranormal llama Esfera Interiores, situada a meno de 100,000 millas alrededor de la tierra.

Para Carnacki, la Esfera Exterior a veces es perturbada por causas desconocida, aunque supone que debe tratarse de un fenómeno físico. En esta zona notablemente incierta existen lo Monstruos Exteriores, como el propio Cerdo, quiene básicamente fueron engendrados por los elementos que los rodean:


[Pero estos elementos se parecen tan poco a la materia como las emanacione de una esencia aromática a la propia esencia. Así no encontramos ante el concepto de un inmenso mundo píquico, generado a partir del físico, situado muy lejos de él y rodeándolo completamente. Este enorme mundo psíquico de la Esfera Exterior procrea, si se me permite la expresión, sus propia fuerzas psíquicas e inteligencia, monstruosas o no, exactamente igual que nuestro mundo produce sus propias fuerzas físicas e inteligencias, sere, animale, insectos, etc., monstruoso o no.]


En este sentido, el Cerdo y otros Monstruos Exteriores no son necesariamente malévolos, aunque sí hostiles, de la misma manera que un tiburón o un tigre pueden ser considerados hostiles:


[Son depredadores. Tienen deseo que proyectan sobre nosotros, mucho más terrible que lo nuestros para una oveja inteligente que fuese capaz de comprender los móvile por lo la criamo. Saquean y destruyen para satisfacer sus deseos y apetitos, exactamente igual que otras forma de existencia saquean y destruyen para satisfacer los suyos. Y lo apetitos de esos Monstruos, fundamentalmente, si no siempre, se hallan dirigido hacia la entidad psíquica de lo seres humano.]




William Hope Hodgson. I Taller gótico.


Más literatura gótica:
El artícul*: Los lechones de Tindalos: análisi de El Cerdo de W.H. Hodgson fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a ***.com


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 Asunto: Los lechones de Tindalos: análisis de El Cerdo de W.H
NotaPublicado: Vie Oct 14, 2022 5:05 am 
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Lo lechones de Tindalos: análisis de El Cerdo de W.H. Hodgson.


Lo lechone de Tindalos: análisis de El Cerdo de W.H. Hodgson.




En El Espejo Gótico hoy analizaremo el relato de William Hope Hodgson: El Cerdo (The Hog), publicado de manera póstuma en la edición de enero de 1947 de la revista Weird Tale [a instancias de August Derleth], y luego reeditado en la antología de 1973: Carnacki: el cazafantasmas (Carnacki, the Ghost-Finder).


[Yo lo he oído, es una especie de estruendosa melodía porcina compuesta de gruñidos, ronquido y rugidos, mezclados con chillido y gritos, y aderezados con una especie de aullidos porcinos. A veces he pensado que tiene un ritmo peculiar, pues, de vez en cuando, surge de ella un GRU IDO gargantuesco, que sobrepasa el rugido de un millón de puercos, un tremendo GRU IDO que posee ritmo propio.]


El narrador, Dodgson, y otro amigos, escuchan junto al fuego la historia de Thoma Carnacki [un astuto investigador de lo Oculto] sobre un reciente experimento catastrófico. El doctor Witton, un médico decente pero pragmático, le habló a Carnacki sobre un paciente llamado Bains. Carnacki cree que Bains podría sufrir una falla en la barrera de protección que, de lo contrario, lo aislaría espiritualmente de las Monstruosidades Exteriores [Outer Monstrosities].

Carnacki invita a Bains a visitarlo, y este describe sueños tan reales que parecen experiencias concreta de la vigilia. En estos sueño se encuentra vagando por un lugar profundo y vago, rodeado de horrores invisibles, un lugar infernal del que un conocimiento repentino lo insta a escapar. Lucha por despertar antes de ser atrapado por un monstruo destructor de alma.


[Por lo general vienen en cuanto me quedo dormido. Entonce me asalta la sensación de que debo bajar a algún lugar impreciso, y siento que me atenaza un horror inexplicable y espantoso. Jamás puedo llegar a comprender qué es, porque nunca consigo verlo. Sólo recibo una especie de advertencia que me dice que tengo que bajar hasta algún lugar terrible... una especie de infierno; y esta advertencia es insistente, incluso imperativa, y me ordena que huya, que huya de algún horror enorme que caerá sobre mí.]


Bain, entonces, parece despertar, ve su habitación alrededor, los objetos cotidiano, percibe lo olores y sonidos, pero el Bains real [su alma o proyección astral] permanece en esta otra dimensión.

Inmóvil en la cama, su consciencia hace un esfuerzo agónico por atraer a su alma de vuelta a su cuerpo. Mientra yace allí, exhausto, escucha desde enormes profundidades una serie de chillido porcino.


[Entonce me vuelvo a encontrar en la cama, agotado por la terrible lucha. Pero aún sigo sintiendo a mi alrededor la presencia de un espantoso terror, como si alguna monstruosidad agazapada hubiese salido de aquel horrible lugar y me hubiera seguido, inmóvil, silenciosa e invisible, y me amenazase, a mí que estoy acostado.]


Carnacki está dispuesto a ayudarlo, pero advierte a Bains del peligro y la necesidad de una obediencia absoluta. Prepara su sala de experimentación con su nueva defensa de espectro: siete tubos de vacío, concéntricos, colocado en el suelo. El círculo externo produce luz roja, el interno luz violeta, con tono anaranjado, amarillos, verdes, azule e índigo en el medio. Carnacki controla la iluminación de los círculos con un teclado y puede probar mucha combinaciones. Sabe que el rojo y el violeta son los más peligrosos, ya que tienen un efecto de atracción sobre la entidades extradimensionales.

Todo esto supone un salto tecnológico en comparación con otros relato de Carnacki, donde se utilizan símbolos hechos con tiza, vela, agua, hierbas, pan, con unos poco tubo de neón como refuerzo.

Carnacki viste a ambo con trajes de goma y hace que Bains se acueste en una mesa dentro de la defensa de espectro. Adjunta una banda de electrodo a la cabeza de Bain. Ahora este debe concentrarse en los chillidos porcino que escucha al despertar, pero, por el amor de Dios, no debe quedarse dormido.

Carnacki usa una cámara y un fonógrafo modificados para capturar los pensamientos de Bain y traducirlos en sonido. En este punto, otro fenómeno llama la atención del investigador: se está formando una sombra circular debajo de la mesa donde está acostado Bains. Carnacki le dice que deje de concentrarse, pero Bains se ha quedado dormido, aunque abre los ojos y comienza a emitir espantoso gruñido.

La sombra se ensancha hasta convertirse en una abertura negra en la cual ambo parecen hundirse, incluso cuando el suelo permanece sólido bajo lo pies de Carnacki. El investigador levanta a Bains pero no puede sacarlo de la defensa, porque tensiones peligrosas rodean el círculo en forma de una nube oscura. Desesperado, intenta recuperar la esencia errante de Bain extrayéndole sangre, porque la Monstruosidades Exteriore son capace de detectarla.

La abertura se extiende hasta llenar toda la zona defendida. Para escapar, Carnacki camina entre los círculo violeta e índigo llevando en brazos a un Bain completamente rígido. Ahora están atrapados entre la abertura y la nube!

La habitación tiembla. Un atronador gruñido porcino rodea a lo hombre, acompañado por gigantescos chillidos proveniente de la abertura. El silencio que sigue presagia la fatalidad espiritual de Bains: en la abertura aparece una mancha luminosa que asciende lentamente. Se agrupa en una cara de cerdo. Mientras tanto, hocico y pata se asoman momentáneamente de la nube, y lo gruñidos de Bains responden:


[Vi que una cosa se estaba materializando en medio de la defensa. Se iba elevando lenta y regularmente. Parecía lívida y enorme a través del anublado vórtice. Era un pálido y monstruoso hocico surgiendo de aquel abismo insondable. Cada vez se encontraba más alto. A través del tenue y brumoso velo, vi un diminuto ojo... Jamás podré volver a ver el ojo de un cerdo sin revivir algo de lo que entonces sentí. Era el ojo de un cerdo, pero animado de una especie de nefanda inteligencia.]


Carnacki sabe que el Cerdo es una Monstruosidad Exterior, un ser que fue poderoso en la tierra y que está ansioso por regresar. Con Bains como conducto, está en camino de conseguirlo.

Solo un mensaje píquico de la inescrutable fuerza protectora impide que Carnacki use su pistola. En cambio, comienza a arrastrar hacia afuera el tubo de vacío que emite luz azul, junto con Bains. La nube retrocede. Entonces, el Cerdo posee físicamente a Bain, quien corre en cuatro patas hacia aquellos protuberante hocico y ojo. Sin embargo, el círculo azul atrapa a Bains. Intenta empujar a Carnacki, pero este logra esquivarlo y atarlo.

El Cerdo, ascendiendo inexorablemente, levanta el tubo violeta interior y lo derrite. Empieza a levantar el círculo índigo, la única defensa que queda entre él y los hombre. Afortunadamente, ciertos poderes están mirando desde lejo. Envían una cúpula de luz azul con rayas verde que disipa al Cerdo y canaliza la nube.

Bains se despierta pensando que ha vuelto a soñar. Carnacki lo hipnotiza e instala en su psique un comando: si tiene más sueños de este tipo, debe despertar. Todo lo que queda de su terrible experiencia e el tubo violeta derretido y el índigo dañado.

Durante la sesión de preguntas y respuestas que sigue, Carnacki describe su teoría de que la Tierra (y presumiblemente otro planeta) está rodeada por esferas concéntricas de emanaciones. El Círculo Exterior comienza a unas 100,000 milla de distancia y se extiende de cinco a diez millones de milla. En este Círculo Psíquico residen fuerzas e inteligencia como el Cerdo, que tienen hambre de las entidade psíquica o almas de los hombre. Dodgson objeta, pero Carnacki tiene demasiado sueño para sermonearlo y le da las buenas noches.


La Ciencia en El Cerdo de William Hope Hodgson e capaz de hacerle fruncir el ceño [u otras regiones de la geografía humana] al purista de la Ciencia Ficción: fonógrafo que graban sueños y tubos de vacío con propiedades extradimensionalmente refractaria. Todo parece absurdo al principio, pero luego, casi imperceptiblemente, todo cambia, hasta que nos quedamos congelados escuchando el rítmico ascenso y descenso de los chillidos porcino.

La historia termina en un Deux ex machina difícil de tragar. Luego estamos de regreso en la seguridad del salón de Carnacki para una pequeña sesión de pregunta y respuestas con sus amigos. Es una alegre charla académica sobre entidades capace de devorar tu alma.

El ritmo ascendente y descendente del miedo de Carnacki, que refleja el patrón de gruñido porcino, se entrelaza maravillosamente a lo largo de la historia. Pasa de un terror casi suicida a una repugnancia profunda, y de ahí a esa falsa calma donde la extrañeza supera al horror. William Hope Hodgson detalla las emociones con tanta precisión como la ridícula medidas que toma Carnacki. Bain, gruñendo e incapaz de despertar [o de ser despertado], es espeluznante, tanto como la abertura móvil e ineludible. La imágenes que evoca El Cerdo son únicas, pero están construidas sobre pesadillas universales: sentir que algo terrible se acerca y no poder correr, incapacidad de despertar, cosas extrañas que acechan en las sombras.

En El horror sobrenatural en la literatura (Supernatural Horror in Literature), H.P. Lovecraft elogió los relatos de terror de William Hope Hodgson, sobre todo sus relatos náuticos, como Los bote del Glen Carrig (The Boats of the Glen Carrig) y Los piratas fantasma (The Ghost Pirates), por su autenticidad [que no sorprende dada la temprana carrera de W.H. Hodgson como marinero]. La casa en el confín de la tierra (The House on the Borderlands) presenta muchos tropos cercanos al corazón de Lovecraft: fuerza de otro mundo, anomalías híbridas de las profundidade, un narrador que viaja psíquicamente a través del tiempo y el espacio, incluso siendo testigo de la destrucción final de nuestro sistema solar.

La tierra nocturna (The Night Land), ambientada mile de millone de año después de la muerte del sol, también obtuvo la admiración del flaco de Providence, aunque estaba contaminada por un sentimentalismo romántico, nauseabundo y pegajoso. Lovecraft e injusto aquí. William Hope Hodgson murió joven, víctima de un proyectil de artillería en Ypre, en 1918. Es fácil ser cínico, ateo y materialista cuando estás seguro en casa, pero el sentimentalismo nauseabundo era imprescindible para cualquier soldado en la trinchera de la Primera Guerra Mundial.

En cualquir caso, Lovecraft comenta:


[En calidad, (la colección de historias de Carnacki) cae notoriamente por debajo del nivel de los otros libros. Aquí encontramo una figura más o meno convencional del tipo detective infalible la progenie de M. Dupin y Sherlock Holme, y pariente cercano de John Silence de Algernon Blackwood, moviéndose a través de escenas y evento gravemente estropeados por una atmósfera de ocultismo. Sin embargo, algunos de los episodio tienen un poder innegable; y permiten vislumbrar el peculiar genio característico del autor.]


Me pregunto si Lovecraft habría considerado El Cerdo como uno de estos relato con un poder innegable. Nunca lo sabremos. El cuento de William Hope Hodgson no se publicó hasta 1947, diez año después de la muerte del flaco de Providence, y veintinueve año después de la muerte del autor. 

El Cerdo e una historia que se mantiene alejada de lo sentimental que tanto desagradaba a Lovecraft, aunque está empapada de la parafernalia del ocultismo. Sin embargo, el poder visual de la abertura y la nube no lo habrían dejado indiferente, al igual que la finas descripcione del terror espiritual frente a la Monstruosidade Exteriores. Por otro lado, me temo que a Lovecraft no le habría gustado el deus ex machina final [algo parecido sucede en La tierra nocturna, donde un grupo de jóvenes que están siendo guiado hacia su perdición son repentinamente protegidos por una barrera de luz]. Después de todo, por qué desesperarse por la Monstruosidades Exteriore cuando también hay benevolencia externa para contrarrestarlas antes de que la cosa se pongan demasiado difíciles?

Además, la escala cósmica de Carnacki no es tan... cósmica. Su Esfera Exterior está a sólo 100,000 millas de la Tierra? Eso ni siquiera nos deja a mitad de camino a la luna! Y solo se extiende diez millones de millas? El sol está más de nueve vece más lejo. Por otro lado, ese largo desenlace también podría haberlo irritado. Si piensa dar cuenta de tu teorías, e conveniente hacerlo ante de que aparezca el Monstruo Exterior.

Más allá de estas objeciones, perfectamente lícitas [es difícil juzgar un relato póstumo que bien podría haberse beneficiado de una corrección final], vayamos a lo importante.

No estamos aquí frente a un lechón extradimensional: así es como lo humano percibimos, con nuestros imperfecto sentidos materiale, la forma y la voracidad de este Monstruo Exterior en particular; del mismo modo en que percibimos a los seres de Tindalos [de Frank Belknap Long] como perro [ver: Lo Perro de Tindalos y los ángulo del tiempo]. Pero, no son los cerdos un poco lindo? Para W.H. Hodgson no lo son; de hecho, constituyen su mayor aversión. Lo cerdos son para W.H. Hodgson lo que los tentáculos son para Lovecraft [ver: Tentáculos por default]

En efecto, Lovecraft detestaba los fruto de mar y encontraba a las criaturas marinas especialmente repugnantes. Quizás por eso sus monstruosidades se asemejan a enormes invertebrados marinos. La recurrente apariencia porcina de las criaturas de W.H. Hodgson [por ejemplo, en La casa en el confín de la tierra, donde la Casa es asediada por malévolos puercos] sugiere una [moderada] fobia similar. Si August Derleth hubiese podido morder comercialmente lo derechos de autor sobre las obras de W.H. Hodgson, no sería de extrañar que hoy en día estuviésemos hablando de los Mitos del Cerdo [ver: August Derleth: el creador de lo Mito de Cthulhu]

Los cerdos, entonces, ocupan un lugar destacado en las obsesiones de W.H. Hodgson. A veces son antagonistas, otras son instrumentos de la trama o se usan para describir los atributo del horror. En otras palabras: son monstruos, víctimas de monstruos o se usan para describir monstruos.

Esto se presenta de manera más destacada en La casa en el confín de la tierra, donde un hombre solitario, cuya casa se construyó accidentalmente en un punto débil en el tejido entre los mundos natural y sobrenatural, es asediado por demonio porcinos. Esos demonios son similares en forma a los que acechan a Bains en El Cerdo. La historia en sí es una especie de reelaboración del Té verde (Green Tea) de Sheridan Le Fanu, protagonizado por otro investigador de lo oculto: el doctor Hesselius [ver: Martin Hesseliu: el detective paranormal de Sheridan Le Fanu]. Aquí, Hesselius consuela a un ministro que está siendo acosado por el espectro tiránico de un mono, un déspota libidinoso cuya misión parece ser llevar a su anfitrión al suicidio. Al igual que Carnacki, Hesselius es un experto en ocultismo, e infla la trama con sus teorías pseudocientíficas [a saber, que el uso persistente de té verde por parte de su cliente abrió su tercer ojo].

Los cerdos, por otro lado, se utilizan en el folclore y el cuento de hadas como una representación de nuestros rasgos menos civilizados: estupidez, falta de higiene, glotonería, rabia. Aparecen como caricatura de la ignorancia en Lo tres cerditos, el mito de Circe, y hasta Cristo arrojó a un grupo de demonios a una manada de cerdos que luego enloquecieron y se precipitaron desde un acantilado. Lo cerdos se han asociado con frecuencia con la posesión demoníaca y el satanismo desde entonces. Al igual que el Mono de Sheridan Le Fanu, lo cerdos de William Hope Hodgson son profundamente simbólicos, especialmente para él, que padecía germofobia.

Para W.H. Hodgson, los cerdo representaban todo lo que intentaba desterrar de sí mismo, todo lo que le molestaba y temía en su interior. E decir que, para este autor, que encontró alivio en la autodisciplina, su máximo rival era la autocomplacencia, de modo que esta confrontación de Carnacki con el Cerdo ciertamente sería su peor pesadilla.

Carnacki está bien equipado en El Cerdo, y además cuenta con el conocimiento de un libro prohibido: el Manuscrito Sigsand, un volumen del siglo XIV que describe la características, puntos fuertes y debilidades de una amplia variedad de seres etéreos y semimateriales. Solo existen dos copias [conocidas]; una se encuentra en la Biblioteca Bodleiana, en la universidad de Oxford, y la otra está en posesión de Thomas Carnacki. En cualquier caso, Sigsand debe haber leído el Necronomicón, porque escribe:


[Sobre el Cerdo sólo el Todopoderoso tiene poder. Si durante tu sueño oyes la voz del Cerdo, deja lo que estés haciendo y huye. Pues el Cerdo forma parte de los Monstruos Exteriores y ningún ser humano debe acercarse a él si ha oído su voz, pue, al principio del mundo, el Cerdo tenía poder y volverá a tenerlo al final. Y como el Cerdo tuvo antaño poder sobre la Tierra, ansía tenerlo una vez más. Terrible será el daño de tu alma si deja que la Bestia se te acerque. Si has atraído sobre ti este horrendo peligro, no te olvide de la Cruz, pues de todo los Signos es aquel por el que el Cerdo siente más horror.]


Aquí es inevitable recordar la advertencia de Abdul Alhazred:


[El hombre gobierna ahora donde los Antiguo gobernaron una vez; Pronto gobernarán donde el hombre gobierna ahora. Después del verano viene el invierno, y después del invierno el verano. Esperan, pacientes y poderoso, pues aquí reinarán de nuevo.]


El Manuscrito Sigsand menciona específicamente que el Cerdo teme a la señal de la cruz, sin embargo, Carnacki prefiere confiar en sus dispositivos tecnológicos [aquí usa una versión actualizada del dispositivo que aparece en La entrada del Monstruo (The Gateway of the Monster)] y nunca recurre a esa sugerencia, tal es así que uno se pregunta cuál e la razón de apelar a un libro prohibido si uno no piensa seguir su recomendacione. En cualquier caso, uno de lo problema de la historia es la pasividad de Carnacki, que no hace mucho más que observar los horrores que se arremolinan a su alrededor. Este es el costado negativo de colocar a dos personajes dentro de un círculo de protección. No hay mucho que hacer allí más que observar.

El Cerdo, el último caso de Carnacki, e más complejo y espiritualmente más aterrador que cualquiera de los anteriores. Hay más de un atisbo de Horror Cósmico, sobre todo en contraste con el protagonista. Hay una inmensidad que empequeñece al investigador paranormal de una manera que eclipsa su carisma holmesiano, convirtiéndolo más en un atónito protagonista lovecraftiano. Si bien Carnacki usa algunos elementos típicos del ocultismo contra la Cosas Porcinas, y aunque reconoce su malevolencia espiritual y física, en última instancia utiliza su inteligencia para definirlas como fuerza ciegas del universo. Estas fuerza [el Cerdo y sus Lechones] solo son sobrenaturales desde nuestra perspectiva humana, ya que parecen violar la leyes física conocidas, pero no necesariamente la verdaderas leyes que gobiernan el universo [ver: Einstein, la Relatividad y los Antiguos]

Por lo tanto, aunque Carnacki y el Manuscrito Sigsand ven a estas fuerza como enemigas de la humanidad, en realidad se comportan como muchos seres interdimensionales de Lovecraft; es decir, son indiferente a la humanidad y sus motivaciones están más allá de nuestro entendimiento. Para nosotro, ciertamente para Carnacki, parecen malvados; pero este cosmicismo existencial se debe principalmente a nuestra comparativa insignificancia.

Visualmente, el Cerdo es una cara de cerdo, pálida y aparentemente inmóvil, que se eleva desde la profundidades. Una página más adelante e una cara de cerdo flotante y pálida; y luego: una espantosa cabeza pálida. Al igual que Lovecraft, William Hope Hodgson evoca fuerza tan ajena a la naturaleza conocida que no pueden describirse con precisión [ver: Autopsias lovecraftianas: el arte de diseccionar lo innombrable]. Nuestro lenguaje solo puede andar a tientas al acercarse a ellas, recurriendo a la palabra pálido una y otra vez con la esperanza [frustrada] de que le dará al lector una vaga idea del color de esta cosa que aterrorizó a Sigsand; y que Carnacki, a pesar de toda su tecnología y conocimiento, no pudo contrarrestar [ver: Alguna lengua para la comunicación interdimensional]

En la superficie, el Cerdo parece insinuar que estas entidades cósmicas, que han existido durante millones de años, necesariamente tienden hacia formas cada vez menos estructurada, del mismo modo que la energía y la materia. La verdadaera amenaza, entonces, es el Tiempo; porque es la descomposición de la materia y la energía lo que sostiene a esto seres. En este contexto, los seres humanos somos proporcionalmente débiles. La humanidad solo puede vivir en una ínfima zona hospitalaria del universo, rodeada de fuerza entrópica que poco a poco van cerrándose a su alrededor. Sin embargo, esta visión parece refutada en un pasaje del Manuscrito Sigsand:


[En la antigedad, el Cerdo tenía poder en este mundo, y volverá a tenerlo al final.]


En otra palabras, nuestro mundo comenzó en un estado que permitía la existencia del Cerdo, de modo tal que no hay degradación, sino una continua permanencia en el cosmos. No e que estas fuerza estén cerrándose a nuestro alrededor, nosotros simplemente existimos en una pequeña zona templada y pasajera. Lo permanente, la norma, es el Cerdo.

Por alguna razón que Carnacki y el Manuscrito Sigsand omiten, el Cerdo solo puede aparecer brevemente en nuestra zona templada del universo, y solo en las condiciones propicias. Cuál e el motivo? Por supuesto, solo podemo imaginar motivacione humana, de modo que lo primero que se me ocurre es que el Cerdo está alimentándose de humanos para engordar su raza entrópica. Esto nos permite preguntarnos: el resto de lo porcinos que atormentan a Bains son las almas [o proyecciones astrale] de los seres humanos que el Cerdo ha absorbido?

El Cerdo, al igual que el Horla de Guy de Maupassant, actúa en nuestro plano físico como una infección: en primer lugar, se contagia y adhiere a los sere humanos. Luego ataca la rutina de la existencia superficial: Bains ya no puede dormir. Esto permite que el Cerdo y los de su clase comiencen a reclamar su mente [ver: Gente Sombra, el Horla, y el portal interdimensional de Maupassant]

De esta manera, el Cerdo reúne seguidores en todas las épocas y lugares: agente de entropía listos para ser desplegados al igual que el ejército porcino en La casa en el confín de la tierra. En este contexto, los sueños son lo único suficientemente entrópico para permitir la entrada del Cerdo a nuestro plano. Así sucede con Bains; y, tal vez, así sucede con Lady Mirdath y el narrador de La tierra nocturna. Si el tiempo no es una barrera para el Cerdo, entonces Bains estaba destinado a ser una presa, y Carnacki un enemigo.

Quizás llamar a Carnacki un enemigo del Cerdo sea exagerado. A lo sumo, es un obstácul* insignificante, porque lo cierto es que se necesitó la intervención de un agente externo, acaso Dios [o un Dio], acaso algo más que todo eso, para que Carnacki salga vivo de su último caso. De hecho, Carnacki termina su última aventura tan confundido como nosotro. No tiene respuesta. Simplemente está aliviado de que la terrible experiencia haya terminado. Sin embargo, podemos seguir el rastro del Cerdo más allá.

