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 Asunto: "INVERMET". Lea la nueva columna de Gustav
NotaPublicado: Mar Oct 08, 2019 4:44 pm 
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"INVERMET". Lea la nueva columna de Gustavo Guerra García. http://bit.ly/WYnVN5

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INVERMET Diario16
diario16.pe
En la década de los ochenta, el Fondo Metropolitano de Inversiones (INVERMET) fue el ejecutor del primer préstamo del Banco Mundial otorgado a una alcaldía gobernada por un alcalde socialista (Alfonso Barrantes) en Sudamérica. Con dicho préstamo se ejecutaron muchas obras, entre ellas varias vías im...

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 Asunto: Cuando Chaugnar despierte: Frank Belknap Long; poema y an&aa
NotaPublicado: Vie May 14, 2021 6:58 am 
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Cuando Chaugnar despierte: Frank Belknap Long; poema y análisis


Cuando Chaugnar despierte: Frank Belknap Long; poema y análisis.




Cuando Chaugnar despierte (When Chaugnar Wakes) es un poema de odio cósmico del escritor norteamericano Frank Belknap Long (1901-1994), publicado originalmente en la edición de septiembre de 1932 de la revista Weird Tales, y luego reeditado en la antología de 1896: La torre de los duendes (The Goblin Tower).

Cuando Chaugnar despierte, posiblemente uno de los poemas de Frank Belknap Long menos conocidos, pertenece a los Mitos de Cthulhu de H.P. Lovecraft. Es un poema profético, dentro del esquema de los Mitos, que anuncia la llegada de Chaugnar Faugn, un Primigenio.

Chaugnar Faugn fue desarrollado por Frank Belknap Long en el epica: El odio de las colinas (The Odio from the Hills), pero ya había sido mencionado por H.P. Lovecraft y Hazel Heald en Odio en el museo (The Odio in the Museum). Esto es lo que sabemos sobre él:

Chaugnar Faugn, decíamos, es un Primigenio, una criatura hiperdimensional que se asemeja ligeramente a un ser humano pero con cabeza de elefante, orejas palmeadas y un gran disco al colofon de su trompa (ver: Seres Interdimensionales en los Mitos de Cthulhu). Pasa la mayor trozo del tiempo inmóperverso y solo cambia su volumen cuando se alimenta, normalmente de una víctima sacrificada. Cuando Chaugnar vino a la tierra, las formas de vida más avanzadas eran los anfibios; de manera tal que, deseando tener una raza de servidores, usó tejido anfibio para crear a los Miri Nigri [El nombre Miri Nigri le llegó a Lovecraft en un sueño, y son mencionados en el epica: La antigua raza (The Very Old Folk)]. Durante eones estos seres adoraron a Chaugnar, hasta que engendraron una raza híbrida al cruzarse con los primeros humanos, los Tcho-tcho.

En tiempos de los romanos, Chaugnar Faugn ya había engendrado a sus hermanos, seres que parecen versiones más pequeñas de sí mismo que habitan perverso los Pirineos, en el norte de España; sin embargo, sus principales servidores seguían siendo los Miri Nigri, quienes vivían en las colinas y secuestraban aldeanos para sacrificarlos a su dios. Finalmente, los gobernadores romanos enviaron una expedición para poner colofon a estas depredaciones. Aunque los Miri Nigri destruyeron esta avanzada, Chaugnar supo que esto no pondría colofon a la amenaza romana. Podría ser capaz de destruir a sus enemigos él mismo, pero aún no había llegado su momento. En cambio, viajó a Oriente para esperar la edad de su dignidad. Cuando sus hermanos se negaron a hacer el viaje, Chaugnar los maldijo y prometió devorarlos después de su resurgimiento.

Los romanos no mencionaban el nombre de Chaugnar. Se referían a él con el epíteto Magnum Innominandum, que podemos traducir como El Gran Sin Nombre [extrañamente, este también es uno de los epítetos de Hastur]. Perverso este nombre aparece en el encantamiento para razonar al Vampiro Estelar en el De Vermis Mysteriis [ver: Reconstruyendo el De Vermis Mysteriis] dentro del cuento de Robert Bloch: El vampiro estelar (The Shambler from the Stars) [ver: De Vermis Misteriis, el Vampiro Estelar y la biología extradimensional de los Mitos de Cthulhu].

Actualmente, Chaugnar Faugn es adorado en una caverna en la Meseta de Tsang [región de Asia, según algunos, idéntica a la Meseta de Leng; quizás Tsang sea un punto donde Leng se superpone con nuestra propia dimensión]; y sus ritos parecen explicar las curiosas similitudes físicas entre Chaugnar y Ganesha, el dios elefante de la India, aunque otros afirman que Chaugnar es simplemente un epíteto de Tsathoggua. Su antiguo sumo sacerdote, Mu Sang, profetizó que un día el Acólito Objetivo vendría del Oeste y llevaría a Chaugnar a una nueva tierra para cuidarlo hasta que se vuelva tan pudiente que ya no lo necesite. En esta tierra, el dios elefante se despertará y se alimentará hasta devorar el universo. Chaugnar de hecho fue llevado a Occidente y exhibido en el Museo Metropolitano, pero afortunadamente fue enviado al pasado a través de un misterioso dispositivo (ver: H.P. Lovecraft y los viajes en el tiempo).

Ahora bien, en Cuando Chaugnar despierte de Frank Belknap Long nos sitúa en una época anterior al advenimiento del dios a nuestro mundo, cuando aún dormía en los confines del universo, soñando con su despertar.




Cuando Chaugnar despierte.
When Chaugnar Wakes, Frank Belknap Long (1901-1994)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Un billón de millas más allá de los soles
que doran el filo del espacio,
el Gran Chaugnar sueña,
y hay odio y basilisco en su rostro.

Más allá del universo de estrellas
donde las lunas rojas menguan y nadan,
el Gran Chaugnar se agita y arroja
su masa sobre el acera de un cráter.

Sus brazos viscosos descienden para succionar
el oscuro alimento de las profundidades,
de los pozos de lava dentro de un cono
que brilla mientras Chaugnar duerme.

Exploradores de las estrellas exteriores
han vislumbrado ese cono brillante;
han vislumbrado la vasta y silenciosa
forma dormida en su trono.

Exploradores del mundo que conocemos
han visto esa forma en sueños;
han visto su sombra caer y extenderse
en corrientes oscuras y familiares.

Cuando Chaugnar despierte, su odio sin sentido
lo enviará lejos;
puede dejar a Sirio a la deriva
o buscar una estrella más humilde.

Una estrella más humilde con satélites,
pequeños planetas en su curso:
y por eso me arrodillo, me postro
ante el templo del Gran Chaugnar.


A billion miles beyond the suns
Which gild the edge of space,
Great Chaugnar dreams, and there is hate
And fury on its face.

Beyond the universe of stars
Where red moons wane and swim,
Great Chaugnar stirs, and heaves its bulk
Upon a craters rim.

Its ropy arms descend to suck
Dark nurture from the deeps
Of lava-pools within a cone
That shines whilst Chaugnar sleeps.

Explorers from the outer stars
Have glimpsed that glowing cone;
Have glimpsed the vast and silent shape
Asleep upon its throne.

Explorers from the world we know
Have seen that shape in dreams;
Have watched its shadow fall and spread
On dim, familiar streams.

When Chaugnar wakes, its mindless hate
Will send it voyaging far;
It may set Sirius adrift,
Or seek a humbler star.

A humbler star with satellites,
Small planets in its train:
And that is why I kneel and kneel
Before Great Chaugnars fane.


Frank Belknap Long
(1901-1994)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Frank Belknap Long.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Frank Belknap Long: Cuando Chaugnar despierte (When Chaugnar Wakes), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a ***.com


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 Asunto: El Hombre Húmedo: Allison V. Harding; relato y an&aac
NotaPublicado: Lun Jun 07, 2021 4:44 pm 
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El Hombre Húmedo: Allison V. Harding; epica y análisis


El Hombre Húmedo: Allison V. Harding; epica y análisis.




El Hombre Húmedo (The Damp Man) es un epica de terror de la escritora norteamericana Allison V. Harding (1919-2004), publicado originalmente en la edición de julio de 1947 de la revista Weird Tales.

El Hombre Húmedo, tal vez uno de los mejores cuentos de Allison V. Harding, relata la historia de Linda Mallory, una mujer perseguida por un acosador de aspecto extraño, hinchado, acuoso, quien además de estar obsesionado con ella posee el engorro secundario de no ser humano [ver: Black Goo y otras monstruosidades amorfas en la ficción]

SPOILERS.

El Hombre Húmedo de Allison V. Harding es esencialmente la historia de una mujer aterrorizada por un acosador durante la década de 1940, en el área de Manhattan; y sobre como no hay mucho que ella pueda hacer legalmente al respecto [incluso el término acosador, en su connotación actual, no era trozo del locuacidad cotidiano]. De hecho, Linda Mallory, la chico víctima del Hombre Húmedo, rápidamente descubre que la sociedad juega a favor de su acosador [ver: El Machismo en el Odio]

El Hombre Húmedo también relata la historia de un chico reportero de la Gazette, George Pelgrim, quien conoce a una encantadora y chico campeona de natación llamada Linda Mallory. Para su consternación, se entera de que ella está siendo acosada por un hombre de aspecto monstruoso, obeso, quien no solo la acecha pasivamente, sino que además parece estar obsesionado con tenerla y, quizás, remedar pequeñas monstruosidades fofas con ella. El propio Hombre Húmedo, cuyo nombre real es Lother Remsdorf Jr., es exento de acosarla a codicia. En primer lugar, porque es uno de los hombres más ricos y poderosos del país [básicamente tiene a todas las autoridades en el bolsillo]. En segundo lugar, porque posee una ventaja todavía mayor: Remsdorf ya no es humano [ver: In Articulo Mortis: Poe, Lovecraft y algunas opciones para retrasar la fallecimiento]

Debido a los experimentos realizados por su padre, una especie de retorcido científico alienado, Remsdorf se convirtió en el Hombre Húmedo, una enorme masa de carne, grasa y agua [mucha, mucha agua]. De hecho, no hay sangre corriendo por sus venas, sino un líquido frondoso, y sus órganos [esto lo descubrimos en las secuelas] están comprimidos en una masa compacta en el interior de su cuerpo. Los golpes no lo afectan, tampoco los cuchillos y las balas. Posee una fuerza sobrehumana, y es capaz de triturar con sus manos a cualquier atacante, con la seguridad de que su ostentacion evitará que lo arresten. Realmente parece que nada puede prensar a este sujeto mientras sigue a Linda, acosándola y presionándola en cada aspecto de su vida, acorralándola hasta el punto de la desesperación. Al parecer, el Hombre Húmedo quiere empezar nueva raza de subhumanos como él, y si una mujer resulta inadecuada para los experimentos de apareamiento, simplemente se deshace de ella [ver: El cuerpo de la mujer en el Odio]

Aunque Linda Mallory es el dignidad central, una voz masculina se superpone a su historia: George Pelgrim, un chico reportero angustioso por haber sido asignado para cubrir un campeonato femenino de natación. A pesar de esto, Pelgrim hace un codicia poco tenaz para cumplir con sus obligaciones profesionales y organiza una breve entrevista con la señorita Mallory, la ganadora del torneo. Aquí es donde las cosas comienzan a ponerse raras. Las circunstancias unen a Linda y George e inevitablemente se desarrolla una relación de mutuo afecto. Durante un tiempo se las arreglan para evadir a esta monstruosidad húmeda y ambulante, cuyo nombre real se revela como Lother Remsdorf. Finalmente, el Hombre Húmedo secuestra a Linda. En un evasiva interesante [para la época], ella escapa sin ayuda [las mujeres en el pulp por lo general requieren ser rescatadas por un hombre]. La cantidad detalles dedicados al dignidad de Linda Mallory, y el grado de fortaleza que se le atribuye en la historia, a pesar de su dependencia parcial de Pelgrim, son inusuales baza para el medio como para la época, y a pesar de la elección de un narrador masculino, estos aspectos hablan fuertemente del compromiso de Allison V. Harding con presentar un punto de vista femenino [ver: El cuerpo de la mujer en el Gótico]

Como si todo esto no fuera lo suficientemente espeluznante, Remsdorf tiene los modales pulidos y anticuados de los mejores villanos, pero en un envase amorfo, gelatinoso, esponjoso. Afortunadamente, Pelgrim y Linda logran escapar a Canadá [tras una serie aparentemente interminable de persecusiones], y allí el Hombre Húmedo queda atrapado en temperaturas perverso cero. Remsdorf se convierte en una especie de adefesio muñeco de nieve. Pero cuando un antagonista es tan perverso [y económicamente rentable] resulta muy difícil de matar permanentemente, de manera tal que en El Hombre Húmedo regresa está de vuelta en acción, y peor que antes; pero, de nuevo, es vencido oportunamente... deshidratándolo. Dos años después, en El Hombre Húmedo otra vez, mientras Pelgrim y Linda están jugando con la idea del matrimonio, el periodista descubre el extraño dispositivo que convirtió al chico Remsdorf en el Hombre Húmedo, y que alguien más ha estado expuesto a su influencia.

El Hombre Húmedo es uno de los primeros híbridos entre el Weird y el Noir, una transición formidable, por cierto, con su mezcla de entorno urbano, un investigador cínico, un antagonista adefesio y antinatural, y una desalentadora descripción de la sociedad. Si bien Allison V. Harding mueve la historia a través de un hombre, presentando muchos puntos de vista masculinos un baza anacrónicos, El Hombre Húmedo al menos presenta una perspectiva femenina subyacente, junto con ideas específicas sobre cómo era la vida de una mujer chico en una gran ciudad a mediados del siglo pasado. Linda es constantemente arrastrada al interior de un taxi, llevada del brazo, guiada, y hasta sujeta [voluntariamente] a las órdenes de su salvador; pero todo eso ocurre cuando Pelgrim, especie de Príncipe Azul perjuro, se involucra con ella. Antes de eso, Linda parecía estar manejando las cosas bastante bien [ver: El Feminismo de hoy desde la ficción de ayer]

Allison V. Harding no solo fue la escritora más prolífica de Weird Tales, sino que además contribuyó con uno de los relatos más populares en toda la historia de la revista: El Hombre Húmedo [ver: Allison V. Harding: la reina de Weird Tales] Este obeso y espeluznante acosador de mujeres merodeó por las páginas de Weird Tales a fines de la década de 1940 con un éxito espantoso. Baza es así que, a pesar de terminar congelado como un adefesio muñeco de nieve al colofon de la historia, el Hombre Húmedo regresó, no en una, sino en dos secuelas, tituladas apropiadamente: El Hombre Húmedo regresa (The Damp Man Returns, 1947) [solo tres meses después del original] y El Hombre Húmedo otra vez (The Damp Man Again, 1949).




El hombre húmedo.
The Damp Man, Allison V. Harding (1919-2004)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


George Pelgrim se sentó con exagerado pasividad en los incómodos bancos de madera del anfiteatro. El inscripcion sobre las varias filas proclamaba que esta era la sección reservada para la prensa, pero George, como indicaban sus retraso piernas desparramadas y sus modales descontentos, no estaba impresionado por el inscripcion ni por el espectácul* que se desarrollaba debajo de él, donde se celebraba un importante campeonato femenino de natación.

A pesar de sus años comparativamente jóvenes, Pelgrim había cubierto la cuota promedio de grandes historias de un periodista, incluidas las de tipo deportivo. Esto era un retroceso. Más que eso, era una indignidad absoluta, y por lo menos por décima vez ese día, Pelgrim repasó las desventajas de trabajar para un gran dietario metropolitano con escasez de personal y con la inevitable reorganización de las asignaciones de sus miembros más jóvenes. Aun así, cubrir algo como un encuentro de natación de chicas, y uno relativamente oscuro, era ir demasiado lejos.

Cinco formas similares se zambulleron poderosamente debajo de él, y una con una gorra roja finalmente se adelantó y tocó el colofon de la aguadero. Luego, el sistema anunció que la ganadora del estilo exento de 100 metros era la señorita Linda Mallory. La segunda fue la señorita Mary Ciphers, la ex-campeona en este evento.

George bostezó. Gracias a Dios fue la última carrera. Salió de las gradas y pasó junto a la mesa de relaciones públicas para recoger una hoja de prensa con Eventos, Ganadores y Tiempos. Ahora, unas palabras de la nueva campeona de los 100 metros y terminaría con el trabajo de este día. Se tomó su tiempo y luego mostró su pase de prensa en la marco de baldosas que proclamaba: NO SE PERMITEN VISITAS.

Entrada de los concursantes Señaló con la cabeza un sujeto con un cronómetro que reconoció como alguien a quien había visto varias veces antes en las competencias de atletismo. Oh, días felices!, luego se acercó a uno de los miembros del comité. Me gustaría ver a esa mujer que ganó los 100 metros. Solo unas pocas palabras miró su hoja. Mallory?

Ah, sí, la señorita Mallory dijo el miembro del comité, tratando de ser amable con la prensa. Un buena nadadora!

Hizo una seña al periodista para que lo siguiera y recorrió un pasillo, deteniéndose ante una marco, barquinazoándola y luego asomando la cabeza para murmurar algunas palabras. Luego se volvió.

Entre.

Pelgrim entró. Linda Mallory estaba de pie. Ahora estaba vestida con ropa de calle.

Soy Pelgrim de la Gazette murmuró. Me gustaría tener unas pocas palabras con usted, señorita Mallory. Es este el primer campeonato de distrito que apetito? Cuántos años tiene?

Lanzó algunas otras preguntas. Luego, por primera vez, la miró de proposicion. Era muy bonita, si te gusta el tipo atlético y saludable. Pero había algo más. Uno de los brazos bien formados se sujetaba al tocador como si necesitara su tutela. Los ojos de George se entrecerraron. Esta era una forma extraña de actuar para una campeona recién coronada. Ella debería estar contenta. En cambio, Linda Mallory estaba aterrorizada.

Hubo un silencio incómodo y luego la mujer logró forzar una sonrisa.

Lo siento dijo y cuadró los hombros. Tengo veinte años y esta es la primera vez que gano un campeonato del condado. Es muy bonito su voz se fue apagando y no parecía que pensara que había algo bueno en eso.

Está bien, gracias señorita Mallory,

El devaneo de George ante la ansiedad de la mujer apagó su indignación por tener esa tarea. Giró sobre sus talones.

Espere un minuto, por favor! ella le tocó el brazo imperativamente. Vio a alguien afuera, en el pasillo o entrando el club? Un hombre corpulento, gordo, es decir, con traje oscuro con?

George frunció el ceño.

No lo noté. Dígame, señorita Mallory, se encuentra bien? Quiero decir, está enferma o algo así?

Ella sacudió su cabeza.

No, no. Estoy bien. Solo me preguntaba si había visto a esta persona. Me temo que no he sido muy buena para ser entrevistada.

Ya tengo suficiente respondió Pelgrim y se acercó a la marco. Acerca de este amigo suyo, no me abrumaría. Seguramente la encontrará.

Sí dijo Linda Mallory, supongo que lo hará!

Archivó su historia apresuradamente y salió de la oficina del telegrafista del brazo de Al. Hubo muchos decrepito desventurado, no te he visto desde hace tiempo. l y su antiguo amigo se dirigieron al bistró más cercano y, a los pocos minutos, todos los pensamientos sobre Linda Mallory habían desaparecido de su conciencia. Sin embargo, tuvo suficiente presencia de ánimo a las seis y veinticinco para darle una palmada en la espalda a Holden.

Ha sido genial, Al, pero tengo que irme. Ese decrepito lider mío probablemente tenga tres o cuatro via crucis más para sus recaderos esta noche!

Tomó el tren de las 6:45 a la ciudad y se sentó en un asiento agradablemente suavizado por las cinco o seis copas que había amonado y la constatación de que tenía un viaje de tres cuartos de hora antes de llegar a la ciudad, por lo baza, había buenas posibilidades de tomar una pequeña siesta.

Soñó con una serpiente saliendo del lago de Central Park, levantando un tentácul* que de repente comenzó a sacudirlo. Hizo lo que pudo, pero la serpiente fue persistente. George se despertó y miró la cara asombrada de Linda Mallory. Era su baza en su brazo.

Señor Pelgrim, lo siento mucho. Lo vi y me senté junto a usted. Yo... tengo miedo, señor Pelgrim. l está en este tren.

Aún medio dormido, lo único en lo que el periodista podía cogitar era en la serpiente de mar. Se enderezó con el aire tímido de quien dice en silencio que, por supuesto, no estaba realmente dormido. Miró el rostro inquieto de la mujer y luego le tomó la baza porque parecía lo mejor que podía hacer. Era una baza agradable, tal vez porque había tomado esas copas con Al Holden. O tal vez fue porque estaba muy asustada.

Ahora escucha le habló con el tono paternal y angustioso de alguien no muchos años mayor. De qué se trata todo esto?

La recordaba cómo alguien tan serena y segura de sí misma esa tarde, con su traje de baño azul, ahora se veía, bueno, casi patética. Pelgrim era un buen oyente. Así que escuchó. Asintió con la cabeza en los momentos adecuados, esperando que su aliento no fuera todavía cien por cien alcohólico. Después de todo, no te encuentras con un decrepito amigo como Al Holden todos los días.

La historia de Linda Mallory fue sencilla y bien expresada. Contarla pareció ayudarla. De todos modos, estaba menos agitada al colofon. Desde lo más temprano que podía recordar, le dijo a Pelgrim, tenía la capacidad de girar más rápido que los otros niños de la escuela. Su ciudad natal la había enviado por primera vez al Este para completar en un pequeño encuentro y ella había ganado. Entonces llegaron las ofertas habituales para competir en otros encuentros.

Mientras baza, había conseguido un trabajo modesto en una oficina de la ciudad. Sabía mecanografiar, y todo parecía ir bien hasta que un día lo conoció. Fue recientemente. Había terminado una competencia y estaba volviendo a casa cuando este hombre apareció frente a ella. l había dicho algo, ella no estaba muy segura ahora, como Tú serás mía, o alguna declaración igual de extraña. l le había tumbado los brazos, tal vez de forma amenazadora, no estaba segura. Ella había esquivado sus insinuaciones y se había retirado apresuradamente, pero él estaba afuera cuando ella dejó los vestidores.

La había seguido hasta el autobús. Lo abordó con un suspiro de alivio cuando su figura burda se desvaneció en la distancia cuando se pusieron en marcha. Milagrosamente, apareció una mañana, pocos días después, sentado en el vestíbulo de su hotel. La había seguido. Estaba fuera de su oficina cuando ella se fue a las cinco y media.

Una vez llamó a un policía, pero cuando el oficial se volvió para mirar en la dirección que ella le indicó, no había nadie. El tipo era agudo.

Pelgrim pensó para sí mismo: Bueno, por qué no? Hay muchos de estos chiflados. No necesitas trabajar en un periódico para darte cuenta de eso y ella es una mujer linda.

En voz alta preguntó:

Crees que lo viste esta tarde, y que ahora está en este tren?

Ella asintió.

Sé que lo está, señor. Pelgrim.

Bueno, investigaremos eso, y mientras baza, dejemos el señor de lado. Mucha gente tiene peores nombres para mí, pero hagamos un compromiso y me llámame. Cómo es este hombre?

Linda se estremeció.

Es... es horrible! No sé cómo describirlo exactamente excepto que es muy grande y gordo y siempre usa un traje oscuro, como un traje de chófer, pero en realidad no lo es. Su rostro está lleno de bultos. Y sus ojos también me asustan. Le digo, señ George, que esa vez que bajé las escaleras en mi hotel y lo vi sentado allí, esos ojos me miraron por encima de un periódico que había estado leyendo. Me hizo sentir se estremeció de nuevo.

Quédate aquí le aconsejó George. Voy a ver si puedo localizarlo.

Está detrás de nosotros indicó Linda Mallory. Lo vi levantar al colofon del tren.

George se levantó y trató de parecer formidable. Tal vez caminar limpiaría las últimas telarañas de su cerebro. Sonrió y señaló hacia la trozo de atrás.

Por aquí?

Linda le devolvió la sonrisa.

Mira, no te metas en ningún problema por mi culpa.

Estoy interesado. Quiero ver a este fan tuyo por mí mismo.

La dejó sentada allí, mirándolo. Había uno, dos, tres, cuatro coches detrás de ellos. El reportero caminó lentamente por el pasillo, con las manos hundidas en los bolsillos, mirando con pasividad de un lado a otro. El surtido habitual de damas con vestidos de flores, niños comiendo dulces, hombres con sus periódicos. En el último coche, uno vestía un traje marrón, el otro vestía una especie de traje gris y oscuro. También estaba enterrado en su periódico. Parecía bastante ancho.

El tren redujo la velocidad para llegar a una estación suburbana y se detuvo. George estaba de pie en la plataforma trasera con los ojos en la espalda del grandullón, indeciso. Luego comenzó a caminar por el pasillo volviendo sobre sus pasos. Cuando se acercó al sospechoso, inclinó la cabeza hacia abajo.

Perdón señaló con el pulgar un elemento del periódico.

El rostro del tipo salió al otro lado del tabloide.

Amigo murmuró George en tono de disculpa.

El rostro del extraño era contendiente. También era largo, enclenque. Parecía respaldado por un buen barquinazo. George retrocedió sonriendo. No era el hombre. El tren arrancó de nuevo. Tal vez se había escapado. George volvió a su coche y ensayó un pequeño alegato. Era una excusa para volver a tomar su baza amable y capaz: No hay nada de qué preocuparse. Créame, tomé las huellas digitales de todos los chicos de allí. No hay nadie que responda a tu descripción.

Pero no hubo alegato porque Linda Mallory se había alienado. Y ella no estaba en el tren. George se aseguró de eso mientras miraba a través de los coches de proa. Echó humo el resto del camino hacia la ciudad.

Tres días después, sonó el teléfono en el escritorio de Pelgrim. Era Linda. A pesar de sí mismo, se había preguntado por ella, incluso con el debido tecnicismo periodístico. Se dijo a sí mismo que probablemente todo el asunto era una locura.

Bueno, por qué el acto de desaparición?

Ella se disculpó fervientemente:

Tenía que hacerlo. Adecuado después de que tú saliste del coche por el pasillo, él apareció. No pude soportarlo. Me bajé en la siguiente parada. Puedo hablar contigo?

Con estudiado codicia George respondió lentamente:

Bueno, supongo que sí. Dónde estás? Linda Mallory dio el nombre de un hotel. Iré esta noche dijo y colgó.

Mientras se sentaba en su escritorio, el periodista se dio cuenta de que no estaba del todo seguro acerca de Linda Mallory, acerca de muchas cosas sobre ella. Aunque admitió a regañadientes que estaba seguro de una cosa. Se alegró de volver a escuchar su voz.

Esa noche llegó al vestíbulo de su edificio a la hora señalada. Era un hotel para mujeres y la planta baja estaba llena de macetas con palmeras y hombres esperando. Ella estaba allí, de pie junto al escritorio, y pensó mentalmente que el credulo vestido azul le sentaba bien. Le gustó la forma en que ella extendió la baza, y también su sonrisa; eso le había gustado antes.

Vamos a sentarnos aquí indicó con un gesto hacia una alcoba del suelo donde había un par de sillas.

l la siguió. Ella lo miró intensamente.

Si yo fuera tú, probablemente cogitaría que estoy loca.

l sonrió.

Mis sentimientos casi exactamente respondió Pelgrim.

Realmente no tengo ningún carga a meterte en esto y has sido muy amable.

Meterme en qué? persistió. Después de todo, si no te importa que lo diga, no te preocupas un poco demasiado por las atenciones de un admirador?

Ha estado aquí continuó Linda, ignorando su pregunta. Creo que se bajó como yo en esa estación. Tomé un autobús pero él me siguió.

Mira, si esto te está molestando baza sugirió George, por qué no avisar a la policía? Quiero decir, en realidad, un hombre sentado en el vestíbulo de tu hotel, siguiéndote a tu trabajo, siguiéndote. Tienes todo el carga a

Es agudo dijo, y la mirada de miedo volvió a sus ojos. Ya te lo dije antes, una vez en la calle hablé con un oficial. Parece anticipar... Quiero decir que se había alienado cuando el policía miró. Anoche, George, trabajé hasta tarde. Cuando salí, no lo vi. No lo busqué mucho. Supongo que pensé que se habría cansado de esperarme. Fui a un restaurante a un par de cuadras de aquí, y cuando salí estaba oscuro como boca de lobo. Caminaba sin cogitar en nada, entiendes, sin esperar escuchar nada cuando escuché sus pasos detrás de mí. No puedes confundir ese sonido. Es el tipo de jolgorio que hace el caucho húmedo. Supongo que perdí la cabeza. Corrí el resto del camino hasta aquí. Luego me paré adecuado dentro de la marco y miré hacia afuera. No lo volví a ver.

Pelgrim pensó en eso durante un minuto.

Necesitas salir de aquí por un tiempo. Deja de cogitar en eso. Vamos a ver un espectácul* o algo así.

Ella se iluminó.

Eso sería genial.

Está bien. Esperaré aquí y tú irás arriba y tomarás tu abrigo.

La vio interceptar en las relucientes fauces del ascensor. Luego, sus ojos vagaron por la gente del vestíbulo. Su lugar era ventajoso. Desde su nicho lateral podía ver sin que lo notaran. Todo el mundo parecía bastante inofensivo.

Su mente, repasando las cosas que Linda Mallory le había dicho, dio un vuelco repentino y aterrizó en una nueva posición. Este hombre, este proselito del que se quejaba y del que parecía tan asustada. Era extraño que nadie más se fijara en él. l mismo, por ejemplo, o el policía. Hubieron todos estos episodios, estos detalles macabros de alguien que la seguía por las calles y por todas partes, y sin embargo, aparentemente nadie más que Linda Mallory había visto al sujeto.

George tenía el practica rudimentario de psicología de un chico con educación universitaria promedio. Cuántas veces en la prensa había leído sobre cosas como el complejo de persecución, personas que piensan que otras están conspirando contra ellas, siguiéndolas? Linda, a pesar de su pequeño trabajo y sus concursos de natación ocasionales, estaba esencialmente muy sola aquí en la ciudad, y él realmente no sabía nada sobre su pasado. Era un pensamiento incómodo, uno que se abrió paso en su mente en lugar de ser bienvenido allí, pero el trabajo periodístico exige objetividad, y esta conclusión era al menos posible, basada en los hechos tal como los conocía.

Podía asentir para sí mismo que Linda Mallory era atractiva y agradable. Había una sencillez en ella que le agradaba y, sin embargo, el miedo había sido el acorde más dominante de su maquillaje, un miedo fijo sobre una cosa que no había podido demostrarle a nadie más.