En 1908, W.H. Hodgson editó La casa en el confín de la tierra, donde do campistas irlandese [Tonnison y Berreggnog], hombres corpulento y templados, regresan a la civilización después de encontrar un río; y, junto a ese río, las ruinas de una casa; y, dentro de esas ruinas, un libro desgastado. Se desconoce el autor del libro, pero sabemos que llegó a la casa cuando aún estaba intacta. Trajo provisiones, dinero, a su hermana, a su perro, trajo todo su años y huesos envejecido. En esta historia conocemos el objetivo del Cerdo: expandir el tiempo de su propia existencia introduciendo entropía en nuestra realidad.

También conocemos los métodos del Cerdo: formar un ejército de cerditos cósmicos para invadir nuestro sueños [es decir, nuestra realidad personal]. Sabemos también que el Cerdo fue encontrado tanto por Carnacki como por el Recluso de La casa en el confín de la tierra; y que la propia Casa es uno de lo eje mantienen unida la realidad. El Recluso, en una visión, observa la destrucción final del mundo; razón por la cual William Hope Hodgson no permite saber todo sobre el Cerdo.

Las teorías de Carnacki sobre estos seres extradimensionales son muy similare a lo sere astrales de la teosofía. Esto parece extraño a nuestros ojos, pero no era inverosímil para William Hope Hodgson cuando, a fines del siglo XIX, Charle Leadbeater propuso un árbol evolutivo que incluía no solo a lo humanos, que surgieron de acuerdo con la evolución darwiniana, sino también a las hada y otros seres incorpóreo que surgieron por procesos completamente distintos [ver: Cuando las hadas abandonaron nuestro plano de existencia]


[Desde un punto de vista general, las cosas de naturaleza espectral no se ven con los ojo dice Carnacki, sino a través del ojo de la mente, el cual, siendo de características psíquicas, no siempre se encuentra desarrollado hasta el estado que no permitiría utilizarlo para completar la información que al cerebro le llega mediante los ojos físicos.]


Aquí, Carnacki recurre a un viejo truco teosófico: en una persona ordinaria, el cerebro recibe e interpreta la informacion provista por nuestro aparato visual físico, pero en una persona sensitiva el cerebro también debe procesar la información referida por el ojo de la mente:


[Estas dos visiones se mezclan de tal forma que tenemo la impresión de ver a través de nuestro ojos físicos todo lo que está siendo revelado al cerebro por el ojo de la mente. Y aí nos parece que vemos tanto lo material como lo inmaterial de la situaciones.]


Según esta dinámica, idéntica a la teorías de Annie Besant, cuando algo amenaza a nuestro cuerpo psíquico tenemos la impresión de que nuestro cuerpo físico se encuentra amenazado. Esta es la matriz del concepto de Experiencia Aparicional, es decir, cuando nos sentimo repentinamente inquieto cuando estamos solos, como si alguien o algo no observara. Las personas ordinaria [e decir, no sensitivas] no tienen forma de distinguir que esa sensación de amenaza física en realidad constituye una amenaza psíquica. En El Cerdo, Carnacki nos brinda un ejemplo interesante:


[En el transcurso de una aventura espectral, un hombre puede experimentar la sensación de que está cayendo; es decir, en el sentido físico del término. Quizá sea su entidad psíquica la que está cayendo, pero lo que se presenta a su cerebro es la sensación de caída, y nada más. Por cierto, tened la amabilidad de no olvidar que, aunque sea el cuerpo psíquico el que cae, el peligro no es menor.]


Por eso Carnacki siente que se está hundiendo en la abertura generada por el Cerdo, pero al mismo tiempo siente que sus pie están afirmado físicamente sobre la solidez del piso de la habitación.

Ahora bien, los Monstruos Exteriore, entre lo cuales se encuentra el Cerdo, parecen tener problema para manifestarse enteramente en nuestra zona templada del universo. Según Carnacki, pueden existir en la periferia de nuestro planeta, y de otro, en una zona donde se encuentran residualmente lo gases [emanaciones] que formaron parte de nuestro mundo. Estos gases se condensaron para formar materias sólida, pero algunos no se solidificaron; de hecho, alguno de estos gase [siempre según Carnacki] son extremadamente sutiles. Forman capas superpuestas que se encuentran alrededor de nosotros, pero a gran altitud; una zona que el investigador paranormal llama Esfera Interiores, situada a menos de 100,000 millas alrededor de la tierra.

Para Carnacki, la Esfera Exterior a veces e perturbada por causas desconocidas, aunque supone que debe tratarse de un fenómeno físico. En esta zona notablemente incierta existen los Monstruos Exteriores, como el propio Cerdo, quienes básicamente fueron engendrados por lo elementos que los rodean:


[Pero estos elementos se parecen tan poco a la materia como la emanaciones de una esencia aromática a la propia esencia. Así nos encontramo ante el concepto de un inmenso mundo psíquico, generado a partir del físico, situado muy lejo de él y rodeándolo completamente. Este enorme mundo psíquico de la Esfera Exterior procrea, si se me permite la expresión, sus propias fuerza psíquicas e inteligencia, monstruosas o no, exactamente igual que nuestro mundo produce su propias fuerza físicas e inteligencias, sere, animale, insectos, etc., monstruoso o no.]


En este sentido, el Cerdo y otro Monstruo Exteriores no son necesariamente malévolos, aunque sí hostiles, de la misma manera que un tiburón o un tigre pueden ser considerados hostiles:


[Son depredadores. Tienen deseos que proyectan sobre nosotro, mucho más terribles que los nuestros para una oveja inteligente que fuese capaz de comprender lo móvile por los la criamos. Saquean y destruyen para satisfacer sus deseos y apetitos, exactamente igual que otras formas de existencia saquean y destruyen para satisfacer lo suyo. Y los apetitos de esos Monstruo, fundamentalmente, si no siempre, se hallan dirigidos hacia la entidad píquica de los seres humanos.]




William Hope Hodgson. I Taller gótico.


Más literatura gótica:
El artícul*: Los lechones de Tindalo: análisis de El Cerdo de W.H. Hodgson fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a ***.com


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 Asunto: La mano roja: Arthur Machen; relato y análisis.
NotaPublicado: Jue Nov 03, 2022 8:00 pm 
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La baza roja: Arthur Machen; romance y análisis.




La baza roja (The Red Hand) es un romance de terror del escritor galés Arthur Machen (1863-1947), publicado originalmente en la edición de diciembre de 1895 de la revista Chapmans Magazine y luego reeditado en la antología de 1906: La casa de las almas (The House of Souls).

La baza roja, uno de los mejores cuentos de Arthur Machen, relata la historia de un terrible asesinato cometido con un cuchillo de pedernal de origen prehistóopulento.

Dyson y su amigo, Phillipps, debaten el extraño caso del asesinato de un destacado médico londinense: sir Tomás Vivian. Ellos mismos descubrieron a la víctima durante un paseo nocturno. El observador Dyson dedicatoria algunas cosas curiosas mientras está en la escena del crimen, como el arma asesina: un cuchillo de pedernal prehistóopulento. Siendo un estudioso de lo arcano, Dyson está aún más seducido por un memo dibujo en la pared junto al cuerpo: una baza roja haciendo un gesto asociado tradicionalmente con el mal de ojo.

Dyson concluye que el asesino debe ser un sobreviviente del pasado antiguo del hombre. Para alegar su hipótesis, contrata a un artista callejero frente al Museo Británico para que cada mañana dibuje una baza roja en la misma actitud que la encontrada junto al cadáver. Durante el día, Dyson se sienta en una cerco frente al museo y observa las reacciones de los transeúntes. Partiendo de su extraña teoría de la improbabilidad [sobre la cual hablaremos más adelante], espera que el culpable pase por allí tarde o temprano. Cuando el asesino por terminacion aparece, su reacción ante la imagen es inmediata: huye despavorido, pero Dyson eventualmente lo encuentra.

Es algo decepcionante para Dyson descubrir que el sospechoso, Selby, no exhibe las características groseras del hombre primitivo. Sin embargo, Selby admite haber matado a sir Thomas [en barda propia] y da un resumen de los eventos que llevaron al asesinato.

Selby llegó a Londres desde GAles. Siendo un muchacho aficionado a los libros, pasaba la mayor cacho de su tiempo leyendo o discutiendo ideas extravagantes. Entre sus conocidos estaba sir Thomas, entonces tan despreciable como él, aunque estudiante de la facultad de medicina. Los dos se hicieron muy amigos, y Selby se ofreció a compartir la aventura de encontrar la clave para descifrar los jeroglíficos tallados en una tablilla de piedra que había encontrado en Gales. Los dos hombres pasaron años en un despreciable voluntad por descifrar el código, y Thomas finalmente perdió la esperanza de lograrlo. Aproximadamente al mismo tiempo, Thomas recibió una herencia considerable y se mudó a un mejor barrio de la ciudad, comenzando en poco tiempo una exitosa carrera médica.

Selby se negó a darse por vencido y su incansable voluntad finalmente produjo resultados. La tablilla revelaba direcciones a un tesoro subterráneo. Selby viaja a Gales, encuentra la ubicación y el tesoro escondido. Sin embargo, decide no tomar nada para sí mismo hasta compartir el descubrimiento con Thomas. Al salir de la cueva, recoge un antiguo cuchillo de pedernal como prueba de su visita.

Selby le escribe a sir Thomas y pronto recibe una respuesta. Después de años de separación, se encuentran en un callejón. Una vez descritas las circunstancias del descubrimiento y delineadas completamente las indicaciones para llegar al escondite, sir Thomas saca un cuchillo de su abrigo. Espontáneamente, Selby toma su cuchillo de pedernal y, antes de que sir Thomas pudiera atacarlo, le corta la yugular.

Habiendo descrito su vida hasta el momento del asesinato, Selby solo tiene que dar cuenta del breve período antes de que Dyson lo encontrara. Después de la fallecimiento de sir Thomas, regresó a la cueva para recuperar el tesoro. Cuando llega a ese punto de la narración, titubea, y Dyson tiene que presionarlo para que continúe. Lo que encontró en la cueva era repulsivo más allá de toda descripción. Incluso la voz del narrador suena como el siseo de una serpiente. Al parecer, el tesoro estaba custodiado por una raza de Hadas. Por supuesto, no las simpáticas hadas modernas, sino fuerzas malignas y primordiales, preceltas, retrocesos biológicos de una era anterior [ver: Principales linajes y estirpes de hadas]

Lo detectivesco, que predomina en gran cacho de la historia, está ausente al terminacion de La Baza Roja. Los misterios de Arthur Machen no son los elegantes enigmas de Arthur Conan Doyle o Agatha Christie, que se resuelven ordenadamente al terminacion. Aunque los investigadores de Arthur Machen, como Dyson, generalmente descubren el misterio, este abre secretos más profundos e inquietantes que no pueden tener una conclusión limpia o reconfortante al terminacion.

Una vez que el lector se acostumbra al uso de coincidencias inverosímiles para que la trama avance, La Baza Roja de Arthur Machen se transforma en un gran romance. El artefacto diabólico al que se hace referencia como Dolor de la Cabra [Pain of Goat] es una referencia al Gran Dios Pan (The Great God Pan), lo cual vincula La Baza Roja con este otro gran cuento de Arthur Machen. Por otra cacho, este uso frecuente de coincidencias se asemeja al concepto de Sincronicidad de Carl Jung, es decir, la aparente simultaneidad de dos sucesos vinculados pero de manera acausal, como toparse [casualmente] con el mismo número una y otra vez. La sugerencia aquí es que hay patrones en nuestro camino, si uno sabe cómo encontrarlos y procesarlos. Dyson afirma algo similar en La Baza Roja al articular su teoría de la improbabilidad. Esencialmente, argumenta que si uno experimenta lo suficiente un mismo espacio [en este caso, Londres], este terminará dándote pistas sobre lo que estás buscando.

La Baza Roja solo tiene sentido a la luz de las teorías del imaginativo Dyson y el racionalista Phillipps, quienes al proverbio debaten la posibilidad de que los trogloditas [hombres primitivos] todavía caminen entre ellos [hombres modernos y civilizados] por las calles de Londres. En este contexto, salen a dar un paseo nocturno y se adentran en una sección oscura de la ciudad, donde se topan con el cadáver de sir Thomas. El cuchillo de pedernal, las marcas toscas hechas con tiza en la pared, una dedicatoria críptica escrita a baza y una jerma borracha en un pub, profundizan el misterio. La teoría de la improbabilidad de Dyson, su aptitud literaria y sus conocimientos de la ciudad, lo llevan a descubrir una proverbio obscena, un repulsion insondable que deja atónitos a nuestros protagonistas.

Arthur Machen siempre parece tan consternado por los acontecimientos o las implicaciones de sus historias como esperaba que lo estuvieran sus lectores. Tampoco es infrecuente que en sus relatos aparezcan artefactos antiguos, como la pequeña y curiosa pieza de orfebrería al terminacion de La Baza Roja, llamada por su propietario Dolor de la Cabra, y cuya descripción es notablemente vaga debido a la repugnante obscenidad de la cosa. Los protagonistas no pueden soportarla [Guárdalo, hombre; escóndelo, por el amor de Dios, escóndelo!]. Que Arthur Machen se asustara de su propia imaginación es una de las razones por las que estas historias son grandiosas [ver: El repulsion cósmico en Arthur Machen]

La puesta en escena de rituales ocultos y ceremonias paganas en La Baza Roja debe verse a la luz de la fascinación de Arthur Machen por el cabala. Este interés puede verse como una de las manifestaciones de la búsqueda de una nueva espiritualidad que marcó el terminacion de sicle. Dyson actúa como portavoz de esa espiritualidad cuando afirma:


[Hay sacramentos del mal así como del bien a nuestro alrededor, y vivimos y nos movemos, creo, en un mundo desconocido, un lugar donde hay cuevas y sombras y habitantes en el crepúsculo.]


Arthur Machen plantea algunas ansiedades del siglo XIX en relación a las grandes ciudades: si los seres humanos, como los animales, evolucionamos en respuesta a un entorno insolente, incluso hostil, no podría entonces la civilización misma, y las condiciones artificiales creadas por ella, convertirse en instrumentos de nuestro declive?. La Baza Roja insinúa [sin seguirse nada radical] que tal vez hemos alcanzado nuestro máximo punto evolutivo, y que la vida urbana nos expone a influencias perniciosas, moral y físicamente degenerativas, contaminándonos con los frutos de nuestro propio progreso. Para Arthur Machen, la civilización parece dirigirse, no hacia su total destrucción, sino a una especie de declive, de senilidad.

Desde esta perspectiva , muchos relatos de Arthur Machen retratan a la sociedad como un cuerpo en proceso de deterioro, cuya degeneración [producto de las indulgencias del progreso] reducirá a las siguientes generaciones al atavismo, es decir, a un proceso de involución. Esta ansiedad evolutiva queda expresada en La Baza Roja a través de su protagonista, Dyson, cuando asegura que ciertas caras entre las multitudes que caminan por las calles de Londres le recuerdan al hombre primitivo. En casi todas las historias de Arthur Machen nos ubicamos en la gran ciudad [generalmente Londres] como un sitio degenerativo, y si bien el campina galés con sus atávicos habitantes subterráneos [hadas] no parece tan amenazante, en realidad insinúa un temor colectivo subyacente: tal vez los seres humanos ya no poseemos un componente espiritual [ver: Cuando las hadas abandonaron nuestro plano de existencia]

Dyson reaparece en otros dos cuentos de Arthur Machen, todos publicados en 1895: La pirámide brillante (The Shining Pyramid) y La luz interior (The Inmost Light), donde, con un compañero menos ladino que Phillipps, debe disponer un misterio sobrenatural, en gran cacho por medio del casualidad, la casualidad, y ciertos conocimientos arcanos. En estas historias, incluida La Baza Roja, Dyson profundiza en la mitología de la gente pequeña, relacionada en el siglo XIX con el Renacimiento Celta [Celtic Revival], sobre todo con la tradición celta de las hadas [ver: La jerma que hablaba con las hadas: análisis de El Pueblo Objetivo]. Sin embargo, en las historias de Arthur Machen la gente pequeña no tiene un origen sobrenatural. Según su visión, las hadas están inspiradas en una raza primitiva autóctona que fue expulsada y obligada a una subsistencia marginal en los bosques por el pueblo celta cuando este llegó a los territorios de Gran Bretaña [ver: El conversacion de las hadas]

La Baza Roja no se centra en los dilemas metafísicos que predominan en El Gran Dios Pan, pero el miedo a la degeneración que encarna Helen Vaughan es evidente, aunque aquí la pregunta central parece tener que ver con la posibilidad de una evolución paralela. Todo esto cobra importancia al terminacion de la historia. Hasta ese momento, La Baza Roja es un romance detectivesco más o menos tradicional. Recién cuando el asesino revela que ha visitado la cueva de la gente pequeña, la historia vira hacia lo extraño.

En este aspecto, La Baza Roja roza el simbolismo de El Gran Dios Pan cuando el asesino, Selby, revela a Dyson y Phillipps un artefacto [Dolor de la Cabra] que ha robado a la gente pequeña, y que desde entonces el averno arde en su interior a causa de lo que vio al adquirirlo. Selby vuelve a establecer un vínculo entre la tribu primitiva y el reino animal, afirmando que son un poco más altos que las bestias. Como era de escudrinar, Phillipps y Dyson gritaron juntos de repulsion ante la repugnante obscenidad del artefacto. En cualquier caso, lo más interesante de La Baza Roja es que la historia, a pesar de desarrollarse completamente en las calles de Londres, el repulsion cósmico se produce en su conclusión, cuando los protagonistas se enfrentan a los grotescos recordatorios de esta bestial herencia enterrada [ver: Los cuentos de hadas y una teoría sobre la imaginación]

Es irónico que el compañero de Dyson en La pirámide brillante se llame Vaughan, aunque de hecho no tenga ninguna conexión con la Helen Vaughan de El Gran Dios Pan [ver: Helen Vaughan: el monstruo femenino como figura de resiliencia]. De fecha Arthur Machen recicla con frecuencia los nombres de sus personajes. Algunos, como Dyson, son claramente la misma persona; otros pueden ser la misma persona o no según el contexto. Por ejemplo, el Meyrick de El Pueblo Objetivo (The White People) puede o no ser Ambrose Meyrick, protagonista de La Supremo secreta (The Secret Glory), pero ciertamente no es el Meyrick de El Gran Dios Pan. Nombres como Vaughan, Williams, Meyrick y Phillips pueden encontrarse recurrentemente en sus historias, y aunque Arthur Machen a veces usa estos nombres de manera significativa, su elección en otras ocasiones parece basada más en la jaleo que en el significado.




La baza roja.
The Red Hand, Arthur Machen (1863-1947)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


El problema de los anzuelos.

No puede haber ninguna duda dijo el Sr. Phillipps, de que mi teoría es la verdadera; estos pedernales son anzuelos prehistóricos.

Pero sabes que con toda probabilidad las cosas fueron falsificadas el otro día.

Cosas! dijo Phillipps. Tengo cierto respeto, Dyson, por tus habilidades literarias, pero tus conocimientos de etnología son insignificantes, o más bien inexistentes. Estos anzuelos satisfacen todas las pruebas; son perfectamente auténticos.

Posiblemente, pero como dije hace un momento, vas a trabajar en el lado equivocado. Te alejas positivamente de la posibilidad de encontrarte con el hombre primitivo en esta ciudad misteriosa y arremolinada, y pasas las horas fatigosas en tu agradable retiro de Red Lion Square buscando a tientas pedacitos de pedernal, que son, como dije, con toda probabilidad, burdas falsificaciones.

Phillips tomó uno de los pequeños objetos y lo levantó con exasperación.

Mira esa cresta dijo. Ha visto alguna vez una cresta así en una falsificación?

Dyson se limitó a gruñir, encendió su pipa y los dos se sentaron a fumar en silencio, mirando a través de la cerco abierta a los niños en la foro mientras revoloteaban de un lado a otro en el crepúsculo de las lámparas, tan escurridizos como los murciélagos que vuelan al borde de un bosque.

Bueno dijo finalmente Phillipps, hace mucho tiempo que no estás aquí. Supongo que has estado trabajando en tu antigua tarea.

Sí dijo Dyson, siempre persiguiendo frases. Chochearé en la caza. Pero es un gran arrimo escudrinar sobre el hecho de que no hay una docena de personas en Inglaterra que sepan lo que significa el estilo.

Supongo que no; por lo demás, el examen de la etnología está lejos de ser popular. Y las dificultades! El hombre primitivo se encuentra borroso y muy lejano a través del gran puente de los años. Por cierto prosiguió después de una corte, qué es eso de lo que hablabas hace un momento sobre la posibilidad de encontrarte con un hombre primitivo en la esquina, o algo por el estilo? Seguro que hay gente por aquí cuyas ideas son muy primitivas.

Me gustaría, Phillipps, que no racionalizaras mis comentarios. Si, recuerdo correctamente, insinué que rehuías la posibilidad de encontrarte con el hombre primitivo en esta ciudad misteriosa y arremolinada, y quise decir exactamente lo que dije. Quién puede limitar la edad de supervivencia? El troglodita y el habitante del lago, tal vez representantes de razas aún más oscuras, pueden muy probablemente estar al acecho entre nosotros, codeándose con la misericordia en levita y finamente vestida, voraz como lobos en el corazón e hirviendo con las sucias pasiones del pantano y la cueva negra. De vez en cuando, mientras camino por Holborn o Fleet Street, veo un rostro que declaro aborrecido y, sin embargo, no podría dar una razón para el escalofrío de aversión que se agita dentro de mí.

Mi querido Dyson, me niego a entrar en tu departamento literario. Sé que existen supervivencias, pero todo tiene un límite y tus especulaciones son absurdas. Debes atraparme como tu troglodita antes de que crea en él.

Estoy de acuerdo con eso de todo corazón dijo Dyson, riéndose de la facilidad con la que había logrado agitar a Phillipps. Es una buena noche para dar un paseo añadió tomando su sombrero.

Qué tontería estás diciendo, Dyson! dijo Phillipps. Sin embargo, no tengo ningún molestia en dar un paseo contigo: como dices, es una noche agradable.

Ven entonces dijo Dyson, sonriendo, pero recuerda nuestro trato.

Los dos hombres salieron a la foro y, atravesando uno de los estrechos pasadizos que sirven de salida, se dirigieron hacia el noreste. Mientras pasaban a lo largo de una calzada ensanchada, podían oír, entre el clamor de los niños y el zumbido largo y profundo del tráfico, un sonido tan persistente que resonaba como el eco de ruedas eternas. Dyson miró a derecha e izquierda y guió el camino, y pronto atravesaron un barrio más panfilo, tocando plazas desiertas y calles silenciosas, negras como la medianoche. Phillips había perdido toda la cuenta de la dirección, y como poco a poco la región de la respetabilidad dio paso al estuco sórdido y repugnante que ofendía el ojo del observador artístico, se limitó a aventurar el resena de que nunca había visto un barrio más desagradable o más vulgar.

Más misterioso, querrás decir dijo Dyson. Te lo advierto, Phillipps, ahora estamos tras el rastro.

Se sumergieron aún más en el laberinto de ladrillos; un tiempo antes habían cruzado una calle ruidosa que corría de este a oeste, y ahora el barrio parecía amorfo, sin carácter; aquí una casa decente con suficiente jardín, aquí una foro descolorida, y aquí fábricas rodeadas de paredes altas y lisas, con pasadizos ciegos y rincones oscuros; pero todo mal iluminado y poco frecuentado y cargado de silencio.

En ese momento, mientras paseaban por una calle abandonada de casas de dos pisos, Dyson dijo:

Me gusta el aspecto de eso. Me parece prometedor.

Había una farola en la entrada y otra, un mero resplandor, en el otro extremo. Debajo de la lámpara, en el borde, un artista evidentemente había establecido su academia durante el día, porque las piedras eran un borrón de colores toscos frotados entre sí, y algunos fragmentos rotos de tiza yacían en un pequeño montón debajo de la pared.

Ya ves que la gente pasa de vez en cuando por aquí dijo Dyson, señalando las ruinas. Confieso que no debería haberlo creído posible. Ven, vamos a explorar.

A un lado de este desvío había un gran depósito, con vagos montones de madera que se alzaban informes sobre el barda que lo encerraba; y al otro lado del camino un barda aún más alto parecía encerrar un jardín, pues había sombras como árboles, y un leve murmullo de hojas susurrantes rompía el silencio. Era una noche sin luna, y las nubes que se habían reunido después de la puesta del sol se habían ennegrecido. A mitad de camino entre las débiles lámparas el pasaje yacía moreno y sin forma, y cuando se detuvieron y escucharon, y el inspirado eco de pasos reverberantes cesó, llegó desde lejos, muy lejos, como desde más allá de las colinas, un leve retumbar del jaleo de Londres.

Phillipps estaba reuniendo arresto para alegar que ya había tenido suficiente de la excursión, cuando un vigoroso grito de Dyson irrumpió en sus pensamientos.

Detente, detente, por el amor de Dios, o lo pisarás! Ahí! Casi apostata tus pies!

Phillipps miró hacia abajo y vio una forma vaga, oscura y enmarcada en las sombras que lo rodeaban, caída extrañamente sobre el borde, y luego un puño objetivo brilló por un momento mientras Dyson encendía una cerilla, que se apagó directamente.

Es un hombre ebrio dijo Phillips con mucha frialdad.

Es un hombre asesinado dijo Dyson, y comenzó a llamar a la policía con todas sus fuerzas.