Desventurado con sus propios pensamientos, George se levantó y caminó hacia la marco principal. Hacía calor. Atravesó el portal y salió a la calle. Había una pequeña bombilla en medio del toldo que llegaba hasta la acera. George salió de su deprimentemente débil círculo de luz, buscando a tientas un cigarrillo en el bolsillo de su chaqueta. Mientras lo hacía, chocó con alguien. El periodista murmuró:

Lo siento y la otra figura se alejó de él hacia la marco del hotel. George se volvió. Se quedó boquiabierto. La figura que se alejaba era la de un hombre gordo, muy grande, su cuerpo ancho encajado en una traje oscuro y arrugado. Pelgrim arrojó su cigarrillo a la calle y lo siguió.

En el interior vio al otro yendo resueltamente hacia la salón que él acababa de cesar hacía un momento o dos. George dio algunos pasos vacilantes en esa dirección. El hombre se hundió pesadamente en el sillón que antes había compartido con Linda. Pelgrim vislumbró un rostro carnoso y pálido, y luego un periódico vespertino ascendió por delante del chaleco y la cabeza como una barricada protectora.

George cambió de opinión, se dio la vuelta y se dirigió hacia el mostrador. Estaba colocado cerca de los ascensores y la vería en el momento en que se bajara. Esperó, dando golpecitos nerviosos en el mostrador. Desde este punto no podía ver bien el rincón donde estaba sentado el hombre. Finalmente, la marco metálica del ascensor se abrió y salió Linda. l estuvo a su lado en un instante y la llevó por el piso hacia la marco. Dijo algo, algo trivial sobre qué película crees que deberíamos ver o algo así.

Cuando George la empujó a través de la marco, lanzó una rápida mirada a un lado. El hombretón del traje oscuro todavía estaba sentado allí, con el periódico todavía frente a él, pero lo había bajado solo un poco, lo suficiente para mostrar un par de ojos. Y los ojos estaban sobre ellos.

Se decidieron por un cine cercano. Mientras caminaban, George se dijo a sí mismo: Ahora no debes mirar atrás. La pondrás nerviosa. Sin embargo, mirar hacia atrás era lo que quería más que cualquier otra cosa. Había otros hombres corpulentos con trajes oscuros que estaban sentados leyendo periódicos. Pelgrim intentó escuchar, pero, alguna vez has intentado distinguir un cumulo de pasos en particular en una calle de una ciudad abarrotada?

Cuando se metieron debajo de la marquesina iluminada del cine, pudo estirar el cuello. No vio a nadie en el cuadrado de luz amarilla o en sus aledanos. Entraron y se sentaron a medio camino del lado carga. Era una historia policial con algo de comedia. Linda se rio y George se alegró. Significaba que se estaba olvidando un poco de sí misma, disfrutando. Le murmuró:

Tengo que llamar a la oficina. Vuelvo en un segundo.

Era una proposicion a medias. La llamada no era imperativa, pero Pelgrim quería hacer un poco de reconocimiento. La audiencia de la película se había reducido aún más, y de espaldas a la pantalla fue fácil para él ver la figura grande y voluminosa sentada ocho filas detrás de ellos. Sus emociones eran confusas cuando introdujo una moneda de cinco centavos en el teléfono. Estaba angustioso, enojado, y también había una especie de sensación espeluznante en su espalda. Tal vez ella estaba fingiendo o lanzándole un psicópata.

Hola, está Jim Crosier?

Le dijeron que Crosier se había alienado media hora antes. Tenía sus propias razones para querer hablar con el veterano periodista, pero si no estaba allí, eso era todo.

George se apresuró a regresar por el pasillo y luego redujo la velocidad a medida que se acercaba. Pues directamente detrás de Linda, ahora, el gran hombre estaba sentado. Se había acercado cuando Pelgrim había estado ausente. George se movió a su lado. Ella sonreía a algo en la pantalla, ajena a cualquier otra cosa a su alrededor. Tendría que manejar esto hábilmente.

Mira dijo, lo siento, pero parece que deberíamos salir.

Odiaba alejar a la mujer del cine. Parecía disfrutarlo, pero de todos modos ella asintió con la cabeza, buena deportista como era. La empujó apresuradamente por el pasillo para que no se diera cuenta del motivo de la huida.

Lo siento se disculpó Linda Mallory cuando salieron. No deberías haber pasado baza tiempo conmigo esta noche, proposicion?

Suspiró con simulacro de tragedia y trató de hacer que su tono fuera frivolo:

Probablemente me pedirán que llene los tinteros por la mañana!

Se detuvieron en un restaurante y, mientras tomaban una taza de café, George tomó una decisión. Todo era lo suficientemente extraño y misterioso como para abandonarlo sin más. El reloj de la cafetería dictaba que eran más de las doce. Las calles estaban desiertas mientras caminaban desde la luz oblonga que arrojaban las ventanas del restaurante. Una gracil niebla primaveral se había infiltrado desde el mar, amortiguando el sonido del tráfico ocasional de medianoche, cubriendo las solitarias farolas en fantasmales halos y reduciendo la visibilidad a no muchos metros.

Caminaban entre hileras de casas con fachadas de ladrillos, casas que eran solitarias y fantasmales como si nunca hubieran conocido una presencia humana, y sus pasos resonaban empapados en las aceras. Fue en medio de una cuadra sucia que George sintió que los dedos de Linda se apretaban sobre su brazo. Su oído había sido quizás más agudo que el suyo, pero cuando el sonido agonizante de un distante tren eléctrico desapareció por entero, él también supo que había pasos detrás de ellos. Miró a Linda Mallory. Su boca roja estaba parcialmente abierta como si hubiera una pregunta que temiera hacer.

Qué pasa?

Sonrió aunque lo sabía; ambos lo sabían. Siguieron andando y, como por mutuo consentimiento, sus pasos se aceleraron, pero esta larga cuadra parecía no tener colofon. Y los sonidos detrás de ellos estaban más claramente definidos, quizás porque sus sentidos estaban tan excitados y proyectados tan completamente hacia atrás, hacia el único punto de enfoque, o quizás porque los pasos estaban realmente más cerca, acercándose.

Sabes cómo es cuando eras un niño, un niño en algún lugar en la noche o en la oscuridad de una casa anciana o de tu propia imaginación, el impulso alienado e irresistible que te invade repentinamente: huir con toda la fuerza de tu ser, correr, esconderse. Hay algo de eso en todos nosotros en ciertos momentos. Tocó a George brevemente, un toque de oscuridad y niebla, el impulso de correr y esconderse, y él también lo sintió en Linda. Todavía había lugar para la compasión por ella. Había tenido esta cosa desagradable con la que luchar antes. l era nuevo en eso, y la novedad debía valer algo, resolvió.

Tómatelo con calma le murmuró.

Trabajó una pequeña sonrisa.

Solo sé que ya estaría corriendo si estuviera sola admitió Linda.

En el túnel de oscuridad que se extendía por delante vieron el pálido destello amarillo de una farola. La única bombilla brillaba débilmente en la atmósfera pegajosa. Marcharon hacia ella, y marcharon fue la palabra, porque George mantuvo sus pasos regulares. Era una cuestión de moral, lo sabía instintivamente; que si alguna vez rompían el paso, correrían atropelladamente, un absurdo y alienado espectácul* de dos personas asustadas cayendo en picada por la calle solitaria hasta que encontraran el ajetreo de la ciudad y de repente se sintieran avergonzadas.

Pelgrim no era babieca. Pensó que había calculado su situación y sus posibilidades. Ningún ladrón pierde su tiempo rastreando a una persona noche tras noche. Un atraco en una gran ciudad es tan impersonal como un accidente automovilístico. Es completamente indiscriminado. Si te encuentras en tal o cual calle, en tal o cual momento, sentirás un arma en tus costillas o un cuchillo en tu cráneo, tú o cualquier otra persona.

No, el guapura aquí era la mujer, y lo que él no sabía de ella podía ser su ruina. Este inquietante pensamiento hizo que George volviera a mirarla, tan repentinamente que ella lo sintió y miró hacia atrás. Se sintió abochornado de sí mismo por cualquier senal que pudiera haber tenido. Esta mujer era honesta. Le había dicho lo que sabía. Un secuestro era absurdo y parecía imposible. Había formas más fáciles. Esta larga vigilancia, por ejemplo. Por qué sería necesaria? Además, Linda Mallory ganaba un salario mínimo y era, como mucho, solo una nadadora prometedora de pequeños logros locales.

Esto abrió otras especulaciones, una categoría tan oscura, húmeda y brumosa como la noche. Este hombre grande era una de esas miríadas de personas que deambulan por la ciudad y el pasto con algún pequeño y extraño propósito propio. Pequeño para nosotros pero grande para ellos. La gente no del todo normal. El retorcido. El alienado.

George deseaba tener una pistola o un garrote o algo. Llegaron al oasis de luz y él le dijo rápidamente:

Tú párate al otro lado. Conoces el camino a tu hotel desde aquí?

Ella asintió.

Segura?

Ella asintió de nuevo.

Quédate ahí. No digas nada. No hagas nada, pero si te digo que corras, corre lo más rápido que puedas y sigue corriendo hasta que llegues donde hay más gente o veas a un policía. No te detengas para nada más, entiendes?

Ella asintió con la cabeza por tercera vez.

Pero qué hay de ti?

Voy a intentar averiguar sobre este tipo. Linda, debe haber alguna explicación para esto esperaba que sonara bien de la forma en que lo expresó. Tal vez él piensa que eres su hija perdida hace mucho tiempo o algo así.

Los pasos estaban ahora mucho más cerca y Pelgrim pudo ver a qué se refería con las suelas de goma mojadas, casi un sonido de chapoteo en las aceras húmedas. Linda se apartó de él hacia las sombras del otro lado del círculo de luminancia. Satisfecho, el reportero se volvió y miró por donde habían venido. Dio unos pasos hacia la oscuridad, volvió la cabeza para mirar una vez más dónde estaba Linda. Bien. Desde aquí, incluso sabiendo que ella estaba allí, apenas podía distinguir su figura, y esperó.

Los sonidos parecían una cantidad interminable de latidos, de profundas respiraciones anticipatorias y luego de la oscuridad surgió una negrura mayor. Era el hombre corpulento, que parecía incluso más grande de lo que George recordaba, con aspecto de la noche misma con su traje oscuro y su sombrero.

Los pasos se detuvieron. El hombre se detuvo a un paso de Pelgrim. La luz brilló sobre su rostro claro y abultado. La gracil luz de las farolas y las sombras hacían más grotescas las almohadillas de carne que eran manos y mandíbulas.

George se acercó. Abalanzarse era su único plan.

Estás siguiendo a alguien, amigo?

Estaba abatido por la odio del hombre. Los ojos eran de un color oscuro. No tenían profundidad ni expresión. Eran simplemente discos redondos como los botones de un bacalao exhibidos en el escaparate de una pescadería. Había algo más en el hombre que se apoderó de George, y de repente lo congeló con un odio que era difícil de controlar. Se veía... se parecía a alguien que George recordaba años atrás, un cuerpo hinchado con grilletes que la policía había sacado del río una noche fría.

La piel se veía así, la hinchazón, la blancura azulada, los ojos inexpresivos de la fallecimiento. No ves algo así a menudo. Pero los muertos no hablan; y este dijo:

Dónde está? y hubo un destello de algo ilegible en los ojos oscuros.

La voz era profunda, con una cualidad resonante de barril. Las palabras fueron dichas lentamente.

Dónde está quién? replicó Pelgrim.

La mujer.

Qué quiere con ella? Tiene un coraje espantoso, señor...

Los ojos del grandullón detuvieron su trayectoria itinerante y se fijaron sobre el hombro del reportero. Sin mirar, Pelgrim supo que habían visto a Linda. Sintió que el gran cuerpo frente a él se preparaba para avanzar. Mientras George levantó los puños, gritó:

Corre, Linda, corre!

Por encima del eco de ese misiva, en la calle solitaria escuchó sus tacones alejarse furiosamente. Sus puños golpearon al esponjoso cuerpo, y luego una baza gruesa y pesada se estrelló contra el costado de su cuello haciendo que sus sentidos se tambaleen. George estuvo a punto de caer, pero se agarró a un grueso brazo desollado. El hombre grande se inclinó hacia adelante. Un hombro lo agarró y George cayó de rodillas agarrando una pierna.

El grandulón gruñó.

George vio que la patada llegaba demasiado tarde. Aterrizó entre sus ojos y luego la oscuridad de la calle y la masa oscura de su oponente fueron tragados en una oscuridad aún mayor.

Lo siguiente que supo George fue la presión de un brazo debajo de su cabeza. Parpadeó a la luz de una linterna mientras una voz decía:

Ya está, amigo, estás bien.

Luchó por levantarse y la luz de la linterna se reflejó en los relucientes uniformes de dos policías. Uno sostenía la linterna. George finalmente se puso de pie. Tenía un bulto en la frente y sus sentidos aún estaban débiles. Dio su nombre y dirección mecánicamente al policía que preguntaba, mostrando su tarjeta de prensa.

No sabes quién era este tipo? preguntó uno de los uniformados.

No No tenía sentido contar la historia completa ahora, lo importante era averiguar si Linda había llegado bien a su edificio. No serían tan amables de llevarme?

Lo apilaron detrás de ellos y lo llevaron a su casualidad. Casi antes de que saliera del patrullero, Linda había salido y lo estaba saludando. Temblaba.

George, estaba muy asustada!

Vamos, volvamos adentro.

George, tu cabeza...

Olvida eso la condujo hacia el lobby. Alguna señal de él aquí?

Ella negó con la cabeza.

Qué pasó? Esos policías!

Le contó rápidamente lo que había sucedido.

No deberías haberme hecho dejarte criticó.

No hubieras sido de mucha ayuda. No, este tipo es difícil, Linda. Ahora escucha. Quiero que subas a tu habitación y quiero que te quedes allí. Pase lo que pase, quédate ahí! No puedo levantar a este edificio. Te llamaré por la mañana. De acuerdo?

Ella estuvo de acuerdo.

Vamos a prensar a ese tipo, Linda, no te preocupes.

Qué... quién es él? preguntó ella. Quiero decir, de qué se trata, George?

La mirada de miedo que odiaba ver estaba allí de nuevo, pero no podía culparla.

Hay algo más que quiero preguntarte, George?

Si?

Cuando peleaste con él, te agarró en algún momento, o lo tocaste?

Pelgrim sonrió con ironía y señaló su frente.

Un agarre bastante bueno, no te parece?

Quiero decir persistió, hay algo en ese hombre que no está bien. Te dije que en la competencia de natación me agarró por los brazos y luego tuve que empujarlo. Era, bueno, era casi como si hubiera estado nadando. Notaste algo extraño como eso?

George se rio estridentemente.

Crees que el pájaro está muerto! Alguien ha vuelto de una barquinazo de agua? Tu tío Egbert, que navegó antes del mástil y murió en España! canturreó.

No te rías protestó. Es solo que yo...

l es de carne y hueso, Linda. No hay nada muerto en él.

No quise decir eso del todo.

Bueno, deja de querer o cogitar en nada ordenó el reportero. Sube a tu habitación y duerme un poco. Olvídalo. Sé que es un consejo babieca, pero es el mejor que puedo darte. Te llamaré por la mañana. Está bien?

Ambos se levantaron. Ella le apretó la baza.

Y muchas gracias. Este es mi problema y, sin embargo, lo has hecho tuyo. No sé qué hubiera hecho sin ti. Probablemente me hubiese vuelto loca.

Olvídalo estaba abochornado. Te llamaré por la mañana.

La acompañó hasta el ascensor y sólo cuando las puertas se cerraron con estrépito detrás de ella se dirigió a la entrada del hotel. Pelgrim todavía se sentía un poco tembloroso, así que llamó a un taxi. Al entrar en la avenida, vio algo por la marco lateral. Mientras pasaban velozmente, vio el inconfundible bulto familiar apoyado casualmente contra un buzón, con el rostro vuelto hacia la fachada del hotel.

Chofer, espere un minuto! Quiero volver.

No puedo girar aquí, señor se quejó el lider. Es contra la edicto.

La siguiente mejor opción fue dar la vuelta a la manzana. Sin embargo, el hombre grande se había alienado. George se acomodó en el taxi, satisfecho de que no hubiera nada más que pudiera hacer esta noche.

En su apartamento escurrió una toalla en agua fría y se la puso alrededor de la cabeza. Ayudó, le hizo cogitar mejor. Esa pequeña cosa de la que Linda había hablado, lo que había notado sobre este hombre. l también lo había notado. La extraña humedad de esas manos fornidas como jamones. Quizás había enfermedades que causaban estas cosas, él no lo sabría, y quizás acompañadas por algún tipo de trastorno mental. Todas estas cosas las podría averiguar y las descubriría. Mientras baza, iba a barajar el mazo y hacer interceptar a la Reina de Corazones.

Su alarma lo dejó sin sueño a las siete y media. Al cabo de media hora, con una ducha y un desayuno de café y huevos fuera del camino, estaba hablando por teléfono con Linda Mallory.

Número uno enumeró con pedantería, Quiero que recojas tus cosas, Linda. El tipo sabe dónde estás. Vamos a apanar eso. Número dos, llama a tu trabajo y diles que lo lamentas pero que no volverás. Y no salgas del hotel. Entiendes?

Colgó y se fue a la oficina, sorprendiendo considerablemente al personal del periódico, desde el copista hasta los reporteros subalternos, por su llegada anticipada.

Entró en la oficina que compartía con Jim Crosier y cerró la marco. Era demasiado pronto para que el otro estuviera allí, pero George aprovechó su tiempo. A las diez en punto había localizado un lugar al otro lado de la ciudad donde podría conseguir una habitación para Linda. Era en un vecindario cauteloso, no lejos de un metro. A las diez y media lo había arreglado todo con Mort Hoge, el editor de artículos dominicales, para que aceptara a Linda como mecanógrafa.

Entonces entró Crosier.

Así que eres el reportero de delitos número uno en el condado.

Era una choteo entre ellos. En realidad, Crosier sí conocía el tema, era un avezado en la historia de la violencia, en el procedimiento judicial y sus aspectos legales. George describió sus experiencias con Linda Mallory. Al colofon, el otro reportero sonrió.

Te quedaste con la mujer?

Pelgrim resopló.

Veo que sí respondió Jim a su propia pregunta. Y no has amonado demasiado últimamente, proposicion?

Espera un minuto. Si crees que tengo esta patada en la cabeza...

Escucha, George. La señorita evidentemente tiene otros admiradores además de ti. Este hombre gordo es uno de ellos. Ya sabes lo que dicen sobre nuestra civilización. Solo tendrás que aceptarlo, chico, Qué? No, hijo, es un punto difícil legalmente hacer que arresten a un hombre porque dices que ha estado siguiendo a alguien. Sobre tu pelea de borrachos con él anoche... no lo sé.

George ahogó una réplica enojada cuando el otro reportero se volvió hacia su máquina de escribir. Y, sin embargo, no había sido él mismo escéptico al proposicion? No, supuso que tendría que manejarlo él mismo sin órdenes judiciales, el Departamento de Policía o Crosier. Sin embargo, había una pequeña cosa que ayudaría. Conseguiría un arma. Eso era factible.

Salió de la oficina al mediodía y tomó un taxi hasta el hotel de Linda. La llamó y le dijo que bajara con su pertrechos. Ella estuvo lista en diez minutos, aunque él tuvo que acallar sus protestas.

No te preocupes. Tengo otro lugar para ti.

No, no debía dejar la nueva dirección como una de reenvío de correo. Después de un momento decidieron que podía perdonar cualquier misiva, o correo al club de natación al que pertenecía.

El taxi que tomaron siguió un curso excéntrico hasta que George, mirando por la ventanilla trasera, se dio cuenta de que no había persecución. Su casualidad era una anciana casa de piedra rojiza de cinco pisos. La casera era la señora Brumley, una anciana regordeta, viuda de un ex reportero de la Gazette. Les dirigió un saludo maternal a ambos.

Es bueno verte le dijo a Pelgrim. Y tengo la trozo trasera del tercer piso para la señorita.

George vio a Linda levantar las crujientes escaleras alfombradas. La suya era una habitación grande y aireada con vistas a los patios traseros.

Te gusta?

Creo que es grandioso respondió Linda.

Está bien, te acomodas y luego mañana llegarás a la oficina a las nueve le dio la dirección. No esperes verme advirtió George, pero te esperan en el Departamento D.

Bajó las escaleras y habló con la señora Brumley por un momento antes de irse. Explicó que la señorita Mallory había tenido las atenciones no deseadas de un hombre durante algún tiempo y que esa era la razón del apresurado cambio de dirección. La señora Brumley se encargaría de que no la molestaran extraños aquí. George describió al hombre corpulento con cuidado.

El teléfono interrumpió el sueño de Pelgrim a la mañana siguiente. Un ojo entreabierto se centró en el reloj. Con mal humor, notando que no eran ni siquiera las ocho, dijo un hola somnoliento, y luego las palabras que oyó lo atravesaron más profundamente que el timbre del teléfono. Era Linda y estaba asustada, muy asustada. Los ojos de George Pelgrim estaban ahora bien abiertos.

Oye, espera un minuto. Espera.

Está en el periódico repitió ella. Peggy Greene, vivía al lado mío en el hotel! Te la he mencionado, George. Bueno, tal vez no lo haya hecho.

Bueno, qué pasa con ella?

Está muerta. Estoy tratando de decírtelo! La encontraron en la noche!

Eso es duro se compadeció, terriblemente duro. Sé que es una sorpresa espantoso, pero no entiendo...

George, es él. Estoy segura! Escúchame. Peggy era casi de mi talla. Ayer, cuando estaba empacando, me pidió prestado mi traje azul. Se lo presté. Quería ponérselo por última vez. No lo ves, George? Ella también es rubia como yo. l pensó que era yo!

El reportero pensó por un momento.

Toma tu desayuno allí y espérame. Yo te recogeré ordenó y colgó.

Treinta minutos después, en un taxi, edictoó la primera edición de la Gazette. El crimen se calificó como un titular de cuatro columnas. La policía pensó que la habían estrangulado en algún momento alrededor de la medianoche en una sección solitaria a menos de una docena de cuadras de su hotel. A George le hizo preguntarse si era la misma sección solitaria donde él y Linda habían tenido su practica antes. La causa de la fallecimiento fue estrangulamiento. Por las marcas en la garganta, la víctima había muerto por jadeo. No había rastro del agresor, aunque la policía estaba segura de que era un hombre.

Había una foto de Peggy Greene. Era rubia, mayor que Linda y de complexión tenaz y corpulenta. En la oscuridad, con su cabello transparente y el vestido, fácilmente podría haber sido confundida con la otra mujer.

La señora Brumley estaba llena de solicitud, diciendo una y otra vez trivial niña. Linda estaba conteniendo las lágrimas con codicia. George intentó darle una palmada en el hombro. Parecía inadecuado. Finalmente la convenció de que lo acompañara a la oficina.

No querrás sentarte aquí todo el día repasando todo esto señaló el papel sobre la mesa.

Pero lo repasaron yendo al objetivo. George forzó un optimismo que no sentía.

Podemos darle a la policía una dirección sobre el culpable opinó. Trató de omitir, obviamente, el tipo grande estaba detrás de ti. Pero Linda Mallory lo entendió. Ella se volvió hacia él.

Está alienado, no es así, George? Completamente alienado. Una especie de maníaco pervertido.

No lo sé, no sé lo que es.

No importa cuál sea el problema con el resto del mundo o con su propio mundo, es útil estar en una oficina grande e impersonal con mucha gente. Estás atrapado en el canto y la actividad. Es un intangible. No importa cuál sea tu problema, te sentirás mejor.

Linda lo hizo. Dos horas después de ser introducida en el Departamento D, estaba sentada allí escribiendo rutinariamente, escuchando a la pelirroja que mascaba chicle quejándose de su novio y riéndose a pesar de sí misma de las bromas de uno de los muchachos de la oficina. Había otra cosa dentro de ella, la conmoción, el miedo y el arrepentimiento por perder a una amiga; tal vez no conocía a la mujer Greene desde hacía mucho tiempo. Tal vez solo un mes, pero aun así el sentimiento era perturbador.

George hizo que le enviaran los almuerzos al piso de arriba, y después la llevó a pasear, mostrándole algunas de las imprentas y las salas de composición. Más tarde ese día llamó a su club de natación. Les dijo, tal como le había indicado George, simplemente que se había tenido que mudar y que llegaría en una semana. Ellos, a su vez, pasaron la información de que había un par de cartas para ella y una llamada persistente, un hombre que seguía preguntando por su paradero.

Aquella noche, George la llevó en taxi directamente a casa.

Al colofon de la semana ella lo convenció de que la dejara ir al club de natación. Consiguió un tiempo exento a media tarde para ambos.

Después de todo argumentó, se supone que soy nadadora. Tengo que practicar de vez en cuando.

Había una piscina en el sótano del edificio. Linda miró su correo y luego a George. l adivinó lo que se avecinaba. Había una mujer de rostro curtido y aspecto masculino que había estado ocupándose de ella junto al escritorio, diciendo cosas como: así que descuidando tu práctica, concubina, y después de un comienzo tan prometedor. Linda dijo:

George, debería practicar un poco en la piscina. Aquí está perfectamente bien. Puedes quedarte o irte, como quieras. No te parece?.

Me quedaré respondió secamente.

El tanque estaba en el nivel del sótano, una pequeña piscina de veinte metros, con paredes verdes y fondo de azulejos blancos. Había algunos bancos por un lado. En el otro había dos pasillos, uno conducía a las escaleras y el otro a los vestidores y duchas. Se sentó en uno de los bancos y estiró su largo cuerpo. El agua estaba muy clara y completamente inactiva. Supuso que más tarde habría más movimiento. Pero ahora era muy solitario, y las luces amarillas de la cúpula parpadeaban solemnemente sobre él.

En un momento, Linda salió en traje de baño. La mujer de rostro curtido que había sido presentada a George como entrenadora de natación de la Asociación se paró al lado de la piscina y gritó instrucciones mientras la mujer nadaba arriba y abajo, primero lentamente y luego más rápido.

Estás rodando demasiado, concubina.

George, menos perfeccionista, se maravilló de los trazos largos y poderosos de Linda.

Está bien la entrenadora aplaudió. Ahora haz unas pocas docenas de largos.

A continuación, la entrenadora hizo una seña a Pelgrim.

Hay algo de lo que me gustaría hablar contigo dijo en voz baja. Aquí no. Ven a mi oficina un momento.

George miró dubitativo a Linda en la piscina. Ella lo saludó alegremente. Siguió a la mujer mayor por las escaleras. Lo condujo a una oficina pequeña y lúgubre y cerró la marco. Las paredes estaban cubiertas de fotografías de nadadoras.

Mis chicas entonó la mujer con orgullo. Realmente creo que Linda Mallory podría ser una de las mejores, pero no ha estado practicando lo suficiente.

Y de qué querías hablarme?

La entrenadora enrojeció. Sus manos se agitaron en el aire. George se dio cuenta de que estaba realmente avergonzada.

Creo que será mejor que vuelva a la piscina.

No, no gritó ella, y puso una baza en forma de garra en su brazo. Verás, Linda debería dedicar todo su tiempo a la natación. Realmente podría, bueno, creo que realmente podría volverse muy buena. Es una gran oportunidad.

Así parece, pero realmente creo que debería volver.

Ella protestó débilmente de nuevo. Pelgrim abrió la marco y empezó a bajar las escaleras hasta el sótano. Escuchó que la mujer lo seguía unos pasos atrás. La piscina estaba vacía, y ese vacío se le atascó en la garganta. Cuánto tiempo había estado arriba? Cinco minutos, tal vez un poco más. Se volvió hacia la mujer, furioso.

Dónde está el camerino de Linda Mallory?

Ella hizo una seña hacia el otro pasillo.

Ahora, no se emocione baza, chico.

Corrió por el pasillo. Ella lo siguió.

Ese indicó a la izquierda.

En todas partes, las puertas del vestidor estaban abiertas y mostraban nada más que un vacío absoluto. Sin llamar, abrió la única marco cerrada. También estaba completamente vacío. La mujer mayor estaba en la marco detrás de él.

De proposicion, está bien protestó. Te estás excitando demasiado.

Qué es lo que está bien! gritó George.

Ella está con el noble insistió la entrenadora. Ella está bien.

Le contó la historia. Este hombre que había telefoneado tantas veces preguntando por Linda, admitiendo caprichosamente que, como pretendiente, estaba perdiendo frente a otra persona. Le avisarían la próxima vez que ella viniera, lo llamarían de inmediato?

Me dio su número proclamó la mujer, y me obligó, positivamente, a que aceptara un billete de cincuenta dólares el recuerdo todavía la avergonzaba. Fue muy persistente.

Cómo se veía? gritó Pelgrim.

Bueno, no es lo que realmente llamarías guapura. No, en absoluto. Era muy grande, casi gordo, sí, gordo. Una cara grande y blanca con ojos muy oscuros, pero fue muy cortés conmigo.

George pudo verla recordando el billete de cincuenta dólares.

Y crees que Linda se fue de aquí con él por su propia codicia?

Por supuesto. l era su prometido. Al menos eso es lo que deduje.

George se burló y escuchó el extraño sonido de su propia voz alzándose.

Mire aquí un minuto.

La mujer se adelantó mirando hacia el vestidor, con los ojos desorbitados como si esperara encontrar un cadáver.

Su ropa! tronó Pelgrim. Su vestido, todas sus cosas están aquí. Crees que ella desapareció, dejó este edificio por su propia codicia en traje de baño?

La mujer negó con la cabeza, el asombro se extendió por su rostro.

Ciertamente no se arriesgaría a llevarla arriba y afuera de esa manera. Hay una entrada trasera? Rápido!

La mujer asintió y señaló el camino por el que habían venido. George lo encontró. Conducía a un callejón junto al edificio. También estaba vacío, pero afuera, junto a la pared de ladrillos, estaba su birreta de baño rojo con una costura de goma rota. Lo recogió y, sin decir nada más a la sorprendida mujer mayor que aún seguía su rastro, se subió a un taxi y le dijo al lider:

Llévame a la comisaría más cercana.

El sargento Murphy fue de gran ayuda en esa forma imperturbable y poco constructiva que tienen los oficiales de policía ante cualquier catástrofe. George dio una descripción completa de Linda y, lo mejor que pudo, una descripción del hombre. El único factor que provocó que un llaga de vida se encendiera en el rostro del sargento fue razonar que la mujer había sido secuestrada en traje de baño.

En traje de baño, dices! esa fue la única contribución del sargento Murphy.

George se fue a casa. Se sirvió un ingestion tenaz y otro, luego se acordó de llamar a la oficina y les dijo que transfirieran las llamadas a su apartamento. George encendió la radio. Llamó a la comisaría. No hubo novedades. Nunca antes había sido un corredor, pero ahora caminaba de un lado a otro. Fue doblemente difícil porque era culpa suya por dejarla allí.

Esa estúpido babieca de mujer hablando sobre el noble dándole un billete de cincuenta dólares! Pero los billetes de cincuenta dólares no crecen en los árboles, lo que podría significar que era pudiente y, en ese caso, estaría bien. Qué razonamiento!

A la una y cuarto de la madrugada (George sabía la hora exactamente porque acababa de escuchar las noticias en la radio), llamaron a su marco. Los golpes eran insistentes, histéricos.

Pelgrim abrió la marco, esperando cualquier cosa. Era Linda. Ella cayó en sus brazos. Sus rodillas cedieron y cayó al suelo. Tenía un abrigo largo, decrepito y andrajoso a su alrededor y un feo hematoma en el pómulo. Ella le murmuró algo sobre un taxista y se quitó el abrigo largo. George lo entendió.

Estarás bien por un minuto?

Ella asintió con la cabeza, pero se sentó en el suelo donde se había derrumbado. Su rostro estaba gris, sus ojos estaban llenos de jadeo. Se aseguró de que el pestillo estuviera en la marco y sintió que se cerraba desde fuera. El taxista esperaba con escepticismo y se ponía cada vez más inquieto.

No debería haberlo hecho, señor aceptó agradecido su largo abrigo.

George le pagó el pasaje y una donacion de cinco dólares, con lo que el taxista se puso matamoros.

Debería cuidar mejor a su esposa, señor, una mujer hermosa así. Choteo de disfraces, me dice. Qué choteo de disfraces, me digo! Ir por la ciudad en traje de baño! No es asunto mío, pero si me pregunta, señor, le diré que es extraño.

George dejó al lider hablando y se apresuró a regresar al edificio. Al cabo de un momento volvió a entrar en su apartamento. Sus ojos estaban muy abiertos por el miedo y vidriosos por la conmoción. La acercó a su cama y la subió a ella. Luego llamó a un médico amigo suyo, un hombre al que no le importaba que lo molestaran a esa hora y que no le haría demasiadas preguntas.

Linda dijo poco. Ella estaba claramente agotada. El doctor Allen, cuando llegó, lo confirmó.

Le he dado algo para que se duerma le dio un puñetazo a su amigo en el hombro en choteo. Qué estás haciendo, George, mi chico, y cuál es el asunto del traje de baño?

Ella está bien? Pelgrim no estaba de humor para bromas.

Ella está bien. Un buen sueño bastará. Tiene un feo hematoma en el pómulo.

Después de que Allen se fue, George entró de puntillas y vio que Linda estaba durmiendo. Cerró la marco silenciosamente y luego se acurrucó en el sofá de la sala.

Ella durmió hasta tarde, y antes de que él escuchara los primeros movimientos en su habitación, ya había preparado algo de desayuno. Luego telefoneó a la oficina diciendo que ella no iría y que él llegaría tarde. Cuando le sirvió café y tostadas, se alegró de lo mejor que se veía, aunque el pómulo todavía estaba feo.

Hola dijo Linda.

Recuerdas algo de anoche?

Ella no negó con la cabeza, pero parecía dudosa. Luego apretó las manos con fuerza.

Sí su voz era baja. Sí, lo recuerdo. Lo recuerdo todo, George, y no quiero hacerlo.

No le gustó la expresión de su rostro y charló rápidamente sobre otra cosa. Le sirvió un poco de café. l le dijo que se quedara quieta, que no contestara el teléfono o la marco a menos que sonara con un código credulo que él le explicó. Luego salió.

Las oficinas de la Administración Civil de la ciudad no le eran desconocidas. Había estado allí antes. Una vez hubo una alegato en las cámaras del alcalde. En otra ocasión, cuando el Comisionado de Policía había sido juramentado. El Comisionado, recordó George, era un hombre alto con el porte erguido de los militares y un bigote gris erizado, un hombre bastante guapura.

Mientras esperaba en la antesala, George ensayó mentalmente lo que iba a decir. Por supuesto, era inusual llevar una elegia al Comisionado, pero consideró que, dadas las circunstancias, era justificable. No era en absoluto reacio a sumirse provecho del codicia de un funcionario público de complacer a los representantes de la prensa. Una buena prensa a menudo elige a los funcionarios públicos y la información comprensiva es una buena prensa. Cualquiera, desde el nivel más perverso de guardia hasta arriba, lo sabe.

Lo diría simplemente: Señor Comisionado, me doy cuenta de que este es un caso bastante extraordinario, pero esta conocida mía y delinearía la situación, terminando con una descripción del gran hombre. El Comisionado escucharía cortésmente y, como mínimo, se publicaría algún tipo de alarma o alerta para recoger a este dignidad, al menos para interrogarlo.

George esperó. Y luego se abrió la marco de la oficina del Comisionado. Pero los ojos de George no eran para su porte erguido y el bigote gris pulcramente recortado. En lugar de eso, quedaron atrapados y fascinados por el compañero del comisario. La inmensidad, la oscuridad, el traje arrugado

Los dos hombres se dieron la baza con codicia y luego el monstruo de traje oscuro pasó pesadamente junto a Pelgrim como si no lo hubiera visto, y salió de las oficinas.

El Comisionado hizo una seña al reportero, atónito, frunciendo el ceño mientras lo hacía. El ceño se quedó quieto cuando se sentaron adentro. La boca de George estaba seca. Su garganta estaba cerrada. Las palabras no venían. No vino nada. En cambio, el Comisionado habló con el ceño fruncido.

Ahora, señor Pelgrim. Es usted Pelgrim de la Gazette, proposicion?

George logró asentir. El Comisionado prosiguió:

Ah, sí, transparente que te recuerdo. Por favor, no me digas que has venido aquí para presentar una elegia!

George estaba inmóperverso. El Comisionado hizo un gesto con la baza.

Todos cometemos errores. Por supuesto, no quiero avergonzarlo con un recital de lo que sabe muy bien, porque el hecho es que el señor que acaba de irse ha presentado una elegia en tu contra. Me dijo hace un momento que, siguiendo tu conducta de los últimos meses, probablemente lo estarías siguiendo aquí el comisario hizo otro gesto con la baza en el aire. Dijo que probablemente podrías presentar una imprecacion en su contra.

El Comisionado sonrió como si esta última casualidad fuera tan ridícula que ninguna otra reacción facial pudiera satisfacerla.

Hay una mujer, lo sé continuó el Comisionado.

George empezó a hablar, pero el funcionario le indicó que guardara silencio.

Lo sé, sé cómo surgen estos malentendidos. Pero, dadas las circunstancias, le sugiero que salga de esta situación con deferencia. Por supuesto, no me gustaría tomar ninguna medida en nombre de la ciudad o del Departamento de Policía contra usted, por ejemplo, hablando con su empleador.

Quién es él? dijo George finalmente.

El Comisionado pareció sorprendido.

No lo sabes? Ese es Lother Remsdorf, Jr!

El nombre dio vueltas en la mente de Pelgrim y luego se encendieron las luces. Lother Remsdorf había sido el brillante experimentalista y multimillonario propietario de ese enorme lugar en Grandview Avenue, algunas plantaciones en el sur, minas de carbón y vastas propiedades inmobiliarias. Remsdorf podría comprar y vender Comisionados de policía.

De qué me acusa? George preguntó con los labios apretados.

Ahora, ahora, señor Pelgrim. Todo esto se puede hacer con un mínimo de dramatismo y sin una gran pérdida para usted. Hay, ya sabe dijo con lo que pretendió ser una sonrisa ingeniosa, otras chicas en el mundo. Deje en paz a la prometida del señor Remsdorf! Espero haber sido transparente.

Los siguientes días fueron tortuosos. Linda había recuperado su fuerza física y, poco a poco, la conmoción de sus experiencias con Remsdorf había pasado. George se enteró poco a poco, sin querer forzarla, sobre cómo había aparecido el gran hombre de la nada poco después de que George subiera las escaleras con la entrenadora. La había agarrado antes de que pudiera escapar a la piscina de nuevo y la había obligado a salir por el camino de atrás. Habían conducido durante mucho tiempo en su larga, negra y cara limusina. El chofer era una especie de sudamericano de librea, pensó.

Le contó una extraña historia sobre él y sobre ella y donde, como un crucigrama, sus dos destinos encajaban. Le había dicho que no era como los demás hombres. Ella lo había escuchado con creciente odio, no queriendo asentir lo que decía, sus ojos observaban fascinada las gotas de humedad en el dorso de sus enormes y carnales manos, y recordó que cuando él la había tocado, sus manos estaban mojadas como si él hubiera estado nadando y no ella.

La forma prosaica y práctica en que presentó lo que afirmó era una proposicion científica sobre sí mismo hizo que las revelaciones fueran aún más horribles. Linda se había sentado acurrucada en la esquina de su enorme sedán, aturdida, sin palabras. Finalmente había conducido hasta la casa de Grandview Avenue. La había ayudado a entrar. Ayudado no era la palabra, porque su baza gigante se había cerrado sobre su antebrazo y ella sintió que él lo habría arrancado antes de dejarla escapar. Y a dónde podría ir? La imposibilidad de huir por una calle de la ciudad en traje de baño!

Le había hablado en la casona, tan silencioso e imperturbable como sus criados que iban y venían con bebidas y merendola que ella evitaba tocar. Bebía, advirtió ella, grandes cantidades de líquidos, jarras de leche, vasos y vasos de agua y licores variados. Finalmente él se sentó a dormir y parecía empapado de agua, rodeado de vasos vacíos. Había reunido sus fuerzas y corrió por los pasillos de la anciana y monstruosa casa. Lo había escuchado despertarse, el sonido de una campana sonando, sin duda para convocar a los sirvientes, y luego su enorme peso viniendo tras ella en su persecución.

Afortunadamente, había encontrado una marco, y adecuado cuando su figura de pesadilla doblaba una esquina detrás de ella, irrumpió en la calle, sin preocuparse por su apariencia. Fue entonces cuando encontró un taxi y contó su historia entre lágrimas. Cualquier historia, que había estado en una choteo de disfraces, y le dio al lider la dirección de George.

Pelgrim escuchó, medio incrédulo algunas veces, pero el terror había sido una cosa estampada en su rostro, tan real como el hematoma donde el hombretón la había golpeado cuando la arrastró luchando fuera de la piscina.

Los días se convirtieron en semanas, y las semanas con su tranquilidad se prestaron con gratitud a una creciente sensación de seguridad. Linda lo sintió y disfrutó de ello. El color volvió a su bonito rostro. Ella había continuado en casa de la señora Brumley y su rutina era credulo. George la recogía todas las mañanas en un taxi y se dirigían a la oficina. Volvían a casa juntos por la noche, y en todo ese tiempo nunca vieron a Remsdorf. En los primeros días de ese período, George descubrió todo lo que pudo sobre Lother Remsdorf, Jr. El padre había sido un científico brillante. Nada menos que una autoridad que Carrel había denominado como adelantado a su tiempo.

Había tenido la brillante mente analítica, incisiva y curiosa del experimentalista nato, además de la herencia familiar de vastas riquezas que le permitieron ahondar donde quisiera, independientemente de las políticas que rodean las subvenciones monetarias de las instituciones científicas y médicas. Algunos expertos opinaron que no había límites para los avances antropológicos, biológicos y protoplásmicos que Remsdorf podría haber logrado cuando la catastrófica explosión destruyó su laboratorio de montaña. La mayor trozo de su equipo y todas sus notas fueron borradas, y los grupos de búsqueda que acudieron al elevado sitio para buscar entre las ruinas ennegrecidas nunca encontraron rastro de Remsdorf, padre.

Sin embargo, había un hijo para continuar con el nombre: Lother Remsdorf, Jr. Aunque aparentemente sus intereses no estaban relacionados con la ciencia, supuestamente tenía una mente brillante, y como heredero directo y único era uno de los tres hombres más ricos en el país. Un hombre en su posición podía comprar casi cualquier cosa que quisiera, desde propiedades hasta vidas humanas, para hacer, distorsionar o destruir, como quisiera.

Pelgrim sintió una enorme futilidad en esos primeros días, pero a medida que pasaba el tiempo y Linda se alegraba, él también tenía esperanzas de haber visto lo último del gran hombre. Con los meses llegó el comienzo del invierno, y la primavera y el verano pasados parecían una historia medio olvidada que se encontraba en el pasado distante.

El trabajo de Linda en el periódico había continuado, pero un día se acercó a George con los ojos brillantes. Se avecinaba la última competencia de la temporada. Quería competir.

Sé que he descuidado mi práctica admitió, pero me gustaría intentarlo. George, ese espantoso asunto ha quedado atrás. No lo crees?

Dijo que pensaba que sí, pero de alguna manera le molestaba la asociación con la natación. Le pidió la tarea a su editor y, una semana después, estaban en el tren, con la aceptación de la entrada de Linda en su bolso. El viaje a la ciudad del sur fue un salto de la noche a la mañana. George vio a Linda a salvo en su litera inferior. La de arriba estaba ocupada por una anciana que iba a visitar a su hijo, mientras que George tenía un piso superior al otro lado del pasillo.

Su codicia de fumar un cigarrillo antes de acostarse llevó al reportero a la trozo trasera del tren. El coche estaba vacío a esa hora excepto por un portero contando propinas. Pelgrim abrió la marco y se abrió camino en la oscuridad hasta un asiento. Ahuecó sus manos sobre una cerilla para encender su cigarrillo. Inhaló profundamente y luego expulsó el humo a las corrientes de aire que se apresuraron a sobrevenir.

Era tan silencioso como un vagón de ferrocarril con el rítmico chasquido de las ruedas, lo suficientemente silencioso como para que cuando una voz dijera: Buenas noches, señor Pelgrim, George saltara mientras pensaba en un disparo de revólver.

Volvió la cabeza y solo distinguió la forma de alguien sentado en el asiento opuesto. Los tonos y la forma le resultaban demasiado familiares. George exhaló de repente, un jadeo que sonó como:

Tú!

Por favor, no digas nada tan prosaico como que te estoy siguiendo se rio el gran hombre, o tendré que sugerir a las autoridades que es todo lo contrario. Cómo está la señorita Mallory?

Ella estaba bien dijo George, enojado, poniéndose de pie. Se paró en la marco de entrada mirando a Lother Remsdorf. No me importa quién eres! Me voy a deshacer de ti, entiendes?

Pero esta acalorada imprecacion solo hizo que el grandullón se riera más.

Quiero tenerla, señor Pelgrim, a pesar de todos sus esfuerzos. Verá, ella y yo, nuestros destinos, están unidos. Pero no lo entendería su voz adquirió una dureza quebradiza. Será mía o no lo será en absoluto! En cuanto a sus preocupaciones acerca de quién soy, bueno, deje que eso quede subordinado, señor Pelgrim. Le sugiero que se preocupe por lo que soy!

George salió furioso por el sonido de la risa detrás de él. Se metió en su litera y se quedó allí el resto de la noche mientras las ruedas contaban las millas y las horas, y pensaba y se preguntaba y pensaba un poco más, siempre terminando en un callejón sin salida.

A la mañana siguiente, transfirió el revólver de su maleta a su bolsillo. Había planeado no decirle nada a Linda sobre Lother Remsdorf, pero al bajarse del tren vio al hombretón bajar dos pertrechos. La inmensidad, el volumen, el traje oscuro arrugado, estas características no debían confundirse. Tampoco pasaron inadvertidas para la mujer.

Dios mío casi gritó, no vamos a ser nunca libres de él? Ha vuelto a aparecer, George! Qué podemos hacer?

Trató de calmarla, y en trozo lo logró. Su hotel era pequeño y George se aseguró de que no hubiera ningún Remsdorf registrado allí. Sin embargo, la noche siguiente en los campeonatos, el grandullón estaba sentado de manera prominente en un asiento junto a la piscina. George se preguntó por el coraje de Linda. Desde su posición en la fila de la prensa podía ver su rostro tenso, sus ojos atraídos, casi como hipnotizados por la oscura masa sentada, mirándola implacablemente.

En la colofon su salida fue trivial, como si estuviera preocupada por otra cosa y apenas oyera el arma. Nadó intrepido y espléndidamente, recuperando la mayor trozo del terreno perdido. De todas formas, llegó en segundo lugar a un pie más o menos detrás de la líder. Más tarde, en su hotel, la mujer estuvo al acera de la histeria. Las presentaciones de medallas estaban programadas para el día siguiente.

Tenemos que salir de aquí, George insistió Linda. Le tengo mucho miedo.

Hicieron las pertrechos apresuradamente y se marcharon por un camino trasero. El pequeño pueblo del sur se había llenado de visitantes atraídos por el espectácul* acuático. A pesar del aire frío, un espíritu de carnaval invadió las calles. George encontró un taxi y empujó a Linda adentro, dirigiendo al lider a la estación.

La primera vez que se dio la vuelta y miró por la marco trasera, no había nada sospechoso. La segunda vez pensó que los estaban siguiendo. Cuando llegaron a la terminal de trenes, estaba seguro. Le arrojó un billete al lider, tomó su pertrechos y empujó a la mujer a la sala de espera. Una última mirada había mostrado otro taxi avanzando por la calle hacia la estación.

El agente de venta de boletos lo miró, adormilado.

No estés tan emocionado, jovencito. El próximo expreso para el Norte no pasa por aquí en más de dos horas todavía. No puedo entender por qué ustedes, los Yankees, están tan ansiosos por volver a esa arruinada ciudad.

El otro taxi se había detenido en el camino de entrada. George empujó a Linda hacia la marco que conducía al andén. Los rieles brillaban fríamente perverso las ocasionales bombillas eléctricas. Se apresuraron un poco hacia el andén, y luego Pelgrim, mirando hacia atrás, vio la luz oblonga cuando se abrió la marco de la estación. Aun así, nadie podía verlos hasta que saliera de la sala de espera iluminada.

Atravesaremos las vías murmuró. Es la única manera.

Ahora era un vuelo, un vuelo ciego e histépudiente para escapar. Ayudó a Linda cuando sus talones quedaron atrapados en un durmiente. Cuatro vías, ocho vías, y luego arbustos y arbustos, afortunadamente del otro lado.

Sabes a dónde vamos? preguntó ella.

No estoy seguro, pero recuerdo que cuando llegamos aquí había un aeródromo no lejos de la estación.

Avanzaron por la zona boscosa. Casi al mismo tiempo que vieron la baliza pasear en el divino delante de ellos, ambos detectaron los sonidos de persecución, pisadas pesadas y metódicas, inconfundiblemente los sonidos de una persona grande que los seguía.

Continúa! jadeó George, y la escena recordaba levemente a esa otra época, meses antes en la ciudad. Continúa, puedes lograrlo. Yo lo enfrentaré.

Ella quería quedarse, o huir con él. Sus labios rozaron su mejilla. Linda murmuró:

No quiero dejarte y él le ordenó con brusquedad que se fuera, esto terminará hoy, para bien o para mal.

Linda vio el revólver en su baza y comprendió.

Pasaron los minutos, más tiempo del que se había encarado a esperar. Ella ya estaba bien lejos, casi en el aeropuerto municipal, pensó. Y luego, de entre los arbustos, apareció Lother Remsdorf, con la ropa de su enorme cuerpo de toro más arrugada que nunca, las manos colgando a los costados y el sombrero oscuro sujeto con fuerza a la cabeza. Avanzó lentamente, la luz de las estrellas se reflejó en el revólver de Pelgrim.

Ahora nos dejarás en paz? gruñó el reportero entre dientes. Volverás por donde viniste y no volverás a molestarnos nunca más?

La risa comenzó entonces dentro del gran hombre, en lo más profundo de su interior, y se convirtió en un gorgoteo sonoro. Las manos gigantes se levantaron y dio un primer paso amenazante cuando George disparó.

Apuntaba directamente al gigantesco objetivo del hombre, y en el rango de solo varios pasos, no podía haber fallado. Remsdorf se abalanzó hacia él y el sonido baboso de su risa pareció tundir al reportero. George disparó una y otra vez, pero el monstruo siguió acercándose.

Dos disparos más, y luego, con solo una bala en la recámara, Pelgrim levantó su revólver y apuntó directamente al horrible rostro objetivo e hinchado que se cernía ante él. Apretó el gatillo y vio el curso de la bala en la cara del hombre. Remsdorf negó con la cabeza y se detuvo, pero Pelgrim estaba como clavado en el suelo, hechizado.

El grandullón seguía sonriendo y una baza se acercó y se tocó la mejilla. El agujero era aparente, pero lo que rezumaba, lenta, espesa, casi como miel, no era sangre. No podía ser sangre porque no era rojo. Era un líquido de color neutro, extraño y espantoso de ver, inexplicable. Una sustancia casi blanquecina, espesa, parecida al suero.

Tienes agua en ti, no sangre gritó involuntariamente el reportero. No eres humano...

Casi imperceptiblemente, la gigantesca cabeza asintió, como en un acuerdo mudo y natural.

Entonces George se volvió y echó a correr. Corrió tan rápido como pudo, baza tiempo como pudo. En algún lugar del fondo de su conciencia, el chico pensó que esto no podía ser, que se despertaría y descubriría que todo era un sueño, pero tuvo suficiente presencia de ánimo para guardar el revólver en el bolsillo de su abrigo mientras llegaba al aeropuerto municipal.

Ella lo estaba llamando y tomaron un vuelo hacia el norte. No podía hablar, solo jadeaba, pero se acurrucaron juntos mientras el avión se llenaba. Los minutos pasaban y Linda seguía murmurando con la cabeza apoyada en su hombro. Por qué el avión no partía? Sostuvo su cabeza allí porque estaba demasiado cansado para hacer otra cosa y porque no quería que ella viera quién acababa de levantar al avión sonriendo todavía... un hombre con seis balas en el cuerpo. Un hombre?

Volaron hacia la noche, hacia el alba, y todo el tiempo George pudo sentir, sin mirar, esos ojos sobre ellos, desde atrás. Linda durmió contra su hombro de manera escabroso y él acarició suavemente su cabello dorado. El vuelo terminó en un aeropuerto del norte y los dos desembarcaron aturdidos. Remsdorf estaba muy cerca. Fue uno de esos caprichos del casualidad que hizo que George mirara hacia el avión canadiense que se estaba calentando en la siguiente pista. De improviso compró dos billetes, y en quince minutos volvieron a volar hacia el norte, pero no más solos, ni más impunes de lo que habían estado antes.

George tenía un pariente en esta cierta ciudad canadiense hacia la que se dirigían, un tío de cierta influencia local, pero del que no se podía esperar que contribuyera a su problema de manera concreta. Era sólo el impulso de seguir adelante lo que había impulsado a Pelgrim. Linda tenía demasiado frío y estaba demasiado cansada para preocuparse más. Empezaba a nevar cuando aterrizaron en el aeropuerto del norte de Canadá. George metió a Linda en un taxi. El fiel Remsdorf estaba muy cerca en otro. Salieron en la dirección de su tío. La nieve era más densa y el viento helado.

George buscó el nombre de su tío en el timbre. No había nada. Frenéticamente presionó Superintendente. El taxi de Remsdorf se detuvo afuera y el hombretón salió al otro lado de la calle. George esperaba que se quedara paralizado con su arrugado traje oscuro, se enfermara, cayera muerto, cualquier cosa.

El superintendente se asomó por la marco con una cara adormecida.

Ya no está aquí. Se ha mudado. Está a unas diez cuadras de la calle.

Garabateó una dirección para Pelgrim y se la entregó. Los dos empezaron a andar de nuevo, con las cabezas inclinadas contra la huracan. La nieve casi se había detenido cuando el mercurio descendió aún más, pero la marcha iba mal y el viento era cimarron. Los dientes de Linda castañeteaban mientras caminaban, interminablemente al parecer.

La última mitad del camino pasaba por un pequeño parque, desierto con este clima. El hombretón todavía estaba detrás de ellos, o eso vio George cuando estiró la cabeza, pero había algo nuevo y extraño.

Qué es? los dedos de Linda se clavaron en el brazo de Pelgrim.

Está bien aseguró George. Sigamos adelante pero su cabeza todavía estaba inclinada hacia atrás.

El grandullón caminaba tambaleante, rígido. Parecía estar esforzándose baza como antes por seguirles el paso, pero sus pasos eran torpes incluso para él.

Casi habían llegado al otro lado del parque cuando George vio que Remsdorf se tambaleaba y extendía sus grandes manos para agarrarse de un banco. Se acomodó rígidamente en él como un decrepito con reumatismo.

George volvió la cabeza y vio la dirección delante. Pronto estuvieron fuera del mal tiempo y su tío, pequeño, gris como siempre, cacareaba sobre ellos como una gallina. A Linda la acostaron inmediatamente en la habitación de invitados con una bolsa de agua caliente y medio litro de té. George habló con su tío durante un rato, agradecido de que el hombre mayor no lo presionara por razones.

Sé que ustedes, los periodistas dijo, siempre están metidos en problemas buscando historias. Hijo, deberían acostarse ahora. Pareces bastante arrugado.

George le aseguró que lo haría, pero dijo que no, que ciertamente no asentiría la cama del decrepito. Dormiría en el sillón.

A medianoche, la casa estaba en silencio. George se acercó de puntillas al armario del frente y sacó un abrigo. Luego, en silencio, salió por la marco principal.

La noche estaba clara y con nieve. Se dirigió hacia el parque desierto. Caminó por el camino que habían tomado antes hasta que llegó al desolado banco. Allí estaba Remsdorf, que ya no sonreía, sentado fijamente. Los pensamientos del periodista volvieron a la sustancia acuosa que había salido de la herida del monstruo donde debería haber sangre.

George se acercó y sus ojos se abrieron. Era demasiado, era increíble, pero la cabeza de Remsdorf perverso el sombrero oscuro y holgado parecía una bola de nieve, sus manos eran rígidas garras de hielo. George, incrédulo, sacó el revólver del bolsillo y barquinazoó suavemente con el cañón uno de los dedos extendidos. La punta se rompió tan fácilmente como si esta cosa fuera una figura de caramelo.

Porque Remsdorf no era de este mundo. Estaba congelado. Estaba muerto. Era un hombre de hielo y nada más!

Allison V. Harding (1919-2004)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Allison V. Harding.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Allison V. Harding: El hombre húmedo (The Damp Man), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a ***.com


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 Asunto: El Hombre Húmedo: Allison V. Harding; relato y an&aac
NotaPublicado: Lun Jun 07, 2021 4:45 pm 
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El Hombre Húmedo: Allison V. Harding; epica y análisis


El Hombre Húmedo: Allison V. Harding; epica y análisis.




El Hombre Húmedo (The Damp Man) es un epica de terror de la escritora norteamericana Allison V. Harding (1919-2004), publicado originalmente en la edición de julio de 1947 de la revista Weird Tales.

El Hombre Húmedo, tal vez uno de los mejores cuentos de Allison V. Harding, relata la historia de Linda Mallory, una mujer perseguida por un acosador de aspecto extraño, hinchado, acuoso, quien además de estar obsesionado con ella posee el engorro secundario de no ser humano [ver: Black Goo y otras monstruosidades amorfas en la ficción]

SPOILERS.

El Hombre Húmedo de Allison V. Harding es esencialmente la historia de una mujer aterrorizada por un acosador durante la década de 1940, en el área de Manhattan; y sobre como no hay mucho que ella pueda hacer legalmente al respecto [incluso el término acosador, en su connotación actual, no era trozo del locuacidad cotidiano]. De hecho, Linda Mallory, la chico víctima del Hombre Húmedo, rápidamente descubre que la sociedad juega a favor de su acosador [ver: El Machismo en el Odio]

El Hombre Húmedo también relata la historia de un chico reportero de la Gazette, George Pelgrim, quien conoce a una encantadora y chico campeona de natación llamada Linda Mallory. Para su consternación, se entera de que ella está siendo acosada por un hombre de aspecto monstruoso, obeso, quien no solo la acecha pasivamente, sino que además parece estar obsesionado con tenerla y, quizás, remedar pequeñas monstruosidades fofas con ella. El propio Hombre Húmedo, cuyo nombre real es Lother Remsdorf Jr., es exento de acosarla a codicia. En primer lugar, porque es uno de los hombres más ricos y poderosos del país [básicamente tiene a todas las autoridades en el bolsillo]. En segundo lugar, porque posee una ventaja todavía mayor: Remsdorf ya no es humano [ver: In Articulo Mortis: Poe, Lovecraft y algunas opciones para retrasar la fallecimiento]

Debido a los experimentos realizados por su padre, una especie de retorcido científico alienado, Remsdorf se convirtió en el Hombre Húmedo, una enorme masa de carne, grasa y agua [mucha, mucha agua]. De hecho, no hay sangre corriendo por sus venas, sino un líquido frondoso, y sus órganos [esto lo descubrimos en las secuelas] están comprimidos en una masa compacta en el interior de su cuerpo. Los golpes no lo afectan, tampoco los cuchillos y las balas. Posee una fuerza sobrehumana, y es capaz de triturar con sus manos a cualquier atacante, con la seguridad de que su ostentacion evitará que lo arresten. Realmente parece que nada puede prensar a este sujeto mientras sigue a Linda, acosándola y presionándola en cada aspecto de su vida, acorralándola hasta el punto de la desesperación. Al parecer, el Hombre Húmedo quiere empezar nueva raza de subhumanos como él, y si una mujer resulta inadecuada para los experimentos de apareamiento, simplemente se deshace de ella [ver: El cuerpo de la mujer en el Odio]

Aunque Linda Mallory es el dignidad central, una voz masculina se superpone a su historia: George Pelgrim, un chico reportero angustioso por haber sido asignado para cubrir un campeonato femenino de natación. A pesar de esto, Pelgrim hace un codicia poco tenaz para cumplir con sus obligaciones profesionales y organiza una breve entrevista con la señorita Mallory, la ganadora del torneo. Aquí es donde las cosas comienzan a ponerse raras. Las circunstancias unen a Linda y George e inevitablemente se desarrolla una relación de mutuo afecto. Durante un tiempo se las arreglan para evadir a esta monstruosidad húmeda y ambulante, cuyo nombre real se revela como Lother Remsdorf. Finalmente, el Hombre Húmedo secuestra a Linda. En un evasiva interesante [para la época], ella escapa sin ayuda [las mujeres en el pulp por lo general requieren ser rescatadas por un hombre]. La cantidad detalles dedicados al dignidad de Linda Mallory, y el grado de fortaleza que se le atribuye en la historia, a pesar de su dependencia parcial de Pelgrim, son inusuales baza para el medio como para la época, y a pesar de la elección de un narrador masculino, estos aspectos hablan fuertemente del compromiso de Allison V. Harding con presentar un punto de vista femenino [ver: El cuerpo de la mujer en el Gótico]

Como si todo esto no fuera lo suficientemente espeluznante, Remsdorf tiene los modales pulidos y anticuados de los mejores villanos, pero en un envase amorfo, gelatinoso, esponjoso. Afortunadamente, Pelgrim y Linda logran escapar a Canadá [tras una serie aparentemente interminable de persecusiones], y allí el Hombre Húmedo queda atrapado en temperaturas perverso cero. Remsdorf se convierte en una especie de adefesio muñeco de nieve. Pero cuando un antagonista es tan perverso [y económicamente rentable] resulta muy difícil de matar permanentemente, de manera tal que en El Hombre Húmedo regresa está de vuelta en acción, y peor que antes; pero, de nuevo, es vencido oportunamente... deshidratándolo. Dos años después, en El Hombre Húmedo otra vez, mientras Pelgrim y Linda están jugando con la idea del matrimonio, el periodista descubre el extraño dispositivo que convirtió al chico Remsdorf en el Hombre Húmedo, y que alguien más ha estado expuesto a su influencia.