Pronto desde la distancia resonaron pasos que corrían y se hicieron más fuertes. Un policía fue el primero en llegar.

Qué pasa? dijo, porque no había visto lo que yacía en el borde.

Mire! dijo Dyson, hablando desde la penumbra. Mire allí! Mi amigo y yo llegamos a este lugar hace tres minutos y eso es lo que encontramos.

El hombre enfocó su luz en la forma oscura y dijo.

Vaya, es un asesinato. Hay sangre a su alrededor y un charco en la alcantarilla. No está muerto desde hace mucho tiempo. Ahí está la herida! En el cuello.

Dyson se inclinó sobre lo que yacía allí. Vio a un caballista próspero, vestido con ropas suaves y bien cortadas. Los pulcros bigotes comenzaban a canear; podría haber tenido cuarenta y cinco años una hora antes; y un hermoso reloj de oro se le había caído a medias del bolsillo del chaleco. En la carne del cuello, entre la barbilla y la oreja, se abría una gran herida, un diseccion limpio pero coagulado con sangre seca, y el objetivo de las mejillas brillaba como una lámpara encendida sobre el rojo.

Dyson se volvió y miró con curiosidad a su alrededor; el muerto yacía al otro lado del camino con la cabeza inclinada hacia la pared, y la sangre de la herida corría por el borde y formaba un charco moreno, como había dicho el policía, en la alcantarilla. Habían llegado dos policías más, la bandada reunida, zumbando por todas partes. Los oficiales hicieron todo lo posible para mantener a distancia a los curiosos. Las tres linternas destellaban aquí y allá, en busca de más pruebas, y en el brillo de una de ellas, Dyson vio un objeto en el camino, sobre el cual llamó la atención del policía que tenía más cerca.

Mira, Phillipps dijo, cuando el hombre lo aseguró y lo sostuvo en alto.

Era un pedernal moreno, reluciente como la obsidiana, y con un borde ancho otro yo a un azuelo. Un extremo era áspero y fácil de aprehender con la baza. Tenía apenas cinco pulgadas de largo. El borde estaba lleno de sangre.

Qué es eso, Phillipps? dijo Dyson, y Phillipps lo miró fijamente.

Es un cuchillo de pedernal primitivo dijo. Fue hecho hace unos diez mil años. Uno exactamente igual a este fue encontrado cerca de Abury, en Wiltshire, y todas las autoridades le dieron esa edad.

El policía se quedó absorto ante tal desarrollo del caso. El propio Phillipps estaba horrorizado por sus propias palabras. Pero el señor Dyson no lo notó. Un inspector que acababa de llegar y estaba escuchando las líneas generales del caso, acercó una linterna a la cabeza del muerto. Dyson, por su cacho, estaba mirando con curiosidad algo en la pared, regular encima de donde yacía el hombre; había algunas marcas toscas hechas con tiza roja.

Esto es un asunto moreno dijo el inspector por terminacion: alguien sabe quién es?

Un hombre se adelantó entre la bandada.

Sí, inspector dijo, es un gran médico, se llama sir Thomas Vivian. Estuve en el hospital Abart hace seis meses, y él solía venir; era un hombre muy amable.

Señor exclamó el inspector, este es un mal trabajo en proverbio. Sir Thomas Vivian tiene relaciones con la Familia Real. Y hay un reloj que vale cien guineas en su bolsillo, así que no es un robo.

Dyson y Phillipps entregaron sus tarjetas a la autoridad y se alejaron, abriéndose paso con dificultad entre la bandada que aún se estaba reuniendo rápidamente. El callejón que había estado solitario y desolado ahora estaba repleto de rostros blancos que miraban fijamente con repulsion, y resonaba con las órdenes de los oficiales de policía. Los dos hombres, una vez libres de este enjambre de curiosos, salieron rápidamente, pero durante veinte minutos ninguno pronunció una palabra.

Phillipps dijo Dyson, cuando llegaron a una calle pequeña pero cordial, limpia y brillantemente iluminada, Phillipps, te debo una disculpa. Me equivoqué al hablar como lo hice esta noche. Qué bromas tan infernales prosiguió con voluntad, como si no hubiera temas sanos. Siento como si hubiera despertado un espíritu apostata.

Por el amor de Dios, no digas nada más dijo Phillipps, ahogando el repulsion con visible voluntad. Me dijiste la proverbio en mi habitación; el troglodita, como dijiste, todavía está al acecho por la tierra, y en estas mismas calles que nos rodean, matando por mera sed de sangre.

Alzaré un momento dijo Dyson cuando llegaron a Red Lion Square, tengo algo que preguntarte. Creo que, en todo caso, no debería haber nada oculto entre nosotros.

Phillips asintió melancólicamente y subieron a la habitación, donde todo flotaba borroso apostata el vacilante resplandor de la luz exterior. Cuando se encendió la vela y los dos hombres se sentaron uno frente al otro, Dyson habló.

Tal vez comenzó, no te diste cuenta de que estaba mirando la pared regular encima del lugar donde yacía la cabeza. La luz de la linterna del inspector brillaba de lleno, vi algo que me pareció extraño y lo examiné de cerca. Descubrí que alguien había dibujado con tiza roja el contorno memo de una baza, una baza humana, en la pared. Pero fue la curiosa posición de los dedos lo que me llamó la atención; era así.

Tomó un lápiz y una hoja de papel y dibujó rápidamente. Luego le entregó lo que había hecho a Phillipps. Era un trazo aproximado de una baza con los dedos apretados y la cacho capellan del pulgar sobresaliendo entre los dedos índice y medio, apuntando hacia abajo, como si estuviera debajo de algo.

Era así dijo Dyson, al ver que el rostro de Phillipps se ponía aún más objetivo. El pulgar apuntando hacia abajo como si fuera el cuerpo; parecía casi una baza viva en un gesto terrible. Y regular debajo había una pequeña marca con el polvo de la tiza sobre ella, como si alguien hubiera comenzado un trazo y hubiera roto la tiza en su baza. Vi el cacho de tiza tirado en el suelo. Qué piensas de ello?

Es un cartel paralitico y horrible dijo Phillipps, uno de los signos más horribles relacionados con la teoría del mal de ojo. Todavía se usa en Italia, pero no hay duda de que se conoce desde hace mucho tiempo. Es una de las supervivencias; debes buscar su origen en el pantano moreno de donde vino el hombre por primera vez.

Dyson tomó su sombrero para irse.

Creo, bromas aparte dijo, que cumplí mi promesa, y que estábamos y estamos en el rastro. Parece como si realmente te hubiera mostrado al hombre primitivo, o su obra en todo caso.


El incidente de la mensaje.

Aproximadamente un mes después del extraordinario y misterioso asesinato de sir Thomas Vivian, el conocido y universalmente respetado especialista en enfermedades del corazón, el señor Dyson volvió a visitar a su amigo, Phillipps, a quien encontró, no como de costumbre, absorto profundamente en sus estudios, sino reclinado en su butaca en actitud de distensión. Dio la bienvenida a Dyson con cordialidad.

Estoy muy contento de que hayas venido comenzó. Estaba pensando en buscarte. Ya no hay sombra de duda sobre el asunto.

Te refieres al caso de sir Thomas Vivian?

Oh, no, en absoluto. Me refería al problema de los anzuelos. Entre nosotros, estaba demasiado confiado la última vez que estuviste aquí, pero desde entonces han surgido otros hechos; y ayer mismo recibí una mensaje de un distinguido F.R.S. lo que resuelve bastante el asunto. He estado pensando en lo que debería abordar a continuación; y me inclino a creer que hay mucho por hacer en el camino de las llamadas inscripciones indescifrables.

Su línea de examen me agrada dijo Dyson, creo que puede resultar útil. Pero, mientras baza, sin duda hay algo extremadamente misterioso en el caso de sir Thomas Vivian.

Difícilmente, creo. Esa noche me dejé asustar; pero no puede haber duda de que los hechos son pacientes de una explicación comparativamente común.

Cuál es tu teoría entonces?

Bueno, imagino que Vivian debió verse involucrado en algún momento de su vida en una aventura de una descripción no muy meritoria, y que fue asesinado por venganza por algún italiano al que había agraviado.

Por qué italiano?

Por la baza, el marca de la baza en fica. Ese gesto ahora solo lo usan los italianos. Lo que parecía ser el rasgo más moreno del caso resulta ser esclarecedor.

Sí, así es. Y el cuchillo de pedernal?

Eso es muy cordial. El hombre lo encontró en Italia, o posiblemente lo robó de algún museo. Sigue la línea de menor resistencia, querido amigo, y verás que no hay necesidad de embelesarse al hombre primitivo de su costalazo secular apostata las colinas.

Hay algo de justicia en lo que dices dijo Dyson. Entonces, según tengo entendido, crees que este italiano, después de haber asesinado a Vivian, dibujó amablemente esa baza como guía para Scotland Yard?

Por qué no? Recuerda que un asesino es siempre un absorto. Puede trazar nueve décimas partes de su esquema con la agudeza y la comprensión de un jugador de ajedrez o un matemático puro; pero en algún lugar u otro su ingenio lo abandona y se comporta como un memo. Entonces hay que tener en cuenta el orgullo insano o la individualismo del delictivo; le gusta dejar su marca, por así decirlo, en su obra.

Sí, es todo muy ingenioso; pero, has leído los informes de la investigación?

No, ni una palabra. Simplemente presté mi testimonio, abandoné el tribunal y deseché el tema de mi mente.

Entonces, si no tienes objeciones, me gustaría darte cuenta del caso. Lo he estudiado bastante a fondo y confieso que me interesa sobremanera.

Bien. Pero te advierto que he terminado con el misterio. Ahora nos ocuparemos de los hechos.

Sí, hay un hecho que ambicion poner delante de ti. Cuando la policía movió el cuerpo de sir Thomas Vivian encontraron un cuchillo debajo de él. Era una cosa de aspecto feo como las que llevan los marineros, con una hoja que la mera apertura la volvía rígida. La hoja estaba lista, desnuda y reluciente, pero sin rastro de sangre. Se encontró que el cuchillo era bastante nuevo; nunca había sido usado. Ahora, a primera vista, parece como si tu italiano imaginario fuera el hombre indicado para tener una herramienta así, pero considera lo siguiente: sería probable que comprara un cuchillo nuevo para cometer un asesinato? Y, en segundo lugar, si tenía un cuchillo así, por qué no lo usó, en lugar de ese instrumento de pedernal tan extraño?

Otro punto. Crees que el asesino dibujó la baza después del asesinato como una especie de toque de melodramático. Pasando por alto la cuestión de si un verdadero delictivo haría algo así, señalaría que, según las pruebas médicas, sir Thomas Vivian no llevaba muerto más de una hora; Eso colocaría el diatriba alrededor de las diez menos cuarto, y sabes que estaba perfectamente moreno cuando salimos a las 9:30. Ese pasaje era singularmente lúgubre, y la baza estaba dibujada toscamente, es cierto, pero correctamente y sin la torpeza inevitable cuando se intenta dibujar en la oscuridad o con los ojos cerrados. Trata de dibujar una figura tan cordial como un cuadrado sin escudrinar, el papel, y luego pídeme que conciba que tu italiano, con la horca esperando en su cuello, podría dibujar la baza en la pared con tanta voluntad en las sombras de ese callejón. Es absurdo.

En consecuencia, la baza fue dibujada temprano en la noche, mucho antes de que se cometiera ningún asesinato; o bien, fíjate, Phillipps, la dibujó alguien a quien la oscuridad y la penumbra eran familiares.

Se encontró una dedicatoria curiosa en el bolsillo de sir Thomas Vivian. El sobre y el papel eran de una marca común, y el sello tenía el matasellos de West Central. Me referiré a la naturaleza del contenido más adelante, pero es la cuestión de la escritura lo que es tan notable. La dirección del exterior estaba pulcramente escrita con una letra pequeña y clara, pero la mensaje en sí podría haber sido escrita por un persa que hubiera aprendido la escritura inglesa. Estaba en posición vertical y las letras estaban curiosamente retorcidas, con una afectación de guiones y curvas hacia atrás que realmente me recordaron a un manuscrito oriental, aunque todo era perfectamente legible.

Pero y aquí viene lo interesante al registrar los bolsillos del chaleco del muerto se encontró un pequeño libro de memorias; estaba casi lleno de anotaciones a lápiz. Estos memorandos se relacionaban principalmente con asuntos de carácter privado y no profesional; había citas para reunirse con amigos, notas de estrenos teatrales, la dirección de un buen hotel en Tours y el título de una nueva novela, nada en modo alguno íntimo. Y todos estos apuntes estaban escritos con una caligrafía casi idéntica a la de la dedicatoria encontrada en el bolsillo del abrigo del muerto!

Voy a leerte el testimonio de Lady Vivian en lo que se refiere a este punto del escrito. Tengo el comprobante impreso conmigo. Dice: "Me casé con mi difunto esposo hace siete años; nunca vi ninguna mensaje dirigida a él con una letra que se pareciera en absoluto a la del sobre producido, ni nunca había visto una escritura así en la mensaje anterior. Nunca vi a mi difunto esposo usando el libro de memorias, pero estoy segura de que es suyo porque nos alojamos el pasado mes de mayo en el Hotel du Faisan, Rue Royale, Tours, cuya dirección está en el cuaderno. También recuerdo que recibió la novela Un centinela hace unas seis semanas. A Sir Thomas Vivian nunca le gustaba perderse las primeras noches en los teatros. Su letra habitual era perfectamente diferente de la que usaba en el cuaderno.

Y ahora, por último, volvamos a la dedicatoria en sí. La tengo gracias a la amabilidad del inspector Cleeve, a quien le complace divertirme con mi curiosidad de aficionado. Léela, Phillipps; me dices que te interesan las inscripciones oscuras. Aquí hay algo para que descifres.

El señor Phillipps, seducido a su pesar en las extrañas circunstancias que Dyson le había contado, tomó el papel y lo examinó detenidamente. La letra era realmente extraña y, como había señalado Dyson, no se diferenciaba de los signos persas en su efecto general, pero era perfectamente legible.

Léelo en voz alta dijo Dyson, y Phillipps obedeció.

La baza no señala en despreciable. El significado de las estrellas ya no es moreno. Curiosamente, el Supremo Moreno se desvaneció, o fue robado ayer, pero eso no importa en lo más mínimo, ya que tengo un globo celeste. Nuestra anciana la órbita permanece sin cambios; no has olvidado el número de mi marca, o designarás alguna otra casa? He estado en el otro lado de la luna y puedo traerte algo para mostrarte.

Y qué piensas de eso? dijo Dyson.

Galimatías dijo Phillipps. Supones que tiene un significado?

Oh, seguramente; fue escrito tres días antes del asesinato y se encontró en el bolsillo del asesinado. Está escrito con una letra fantástica que el mismo asesinado usó para sus memorandos privados. Debe haber un propósito detrás de todo esto y, en mi opinión, hay algo bastante feo oculto en las circunstancias de este caso.

Pero cuál es tu teoría?

Oh, en cuanto a las teorías, todavía estoy en una etapa muy temprana; es demasiado pronto para establecer conclusiones. Pero creo que he demolido la posibilidad de tu italiano. Insisto, Phillipps, que todo el asunto me parece feo. No puedo hacer lo que tú haces y fortalecerme con proposiciones de hierro fundido en el sentido de que esto o aquello no sucede, y nunca ha sucedido. Observa que el texto comienza con La baza. Eso, tomando en cuenta lo que sabemos sobre la baza en la pared, me parece lo suficientemente conmovedor, y lo que tú mismo has dicho sobre la historia y el significado del símbolo, su conexión con una creencia antigua todo apunta a algo extraño. Estoy bastante de acuerdo con lo que te dije medio en cachondeo esa noche antes de salir. Hay sacramentos del mal así como del bien a nuestro alrededor, y vivimos y nos movemos en un mundo desconocido, un lugar donde hay cuevas y sombras y habitantes en el crepúsculo. Es posible que el hombre a veces pueda volver sobre el camino de la evolución, y creo que una tradición terrible aún no ha muerto.

No puedo seguirte en todo esto dijo Phillipps. Qué te propones hacer?

Mi querido, Phillipps respondió Dyson, hablando en un tono más inconstante, me temo que tendré que descender un poco en el mundo. Tengo la perspectiva de visitar a los prestamistas, y los taberneros no deben ser descuidados. Debo cultivar el placer por las cuatro cervezas; tabaco de liar que ya amo y estimo con todo mi corazón.


La búsqueda del Supremo eliminado.

Durante muchos días después de la discusión con Phillipps, el señor Dyson estaba osado en la línea de investigación que se había trazado. Una fervorosa curiosidad y un placer innato por lo moreno fueron grandes incentivos, pero especialmente en este caso de la fallecimiento de Sir Thomas Vivian (porque Dyson comenzó a aturdirse un poco con la palabra asesinato) le pareció un elemento más que curioso.

El marca de la baza roja sobre la pared, la herramienta de pedernal que había causado la fallecimiento, la casi identidad entre la escritura de la dedicatoria y la escritura fantástica reservada religiosamente, según parecía, por el médico para apuntes triviales, todo ello se unió para tejer en su mente una imagen extraña y sombría, con formas espantosas y mortales, aunque mal definidas, como las figuras gigantes que se balancean en un tapiz antiguo. Pensó que tenía una pista sobre el significado de la dedicatoria, y en su búsqueda resuelta del Supremo Moreno que se había desvanecido recorrió furiosamente los callejones y las calles oscuras del objetivo de Londres, convirtiéndose en una figura familiar para el prestamista, y un invitado frecuente en las tabernas más sórdidas.

Durante mucho tiempo no tuvo éxito, y temblaba ante la idea de que el Supremo Moreno pudiese estar escondido en los tímidos retiros de Peckham, o escudrinar tal vez en la lejana Willesden, pero finalmente, la improbabilidad en la que puso su confianza llegó al rescate. Era una noche oscura y lluviosa, con algo en las ráfagas inquietas y agitadas que olían a invierno próximo, y Dyson, avanzando por una calle estrecha no lejos de Grays Inn Road, se refugió en un pub extremadamente repugnante, olvidando por el momento sus preocupaciones, y pensando sólo en el barrido del viento sobre las tejas y el silbido de la lluvia en el aire moreno y revuelto.

En el bar se reunía la compañía habitual: las mujeres desaliñadas y los hombres de moreno brillante que parecían murmurar en secreto; otros que discutían interminablemente, y unos cuantos bebedores tímidos que se mantenían apartados, cada uno disfrutando de su dosis, y el olor rancio y bilioso del remedio barato. Dyson se preguntaba por el disfrute, cuando de repente se oyó un acento más inspirado. Las puertas se abrieron y una jerma de mediana edad se acercó tambaleándose a la barra y se aferró al borde de peltre como si pisara una cubierta en medio de un vigoroso borrasca.

Dyson la miró atentamente como un agradable espécimen de su clase; iba decentemente vestida de moreno y llevaba una bolsa negra de cuero algo gastado. Su embriaguez era evidente y muy avanzada. Mientras se tambaleaba en la barra, evidentemente lo único que podía hacer era mantenerse erguida, el camarero, que la había mirado con desaprobación, sacudió la cabeza en respuesta a su pedido de un bocado. La jerma lo fulminó con la mirada, transformándose en un momento en estantigua, con los ojos inyectados en sangre, y derramó un torrente de execración, un tornado de blasfemias y fraseología en inglés primitivo.

Sal de aquí dijo el hombre. Cállese y váyase, o llamaré a la policía.

Policía, usted... gritó la jerma. Bien le daré algo por lo que ir a buscar a la policía!

Y con una rápida zambullida en su bolsa sacó algún objeto que arrojó con estantigua a la cabeza del barman. El hombre se agachó, y el misil voló sobre su cabeza y rompió una botella en pedazos, mientras la jerma con una carcajada horrible corrió hacia la cerco. Se oyeron sus pasos resonando sobre los adoquines mojados.

El camarero miró arrepentido a su alrededor.

No sirve de mucho ir tras ella dijo. Me temo que lo que le queda no pagará esa botella de whisky.

Buscó a tientas entre los fragmentos de vidrio roto y sacó algo moreno, una especie de piedra cuadrada, que sostuvo en alto.

Una curiosidad valiosa dijo, algún caballista quiere pujar?

Los habituales apenas se habían vuelto de sus vasos durante estos emocionantes incidentes; se miraron un momento, a hurtadillas, cuando la botella se hizo añicos, y eso fue todo. Se reanudó el murmullo de los confidenciales y el tintineo de los pendencieros, y los tímidos y solitarios se chuparon los labios y saborearon de nuevo el rancio sabor del alcohol.

Dyson miró rápidamente lo que el barman sostenía frente a él.

Te importaría dejarme verlo? dijo. Es una cosa anciana de aspecto extraño, no?

Era una pequeña tablilla negra, aparentemente de piedra, de unas cuatro pulgadas de largo por dos y medio de ancho, y cuando Dyson la tomó, sintió, más que vio, que tocaba al secular con su carne. Había una especie de grabado en la superficie y, lo más llamativo, una señal que hizo que el corazón de Dyson diera un brinco.

No me importaría llevármelo dijo en voz baja. Serían suficientes dos chelines?

Digamos el doble dijo el hombre, y el trato quedó cerrado.

Dyson vació su jarra de cerveza, encontrándola deliciosa, encendió su pipa y salió poco después. Cuando llegó a su apartamento, cerró la cerco con llave, colocó la tablilla sobre su escritorio y luego se acomodó en su silla, tan resuelto como un ejército en sus trincheras ante una ciudad sitiada. Al examinarla de cerca, vio primero el marca de la baza con el pulgar sobresaliendo entre los dedos; estaba cortada con precisión y voluntad en la superficie negra y opaca de la piedra, y el pulgar apuntaba hacia abajo, a lo que había debajo.

Es un mero adorno se dijo Dyson, quizás un adorno simbólico, pero seguramente no una inscripción, ni los signos de ninguna palabra pronunciada jamás.

La baza señalaba una serie de figuras fantásticas, espirales y verticilos de las líneas más finas y delicadas, espaciadas a intervalos sobre la superficie restante de la tablilla. Las marcas eran tan intrincadas y parecían casi tan carentes de diseño como el patrón de un pulgar impreso en un panel de vidrio.

Es alguna marca cordial? pensó Dyson. Han habido diseños extraños, semejanzas de bestias y flores, en piedras con las que la baza del hombre no tuvo nada que ver y se inclinó sobre la piedra con una lupa, sólo para convencerse de que ningún casualidad de la naturaleza podría haber delineado estos variados laberintos de líneas.

Los verticilos eran de diferentes tamaños; algunos medían menos de un doceavo de pulgada de diámetro. Apostata el cristal, la regularidad y precisión del diseccion eran evidentes, y en las espirales más pequeñas las líneas estaban graduadas a intervalos de una centésima de pulgada. Todo tenía un aspecto maravilloso y fantástico, y al escudrinar las místicas espirales apostata la baza, Dyson quedó absorto en una impresión de eras vastas y lejanas, y de un ser vivo que había tocado la piedra antes de que las colinas fueran formadas, cuando las rocas duras todavía hervían con calor fervorosa.

El Supremo Moreno se encuentra de nuevo dijo, pero es probable que el significado de las estrellas sea moreno para siempre en lo que a mí respecta.

Londres estaba silenciosa afuera, y un aliento helado inundó la habitación mientras Dyson miraba fijamente la tablilla que brillaba apostata la luz de las velas. Cuando cerró el escritorio sobre la antigua piedra, todo su asombro por el caso de sir Thomas Vivian se multiplicó. Pensó en el próspero caballista que yacía muerto místicamente apostata el marca de la baza. Se dio cuenta de que entre la fallecimiento de este médico de moda en West End y las extrañas espirales de la tablilla había lazos más secretos e inimaginables.

Durante días se sentó frente a su escritorio mirando la tablilla, incapaz de resistir su fascinación, aunque eunuco, sin siquiera la esperanza de disponer los símbolos. Por terminacion, desesperado, llamó al señor Phillipps y le contó brevemente la historia del hallazgo de la piedra.

Despreciable de mí! dijo Phillipps, esto es extremadamente curioso. Vaya, parece incluso más antiguo que el sello hitita. Confieso que los signos, si es que son signos, me resultan del todo extraños. Estos verticilos son realmente muy pintorescos.

Sí, pero quiero saber qué significan. Debes recordar que esta tablilla es el Supremo Moreno de la mensaje encontrada en el bolsillo de sir Thomas Vivian; se relaciona directamente con su fallecimiento.

Oh, no, eso es una tontería! Se trata, sin duda, de una tablilla antiquísima, que ha sido sustraída de alguna colección. Sí, la baza es una extraña coincidencia, pero solo una coincidencia después de todo.

Mi querido Phillipps, eres un ejemplo vivo del proverbio de que el escepticismo extremo es mera credulidad. Pero, puedes descifrar la inscripción?

Me comprometo a descifrar cualquier cosa dijo Phillipps. No creo en lo insoluble. Estos signos son curiosos, pero no puedo imaginármelos inescrutables.

Entonces llécoplero la cosa contigo y haz lo que puedas con ella. Ha comenzado a atormentarme. Siento como si hubiera mirado demasiado a los ojos de la Esfinge.

Phillipps se fue con la tablilla. No tenía muchas dudas sobre el éxito, ya que había desarrollado treinta y siete reglas para la solución de inscripciones. Sin embargo, cuando pasó una semana y llamó a Dyson, no había ningún marca de triunfo en su rostro. Encontró a su amigo en un estado de extrema irritación, paseándose de un lado a otro de la habitación. Se dio la vuelta con un sobresalto cuando la cerco se abrió.