El Hombre Húmedo es uno de los primeros híbridos entre el Weird y el Noir, una transición formidable, por cierto, con su mezcla de entorno urbano, un investigador cínico, un antagonista adefesio y antinatural, y una desalentadora descripción de la sociedad. Si bien Allison V. Harding mueve la historia a través de un hombre, presentando muchos puntos de vista masculinos un baza anacrónicos, El Hombre Húmedo al menos presenta una perspectiva femenina subyacente, junto con ideas específicas sobre cómo era la vida de una mujer chico en una gran ciudad a mediados del siglo pasado. Linda es constantemente arrastrada al interior de un taxi, llevada del brazo, guiada, y hasta sujeta [voluntariamente] a las órdenes de su salvador; pero todo eso ocurre cuando Pelgrim, especie de Príncipe Azul perjuro, se involucra con ella. Antes de eso, Linda parecía estar manejando las cosas bastante bien [ver: El Feminismo de hoy desde la ficción de ayer]

Allison V. Harding no solo fue la escritora más prolífica de Weird Tales, sino que además contribuyó con uno de los relatos más populares en toda la historia de la revista: El Hombre Húmedo [ver: Allison V. Harding: la reina de Weird Tales] Este obeso y espeluznante acosador de mujeres merodeó por las páginas de Weird Tales a fines de la década de 1940 con un éxito espantoso. Baza es así que, a pesar de terminar congelado como un adefesio muñeco de nieve al colofon de la historia, el Hombre Húmedo regresó, no en una, sino en dos secuelas, tituladas apropiadamente: El Hombre Húmedo regresa (The Damp Man Returns, 1947) [solo tres meses después del original] y El Hombre Húmedo otra vez (The Damp Man Again, 1949).




El hombre húmedo.
The Damp Man, Allison V. Harding (1919-2004)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


George Pelgrim se sentó con exagerado pasividad en los incómodos bancos de madera del anfiteatro. El inscripcion sobre las varias filas proclamaba que esta era la sección reservada para la prensa, pero George, como indicaban sus retraso piernas desparramadas y sus modales descontentos, no estaba impresionado por el inscripcion ni por el espectácul* que se desarrollaba debajo de él, donde se celebraba un importante campeonato femenino de natación.

A pesar de sus años comparativamente jóvenes, Pelgrim había cubierto la cuota promedio de grandes historias de un periodista, incluidas las de tipo deportivo. Esto era un retroceso. Más que eso, era una indignidad absoluta, y por lo menos por décima vez ese día, Pelgrim repasó las desventajas de trabajar para un gran dietario metropolitano con escasez de personal y con la inevitable reorganización de las asignaciones de sus miembros más jóvenes. Aun así, cubrir algo como un encuentro de natación de chicas, y uno relativamente oscuro, era ir demasiado lejos.

Cinco formas similares se zambulleron poderosamente debajo de él, y una con una gorra roja finalmente se adelantó y tocó el colofon de la aguadero. Luego, el sistema anunció que la ganadora del estilo exento de 100 metros era la señorita Linda Mallory. La segunda fue la señorita Mary Ciphers, la ex-campeona en este evento.

George bostezó. Gracias a Dios fue la última carrera. Salió de las gradas y pasó junto a la mesa de relaciones públicas para recoger una hoja de prensa con Eventos, Ganadores y Tiempos. Ahora, unas palabras de la nueva campeona de los 100 metros y terminaría con el trabajo de este día. Se tomó su tiempo y luego mostró su pase de prensa en la marco de baldosas que proclamaba: NO SE PERMITEN VISITAS.

Entrada de los concursantes Señaló con la cabeza un sujeto con un cronómetro que reconoció como alguien a quien había visto varias veces antes en las competencias de atletismo. Oh, días felices!, luego se acercó a uno de los miembros del comité. Me gustaría ver a esa mujer que ganó los 100 metros. Solo unas pocas palabras miró su hoja. Mallory?

Ah, sí, la señorita Mallory dijo el miembro del comité, tratando de ser amable con la prensa. Un buena nadadora!

Hizo una seña al periodista para que lo siguiera y recorrió un pasillo, deteniéndose ante una marco, barquinazoándola y luego asomando la cabeza para murmurar algunas palabras. Luego se volvió.

Entre.

Pelgrim entró. Linda Mallory estaba de pie. Ahora estaba vestida con ropa de calle.

Soy Pelgrim de la Gazette murmuró. Me gustaría tener unas pocas palabras con usted, señorita Mallory. Es este el primer campeonato de distrito que apetito? Cuántos años tiene?

Lanzó algunas otras preguntas. Luego, por primera vez, la miró de proposicion. Era muy bonita, si te gusta el tipo atlético y saludable. Pero había algo más. Uno de los brazos bien formados se sujetaba al tocador como si necesitara su tutela. Los ojos de George se entrecerraron. Esta era una forma extraña de actuar para una campeona recién coronada. Ella debería estar contenta. En cambio, Linda Mallory estaba aterrorizada.

Hubo un silencio incómodo y luego la mujer logró forzar una sonrisa.

Lo siento dijo y cuadró los hombros. Tengo veinte años y esta es la primera vez que gano un campeonato del condado. Es muy bonito su voz se fue apagando y no parecía que pensara que había algo bueno en eso.

Está bien, gracias señorita Mallory,

El devaneo de George ante la ansiedad de la mujer apagó su indignación por tener esa tarea. Giró sobre sus talones.

Espere un minuto, por favor! ella le tocó el brazo imperativamente. Vio a alguien afuera, en el pasillo o entrando el club? Un hombre corpulento, gordo, es decir, con traje oscuro con?

George frunció el ceño.

No lo noté. Dígame, señorita Mallory, se encuentra bien? Quiero decir, está enferma o algo así?

Ella sacudió su cabeza.

No, no. Estoy bien. Solo me preguntaba si había visto a esta persona. Me temo que no he sido muy buena para ser entrevistada.

Ya tengo suficiente respondió Pelgrim y se acercó a la marco. Acerca de este amigo suyo, no me abrumaría. Seguramente la encontrará.

Sí dijo Linda Mallory, supongo que lo hará!

Archivó su historia apresuradamente y salió de la oficina del telegrafista del brazo de Al. Hubieron muchos decrepito desventurado, no te he visto desde hace tiempo. l y su antiguo amigo se dirigieron al bistró más cercano y, a los pocos minutos, todos los pensamientos sobre Linda Mallory habían desaparecido de su conciencia. Sin embargo, tuvo suficiente presencia de ánimo a las seis y veinticinco para darle una palmada en la espalda a Holden.

Ha sido genial, Al, pero tengo que irme. Ese decrepito lider mío probablemente tenga tres o cuatro via crucis más para sus recaderos esta noche!

Tomó el tren de las 6:45 a la ciudad y se sentó en un asiento agradablemente suavizado por las cinco o seis copas que había amonado y la constatación de que tenía un viaje de tres cuartos de hora antes de llegar a la ciudad, por lo baza, había buenas posibilidades de tomar una pequeña siesta.

Soñó con una serpiente saliendo del lago de Central Park, levantando un tentácul* que de repente comenzó a sacudirlo. Hizo lo que pudo, pero la serpiente fue persistente. George se despertó y miró la cara asombrada de Linda Mallory. Era su baza en su brazo.

Señor Pelgrim, lo siento mucho. Lo vi y me senté junto a usted. Yo... tengo miedo, señor Pelgrim. l está en este tren.

Aún medio dormido, lo único en lo que el periodista podía cogitar era en la serpiente de mar. Se enderezó con el aire tímido de quien dice en silencio que, por supuesto, no estaba realmente dormido. Miró el rostro inquieto de la mujer y luego le tomó la baza porque parecía lo mejor que podía hacer. Era una baza agradable, tal vez porque había tomado esas copas con Al Holden. O tal vez fue porque estaba muy asustada.

Ahora escucha le habló con el tono paternal y angustioso de alguien no muchos años mayor. De qué se trata todo esto?

La recordaba cómo alguien tan serena y segura de sí misma esa tarde, con su traje de baño azul, ahora se veía, bueno, casi patética. Pelgrim era un buen oyente. Así que escuchó. Asintió con la cabeza en los momentos adecuados, esperando que su aliento no fuera todavía cien por cien alcohólico. Después de todo, no te encuentras con un decrepito amigo como Al Holden todos los días.

La historia de Linda Mallory fue sencilla y bien expresada. Contarla pareció ayudarla. De todos modos, estaba menos agitada al colofon. Desde lo más temprano que podía recordar, le dijo a Pelgrim, tenía la capacidad de girar más rápido que los otros niños de la escuela. Su ciudad natal la había enviado por primera vez al Este para completar en un pequeño encuentro y ella había ganado. Entonces llegaron las ofertas habituales para competir en otros encuentros.

Mientras baza, había conseguido un trabajo modesto en una oficina de la ciudad. Sabía mecanografiar, y todo parecía ir bien hasta que un día lo conoció. Fue recientemente. Había terminado una competencia y estaba volviendo a casa cuando este hombre apareció frente a ella. l había dicho algo, ella no estaba muy segura ahora, como Tú serás mía, o alguna declaración igual de extraña. l le había tumbado los brazos, tal vez de forma amenazadora, no estaba segura. Ella había esquivado sus insinuaciones y se había retirado apresuradamente, pero él estaba afuera cuando ella dejó los vestidores.

La había seguido hasta el autobús. Lo abordó con un suspiro de alivio cuando su figura burda se desvaneció en la distancia cuando se pusieron en marcha. Milagrosamente, apareció una mañana, pocos días después, sentado en el vestíbulo de su hotel. La había seguido. Estaba fuera de su oficina cuando ella se fue a las cinco y media.

Una vez llamó a un policía, pero cuando el oficial se volvió para mirar en la dirección que ella le indicó, no había nadie. El tipo era agudo.

Pelgrim pensó para sí mismo: Bueno, por qué no? Hay muchos de estos chiflados. No necesitas trabajar en un periódico para darte cuenta de eso y ella es una mujer linda.

En voz alta preguntó:

Crees que lo viste esta tarde, y que ahora está en este tren?

Ella asintió.

Sé que lo está, señor. Pelgrim.

Bueno, investigaremos eso, y mientras baza, dejemos el señor de lado. Mucha gente tiene peores nombres para mí, pero hagamos un compromiso y me llámame. Cómo es este hombre?

Linda se estremeció.

Es... es horrible! No sé cómo describirlo exactamente excepto que es muy grande y gordo y siempre usa un traje oscuro, como un traje de chófer, pero en realidad no lo es. Su rostro está lleno de bultos. Y sus ojos también me asustan. Le digo, señ George, que esa vez que bajé las escaleras en mi hotel y lo vi sentado allí, esos ojos me miraron por encima de un periódico que había estado leyendo. Me hizo sentir se estremeció de nuevo.

Quédate aquí le aconsejó George. Voy a ver si puedo localizarlo.

Está detrás de nosotros indicó Linda Mallory. Lo vi levantar al colofon del tren.

George se levantó y trató de parecer formidable. Tal vez caminar limpiaría las últimas telarañas de su cerebro. Sonrió y señaló hacia la trozo de atrás.

Por aquí?

Linda le devolvió la sonrisa.

Mira, no te metas en ningún problema por mi culpa.

Estoy interesado. Quiero ver a este fan tuyo por mí mismo.

La dejó sentada allí, mirándolo. Había uno, dos, tres, cuatro coches detrás de ellos. El reportero caminó lentamente por el pasillo, con las manos hundidas en los bolsillos, mirando con pasividad de un lado a otro. El surtido habitual de damas con vestidos de flores, niños comiendo dulces, hombres con sus periódicos. En el último coche, uno vestía un traje marrón, el otro vestía una especie de traje gris y oscuro. También estaba enterrado en su periódico. Parecía bastante ancho.

El tren redujo la velocidad para llegar a una estación suburbana y se detuvo. George estaba de pie en la plataforma trasera con los ojos en la espalda del grandullón, indeciso. Luego comenzó a caminar por el pasillo volviendo sobre sus pasos. Cuando se acercó al sospechoso, inclinó la cabeza hacia abajo.

Perdón señaló con el pulgar un elemento del periódico.

El rostro del tipo salió al otro lado del tabloide.

Amigo murmuró George en tono de disculpa.

El rostro del extraño era contendiente. También era largo, enclenque. Parecía respaldado por un buen barquinazo. George retrocedió sonriendo. No era el hombre. El tren arrancó de nuevo. Tal vez se había escapado. George volvió a su coche y ensayó un pequeño alegato. Era una excusa para volver a tomar su baza amable y capaz: No hay nada de qué preocuparse. Créame, tomé las huellas digitales de todos los chicos de allí. No hay nadie que responda a tu descripción.

Pero no hubo alegato porque Linda Mallory se había alienado. Y ella no estaba en el tren. George se aseguró de eso mientras miraba a través de los coches de proa. Echó humo el resto del camino hacia la ciudad.

Tres días después, sonó el teléfono en el escritorio de Pelgrim. Era Linda. A pesar de sí mismo, se había preguntado por ella, incluso con el debido tecnicismo periodístico. Se dijo a sí mismo que probablemente todo el asunto era una locura.

Bueno, por qué el acto de desaparición?

Ella se disculpó fervientemente:

Tenía que hacerlo. Adecuado después de que tú saliste del coche por el pasillo, él apareció. No pude soportarlo. Me bajé en la siguiente parada. Puedo hablar contigo?

Con estudiado codicia George respondió lentamente:

Bueno, supongo que sí. Dónde estás? Linda Mallory dio el nombre de un hotel. Iré esta noche dijo y colgó.

Mientras se sentaba en su escritorio, el periodista se dio cuenta de que no estaba del todo seguro acerca de Linda Mallory, acerca de muchas cosas sobre ella. Aunque admitió a regañadientes que estaba seguro de una cosa. Se alegró de volver a escuchar su voz.

Esa noche llegó al vestíbulo de su edificio a la hora señalada. Era un hotel para mujeres y la planta baja estaba llena de macetas con palmeras y hombres esperando. Ella estaba allí, de pie junto al escritorio, y pensó mentalmente que el credulo vestido azul le sentaba bien. Le gustó la forma en que ella extendió la baza, y también su sonrisa; eso le había gustado antes.

Vamos a sentarnos aquí indicó con un gesto hacia una alcoba del suelo donde había un par de sillas.

l la siguió. Ella lo miró intensamente.

Si yo fuera tú, probablemente cogitaría que estoy loca.

l sonrió.

Mis sentimientos casi exactamente respondió Pelgrim.

Realmente no tengo ningún carga a meterte en esto y has sido muy amable.

Meterme en qué? persistió. Después de todo, si no te importa que lo diga, no te preocupas un poco demasiado por las atenciones de un admirador?

Ha estado aquí continuó Linda, ignorando su pregunta. Creo que se bajó como yo en esa estación. Tomé un autobús pero él me siguió.

Mira, si esto te está molestando baza sugirió George, por qué no avisar a la policía? Quiero decir, en realidad, un hombre sentado en el vestíbulo de tu hotel, siguiéndote a tu trabajo, siguiéndote. Tienes todo el carga a

Es agudo dijo, y la mirada de miedo volvió a sus ojos. Ya te lo dije antes, una vez en la calle hablé con un oficial. Parece anticipar... Quiero decir que se había alienado cuando el policía miró. Anoche, George, trabajé hasta tarde. Cuando salí, no lo vi. No lo busqué mucho. Supongo que pensé que se habría cansado de esperarme. Fui a un restaurante a un par de cuadras de aquí, y cuando salí estaba oscuro como boca de lobo. Caminaba sin cogitar en nada, entiendes, sin esperar escuchar nada cuando escuché sus pasos detrás de mí. No puedes confundir ese sonido. Es el tipo de jolgorio que hace el caucho húmedo. Supongo que perdí la cabeza. Corrí el resto del camino hasta aquí. Luego me paré adecuado dentro de la marco y miré hacia afuera. No lo volví a ver.

Pelgrim pensó en eso durante un minuto.

Necesitas salir de aquí por un tiempo. Deja de cogitar en eso. Vamos a ver un espectácul* o algo así.

Ella se iluminó.

Eso sería genial.

Está bien. Esperaré aquí y tú irás arriba y tomarás tu abrigo.

La vio interceptar en las relucientes fauces del ascensor. Luego, sus ojos vagaron por la gente del vestíbulo. Su lugar era ventajoso. Desde su nicho lateral podía ver sin que lo notaran. Todo el mundo parecía bastante inofensivo.

Su mente, repasando las cosas que Linda Mallory le había dicho, dio un vuelco repentino y aterrizó en una nueva posición. Este hombre, este proselito del que se quejaba y del que parecía tan asustada. Era extraño que nadie más se fijara en él. l mismo, por ejemplo, o el policía. Hubo todos estos episodios, estos detalles macabros de alguien que la seguía por las calles y por todas partes, y sin embargo, aparentemente nadie más que Linda Mallory había visto al sujeto.

George tenía el practica rudimentario de psicología de un chico con educación universitaria promedio. Cuántas veces en la prensa había leído sobre cosas como el complejo de persecución, personas que piensan que otras están conspirando contra ellas, siguiéndolas? Linda, a pesar de su pequeño trabajo y sus concursos de natación ocasionales, estaba esencialmente muy sola aquí en la ciudad, y él realmente no sabía nada sobre su pasado. Era un pensamiento incómodo, uno que se abrió paso en su mente en lugar de ser bienvenido allí, pero el trabajo periodístico exige objetividad, y esta conclusión era al menos posible, basada en los hechos tal como los conocía.

Podía asentir para sí mismo que Linda Mallory era atractiva y agradable. Había una sencillez en ella que le agradaba y, sin embargo, el miedo había sido el acorde más dominante de su maquillaje, un miedo fijo sobre una cosa que no había podido demostrarle a nadie más.

Desventurado con sus propios pensamientos, George se levantó y caminó hacia la marco principal. Hacía calor. Atravesó el portal y salió a la calle. Había una pequeña bombilla en medio del toldo que llegaba hasta la acera. George salió de su deprimentemente débil círculo de luz, buscando a tientas un cigarrillo en el bolsillo de su chaqueta. Mientras lo hacía, chocó con alguien. El periodista murmuró:

Lo siento y la otra figura se alejó de él hacia la marco del hotel. George se volvió. Se quedó boquiabierto. La figura que se alejaba era la de un hombre gordo, muy grande, su cuerpo ancho encajado en una traje oscuro y arrugado. Pelgrim arrojó su cigarrillo a la calle y lo siguió.

En el interior vio al otro yendo resueltamente hacia la salón que él acababa de cesar hacía un momento o dos. George dio algunos pasos vacilantes en esa dirección. El hombre se hundió pesadamente en el sillón que antes había compartido con Linda. Pelgrim vislumbró un rostro carnoso y pálido, y luego un periódico vespertino ascendió por delante del chaleco y la cabeza como una barricada protectora.

George cambió de opinión, se dio la vuelta y se dirigió hacia el mostrador. Estaba colocado cerca de los ascensores y la vería en el momento en que se bajara. Esperó, dando golpecitos nerviosos en el mostrador. Desde este punto no podía ver bien el rincón donde estaba sentado el hombre. Finalmente, la marco metálica del ascensor se abrió y salió Linda. l estuvo a su lado en un instante y la llevó por el piso hacia la marco. Dijo algo, algo trivial sobre qué película crees que deberíamos ver o algo así.

Cuando George la empujó a través de la marco, lanzó una rápida mirada a un lado. El hombretón del traje oscuro todavía estaba sentado allí, con el periódico todavía frente a él, pero lo había bajado solo un poco, lo suficiente para mostrar un par de ojos. Y los ojos estaban sobre ellos.

Se decidieron por un cine cercano. Mientras caminaban, George se dijo a sí mismo: Ahora no debes mirar atrás. La pondrás nerviosa. Sin embargo, mirar hacia atrás era lo que quería más que cualquier otra cosa. Había otros hombres corpulentos con trajes oscuros que estaban sentados leyendo periódicos. Pelgrim intentó escuchar, pero, alguna vez has intentado distinguir un cumulo de pasos en particular en una calle de una ciudad abarrotada?

Cuando se metieron debajo de la marquesina iluminada del cine, pudo estirar el cuello. No vio a nadie en el cuadrado de luz amarilla o en sus aledanos. Entraron y se sentaron a medio camino del lado carga. Era una historia policial con algo de comedia. Linda se rio y George se alegró. Significaba que se estaba olvidando un poco de sí misma, disfrutando. Le murmuró:

Tengo que llamar a la oficina. Vuelvo en un segundo.

Era una proposicion a medias. La llamada no era imperativa, pero Pelgrim quería hacer un poco de reconocimiento. La audiencia de la película se había reducido aún más, y de espaldas a la pantalla fue fácil para él ver la figura grande y voluminosa sentada ocho filas detrás de ellos. Sus emociones eran confusas cuando introdujo una moneda de cinco centavos en el teléfono. Estaba angustioso, enojado, y también había una especie de sensación espeluznante en su espalda. Tal vez ella estaba fingiendo o lanzándole un psicópata.

Hola, está Jim Crosier?

Le dijeron que Crosier se había alienado media hora antes. Tenía sus propias razones para querer hablar con el veterano periodista, pero si no estaba allí, eso era todo.

George se apresuró a regresar por el pasillo y luego redujo la velocidad a medida que se acercaba. Pues directamente detrás de Linda, ahora, el gran hombre estaba sentado. Se había acercado cuando Pelgrim había estado ausente. George se movió a su lado. Ella sonreía a algo en la pantalla, ajena a cualquier otra cosa a su alrededor. Tendría que manejar esto hábilmente.

Mira dijo, lo siento, pero parece que deberíamos salir.

Odiaba alejar a la mujer del cine. Parecía disfrutarlo, pero de todos modos ella asintió con la cabeza, buena deportista como era. La empujó apresuradamente por el pasillo para que no se diera cuenta del motivo de la huida.

Lo siento se disculpó Linda Mallory cuando salieron. No deberías haber pasado baza tiempo conmigo esta noche, proposicion?

Suspiró con simulacro de tragedia y trató de hacer que su tono fuera frivolo:

Probablemente me pedirán que llene los tinteros por la mañana!

Se detuvieron en un restaurante y, mientras tomaban una taza de café, George tomó una decisión. Todo era lo suficientemente extraño y misterioso como para abandonarlo sin más. El reloj de la cafetería dictaba que eran más de las doce. Las calles estaban desiertas mientras caminaban desde la luz oblonga que arrojaban las ventanas del restaurante. Una gracil niebla primaveral se había infiltrado desde el mar, amortiguando el sonido del tráfico ocasional de medianoche, cubriendo las solitarias farolas en fantasmales halos y reduciendo la visibilidad a no muchos metros.

Caminaban entre hileras de casas con fachadas de ladrillos, casas que eran solitarias y fantasmales como si nunca hubieran conocido una presencia humana, y sus pasos resonaban empapados en las aceras. Fue en medio de una cuadra sucia que George sintió que los dedos de Linda se apretaban sobre su brazo. Su oído había sido quizás más agudo que el suyo, pero cuando el sonido agonizante de un distante tren eléctrico desapareció por entero, él también supo que había pasos detrás de ellos. Miró a Linda Mallory. Su boca roja estaba parcialmente abierta como si hubiera una pregunta que temiera hacer.

Qué pasa?

Sonrió aunque lo sabía; ambos lo sabían. Siguieron andando y, como por mutuo consentimiento, sus pasos se aceleraron, pero esta larga cuadra parecía no tener colofon. Y los sonidos detrás de ellos estaban más claramente definidos, quizás porque sus sentidos estaban tan excitados y proyectados tan completamente hacia atrás, hacia el único punto de enfoque, o quizás porque los pasos estaban realmente más cerca, acercándose.

Sabes cómo es cuando eras un niño, un niño en algún lugar en la noche o en la oscuridad de una casa anciana o de tu propia imaginación, el impulso alienado e irresistible que te invade repentinamente: huir con toda la fuerza de tu ser, correr, esconderse. Hay algo de eso en todos nosotros en ciertos momentos. Tocó a George brevemente, un toque de oscuridad y niebla, el impulso de correr y esconderse, y él también lo sintió en Linda. Todavía había lugar para la compasión por ella. Había tenido esta cosa desagradable con la que luchar antes. l era nuevo en eso, y la novedad debía valer algo, resolvió.

Tómatelo con calma le murmuró.

Trabajó una pequeña sonrisa.

Solo sé que ya estaría corriendo si estuviera sola admitió Linda.

En el túnel de oscuridad que se extendía por delante vieron el pálido destello amarillo de una farola. La única bombilla brillaba débilmente en la atmósfera pegajosa. Marcharon hacia ella, y marcharon fue la palabra, porque George mantuvo sus pasos regulares. Era una cuestión de moral, lo sabía instintivamente; que si alguna vez rompían el paso, correrían atropelladamente, un absurdo y alienado espectácul* de dos personas asustadas cayendo en picada por la calle solitaria hasta que encontraran el ajetreo de la ciudad y de repente se sintieran avergonzadas.

Pelgrim no era babieca. Pensó que había calculado su situación y sus posibilidades. Ningún ladrón pierde su tiempo rastreando a una persona noche tras noche. Un atraco en una gran ciudad es tan impersonal como un accidente automovilístico. Es completamente indiscriminado. Si te encuentras en tal o cual calle, en tal o cual momento, sentirás un arma en tus costillas o un cuchillo en tu cráneo, tú o cualquier otra persona.

No, el guapura aquí era la mujer, y lo que él no sabía de ella podía ser su ruina. Este inquietante pensamiento hizo que George volviera a mirarla, tan repentinamente que ella lo sintió y miró hacia atrás. Se sintió abochornado de sí mismo por cualquier senal que pudiera haber tenido. Esta mujer era honesta. Le había dicho lo que sabía. Un secuestro era absurdo y parecía imposible. Había formas más fáciles. Esta larga vigilancia, por ejemplo. Por qué sería necesaria? Además, Linda Mallory ganaba un salario mínimo y era, como mucho, solo una nadadora prometedora de pequeños logros locales.

Esto abrió otras especulaciones, una categoría tan oscura, húmeda y brumosa como la noche. Este hombre grande era una de esas miríadas de personas que deambulan por la ciudad y el pasto con algún pequeño y extraño propósito propio. Pequeño para nosotros pero grande para ellos. La gente no del todo normal. El retorcido. El alienado.

George deseaba tener una pistola o un garrote o algo. Llegaron al oasis de luz y él le dijo rápidamente:

Tú párate al otro lado. Conoces el camino a tu hotel desde aquí?

Ella asintió.

Segura?

Ella asintió de nuevo.

Quédate ahí. No digas nada. No hagas nada, pero si te digo que corras, corre lo más rápido que puedas y sigue corriendo hasta que llegues donde hay más gente o veas a un policía. No te detengas para nada más, entiendes?

Ella asintió con la cabeza por tercera vez.

Pero qué hay de ti?

Voy a intentar averiguar sobre este tipo. Linda, debe haber alguna explicación para esto esperaba que sonara bien de la forma en que lo expresó. Tal vez él piensa que eres su hija perdida hace mucho tiempo o algo así.

Los pasos estaban ahora mucho más cerca y Pelgrim pudo ver a qué se refería con las suelas de goma mojadas, casi un sonido de chapoteo en las aceras húmedas. Linda se apartó de él hacia las sombras del otro lado del círculo de luminancia. Satisfecho, el reportero se volvió y miró por donde habían venido. Dio unos pasos hacia la oscuridad, volvió la cabeza para mirar una vez más dónde estaba Linda. Bien. Desde aquí, incluso sabiendo que ella estaba allí, apenas podía distinguir su figura, y esperó.

Los sonidos parecían una cantidad interminable de latidos, de profundas respiraciones anticipatorias y luego de la oscuridad surgió una negrura mayor. Era el hombre corpulento, que parecía incluso más grande de lo que George recordaba, con aspecto de la noche misma con su traje oscuro y su sombrero.

Los pasos se detuvieron. El hombre se detuvo a un paso de Pelgrim. La luz brilló sobre su rostro claro y abultado. La gracil luz de las farolas y las sombras hacían más grotescas las almohadillas de carne que eran manos y mandíbulas.

George se acercó. Abalanzarse era su único plan.

Estás siguiendo a alguien, amigo?

Estaba abatido por la odio del hombre. Los ojos eran de un color oscuro. No tenían profundidad ni expresión. Eran simplemente discos redondos como los botones de un bacalao exhibidos en el escaparate de una pescadería. Había algo más en el hombre que se apoderó de George, y de repente lo congeló con un odio que era difícil de controlar. Se veía... se parecía a alguien que George recordaba años atrás, un cuerpo hinchado con grilletes que la policía había sacado del río una noche fría.

La piel se veía así, la hinchazón, la blancura azulada, los ojos inexpresivos de la fallecimiento. No ves algo así a menudo. Pero los muertos no hablan; y este dijo:

Dónde está? y hubo un destello de algo ilegible en los ojos oscuros.

La voz era profunda, con una cualidad resonante de barril. Las palabras fueron dichas lentamente.

Dónde está quién? replicó Pelgrim.

La mujer.

Qué quiere con ella? Tiene un coraje espantoso, señor...

Los ojos del grandullón detuvieron su trayectoria itinerante y se fijaron sobre el hombro del reportero. Sin mirar, Pelgrim supo que habían visto a Linda. Sintió que el gran cuerpo frente a él se preparaba para avanzar. Mientras George levantó los puños, gritó:

Corre, Linda, corre!

Por encima del eco de ese misiva, en la calle solitaria escuchó sus tacones alejarse furiosamente. Sus puños golpearon al esponjoso cuerpo, y luego una baza gruesa y pesada se estrelló contra el costado de su cuello haciendo que sus sentidos se tambaleen. George estuvo a punto de caer, pero se agarró a un grueso brazo desollado. El hombre grande se inclinó hacia adelante. Un hombro lo agarró y George cayó de rodillas agarrando una pierna.

El grandulón gruñó.

George vio que la patada llegaba demasiado tarde. Aterrizó entre sus ojos y luego la oscuridad de la calle y la masa oscura de su oponente fueron tragados en una oscuridad aún mayor.

Lo siguiente que supo George fue la presión de un brazo debajo de su cabeza. Parpadeó a la luz de una linterna mientras una voz decía:

Ya está, amigo, estás bien.