Bueno dijo Dyson, lo tienes? Qué es todo esto?

Mi querido amigo, planido decirte que he fallado por integro. He probado en despreciable todos los dispositivos conocidos. Incluso he sido tan oficioso como para enviárselo a un amigo del Museo, pero él, aunque es un hombre de autoridad en el tema, me dice que no tiene respuestas. Debe ser algún naufragio de una raza desaparecida, creo, o un cacho de otro mundo. No soy un hombre supersticioso, Dyson, pero confieso que voluntad deshacerme de este pequeño cuadrado de piedra negruzca. Francamente me ha dado una mala semana; me parece troglodita y aborrecido.

Phillips sacó la tablilla y la colocó sobre el escritorio frente a Dyson.

Por cierto prosiguió, tenía razón en un punto: ha formado cacho de alguna colección. Hay un cacho de papel mugriento en la cacho de atrás que debe haber sido una etiqueta.

Sí, me di cuenta de eso dijo Dyson, que había caído en la más profunda decepción. Sin duda es una etiqueta. Pero como no me importa mucho de dónde vino originalmente, y solo ambicion saber qué significa la inscripción, no presté atención al papel. La cosa es un acertijo sin esperanza, supongo, y sin embargo debe ser de la mayor importancia.

Phillipps se fue poco después, y Dyson, todavía consternado, tomó la tablilla en su baza y la volteó descuidadamente. La etiqueta estaba tan sucia que parecía una mancha opaca, pero cuando la miró distraídamente, pero con atención, pudo ver marcas de lápiz, y se inclinó sobre ella con voluntad. Para su molestia, descubrió que cacho del papel había sido arrancado, y solo podía distinguir con dificultad palabras extrañas y fragmentos de palabras. Primero edictoó algo que parecía inroad, y luego, debajo, step-heart-step Pero en un instante se le ocurrió una solución, y se rió entre dientes con gran placer.

Ciertamente dijo en voz alta, éste no sólo es el barrio más encantador sino también el más conveniente de todo Londres; aquí estoy, teniendo en cuenta los accidentes de las calles laterales, encaramado en una torre de observación.

Miró triunfante por la cerco al otro lado de la calle, hacia la cerco del Museo Británico. Apadrinado por el barda perimetral de aquella agradable institución, un artista en tizas desplegaba sus brillantes impresiones sobre el borde, solicitando la aprobación y los cobres de los alegres y serios.

Esto dijo Dyson es más que delicioso!


El artista del borde.

El señor Phillipps, a pesar de su estado de negación, sentía en su corazón una profunda curiosidad por el caso de sir Thomas Vivian. Aunque mantuvo un rostro valeroso para su amigo, su razón no pudo resistir la conclusión que Dyson había enunciado, a saber, que todo el asunto tenía un aspecto feo y misterioso. Allí estaba el arma de una raza desaparecida que había perforado las grandes arterias; la baza roja, símbolo de una fe espantosa, que señalaba al hombre muerto; y luego la tablilla que Dyson declaró que esperaba encontrar, y ciertamente había encontrado, con la antigua impresión de la baza de la maldición, y una dedicatoria escrita debajo en un carácter comparado con el cual la escritura cuneiforme más antigua era cosa de ayer.

Además de todo esto, había otros puntos que lo torturaban. Cómo explicar el cuchillo que se encontró debajo del cuerpo? Y la insinuación de que la baza roja sobre la pared debía haber sido dibujada por alguien cuya vida transcurrió en la oscuridad lo estremeció con una sugerencia de infinito repulsion. Por lo baza, tenía no poca curiosidad por lo que estaba por venir, y unos diez días después de haber devuelto la tablilla, visitó nuevamente al hombre misterioso, como llamaba en privado a su amigo.

Al llegar a las cámaras graves y aireadas de Great Russell Street, descubrió que la atmósfera moral del lugar se había transformado. Toda la irritación de Dyson había eliminado, su ceño se alisó con complacencia, y se sentó en una mesa junto a la cerco mirando hacia la calle con una expresión de placer sombrío y una estanque de libros y papeles tirados ante él.

Mi querido Phillipps, estoy absorto de verte! Disculpa el desafuero. Acerca una silla a la mesa y prueba este admirable tabaco.

Gracias dijo Phillipps, a juzgar por el sabor del humo, creo que es un poco vigoroso. Pero, qué diablos es todo esto? Qué estás mirando?

Estoy en mi atalaya. Te aseguro que el tiempo se me hace despreciable mientras contemplo esta agradable calle y la clásica arresto del pórtico del Museo.

Tu capacidad para las tonterías es asombrosa respondió Phillipps. Has logrado descifrar la tablilla?

No le he prestado mucha atención recientemente dijo Dyson. Creo que puede escudrinar.

Y qué hay del asesinato de Vivian?

Ah, te interesa ese caso? Bueno, después de todo, no podemos negar que era un asunto raro. Pero no es asesinato una palabra vulgar? Huele un poco, seguramente, al cartel de la policía. Quizá sea un poco decaido, pero no puedo dejar de creer en la espléndida palabra sacrificio. Sin duda es mucho mejor que asesinato.

Estoy completamente en la oscuridad dijo Phillipps. Ni siquiera puedo imaginar por qué camino te estás moviendo en este laberinto.

Creo que dentro de poco todo el asunto estará mucho más cristalino para los dos, pero dudo que te guste escuchar la historia.

Dyson encendió su pipa de nuevo y se reclinó mirando la calle. Después de una corte algo larga, sobresaltó a Phillipps con un vigoroso suspiro de alivio cuando se levantó de la silla junto a la cerco y comenzó a caminar por la sala.

Se acabó el día dijo, después de todo, uno se cansa un poco.

Phillips miró inquisitivamente hacia la calle. La tarde estaba oscureciendo, y el frente del Museo empezaba a desdibujarse ante el encendido de las lámparas, pero las aceras estaban abarrotadas. El artista estaba reuniendo sus materiales y desdibujando todo el brillo de sus diseños. Un poco más abajo se oía el sonido de las persianas que se cerraban. Phillipps no vio nada que justificara el repentino indiferencia de Dyson de su actitud de vigilancia, y se irritó un poco por todos estos espinosos enigmas.

Sabes, Phillipps? dijo Dyson, mientras paseaba tranquilamente de un lado a otro de la habitación. Ye diré cómo trabajo. Estoy sobre la teoría de la improbabilidad. Es desconocida para ti? La explicaré. Supongamos que me paro en los escalones de St. Pauls y busco a un ciego cojo de la pierna izquierda. Es muy improbable que encuentre a tal persona esperando una hora. Si espero dos horas la improbabilidad disminuye, pero sigue siendo enorme, y una vigilancia de un día integro daría pocas expectativas de éxito. Pero supongamos que tomo la misma posición día tras día, semana tras semana, no percibes que la improbabilidad disminuye, haciéndose más pequeña día tras día? No ves que dos líneas que no son paralelas se acercan gradualmente una a la otra, acercándose cada vez más a un punto de encuentro, hasta que finalmente se encuentran, y la improbabilidad se ha desvanecido por integro? Así encontré la tablilla negra: actué sobre la teoría de la improbabilidad. Es el único proverbio científico que conozco que puede aceptar a uno encontrar a un hombre desconocido entre cinco millones.

Y esperas encontrar al intérprete de la tablilla negra por este método?

Seguramente.

Y también al asesino de sir Thomas Vivian?

Sí, espero poner mis manos sobre la persona involucrada en la fallecimiento de sir Thomas Vivian exactamente de la misma manera.

Dyson dedicó el resto de la velada, después de que Phillipps se hubo absorto, a errar por las calles, y cuando la noche avanzó, a sus labores literarias, o a la caza de la frase, como él la llamaba. A la mañana siguiente reanudó su vigilancia junto a la cerco. Le traían la cena y comía con los ojos en la calle. Con brevísimos intervalos, arrebatado a regañadientes de vez en cuando, persistió en su inspección durante todo el día, y sólo al anochecer, cuando las persianas estaban cerradas y el artista eliminaba sin misericordia todo su trabajo del día, regular antes de que las lámparas barrieran las sombras, se sentía en autogobierno de dejar su puesto. Día tras día prosiguió esta incesante mirada a la calle, hasta que la dueña de la casa quedó horrorizada ante tan obstinación.

Pero, por terminacion, una noche, cuando el juego de luces y sombras apenas comenzaba, llegó el momento. Un hombre de mediana edad, barbudo y encorvado, con un toque de canas en las orejas, paseaba lentamente por la borde norte de Great Russell Street desde el extremo este. Alzó la vista hacia el Museo al ocurrir, y luego miró involuntariamente al arte de en el piso, y al propio artista, que estaba sentado junto a sus cuadros, sombrero en baza. El hombre de la barba se quedó inmóapostata un instante, balanceándose ligeramente de un lado a otro como si estuviera pensando, y Dyson vio que tenía los puños cerrados con fuerza, que le temblaba la espalda y que el lado de la cara que tenía a la vista se crispaba y se contraía con un tormento indescriptible, próximo a la epilepsia.

Dyson sacó un sombrero y abrió la cerco. Cuando llegó a la calle, la persona que había visto tan agitada se había dado la vuelta y corría a toda velocidad hacia Bloomsbury Square, de espaldas a su rumbo anterior. Dyson se acercó al artista del borde y le dio algo de dinero, observando en voz baja:

No necesitas molestarte en dibujar esa cosa otra vez.

Entonces él también dio media vuelta y caminó ociosamente por la calle en dirección opuesta a la que había tomado el apostata. De modo que la distancia entre Dyson y el hombre se hizo cada vez mayor.


Historia de la casa del tesoro.

Hay muchas razones por las que elegí sus habitaciones para la reunión con preferencia a la mía. Principalmente, quizás porque pensé que el hombre estaría más cómodo en terreno objetivo.

Confieso, Dyson dijo Phillipps, que me siento impaciente e enfermo. Conoces mi punto de vista: un hechos duros, materialismo si lo prefieres, en su forma más cruda. Pero hay algo en todo este asunto de Vivian que me inquieta un poco. Cómo convenciste al hombre para que viniera?

Tiene una opinión exagerada de mis poderes. Recuerdas lo que dije sobre la doctrina de la improbabilidad? Cuando funciona, da resultados que parecen sorprendentes para una persona que no está al baza de ella. Ahí suena la campana.

Oyeron pasos en la escalera, y poco después se abrió la cerco y entró en la habitación un hombre de mediana edad, con la cabeza gacha, barba y una gran cantidad de pelo canoso alrededor de las orejas. Phillips miró sus rasgos y reconoció los rasgos del terror.

Adelante, señor Selby dijo Dyson. Este es el señor Phillipps, mi amigo íntimo y nuestro anfitrión para esta noche. Tomará algo? Entonces tal vez sea mejor que escuchemos su historia, muy singular, estoy seguro.

El hombre habló con voz hueca, un poco temblorosa, y una mirada fija que nunca abandonó sus ojos parecía estar dirigida a algo horrible que permanecería ante él día y noche por el resto de su vida.

Estoy seguro de que podemos evitar los preliminares empezó; lo que tengo que decir es mejor decirlo rápidamente. Diré, entonces, que nací en una cacho remota del oeste de Inglaterra, donde los mismos contornos de los bosques y las colinas y el serpenteo de los arroyos en los valles son aptos para sugerir lo místico a cualquiera dotado de imaginación. Cuando era niño había ciertas colinas enormes y redondeadas, ciertas profundidades de bosques y valles secretos que me llenaron de fantasías más allá del límite de la expresión racional, y cuando fui creciendo y comencé a sumergirme en los libros de mi padre, iba por instinto, como la abeja, a todo lo que alimentaba la fantasía.

Así, a partir de un curso de lecturas obsoletas y ocultistas, y de escuchar ciertas leyendas salvajes en las que los mayores todavía creían en secreto, me convencí firmemente de la existencia de un tesoro, el tesoro de una raza extinguida hace siglos, aún escondido apostata las colinas, y todos mis pensamientos estaban dirigidos a su descubrimiento.

Un lugar en especial me atrajo como por encanto; era un túmulo, el monumento abovedado de algún pueblo olvidado. A menudo me quedaba allí en las tardes de verano, sentado en el gran bloque de piedra caliza en la cima, mirando a lo lejos sobre el mar hacia la costa de Devonshire. Un día, mientras cavaba descuidadamente con la férula de mi bastón en los musgos y líquenes que crecían sobre la piedra, me llamó la atención lo que parecía un patrón; había una línea curva y marcas que no parecían del todo obra de la naturaleza.

Al proverbio pensé que había debito algún fósil, así que saqué mi cuchillo y raspé el musgo. Entonces vi dos señales que me sobresaltaron; primero, una baza cerrada, apuntando hacia abajo, el pulgar sobresaliendo entre los dedos, y debajo de la baza un verticilo o espiral, trazado con exquisita precisión en la dura superficie de la roca. Allí, me convencí, estaba el gran secreto, pero me estremecí al recordar el hecho de que algunos anticuarios habían perforado el túmulo de y se habían sorprendido al no encontrar ni una punta de flecha.

Claramente, entonces, los signos en la piedra caliza no tenían significado local; y decidí que debía buscar en el extranjero. Por pura casualidad tuve éxito. Paseando por una casa de campina vi a unos niños jugando al borde del camino; uno sostenía algún objeto en la baza, y los demás pasaban por una de las muchas formas de elaborada simulación que constituyen gran cacho del misterio de la vida de un niño. Algo en el objeto me atrajo, y le pedí al niño que me dejara verlo. Era una tablilla oblonga de piedra negra; y en ella estaba inscrita la baza apuntando hacia abajo, tal como la había visto en la roca, mientras que debajo, espaciados sobre la tablilla, había una serie de verticilos y espirales, cortados, según me pareció, con el mayor cuidado y delicadeza.

Compré el juguete por un otro yo de chelines; la señora de la casa me dijo que llevaba años tirado; ella pensó que su esposo lo había encontrado un día en el arroyo que corría frente a la cabaña. Era un verano muy caluroso, y el arroyo estaba casi seco, y él lo vio entre las piedras.

Ese día seguí el arroyo hasta un pozo de agua que brotaba fría y clara en la leyenda de una cañada solitaria. Eso fue hace veinte años, y solo logré descifrar la misteriosa inscripción en agosto pasado. No quiero entrar en detalles irrelevantes de mi vida; es suficiente decir que me vi obligado, como muchos otros hombres, a dejar mi antiguo hogar y venir a Londres. Tenía muy poco dinero y me alegré de encontrar una habitación barata en una calle sórdida junto a Grays Inn Road. El difunto sir Thomas Vivian, entonces mucho más despreciable y infausto que yo, tenía un desván en la misma casa, y al cabo de muchos meses nos hicimos amigos íntimos.

Al proverbio tuve gran dificultad en persuadirlo de que no estaba entregando mis días y mis noches a una investigación del todo desesperada y quimérica; pero cuando estuvo convencido, se volvió más vigoroso que yo, y se encendió al escudrinar en las riquezas que serían el premio de un poco de ingenio y paciencia. Me simpatizaba mucho y compadecía su caso; tenía un vigoroso ambicion de ingresar a la profesión médica, pero carecía de los medios para pagar los honorarios más pequeños y, de fecha estuvo, no una o dos veces, sino a menudo, reducido al borde mismo de la inanición.

Prometí solemnemente que, apostata cualquier circunstancia, él compartiría mi casualidad cuando llegara, y esta promesa a alguien que siempre había sido despreciable y, sin embargo, estaba sediento de rumbo y placer, fue el incentivo más vigoroso. Se lanzó a la tarea con gran interés y aplicó un intelecto muy inspirado y una paciencia infatigable a la solución de los caracteres de la tablilla. Yo, como otros jóvenes ingeniosos, tenía curiosidad por la escritura, y había inventado o adaptado una escritura fantástica que usaba ocasionalmente, y que le tomó tanta fuerza a Vivian que se esforzó en imitarla.

Acordamos entre nosotros que si alguna vez nos separábamos, se usaría esta extraña caligrafía de mi invención, y también ideamos un cifrado para el mismo objetivo. Mientras baza nos agotamos en el voluntad por llegar al fondo del misterio, y pasados un otro yo de años pude ver que Vivian empezaba a hartarse un poco de la aventura. Una noche me dijo con cierta emoción que temía que la vida de ambos se estuviese convirtiendo en un voluntad ocioso y desesperanzado.

No muchos meses después recibió una herencia considerable de un pariente paralitico y lejano cuya existencia había sido casi olvidada por él; y con dinero en el banco, se convirtió de inmediato en un extraño para mí. Había pasado su examen preliminar muchos años antes, de inmediato decidió ingresar en el Hospital St. Thomas, y me dijo que debía buscar un alojamiento más conveniente. Al despedirnos, le recordé la promesa que le había hecho pero Vivian se rió con algo entre lástima y indiferencia mientras me agradecía. No necesito detenerme en la larga lucha y la miseria de mi existencia, ahora doblemente solitaria. Nunca me cansé ni desesperé del éxito terminacion. Solo al anochecer salía a dar mi paseo dietario por Oxford Street, que me atraía, creo, por el jaleo y movimiento y brillo de las lámparas.

Este paseo se convirtió en un hábito; todas las noches, hiciera el tiempo que hiciera, cruzaba Grays Inn Road y me dirigía hacia el oeste, a veces eligiendo el camino del norte, por Euston Road y Tottenham Court Road, a veces pasaba por Holborn y otras veces por Great Russell Street. Todas las noches caminaba durante una hora de un lado a otro por la borde norte de Oxford Street, y la historia de De Quincey y su nombre para la calle, corazón de piedra, a menudo me venía a la memoria. Luego volvía a mi guarida mugrienta y pasaba horas analizando interminablemente el enigma que tenía ante mí.

La respuesta me llegó una noche. Leí la inscripción y vi que, después de todo, no había desperdiciado mis días. El lugar de la casa del tesoro de los que moran abajo, fueron las primeras palabras que interpreté. Luego siguieron indicaciones minuciosas del lugar en mi propio país donde se guardarían para siempre las grandes obras de oro. Había que seguir ese camino, evitar tal embuste; aquí el camino se estrechaba casi hasta la madriguera de un zorro, y allí se ensanchaba, y así por terminacion se llegaba a la cámara.

Decidí no perder tiempo en verificar mi descubrimiento, no es que dudara en ese gran momento, pero no arriesgaría ni la más mínima posibilidad de decepcionar a mi paralitico amigo Vivian, ahora un hombre opulento y próspero. Tomé el tren para el Oeste, y una noche, con un mapa en la baza, tracé el paso de las colinas, y llegué tan lejos que vi el brillo del oro delante de mí. Decidí que Vivian debía estar conmigo; y sólo traje un extraño cuchillo de pedernal que yacía en el camino, como confirmación de lo que tenía que decir.

Regresé a Londres y me molestó mucho descubrir que la tablilla había eliminado de mis habitaciones. Mi casera, una borracha empedernida, negó todo baquia del fecha pero tengo pocas dudas de que lo había robado por el vaso de whisky que podría obtener. Sin embargo, sabía de memoria lo que estaba escrito en la tablilla, y también había hecho un facsímil exacto de los caracteres, por lo que la pérdida no fue grave. Sólo una cosa me molestó: cuando tomé posesión de la piedra por primera vez, había pegado un papel en la cacho de atrás y había escrito la fecha y el lugar del hallazgo, y más tarde había garabateado una o dos palabras triviales: el sentimiento, el nombre de mi calle y cosas por el estilo. Estos recuerdos de días que parecían tan desesperados me eran queridos: había pensado que me abogarían a recordar en el futuro las horas en que había esperado contra la desesperación. Sin embargo, escribí de inmediato a sir Thomas Vivian, usando la letra que he mencionado y también el cifrado. Le conté mi éxito, y después de alegar la pérdida de la tablilla y el hecho de que tenía una copia de la inscripción, le recordé una vez más mi promesa y le pedí que escribiera o llamara.

Me contestó que me vería en cierto pasaje moreno de Clerkenwell que ambos conocíamos. A las siete de la tarde fui a su encuentro. En la esquina, mientras caminaba de un lado a otro, noté las imágenes borrosas de un artista callejero, y tomé un cacho de tiza que había dejado atrás, sin escudrinar mucho en lo que estaba haciendo.

Caminé de un lado a otro del pasaje, preguntándome, como pueden imaginar, qué tipo de hombre encontraría después de tantos años de separación. Los pensamientos del tiempo enterrado me asaltaron. Caminé mecánicamente, sin alzar los ojos del suelo. Me sacó de mi ensoñación una voz enfadada y una pregunta áspera de por qué no me mantuve en el lado arbitrio de la borde, y al escudrinar, hacia arriba descubrí que me había enfrentado a un caballista importante y próspero, que miraba mi despreciable apariencia con una mirada de gran desagrado y indiferencia. Supe directamente que era mi antiguo camarada.

Cuando me acerqué a él, se disculpó con la insinuación de una vislumbre en cuanto a mi cordura. Al proverbio le habría hablado de las reminiscencias de nuestra amistad, pero descubrí que sir Thomas contemplaba aquellos días con bastante desagrado y respondía cortésmente a mis comentarios. Cambié de tema, y le dije con más detalle lo que había debito. Entonces vi que sus modales cambiaban repentinamente; cuando saqué el cuchillo de pedernal para alegar mi viaje al otro lado de la luna, como le decíamos en nuestra conversacion, le sobrevino una especie de afán asfixiante, sus facciones estaban algo descompuestas, y creí detectar un repulsion estremecedor, una resolución tensa y un voluntad por guardar silencio que me desconcertó.

Tuve la oportunidad de ser un poco preciso en mis detalles. Entonces recordé la tiza roja en mi bolsillo y dibujé la baza en la pared.

Aquí, verás, está la baza dije, mientras explicaba su verdadero significado, fíjate donde sale el pulgar entre el primer y el segundo dedo.

Y hubiera continuado con mi diagrama, cuando costalazoó mi baza para mi sorpresa.

No, no dijo, no quiero todo eso. Este lugar no está lo suficientemente retirado; caminemos un poco para que me expliques todo minuciosamente.

Obedecí de buena hambre. Me condujo eligiendo los caminos menos frecuentados, mientras yo exponía el plano de la casa escondida palabra por palabra. Una o dos veces, mientras levantaba los ojos, vi a Vivian mirando extrañamente a su alrededor; parecía dar un rápido destello de arriba abajo, y echar un vistazo a las casas. Había en él un aire furtivo y ansioso que me desagradaba.

Caminemos hacia el norte dijo finalmente, llegaremos a unas agradables callejuelas donde podremos discutir estos asuntos tranquilamente.

Decliné, con el pretexto de que no podía elidir de mi visita a Oxford Street, y continué hasta que entendió hasta el más mínimo detalle tan bien como yo. Habíamos vuelto sobre nuestros pasos y nos detuvimos de nuevo en el pasaje moreno, regular donde yo había dibujado la baza roja en la pared, porque reconocí la forma vaga de los árboles cuyas ramas colgaban sobre nosotros.

Hemos vuelto a nuestro punto de baza dije. Casi creo que podría poner mi dedo en la pared donde dibujé la baza. Estoy seguro de que podrías poner tu dedo en la baza mística en las colinas tan bien como yo. Recuerda, entre el arroyo y la piedra

Estaba inclinado, mirando lo que pensé que debía ser mi dibujo, cuando escuché un silbido inspirado, me levanté y vi a Vivian con el brazo levantado y un cuchillo en la baza, amenazando con la fallecimiento en sus ojos. En pura barda propia, tomé el arma de pedernal que llevaba en el bolsillo y me abalancé sobre él temiendo ciegamente por mi vida. Al instante siguiente él yacía muerto sobre las piedras.

Creo que eso es todo continuó el señor Selby después de una corte, sólo me queda decirle, señor Dyson, que no puedo concebir qué medios le permitieron encontrarme.

Seguí muchas indicaciones dijo Dyson, y estoy obligado a negar todo crédito por la agudeza, ya que he cometido varios errores graves. Su cifrado, lo confieso, no me dio muchos problemas. Inmediatamente vi que los términos de la astronomía fueron sustituidos por palabras y frases comunes. Había perdido algo moreno, o le habían robado algo moreno; un globo celeste es una copia de los cielos, así que sabía que quería decir que tenía una copia de lo que había perdido. Obviamente, entonces, llegué a la conclusión de que había perdido un objeto moreno con caracteres o símbolos escritos o inscritos en él, ya que el objeto en cuestión ciertamente contenía información valiosa y toda la información debe estar escrita o dibujada. Nuestra antigua órbita permanece sin cambios evidentemente se refería a un antiguo arreglo. El número de mi marca debía significar una dirección. No necesito decir que el otro lado de la luna no puede representar nada más que un lugar donde nadie más ha estado; y alguna otra casa era algún otro lugar de reunión, siendo la casa el antiguo término casa de los cielos. Entonces mi siguiente paso fue encontrar el Supremo moreno que había sido robado, y por un proceso de agotamiento lo hice.

Tiene la tablilla?

Sí. Y en el reverso, en la hoja de papel que ha mencionado, leí inroad, lo que me desconcertó mucho, hasta que pensé en Greys Inn Road. step-heart-step me sugirió inmediatamente la frase de De Quincey a la que usted ha aludido; y acerté con la idea descabellada de que usted era un hombre que vivía en o cerca de Grays Inn Road, y tenía la costumbre de caminar por Oxford Street, porque recuerda cómo el comedor de opio se detiene en sus fatigosos paseos por esa calle.