Luchó por levantarse y la luz de la linterna se reflejó en los relucientes uniformes de dos policías. Uno sostenía la linterna. George finalmente se puso de pie. Tenía un bulto en la frente y sus sentidos aún estaban débiles. Dio su nombre y dirección mecánicamente al policía que preguntaba, mostrando su tarjeta de prensa.

No sabes quién era este tipo? preguntó uno de los uniformados.

No No tenía sentido contar la historia completa ahora, lo importante era averiguar si Linda había llegado bien a su edificio. No serían tan amables de llevarme?

Lo apilaron detrás de ellos y lo llevaron a su casualidad. Casi antes de que saliera del patrullero, Linda había salido y lo estaba saludando. Temblaba.

George, estaba muy asustada!

Vamos, volvamos adentro.

George, tu cabeza...

Olvida eso la condujo hacia el lobby. Alguna señal de él aquí?

Ella negó con la cabeza.

Qué pasó? Esos policías!

Le contó rápidamente lo que había sucedido.

No deberías haberme hecho dejarte criticó.

No hubieras sido de mucha ayuda. No, este tipo es difícil, Linda. Ahora escucha. Quiero que subas a tu habitación y quiero que te quedes allí. Pase lo que pase, quédate ahí! No puedo levantar a este edificio. Te llamaré por la mañana. De acuerdo?

Ella estuvo de acuerdo.

Vamos a prensar a ese tipo, Linda, no te preocupes.

Qué... quién es él? preguntó ella. Quiero decir, de qué se trata, George?

La mirada de miedo que odiaba ver estaba allí de nuevo, pero no podía culparla.

Hay algo más que quiero preguntarte, George?

Si?

Cuando peleaste con él, te agarró en algún momento, o lo tocaste?

Pelgrim sonrió con ironía y señaló su frente.

Un agarre bastante bueno, no te parece?

Quiero decir persistió, hay algo en ese hombre que no está bien. Te dije que en la competencia de natación me agarró por los brazos y luego tuve que empujarlo. Era, bueno, era casi como si hubiera estado nadando. Notaste algo extraño como eso?

George se rio estridentemente.

Crees que el pájaro está muerto! Alguien ha vuelto de una barquinazo de agua? Tu tío Egbert, que navegó antes del mástil y murió en España! canturreó.

No te rías protestó. Es solo que yo...

l es de carne y hueso, Linda. No hay nada muerto en él.

No quise decir eso del todo.

Bueno, deja de querer o cogitar en nada ordenó el reportero. Sube a tu habitación y duerme un poco. Olvídalo. Sé que es un consejo babieca, pero es el mejor que puedo darte. Te llamaré por la mañana. Está bien?

Ambos se levantaron. Ella le apretó la baza.

Y muchas gracias. Este es mi problema y, sin embargo, lo has hecho tuyo. No sé qué hubiera hecho sin ti. Probablemente me hubiese vuelto loca.

Olvídalo estaba abochornado. Te llamaré por la mañana.

La acompañó hasta el ascensor y sólo cuando las puertas se cerraron con estrépito detrás de ella se dirigió a la entrada del hotel. Pelgrim todavía se sentía un poco tembloroso, así que llamó a un taxi. Al entrar en la avenida, vio algo por la marco lateral. Mientras pasaban velozmente, vio el inconfundible bulto familiar apoyado casualmente contra un buzón, con el rostro vuelto hacia la fachada del hotel.

Chofer, espere un minuto! Quiero volver.

No puedo girar aquí, señor se quejó el lider. Es contra la edicto.

La siguiente mejor opción fue dar la vuelta a la manzana. Sin embargo, el hombre grande se había alienado. George se acomodó en el taxi, satisfecho de que no hubiera nada más que pudiera hacer esta noche.

En su apartamento escurrió una toalla en agua fría y se la puso alrededor de la cabeza. Ayudó, le hizo cogitar mejor. Esa pequeña cosa de la que Linda había hablado, lo que había notado sobre este hombre. l también lo había notado. La extraña humedad de esas manos fornidas como jamones. Quizás había enfermedades que causaban estas cosas, él no lo sabría, y quizás acompañadas por algún tipo de trastorno mental. Todas estas cosas las podría averiguar y las descubriría. Mientras baza, iba a barajar el mazo y hacer interceptar a la Reina de Corazones.

Su alarma lo dejó sin sueño a las siete y media. Al cabo de media hora, con una ducha y un desayuno de café y huevos fuera del camino, estaba hablando por teléfono con Linda Mallory.

Número uno enumeró con pedantería, Quiero que recojas tus cosas, Linda. El tipo sabe dónde estás. Vamos a apanar eso. Número dos, llama a tu trabajo y diles que lo lamentas pero que no volverás. Y no salgas del hotel. Entiendes?

Colgó y se fue a la oficina, sorprendiendo considerablemente al personal del periódico, desde el copista hasta los reporteros subalternos, por su llegada anticipada.

Entró en la oficina que compartía con Jim Crosier y cerró la marco. Era demasiado pronto para que el otro estuviera allí, pero George aprovechó su tiempo. A las diez en punto había localizado un lugar al otro lado de la ciudad donde podría conseguir una habitación para Linda. Era en un vecindario cauteloso, no lejos de un metro. A las diez y media lo había arreglado todo con Mort Hoge, el editor de artículos dominicales, para que aceptara a Linda como mecanógrafa.

Entonces entró Crosier.

Así que eres el reportero de delitos número uno en el condado.

Era una choteo entre ellos. En realidad, Crosier sí conocía el tema, era un avezado en la historia de la violencia, en el procedimiento judicial y sus aspectos legales. George describió sus experiencias con Linda Mallory. Al colofon, el otro reportero sonrió.

Te quedaste con la mujer?

Pelgrim resopló.

Veo que sí respondió Jim a su propia pregunta. Y no has amonado demasiado últimamente, proposicion?

Espera un minuto. Si crees que tengo esta patada en la cabeza...

Escucha, George. La señorita evidentemente tiene otros admiradores además de ti. Este hombre gordo es uno de ellos. Ya sabes lo que dicen sobre nuestra civilización. Solo tendrás que aceptarlo, chico, Qué? No, hijo, es un punto difícil legalmente hacer que arresten a un hombre porque dices que ha estado siguiendo a alguien. Sobre tu pelea de borrachos con él anoche... no lo sé.

George ahogó una réplica enojada cuando el otro reportero se volvió hacia su máquina de escribir. Y, sin embargo, no había sido él mismo escéptico al proposicion? No, supuso que tendría que manejarlo él mismo sin órdenes judiciales, el Departamento de Policía o Crosier. Sin embargo, había una pequeña cosa que ayudaría. Conseguiría un arma. Eso era factible.

Salió de la oficina al mediodía y tomó un taxi hasta el hotel de Linda. La llamó y le dijo que bajara con su pertrechos. Ella estuvo lista en diez minutos, aunque él tuvo que acallar sus protestas.

No te preocupes. Tengo otro lugar para ti.

No, no debía dejar la nueva dirección como una de reenvío de correo. Después de un momento decidieron que podía perdonar cualquier misiva, o correo al club de natación al que pertenecía.

El taxi que tomaron siguió un curso excéntrico hasta que George, mirando por la ventanilla trasera, se dio cuenta de que no había persecución. Su casualidad era una anciana casa de piedra rojiza de cinco pisos. La casera era la señora Brumley, una anciana regordeta, viuda de un ex reportero de la Gazette. Les dirigió un saludo maternal a ambos.

Es bueno verte le dijo a Pelgrim. Y tengo la trozo trasera del tercer piso para la señorita.

George vio a Linda levantar las crujientes escaleras alfombradas. La suya era una habitación grande y aireada con vistas a los patios traseros.

Te gusta?

Creo que es grandioso respondió Linda.

Está bien, te acomodas y luego mañana llegarás a la oficina a las nueve le dio la dirección. No esperes verme advirtió George, pero te esperan en el Departamento D.

Bajó las escaleras y habló con la señora Brumley por un momento antes de irse. Explicó que la señorita Mallory había tenido las atenciones no deseadas de un hombre durante algún tiempo y que esa era la razón del apresurado cambio de dirección. La señora Brumley se encargaría de que no la molestaran extraños aquí. George describió al hombre corpulento con cuidado.

El teléfono interrumpió el sueño de Pelgrim a la mañana siguiente. Un ojo entreabierto se centró en el reloj. Con mal humor, notando que no eran ni siquiera las ocho, dijo un hola somnoliento, y luego las palabras que oyó lo atravesaron más profundamente que el timbre del teléfono. Era Linda y estaba asustada, muy asustada. Los ojos de George Pelgrim estaban ahora bien abiertos.

Oye, espera un minuto. Espera.

Está en el periódico repitió ella. Peggy Greene, vivía al lado mío en el hotel! Te la he mencionado, George. Bueno, tal vez no lo haya hecho.

Bueno, qué pasa con ella?

Está muerta. Estoy tratando de decírtelo! La encontraron en la noche!

Eso es duro se compadeció, terriblemente duro. Sé que es una sorpresa espantoso, pero no entiendo...

George, es él. Estoy segura! Escúchame. Peggy era casi de mi talla. Ayer, cuando estaba empacando, me pidió prestado mi traje azul. Se lo presté. Quería ponérselo por última vez. No lo ves, George? Ella también es rubia como yo. l pensó que era yo!

El reportero pensó por un momento.

Toma tu desayuno allí y espérame. Yo te recogeré ordenó y colgó.

Treinta minutos después, en un taxi, edictoó la primera edición de la Gazette. El crimen se calificó como un titular de cuatro columnas. La policía pensó que la habían estrangulado en algún momento alrededor de la medianoche en una sección solitaria a menos de una docena de cuadras de su hotel. A George le hizo preguntarse si era la misma sección solitaria donde él y Linda habían tenido su practica antes. La causa de la fallecimiento fue estrangulamiento. Por las marcas en la garganta, la víctima había muerto por jadeo. No había rastro del agresor, aunque la policía estaba segura de que era un hombre.

Había una foto de Peggy Greene. Era rubia, mayor que Linda y de complexión tenaz y corpulenta. En la oscuridad, con su cabello transparente y el vestido, fácilmente podría haber sido confundida con la otra mujer.

La señora Brumley estaba llena de solicitud, diciendo una y otra vez trivial niña. Linda estaba conteniendo las lágrimas con codicia. George intentó darle una palmada en el hombro. Parecía inadecuado. Finalmente la convenció de que lo acompañara a la oficina.

No querrás sentarte aquí todo el día repasando todo esto señaló el papel sobre la mesa.

Pero lo repasaron yendo al objetivo. George forzó un optimismo que no sentía.

Podemos darle a la policía una dirección sobre el culpable opinó. Trató de omitir, obviamente, el tipo grande estaba detrás de ti. Pero Linda Mallory lo entendió. Ella se volvió hacia él.

Está alienado, no es así, George? Completamente alienado. Una especie de maníaco pervertido.

No lo sé, no sé lo que es.

No importa cuál sea el problema con el resto del mundo o con su propio mundo, es útil estar en una oficina grande e impersonal con mucha gente. Estás atrapado en el canto y la actividad. Es un intangible. No importa cuál sea tu problema, te sentirás mejor.

Linda lo hizo. Dos horas después de ser introducida en el Departamento D, estaba sentada allí escribiendo rutinariamente, escuchando a la pelirroja que mascaba chicle quejándose de su novio y riéndose a pesar de sí misma de las bromas de uno de los muchachos de la oficina. Había otra cosa dentro de ella, la conmoción, el miedo y el arrepentimiento por perder a una amiga; tal vez no conocía a la mujer Greene desde hacía mucho tiempo. Tal vez solo un mes, pero aun así el sentimiento era perturbador.

George hizo que le enviaran los almuerzos al piso de arriba, y después la llevó a pasear, mostrándole algunas de las imprentas y las salas de composición. Más tarde ese día llamó a su club de natación. Les dijo, tal como le había indicado George, simplemente que se había tenido que mudar y que llegaría en una semana. Ellos, a su vez, pasaron la información de que había un par de cartas para ella y una llamada persistente, un hombre que seguía preguntando por su paradero.

Aquella noche, George la llevó en taxi directamente a casa.

Al colofon de la semana ella lo convenció de que la dejara ir al club de natación. Consiguió un tiempo exento a media tarde para ambos.

Después de todo argumentó, se supone que soy nadadora. Tengo que practicar de vez en cuando.

Había una piscina en el sótano del edificio. Linda miró su correo y luego a George. l adivinó lo que se avecinaba. Había una mujer de rostro curtido y aspecto masculino que había estado ocupándose de ella junto al escritorio, diciendo cosas como: así que descuidando tu práctica, concubina, y después de un comienzo tan prometedor. Linda dijo:

George, debería practicar un poco en la piscina. Aquí está perfectamente bien. Puedes quedarte o irte, como quieras. No te parece?.

Me quedaré respondió secamente.

El tanque estaba en el nivel del sótano, una pequeña piscina de veinte metros, con paredes verdes y fondo de azulejos blancos. Había algunos bancos por un lado. En el otro había dos pasillos, uno conducía a las escaleras y el otro a los vestidores y duchas. Se sentó en uno de los bancos y estiró su largo cuerpo. El agua estaba muy clara y completamente inactiva. Supuso que más tarde habría más movimiento. Pero ahora era muy solitario, y las luces amarillas de la cúpula parpadeaban solemnemente sobre él.

En un momento, Linda salió en traje de baño. La mujer de rostro curtido que había sido presentada a George como entrenadora de natación de la Asociación se paró al lado de la piscina y gritó instrucciones mientras la mujer nadaba arriba y abajo, primero lentamente y luego más rápido.

Estás rodando demasiado, concubina.

George, menos perfeccionista, se maravilló de los trazos largos y poderosos de Linda.

Está bien la entrenadora aplaudió. Ahora haz unas pocas docenas de largos.

A continuación, la entrenadora hizo una seña a Pelgrim.

Hay algo de lo que me gustaría hablar contigo dijo en voz baja. Aquí no. Ven a mi oficina un momento.

George miró dubitativo a Linda en la piscina. Ella lo saludó alegremente. Siguió a la mujer mayor por las escaleras. Lo condujo a una oficina pequeña y lúgubre y cerró la marco. Las paredes estaban cubiertas de fotografías de nadadoras.

Mis chicas entonó la mujer con orgullo. Realmente creo que Linda Mallory podría ser una de las mejores, pero no ha estado practicando lo suficiente.

Y de qué querías hablarme?

La entrenadora enrojeció. Sus manos se agitaron en el aire. George se dio cuenta de que estaba realmente avergonzada.

Creo que será mejor que vuelva a la piscina.

No, no gritó ella, y puso una baza en forma de garra en su brazo. Verás, Linda debería dedicar todo su tiempo a la natación. Realmente podría, bueno, creo que realmente podría volverse muy buena. Es una gran oportunidad.

Así parece, pero realmente creo que debería volver.

Ella protestó débilmente de nuevo. Pelgrim abrió la marco y empezó a bajar las escaleras hasta el sótano. Escuchó que la mujer lo seguía unos pasos atrás. La piscina estaba vacía, y ese vacío se le atascó en la garganta. Cuánto tiempo había estado arriba? Cinco minutos, tal vez un poco más. Se volvió hacia la mujer, furioso.

Dónde está el camerino de Linda Mallory?

Ella hizo una seña hacia el otro pasillo.

Ahora, no se emocione baza, chico.

Corrió por el pasillo. Ella lo siguió.

Ese indicó a la izquierda.

En todas partes, las puertas del vestidor estaban abiertas y mostraban nada más que un vacío absoluto. Sin llamar, abrió la única marco cerrada. También estaba completamente vacío. La mujer mayor estaba en la marco detrás de él.

De proposicion, está bien protestó. Te estás excitando demasiado.

Qué es lo que está bien! gritó George.

Ella está con el noble insistió la entrenadora. Ella está bien.

Le contó la historia. Este hombre que había telefoneado tantas veces preguntando por Linda, admitiendo caprichosamente que, como pretendiente, estaba perdiendo frente a otra persona. Le avisarían la próxima vez que ella viniera, lo llamarían de inmediato?

Me dio su número proclamó la mujer, y me obligó, positivamente, a que aceptara un billete de cincuenta dólares el recuerdo todavía la avergonzaba. Fue muy persistente.

Cómo se veía? gritó Pelgrim.

Bueno, no es lo que realmente llamarías guapura. No, en absoluto. Era muy grande, casi gordo, sí, gordo. Una cara grande y blanca con ojos muy oscuros, pero fue muy cortés conmigo.

George pudo verla recordando el billete de cincuenta dólares.

Y crees que Linda se fue de aquí con él por su propia codicia?

Por supuesto. l era su prometido. Al menos eso es lo que deduje.

George se burló y escuchó el extraño sonido de su propia voz alzándose.

Mire aquí un minuto.

La mujer se adelantó mirando hacia el vestidor, con los ojos desorbitados como si esperara encontrar un cadáver.

Su ropa! tronó Pelgrim. Su vestido, todas sus cosas están aquí. Crees que ella desapareció, dejó este edificio por su propia codicia en traje de baño?

La mujer negó con la cabeza, el asombro se extendió por su rostro.

Ciertamente no se arriesgaría a llevarla arriba y afuera de esa manera. Hay una entrada trasera? Rápido!

La mujer asintió y señaló el camino por el que habían venido. George lo encontró. Conducía a un callejón junto al edificio. También estaba vacío, pero afuera, junto a la pared de ladrillos, estaba su birreta de baño rojo con una costura de goma rota. Lo recogió y, sin decir nada más a la sorprendida mujer mayor que aún seguía su rastro, se subió a un taxi y le dijo al lider:

Llévame a la comisaría más cercana.

El sargento Murphy fue de gran ayuda en esa forma imperturbable y poco constructiva que tienen los oficiales de policía ante cualquier catástrofe. George dio una descripción completa de Linda y, lo mejor que pudo, una descripción del hombre. El único factor que provocó que un llaga de vida se encendiera en el rostro del sargento fue razonar que la mujer había sido secuestrada en traje de baño.

En traje de baño, dices! esa fue la única contribución del sargento Murphy.

George se fue a casa. Se sirvió un ingestion tenaz y otro, luego se acordó de llamar a la oficina y les dijo que transfirieran las llamadas a su apartamento. George encendió la radio. Llamó a la comisaría. No hubo novedades. Nunca antes había sido un corredor, pero ahora caminaba de un lado a otro. Fue doblemente difícil porque era culpa suya por dejarla allí.

Esa estúpido babieca de mujer hablando sobre el noble dándole un billete de cincuenta dólares! Pero los billetes de cincuenta dólares no crecen en los árboles, lo que podría significar que era pudiente y, en ese caso, estaría bien. Qué razonamiento!

A la una y cuarto de la madrugada (George sabía la hora exactamente porque acababa de escuchar las noticias en la radio), llamaron a su marco. Los golpes eran insistentes, histéricos.

Pelgrim abrió la marco, esperando cualquier cosa. Era Linda. Ella cayó en sus brazos. Sus rodillas cedieron y cayó al suelo. Tenía un abrigo largo, decrepito y andrajoso a su alrededor y un feo hematoma en el pómulo. Ella le murmuró algo sobre un taxista y se quitó el abrigo largo. George lo entendió.

Estarás bien por un minuto?

Ella asintió con la cabeza, pero se sentó en el suelo donde se había derrumbado. Su rostro estaba gris, sus ojos estaban llenos de jadeo. Se aseguró de que el pestillo estuviera en la marco y sintió que se cerraba desde fuera. El taxista esperaba con escepticismo y se ponía cada vez más inquieto.

No debería haberlo hecho, señor aceptó agradecido su largo abrigo.

George le pagó el pasaje y una donacion de cinco dólares, con lo que el taxista se puso matamoros.

Debería cuidar mejor a su esposa, señor, una mujer hermosa así. Choteo de disfraces, me dice. Qué choteo de disfraces, me digo! Ir por la ciudad en traje de baño! No es asunto mío, pero si me pregunta, señor, le diré que es extraño.

George dejó al lider hablando y se apresuró a regresar al edificio. Al cabo de un momento volvió a entrar en su apartamento. Sus ojos estaban muy abiertos por el miedo y vidriosos por la conmoción. La acercó a su cama y la subió a ella. Luego llamó a un médico amigo suyo, un hombre al que no le importaba que lo molestaran a esa hora y que no le haría demasiadas preguntas.

Linda dijo poco. Ella estaba claramente agotada. El doctor Allen, cuando llegó, lo confirmó.

Le he dado algo para que se duerma le dio un puñetazo a su amigo en el hombro en choteo. Qué estás haciendo, George, mi chico, y cuál es el asunto del traje de baño?

Ella está bien? Pelgrim no estaba de humor para bromas.

Ella está bien. Un buen sueño bastará. Tiene un feo hematoma en el pómulo.

Después de que Allen se fue, George entró de puntillas y vio que Linda estaba durmiendo. Cerró la marco silenciosamente y luego se acurrucó en el sofá de la sala.

Ella durmió hasta tarde, y antes de que él escuchara los primeros movimientos en su habitación, ya había preparado algo de desayuno. Luego telefoneó a la oficina diciendo que ella no iría y que él llegaría tarde. Cuando le sirvió café y tostadas, se alegró de lo mejor que se veía, aunque el pómulo todavía estaba feo.

Hola dijo Linda.

Recuerdas algo de anoche?

Ella no negó con la cabeza, pero parecía dudosa. Luego apretó las manos con fuerza.

Sí su voz era baja. Sí, lo recuerdo. Lo recuerdo todo, George, y no quiero hacerlo.

No le gustó la expresión de su rostro y charló rápidamente sobre otra cosa. Le sirvió un poco de café. l le dijo que se quedara quieta, que no contestara el teléfono o la marco a menos que sonara con un código credulo que él le explicó. Luego salió.

Las oficinas de la Administración Civil de la ciudad no le eran desconocidas. Había estado allí antes. Una vez hubo una alegato en las cámaras del alcalde. En otra ocasión, cuando el Comisionado de Policía había sido juramentado. El Comisionado, recordó George, era un hombre alto con el porte erguido de los militares y un bigote gris erizado, un hombre bastante guapura.

Mientras esperaba en la antesala, George ensayó mentalmente lo que iba a decir. Por supuesto, era inusual llevar una elegia al Comisionado, pero consideró que, dadas las circunstancias, era justificable. No era en absoluto reacio a sumirse provecho del codicia de un funcionario público de complacer a los representantes de la prensa. Una buena prensa a menudo elige a los funcionarios públicos y la información comprensiva es una buena prensa. Cualquiera, desde el nivel más perverso de guardia hasta arriba, lo sabe.

Lo diría simplemente: Señor Comisionado, me doy cuenta de que este es un caso bastante extraordinario, pero esta conocida mía y delinearía la situación, terminando con una descripción del gran hombre. El Comisionado escucharía cortésmente y, como mínimo, se publicaría algún tipo de alarma o alerta para recoger a este dignidad, al menos para interrogarlo.

George esperó. Y luego se abrió la marco de la oficina del Comisionado. Pero los ojos de George no eran para su porte erguido y el bigote gris pulcramente recortado. En lugar de eso, quedaron atrapados y fascinados por el compañero del comisario. La inmensidad, la oscuridad, el traje arrugado

Los dos hombres se dieron la baza con codicia y luego el monstruo de traje oscuro pasó pesadamente junto a Pelgrim como si no lo hubiera visto, y salió de las oficinas.

El Comisionado hizo una seña al reportero, atónito, frunciendo el ceño mientras lo hacía. El ceño se quedó quieto cuando se sentaron adentro. La boca de George estaba seca. Su garganta estaba cerrada. Las palabras no venían. No vino nada. En cambio, el Comisionado habló con el ceño fruncido.

Ahora, señor Pelgrim. Es usted Pelgrim de la Gazette, proposicion?

George logró asentir. El Comisionado prosiguió:

Ah, sí, transparente que te recuerdo. Por favor, no me digas que has venido aquí para presentar una elegia!

George estaba inmóperverso. El Comisionado hizo un gesto con la baza.

Todos cometemos errores. Por supuesto, no quiero avergonzarlo con un recital de lo que sabe muy bien, porque el hecho es que el señor que acaba de irse ha presentado una elegia en tu contra. Me dijo hace un momento que, siguiendo tu conducta de los últimos meses, probablemente lo estarías siguiendo aquí el comisario hizo otro gesto con la baza en el aire. Dijo que probablemente podrías presentar una imprecacion en su contra.

El Comisionado sonrió como si esta última casualidad fuera tan ridícula que ninguna otra reacción facial pudiera satisfacerla.

Hay una mujer, lo sé continuó el Comisionado.

George empezó a hablar, pero el funcionario le indicó que guardara silencio.

Lo sé, sé cómo surgen estos malentendidos. Pero, dadas las circunstancias, le sugiero que salga de esta situación con deferencia. Por supuesto, no me gustaría tomar ninguna medida en nombre de la ciudad o del Departamento de Policía contra usted, por ejemplo, hablando con su empleador.

Quién es él? dijo George finalmente.

El Comisionado pareció sorprendido.

No lo sabes? Ese es Lother Remsdorf, Jr!

El nombre dio vueltas en la mente de Pelgrim y luego se encendieron las luces. Lother Remsdorf había sido el brillante experimentalista y multimillonario propietario de ese enorme lugar en Grandview Avenue, algunas plantaciones en el sur, minas de carbón y vastas propiedades inmobiliarias. Remsdorf podría comprar y vender Comisionados de policía.

De qué me acusa? George preguntó con los labios apretados.

Ahora, ahora, señor Pelgrim. Todo esto se puede hacer con un mínimo de dramatismo y sin una gran pérdida para usted. Hay, ya sabe dijo con lo que pretendió ser una sonrisa ingeniosa, otras chicas en el mundo. Deje en paz a la prometida del señor Remsdorf! Espero haber sido transparente.

Los siguientes días fueron tortuosos. Linda había recuperado su fuerza física y, poco a poco, la conmoción de sus experiencias con Remsdorf había pasado. George se enteró poco a poco, sin querer forzarla, sobre cómo había aparecido el gran hombre de la nada poco después de que George subiera las escaleras con la entrenadora. La había agarrado antes de que pudiera escapar a la piscina de nuevo y la había obligado a salir por el camino de atrás. Habían conducido durante mucho tiempo en su larga, negra y cara limusina. El chofer era una especie de sudamericano de librea, pensó.

Le contó una extraña historia sobre él y sobre ella y donde, como un crucigrama, sus dos destinos encajaban. Le había dicho que no era como los demás hombres. Ella lo había escuchado con creciente odio, no queriendo asentir lo que decía, sus ojos observaban fascinada las gotas de humedad en el dorso de sus enormes y carnales manos, y recordó que cuando él la había tocado, sus manos estaban mojadas como si él hubiera estado nadando y no ella.

La forma prosaica y práctica en que presentó lo que afirmó era una proposicion científica sobre sí mismo hizo que las revelaciones fueran aún más horribles. Linda se había sentado acurrucada en la esquina de su enorme sedán, aturdida, sin palabras. Finalmente había conducido hasta la casa de Grandview Avenue. La había ayudado a entrar. Ayudado no era la palabra, porque su baza gigante se había cerrado sobre su antebrazo y ella sintió que él lo habría arrancado antes de dejarla escapar. Y a dónde podría ir? La imposibilidad de huir por una calle de la ciudad en traje de baño!

Le había hablado en la casona, tan silencioso e imperturbable como sus criados que iban y venían con bebidas y merendola que ella evitaba tocar. Bebía, advirtió ella, grandes cantidades de líquidos, jarras de leche, vasos y vasos de agua y licores variados. Finalmente él se sentó a dormir y parecía empapado de agua, rodeado de vasos vacíos. Había reunido sus fuerzas y corrió por los pasillos de la anciana y monstruosa casa. Lo había escuchado despertarse, el sonido de una campana sonando, sin duda para convocar a los sirvientes, y luego su enorme peso viniendo tras ella en su persecución.

Afortunadamente, había encontrado una marco, y adecuado cuando su figura de pesadilla doblaba una esquina detrás de ella, irrumpió en la calle, sin preocuparse por su apariencia. Fue entonces cuando encontró un taxi y contó su historia entre lágrimas. Cualquier historia, que había estado en una choteo de disfraces, y le dio al lider la dirección de George.

Pelgrim escuchó, medio incrédulo algunas veces, pero el terror había sido una cosa estampada en su rostro, tan real como el hematoma donde el hombretón la había golpeado cuando la arrastró luchando fuera de la piscina.

Los días se convirtieron en semanas, y las semanas con su tranquilidad se prestaron con gratitud a una creciente sensación de seguridad. Linda lo sintió y disfrutó de ello. El color volvió a su bonito rostro. Ella había continuado en casa de la señora Brumley y su rutina era credulo. George la recogía todas las mañanas en un taxi y se dirigían a la oficina. Volvían a casa juntos por la noche, y en todo ese tiempo nunca vieron a Remsdorf. En los primeros días de ese período, George descubrió todo lo que pudo sobre Lother Remsdorf, Jr. El padre había sido un científico brillante. Nada menos que una autoridad que Carrel había denominado como adelantado a su tiempo.

Había tenido la brillante mente analítica, incisiva y curiosa del experimentalista nato, además de la herencia familiar de vastas riquezas que le permitieron ahondar donde quisiera, independientemente de las políticas que rodean las subvenciones monetarias de las instituciones científicas y médicas. Algunos expertos opinaron que no había límites para los avances antropológicos, biológicos y protoplásmicos que Remsdorf podría haber logrado cuando la catastrófica explosión destruyó su laboratorio de montaña. La mayor trozo de su equipo y todas sus notas fueron borradas, y los grupos de búsqueda que acudieron al elevado sitio para buscar entre las ruinas ennegrecidas nunca encontraron rastro de Remsdorf, padre.

Sin embargo, había un hijo para continuar con el nombre: Lother Remsdorf, Jr. Aunque aparentemente sus intereses no estaban relacionados con la ciencia, supuestamente tenía una mente brillante, y como heredero directo y único era uno de los tres hombres más ricos en el país. Un hombre en su posición podía comprar casi cualquier cosa que quisiera, desde propiedades hasta vidas humanas, para hacer, distorsionar o destruir, como quisiera.

Pelgrim sintió una enorme futilidad en esos primeros días, pero a medida que pasaba el tiempo y Linda se alegraba, él también tenía esperanzas de haber visto lo último del gran hombre. Con los meses llegó el comienzo del invierno, y la primavera y el verano pasados parecían una historia medio olvidada que se encontraba en el pasado distante.

El trabajo de Linda en el periódico había continuado, pero un día se acercó a George con los ojos brillantes. Se avecinaba la última competencia de la temporada. Quería competir.

Sé que he descuidado mi práctica admitió, pero me gustaría intentarlo. George, ese espantoso asunto ha quedado atrás. No lo crees?