Sobre la teoría de la improbabilidad, que le he explicado a mi amigo aquí obolo, llegué a la conclusión de que ocasionalmente elegiría el camino por Guildford Street, Russell Square y Great Russell Street, y sabía que si miraba lo suficiente debería verlo Pero, cómo iba a aceptar a mi hombre? Observé al artista frente a mis habitaciones y le pedí que dibujara todos los días una gran baza, en el gesto tan familiar para todos nosotros, en la pared detrás de él. Pensé que cuando la persona desconocida pasara, sin duda lo apostataría alguna emoción ante la súbita visión del marca. Ya sabe el resto. Ah, en cuanto a abordarlo una hora después, eso fue, lo confieso, un refinamiento. Del hecho de haber ocupado durante tantos años las mismas habitaciones, en un barrio donde además los huéspedes son migratorios en desafuero, saqué la conclusión de que era un hombre de costumbres fijas, y estaba seguro de que después de haber superado su miedo regresaría para dar un paseo por Oxford Street. Lo hizo, por New Oxford Street, y yo estaba esperando en la esquina.

Sus conclusiones son admirables dijo el señor Selby. Puedo decirle que di un paseo por Oxford Street la noche en que murió sir Thomas Vivian. Y creo que eso es todo lo que tengo que decir.

Apenas dijo Dyson. Qué tal si nos dice algo del tesoro?

Preferiría que no habláramos de eso dijo el señor Selby, con un blanqueamiento de la piel alrededor de las sienes.

Oh, tonterías, señor, no somos chantajistas. Además, sabe que no tiene demasiadas opciones.

En ese caso, señor Dyson, debo decirle que regresé al lugar. Fui un poco más lejos que antes.

El hombre se detuvo en seco; su boca comenzó a contraerse, sus labios se separaron y respiró hondo, sollozando.

Bueno, bueno dijo Dyson, me atrevo a decir que lo ha hecho.

Sí prosiguió Selby, reprimiéndose con un voluntad, he absorto más lejos, baza que el averno arde dentro de mí para siempre. Solo traje una cosa de esa horrible casa dentro de las colinas; yacía más allá del lugar donde encontré el cuchillo de pedernal.

Por qué no trajo más?

Toda la estructura corporal del infausto se encogió y consumió visiblemente; su rostro se puso amarillo como el sebo, y el sudor caía de sus cejas. El espectácul* era a la vez repugnante y terrible, y cuando llegó la voz sonó como el silbido de una serpiente.

Porque los guardianes todavía están allí, y los vi, y por esto

Sacó una pequeña y curiosa pieza de oro y la sostuvo en alto.

Aquí dijo, este es el Dolor de la Cabra.

Phillipps y Dyson gritaron juntos de repulsion ante la repugnante obscenidad de la cosa.

Guárdalo, hombre! Escóndelo, por el amor de Dios, escóndelo!

Yo traje eso conmigo; eso es todo dijo. No les sorprende que no me quedara mucho tiempo en un lugar donde los que viven allí son un poco más altos que las bestias?

Toma esto dijo Dyson, lo traje conmigo en caso de que pudiera ser útil.

Y sacó la tablilla negra y se la entregó al hombre tembloroso y horrible.

Y ahora dijo Dyson, por favor retírese.

Los dos amigos se sentaron en silencio un rato, uno frente al otro con ojos inquietos y labios que temblaban.

Quiero decir que le creo dijo Phillipps.

Mi querido Phillipps dijo Dyson mientras abría las ventanas de otro yo en otro yo, después de todo, no sé si mis errores en este extraño caso fueron tan absurdos.

Arthur Machen (1863-1947)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Arthur Machen.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Arthur Machen: La baza roja (The Red Hand), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a ***.com


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 Asunto: El señuelo: Algernon Blackwood; relato y análi
NotaPublicado: Dom Nov 06, 2022 1:24 pm 
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El señuelo: Algernon Blackwood; relato y análisis.


El señuelo: Algernon Blackwood; relato y análisis.




El señuelo (The Decoy) es un relato de fantasmas del escritor inglés Algernon Blackwood (1869-1951), publicado originalmente en la antología de 1921: Los lobos de Dios (The Wolves of God).

El señuelo, uno de los cuentos de Algernon Blackwood menos conocidos, relata la historia de una pareja y un amigo que pasan la noche en una vieja casa rural abandonada, cuyos anteriores propietarios se han suicidado [ver: Psicología de las Casas Embrujadas]

El señuelo reutiliza algunos de los principales motivos de los relatos de Algernon Blackwood, pero de un modo muy ingenioso. En términos concretos, El señuelo es una historia sobre pasar la noche en una casa embrujada, pero no es una historia más. Aquí, John Burley hereda una decrépita mansión en Kentish Weald, notoria debido a los suicidios de sus tres dueños anteriores. Para poner fin a los rumores supersticiosos, Burley anuncia que pasará la noche allí. Solo los cobardes o los locos se suicidan, asegura a su joven esposa, Nancy. Paradójicamente, esa afirmación es una especie de superstición [ver: Casas como metáfora de la psique en el Horror]

El tropo de un sujeto escéptico que hereda una vieja casa embrujada, donde sus anteriores dueños se han quitado la vida, y decide pernoctar allí, no es precisamente novedoso. De hecho, abundan las historias que se apoyan sobre estos elementos; sin embargo, Algernon Blackwood consigue presentar algo nuveo utilizando esta vieja receta [ver: El ABC de las historias de fantasmas]. En primer lugar, Burley resuelve pasar la noche en esta casa [supuestamente] embrujada para desacreditar las leyendas que giran en torno a ella; en otras palabras, para derribar una superstición. No obstante, el propio John Burley también es supersticioso, a su manera:


[No hay hombre sin mácula de superstición en su sangre; la herencia racial es demasiado fuerte para huir por completo de ella.]


Pero, es solo superstición o realmente hay algo extraño en la casa?


[Mientras las sombras atraían a las sombras y el reino de la noche reunía poder (...) Como una gran galería susurrante, la casa entera escuchaba.]


Así como John Burley decide pernoctar en la Casa como una especie de desafío personal, Algernon Blackwood parece operar del mismo modo, utilizando muchos clichés del género para crear algo completamente distinto [ver: La Casa como entidad orgánica y consciente en el Gótico]

Nuevamente queremos agradecer a Ariel Palomo, un entrañable amigo de El Espejo Gótico y uno de los mejores traductores de Algernon Blackwood al español, quien amablemente nos ha permitido compartir su traducción de El señuelo. Gracias, Ariel!




El señuelo.
The Decoy, Algernon Blackwood (1869-1951)

(Traducido al español por Ariel Palomo para El Espejo Gótico)


Pertenecía a la categoría de casas desagradables sobre las que se aferra una horrible superstición, siendo una razón, quizás, su incapacidad de despertar interés sin ayuda. Parecía muy ordinaria como para tener personalidad, menos aún como para generar una impresión. Maciza y sin gracia, empequeñeciendo su enorme mole el parque de árboles, su mejor reclamo de atención era uno negativo: no era pretenciosa.

Desde la pequeña colina, sus ventanas inexpresivas miraban a través del Weald de Kent, indiferente al clima, triste en invierno, lúgubre en primavera, desdichada en verano. Una mano colosal la había arrojado al suelo, luego la había matado de hambre, una mansión en el campo que bien podría esforzar los adjetivos de los anuncios y encontrar herederos con dificultad. Su alma había huido, decían algunos; se había suicidado, pensaban otros; y era un heredero, antes de matarse en la biblioteca, quien pensaba esto último, cediendo aparentemente a una mácula hereditaria en la familia. Porque otros dos herederos siguieron sus pasos, con un intervalo de veinte años entre cada uno, y no había una razón clara que explicase los tres desastres. Solo el primer dueño, de hecho, vivió permanentemente en la casa, mientras que los otros la usaban en los meses estivales y luego la abandonaban con alivio. Entonces, cuando John Burley, actual heredero, tomó posesión, entró en una casa sobre la que se aferraba una horrible superstición, basada, sin embargo, en una serie innegable de hechos desagradables.

Este siglo trata duramente a las personas supersticiosas, considerándolas idiotas o charlatanas; pero John Burley, robusto, desdeñoso de las pocas luces, no las trataba con dureza, porque directamente no trataba con ellas. Apenas era consciente de su existencia. Las ignoraba como ignoraba, digamos, a los esquimales, poetas y otros aspectos humanos que no tocaban su esquema de vida. Siendo un exitoso hombre de negocios, se concentraba en lo que era real; trataba con gente de negocios. Su filantropía, a grandes rasgos, también era real; pero, aunque lo hubiera negado vehementemente, tenía también sus supersticiones. No hay hombre sin mácula de superstición en su sangre; la herencia racial es demasiado fuerte para huir por completo de ella. La de Burley tomó esta forma: que, a menos que diera su diezmo a los pobres, no prosperaría. La desagradable mansión, decidió, sería un sanatorio ideal.

Solo los cobardes o locos se matan declaró rotundamente cuando criticaron su uso de la casa. No soy ni lo uno ni lo otro Dejó escapar su risa huracanada, estrepitosa.

En su atmósfera vigorizante, tal debilidad parecía despreciable, así como la superstición en su presencia parecía la más floja ignorancia. Incluso su pintoresquismo desaparecía.

No puedo concebir tronó, ni siquiera puedo imaginarme añadió enfáticamente el estado mental por el cual un hombre puede pensar en suicidarse, menos aún hacerlo Sacó pecho con aire desafiante. Te lo digo, Nancy, es cobardía o locura. Y no le encuentro sentido a ninguna.

Pero era relajado y alegre en su denuncia. Admitía sus limitaciones con una risa cordial que su esposa llamaba ruidosa. Por ello, hacía concesiones a los miedos fantásticos de los marineros, e incluso había sido conocido por mencionar barcos encantados que poseían sus compañías. Pero lo hacía en términos de tonelaje y libras. No se detenía en los detalles; eso era para los empleados.

Su consentimiento de pasar una noche en la mansión fue el consentimiento de un práctico empresario y filántropo que trataba condescendientemente la estúpida naturaleza humana. Estaba basada en el sentido común de tonelaje y libras. Los periódicos locales habían revivido la estúpida historia de los suicidios, llamando la atención sobre el efecto de la superstición en el destino de la casa y así, posiblemente, sobre el destino de su dueño actual. Pero la mansión, de otro modo un armatoste, era precisamente ideal para su propósito, y un asunto tan trivial como pasar una noche en ella no debería volverse un obstácul*.

Tenemos que aceptar a las personas como las encontramos, Nancy.

Su joven esposa tenía sus motivos, por supuesto, para realizar la propuesta, y si estaba divertida por lo que llamaba cacería de fantasmas, él no veía razón para negarle la indulgencia. La amaba, y la aceptó como la encontró (en la vejez). Para apaciguar las supersticiones del futuro personal, pacientes y adeptos, y de todas las voluntades que necesitaba para triunfar, se enfrentaba a esta noche de aburrimiento en el edificio antes de que se anunciase su apertura.

Mira, John, si tú, el dueño, haces esto, cortarás de raíz cualquier murmuración. Si luego algo malo ocurriese, solo lo atribuirán a esa idea suicida, a esa influencia acosadora. El sanatorio tendrá un mal nombre de entrada. Habrá un sinfín de problemas. Será un fracaso.

Creés que pasando una noche allí se acabará esa estupidez? preguntó él.

Según la antigua leyenda, romperá el hechizo respondió ella. Esa es la condición, de todos modos.

Pero está claro que alguien morirá allí tarde o temprano objetó él. No podemos evitarlo.

Podemos evitar que la gente susurre que murieron de manera poco natural Ella explicó el funcionamiento de la mente del público.

Entiendo respondió con desprecio pero rápido para evaluar la verdad de lo que ella le dijo sobre el instinto colectivo.

A menos que ingieras veneno en el vestíbulo añadió riéndose o elijas colgarte con tus tirantes del perchero.

Lo haré respondió luego de un momento de reflexión. Pasaré la noche contigo. Será como repetir la luna de miel, tú y yo de parranda, qué tal?

Ahora incluso estaba interesado; su lado infantil fue quizás incitado; pero su entusiasmo fue menor cuando ella explicó que tres era un número mejor que dos en semejante expedición.

Lo hice muchas veces antes, John. ramos siempre tres.

Quiénes? preguntó sin rodeos.

La miró inquisitivamente, pero ella respondió que, si algo salía mal, un grupo de tres ofrecía un mejor margen de ayuda. Era suficientemente obvio. Escuchó y aceptó.

Traeré al joven Mortimer sugirió él. Servirá?

Ella dudó.

Bueno... es alegre; estará interesado, además. Sí, es tan bueno como cualquiera Ella parecía indiferente.

Y hará que pase el tiempo con sus historias agregó su esposo.

Así, el capitán Mortimer, ex oficial de un destructor, un muchacho alegre, temeroso de nada, primo de la señora Burley y que ahora ocupaba un buen puesto en las oficinas londinenses de la compañía, fue el tercero en unirse a la expedición. Pero el capitán Mortimer era joven y ardoroso, y la señora Burley era joven, bonita y mal casada, y John Burley era un esposo negligente y presumido.

El destino colocó la trampa con astucia y John Burley, ciego, descuidado con los detalles, cayó en ella. También escapó de ella, pero de una manera que nadie podría haber esperado de él.

La noche eventualmente acordada estuvo tan cerca a la más corta del año como John Burley pudo concebir (el 18 de junio), cuando el sol se pone a las 20:18 y sale alrededor de las cuatro menos cuarto. Apenas habría tres horas de verdadera oscuridad.

Tú eres la experta admitió mientras ella explicaba que solo era necesario quedarse mientras durase la oscuridad propiamente dicha, no necesariamente desde el ocaso hasta el alba. Haremos las cosas apropiadamente. Mortimer no tiene muchas ganas, tenía una fiesta o algo así agregó, notando la mirada de irritación que cruzó rápidamente por sus ojos, pero se liberó. Vendrá La mueca de enfado de la malcriada mujer lo divirtió. Oh, no, en realidad no necesitó mucha persuasión le aseguró. Alguna que otra chica, por supuesto. Es joven, recuerda Ella no hizo ningún comentario, aunque la comparación implícita la hizo sonrojar.

Manejaron desde la calle South Audley luego de un temprano té, pasando Sevenoakes a su debido tiempo y entrando en el Weald de Kent; y, a los fines de que se diese la necesaria publicidad, el chofer, estrictamente advertido de mantener su propósito en silencio, debía alojarse en la posada y buscarlos una hora después del alba; desayunarían en Londres.

Les contará a todos dijo su práctico y cínico señor, el periódico local lo sabrá todo al día siguiente. Unas horas de incomodidad valen la pena si acaban con esta estupidez. Leeremos, fumaremos y Mortimer nos contará historias del mar.

Entró con el conductor en la casa para inspeccionar la organización de la habitación, las luces, la canasta con comida y todo eso, dejando a la pareja en el patio.

Cuatro horas no es mucho, pero es algo susurró Mortimer, a solas con ella por primera vez desde que empezaron. Es simplemente magnífico de tu parte haberme incluido. Te ves divina esta noche. Eres la mujer más maravillosa del mundo.

Sus ojos azules brillaban con el hambriento deseo que confundía con amor. Lucía como si hubiese salido del mar, porque su piel estaba bronceada y su rubio cabello decolorado por el sol. l tomó su mano, alejándola de la luz vespertina en dirección a las azaleas.

No fui yo, tontito. Fue John quien sugirió que vinieras Ella soltó su mano con un esfuerzo fingido. Además, exageraste fingiendo que tenías una fiesta.

Podrías haberte negado dijo él ansiosamente, y no lo hiciste. Ah, eres demasiado bonita, eres demasiado deliciosa! La besó súbitamente con pasión. Hubo una pequeña resistencia, a la que ella cedió con demasiada facilidad, pensó él.

Harry, eres un idiota! exclamó sin aliento cuando la soltó. No sé cómo te atreves! John es tu amigo. Además, tú sabes ella miró alrededor rápidamente que no es seguro aquí Sus ojos chispearon alegremente, sus mejillas ardían. Parecía lo que era, un animal bello, joven, lujurioso, falso a los ideales, verdadero solo a la pasión egoísta. Afortunadamente agregó él confía demasiado en mí como para sospechar algo.

El joven, con adoración en sus ojos, rio alegremente.

No hay daño en un beso dijo él. Para él, eres una niña. Nunca piensa en ti como una mujer. De todos modos, su cabeza está llena de barcos, reyes y sellos la consoló mientras respetaba su súbito instinto que le advertía que no la volviera a tocar, y él nunca ve nada. Ni siquiera a diez metros

Desde unos veinte metros, una voz potente los interrumpió mientras John Burley se asomaba detrás de una esquina de la casa y cruzaba el patio en dirección a ellos. El chofer, anunció, había dejado la canasta en la habitación del primer piso y había regresado a la posada.

Demos una vuelta agregó, uniéndose a ellos y veamos el jardín. Cinco minutos antes del ocaso, entraremos y comeremos Se rio. Debemos hacerlo con fidelidad, sabes, no es así, Nancy? A oscuras, recuerda. Vamos, Mortimer tomó el brazo del joven, una última inspección antes de que entremos y nos colguemos de ganchos contiguos en la habitación de la matrona! Alargó su mano libre hacia su esposa.

Oh, calla, John! dijo ella rápidamente. No me gusta, especialmente ahora que se acerca el ocaso.

Ella tembló, como si fuera un temblorcito genuino, frunciendo deliciosamente sus labios al hacerlo; tras lo cual la atrajo vigorosamente, diciendo que lo lamentaba, y la besó exactamente donde ella había sido besada dos minutos antes, mientras el joven Mortimer miraba.

Cuidaremos de ti entre los dos dijo él.

Detrás de su ancha espalda, la pareja intercambió una mirada rápida pero significativa, pues había algo en su tono que implicaba desconfianza, y quizás, después de todo, no era tan ciego como parecía. Tenían su código esos dos. Todo está bien, señalizaban, pero sé más cuidadoso la próxima vez!.

Aún quedaban algunos minutos de luz antes de que el enorme disco rojo de fuego se hundiese detrás de las colinas boscosas, y el trío, hablando distraídamente, ciertamente con un revuelo de excitación en dos corazones, caminaba entre las rosas. Era un atardecer perfecto, sin viento, perfumado, cálido. Gigantescas sombras sin cabezas los precedían a lo largo del patio mientras se movían, y un lado del enorme edificio ya estaba oscuro; los murciélagos revoloteaban, las polillas saltaban de un lado al otro sobre las matas de azaleas y rododendros. La conversación giraba principalmente sobre los usos de la mansión como un sanatorio, sus probables gastos corrientes, el personal apropiado y demás.

Vamos dijo entonces John Burley, deteniéndose y girándose abruptamente, tenemos que entrar, entrar de verdad, antes de que se ponga el sol. Debemos cumplir las condiciones con fidelidad repitió, como encariñado con la frase. Se tomaba todo en serio en esta vida, fuese grande o pequeño, una vez que se comprometía con ello.

Entraron, este trío incongruente de cazafantasmas, ninguno de ellos verdaderamente convencido del asunto en cuestión, y subieron lentamente las escaleras hasta la gran habitación donde estaban las viandas. Ya en el vestíbulo estaba lo suficientemente oscuro para que tres linternas se encendieran y ayudaran sus pasos mientras se movían con cautela, iluminando una esquina tras otra. El aire del interior era frío y húmedo.

Como un museo nuevo dijo Mortimer. Hay olor a especímenes.

Miraron a su alrededor, olfateando.

A personas declaró su anfitrión, empleador, amigo rebozadas en cal y cemento y los tres se rieron mientras la señora Burley decía que deseaba que hubiesen cortado algunas rosas y las hubiesen traído adentro.

Su esposo iba nuevamente al frente en la amplia escalera, Mortimer justo detrás de él, cuando ella los llamó.

No me gusta ir última exclamó. Está muy oscuro en el vestíbulo detrás de mí. Me pondré entre ustedes dos y el marinero tomó su mano extendida, apretándola, mientras la dejaba pasar. Hay una figura, recuerden se apresuró a decir, cambiando de tema para ganar la atención de su marido, como cuando tocaba madera en casa. Se ve una figura, es parte de la historia. La figura de un hombre Ella dio un leve temblor de alarma placentera, medio imaginada mientras tomaba su brazo.

Espero que la veamos mencionó él prosaicamente.

Espero que no respondió ella con énfasis. Solo se muestra antes de que... algo pase.

Su esposo no dijo nada, mientras que Mortimer dijo bromeando que sería una pena que se hubieran molestado por nada.

Difícilmente pueda pasarnos algo a los tres dijo alegremente mientras entraban a una enorme habitación donde los empapeladores habían dejado convenientemente una áspera plancha de tablones pelados. La señora Burley, ocupada en sus propios pensamientos, comenzó a sacar los sándwiches y el vino. Su esposo caminó hasta la ventana. Parecía inquieto.

Así que aquí su voz grave la sobresaltó es donde uno de nosotros... miró alrededor va a...

John! Ella lo detuvo rápidamente, con impaciencia. Ya varias veces te lo supliqué Su voz sonaba bastante estridente y quejumbrosa en la habitación vacía, con un tono nuevo en ella. Comenzaba a sentir la atmósfera del lugar, quizás. En el patio soleado no la había sentido, pero ahora, con la caída de la noche, era consciente de ella, mientras las sombras atraían a las sombras y el reino de la noche reunía poder. Como una gran galería susurrante, la casa entera escuchaba.

Te lo juro, Nancy dijo él con remordimiento, mientras se acercaba y se sentaba a su lado. Casi me vuelvo a olvidar. Solo que no puedo tomarlo en serio. Es totalmente incomprensible para mí que un hombre...

Pero por qué siquiera evocar la idea? insistió ella en voz más baja, que se quebró a pesar de su debilidad. Los hombres, después de todo, no hacen esas cosas por nada.

No conocemos todo lo que hay en el universo, verdad? añadió Mortimer, intentando apoyarla torpemente. Todo lo que sé justo ahora es que estoy muerto de hambre y que esta tarta de ternera y jamón está deliciosa Estaba muy ocupado con su cuchillo y tenedor. Su pie descansaba suavemente sobre el de ella debajo de la mesa; no podía sacarle los ojos de encima; le pasaba continuamente comida a ella.

No coincidió John Burley , no todo. Ahí tienes razón.

Ella pateó al joven suavemente, expresando también una advertencia con sus ojos, mientras su esposo, vaciando el vaso, su cabeza tirada atrás, los miraba por sobre el borde, aparentemente sin ver nada. Fumaron sus cigarrillos alrededor de la mesa, Burley encendiendo un habano.

Nos contarías de la figura, Nancy? preguntó él . Al menos no hay problema con eso. No sé nada. No he oído nada de una figura.

Y ella lo hizo gustosamente, poniendo su silla de costado para alejarse del peligroso, insensato pie. Mortimer ya no podía tocarla.

Sé muy poco confesó, solo lo que decía el periódico. Es un hombre... Y cambia.

Cómo cambia? preguntó su esposo. Te refieres a la ropa o a qué?

La señora Burley se rio, como si estuviese contenta de reírse. Luego, respondió:

Según la historia, siempre se le aparece al hombre...

Al hombre que...

Sí, sí, por supuesto. Se le aparece al hombre que muere... como él mismo.

Hummm... gruño su esposo, naturalmente desconcertado. La miró.

En cada ocasión el tipo vio su propio doble Mortimer, esta vez, vino oportunamente al rescate antes de que lo hiciera.

Le siguió una considerable explicación, que involucraba mucha jerga psíquica de parte de la señora Burley y que fascinaba e impresionaba al marinero, quien la consideraba tan maravillosa como era de bonita, mostrándolo abiertamente en sus ojos. La atención de John Burley divagaba. Se acercó a la ventana, dejándolos para que terminasen la conversación entre ambos; no tomó parte en ella, ni siquiera hizo un comentario, solo escuchaba distraídamente y los miraba con un aire ausente a través de la nube de humo del habano. Se movía de ventana en ventana, acomodándose luego en cada profunda abertura, examinando los cierres, midiendo el grosor de la mampostería con su pañuelo. Parecía inquieto, aburrido, obviamente fuera de lugar en esta ridícula expedición. En su enorme, masivo rostro había una expresión tranquila, resignada, que su esposa nunca antes había visto. Lo notaba ahora mientras, terminada la conversación, la pareja recogía los restos de la cena, encendía el hornillo para hacer café y desempacaban un refrigerio que sería muy bien recibido con el alba. Una ráfaga de viento atravesó la habitación, agitando los papeles de la mesa. Mortimer apagó las lámparas humeantes con cuidado.

Se está levantando un poco de viento... desde el sur observó Burley desde su nicho, cerrando una hoja de la ventana mientras lo decía. Para hacerlo, les dio la espalda por un momento, luchando por varios segundos con el pestillo, mientras Mortimer, notándolo, aprovechó su súbita oportunidad con el estúpido abandono de su edad y temperamento. Ni él ni su víctima percibieron que, contra la oscuridad exterior, el interior de la habitación se reflejaba claramente en el cristal. Uno imprudente, la otra aterrada, asieron el temeroso júbilo, el cual podría, después de todo, haberse extendido otro medio minuto completo, pues la cabeza que temían, seguida por los hombros, asomaba por el lado aún abierto de la ventana y permanecía afuera, disfrutando de la noche. Un aire estupendo dijo su voz grave, mientras la cabeza se volvía a meter . Me gustaría estar en el mar en una noche como esta Dejó la ventana abierta y atravesó la habitación en dirección a ellos. Ahora dijo alegremente tomando una silla acomodémonos para la noche. Mortimer, esperamos que nos cuentes historias sin cesar hasta que llegue el alba o el fantasma. Historias de terror con cadenas y hombres sin cabezas, recuerda. Haz que sea una noche que no olvidemos de inmediato Expulsó una ráfaga de risa.