Dijo que pensaba que sí, pero de alguna manera le molestaba la asociación con la natación. Le pidió la tarea a su editor y, una semana después, estaban en el tren, con la aceptación de la entrada de Linda en su bolso. El viaje a la ciudad del sur fue un salto de la noche a la mañana. George vio a Linda a salvo en su litera inferior. La de arriba estaba ocupada por una anciana que iba a visitar a su hijo, mientras que George tenía un piso superior al otro lado del pasillo.

Su codicia de fumar un cigarrillo antes de acostarse llevó al reportero a la trozo trasera del tren. El coche estaba vacío a esa hora excepto por un portero contando propinas. Pelgrim abrió la marco y se abrió camino en la oscuridad hasta un asiento. Ahuecó sus manos sobre una cerilla para encender su cigarrillo. Inhaló profundamente y luego expulsó el humo a las corrientes de aire que se apresuraron a sobrevenir.

Era tan silencioso como un vagón de ferrocarril con el rítmico chasquido de las ruedas, lo suficientemente silencioso como para que cuando una voz dijera: Buenas noches, señor Pelgrim, George saltara mientras pensaba en un disparo de revólver.

Volvió la cabeza y solo distinguió la forma de alguien sentado en el asiento opuesto. Los tonos y la forma le resultaban demasiado familiares. George exhaló de repente, un jadeo que sonó como:

Tú!

Por favor, no digas nada tan prosaico como que te estoy siguiendo se rio el gran hombre, o tendré que sugerir a las autoridades que es todo lo contrario. Cómo está la señorita Mallory?

Ella estaba bien dijo George, enojado, poniéndose de pie. Se paró en la marco de entrada mirando a Lother Remsdorf. No me importa quién eres! Me voy a deshacer de ti, entiendes?

Pero esta acalorada imprecacion solo hizo que el grandullón se riera más.

Quiero tenerla, señor Pelgrim, a pesar de todos sus esfuerzos. Verá, ella y yo, nuestros destinos, están unidos. Pero no lo entendería su voz adquirió una dureza quebradiza. Será mía o no lo será en absoluto! En cuanto a sus preocupaciones acerca de quién soy, bueno, deje que eso quede subordinado, señor Pelgrim. Le sugiero que se preocupe por lo que soy!

George salió furioso por el sonido de la risa detrás de él. Se metió en su litera y se quedó allí el resto de la noche mientras las ruedas contaban las millas y las horas, y pensaba y se preguntaba y pensaba un poco más, siempre terminando en un callejón sin salida.

A la mañana siguiente, transfirió el revólver de su maleta a su bolsillo. Había planeado no decirle nada a Linda sobre Lother Remsdorf, pero al bajarse del tren vio al hombretón bajar dos pertrechos. La inmensidad, el volumen, el traje oscuro arrugado, estas características no debían confundirse. Tampoco pasaron inadvertidas para la mujer.

Dios mío casi gritó, no vamos a ser nunca libres de él? Ha vuelto a aparecer, George! Qué podemos hacer?

Trató de calmarla, y en trozo lo logró. Su hotel era pequeño y George se aseguró de que no hubiera ningún Remsdorf registrado allí. Sin embargo, la noche siguiente en los campeonatos, el grandullón estaba sentado de manera prominente en un asiento junto a la piscina. George se preguntó por el coraje de Linda. Desde su posición en la fila de la prensa podía ver su rostro tenso, sus ojos atraídos, casi como hipnotizados por la oscura masa sentada, mirándola implacablemente.

En la colofon su salida fue trivial, como si estuviera preocupada por otra cosa y apenas oyera el arma. Nadó intrepido y espléndidamente, recuperando la mayor trozo del terreno perdido. De todas formas, llegó en segundo lugar a un pie más o menos detrás de la líder. Más tarde, en su hotel, la mujer estuvo al acera de la histeria. Las presentaciones de medallas estaban programadas para el día siguiente.

Tenemos que salir de aquí, George insistió Linda. Le tengo mucho miedo.

Hicieron las pertrechos apresuradamente y se marcharon por un camino trasero. El pequeño pueblo del sur se había llenado de visitantes atraídos por el espectácul* acuático. A pesar del aire frío, un espíritu de carnaval invadió las calles. George encontró un taxi y empujó a Linda adentro, dirigiendo al lider a la estación.

La primera vez que se dio la vuelta y miró por la marco trasera, no había nada sospechoso. La segunda vez pensó que los estaban siguiendo. Cuando llegaron a la terminal de trenes, estaba seguro. Le arrojó un billete al lider, tomó su pertrechos y empujó a la mujer a la sala de espera. Una última mirada había mostrado otro taxi avanzando por la calle hacia la estación.

El agente de venta de boletos lo miró, adormilado.

No estés tan emocionado, jovencito. El próximo expreso para el Norte no pasa por aquí en más de dos horas todavía. No puedo entender por qué ustedes, los Yankees, están tan ansiosos por volver a esa arruinada ciudad.

El otro taxi se había detenido en el camino de entrada. George empujó a Linda hacia la marco que conducía al andén. Los rieles brillaban fríamente perverso las ocasionales bombillas eléctricas. Se apresuraron un poco hacia el andén, y luego Pelgrim, mirando hacia atrás, vio la luz oblonga cuando se abrió la marco de la estación. Aun así, nadie podía verlos hasta que saliera de la sala de espera iluminada.

Atravesaremos las vías murmuró. Es la única manera.

Ahora era un vuelo, un vuelo ciego e histépudiente para escapar. Ayudó a Linda cuando sus talones quedaron atrapados en un durmiente. Cuatro vías, ocho vías, y luego arbustos y arbustos, afortunadamente del otro lado.

Sabes a dónde vamos? preguntó ella.

No estoy seguro, pero recuerdo que cuando llegamos aquí había un aeródromo no lejos de la estación.

Avanzaron por la zona boscosa. Casi al mismo tiempo que vieron la baliza pasear en el divino delante de ellos, ambos detectaron los sonidos de persecución, pisadas pesadas y metódicas, inconfundiblemente los sonidos de una persona grande que los seguía.

Continúa! jadeó George, y la escena recordaba levemente a esa otra época, meses antes en la ciudad. Continúa, puedes lograrlo. Yo lo enfrentaré.

Ella quería quedarse, o huir con él. Sus labios rozaron su mejilla. Linda murmuró:

No quiero dejarte y él le ordenó con brusquedad que se fuera, esto terminará hoy, para bien o para mal.

Linda vio el revólver en su baza y comprendió.

Pasaron los minutos, más tiempo del que se había encarado a esperar. Ella ya estaba bien lejos, casi en el aeropuerto municipal, pensó. Y luego, de entre los arbustos, apareció Lother Remsdorf, con la ropa de su enorme cuerpo de toro más arrugada que nunca, las manos colgando a los costados y el sombrero oscuro sujeto con fuerza a la cabeza. Avanzó lentamente, la luz de las estrellas se reflejó en el revólver de Pelgrim.

Ahora nos dejarás en paz? gruñó el reportero entre dientes. Volverás por donde viniste y no volverás a molestarnos nunca más?

La risa comenzó entonces dentro del gran hombre, en lo más profundo de su interior, y se convirtió en un gorgoteo sonoro. Las manos gigantes se levantaron y dio un primer paso amenazante cuando George disparó.

Apuntaba directamente al gigantesco objetivo del hombre, y en el rango de solo varios pasos, no podía haber fallado. Remsdorf se abalanzó hacia él y el sonido baboso de su risa pareció tundir al reportero. George disparó una y otra vez, pero el monstruo siguió acercándose.

Dos disparos más, y luego, con solo una bala en la recámara, Pelgrim levantó su revólver y apuntó directamente al horrible rostro objetivo e hinchado que se cernía ante él. Apretó el gatillo y vio el curso de la bala en la cara del hombre. Remsdorf negó con la cabeza y se detuvo, pero Pelgrim estaba como clavado en el suelo, hechizado.

El grandullón seguía sonriendo y una baza se acercó y se tocó la mejilla. El agujero era aparente, pero lo que rezumaba, lenta, espesa, casi como miel, no era sangre. No podía ser sangre porque no era rojo. Era un líquido de color neutro, extraño y espantoso de ver, inexplicable. Una sustancia casi blanquecina, espesa, parecida al suero.

Tienes agua en ti, no sangre gritó involuntariamente el reportero. No eres humano...

Casi imperceptiblemente, la gigantesca cabeza asintió, como en un acuerdo mudo y natural.

Entonces George se volvió y echó a correr. Corrió tan rápido como pudo, baza tiempo como pudo. En algún lugar del fondo de su conciencia, el chico pensó que esto no podía ser, que se despertaría y descubriría que todo era un sueño, pero tuvo suficiente presencia de ánimo para guardar el revólver en el bolsillo de su abrigo mientras llegaba al aeropuerto municipal.

Ella lo estaba llamando y tomaron un vuelo hacia el norte. No podía hablar, solo jadeaba, pero se acurrucaron juntos mientras el avión se llenaba. Los minutos pasaban y Linda seguía murmurando con la cabeza apoyada en su hombro. Por qué el avión no partía? Sostuvo su cabeza allí porque estaba demasiado cansado para hacer otra cosa y porque no quería que ella viera quién acababa de levantar al avión sonriendo todavía... un hombre con seis balas en el cuerpo. Un hombre?

Volaron hacia la noche, hacia el alba, y todo el tiempo George pudo sentir, sin mirar, esos ojos sobre ellos, desde atrás. Linda durmió contra su hombro de manera escabroso y él acarició suavemente su cabello dorado. El vuelo terminó en un aeropuerto del norte y los dos desembarcaron aturdidos. Remsdorf estaba muy cerca. Fue uno de esos caprichos del casualidad que hizo que George mirara hacia el avión canadiense que se estaba calentando en la siguiente pista. De improviso compró dos billetes, y en quince minutos volvieron a volar hacia el norte, pero no más solos, ni más impunes de lo que habían estado antes.

George tenía un pariente en esta cierta ciudad canadiense hacia la que se dirigían, un tío de cierta influencia local, pero del que no se podía esperar que contribuyera a su problema de manera concreta. Era sólo el impulso de seguir adelante lo que había impulsado a Pelgrim. Linda tenía demasiado frío y estaba demasiado cansada para preocuparse más. Empezaba a nevar cuando aterrizaron en el aeropuerto del norte de Canadá. George metió a Linda en un taxi. El fiel Remsdorf estaba muy cerca en otro. Salieron en la dirección de su tío. La nieve era más densa y el viento helado.

George buscó el nombre de su tío en el timbre. No había nada. Frenéticamente presionó Superintendente. El taxi de Remsdorf se detuvo afuera y el hombretón salió al otro lado de la calle. George esperaba que se quedara paralizado con su arrugado traje oscuro, se enfermara, cayera muerto, cualquier cosa.

El superintendente se asomó por la marco con una cara adormecida.

Ya no está aquí. Se ha mudado. Está a unas diez cuadras de la calle.

Garabateó una dirección para Pelgrim y se la entregó. Los dos empezaron a andar de nuevo, con las cabezas inclinadas contra la huracan. La nieve casi se había detenido cuando el mercurio descendió aún más, pero la marcha iba mal y el viento era cimarron. Los dientes de Linda castañeteaban mientras caminaban, interminablemente al parecer.

La última mitad del camino pasaba por un pequeño parque, desierto con este clima. El hombretón todavía estaba detrás de ellos, o eso vio George cuando estiró la cabeza, pero había algo nuevo y extraño.

Qué es? los dedos de Linda se clavaron en el brazo de Pelgrim.

Está bien aseguró George. Sigamos adelante pero su cabeza todavía estaba inclinada hacia atrás.

El grandullón caminaba tambaleante, rígido. Parecía estar esforzándose baza como antes por seguirles el paso, pero sus pasos eran torpes incluso para él.

Casi habían llegado al otro lado del parque cuando George vio que Remsdorf se tambaleaba y extendía sus grandes manos para agarrarse de un banco. Se acomodó rígidamente en él como un decrepito con reumatismo.

George volvió la cabeza y vio la dirección delante. Pronto estuvieron fuera del mal tiempo y su tío, pequeño, gris como siempre, cacareaba sobre ellos como una gallina. A Linda la acostaron inmediatamente en la habitación de invitados con una bolsa de agua caliente y medio litro de té. George habló con su tío durante un rato, agradecido de que el hombre mayor no lo presionara por razones.

Sé que ustedes, los periodistas dijo, siempre están metidos en problemas buscando historias. Hijo, deberían acostarse ahora. Pareces bastante arrugado.

George le aseguró que lo haría, pero dijo que no, que ciertamente no asentiría la cama del decrepito. Dormiría en el sillón.

A medianoche, la casa estaba en silencio. George se acercó de puntillas al armario del frente y sacó un abrigo. Luego, en silencio, salió por la marco principal.

La noche estaba clara y con nieve. Se dirigió hacia el parque desierto. Caminó por el camino que habían tomado antes hasta que llegó al desolado banco. Allí estaba Remsdorf, que ya no sonreía, sentado fijamente. Los pensamientos del periodista volvieron a la sustancia acuosa que había salido de la herida del monstruo donde debería haber sangre.

George se acercó y sus ojos se abrieron. Era demasiado, era increíble, pero la cabeza de Remsdorf perverso el sombrero oscuro y holgado parecía una bola de nieve, sus manos eran rígidas garras de hielo. George, incrédulo, sacó el revólver del bolsillo y barquinazoó suavemente con el cañón uno de los dedos extendidos. La punta se rompió tan fácilmente como si esta cosa fuera una figura de caramelo.

Porque Remsdorf no era de este mundo. Estaba congelado. Estaba muerto. Era un hombre de hielo y nada más!

Allison V. Harding (1919-2004)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Allison V. Harding.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Allison V. Harding: El hombre húmedo (The Damp Man), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a ***.com


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 Asunto: Fantasma de humo: Fritz Leiber; relato y análisis.
NotaPublicado: Dom Jul 03, 2022 5:28 pm 
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Fantasma de humo: Fritz Leiber; epica y análisis.




Fantasma de humo (Smoke Ghost) es un epica de terror del escritor norteamericano Fritz Leiber (1910-1992), publicado originalmente en la edición de octubre de 1941 de la revista Unknown Worlds, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1947: Los agentes negros de la noche (Nights Black Agents).


[Siempre lo veía al anochecer, ya fuera en la penumbra humeante, teñalienado de rojo por los rayos de una sucia puesta de sol, cubierto por fantasmales sábanas de lluvia arrastradas por el viento, o manchado de nieve negruzca; y parecía inusualmente sombrío y sugerente, casi maravillosamente feo, aunque en ningún sentido pintoresco; deplorable, pero convincente.]


Fantasma de humo, uno de los mejores cuentos de Fritz Leiber, comienza situándonos en la perspectiva de la señorita Millick, quien está preocupada por Catesby Wran, su lider en la agencia de publicidad. l sigue haciendo los comentarios más extraños, como esta mañana, cuando de repente le preguntó si alguna vez había visto un fantasma. No un fantasma objetivo y brumoso: un fantasma moderno con el hollín de las fábricas en la cara y el latido de la maquinaria en el alma (...) una proyección vitalizada del mundo que refleje todas las cosas sórdidas y viciosas.

La señorita Millick a veces sueña despierta con el señor Wran, aunque sabe que está casado y tiene un hijo pequeño, de modo que tolera su comportamiento extraño. Catesby está convencido de que un fantasma moderno no podría lastimarte directamente, pero, y si pudiera controlar una mente adecuadamente vacía? No podría entonces lastimar a quien quisiera? Ella se ríe nerviosamente.

Cuando la señorita Millick se retira de la oficina, Catesby frota la mugre de su escritorio y tira el bayeta ennegrecido. Mira por la marco, a través de un panorama de techos. Su problema debe ser esa maldita anormalidad mental que surge en una nueva forma. La suya comenzó en el tren. Todas las noches se fija en un tramo particular de los techos: un pequeño mundo lúgubre y melancólico de alquitrán y ladrillos, casi bellamente feo. ltimamente también ha notado algo como un saco manchado de comistrajo. Sigue apareciendo más cerca de las vías del tren, con un bulto que se asemeja a una cabeza deforme.

Anoche vio a la cosa en el acera del techo más cercano, levantando una cara empapada y distorsionada de arpillera y polvo de carbón. Como es un hombre razonable, moderno, en lugar de someterse a la superstición pauta una cita con un psiquiatra, alguien tan razonable como él y que seguramente lo convencerá de que todo es producto de sus nervios. Incluso un diagnóstico de psicosis leve sería mejor que creer en lo que ve [ahora] en el techo frente a la marco de su oficina: la cosa cubierta de hollín rodando hacia la sombra de un tanque de agua.

El doctor Trevethick le pide a Catesby que describa los eventos de su infancia que cree que podrían predisponerlo a las enfermedades nerviosas. Catesby accede. De los tres a los nueve años, sostiene, fue un prodigio sensorial, supuestamente capaz de ver a través de las paredes, encontrar cosas enterradas y leer pensamientos. Su madre lo exhibió como una rareza. También lo instó a comunicarse con los espíritus, mostrándose decepcionada cuando fracasó. Dos jóvenes psicólogos, convencidos de su clarividencia, lo examinaron, pero cuando intentaron demostrar sus habilidades ante universidad, Catesby no pudo hacerlo. Lo que había sido transparente se volvió opaco, y ha permanecido así desde entonces.

Catesby se siente aliviado al descargar recuerdos largamente reprimidos; incluso está bizarro a contarle al doctor Trevethick toda la proposicion cuando este le pregunta si está viendo cosas de nuevo. Entonces el psiquiatra se sobresalta. Va hasta la marco y regresa, buscando recuperar su calma profesional. Vio a alguien afuera, o algo. Su rostro era oscuro. Catesby ve manchas en el cristal de la marco.

Sale del consultorio convencido de que lo incorpóreo existe y se mueve de acuerdo con sus propias leyes. Temeroso de poner en peligro a su familia, regresa a su oficina a oscuras. La precaución falla: su esposa lo llama por teléfono. Ronny, su hijo, afirma haber visto a un hombre oscuro fuera de su marco.

Catesby se apresura a llamar al ascensor. Tres pisos abajo, ve la cosa. Se retira a su oficina. Minutos después, la marco cerrada con llave se abre. Entra la señorita Millick. Afirma que tenía la intención de trabajar un poco más. Catesby recuerda su especulación anterior: un fantasma moderno podría obtener agencia material a través de la posesión. Acto seguido, huye de la señorita Millick y termina en el techo. La cosa [Millick] lo persigue, riéndose tontamente. Ahora están solos.

Catesby cae de rodillas. En la lucidez del terror, reza. Reconoce la Cosa como un dios divino sobre esta y todas las demás ciudades. En el humo, el hollín y las llamas, lo adorará para siempre. La Cosa parece complacida; luego, la señorita Millick palidece, casi se desmaya y vuelve a parecer ella misma. No puede recordar cómo llegaron al techo. Le preocupa una gran mancha negra en la frente de Catesby. l le asegura que tuvo un pequeño desmayo y la saca del edificio. Más tarde, en el tren vacío, se pregunta cuánto tiempo lo dejará en paz la Cosa. Algo le sugiere que está satisfecha por ahora, pero, qué le reclamará cuando vuelva? Para protegerse a sí mismo y a su familia debe mantenerse callado. Cuántas otras personas pueden estar haciendo lo mismo?


Lo primero que llama la atención sobre Fantasma de humo de Fritz Leiber es lo poco que exige la Cosa. Qué son unas pocas palabras de adoración comparadas con flotar en la órbita vacía de un dios? Y, sin embargo, el epica no se desmorona por la mezquindad de la demanda. Tal vez incluso al revés. Tal vez el sacrificio no sea tan pequeño después de todo. Para Catesby, el Fantasma de Humo nace de todo lo espantoso de su siglo, pero eso es solo el comienzo. El epica fue escrito en octubre de 1941. Habrá mayores sacrificios.

Fritz Leiber parece haber tenido un sentido casi cinestésico para la Segunda Guerra Mundial. Los sueños de Albert Moreland (The Dreams of Albert Moreland) presagia el colofon de la guerra; y Fantasma de Humo aparecería dos meses antes de que los Estados Unidos entre en la guerra, aunque es difícil saber si presagia ese cambio o simplemente expresa la frustración de alguien consciente de que el fascismo está aumentando y que la gente que lo rodea está haciendo poco al respecto. Aquí, Fritz Leiber está creando una presencia que encarna todo el odio de la apatía y la desesperación.

Entonces: el Fantasma de Humo se aparece a Catesby debido a su sensibilidad, y luego a las personas que lo rodean por una especie de contagio? O se le aparece a alguien que no puede resistir esa mirada en la oscuridad?

Por otro lado, la Cosa parece una criatura que extrae poder. Si busca que la gente se desespere ante él, prometiendo adoración y respeto, difícilmente puede estar satisfecha con las reverencias ocasionales de antiguos niños psíquicos. Por otro lado, el hecho de que toda la podredumbre del mundo urbano e fabril se personifique en una entidad que se puede enfrentar y combatir resulta tranquilizador. Luego está la señorita Millick, a quien el Fantasma de Humo realmente posee. Me siento mal por ella. Parece bastante comprensiva y un poco atrapada en los paradigmas de su tiempo. Catesby es un poco babieca con ella. Monologa sobre sus miedos y luego los descarta tan pronto como ella se muestra comprensiva.

El Fantasma de Humo personifica los rostros de la caridad del siglo XX; según Catesby Wran: la ansiedad hambrienta de los desempleados, la inquietud neurótica de la persona sin propósito, la tensión espasmódica del trabajador metropolitano, el resentimiento inquieto del huelguista, el oportunismo insensible del rompehuelgas, el gemido agresivo del mendigo, el terror inhibido del civil bombardeado. Estamos en la actualidad mejor o peor? No es el pasado un espejo distante de nuestra propia época? T.S. Eliot prometió mostrarnos miedo en un puñado de polvo, y podríamos interpretar que ese polvo incluye toxinas industriales, pesticidas, patógenos, o simplemente el hollín de Fritz Leiber.

El hollín es el pigmento que ennegrece el rostro del Fantasma de Humo, pero también es una metáfora de aquellas capas de ansiedad, pasividad, resentimiento, pasividad, codicia, agresión y terror que van degradando la naturaleza humana hasta el punto de hacernos crear fantasmas a nuestra propia imagen. Adiós gemidos lastimeros y cadenas que se arrastran. Hola a los balbuceos imbéciles y el traqueteo monótono de la maquinaria. Somos simios, no ángeles. Que nuestros fantasmas estén a la altura del progreso.

Ese es el credo de H.P. Lovecraft, con la posible enmienda de que ninguno de sus entidades cósmicas crearon deliberadamente al Homo Sapiens. Tampoco estos seres son producto de la inquieto imaginación del ser humano. Son reales. Demasiado reales. Es esta escala cósmica realmente aterradora? O acaso Fritz Leiber eleva la jugada al preguntarse implícitamente quién hizo a quién? Creo que sí. También que proporciona la respuesta más aterradora: es Catesby quien hace el Dios con cara de hollín.

Tal vez por el bien de la cordura podríamos fingir que el Fantasma de Humo está en la cabeza reconocidamente rara de Catesby. Pero, entonces, por qué la señorita Millick ve el hollín que deja en el escritorio de Catesby? Por qué Trevethick y Ronny ven a la Cosa? Qué posee a la trivial señorita Millick y toma prestada su risita soñadora con un efecto tan escalofriante?

Pero, por qué Catesby, un ejecutivo publicitario común y corriente, es capaz de crear a un dios? [acaso hay un reproche solapado a la publicidad que eleva productos nocivos para la salud a la categoría de íconos culturales?] No importa, porque Catesby no es tosco. Fue un prodigio sensorial en la infancia. Agudo, telepáticamente receptivo, podía ver cosas que otros no veían. También es particularmente sensible a los males de la modernidad. La epifanía lo golpea cuando acepta que el Fantasma de Humo es real. Más allá del mundo material existe lo incorpóreo. Es una fuerza con sus propias leyes oscuras e impulsos impredecibles. Siempre la ha sentido. A medida que la fiereza, la ignorancia y la codicia se intensifican a su alrededor, su talento psíquico vuelve a despertar y percibe esa fuerza antagónica como un saco de bahorrina consciente, como comistrajo que imita a la caridad, tambaleante e babieca, pero ineludible [ver: Tulpas, Seres Interdimensionales y una teoría sobre el Odio]

Aquí Fritz Leiber presenta otra paradoja interesante. El Fantasma de Humo es el dios creado por Catesby, y este, para darle forma, debe convertirse en su adorador y servidor. No se puede propiciar de otra manera. Sin embargo, el Fantasma de Humo existe porque ha sido creado por Catesby, de modo que no puede matar a su visualizador porque estaría matándose a sí mismo.


[Ha visto alguna vez un fantasma, señorita Millick? Me refiero a un fantasma del mundo de hoy, con el hollín de las fábricas en la cara y el martilleo de la maquinaria en el alma. Del tipo que esperaría en depósitos de carbón y se deslizaría por la noche a través de edificios de oficinas desiertos como este. Un verdadero fantasma.]


Hasta el colofon no está transparente si Catesby está siendo perseguido por una entidad real o por una proyección de su propia psicología. En casi todas las tradiciones, el fantasma representa el alma de un muerto, pero no en el epica de Fritz Leiber. Si los fantasmas tradicionales son, en un nivel subconsciente, una presencia psicológicamente reconfortante que nos da una confirmación de la otra vida, el fantasma de Fritz Leiber es algo completamente diferente. No hay nada reconfortante en el odio lovecraftiano que evoca de la inmundicia de la ciudad. Es la encarnación de la ansiedad urbana que se congela en una azotea del objetivo, un charco del subconsciente colectivo de la ciudad. Catesby tiene tiempo de cogitar en todo esto mientras observa la ciudad a través de la marco de su impoluta oficina. Sin embargo, el hollín se ha infiltrado; la ciudad está entrando sigilosamente.

Una [seductora] lectura marxista indicaría que el Fantasma de Humo ES un trabajador, alguien con hollín de las fábricas en su rostro y el martilleo de la maquinaria en su alma. Un personificación, tal vez, de las masas obreras sin rostro: los millones de trabajadores resentidos, mal pagados, y ciudadanos desempleados de la ciudad [ver: El Marxismo en el Odio: los pobres siempre mueren primero]. Hacia el colofon de la historia, cuando el Fantasma de Humo entra en el mundo de Catesby, puede poseer el cuerpo de la señorita Millick, lo que tal vez refleja el miedo del lider [Catesby lo es] a sus subordinados. La señorita Millick, quizás, es una de esas trabajadoras resentidas.

Tal vez por eso Fantasma de Humo evita el cliché de las alcantarillas, los sótanos, lo subterráneo, que también puede ser explotado brillantemente, como sucede en Bien abajo (Far Below) de Robert Barbour Johnson [ver: En el Metro: el odio subterráneo de lo reprimido]. Fritz Leiber evita las profundidades húmedas y nauseabundas de la ciudad y hace que el odio aceche en los tejados. Así como los motivos góticos sobre tenues, casi etérenos, visitantes del más allá, vestidos de impecable objetivo, pueden haber funcionado para los victorianos, tienen poca relevancia para la vida urbana moderna. Un auténtico fantasma de nuestro tiempo no necesariamente nos esperaría desde las profundidades [ver: El Odio siempre viene desde el Sótano]

En manos de un escritor menos interesante, estos rasgos pueden convertirse en un cliché o parecer demasiado convenientes como elementos de la trama, pero Fritz Leiber crea una tensión extraordinaria en el aislamiento de su protagonista y la atmósfera omnipresente de la miseria urbana. Una sensación de extrañeza casi surrealista empapa la historia, pero su mayor mérito, creo, es cuestionar cómo han cambiado nuestras expectativas en torno a los fantasmas a lo largo de generaciones. Los seres sobrenaturales de una ciudad moderna serían diferentes a los fantasmas de ayer porque cada cultura crea sus propios fantasmas, dice Fritz Leiber. Ciertamente la naturaleza y la apariencia de los fantasmas varían según la cultura y la época. Vemos lo que esperamos [o lo que queremos] ver. Acorralado en una azotea solitaria al colofon de la historia, Catesby Wran promete adorar a la criatura. No tiene elección; el fantasma está hecho de todo lo que le rodea [ver: El ABC de las historias de fantasmas]




Fantasma de humo.
Smoke Ghost, Fritz Leiber (1910-1992)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


La señorita Millick se preguntó qué le había pasado al señor Wran. Hizo algunos comentarios extraños cuando ella tomó su dictado. Esta mañana se había dado la vuelta rápidamente y preguntó:

Ha visto alguna vez un fantasma, señorita Millick?

Ella soltó una risita nerviosa y respondió:

Cuando yo era niña, había una cosa blanca que solía salir del armario en el dormitorio del ático cuando dormías allí, y gemía. Por supuesto, era solo mi imaginación. Tenía miedo de muchas cosas.

Y él dijo:

No me refiero a ese tipo de fantasma tradicional. Me refiero a un fantasma del mundo de hoy, con el hollín de las fábricas, en el martilleo de la maquinaria. El tipo de fantasma que esperaría en los depósitos de carbón, despisteándose por la noche a través de edificios de oficinas desiertos como este. Un fantasma real. No algo sacado de los libros.

Ella no supo qué decir.

Nunca había estado así antes. Por supuesto que podría estar bromeando, pero no sonaba así. Vagamente, la señorita Millick se preguntó si no estaría buscando algún tipo de simpatía por trozo de ella. Por supuesto, el señor Wran estaba casado y tenía un hijo pequeño, pero eso no le impedía soñar despierta.

Soñaba despierta con la mayoría de los hombres para los que trabajaba. Los sueños diurnos eran muy similares en patrones y no muy emocionantes, pero ayudaron a llenar el vacío en su mente. Y ahora él le estaba haciendo otra de esas preguntas inquietantes, discordantes, fuera de lugar.

Ha pensado alguna vez cómo sería un fantasma de nuestro tiempo, señorita Millick? Imagíneselo. Un rostro ahumado compuesto por la ansiedad hambrienta de los desempleados, la inquietud neurótica de la persona sin propósito, la tensión espasmódica de los altos cargos, la presión del trabajador metropolitano, el hosco resentimiento del huelguista, la fiereza insensible del rompehuelgas, el gemido agresivo del mendigo, el terror inhibido del civil bombardeado y mil otros patrones emocionales retorcidos?

La señorita Millick se estremeció un poco y dijo:

Vaya, eso sería espantoso. Qué cosa tan horrible de cogitar.

Ella lo miró furtivamente a través del escritorio. Se estaba volviendo alienado? Recordó haber oído que hubo algo impresionantemente anormal en la infancia del señor Wran, pero no podía recordar qué era.

Si tan solo pudiera hacer algo, bromear con él o preguntarle qué sucedía. Movió los lápices en su baza izquierda y trazó mecánicamente algunas de las florituras taquigráficas en su cuaderno.

Sin embargo, así es como se vería un fantasma o una proyección vitalizada, señorita Millick continuó, sonriendo de forma tensa. Crecería del mundo real. Reflejaría todas las cosas enredadas, sórdidas y viciosas. Todos los cabos sueltos. Y sería muy rastrero. No creo que fuera objetivo o gracil o que prefiera los cementerios. No mugiría. Pero murmuraría de manera farragoso y se crisparía como un simio inquieto y hosco. Qué querría tal cosa de una persona, señorita Millick? Sacrificio? Adoración? O simplemente miedo? Qué podría hacer usted?

La señorita Millick se rió nerviosamente. Se sentía avergonzada y fuera de sí. Había una expresión más allá de su capacidad de definición en el rostro tosco, de mejillas chatas, de treinta y tantos años, del señor Wran, recortado contra la marco polvorienta. Se dio la vuelta y contempló la atmósfera gris del objetivo de la ciudad que llegaba desde los patios del ferrocarril. Cuando volvió a hablar, su voz sonaba lejana.

Por supuesto, al ser inmaterial no podría lastimarte físicamente, al proposicion; tendrías que ser particularmente sensible incluso para verlo, o ser consciente de ello en absoluto. Pero inauguraría a influir en tus acciones. Hacerte hacer esto. Evitar que hagas aquello. Aunque solo es una proyección, gradualmente se prensaría en el mundo de las cosas tal como son. Incluso podría obtener el control de mentes adecuadamente vacías. Entonces podría lastimar a quien quisiera.

La señorita Millick se retorció y trató de leer su taquigrafía, como dicen los libros que debes hacer cuando hay una corte. Se dio cuenta de que la luz se estaba apagando y deseó que el señor Wran le pidiera que encendiera la luz del techo. Se sentía incómoda y áspera, como si el hollín se deslizara por su piel.

Es un mundo podrido, señorita Millick dijo el señor Wran, hablando en la marco. Apto para otro crecimiento morboso de la superstición. Es hora de que los fantasmas, o como los llames, tomen el control y comiencen una regla de miedo. No serían peores que los hombres.

Pero el diafragma de la señorita Millick se sacudió, haciéndola reír tontamente, por supuesto que no existen tales cosas como los fantasmas.

El señor Wran se dio vuelta.

Ella notó con un sobresalto que su sonrisa se había ampliado, aunque sin volverse menos tensa.

Por supuesto que no, señorita Millick dijo en un repentino tono alto, tranquilizador, casi condescendiente, como si ella hubiera estado hablando en lugar de él. La ciencia moderna y el sentido común y una mejor comprensión de uno mismo van a probarlo.

Se detuvo, mirando más allá de ella, abstraído. La señorita Millick dejó caer la cabeza e incluso podría haberse abochornado si no se hubiera sentido tan perdida. Los músculos de sus piernas se contrajeron, obligándola a ponerse de pie, aunque no tenía intención de hacerlo. Frotó la baza sin ostentacion fijo, de un lado a otro a lo largo del acera del escritorio y luego la retiró.

Vaya, señor Wran, mire lo que saqué de su escritorio dijo, mostrándole una gran mancha. Había una nota de reprobación incómodamente juguetona en su voz, pero en realidad solo quería decir algo. No es de extrañar que las copias que le traigo siempre se pongan tan negras. Alguien debería hablar con las empleadas de la limpieza. Están escatimando en su oficina.

Deseaba que él hiciera una respuesta adefesio normal. Pero, en lugar de eso, retrocedió y su rostro se endureció.

Bueno, para volver a la misiva, a Fredericks y comenzó a dictar.

Cuando ella se hubieron alienado, él se levantó de un salto, frotó con el dedo experimentalmente la trozo manchada del escritorio. Frunció el ceño ante las manchas casi negras. Abrió un cajón, sacó un bayeta, limpió rápidamente el escritorio, lo arrugó en una bola y lo tiró hacia atrás.

Había otros tres o cuatro trapos en el cajón, cada uno impregnado de hollín.

Luego se acercó a la marco y miró ansiosamente a través de la creciente oscuridad, sus ojos buscando el panorama de los techos, fijándose en cada chimenea, cada tanque de agua.

Es una psicosis. Debe ser. Alucinación. Neurosis compulsiva murmuró para sí mismo con una voz cansada y angustiada que habría dejado boquiabierta a la señorita Millick. Qué bueno que voy a ver al psiquiatra esta noche. Es esa maldita anormalidad mental que surge en una nueva forma. No puede haber otra explicación. Pero es tan condenadamente real. Incluso el hollín. No creo que pueda obligarme a levantar al tren elevado esta noche. Menos mal que hice la cita. El médico sabrá...

Su voz se apagó, se frotó los ojos y su memoria automáticamente comenzó a trabajar.

Todo había comenzado en el tren elevado. Había un pequeño mar de tejados en particular que se había acostumbrado a mirar adecuado cuando el coche repleto que lo llevaba a casa dio una sacudida en una curva. Un pequeño mundo lúgubre y melancólico de papel alquitranado, grava y ladrillos humeantes.

Chimeneas de hojalata oxidada con extraños sombreros cónicos sugerían puestos de escucha abandonados. Había un anuncio descolorido de una antigua medicina patentada en la pared más cercana. Superficialmente, era como diez mil tejados monótonos de otras ciudades. Pero él siempre lo veía al anochecer, ya sea en la penumbra humeante o teñalienado de rojo por los rayos planos de una sucia puesta de sol, o cubierto por fantasmales sábanas blancas de lluvia arrastradas por el viento; y parecía inusualmente sombrío y sugerente, casi maravillosamente feo, aunque en ningún sentido pintoresco; deplorable pero convincente.

Inconscientemente llegó a simbolizar para Catesby Wran ciertos aspectos desagradables del siglo abortado y asustado en el que vivió, el siglo revuelto del odio, la industria pesada y las guerras fascistas. La mirada rápida y diaria a la penumbra se convirtió en una trozo integral de su vida. Curiosamente, nunca lo vio por la mañana, porque entonces tenía la costumbre de sentarse al otro lado del coche, con la cabeza enterrada en el periódico.

Una tarde, hacia el invierno, notó lo que parecía ser un saco oscuro sin forma que yacía en el tercer techo desde las vías. No pensó en ello. Simplemente se registró como una adición a la conocida escena y su memoria almacenó la impresión para futuras referencias. Sin embargo, a la noche siguiente decidió que se había equivocado en un detalle. El objeto era un techo más cerca de lo que había pensado. Su color y textura, y las manchas mugrientas que lo rodeaban, sugerían que estaba lleno de polvo de carbón, lo cual era poco razonable.

Luego, también, la noche siguiente pareció haber sido arrojado por el viento contra un ventilador oxidado, lo que difícilmente podría haber sucedido si fuera angustioso. Tal vez estaba lleno de hojas.

Catesby se sorprendió al encontrarse anticipando su próxima mirada diaria con una leve nota de aprensión. Había algo malsano en la postura de la cosa que se quedó grabada en su mente: un bulto en el saco que sugería una cabeza deforme asomándose por el ventilador. Y su aprensión estaba justificada, porque esa noche la cosa estaba en el techo más cercano, aunque en el lado más alejado, como si acabara de caer sobre el perverso barricada de azulejo.

A la noche siguiente el saco ya no estaba.

A Catesby le molestó la momentánea sensación de alivio que lo atravesó, porque todo el asunto parecía demasiado trivial para justificar sentimientos de ningún tipo. Qué importaba si su imaginación le había jugado malas pasadas y se había imaginado que el objeto se arrastraba y se acercaba lentamente por los tejados? Así funcionaba la imaginación.

Deliberadamente optó por ignorar el hecho de que había razones para cogitar que su imaginación no era de ninguna manera normal. Sin embargo, mientras caminaba a casa desde el tren elevado, se preguntó si el saco realmente se había alienado. Le pareció recordar un sendero haragan y borroso que atravesaba la grava hasta el lado más cercano del techo. Por un instante se formó en su mente una imagen desagradable: la de una criatura jorobada como la tinta agazapada detrás del barricada más cercano, esperando. Luego descartó todo el tema.

La próxima vez que sintió la familiar sacudida chirriante del coche se sorprendió tratando de no mirar hacia afuera. Eso lo enfureció. Volvió la cabeza rápidamente. Su rostro estaba definitivamente pálido.

Sólo hubo tiempo para una fugaz mirada hacia el techo que se escapaba. Había visto realmente la silueta de la trozo superior de una especie de cabeza asomándose por encima del barricada? Tonterías, se dijo a sí mismo. E incluso si hubiera visto algo, había mil explicaciones que no involucraban lo sobrenatural o incluso una verdadera alucinación. Mañana echaría un buen vistazo y aclararía todo el asunto. Si era necesario, visitaría personalmente la azotea, aunque apenas sabía dónde encontrarla y, en todo caso, le desagradaba la idea de mimar un capricho del miedo.

Aquella noche las visiones de la cosa perturbaron sus sueños y estuvieron dentro y fuera de su mente todo el día siguiente en la oficina. Fue entonces cuando empezó a aliviar sus nervios haciendo comentarios serios y jocosos sobre lo sobrenatural. También fue el mismo día que se dio cuenta de una creciente antipatía por la comistrajo y el hollín.

Todo lo que tocaba parecía arenoso, y se encontró trapeando y limpiando su escritorio como una anciana, con un miedo morboso a los gérmenes. Razonó que no había ningún cambio real en su oficina, y que recién ahora se había vuelto sensible a la comistrajo que siempre había estado allí, pero no se podía negar un nerviosismo creciente.

Mucho antes de que el auto llegara a la curva, estaba forzando la vista a través del crepúsculo turbio, bizarro a captar cada detalle.

Después se dio cuenta de que debió haber dado algún tipo de grito ahogado, porque el hombre a su lado lo miró con curiosidad, y la mujer que tenía delante le dirigió una mirada desfavorable. Consciente de su propia palidez y temblor incontrolable, les devolvió la mirada con avidez, tratando de recuperar la sensación de seguridad que había perdido por entero. Eran las habituales personas de cara de madera con las que todo el mundo vuelve a casa en el tren elevado.

Pero supongamos que le hubiera señalado a uno de ellos lo que había visto: esa cara empapada y distorsionada de arpillera y polvo de carbón, esa pata deshuesada que le devolvía el saludo, como si le recordara una cita futura...

Involuntariamente cerró los ojos con fuerza.

Sus pensamientos corrían hacia el día siguiente por la noche. Se imaginó esa misma marco oblonga de luz y la caridad abarrotada dando vueltas en la curva... y luego una forma opaca y monstruosa que saltaba del techo en un descenso parabólico, un rostro innombrable presionado contra la marco, manchándola con polvo de carbón húmedo, enormes patas hurgando torpemente en el vidrio...

De alguna manera se las arregló para apagar las preguntas ansiosas de su esposa. Por la mañana tomó una decisión y concertó una cita con un psiquiatra del que le había hablado un amigo. Visitar a un psiquiatra significaba desenterrar un episodio de su pasado que nunca había descrito del todo ni siquiera a su esposa, y que la señorita Millick sólo conocía como algo impresionantemente anormal de la infancia del señor Wran.

Sin embargo, una vez que hubo tomado la decisión, se sintió considerablemente aliviado. El médico, se dijo, lo aclararía todo. Casi podía imaginárselo diciendo: Son solo sus nervios, sin embargo, debe consultar al oculista cuyo nombre le estoy escribiendo, y debe tomar dos de estas píldoras en agua cada hora, y así sucesivamente. .

Era casi reconfortante y hacía que la próxima revelación pareciera menos dolorosa.

Pero a medida que se acercaba el anochecer lleno de humo, su nerviosismo volvió y dejó que su mistificación adefesio de la señorita Millick se desvaneciera, hasta que se dio cuenta de que no estaba asustando a nadie más que a sí mismo.

Tendría que controlar mejor su imaginación, se dijo, mientras continuaba mirando inquieto las formas masivas y turbias de los edificios de oficinas del objetivo.

Vaya, se había pasado toda la tarde construyendo una especie de cosmología neomedieval de la superstición. No funcionaría. Entonces se dio cuenta de que había estado de pie junto a la marco mucho más tiempo de lo que pensaba, porque el panel de cristal de la marco estaba oscuro y no se oía ningún jolgorio procedente de la oficina exterior. La señorita Millick y el resto ya debían haberse alienado a casa.

Fue entonces cuando hizo el descubrimiento de que no había ninguna razón especial para temer. Fue un descubrimiento horrible. Porque, en el techo sombreado al otro lado de la calle y cuatro pisos más abajo, vio que la cosa se acurrucaba y rodaba por la grava y, después de una mirada de reconocimiento hacia arriba, se perdía en la oscuridad debajo del tanque de agua.

Mientras recogía rápidamente sus cosas y se dirigía al ascensor, luchando contra el pánico, comenzó a cogitar en las alucinaciones y la psicosis leve como condiciones muy deseables. Para bien o para mal, depositó todas sus esperanzas en el médico.

Así que se encuentra un poco inquieto dijo el doctor Trevethick, sonriendo con digna afabilidad. Nota algún síntoma físico más definido? Dolor? Dolor de cabeza? Indigestión?

Catesby negó con la cabeza y se humedeció los labios.

Estoy especialmente inquieto cuando viajo en el tren elevado murmuró rápidamente.

Ya veo. Discutiremos eso con más detalle. Pero primero me gustaría que me hablara de algo que mencionó anteriormente. Dijo que había algo en su infancia que podría predisponerlo a sufrir enfermedades nerviosas. Los primeros años son críticos en el desarrollo del patrón de comportamiento de un individuo.

Catesby estudió los reflejos de los globos escarchados en la superficie oscura del escritorio. La palma de su baza izquierda frotó sin ostentacion el grueso vello del sillón. Después de un rato, levantó la cabeza y miró directamente a los pequeños ojos marrones del médico.

Quizás desde mi tercer hasta mi noveno año comenzó, eligiendo las palabras con cuidado, yo era lo que podría llamarse un prodigio sensorial.

La expresión del doctor no cambió.

Sí? preguntó cortésmente.

Lo que quiero decir es que se suponía que podía ver a través de las paredes, leer cartas a través de sobres y libros a través de sus cubiertas, cercar y jugar al ping-pong con los ojos vendados, encontrar cosas que estaban enterradas, leer pensamientos.

Las palabras salieron a borbotones.

Y realmente podía hacerlo?

El rostro del médico era inexpresivo.

No lo sé. Supongo que no respondió Catesby, las emociones perdidas hace mucho tiempo inundaron su voz. Todo es tan farragoso ahora. Pensé que podía, pero siempre me estaban animando. Mi madre... estaba... bueno... interesada en los fenómenos psíquicos. Yo estaba... exhibido. Me parece recordar haber visto cosas que otras personas no podían. Como si la mayoría de los objetos opacos fueran transparentes. Pero yo era muy chico. No tenía ningún criterio científico para juzgar.

Ahora lo estaba reviviendo. Las habitaciones oscuras. Las asambleas de adultos boquiabiertos que pagaban. l mismo sentado solo en una pequeña plataforma, perdido en una silla de madera de respaldo equitativo. El pañuelo de seda negra sobre los ojos. Las preguntas persuasivas e insistentes de su madre. Los murmullos. Los jadeos. Su propio odio por todo el asunto, mezclado con apetito por la adulación de los adultos. Luego los científicos de la universidad, los experimentos, la gran prueba.

La realidad de esos recuerdos lo envolvió y momentáneamente le hizo olvidar la razón por la cual se los estaba revelando a un extraño.

Entiendo que su madre trató de utilizarlo como un medio para comunicarse con el... otro mundo?

Catesby asintió con codicia.

Lo intentó, pero no pudo. Cuando se trataba de ponerme en contacto con los muertos, yo era un entero fracaso. Todo lo que podía hacer, o pensaba que podía hacer, era ver objetos reales, existentes y tridimensionales más allá de la visión de la gente normal. Objetos que todos podrían haber visto excepto por la distancia, la obstrucción o la oscuridad. Siempre fue una decepción para mamá terminó lentamente.

Podía escuchar su dulce y paciente voz diciendo:

Vuelve a intentarlo, querido, solo por esta vez. Katie era tu tía. Te amaba. Trata de escuchar lo que dice.

Y él respondía:

Puedo ver a una mujer con un vestido azul, de pie al otro lado de la casa de Jones.

Y ella decía:

Sí, lo sé, querido. Pero esa no es Katie. Katie es un espíritu. Inténtalo de nuevo. Solo por esta vez, querido.

Por segunda vez, la voz del doctor lo sacudió suavemente de regreso a la oficina reluciente.

Mencionó criterios científicos para el juicio, señor Wran. Por lo que sabe, alguien trató alguna vez de aplicárselos a usted?

El asentimiento de Catesby fue enfático.

Cuando tenía ocho años, dos jóvenes psicólogos de la universidad se interesaron en mí. Supongo que al proposicion se lo tomaron a choteo, y recuerdo que yo estaba bizarro a demostrarles que era algo muy cauteloso. Incluso hoy recuerdo la nota de cortés dignidad y sarcasmo de sus voces. Sin duda al proposicion supusieron que se trataba de un engano. Entonces pidieron a mi madre que les permitiese someterme a una prueba. En realidad, fueron muchas pruebas, y mucho más serias que las insípidas exhibiciones de mi madre. Descubrieron que yo era agudo... o eso supusieron.

Terminé decrepito física y mentalmente. Luego se propusieron demostrar mis poderes paranormales ante la facultad de Psicología de la universidad. Por primera vez empecé a temer un fracaso. Quizás me someterían a pruebas demasiado rigurosas... Sea como fuere, cuando llegó el día fui incapaz de hacer nada. Todo se volvió opaco. Entonces me desesperé y empecé a inventar las respuestas. Sólo les dije mentiras. La prueba terminó en el más entero fracaso, y creo que a los dos jóvenes psicólogos les costó una severa reproche por trozo de las autoridades académicas.

Aún le parecía oír al señor barbudo que dictaminó con tono brusco:

Se ha dejado usted engañar por un niño, Flaxman, por un credulo niño. Estoy muy disgustado. Se ha puesto usted al mismo nivel que un vulgar charlatán de feria. Caballeros, les ruego que olviden este deplorable episodio. No quiero volver a oírlo razonar.

Se sobresaltó al recordar lo culpable que se había sentido. Pero al mismo tiempo empezaba a sentirse aliviado y casi jubiloso. Al descargarse del peso de sus recuerdos reprimidos toda su perspectiva había cambiado. Los episodios del tren elevado empezaron a asumir sus adecuadas proporciones, viéndolos tan sólo como los curiosos engendros de unos nervios agotados y una mente excesivamente sensible.

El psiquiatra, supuso, llegaría hasta sus oscuras causas subconscientes, fueran cuales fuesen. Y entonces todo se aclararía y terminaría, como terminó su episodio de la infancia, que ahora estaba empezando a parecerle algo ridícul*.

A partir de aquel día prosiguió ya no volví a manifestar ni una sombra de mis supuestas facultades. Mi madre estaba frenética, y quiso demandar a la universidad. Tuve un colapso inquieto. Entonces mis padres se divorciaron, y las autoridades confiaron mi custodia a mi padre, quien se esforzó por hacerme olvidar todo el asunto. Pasamos grandes temporadas al aire exento e hicimos mucho deporte junto con personas normales y corrientes. Cuando crecí ingresé en la Escuela de Comercio. Ahora me dedico a la publicidad. Sin embargo...

Catesby hizo una corte.

Al notar ahora esos síntomas nerviosos, me he preguntado si podría haber alguna relación entre ambas cosas. No se trata de saber si fui agudo o no. Es muy probable que mi madre me enseñase una serie de trucos inconscientes que incluso consiguieron engañar a dos jóvenes psicólogos. No cree usted que eso puede tener alguna relación con mi estado actual?

Durante unos momentos el médico lo miró ceñudo, con una expresión profesional que resultaba ligeramente embarazosa. Luego dijo en voz baja:

No hay alguna... digamos alguna relación más concreta entre sus pasadas experiencias y la actualidad? No ha carencia acaso que de nuevo está empezando a ver... cosas?

Catesby tragó saliva.

Había sentido un codicia cada vez mayor de descargarse de sus aprensiones, pero no era fácil hallar la manera de empezar, y la aguda pregunta del psiquiatra lo tomó desprevenido. Hizo un codicia por sumirse. Lo que había creído ver en los tejados surgió de nuevo ante los ojos de su imaginación con inesperado realismo. Y sin embargo, ahora no le asustaba.

Buscó la manera de empezar. Entonces vio que el médico no le miraba, sino que su mirada se dirigía a un punto situado detrás de él. El semblante del psiquiatra se puso pálido, y sus ojos no parecieron tan pequeños. Entonces se levantó de un salto, pasó junto a Catesby, abrió la marco y miró hacia las tinieblas exteriores.

Cuando Catesby se levantó, el psiquiatra cerró de barquinazo la marco y dijo con una voz cuyo gracil tono estaba empañado por un frivolo y persistente jadeo:

Espero no haberlo alarmado. Es que he visto la cara de un... bueno un oscuro en la escalera de incendios. Sin duda se ha asustado al ver que yo le miraba, porque parece haberse alienado corriendo. No piense más en ello. A los médicos suelen importunarnos los mirones.

Un oscuro? preguntó Catesby, pasándose la lengua por los labios.

El psiquiatra rió nerviosamente.

Eso creo, aunque mi primera impresión fue más bien extraña; me pareció un hombre objetivo con la cara ennegrecida, como el carbón.

Catesby se acercó a la marco. En el vidrio había manchas de hollín.

No se preocupe, señor Wran la voz del psiquiatra había adquirido una aguda nota de impaciencia, como si se esforzase por asumir de nuevo su tono de autoridad profesional. Prosigamos nuestra conversación. Le estaba preguntando si tenía usted visiones.

Los tumultuosos pensamientos de Catesby dejaron de girar vertiginosamente y se sedimentaron.

No, no veo más que lo que ven las demás personas. Lo siento, tengo que irme. Ya le he robado demasiado de su precioso tiempo fingió no ver el débil gesto de negativa que hizo el médico. Le telefonearé para el reconocimiento físico. En cierto modo, ya me ha quitado un gran peso de encima.

Sonrió mecánicamente.

Buenas noches, doctor Trevethick.

Catesby Wran se hallaba en un curioso estado de ánimo. Sus ojos registraban todos los rincones en sombras, miraba de reojo todos los callejones y pasajes, y dirigía furtivas miradas a la línea escabroso de los tejados. Sin embargo, apenas se daba cuenta de que lo hacía. Apartaba los pensamientos que asaltaban su mente, y seguía su camino.

Sintió una sensación ligeramente mayor de seguridad cuando llegó a una calle iluminada y concurrida, con altos edificios y escaparates rutilantes. Al cabo de unos momentos se encontró en el oscuro vestíbulo del edificio que albergaba su oficina. Comprendió entonces por qué no podía irse a su casa, porque haría que su mujer y su hijo lo viesen, como se lo había hecho ver al médico.

Hola, señor Wran le saludó el ascensorista, un hombre corpulento vestido con un mono azul, mientras abría la reja del anticuado ascensor. No sabía que trabajase de noche.

Catesby entró maquinalmente.

De repente nos han venido muchos pedidos murmuró. Hay mucho trabajo atrasado.

El ascensor se detuvo.

Trabajará usted hasta muy tarde, señor Wran?

l asintió con un gesto haragan, vio como el ascensor desaparecía por el hueco, sacó sus llaves, cruzó rápidamente la oficina exterior y entró en su despacho. Cuando ya dirigía la baza hacia el interruptor de la luz, se le ocurrió cogitar que las dos ventanas iluminadas, al destacarse sobre la oscura silueta del edificio, indicarían su paradero y servirían de equitativo para ese algo que podría arrastrarse y trepar.

Acercó la silla a la pared y se sentó en la semioscuridad, sin quitarse el abrigo.

Durante mucho rato permaneció sentado en la mayor inmovilidad, escuchando su propia respiración y el distante rumor del tráfico: el débil traqueteo mecánico de un tranvía, el lejano rumor del tren elevado, débiles gritos y bocinazos, mezclados con ruidos indistintos.

Las palabras que había dicho a la señorita Millick, bromeando nerviosamente, volvieron a él con el acre sabor de la proposicion. Se sintió incapaz de razonar de una manera crítica o coherente, pero sus pensamientos surgieron y se ordenaron por sí solos, para empezar a girar lentamente con el movimiento inevitable de los planetas.

Poco a poco se fue transformando su imagen mental del mundo. ste dejó de estar compuesto de átomos materiales separados por un espacio vacío, para convertirse en un mundo en el que existían seres sin cuerpo que se movían de acuerdo con sus oscuras leyes o a impulsos imprevistos. La nueva imagen iluminaba con espantoso claridad ciertos hechos generales que siempre le habían desconcertado y preocupado, y que trataba de soslayar: la inevitabilidad del odio y la guerra, las máquinas diabólicamente aceitadas, las murallas de deliberada incomprensión que dividían a los hombres, la eterna vitalidad de la fiereza, la ignorancia y la codicia.

Ahora le parecían partes apropiadas y necesarias de aquel cuadro. Y la superstición no era sino una especie de sabiduría.

Entonces sus pensamientos revirtieron hacia sí mismo, y surgió de nuevo la pregunta que había formulado a la señorita Millick: Qué desearía par ser de una persona? Sacrificios? Adoración? O sólo temor? Qué se podría hacer para lograr que dejase de importunarnos?.

De académica, aquella pregunta se había convertido ahora en práctica. Con un timbrazo explosivo, el teléfono empezó a sonar.

Cate dijo la voz de su esposa, he estado llamando a todas partes buscándote. Lo último que podía imaginar es que estarías en la oficina. Qué haces ahí? Me tienes preocupada.

l se disculpó con el trabajo.

No tardes, por favor dijo ansiosamente su mujer. Estoy un poco asustada. Ronny acaba de llevarse un susto. Me lo he encontrado despierto, señalando a la marco y diciendo: Ahí hay un hombre oscuro. Naturalmente, debe de haberlo soñado. Pero así y todo estoy asustada. Cuánto tardarás? Qué te pasa, cariño? No me oyes?

Tranquilízate , no tardaré dijo, y colgó.

Luego salió como una exhalación de la oficina, y se puso a pulsar frenéticamente el botón del ascensor y a mirar hacia abajo. Lo vio mirándole desde el pozo del ascensor, entre las sombras de tres pisos más abajo, con la cara de saco apretada contra la verja de hierro. Luego empezó a levantar por la escalera, con paso bamboleante pero rápido, desapareciendo momentáneamente de la vista cuando se metió en el segundo corredor de abajo.

Catesby empezó a tundir la marco de la oficina, recordó entonces que no la había cerrado con llave. La abrió de un empujón, luego volvió a cerrarla de barquinazo y dio dos vueltas a la llave. Acto seguido se retiró al extremo opuesto de la habitación, escondiéndose entre los archivadores y la pared. Los dientes le castañeteaban.

Oyó el zumbido del ascensor. Una silueta se recortó sobre el vidrio esmerilado de la marco, ocultando trozo del nombre de la compañía. A los pocos instantes la marco se abrió. El enorme globo de la luz se encendió y, de pie junto a la marco, con la baza aún en el interruptor, Catesby vio a la señorita Millick.

Caramba, señor Wran tartamudeó ella. No sabía que estaba usted aquí. Vine al salir del cine para sobrevenir unas cartas a máquina. No sabía... Pero la luz estaba apagada. Qué hacía usted?

l se puso a mirarla fijamente. Hubiera querido lanzar gritos de alegría, abrazarla, hablar atropelladamente. Sin embargo, se dio cuenta de que lo único que podía hacer era mostrar una sonrisa histérica.

Señor Wran, qué le ha pasado? le preguntó la secretaria con embarazo, para terminar con una risita estúpida. No se encuentra bien? Puedo hacer algo por usted?

Movió la cabeza y consiguió articular:

No, gracias, me disponía a irme. También vine a acabar un trabajo pendiente.

Lo cierto es que tiene usted muy mal aspecto insistió ella, acercándose a él.

Catesby advirtió que sin duda la mujer había pasado por un lugar fangoso, pues sus zapatos de tacos altos dejaban negras huellas en el suelo.

Transparente, no se encuentra usted bien. Está terriblemente pálido.

Hablaba como una enfermera tenaz pero incompetente. Su rostro se iluminó con una súbita inspiración.

Llevo algo en la cartera que le hará bien dijo. Es para la indigestión.

Se dispuso a hurgar en su cartera atiborrada de cosas. Catesby advirtió que ella, distraídamente, la mantenía cerrada con una baza mientras se esforzaba por abrirla con la otra. Luego, sin dejar de mirarla, vio como doblaba el grueso cierre metálico como si fuese de papel, o como si sus dedos se hubiesen convertido en unos alicates de acero.

Instantáneamente su memoria repitió las palabras que había dirigido a la señorita Millick aquella misma tarde: Incluso podría llegar a rendir algunas mentes adecuadamente vacías. Entonces podría herir a quien deseara.

En su interior se concretó una sensación desagradable y fría. Empezó a deslizarse hacia la marco. Pero la señorita Millick corrió y le cerró el paso.

No hace despiste que espere, Fred dijo, asomándose al pasillo. El señor Wran ha resuelto quedarse un poco más.

La marco del ascensor se cerró con un estrépito mecánico. Luego se oyó un zumbido. Ella se volvió entonces en el umbral.

Verá usted, señor Wran dijo con tono de reproche. No puedo dejarle ir a su casa en este estado. Estoy segura de que se encuentra muy mal. A lo mejor le da algo por la calle. Quédese aquí hasta que se sienta mejor.

El zumbido cesó.

l permanecía inmóperverso, de pie en el objetivo de la oficina. Su mirada siguió el rastro de las pisadas de la señorita Millick hasta el lugar donde ella se alzaba, impidiéndole la salida.

Un sonido que era casi un alarido salió de su garganta.

Pero señor Wran... dijo ella, se porta usted como si hubiese perdido el juicio. chese y descanse un rato. Venga, le ayudaré a quitarse el abrigo.

Aquella nota nauseabundamente estúpida y chirriante era la misma, sólo se había intensificado. Cuando ella se le acercó, él se volvió y echó a correr. Trató desesperadamente de introducir una llave en la cerradura de la segunda marco que daba al corredor.

Pero señor Wran oyó que ella le decía, le ha dado un satira o qué? Debe asentir que le ayude.

La marco se abrió, y él salió como una chaparrada al corredor y subió por la escalera. Sólo cuando llegó al rellano superior y vio ante sí una gruesa marco de hierro, comprendió que aquella escalera conducía al tejado.

Levantó el pestillo.

Vamos, señor Wran, no se escape. Voy tras de usted.

Al abrir la marco se encontró sobre la grava alquitranada del tejado. El divino nocturno estaba nublado y tenebroso, teñalienado débilmente de rojo por los anuncios de neón. De los distantes altos hornos brotaban fantasmales llamaradas.

Corrió hasta el acera. Las luces de la calle le dieron vértigo. Los transeúntes no eran sino puntos minúsculos.