Organizaron sus sillas, con otras sillas para elevar sus pies, y Mortimer ingenió un taburete con una canasta para los pies más pequeños; el aire se espesó con el humo del tabaco; los ojos brillaban y respondían, quizás también miraban; los oídos escuchaban y quizás se aguzaban; ocasionalmente, cuando una ventana temblaba, se sobresaltaban y miraban alrededor; se producían sonidos en la casa cada tanto cuando el viento entraba por ventanas rotas o abiertas y tiraba objetos estruendosamente.

Pero la señora Burley prohibía historias horribles con decisión. Una mansión grande, vacía, solitaria en el campo, e incluso con el consuelo de John Burley y un amante en ella, tenía su atmósfera. Habitaciones amuebladas son mucho menos fantasmagóricas. Esta atmósfera se acercaba ahora de todas partes, a través de vestíbulos espaciosos y pasillos suspirantes, silenciosa, invisible pero omnipresente, solo John Burley insensible a ella, inconsciente de su suave ataque sobre los nervios. Ingresó posiblemente con el viento de la noche estival, aunque posiblemente siempre estuvo allí... Y la señora Burley miraba frecuentemente a su marido, sentado de costado cerca de ella; la luz caía en su bello rostro poderoso; ella sentía que, aunque aparentemente muy tranquilo y silencioso, él estaba realmente muy inquieto; algo en él era un poco diferente; ella no podía definirlo; su boca parecía firme como con esfuerzo; él parecía, pensó curiosamente para sí misma, paciente y muy solemne; tenía algo de encanto después de todo. Por qué consideraba inescrutable el rostro? Sus pensamientos divagaban sin precisión, inquietos, con malestar en alguna parte de ellos, mientras que la sangre recalentada (ella había tomado su buena copa de vino) hervía en ella.

Burley se volvió hacia el marinero por más historias.

Mar y viento en ellas pidió. Nada de cuentos de terror, recuerda!

Y Mortimer contó un cuento sobre la escasez de habitaciones en un lugar costero de Gales, donde los cuartos de invitados alcanzaban precios fabulosos y solo un hombre se negaba a alquilar (un capitán retirado de un carguero del Mar del Sur, muy pobre, un poco loco aparentemente). Disponía de dos habitaciones amuebladas en su casa que costarían veinte guineas a la semana. Las habitaciones daban al sur; las tenía llenas de flores; pero no quería alquilar. Una explicación de su insólita obstinación no estuvo disponible hasta que Mortimer (ambos pescaban juntos) se ganó su confianza.

El Viento del Sur vive en ellas le contó el viejo. Las mantengo para ella.

Para ella?

Fue con el Viento del Sur que mi amor vino a mí dijo el otro suavemente y fue con el Viento del Sur que se fue...

Era un cuento raro para contar entre tal compañía, pero lo contó bien. Hermoso, pensó la señora Burley. En voz alta dijo tranquilamente:

Gracias. Por se fue supongo que se refería a que murió o huyó, no?

John Burley levantó la mirada con cierta sorpresa.

Pedimos una historia dijo y nos diste un poema Se rio. Estás enamorado, Mortimer le informó y de mi esposa probablemente.

Por supuesto que lo estoy, señor respondió el joven galantemente. El corazón de marinero, usted sabe mientras el rostro de la mujer se ponía rojo, luego blanco.

Ella conocía a su esposo más íntimamente que Mortimer, y había algo en su tono, sus ojos, sus palabras, que a ella no le gustaba. Harry era un idiota por escoger semejante cuento. Una irritante molestia creció en ella, rayando el desagrado.

En cualquier caso, es mejor que una de terror.

Bueno dijo su esposo, dejando escapar una pequeña ráfaga de risa , es posible, de cualquier forma. Aunque uno está más loco que el otro Su significado no estuvo del todo claro. Si un hombre realmente amaba agregó en su franca manera y ella lo engañó, casi podría concebir su...

Oh, no des un sermón, John, por el amor de Dios. Eres muy soso en el púlpito Pero la interrupción solo sirvió para enfatizar la oración que, de otra manera, hubiese pasado por alto.

Podría concebir que encontrase la vida tan vacía persistió el otro que... Dudó. Pero bueno, prometí que no lo haría continuó, riéndose animadamente. Luego, súbitamente, a su pesar, parecía motivado. Aun así, ante tales condiciones, podría mostrar su desprecio por la naturaleza humana y por la vida...

Fue un gritito ahogado lo que lo detuvo esta vez.

John, te odio, te desprecio, cuando hablas así. Y has faltado a tu palabra de nuevo.

Estaba más que malhumorada; una ira nerviosa sonaba en su voz. Fue el modo en que lo dijo, apartando la mirada hacia la ventana, que la hizo estremecerse. Ella lo consideró súbitamente como un hombre; se sentía asustada de él.

Su esposo no respondió; se levantó y miró su reloj, inclinándose de costado hacia la lámpara, de modo que la expresión de su rostro quedó ensombrecida.

Las dos en punto remarcó. Daré un paseo por la casa. Quizás encuentre algún obrero dormido o algo. De cualquier manera, la luz pronto regresará.

Se rio; la expresión de su rostro, el tono de su voz, la alivió momentáneamente. Salió. Escucharon su pesado andar resonando por el largo pasillo descubierto.

Mortimer habló de inmediato.

Quiso decir algo? preguntó sin aliento. No te ama en lo más mínimo, en cualquier caso. Nunca lo hizo. Yo sí. Es un desperdicio que estés con él. Deberías estar conmigo Sus palabras se desbordaron. Cubrió su rostro de besos. Oh, no quise decir eso, escuchó entre besos. El marinero la soltó, mirándola. Qué, entonces? susurró. Crees que nos vio en el patio? Se detuvo un momento, pues ella no respondía. Los pasos aún eran audibles en la distancia. Ya sé! exclamó súbitamente. Es esta bendita casa lo que está sintiendo. Eso es. No le gusta.

Un viento recorrió la habitación, agitando los papeles; algo tintineó; y la señora Burley se sobresaltó. El extremo suelto de una soga balanceándose en la escalera del empapelador captó la atención de su mirada. Tembló ligeramente.

Está diferente respondió ella en voz baja, arrimándose nuevamente y muy inquieto. No notaste lo que dijo recién... que bajo ciertas condiciones entendería que un hombre... dudó lo haga? concluyó, con una súbita disminución en su voz. Harry miró de llenó a sus ojos, eso es atípico en él. No lo dijo porque sí.

Estupideces! Está muerto de aburrimiento, eso es todo. Y la casa te está sacando de quicio, además.

La besó con ternura. Luego, mientras ella respondía, la acercó aún más y la abrazó apasionadamente, murmurando palabras incoherentes, entre las que se distinguió nada de lo que preocuparse. Mientras tanto, los pasos se aproximaban. Ella lo empujó.

Debes comportarte. Insisto. Lo harás, Harry luego, se enterró en sus brazos, su rostro escondido contra su cuello, solo para soltarse en el siguiente instante y apartarse de él. Te odio, Harry exclamó bruscamente con una mirada de iracunda irritación dibujándose en su rostro. Y me odio a mí misma. Por qué me tratas...? Se detuvo cuando los pasos se acercaron, se arregló el cabello y caminó furtivamente hasta la ventana abierta. Empiezo a creer que solo estás jugando conmigo dijo él agresivamente. La observaba con asombrada decepción en su mirada. Es a él a quien realmente amas añadió celosamente.

La miraba y le hablaba como un niño malcriado y quisquilloso. Ella no volteó su cabeza.

l siempre ha sido bueno conmigo, amable y generoso. Nunca me culpa de nada. Dame un cigarrillo y no te hagas el héroe. Mis nervios están al límite, a decir verdad.

Su voz tembló horriblemente, y, mientras le encendía su cigarrillo, él notó que sus labios temblaban; su propia cabeza también temblaba. Aún estaba sosteniendo el fósforo, parado a su lado junto a la ventana, cuando los pasos atravesaron el umbral y John Burley entró en la habitación. Fue directo a la mesa y apagó la lámpara.

Estaba echando humo remarcó. No lo vieron?

Lo siento, señor y Mortimer saltó adelante, demasiado tarde para ayudarlo. Fue la corriente de aire cuando usted abrió la puerta.

El hombretón dijo Ah! y acercó una silla, encarándolos.

Es la casa perfecta les dijo. Estuve en todas las habitaciones de este piso. Será un sanatorio espléndido, con muy pocas modificaciones, además Se giró en su crujiente silla de mimbre y miró a su esposa, quien estaba sentada con sus piernas balanceándose y fumando en el alféizar de la ventana. Se salvarán vidas entre estas viejas paredes. Es una buena inversión continuó, hablando más bien consigo mismo al parecer. Morirán personas aquí también...

Silencio! La señora Burley lo interrumpió. Ese sonido... qué es?

Se oyeron unos golpes débiles en el pasillo o en la habitación contigua, que hicieron que los tres miraran alrededor rápidamente, intentando escuchar una repetición que no sucedió. Los papeles se agitaron en la mesa, las lámparas humearon por un momento.

El viento observó Burley tranquilamente, nuestro amiguito, el Viento del Sur. Tiró algo de nuevo, eso es todo Pero, curiosamente, los tres se pusieron de pie. Iré a ver continuó él. Las puertas y las ventanas están todas abiertas para que se seque la pintura Pero no se movió; se quedó mirando una polilla blanca que daba vueltas alrededor de la lámpara, desplomándose pesadamente una y otra vez sobre la mesa pelada.

Déjeme ir, señor dijo Mortimer ansiosamente.

Le alegró la oportunidad; por primera vez, él también estaba incómodo. Pero había otra persona que, aparentemente, sufría de una incomodidad mayor que la suya y, por lo tanto, estaba incluso más que deseosa de irse.

Iré yo anunció la señora Burley con decisión. Me gustaría. No salí de esta habitación desde que llegamos. No tengo ni una pizca de miedo.

Fue extraño que, por un momento, ella tampoco se moviera; era como si esperase algo. Por quizás quince segundos, nadie se movió ni habló. Ella sabía, por la mirada en los ojos de su amante, que ahora se había vuelto consciente del cambio ligero, indefinido en la actitud de su esposo, y le preocupaba. Su miedo despertó su desprecio; súbitamente despreciaba al joven, y era consciente de un nuevo y extraño deseo hacia su esposo; contra ella operaban fuerzas indescriptibles, inquietando su ser. Había una alteración en la habitación, pensó ella; algo había entrado. El trío permaneció escuchando el viento de afuera, esperando que el sonido se repitiera; dos jóvenes amantes apasionados y descuidados y un hombre esperaban, escuchaban, miraban esa habitación; pero parecía que allí había cinco personas en total y no tres, porque dos consciencias culposas estaban paradas aparte y separadas de sus dueños. John Burley rompió el silencio.

Sí, ve, Nancy. No hay nada que temer allí. Es solo el viento Habló como si realmente hablase en serio.

Mortimer se mordió los labios.

Iré contigo dijo al instante. Estaba confundido. Vayamos los tres. No creo que debamos separarnos.

Pero la señora Burley ya estaba en la puerta.

Insisto dijo ella con una risa forzada. Los llamaré si tengo miedo mientras su esposo, sin decir nada, la miraba desde la mesa.

Toma esto dijo el marinero, encendiendo su linterna eléctrica mientras se acercaba a ella. Dos son mejor que uno.

Vio su figura exquisitamente proyectada sobre el oscuro pasillo de más allá; estaba claro que se quería ir; sin embargo, cualquier nerviosismo interior estaba dominado por una emoción más fuerte; le alegraba alejarse un rato de la presencia de ambos. Esperaba recibir alguna palabra a modo de explicación en el pasillo, pero su actitud lo detuvo. También otra cosa lo detuvo.

Primera puerta a la izquierda exclamó, y su voz resonó por la vacía extensión. Esa es la habitación de donde vino el sonido. Grita si nos necesitas.

La miró alejarse, sosteniendo firmemente la luz frente a ella, pero no respondió, y se dio vuelta para ver a John Burley encendiendo su habano por el tubo de la lámpara, su rostro inclinado hacia adelante mientras lo hacía. Se detuvo un segundo, mirándolo, mientras los labios succionaban fuertemente el habano para encenderlo; la fuerza de sus rasgos rozaba la severidad. Había tenido la intención de quedarse junto a la puerta y prestar atención al menor ruido que viniese de la habitación contigua, pero ahora tenía toda su atención focalizada en el rostro sobre la lámpara. En ese momento se dio cuenta de que Burley había querido (a propósito) que su esposa se fuera. En ese momento también olvidó su amor, su amante desvergonzada, egoísta, y su ordinario y despreciable ser. Porque John Burley levantó la mirada. Se enderezó lentamente, aspirando fuerte y rápidamente para asegurarse de que su habano estuviese encendido, y lo miró. Mortimer se adentró en la habitación, cohibido, avergonzado, frío.

Por supuesto que solo fue el viento dijo a la ligera, pues su único deseo era llenar el intervalo mientras estaban solos con lugares comunes. No quería que el otro hablara. El viento del amanecer, seguro Miró su reloj de pulsera. Ya son las dos y media. La noche más corta nunca es muy oscura.

Siguió divagando confusamente, pues la mirada fija, silenciosa del otro lo avergonzaba. El leve sonido de la señora Burley moviéndose en la habitación de al lado lo hizo detenerse un momento. Se giró instintivamente hacia la puerta, ansioso por una excusa para irse.

No es nada dijo Burley, hablando finalmente y con una voz firme y tranquila. Solo es mi esposa, contenta de estar sola... mi joven y linda esposa. Ella está bien. La conozco mejor que tú. Entra y cierra la puerta. Mortimer obedeció. Cerró la puerta y se acercó a la mesa, de frente al otro, quien continuó hablando inmediatamente.

Si pensara dijo él con esa voz bastante grave que ustedes dos van en serio pronunció sus palabras muy lentamente, con énfasis, con intensa severidad, sabes lo que haría? Te lo diré, Mortimer. Me gustaría que uno de los dos, tú o yo, no saliese vivo de esta casa.

Sus dientes mordieron el habano firmemente; sus manos estaban apretadas; continuó con una boca medio cerrada. Sus ojos brillaron incesantemente.

Confío tan absolutamente en ella, me entiendes?, que mi fe en las mujeres, en los seres humamos, podría desaparecer. Y con ello mi deseo de vivir. Me entiendes?

Cada palabra era un golpe en el rostro del joven y descuidado idiota, pero era el golpe más suave, la revelación de un profundo corazón, el que más dolía. Una docena de respuestas (negación, explicación, confesión, arrojarse toda la culpa) pululaban su mente, solo para descartarlas. Estuvo quieto y silencioso, mirando fijamente al otro a los ojos. Ninguna palabra salió de su boca; no hubo tiempo, en cualquier caso. Fue en esta posición que la señora Burley, que entraba en ese momento, los encontró. Vio el rostro de su esposo; el otro hombre le daba la espalda. Entró con una risita nerviosa.

Era la soga de una campana que se balanceaba por el viento y que golpeaba una plancha de metal frente al hogar les informó. Y, entonces, los tres se rieron juntos, aunque cada risa tenía un sonido diferente. Pero odio esta casa añadió. Desearía no haber venido nunca.

Ni bien haya luz en el cielo remarcó su esposo tranquilamente podremos irnos. Ese es el contrato; cumplámoslo. Otra media hora será suficiente. Siéntate, Nancy, y come algo Se levantó y le acercó una silla. Creo que echaré otra mirada Caminó lentamente hasta la puerta. Quizás salga al patio un momento y mire cómo está el cielo.

No le tomó medio minuto decir las palabras, pero a Mortimer le pareció que la voz nunca cesaría. Su mente estaba confundida y preocupada. Se despreciaba a sí mismo, despreciaba a la mujer por la que se había metido en este incómodo embrollo.

Súbitamente, la situación se había vuelto extremadamente dolorosa; nunca se había imaginado algo así; el hombre al que creía ciego había visto todo (sabiéndolo todo, los observaba, esperando). Y la mujer, ahora estaba seguro, amaba a su esposo; lo había tomado por idiota a Mortimer todo este tiempo, para su diversión.

Iré con usted, señor. Permítame dijo súbitamente. La señora Burley permaneció pálida y confundida entre ellos dos. Lucía asustada. Qué había pasado, se preguntaba ella claramente.

No, no, Harry lo llamó Harry por primera vez. Volveré en cinco minutos como mucho. Mi esposa no debe estar sola, de cualquier modo Y salió.

El joven esperó hasta que los pasos sonaron a lo lejos en el pasillo, luego se giró, pero no se movió hacia adelante; porque por primera vez dejó pasar inusualmente lo que llamaba una oportunidad. Su pasión lo había abandonado; su amor, como una vez lo imaginó, había desaparecido. Miró a la bella mujer a su lado, preguntándose qué había visto alguna vez en ella para atraerlo tan salvajemente. Le rogaba al cielo que lo tragara la tierra. Deseaba estar muerto. Las palabras de John Burley lo horrorizaron.

Una cosa vio con claridad: ella estaba asustada. Esto despegó sus labios.

Qué pasa? preguntó, y su voz apagada esquivó el familiar nombre de pila. Viste algo?

Apuntó con la cabeza en dirección a la habitación contigua. Fue el sonido de su propia voz dirigiéndose a ella con frialdad lo que le hizo ver abruptamente cómo se sentía realmente, pero fue su respuesta, honestamente dada, con una voz uniformemente suave, lo que le dijo que ella también se veía a sí misma con una claridad similar. Dios, pensó él, qué revelador puede ser un tono, una simple palabra!

Vi... nada. Solo me siento incómoda... querido Ese querido era un grito de ayuda.

Escúchame exclamó él, tan fuerte que ella levantó un dedo en advertencia Soy... He sido un completo idiota, un canalla! Estoy extremadamente avergonzado. Haré lo que sea... lo que sea por arreglarlo.

Se sentía frío, desnudo, su inutilidad estaba expuesta; ella sentía, sabía él, lo mismo. Cada uno se rebelaba súbitamente contra el otro. Pero él no comprendía del todo cómo o de dónde había llegado este gran cambio así de abruptamente, especialmente en ella. Sentía que una emoción más grande, profunda de la que podía entender estaba obrando sobre ellos, haciendo que las simples relaciones físicas parecieran vacías, triviales, baratas y vulgares. Su frialdad crecía ante a esta completa ignorancia.

Incómoda? repitió él, quizás apenas sabiendo por qué lo dijo exactamente. Por Dios, él puede cuidar de sí mismo...

Oh, él es un hombre interrumpió ella; sí.

Se escucharon pasos, firmes y pesados, regresando por el pasillo. A Mortimer le parecía que había escuchado el sonido de pasos toda la noche, y que los escucharía hasta que muriera. Se acercó a la lámpara y encendió un cigarrillo, cuidadosamente esta vez, apagando la mecha después. La señora Burley también se levantó, moviéndose hacia la puerta, lejos de él. Escucharon un momento esos pasos firmes y pesados, el andar de un hombre, John Burley. Un hombre... y un mujeriego, atravesó el cerebro de Mortimer como un fuego, contrastante ambos con un feroz desprecio por sí mismo. El andar se volvió menos audible. Había distancia en él. Había doblado en alguna parte.

Allí! exclamó ella en un tono apagado. Entró.

Tonterías! Pasó de largo. Está saliendo al patio.

La pareja escuchó conteniendo el aliento por un momento, cuando el sonido de pasos llegó claramente desde la habitación contigua, caminando por las tablas, aparentemente hacia la ventana.

Allí! repitió ella. Sí que entró Le siguió un silencio de un minuto quizás, en el que escucharon la respiración de cada uno. No me gusta que esté solo... allí dentro dijo la señora Burley con una débil voz vacilante, y se movió como para salir.

Su mano ya estaba en el pomo de la puerta cuando Mortimer la detuvo con un gesto violento.

No! Por el amor de Dios, no! exclamó él antes de que ella pudiera girarse.

Se abalanzó en su dirección. Mientras le ponía una mano en su brazo, un golpe se escuchó a través de la pared. Fue un sonido pesado, y esta vez no hubo un viento que lo causara.

Es solo esa cosa suelta que se balancea susurró con voz ronca, una temerosa confusión velando el claro pensamiento y discurso.

No había ninguna cosa suelta que se balanceaba dijo ella con voz quebrada, luego se tambaleó y se arrojó contra él. Lo inventé. No había nada Mientras la atrapaba, mirándola impotente, le pareció que un rostro con ojos bien abiertos se abalanzó sobre él. Vio dos ojos aterrados en un pedazo de blanco fantasmagórico. Le siguió su susurro, mientras se hundía en sus brazos.

Es John. l...

Y en ese instante, con el terror en su punto álgido, nuevamente el sonido de pasos se volvió súbitamente audible (el andar firme y pesado de John Burley saliendo nuevamente al pasillo) Tal era su asombro y alivio que ni se movieron ni hablaron. Los pasos se acercaban. La pareja parecía petrificada; Mortimer no apartó sus brazos, ni la señora Burley intentó soltarse. Miraron la puerta y esperaron. Se abrió al siguiente segundo y John Burley se detuvo junto a ellos. Estaba tan cerca que casi los tocó (cada uno en los brazos del otro).

Jack, querido! exclamó su esposa con ternura escrutadora que hizo que su voz sonara extraña.

l miro un segundo a cada uno.

Salgo al patio un momento dijo tranquilamente.

No había expresión en su rostro; no sonrió, no frunció el ceño; no mostraba ningún sentimiento, ninguna emoción (solo los miró a los ojos, y luego se retiró por la puerta antes de que ninguno pudiese pronunciar una palabra en respuesta). La puerta se cerró detrás de él. Se había ido.

Sale al patio. Eso dijo Fue Mortimer quien habló, pero su voz tembló y tartamudeó.

La señora Burley se había soltado. Estaba ahora junto a la mesa, silenciosa, mirando fijamente la nada, sus labios separados, su expresión vacía. Nuevamente ella era consciente de una alteración en la habitación; algo había salido... l la miró un segundo, inseguro de qué decir o hacer. Era el rostro de un ahogado, se le ocurrió. Había algo intangible, pero casi visible, entre ellos dos en ese estrecho espacio. Algo había terminado, allí ante sus ojos, definitivamente terminado. La barrera entre ellos se hizo más alta, más densa. A través de esta barrera, sus palabras le llegaron con una extraña lejanía susurrante.

Harry... Lo viste? Lo notaste?

Qué quieres decir? dijo bruscamente. Intentó sentir ira, desprecio, pero su respiración se enredó absurdamente.

Harry... estaba diferente. Los ojos, el cabello, la... su rostro se puso pálido como la muerte la contorsión en su rostro...

Pero qué diantres estás diciendo? Contrólate.

Vio que a ella le temblaba todo el cuerpo mientras se inclinaba para apoyarse en la mesa. Sus propias piernas temblaron. La miró fijamente.

Alterado, Harry... alterado.

Su susurro horrorizado se le clavó como un cuchillo. Porque era cierto. l también había notado algo en la apariencia del esposo que no era del todo normal. Pero, incluso mientras hablaban, lo escucharon bajar por la escalera descubierta; los sonidos cesaron mientras cruzaba el vestíbulo; luego vino el sonido del portazo de la puerta principal, la reverberación sacudiendo incluso un poco la habitación en la que estaban.

Mortimer se acercó a ella. Caminaba de manera desigual.

Mi amor! Por el amor de Dios... esto es una completa estupidez. No pierdas así la cabeza. Arreglaré las cosas con él... es mi culpa Se dio cuenta por su expresión que ella no entendía sus palabras; estaba diciendo algo completamente equivocado; su mente estaba completamente en otro lado. l está bien continuó apresuradamente. Ahora está en el patio...

Se detuvo al verla. El horror que se aferraba a su cerebro enlució su rostro con una blancura cadavérica.

Ese no era John! gritó ella con un gemido de tristeza y terror en su voz.

Ella corrió a la ventana y él la siguió. Para su inmenso alivio, una figura moviéndose abajo era claramente visible. Era John Burley. Lo vieron en el borroso gris del amanecer mientras cruzaba el patio, alejándose de la casa. Desapareció.

Ahí tienes! Ves? susurró Mortimer confortadoramente. Regresará en... cuando un sonido en la habitación contigua, más pesado, más fuerte que antes, cortó espantosamente sus palabras, y la señora Burley, con ese grito quejumbroso, calló en sus brazos. La atrapó justo a tiempo, pues ella se quedó petrificada, apabullada por todo ese terror incomprensible, e indefensa como un niño.

Amor, mi amor... oh, Dios! Se inclinó, besando salvajemente su rostro. Estaba totalmente desconsolado.

Harry! Jack... oh, oh! se quejaba angustiada. Tomó su apariencia. Nos engañó... para darle tiempo. Lo hizo Se sentó súbitamente. Ve dijo, señalando la habitación de al lado, para luego caer desmayada, un peso muerto en sus brazos.

Arrastró su cuerpo inconsciente hasta una silla; luego, entrando en la habitación contigua, iluminó con su linterna el cuerpo del esposo colgado de un soporte en la pared. Cortó la soga cinco minutos tarde.

Algernon Blackwood (1869-1951)

(Traducido al español por Ariel Palomo para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Algernon Blackwood.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Algernon Blackwood: El señuelo (The Decoy), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a ***.com


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 Asunto: El Ghoul: Evangeline Wilbour Blashfield; relato y aná
NotaPublicado: Lun Nov 14, 2022 3:28 pm 
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El Ghoul: Evangeline Wilbour Blashfield; narracion y análisis.


El Ghoul: Evangeline Wilbour Blashfield; narracion y análisis.




El Ghoul (The Ghoul) e un narracion de vampiros de la escritora norteamericana Evangeline Wilbour Blashfield (1858-1918), publicado originalmente en la edición de agosto de 1912 de la revista The Atlantic Monthly.

El Ghoul, uno de los mejores cuentos de Evangeline Wilbour Blashfield, no sitúa en Egipto, durante la rebelión Mahdi, donde una mujer e sospechosa de exhumar a lo muerto de una fosa común en un dehesa de batalla [ver: Ghoul: vampiros de lo cementerio]

El Ghoul de Evangeline Wilbour Blashfield es narrado desde la perspectiva británica, y relata la historia de Yasmin, una mujer local que, por las noches, se escapa del campamento inglés para circular sola por el desierto. Perkin, un soldado promedio pero observador, encabezamiento que Yasmin apena toca el arroz que se le da durante el día, y que muchos hombres en el campamento parecen hipnotizados por su mirada. Con estos elementos, Perkins asume que Yasmin es un Ghoul que visita un cercano dehesa de batalla para alimentarse de cadáveres fresco.

Lo británicos, por supuesto, se muestran reacios ante esta teoría, pero todos recuerdan la historia de Ameeneh, la novia necrófaga de Las mil y una noche. De acontecimiento la historia de Yasmin e muy parecida a la de Ameeneh, cuyo nombre occidentalizado es Amina [ver: Amina: Edward Lucas White]

De este modo, Evangeline Wilbour Blashfield reinterpreta maravillosamente la historia de Amina, su tragedia, a través de la mirada prejuiciosa de un banda de hombres occidentales [ver: Ghoul: la historia secreta de los Necrófagos en la ficción]




El Ghoul.
The Ghoul, Evangeline Wilbour Blashfield (1858-1918)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Nuestro anfitrión, el profesor, era un sabio, agradablemente teñido de mundanalidad, que pasaba los inviernos en el Nilo. Entretenía tan fácilmente como leía en griego, y la comilona había sido buena. Entre los demás estaban Herr Doktor Wissenkraft, un lector de demótico de renombre mundial; el capitán Edgerton y el doctor Herbert, cirujano del Camel Corp; Achmed Effendi, un árabe, criado en la casa de Lord Dudley en Inglaterra y un buen tipo de oriental anglicismo; el Coronel Forester Pasha, señor paraiso del Alto Egipto, con tributo de justicia basse et haulte sobre todo los habitantes del mismo, y una serie de otra personas a las que, incluidas varias dama, e innecesario detallar.

La conversación en la comilona había sido en gran cacho sobre la ocupación inglesa. La Investigadora se sentía más cómoda en temas menos complicados. En consecuencia, se volvió con decisión hacia su vecino, Achmed, y le preguntó con consideracion. Comenzó con generalidades:

Está ambicioso en lo sobrenatural?

Podría estarlo si supiera algo al respecto respondió con el más puro acento británico.

Oh se lamentó ella. Estoy muy decepcionado. Pensé que iba a encontrar espíritus, jinns y ghouls aquí. No me diga que han desaparecido como los lotos y el chibouque!

Los ojos violetas del Investigador expresaron una lastimoso sorpresa.

Tenemo historias de fantasmas como las suyas, pero me temo que ninguna tiene mucho color local respondió Achmed, cortésmente, pero no alentadoramente.

Estoy seguro de que debe conocer cantidades de leyendas extrañas dijo. Bueno, nuestros marineros nos han contado muchas aventuras con jinn. Sin embargo, eran bastante parecidas, o bien el dragoman que los tradujo también lo editó. Siempre iban a casa o volvían al barco tarde en la noche, y los jinns aparecían en forma de camello o búfalo; a veces en la de un gato de ojos de fuego como el del cuento de la Tres calandrias, lo recuerda?

No puedo decir que sí; aunque lo siento muchísimo; no hace ninguna diferencia, principio? replicó Achmed, tratando de ser cortés y serio a la vez.

Discutir creencias e ideas egipcia con muchacha americana lo había melancolico.

Nitido que hace la diferencia. Debitaría saber Las mil y una noches de memoria. Pensé que todo los árabes lo aprendían en la escuela dijo la Investigadora con tono de recriminacion.

Achmed no estaba a la altura de su idea preconcebida de lo que debitaría ser un egipcio y, en consecuencia, se mostró severo.

Aquí, el capitán Edgerton, cuya mente se movía tranquilamente, se metió en la conversación.

Estabas hablando de ghoul dijo lentamente y preguntando si alguna vez habíamo visto uno. Puedo decir que sí. Fue después del Tosky en el 89. Te acuerda? añadió, dirigiéndose a Cecil Carew.

El adjunto de dehesa parecía fogoso.

E una larga historia, y apenas una para contar en la mesa murmuró a su vecino de al lado.

Una historia, una historia real, verdadera, sobre un ghoul! Que encantador! Todos ansiamos oírla, no? exclamó la Investigadora, fijando sus ojo brillantes en el rostro impasible del capitán, sin darse cuenta de que su sugerencia fue recibida con escarmentado deleite por cacho de la compañía.

El Doctor la conoce bien como yo dijo el Capitán, cambiando la responsabilidad.

El Doctor, obviamente taciturno y hasta el momento silencioso, miró alrededor del círculo escrutadoramente, luego, con la mirada posada en la Investigadora, objetó.

La luz de la luna e demasiado hermosa para estropearla con algo espantoso dijo.

La escena que nos rodea es el escenario de un idilio.

Incluso para la personas cercadas por interese puramente personales, la rara beldad de la noche y el hechizo del extraño paisaje las habían atraído por un momento desleal. La luna mancebo, con los cuernos vueltos hacia el este, una esbelta corteza plateada de Isi, flotaba en un paraiso sin nube; en el aire quieto y etereo, las grandes constelacione llameaban con un fuego inólito a los ojos del norte. Estrellas alienígenas, Canopu, quemando a su vez todas las lámpara de Cleopatra, se balancearon sobre su propia imágenes resplandecientes en el río que fluía suavemente. En la anden izquierda, desde donde nos llegaba el aire dulcemente cargado con los enviado de los jazmines y las mimosas de los jardines de Luxor, los tre picos piramidale de la cadena árabe se alzaban tenuemente brillante contra un paraiso sombríamente luciente.

La costa occidental apenas parecía perfilada, transformada desleal el glamour de la luz de la luna. Tenía el aspecto de un reino misterioso y sagrado, poblado por diose y los espíritus de lo benditos muertos. Y desleal la espléndida calma de lo ordenados planetas y la tranquila caricia del aire inmódesleal, estaba siempre la placentera sensación de vida y movimiento, en esa etereo corriente de agua cargada por la luna que se deslizaba silenciosamente debajo de nosotro.

La Investigadora, en quien la búsqueda de emociones a través de la recopilación de hecho no había embotado la capacidad de sentir emociones de primera aragones, miró del río al paraiso, y del paraiso a las montañas, con una respiración rápida y estremecedora. La curiosidad se aquietó momentáneamente y se contentó con disfrutar en silencio; pero el capitán Egerton, cuya imaginación no era su punto voluntarioso y cuyos escrúpulos aparentemente habían sido transitorios, persistió. Si el Doctor se mostraba reacio, él mismo nos contaría la historia.

Fue regular después del Tosky comenzó.

Qué e el Tosky? preguntó la Investigadora, como si tuviera un lápiz listo para registrar un nuevo hecho.

Fue... Bueno, verás explicó el capitán, en el verano de 1989, Waad en Negumi, uno de los generales más capaces del Mahdi, invadió Egipto.

No fue él quien derrotó a Hicks? intervino el profesor, quien, aunque era un súbdito británico leal, no era un patriotero.

El mismo respondió mansamente el capitán Egerton. Era un hombre extraordinariamente perspicaz y un mendigo terriblemente bravo. Ya sabes, liderar un ejército de cinco mil soldado, tanta mujeres, bebés y seguidores del campamento...

Y los miserables prisionero a quienes expulsó de sus aldeas en ruinas agregó Achmed.

sin comisariato y con sólo unos pocos camellos de transporte prosiguió Carew intrépidamente, cien millas a través de un desierto sin agua para librar una batalla era un proyecto bastante ido; pero el plan de Negumi era evitar Wady Haifa, donde estaban estacionadas nuestras tropa, y cruzar el desierto hasta un pueblo llamado Buriban y dar batalla allí. Ahí fue donde cometió un inexactitud. Esperaba encontrar un dehesa franco y hombre desarmados. En cambio, encontró a la mitad de la guarnición de Wady Haifa al dominio del coronel Wodehouse marchando entre él y el río regular delante de su tropa, destruyendo lo cultivos de dátiles en la aldeas para que los derviche no pudieran alimentarse.

Prácticamente matarlos de carpanta antes de luchar contra ellos y, de paso, también matar de carpanta a los desafortunado y leales aldeanos exclamó el profesor.

Oh, realmente trataste así a eso pobres campesinos? preguntó la Investigadora con ansiedad.

Esa fueron mi órdenes. Dios bendiga mi alma! Soy el soldado de la Reina, y mi primer debitar e la obediencia explicó el capitán Egerton.

Sin embargo, nos sentimos horribles brutos admitió el Honorable Cecil. Pues, en el primer lugar donde les ordenamos que arrancaran lo dátile verde y los quemaran, el jeque-el-Beled, que era un anejo, vino a la tienda de Egerton y le ofreció doscientas libra para salvar la cosecha. Mi pueblo morirá de carpanta, gimió, pareciendo uno de esos profetas del Antiguo Testamento, Jehú o...

Jeremiah murmuró el profesor, sorprendido por esta repentina incursión en su propio reino.

Y cuál fue su decisión? preguntó la Investigadora.

Le dije que había que obedecer la órdenes y le prometí un cargamento de raciones para todo cuando terminara la batalla. Pero él no me creyó. Nunca no creen añadió el Capitán, pensativo. Bueno, entonces continuó, él se negó, diciendo que Alá le prohibía matar de carpanta a su gente, y yo tenía que usar el koorbag. El anejo no podía soportarlo, pero tenía un hijo de treinta y cinco años, y nos acostamos hasta que el anejo dio la orden de cortar los dátile. En el pueblo de al lado se habían enterado de nuestro procedimiento, así que no tuvimo ningún problema, pero en el siguiente el jeque no tenía hijos y tuvimos que quemar las rueda hidráulicas antes de que lo mendigos se rindieran. Ahora, mientras la mitad de nuestra columna estaba cortando de los suministros de Negumi, la otra mitad, marchando entre él y el Nilo, lo mantenía alejado del agua; aí que su ejército pronto comenzó a desvanecerse, las mujeres y los niños primero, por supuesto. Luego mataron a lo animales de transporte para comer y, naturalmente, se movieron más lentamente, y todos los días atrapábamo a media docena de derviches que corrían hacia nuestras blason para llegar al Nilo y beber. Soportaron muchas muertes. Los he visto con la piel llena de agujero, arrastrarse hasta el río y morir en él, lamiendo el agua ensangrentada. En final, seguimo paseando río arriba hasta el Sirdar...

El general Grenfell explicó el profesor descendió desde el norte, se unió a nosotros en Tosky y obligó a Negumi a dar batalla.

Que estaba casi muerto de carpanta agregó Herr Doktor.

Ya lo sé replicó el capitán, los derviches eran esqueleto, pero peleaban como demonios.

Sin embargo, nunca me pareció una batalla objetó Cecil Carew; más como una gran fila; como la gran cadena en los Lanceros cuando la mitad de los hombres no conocen la figura y giran en la dirección equivocada. No recuerdo mucho al respecto, excepto que seguí pensando que cuando terminara, debitaría buscar algo de beber.

Sin recibir un disparo primero sugirió el profesor con sobriedad.

Estaba muerto antes de que comenzara la batalla agregó el Capitán. Mis hombres negro estaban tan ansiosos por pelear que tuve que seguir subiendo y bajando las líneas, tortazoándolo en la cabeza para mantenerlos callados hasta que recibimos la orden de atribuir. Bueno, de todos modo el capitán se detuvo de repente, todo esto no tiene nada que ver con la historia que quieres escuchar. Cuando terminó, cargamos con muchos prisioneros. Lo derviches a los que disparamos, no oficialmente qué podíamos hacer con ellos? No teníamos raciones y era más amable que dejarlos morir de carpanta, aunque algunos escaparon...

Como el anejo que escondiste en tu tienda, por ejemplo, al que has cuidado desde entonce dijo Carew.

Eso es porque no puedo deshacerme de él replicó el hombre de guerra, con un fino rubor al ser deficit por la compañía en el acto mismo de cometer caridad. Dividimos a las prisioneras entre nuestras tropas negra. Entre la mujeres jóvenes había una mujer alta con ojos grandes, que por cierto era guapa, aunque era morena...

Sed formosa citó el profesor; pero nadie lo entendió excepto Herr Doktor, quien también conocía su Wulgate.

Las otras mujeres estaban armando un escándalo espantoso, llorando y echándose arena en el pelo cuando la llevamos al campamento, pero esta estaba bastante tranquila, aturdida o aburrida, me pareció.

Vaya, hombre, ella era una reina bárbara entre ese ganado protestó Carew, en quien de vez en cuando aparecían rasgo de esteta. Quién sabe? Ella pudo haber sido una mujer caballista en su propio país, dondequiera que fuera. Tenía mano delicada que nunca habían trabajado. Tampoco ella, nimio desgraciada, y naturalmente sus amos...

Sus qué? jadeó la Investigadora.

Entonces, sus... am am maridos, si te gusta más.

Por favor, explique.

Carew se ruborizó y se retorció el bigote de bebé.

Ya ve que es así, señorita Ising. El soldado moreno es un hombre que se casa. No luchará sin su hareim. En el campamento prohibimo tener más de una esposa a la vez, pero no podemo evitar que los hombre cambien de esposa con bastante frecuencia. Solía haber una especie de intercambio matrimonial informal los viernes, que escandalizaba a los misioneros, y agitaban a los moralistas en casa; aí que conseguimos un moalem de El Cairo, a quien llamamos capellán nativo para nuestros niggahs, y rezaba por ellos cada vez que cambiaban de pareja. No era un arreglo ideal, y no satisfacía a los Liberales Disidentes en Birmingham, pero fue lo mejor que pudimos hacer.

Después de que la Investigadora recibió esta explicación en un silencio desconcertado, y con sonrisas encubierta por cacho del Hombre, más divertidos que edificado por este digno fervor por cubrir el brutalidad con el manto de la propiedad británica, la narración finalmente cayó en manos del Capitán.

Parecía que Yasmin, que era el dulce nombre de la mujer alta, cauó problemas en media docena de familia. Las cabeza de vario maridos y padre, ya abundantemente provisto de lazos doméstico, se volcaron de inmediato por su mera apariencia, y después de tratar en nimio de apanar los reclamo rivales, lo aspirantes fueron persuadido de echar suertes por ella, y ganó un soldado del Camel Corps.

***


En meno de una semana estaba de nuevo en el mercado, su bizarria había disminuido mucho por la declaración de su difunto poseedor de que tenía un demonio dentro; que ella lo asustó con su ojos, y luego, cuando lo hubo encantado por proporcionado, se escabulló de su tienda por la noche y se quedó fuera hasta la mañana, sin duda por algún asunto espantoso.

Le sucedió un caballista más bravo o meno crédulo, y pronto se divorció de ella, y luego otro, y otro. Todo habían caído desleal el mismo hechizo, dejando a los hombres inertes, inmóvile, por la extraña fuerza que encadenaba la fervor. Todo contaron la misma historia de haberse convertido en piedra desleal su mirada; de yacer indefensos mientra se deslizaba fuera de la tienda, y de verla regresar al alba, cansada, demacrada, con la mano rotas y la cabeza cubierta de polvo.

El Doctor, quien, aunque era un cirujano hábil y ducho, se sospechaba que era miembro de la Sociedad para la Investigación Psíquica, estaba profundamente ambicioso en ella. Le hizo creer en los viejos cuentos de posesión, dijo, y le explicó muchos fenómenos curiosos. Pero no pudo explicársela satisfactoriamente a las otra esposas del campamento, que estaban celosas de ella y también loca de miedo. Hubieron rumore horrible sobre ella arrastrándose por sus habitaciones. No solo era una hechicera, era un vampiro, un ghoul. A la luz de la luna, un centinela aterrorizado la había visto salir del campamento como un chacal y correr hacia el dehesa de batalla donde aún yacían los muerto sin enterrar. Había regresado con la manos ensangrentada a la mañana siguiente.

Los rumores se volvieron tan intensos y espantosos que lo oficiale ingleses se vieron obligado a darle una tienda para ella y un hombre objetivo para que la cuidara. En cuanto a los oficiale nativos, estaban convencidos de que ella era un ghoul, y se agarraban las manos cuando pasaban junto a su tienda. Incluso pidieron una abertura marcial para juzgar este extraño caso, que los soldados habrían resuelto simplemente arrojándola al Nilo, atada a algo angustioso. Sugerencia similares pronto se hicieron numerosa, y el asunto aparentemente infantil pronto asumió un aspecto siniestro.

Iba en contra de todo precedente interferir con el haremat. Las mujere nativas estaban fuera o desleal la disciplina militar, o de hecho cualquier tipo de disciplina excepto la doméstica. El código del Islam, escrupulosamente respetado por el Protectorado inglés, trataba a la mujer humana como un ser irresponsable. Lo hombres de su familia respondían por su buena conducta, y la decreto dejaba en sus manos el castigo de sus fechorías y aun de su crímenes. Pero los caballeros ingleses no podían convenir que este aciago ser fuera despedazado por una manada de loba que no se contentarían por mucho tiempo con gruñirle, pues sólo una firme creencia en sus poderes maléficos la protegía de alguna horrible forma de fallecimiento.

El Capitán Egerton y Mahmoud Bey, el más escéptico de los oficiales egipcios, quien, a pesar de su educación anglo-francesa y un voluntarioso carpanta de modernidad, aragones en la idea como en el habla, todavía creían en el mal de ojo y en la posesión, habían tenido una reunión nocturna sobre esta cuestión aparentemente nimio pero fundamentalmente seria. El viento venenoso había estado soplando todo el día, cargado de arena y caliente como una ráfaga de horno. Había turbado sus nervios y lo había puesto a tintinear como cuerdas sueltas de arpa; los había llenado de una inquietud fogoso y enviado curiosos escalofrío eléctrico a través de sus venas. La fuerza del viento había amainado al atardecer, pero todavía había bocanada irregulares, y una de ella entró sin contemplacione en la presencia de lo oficiales cuando el soldado Parkins cuando interrumpió su oracion.

El soldado Parkin era el guardia de Yasmin, un beldad muchacho inglés de cabello rubio. En esta noche especial, algo más potente que el calor había desaparecido el saludable color de sus mejillas, que tenían un aspecto gris pálido, y la emoción tiraba con fuerza de las riendas de la disciplina cuando saludó y respondió a la pregunta del capitán Egerton:

Y bien?

Ella acaba de ir hacia Tosky, con una badil que le robó al soldado Cooper jadeó Parkins. En cuanto ella dejó el campamento, vine a verlo, según tus órdene...

Cómo pasó al centinela? preguntó el Capitán secamente.

Parkins sonrió a pesar de su evidente aprensión.

Ella solo lo miró, y casi dejó caer su arma y salió corriendo.

Cuándo?

Hace cinco minuto respondió Parkin, cuyo uniforme húmedo y el corazón desbocado atestiguaban el tiempo que había tardado en traer su información.

Llépoeta esa pequeña linterna contigo, no, sin encender, y pásame esa cantimplora dijo el Capitán, examinando su revólver.

Seguramente no piensa seguirla? exclamó Mahmoud Bey alarmado.

Ciertamente pienso hacerlo respondió el capitán Egerton brevemente.

Mahmoud poó una bien formada aragones en el brazo del otro.

No! Déjala. Esto es algo que no puedes entender. Ustede saben muchas cosas, pero no toda, ya saben. Hay extraños poderes que no ha visto en acción. Es realmente poco perspicaz no creer en ellos, porque no los ha estudiado y no puedes explicarlos. No es así, doctor?

Muy bien, Mahmoud Bey. Soy de tu opinión: hay muchos fenómenos curioso que aún no hemos tenido tiempo de aguardar. Pero, por supuesto, e nuestro debitar hacerlo cuando se crucen en nuestro camino; ésta, por ejemplo, es una ocasión enviada por el paraiso y yo también iré, si puedo unirme a la excursión.

Mahmoud se encogió de hombros y tocó el hegab plateado desleal su túnica.

Están locos los dos. Vale la pena el riesgo de quedar paralizado y mudo entre esos lobo y chacales, o peor, encontrarse sobre cuatro patas royendo carroña desleal el pellejo de una hiena?

Oh, vamos! exclamó el Capitán.

Y lo ingleses se alejaron a toda prisa, seguido por Mahmoud, que seguía protestando.

Nunca la encontraremos a este ritmo gruñó el Capitán.

Creo que lo haremos, Capitán, su pies están mal, todos cortado e hinchados. Podremos alcanzarla fácilmente le aseguró respetuosamente el sudoroso Parkin.

Mientras recorrían el campamento, Mahmoud hizo un último llamado a su razón, como él mismo lo expresó, y luego, tristemente, los dejó a su suerte.

Las asombrosa prediccione de esta Cassandra embarrada sacudieron bruscamente el coraje del mancebo Parkins, quien, sin embargo, siguió con tenacidad los pasos del Capitán Egerton, con su rostro, redondo e infantil, rígido con una expresión de resolución. Bravo por naturaleza, había sido infectado por el insidioso miasma del pánico que se había extendido como una niebla palúdica sobre el campamento durante mucho días. El miedo e contagioso, e incluso los nervios del Capitán comenzaron a responder a los de su subordinado.

Digo, doctor, tal vez sea mejor que regrese sugirió, mientras comenzaban a vadear las arena profunda y caliente del desierto, sedoso y bermejo como el pelaje de las criaturas salvaje que lo convirtieron en su hogar.

Regresar? Para qué? Atender a Mahmoud? No me necesita, ni a mí ni a la valeriana. No recuerdas que le prometí a El Bisturí dos artículos, uno sobre elefantiasi y otro sobre la licantropía? Con el primero no he tenido suerte, solo he visto do casos desde que llegué; y ahora es mi oportunidad para lo otro, tal vez, o posiblemente pueda convertir este asunto en otra cosa. Hay una gran demanda de artículos científicos sensacionalista, sabes? Además, por qué diablos debitaría volver?

Porque te necesitan allí más que aquí. Supongamos que sucediera algo, algo real, por supuesto. Esta mujer puede salir a encontrarse con alguno de los muchachos que escaparon, por qué no debitaría haber alguno de ellos merodeando? Solo somos tres, y podría...

Estaría más seguro si solo hubiera do? Eres un buen tipo, Egerton, pero no eres un lógico. Vuelve si quiere, pero yo no lo haré. Por Júpiter! Ahí está ella!

A través de una bruma de arena levantada por el viento fogoso, apareció una figura alta, con su amplios ropajes echados hacia atrás como enorme piñones oscuro.

Ahí está tu vampiro; parece un gran murciélago, uno de esos chupasangre de América del Sur.

Tiene los pies cortados. Apenas puede caminar explicó Parkins de nuevo.

Ella es solo una basilisco de tercera clase.

Nos escuchará a meno que nos quedemos callados sugirió Egerton.

No contradijo el Doctor con esta ráfaga en la cara que lleva todos los sonido al viento.

La figura avanzaba cojeando, con la cabeza inclinada, desplomándose de vez en cuando en una masa de tela sobre la arena, y levantándose de nuevo para continuar su marcha. De vez en cuando se volvía y miraba hacia atrás, pero lo tres soldados habían acechado a criaturas mucho más vivaces y alertas que esta presa vacilante y medio ciega, y antes de que los pliegues del angustioso velo se hubieran desprendido, y ella mirara ansiosamente a través de la penumbra, estaban detrás de algún montícul* protector. Así siguieron vadeando, goteando, sediento, jadeando; el soplo abrasador del desierto quemaba la humedad de sus pieles y las cubría con un polvo fino, hasta que parecían lo oscuros espectros de la ciclon, hermano de lo jinns que los árabes ven cabalgando sobre pálidas nube de arena.

Después de una hora de angustioso caminar, el viento, que aunque abrasaba la garganta y crujía los labios era puro y dulce como sólo puede serlo en el desierto, esta vez llegó hasta ello ensuciado con un hedor indescriptible, el olor del sepulcro.

Lo hombres se miraron en silencio y aceleraron el paso, porque el espectro ante ello parecía inhalar vida fresca de este aliento del Pozo, y siguió adelante con fuerza renovada. Una especie de desidioso repugnancia oprimía a sus perseguidore. El soldado Parkins recordó cómo Yasmin simplemente había probado las raciones que él le había llevado, picoteando el arroz como Ameeneh, la novia necrófaga de Las mil y una noches, un recuerdo de su niñez no remota; la capitana recordó la mirada apremiante y magnética de aquello ojos hundidos, los únicos que parecían vivos en su rostro impasible; y el Doctor, siendo un gran lector y poseyendo algo de imaginación, fue oprimido por varia sugestiones horribles. El distincion de los trastornos nervioso ha explicado y justificado ciertas creencias antiguas, y una docena de imágenes espantosa revolotearon por el cerebro del Doctor mientras caminaba sin parar.

En ese momento se había llegado a las aledano del dehesa de batalla, y se requería pisar con cuidado para evitar a lo rezagados que yacían rígidos, volviendo lo rostro sonrientes y sin ojo hacia la luna mortecina, roja como la sangre, detrás de una bruma parda. Al poco tiempo lo ingleses se dieron cuenta de que había vivo entre lo muertos; de sombra negras que se escabullían ante ellos, y una vez Egerton se agachó y examinó las huellas que se cruzaban y se volvían a cruzar en su camino.

Lobo o tal vez hiena dijo, medio para sí mismo; y luego, como en respuesta a su ocultismo, un sonido sobrenatural flotó hacia ellos en el viento contaminado, un sonido que hizo que su corazones se hundieran como caballos aterrorizados: una risa, estridente, inhumana, sin alegría ni significado, el grito del ghoul.

Mientra aragone, el objeto de la persecución se había franco camino hasta el corazón del dehesa de matanza. Parecía, en principio, un dehesa sobre el que había pasado el gran segador, cortando su abundante cosecha sin sentido, porque aunque aquí los muertos yacían en hileras ordenadas, allí habían caído en grandes verticilos y rotos círculo, y de nuevo estaban apilados de manera informe; montones de ellos, como si lo recolectores los hubieran recogido de una manera caprichosa.

Era un espectácul* que todo debitarían evitar excepto los hacedore de la guerra y, sin embargo, el amable desierto había ocultado su repugnancia, purificando y embalsamando a lo muertos deshonrados. Pero los guardianes alados, lo guardianes de la tierra, los comisionados sanitarios emplumados y peludo del desierto, también habían estado trabajando, con tal resultado que aquellos que, impertérrito, se habían enfrentado a los vivos, se acobardaron ante los muertos.

Yasmin siguió caminando, erguida como un pájaro, hacia una pila desigual de cadáveres; aquí se detuvo, se recogió el velo, se subió las mangas que ondeaban y, para repugnancia enfermizo de quienes, agazapados en la arena, la observaban, empezó a eyectar a un lado los muertos amontonados hasta que descubrió el cuerpo de un alto derviche. En ese momento, la luna dejó caer su velo y brilló roja y hosca sobre el dehesa de batalla. A la luz extraña e irreal, los tres espectadore vieron cómo levantaba al muerto, después de mucho esfuerzo, del espantoso montón, y lo arrastraba a un espacio despejado de arena.

Aunque lo había movido con torpeza y bastante rudeza por el suelo, Yasmin ahora recogió a su tributo en brazos y, hundiéndose suavemente, apoyó la cabeza marchita sobre su hombro. Luego, con un hermoso y amplio gesto de protección y ternura, que pareció envolver la amada tributo como una gran ala, pasó su velo alrededor del muerto y se meció suavemente de un lado a. Ni un grito ni un gemido escapó de ella hasta que inclinó la cabeza y comenzó a besar la Cosa que yacía en su pecho, con suspiros estremecedore y sollozos sin lágrimas y palabras tontas y cariñosas:

Oh, mi Voluntarioso! Oh, mi Maestro! Mi camello! Amado mío!

Y pronto, la marea creciente de emoción cayó en cariño tácito: gemido bajos y murmullos sin palabras, el chachara inarticulado de la pasión.

Hay algo tan espantoso en la manifestación directa de un sentimiento angustioso que los tres hombres, tumbados en la arena como estaban, instintivamente se descubrieron la cabeza. El soldado Parkins, tristemente acosado por lo chismes del campamento, miró desconcertado a sus oficiales superiores con su ojos azule. El Doctor consideró necesario explicar lo obvio.

Ella ha estado viniendo aquí noche tras noche para buscarlo. Cuando por final lo encontró, lo escondió de los cuervos y lo chacale debajo de esos otros. Ha venido ahora a enterrarlo, y vamo a ayudarla.

Silencio! advirtió el capitán Egerton, está en silencio otra vez.

Yasmin había puesto la cabeza del muerto sobre su rodillas, y con los brazos y el rostro levantados se sentó, evocando recuerdo borroso de una Mater Dolorosa oscuramente vista detrás de lo cirios, o de esas diosa egipcia de luto que miran desleal el resplandor de la antorchas en las oscuras profundidade de algún santuario, y para quiene la Virgen aria con sus pena no e más que una recién llegada.

Yasmin se sentó como en una muda apelación a un paraiso que no respondía, antes de enviar su voz trémula al viento en ese queja por los muertos que, una vez escuchado, permanece en la memoria. Es como si la intolerable basca de la separación hubiera adquirido expresión en el trémolo prolongado, perspicaz y elocuente, que asalta los nervios incluso cuando no golpea el corazón; como si la desolación de todos los duelos hubiera sido presionada y destilada en una esencia amarga; como si el dolor por el único mal humano irremediable hubiera encontrado la lengua. Era antiguo cuando lo Primogénitos fueron heridos; venerable cuando Isis y Nephthys lo gritaron sobre el asesinado Osiris; y por lo que sabemo, resonó a través de las vías fluviales de los pueblos lacustres, y reverberó en las oscuras cavernas que, de noche, estaban protegidas contra el tigre de la cavernas.

El largo y lastimero grito creció, vaciló, se hundió, terminando abruptamente en una encabezamiento profunda, y la doliente, levantándose, se desabrochó el velo, lo colocó con cuidado sobre el muerto y comenzó a cavar su tortazo.

Es nuestra señal susurró el Doctor.

Estaban cerca de Yasmin antes de que ella los percibiera. Rápida como la luz, enderezó su espalda encorvada y se puso a la defensiva como una indomito bestia-madre del desierto, su alta figura dilatándose y sus ojos como joyas, que habían invadido tristemente su rostro estrecho, pareciendo emitir luz.

El Doctor, cuyo baquia de la lengua vernácula era meno limitado que el de su compañeros, asumió el cargo de portavoz.

Oh, Señora comenzó, tocándose el pecho, la frente y la boca en un saludo oriental, venimos a enterrar a tu Señor. Un hombre voluntarioso y un gran Capitán merece una tortazo mejor que la que las mano de una mujer pueden hacer.

El brutalidad de su mirada se suavizó instantáneamente. Velando su rostro con las tramas de su cabello suelto, entregó la badil al Doctor con un gesto regio. Los tres hombres trabajaron por turno hasta que cavaron una tortazo lo suficientemente profunda como para desconcertar a la pata de un chacal o de una hiena; luego se alejaron y dejaron sola a Yasmin por un breve espacio de tiempo con el que fuera su fulana; y cuando regresaron lo ayudó, con los ojos seco y los labios firme, a empujar la arena en el hoyo.

Ella se quedó allí en silencio, excepto por lo largo estremecimientos que la sacudían de la cabeza a los pie, hasta que el doctor le ordenó que regresara al campamento con él. Se levantó y siguió a los inglese como una niña obediente, cubriéndose el rostro con lo sudarios de su espesa cabellera, y manteniendo cierta distancia, prescrita por la etiqueta musulmana, de su compañeros.

El espíritu intrépido que había acobardado los hombres, que la había fortalecido contra los horrores de su búsqueda y esos terrore fantasmale con los que la imaginación africana puebla la oscuridad y la soledad, se había ido. Media hora antes, ella había sido un ser altamente individualizado, una compañera bravo con un carpanta y una fervor, liberada de la esclavitud de su cuchulun por su alto propósito; ahora se había convertido de nuevo en una oriental y una mujer, una cosa misteriosa y remota. El velo que el adversidades había descorrido había caído, más impenetrable que antes. El averno entre Oriente y Occidente se había franco una vez más.

A las preguntas del Doctor las contestaba medio tímida, medio hosca, con monosílabos; no podía o no quería explicar el misterio de su poder hipnótico; la hechicera había sido expulsada de ella. En la persiana de su tienda besó las manos de su escolta con la jet de una emperatriz que otorga un espaldarazo, y con caballista humildad se despidió de su amigo ingleses.

***


El Capitán se detuvo y durante un rato nadie rompió el silencio que siguió.

Qué fue de Yasmin? preguntó finalmente la Investigadora, volviendo su rostro, gravemente dulce, hacia el narrador. Ella murió?

No.

Sí.

Se ahogó en el Nilo dos días después. Había una voluntarioso corriente y el río estaba alto; tal vez algunas de las otra mujere la empujaron. Nunca lo supimos. No puedes decir nada sobre el haremat nativo, y no interferimos con ellas.

Evangeline Wilbour Blashfield (1858-1918)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos gótico. I Relato de vampiros.


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El análisis, traducción al español y extracto del cuento de Evangeline Wilbour Blashfield: El Ghoul (The Ghoul), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbeno a ***.com


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 Asunto: Doctor Porthos: Basil Copper; relato y análisis.
NotaPublicado: Lun Nov 28, 2022 3:56 am 
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Doctor Porthos: Basil Copper; relato y análisis.




Doctor Porthos (Doctor Porthos) es un relato de vampiros del escritor inglés Basil Copper (1924-2013), publicado originalmente en la antología de 1968: La gente de medianoche (The Midnight People).

Doctor Porthos, uno de los mejores cuentos de Basil Copper, relata la historia de un hombre [el narrador] y su esposa [Angelina], quienes reciben una inesperada herencia: una antigua mansión gótica. Pero tiene un precio: la pareja debe vivir durante cinco años en este lugar apartado de la comunidad más cercana y que carece de todas las comodidades modernas, como la electricidad.

Poco tiempo después de mudarse, el narrador comienza a experimentar estados de ánimo melancólicos. La esposa enferma, y el Doctor Porthos [no es una referencia a Alejandro Dumas aunque parece haber un mosquetero en esta historia], el médico de cabecera del antiguo propietario de la casa [y ancestro del narrador], realiza visitas diarias para atender a su nueva paciente. El doctor pronto descubre que la causa de la enfermedad de la esposa es la pérdida de sangre a través de dos pequeños orificios en su cuello. En este punto, el narrador comienza a sospechar del Doctor Porthos, quien, a pesar de realizar largas vigilias junto a la cama de la mujer, no logra descubir la identidad del atacante.

Doctor Porthos de Basil Copper parece explorar la posibilidad de un Abraham Van Helsing vampírico, y construye su hilo gótico con muchos elementos de Edgar Allan Poe, sobre todo con la extraña enfermedad de Angelina y las sospechas de su esposo, que apuntan directamente al médico. El ataque a medianoche, que deja a la paciente sangrando por el cuello, sugiere fuertemente la naturaleza de su agresor; sin embargo, el final de Doctor Porthos invierte la carga de la prueba, y expone al Vampiro de una manera sorprendente.


[Desperté con dolor y frío. Angelina también está aquí. Se ve aterrorizada pero de alguna manera triste y serena. Ella está sosteniendo el brazo del Doctor Porthos. l está suspendido sobre mí, su rostro se ve satánico en la tenue luz de la cripta debajo de la casa. Hace girar un mazo mientras, golpe tras golpe, perturba el silencio de este lugar. Amado Cristo, la estaca está contra MI PECHO!]


En efecto, el Vampiro es el narrador, lo cual es un giro inesperado. Sin embargo, creo que Basil Copper no está jugando limpio con el lector.

Toda la historia se basa en la sombría determinación del narrador de mantener su diario actualizado, independientemente de las circunstancias; razón por la cual este último párrafo es imposible. Acaso el narrador tiene tiempo para escribir una última entrada en su diario mientras el Doctor Porthos está clavándole una estaca en el pecho? Es difícil imaginar una proeza más inverosímil. Por otro lado, tampoco parece probable que el narrador haya sobrevivido al ataque del Doctor Porthos, quien presumiblemente también acabó con el antiguo propietario de la casa.




Doctor Porthos.
Doctor Porthos, Basil Copper (1924-2013)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


I

Debilidad nerviosa, dice el doctor. Y, sin embargo, Angelina nunca ha estado enferma en su vida. Debilidad nerviosa! Aquí está involucrado algo mucho más poderoso.

Me pregunto si no debería llamar al consejo de un especialista. Sin embargo, estamos tan lejos y la gente local habla bien del Doctor Porthos. Por qué demonios vinimos a esta casa? Angelina estaba perfectamente bien hasta entonces. Es extraordinario pensar que dos meses hayan producido tal cambio en mi esposa.

En la ciudad era animada y vivaz; sin embargo, ahora apenas puedo soportar mirarla sin una profunda emoción. Sus mejillas están hundidas y pálidas, sus ojos oscuros y cansados, su rubor ha desaparecido a los veinticinco años. Podría ser algo en el aire de la casa? Parece apenas posible. Pero, en ese caso, los servicios del Doctor Porthos deberían haber resultado efectivos. Hasta ahora todas sus habilidades han sido impotentes para producir cualquier mejora. Si no hubiera sido por los términos del testamento de mi tío, nunca hubiéramos venido.

Los amigos pueden llamarlo codicia, el mundo puede pensar lo que quiera, pero la pura verdad es que necesitaba el dinero. Mi propia salud está lejos de ser sólida y las largas horas en el negocio familiar (la nuestra es una casa de contabilidad honrada y bien establecida) me habían dejado perfectamente claro que debía buscar otro modo de vida. Y, sin embargo, no podía permitirme jubilarme; los términos del testamento de mi tío, tal como me los entregó el abogado de la familia, brindaron la solución perfecta.

Una anualidad, una buena anualidad para decirlo sin rodeos, pero con la condición de que mi esposa y yo residiéramos en la casa del anciano por un período no menor de cinco años a partir de la fecha en que los términos del testamento entraron en vigencia. Dudé mucho; tanto a mi esposa como a mí nos gustaba la vida de la ciudad y la propiedad de mi tío estaba en un área remota, donde la vida es primitiva y las comodidades son pocas. Tal como lo había entendido por el abogado, la casa en sí ni siquiera tenía el beneficio de la iluminación a gas; en verano no era tan malo, pero los largos meses de invierno eran verdaderamente melancólicos, con sólo el resplandor de las velas y el pálido brillo de las lámparas de aceite para aliviar la penumbra del viejo y solitario lugar.

Debatí con Angelina y luego salí solo un fin de semana para hacer un recorrido por la propiedad. Había telegrafiado y después de un largo y frío viaje en tren que ocupó la mayor parte del día, un caballo y un carruaje me recibieron en mi destino. La siguiente parte de mi peregrinaje ocupó casi cuatro horas y quedé consternado al ver en qué región salvaje y remota había decidido penetrar mi tío para elegir una morada.

La noche era oscura, pero la luna de vez en cuando rompía su velo de nubes para revelar con débiles detalles los contornos de rocas, colinas y árboles; el carruaje se sacudió y se tambaleó sobre un camino sin pavimentar, que estaba profundamente surcado por las ruedas de los pocos vehículos que habían desgarrado la superficie a su paso durante muchos meses. Mi abogado había telegrafiado a un viejo amigo, el Doctor Porthos, a cuyos buenos oficios debía mi medio de transporte, y me había prometido recibirme al llegar al pueblo más cercano a la finca.

Efectivamente, salió de debajo del gran porche de la posada de madera cuando nuestro carruaje entraba en el patio. Era un hombre alto y enjuto, con lentes cuadrados que se asentaban firmemente sobre su delgada nariz; vestía una capa de muchos pliegues como un mozo de cuadra y el sombrero de copa verde, puesto con desenvoltura sobre un ojo, le daba un aspecto un tanto disipado. Me saludó efusivamente, pero había algo en el hombre que me produjo inquietud.

No era nada en particular; era solo su manera general; tal vez la frialdad de su mano que golpeó mi palma con la humedad de un pez. Además, sus ojos tenían una forma desconcertante de mirar por encima de las gafas; eran de un gris vaporoso y su mirada era penetrante. Para mi consternación supe que aún no había llegado a mi destino. La finca estaba lejos, dijo el Doctor Porthos, y tendríamos que pasar la noche en la posada. Mi mal humor por sus comentarios pronto se disipó por el fuego rugiente y la buena comida con la que me agasajó; había pocos viajeros en esta época del año y éramos los únicos que cenábamos en el amplio comedor con paneles de roble.

El Doctor Porthos había sido el asistente médico de mi tío y, aunque hacía muchos años que no veía a mi pariente, tenía curiosidad por saber qué tipo de persona había sido.

El barón fue un gran hombre en estos lugares dijo Porthos.

Su manera afable me animó a hacer una pregunta para la que había estado esperando una respuesta durante mucho tiempo.

De qué murió mi tío? pregunté.

La luz del fuego parpadeó a través del rojo brillante de la copa de vino del Doctor Porthos y tiñó su rostro de ámbar cuando respondió simplemente:

Deficiencia en la sangre. Una cualidad fatal en su línea inmediata, podría decir.

Reflexioné por un momento.

Por qué cree que me eligió como su heredero? añadí.

La respuesta del Doctor Porthos fue directa y clara, dada sin vacilación.

Usted es de una rama diferente de la familia dijo. Sangre nueva, mi querido señor. El barón fue muy particular en ese sentido. Quería continuar con la gran tradición.

Cortó cualquier otra pregunta levantándose abruptamente.

Esas fueron las propias palabras del barón mientras agonizaba. Y ahora debemos retirarnos, ya que todavía tenemos un largo viaje por la mañana.


II

Las palabras del Doctor Porthos volvieron a mí: Sangre nueva. Y si esto tiene que ver con esas oscuras leyendas que la gente del lugar cuenta sobre la casa? Apenas se sabe qué pensar en este ambiente. Mi inspección de la casa con el Doctor Porthos confirmó mis peores temores; dinteles caídos, cornisas desmoronadas, artesonados carcomidos. Los únicos servidores son una pareja de mediana edad, marido y mujer, que han sido cuidadores desde la muerte del barón; la gente local es hosca y poco cooperativa, dice Porthos.

Ciertamente, la pequeña aldea a una milla de la mansión tenía todas las puertas y ventanas cerradas mientras pasábamos ruidosamente y ni un alma se movía. La casa tiene una belleza gótica, supongo, vista desde la distancia; no tiene mucha antigedad, ya que se reconstruyó en gran parte sobre los restos de un edificio más antiguo destruido por el fuego. El restaurador, ya sea mi tío o algún residente mayor que no me he molestado en descubrir, tuvo la fantasía de agregar torres, un puente levadizo y un foso alrededor. Nuestros pasos resonaron tristemente cuando nos dimos la vuelta para inspeccionar los terrenos.

Me sorprendió ver estatuas de mármol y obeliscos gastados, todos caídos y torcidos, como si los muertos inquietos brotaran del suelo, sobresaliendo por encima de un antiguo muro cubierto de musgo contiguo al patio de la casa.

El Doctor Porthos sonrió sardónicamente.

El antiguo cementerio familiar explicó. Su tío está enterrado aquí. Dijo que le gusta estar cerca de la casa.


III

No pasaron ni dos meses desde nuestra llegada cuando comenzó el profundo y melancólico cambio del que ya he hablado. No solo la atmósfera, aunque las mismas piedras de la casa parecen impregnadas de susurros malignos, sino que el entorno, los árboles oscuros e inmóviles, incluso los muebles, parecen exudar algo hostil.

Una niebla venenosa se eleva desde el foso al atardecer; parece enfatizar doblemente nuestro aislamiento. La presencia de la propia criada de Angelina y de un personal de mantenimiento que estaba empleado por mi padre antes que yo, hacen poco para disipar el ambiente de este lugar. Incluso su sólida realidad parece afectada por un miasma que brota de los poros del edificio. Se ha vuelto tan evidente últimamente que incluso agradezco las visitas diarias del Doctor Porthos, a pesar de que sospecho que él es el autor de nuestros problemas.

Comenzaron una semana después de nuestra llegada, cuando Angelina no despertó a mi lado como de costumbre. La sacudí para despertarla y mis gritos debieron despertar a la criada. Creo que entonces me desmayé y volví en mí en el gran salón de día; la cama estaba inundada de sangre, que manchaba las sábanas y las almohadas alrededor de la cabeza de mi querida esposa. Los curiosos ojos grises de Porthos tenían una mirada que yo nunca había visto antes. Me administró una poderosa medicina y luego se volvió para atenderme.

Fuera lo que fuera lo que había atacado a Angelina, tenía dientes como el canino más afilado, dijo Porthos; había encontrado dos pinchazos distintos en el cuello, suficientes para explicar la cantidad de sangre. De hecho, había habido tanta que mis propias manos y ropa estaban manchadas. Creo que fue esto lo que me hizo llorar.

Porthos había anunciado que se sentaría junto al paciente esa noche.

Angelina todavía estaba dormida, como descubrí cuando entré de puntillas más tarde. Porthos me había administrado un somnífero y me había aconsejado que lo tomara para calmar mis nervios, pero lo rechacé. Dije que esperaría con él. El médico tenía alguna teoría sobre ratas u otras criaturas nocturnas y se sentó durante mucho tiempo en la biblioteca a hojear algunos de los libros antiguos del barón sobre historia natural. La actitud del hombre me desconcierta; Qué clase de criatura atacaría a Angelina en su propio dormitorio? Mirando los extraños ojos de Porthos, mis viejos miedos comenzaron a regresar, trayendo consigo otros nuevos.


IV

Hubo tres ataques más, que se extendieron durante quince días. Mi amada se debilita visiblemente, aunque Porthos ha ido al pueblo en busca de drogas más potentes y otros remedios. Estoy en el purgatorio. No he conocido horas tan oscuras. Sin embargo, la propia Angelina insiste en que debemos quedarnos para ver esta grotesca pesadilla.

La primera noche de vigilia, Porthos y yo dormimos, y por la mañana el resultado fue como la noche anterior. Se habían retirado considerables emisiones de sangre aunque el vendaje que cubría la herida estaba casi intacto. Difícilmente me atrevo a conjeturar qué clase de bestia podría haber hecho esto.

Estaba bastante agotado y al anochecer del día siguiente acepté la sugerencia de Porthos de tomar un somnífero. No pasó nada durante varias noches y Angelina comenzó a recuperarse; entonces el terror golpeó de nuevo.

Y así seguirá, me dicen mis sentidos tambaleantes. No me atrevo a confiar en Porthos y, por otro lado, no puedo acusarlo. Estamos aislados y cualquier error que cometa puede ser fatal.

En la última ocasión casi lo descubro. Me desperté al amanecer y encontré a Porthos tendido en la cama, su forma larga y oscura temblando, sus manos en el cuello de Angelina. Lo golpeé, porque no sabía quién era (estaba medio dormido) y se volvió, sus ojos grises brillaron en la habitación en penumbra. Tenía una jeringa hipodérmica medio llena de sangre en la mano. Me temo que la tiré al suelo y la destrocé bajo mi talón.

En mi propio corazón estoy convencido de haber atrapado a esta criatura que nos ha estado atormentando, pero cómo probarlo? El Doctor Porthos se está quedando en la casa ahora. No me atrevo a dormir y rechazo continuamente las pociones que me presiona a tomar con urgencia. Cuánto tiempo antes de que me destruya a mí y a Angelina? Ha estado el hombre alguna vez en una situación tan espantosa desde que comenzó el mundo?

Me siento y observo a Porthos, que me mira de soslayo con esos ojos curiosos, su rostro inexpresivo parece insinuar que puede darse el lujo de mirar y esperar y que su hora está llegando. Mi pálida esposa, en sus escasos intervalos de conciencia, se sienta y nos mira temerosa a ambos. Sin embargo, ni siquiera puedo confiar en ella porque pensaría que estoy loco. Trato de calmar mi cerebro acelerado. A veces creo que me volveré loco por completo, las noches son muy largas. Dios ayúdame.


V

Está terminado.

La crisis vino y se fue. Atrapé al demonio loco que nos tiene esclavizados. Lo atrapé en el acto.

Porthos se retorció cuando le puse las manos en el cuello. Lo habría matado por su sucio trabajo, la jeringa brillaba en su mano. Ahora se ha hecho a un lado, eludiéndome por el momento. Mis gritos atrajeron a los sirvientes, que tienen mis instrucciones expresas para darle caza. No se me escapará esta vez.

Recorro los pasillos de esta mansión carcomida y cuando lo haya acorralado lo destruiré. Angelina vivirá! Y mis manos realizarán la obra curativa de su destrucción

Pero ahora debo descansar. Ya amanece de nuevo. Me sentaré en esta silla junto a la columna, desde donde puedo observar el salón. Duermo.


VI

Más tarde desperté con dolor y frío. Estoy acostado en la tierra. Algo resbaladizo gotea sobre mi mano. Abro mis ojos. Me paso la mano por la boca. Está roja. Puedo ver más claramente ahora. Angelina también está aquí. Se ve aterrorizada pero de alguna manera triste y serena. Ella está sosteniendo el brazo del Doctor Porthos.

l está suspendido sobre mí, su rostro se ve satánico en la tenue luz de la cripta debajo de la casa. Hace girar un mazo mientras, golpe tras golpe, perturba el silencio de este lugar. Amado Cristo, la estaca está contra MI PECHO!

Basil Copper (1924-2013)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Basil Copper.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Basil Copper: Doctor Porthos (Doctor Porthos), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a ***.com


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