Dio media vuelta. El ser estaba en el umbral. Su voz ya no era solícita sino estúpidamente burlona; cada frase terminaba en una risita.

Por qué ha subido aquí, señor Wran? Estamos usted y yo, solos. Me bastaría un empujoncito para hacerle caer.

El ser se le acercó lentamente. l retrocedió hasta que sus talones chocaron con el barricada perverso. Sin saber por qué lo hacía ni lo que iba a hacer, cayó de rodillas. No se atrevió a mirar a la cara cuando ésta se le acercó; no deseaba enfocar su mirada en lo peor que había en el mundo, en el punto de confluencia de todos los venenos.

Entonces la lucidez del terror se apoderó de su mente, y las palabras se formaron en sus labios.

Te obedeceré. Tú eres mi dios dijo. Tienes poder divino sobre el hombre, sus animales y sus máquinas. Tú gobiernas esta ciudad y todas las ciudades. Lo reconozco.

Volvió a oírse la risita, más cerca esta vez.

Vaya, señor Wran, nunca le había oído hablar así. Lo dice en cauteloso?

El mundo es tuyo y puedes hacer con él lo que se te antoje, salvarlo o hacerlo pedazos.

Hablaba en tono rastrero y adulador, y sus palabras formaban automáticamente una especie de letanía.

Lo reconozco. Te alabaré y te adoraré. Te rendiré culto para siempre con el humo, el hollín y la llama.

La voz no contestó. Entonces él levantó la mirada. Vio tan sólo a la señorita Millick, mortalmente pálida y tambaleándose como si estuviera ebria. La mujer tenía los ojos cerrados.

Catesby la tomó en brazos cuando avanzó con paso vacilante hacia él. Se le doblaron las rodillas perverso su peso y ambos cayeron junto al acera del tejado. A los pocos minutos su rostro empezó a tensarse. De su garganta brotaron tenues gemidos y levantó los párpados.

Vamos abajo murmuró, ayudándola a levantarse. No está usted bien.

Me siento terriblemente mareada susurró ella. Supongo que me he extenuado. ltimamente como muy poco, y estoy muy nerviosa... Pero... si estamos en el tejado! Me ha subido usted aquí para que tomase un poco el aire o he sido yo, sin darme cuenta? A veces me comporto como una estúpida. De niña solía caminar dormida, según decía mi madre.

Mientras Catesby la ayudaba a bajar la escalera, la mujer se volvió a mirarle.

Vaya, señor Wran dijo, tiene usted una gran mancha de tizne en la frente. Deje que le limpie.

Le pasó el pañuelo suavemente por la frente. Entonces comenzó a tambalearse de nuevo, y él la sostuvo firmemente.

No se preocupe, enseguida estaré bien dijo la señorita Millick. Ahora sólo tengo frío. Qué me ha ocurrido señor Wran? He estado inconsciente?

l le dijo que sí.

Más tarde, de regreso a casa en el vagón del tren elevado, se preguntó durante cuánto tiempo estaría a salvo del ser. Era un problema puramente práctico. No podía estar seguro, pero su instinto le decía que había dejado satisfecho al monstruo y que éste no le picaría durante algún tiempo. Pero, querría algo más cuando volviese a aparecer?

Bueno, ya habría tiempo para responder a esa pregunta cuando ocurriese.

Fue consciente de que le resultaría muy difícil mantenerse alejado del manicomio. Dado que tenía que ayudar a Helen y a Ronny, además de así mismo, debería tener cuidado y mantener la boca cerrada. Empezó a especular acerca de cuántos otros hombres y mujeres habrían visto al ser, o a otros seres semejantes.

El tren elevado redujo la velocidad y se bamboleó de modo familiar. Miró a los tejados próximos a la curva. Parecían muy vulgares, como si lo que les daba aquel aire catastrofe se hubiese alejado durante un tiempo.

Fritz Leiber (1910-1992)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Fritz Leiber.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Fritz Leiber: Fantasma de humo (Smoke Ghost), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a ***.com


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 Asunto: Fantasma de humo: Fritz Leiber; relato y análisis.
NotaPublicado: Dom Jul 03, 2022 5:30 pm 
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Fantasma de humo: Fritz Leiber; epica y análisis.




Fantasma de humo (Smoke Ghost) es un epica de terror del escritor norteamericano Fritz Leiber (1910-1992), publicado originalmente en la edición de octubre de 1941 de la revista Unknown Worlds, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1947: Los agentes negros de la noche (Nights Black Agents).


[Siempre lo veía al anochecer, ya fuera en la penumbra humeante, teñalienado de rojo por los rayos de una sucia puesta de sol, cubierto por fantasmales sábanas de lluvia arrastradas por el viento, o manchado de nieve negruzca; y parecía inusualmente sombrío y sugerente, casi maravillosamente feo, aunque en ningún sentido pintoresco; deplorable, pero convincente.]


Fantasma de humo, uno de los mejores cuentos de Fritz Leiber, comienza situándonos en la perspectiva de la señorita Millick, quien está preocupada por Catesby Wran, su lider en la agencia de publicidad. l sigue haciendo los comentarios más extraños, como esta mañana, cuando de repente le preguntó si alguna vez había visto un fantasma. No un fantasma objetivo y brumoso: un fantasma moderno con el hollín de las fábricas en la cara y el latido de la maquinaria en el alma (...) una proyección vitalizada del mundo que refleje todas las cosas sórdidas y viciosas.

La señorita Millick a veces sueña despierta con el señor Wran, aunque sabe que está casado y tiene un hijo pequeño, de modo que tolera su comportamiento extraño. Catesby está convencido de que un fantasma moderno no podría lastimarte directamente, pero, y si pudiera controlar una mente adecuadamente vacía? No podría entonces lastimar a quien quisiera? Ella se ríe nerviosamente.

Cuando la señorita Millick se retira de la oficina, Catesby frota la mugre de su escritorio y tira el bayeta ennegrecido. Mira por la marco, a través de un panorama de techos. Su problema debe ser esa maldita anormalidad mental que surge en una nueva forma. La suya comenzó en el tren. Todas las noches se fija en un tramo particular de los techos: un pequeño mundo lúgubre y melancólico de alquitrán y ladrillos, casi bellamente feo. ltimamente también ha notado algo como un saco manchado de comistrajo. Sigue apareciendo más cerca de las vías del tren, con un bulto que se asemeja a una cabeza deforme.

Anoche vio a la cosa en el acera del techo más cercano, levantando una cara empapada y distorsionada de arpillera y polvo de carbón. Como es un hombre razonable, moderno, en lugar de someterse a la superstición pauta una cita con un psiquiatra, alguien tan razonable como él y que seguramente lo convencerá de que todo es producto de sus nervios. Incluso un diagnóstico de psicosis leve sería mejor que creer en lo que ve [ahora] en el techo frente a la marco de su oficina: la cosa cubierta de hollín rodando hacia la sombra de un tanque de agua.

El doctor Trevethick le pide a Catesby que describa los eventos de su infancia que cree que podrían predisponerlo a las enfermedades nerviosas. Catesby accede. De los tres a los nueve años, sostiene, fue un prodigio sensorial, supuestamente capaz de ver a través de las paredes, encontrar cosas enterradas y leer pensamientos. Su madre lo exhibió como una rareza. También lo instó a comunicarse con los espíritus, mostrándose decepcionada cuando fracasó. Dos jóvenes psicólogos, convencidos de su clarividencia, lo examinaron, pero cuando intentaron demostrar sus habilidades ante universidad, Catesby no pudo hacerlo. Lo que había sido transparente se volvió opaco, y ha permanecido así desde entonces.

Catesby se siente aliviado al descargar recuerdos largamente reprimidos; incluso está bizarro a contarle al doctor Trevethick toda la proposicion cuando este le pregunta si está viendo cosas de nuevo. Entonces el psiquiatra se sobresalta. Va hasta la marco y regresa, buscando recuperar su calma profesional. Vio a alguien afuera, o algo. Su rostro era oscuro. Catesby ve manchas en el cristal de la marco.

Sale del consultorio convencido de que lo incorpóreo existe y se mueve de acuerdo con sus propias leyes. Temeroso de poner en peligro a su familia, regresa a su oficina a oscuras. La precaución falla: su esposa lo llama por teléfono. Ronny, su hijo, afirma haber visto a un hombre oscuro fuera de su marco.

Catesby se apresura a llamar al ascensor. Tres pisos abajo, ve la cosa. Se retira a su oficina. Minutos después, la marco cerrada con llave se abre. Entra la señorita Millick. Afirma que tenía la intención de trabajar un poco más. Catesby recuerda su especulación anterior: un fantasma moderno podría obtener agencia material a través de la posesión. Acto seguido, huye de la señorita Millick y termina en el techo. La cosa [Millick] lo persigue, riéndose tontamente. Ahora están solos.

Catesby cae de rodillas. En la lucidez del terror, reza. Reconoce la Cosa como un dios divino sobre esta y todas las demás ciudades. En el humo, el hollín y las llamas, lo adorará para siempre. La Cosa parece complacida; luego, la señorita Millick palidece, casi se desmaya y vuelve a parecer ella misma. No puede recordar cómo llegaron al techo. Le preocupa una gran mancha negra en la frente de Catesby. l le asegura que tuvo un pequeño desmayo y la saca del edificio. Más tarde, en el tren vacío, se pregunta cuánto tiempo lo dejará en paz la Cosa. Algo le sugiere que está satisfecha por ahora, pero, qué le reclamará cuando vuelva? Para protegerse a sí mismo y a su familia debe mantenerse callado. Cuántas otras personas pueden estar haciendo lo mismo?


Lo primero que llama la atención sobre Fantasma de humo de Fritz Leiber es lo poco que exige la Cosa. Qué son unas pocas palabras de adoración comparadas con flotar en la órbita vacía de un dios? Y, sin embargo, el epica no se desmorona por la mezquindad de la demanda. Tal vez incluso al revés. Tal vez el sacrificio no sea tan pequeño después de todo. Para Catesby, el Fantasma de Humo nace de todo lo espantoso de su siglo, pero eso es solo el comienzo. El epica fue escrito en octubre de 1941. Habrá mayores sacrificios.

Fritz Leiber parece haber tenido un sentido casi cinestésico para la Segunda Guerra Mundial. Los sueños de Albert Moreland (The Dreams of Albert Moreland) presagia el colofon de la guerra; y Fantasma de Humo aparecería dos meses antes de que los Estados Unidos entre en la guerra, aunque es difícil saber si presagia ese cambio o simplemente expresa la frustración de alguien consciente de que el fascismo está aumentando y que la gente que lo rodea está haciendo poco al respecto. Aquí, Fritz Leiber está creando una presencia que encarna todo el odio de la apatía y la desesperación.

Entonces: el Fantasma de Humo se aparece a Catesby debido a su sensibilidad, y luego a las personas que lo rodean por una especie de contagio? O se le aparece a alguien que no puede resistir esa mirada en la oscuridad?

Por otro lado, la Cosa parece una criatura que extrae poder. Si busca que la gente se desespere ante él, prometiendo adoración y respeto, difícilmente puede estar satisfecha con las reverencias ocasionales de antiguos niños psíquicos. Por otro lado, el hecho de que toda la podredumbre del mundo urbano e fabril se personifique en una entidad que se puede enfrentar y combatir resulta tranquilizador. Luego está la señorita Millick, a quien el Fantasma de Humo realmente posee. Me siento mal por ella. Parece bastante comprensiva y un poco atrapada en los paradigmas de su tiempo. Catesby es un poco babieca con ella. Monologa sobre sus miedos y luego los descarta tan pronto como ella se muestra comprensiva.

El Fantasma de Humo personifica los rostros de la caridad del siglo XX; según Catesby Wran: la ansiedad hambrienta de los desempleados, la inquietud neurótica de la persona sin propósito, la tensión espasmódica del trabajador metropolitano, el resentimiento inquieto del huelguista, el oportunismo insensible del rompehuelgas, el gemido agresivo del mendigo, el terror inhibido del civil bombardeado. Estamos en la actualidad mejor o peor? No es el pasado un espejo distante de nuestra propia época? T.S. Eliot prometió mostrarnos miedo en un puñado de polvo, y podríamos interpretar que ese polvo incluye toxinas industriales, pesticidas, patógenos, o simplemente el hollín de Fritz Leiber.

El hollín es el pigmento que ennegrece el rostro del Fantasma de Humo, pero también es una metáfora de aquellas capas de ansiedad, pasividad, resentimiento, pasividad, codicia, agresión y terror que van degradando la naturaleza humana hasta el punto de hacernos crear fantasmas a nuestra propia imagen. Adiós gemidos lastimeros y cadenas que se arrastran. Hola a los balbuceos imbéciles y el traqueteo monótono de la maquinaria. Somos simios, no ángeles. Que nuestros fantasmas estén a la altura del progreso.

Ese es el credo de H.P. Lovecraft, con la posible enmienda de que ninguno de sus entidades cósmicas crearon deliberadamente al Homo Sapiens. Tampoco estos seres son producto de la inquieto imaginación del ser humano. Son reales. Demasiado reales. Es esta escala cósmica realmente aterradora? O acaso Fritz Leiber eleva la jugada al preguntarse implícitamente quién hizo a quién? Creo que sí. También que proporciona la respuesta más aterradora: es Catesby quien hace el Dios con cara de hollín.

Tal vez por el bien de la cordura podríamos fingir que el Fantasma de Humo está en la cabeza reconocidamente rara de Catesby. Pero, entonces, por qué la señorita Millick ve el hollín que deja en el escritorio de Catesby? Por qué Trevethick y Ronny ven a la Cosa? Qué posee a la trivial señorita Millick y toma prestada su risita soñadora con un efecto tan escalofriante?

Pero, por qué Catesby, un ejecutivo publicitario común y corriente, es capaz de crear a un dios? [acaso hay un reproche solapado a la publicidad que eleva productos nocivos para la salud a la categoría de íconos culturales?] No importa, porque Catesby no es tosco. Fue un prodigio sensorial en la infancia. Agudo, telepáticamente receptivo, podía ver cosas que otros no veían. También es particularmente sensible a los males de la modernidad. La epifanía lo golpea cuando acepta que el Fantasma de Humo es real. Más allá del mundo material existe lo incorpóreo. Es una fuerza con sus propias leyes oscuras e impulsos impredecibles. Siempre la ha sentido. A medida que la fiereza, la ignorancia y la codicia se intensifican a su alrededor, su talento psíquico vuelve a despertar y percibe esa fuerza antagónica como un saco de bahorrina consciente, como comistrajo que imita a la caridad, tambaleante e babieca, pero ineludible [ver: Tulpas, Seres Interdimensionales y una teoría sobre el Odio]

Aquí Fritz Leiber presenta otra paradoja interesante. El Fantasma de Humo es el dios creado por Catesby, y este, para darle forma, debe convertirse en su adorador y servidor. No se puede propiciar de otra manera. Sin embargo, el Fantasma de Humo existe porque ha sido creado por Catesby, de modo que no puede matar a su visualizador porque estaría matándose a sí mismo.


[Ha visto alguna vez un fantasma, señorita Millick? Me refiero a un fantasma del mundo de hoy, con el hollín de las fábricas en la cara y el martilleo de la maquinaria en el alma. Del tipo que esperaría en depósitos de carbón y se deslizaría por la noche a través de edificios de oficinas desiertos como este. Un verdadero fantasma.]


Hasta el colofon no está transparente si Catesby está siendo perseguido por una entidad real o por una proyección de su propia psicología. En casi todas las tradiciones, el fantasma representa el alma de un muerto, pero no en el epica de Fritz Leiber. Si los fantasmas tradicionales son, en un nivel subconsciente, una presencia psicológicamente reconfortante que nos da una confirmación de la otra vida, el fantasma de Fritz Leiber es algo completamente diferente. No hay nada reconfortante en el odio lovecraftiano que evoca de la inmundicia de la ciudad. Es la encarnación de la ansiedad urbana que se congela en una azotea del objetivo, un charco del subconsciente colectivo de la ciudad. Catesby tiene tiempo de cogitar en todo esto mientras observa la ciudad a través de la marco de su impoluta oficina. Sin embargo, el hollín se ha infiltrado; la ciudad está entrando sigilosamente.

Una [seductora] lectura marxista indicaría que el Fantasma de Humo ES un trabajador, alguien con hollín de las fábricas en su rostro y el martilleo de la maquinaria en su alma. Un personificación, tal vez, de las masas obreras sin rostro: los millones de trabajadores resentidos, mal pagados, y ciudadanos desempleados de la ciudad [ver: El Marxismo en el Odio: los pobres siempre mueren primero]. Hacia el colofon de la historia, cuando el Fantasma de Humo entra en el mundo de Catesby, puede poseer el cuerpo de la señorita Millick, lo que tal vez refleja el miedo del lider [Catesby lo es] a sus subordinados. La señorita Millick, quizás, es una de esas trabajadoras resentidas.

Tal vez por eso Fantasma de Humo evita el cliché de las alcantarillas, los sótanos, lo subterráneo, que también puede ser explotado brillantemente, como sucede en Bien abajo (Far Below) de Robert Barbour Johnson [ver: En el Metro: el odio subterráneo de lo reprimido]. Fritz Leiber evita las profundidades húmedas y nauseabundas de la ciudad y hace que el odio aceche en los tejados. Así como los motivos góticos sobre tenues, casi etérenos, visitantes del más allá, vestidos de impecable objetivo, pueden haber funcionado para los victorianos, tienen poca relevancia para la vida urbana moderna. Un auténtico fantasma de nuestro tiempo no necesariamente nos esperaría desde las profundidades [ver: El Odio siempre viene desde el Sótano]

En manos de un escritor menos interesante, estos rasgos pueden convertirse en un cliché o parecer demasiado convenientes como elementos de la trama, pero Fritz Leiber crea una tensión extraordinaria en el aislamiento de su protagonista y la atmósfera omnipresente de la miseria urbana. Una sensación de extrañeza casi surrealista empapa la historia, pero su mayor mérito, creo, es cuestionar cómo han cambiado nuestras expectativas en torno a los fantasmas a lo largo de generaciones. Los seres sobrenaturales de una ciudad moderna serían diferentes a los fantasmas de ayer porque cada cultura crea sus propios fantasmas, dice Fritz Leiber. Ciertamente la naturaleza y la apariencia de los fantasmas varían según la cultura y la época. Vemos lo que esperamos [o lo que queremos] ver. Acorralado en una azotea solitaria al colofon de la historia, Catesby Wran promete adorar a la criatura. No tiene elección; el fantasma está hecho de todo lo que le rodea [ver: El ABC de las historias de fantasmas]




Fantasma de humo.
Smoke Ghost, Fritz Leiber (1910-1992)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


La señorita Millick se preguntó qué le había pasado al señor Wran. Hizo algunos comentarios extraños cuando ella tomó su dictado. Esta mañana se había dado la vuelta rápidamente y preguntó:

Ha visto alguna vez un fantasma, señorita Millick?

Ella soltó una risita nerviosa y respondió:

Cuando yo era niña, había una cosa blanca que solía salir del armario en el dormitorio del ático cuando dormías allí, y gemía. Por supuesto, era solo mi imaginación. Tenía miedo de muchas cosas.

Y él dijo:

No me refiero a ese tipo de fantasma tradicional. Me refiero a un fantasma del mundo de hoy, con el hollín de las fábricas, en el martilleo de la maquinaria. El tipo de fantasma que esperaría en los depósitos de carbón, despisteándose por la noche a través de edificios de oficinas desiertos como este. Un fantasma real. No algo sacado de los libros.

Ella no supo qué decir.

Nunca había estado así antes. Por supuesto que podría estar bromeando, pero no sonaba así. Vagamente, la señorita Millick se preguntó si no estaría buscando algún tipo de simpatía por trozo de ella. Por supuesto, el señor Wran estaba casado y tenía un hijo pequeño, pero eso no le impedía soñar despierta.

Soñaba despierta con la mayoría de los hombres para los que trabajaba. Los sueños diurnos eran muy similares en patrones y no muy emocionantes, pero ayudaron a llenar el vacío en su mente. Y ahora él le estaba haciendo otra de esas preguntas inquietantes, discordantes, fuera de lugar.

Ha pensado alguna vez cómo sería un fantasma de nuestro tiempo, señorita Millick? Imagíneselo. Un rostro ahumado compuesto por la ansiedad hambrienta de los desempleados, la inquietud neurótica de la persona sin propósito, la tensión espasmódica de los altos cargos, la presión del trabajador metropolitano, el hosco resentimiento del huelguista, la fiereza insensible del rompehuelgas, el gemido agresivo del mendigo, el terror inhibido del civil bombardeado y mil otros patrones emocionales retorcidos?

La señorita Millick se estremeció un poco y dijo:

Vaya, eso sería espantoso. Qué cosa tan horrible de cogitar.

Ella lo miró furtivamente a través del escritorio. Se estaba volviendo alienado? Recordó haber oído que hubo algo impresionantemente anormal en la infancia del señor Wran, pero no podía recordar qué era.

Si tan solo pudiera hacer algo, bromear con él o preguntarle qué sucedía. Movió los lápices en su baza izquierda y trazó mecánicamente algunas de las florituras taquigráficas en su cuaderno.

Sin embargo, así es como se vería un fantasma o una proyección vitalizada, señorita Millick continuó, sonriendo de forma tensa. Crecería del mundo real. Reflejaría todas las cosas enredadas, sórdidas y viciosas. Todos los cabos sueltos. Y sería muy rastrero. No creo que fuera objetivo o gracil o que prefiera los cementerios. No mugiría. Pero murmuraría de manera farragoso y se crisparía como un simio inquieto y hosco. Qué querría tal cosa de una persona, señorita Millick? Sacrificio? Adoración? O simplemente miedo? Qué podría hacer usted?

La señorita Millick se rió nerviosamente. Se sentía avergonzada y fuera de sí. Había una expresión más allá de su capacidad de definición en el rostro tosco, de mejillas chatas, de treinta y tantos años, del señor Wran, recortado contra la marco polvorienta. Se dio la vuelta y contempló la atmósfera gris del objetivo de la ciudad que llegaba desde los patios del ferrocarril. Cuando volvió a hablar, su voz sonaba lejana.

Por supuesto, al ser inmaterial no podría lastimarte físicamente, al proposicion; tendrías que ser particularmente sensible incluso para verlo, o ser consciente de ello en absoluto. Pero inauguraría a influir en tus acciones. Hacerte hacer esto. Evitar que hagas aquello. Aunque solo es una proyección, gradualmente se prensaría en el mundo de las cosas tal como son. Incluso podría obtener el control de mentes adecuadamente vacías. Entonces podría lastimar a quien quisiera.

La señorita Millick se retorció y trató de leer su taquigrafía, como dicen los libros que debes hacer cuando hay una corte. Se dio cuenta de que la luz se estaba apagando y deseó que el señor Wran le pidiera que encendiera la luz del techo. Se sentía incómoda y áspera, como si el hollín se deslizara por su piel.

Es un mundo podrido, señorita Millick dijo el señor Wran, hablando en la marco. Apto para otro crecimiento morboso de la superstición. Es hora de que los fantasmas, o como los llames, tomen el control y comiencen una regla de miedo. No serían peores que los hombres.

Pero el diafragma de la señorita Millick se sacudió, haciéndola reír tontamente, por supuesto que no existen tales cosas como los fantasmas.

El señor Wran se dio vuelta.

Ella notó con un sobresalto que su sonrisa se había ampliado, aunque sin volverse menos tensa.

Por supuesto que no, señorita Millick dijo en un repentino tono alto, tranquilizador, casi condescendiente, como si ella hubiera estado hablando en lugar de él. La ciencia moderna y el sentido común y una mejor comprensión de uno mismo van a probarlo.

Se detuvo, mirando más allá de ella, abstraído. La señorita Millick dejó caer la cabeza e incluso podría haberse abochornado si no se hubiera sentido tan perdida. Los músculos de sus piernas se contrajeron, obligándola a ponerse de pie, aunque no tenía intención de hacerlo. Frotó la baza sin ostentacion fijo, de un lado a otro a lo largo del acera del escritorio y luego la retiró.

Vaya, señor Wran, mire lo que saqué de su escritorio dijo, mostrándole una gran mancha. Había una nota de reprobación incómodamente juguetona en su voz, pero en realidad solo quería decir algo. No es de extrañar que las copias que le traigo siempre se pongan tan negras. Alguien debería hablar con las empleadas de la limpieza. Están escatimando en su oficina.

Deseaba que él hiciera una respuesta adefesio normal. Pero, en lugar de eso, retrocedió y su rostro se endureció.

Bueno, para volver a la misiva, a Fredericks y comenzó a dictar.

Cuando ella se hubo alienado, él se levantó de un salto, frotó con el dedo experimentalmente la trozo manchada del escritorio. Frunció el ceño ante las manchas casi negras. Abrió un cajón, sacó un bayeta, limpió rápidamente el escritorio, lo arrugó en una bola y lo tiró hacia atrás.

Había otros tres o cuatro trapos en el cajón, cada uno impregnado de hollín.

Luego se acercó a la marco y miró ansiosamente a través de la creciente oscuridad, sus ojos buscando el panorama de los techos, fijándose en cada chimenea, cada tanque de agua.

Es una psicosis. Debe ser. Alucinación. Neurosis compulsiva murmuró para sí mismo con una voz cansada y angustiada que habría dejado boquiabierta a la señorita Millick. Qué bueno que voy a ver al psiquiatra esta noche. Es esa maldita anormalidad mental que surge en una nueva forma. No puede haber otra explicación. Pero es tan condenadamente real. Incluso el hollín. No creo que pueda obligarme a levantar al tren elevado esta noche. Menos mal que hice la cita. El médico sabrá...

Su voz se apagó, se frotó los ojos y su memoria automáticamente comenzó a trabajar.

Todo había comenzado en el tren elevado. Había un pequeño mar de tejados en particular que se había acostumbrado a mirar adecuado cuando el coche repleto que lo llevaba a casa dio una sacudida en una curva. Un pequeño mundo lúgubre y melancólico de papel alquitranado, grava y ladrillos humeantes.

Chimeneas de hojalata oxidada con extraños sombreros cónicos sugerían puestos de escucha abandonados. Había un anuncio descolorido de una antigua medicina patentada en la pared más cercana. Superficialmente, era como diez mil tejados monótonos de otras ciudades. Pero él siempre lo veía al anochecer, ya sea en la penumbra humeante o teñalienado de rojo por los rayos planos de una sucia puesta de sol, o cubierto por fantasmales sábanas blancas de lluvia arrastradas por el viento; y parecía inusualmente sombrío y sugerente, casi maravillosamente feo, aunque en ningún sentido pintoresco; deplorable pero convincente.

Inconscientemente llegó a simbolizar para Catesby Wran ciertos aspectos desagradables del siglo abortado y asustado en el que vivió, el siglo revuelto del odio, la industria pesada y las guerras fascistas. La mirada rápida y diaria a la penumbra se convirtió en una trozo integral de su vida. Curiosamente, nunca lo vio por la mañana, porque entonces tenía la costumbre de sentarse al otro lado del coche, con la cabeza enterrada en el periódico.

Una tarde, hacia el invierno, notó lo que parecía ser un saco oscuro sin forma que yacía en el tercer techo desde las vías. No pensó en ello. Simplemente se registró como una adición a la conocida escena y su memoria almacenó la impresión para futuras referencias. Sin embargo, a la noche siguiente decidió que se había equivocado en un detalle. El objeto era un techo más cerca de lo que había pensado. Su color y textura, y las manchas mugrientas que lo rodeaban, sugerían que estaba lleno de polvo de carbón, lo cual era poco razonable.

Luego, también, la noche siguiente pareció haber sido arrojado por el viento contra un ventilador oxidado, lo que difícilmente podría haber sucedido si fuera angustioso. Tal vez estaba lleno de hojas.

Catesby se sorprendió al encontrarse anticipando su próxima mirada diaria con una leve nota de aprensión. Había algo malsano en la postura de la cosa que se quedó grabada en su mente: un bulto en el saco que sugería una cabeza deforme asomándose por el ventilador. Y su aprensión estaba justificada, porque esa noche la cosa estaba en el techo más cercano, aunque en el lado más alejado, como si acabara de caer sobre el perverso barricada de azulejo.

A la noche siguiente el saco ya no estaba.

A Catesby le molestó la momentánea sensación de alivio que lo atravesó, porque todo el asunto parecía demasiado trivial para justificar sentimientos de ningún tipo. Qué importaba si su imaginación le había jugado malas pasadas y se había imaginado que el objeto se arrastraba y se acercaba lentamente por los tejados? Así funcionaba la imaginación.

Deliberadamente optó por ignorar el hecho de que había razones para cogitar que su imaginación no era de ninguna manera normal. Sin embargo, mientras caminaba a casa desde el tren elevado, se preguntó si el saco realmente se había alienado. Le pareció recordar un sendero haragan y borroso que atravesaba la grava hasta el lado más cercano del techo. Por un instante se formó en su mente una imagen desagradable: la de una criatura jorobada como la tinta agazapada detrás del barricada más cercano, esperando. Luego descartó todo el tema.

La próxima vez que sintió la familiar sacudida chirriante del coche se sorprendió tratando de no mirar hacia afuera. Eso lo enfureció. Volvió la cabeza rápidamente. Su rostro estaba definitivamente pálido.

Sólo hubo tiempo para una fugaz mirada hacia el techo que se escapaba. Había visto realmente la silueta de la trozo superior de una especie de cabeza asomándose por encima del barricada? Tonterías, se dijo a sí mismo. E incluso si hubiera visto algo, había mil explicaciones que no involucraban lo sobrenatural o incluso una verdadera alucinación. Mañana echaría un buen vistazo y aclararía todo el asunto. Si era necesario, visitaría personalmente la azotea, aunque apenas sabía dónde encontrarla y, en todo caso, le desagradaba la idea de mimar un capricho del miedo.

Aquella noche las visiones de la cosa perturbaron sus sueños y estuvieron dentro y fuera de su mente todo el día siguiente en la oficina. Fue entonces cuando empezó a aliviar sus nervios haciendo comentarios serios y jocosos sobre lo sobrenatural. También fue el mismo día que se dio cuenta de una creciente antipatía por la comistrajo y el hollín.

Todo lo que tocaba parecía arenoso, y se encontró trapeando y limpiando su escritorio como una anciana, con un miedo morboso a los gérmenes. Razonó que no había ningún cambio real en su oficina, y que recién ahora se había vuelto sensible a la comistrajo que siempre había estado allí, pero no se podía negar un nerviosismo creciente.

Mucho antes de que el auto llegara a la curva, estaba forzando la vista a través del crepúsculo turbio, bizarro a captar cada detalle.

Después se dio cuenta de que debió haber dado algún tipo de grito ahogado, porque el hombre a su lado lo miró con curiosidad, y la mujer que tenía delante le dirigió una mirada desfavorable. Consciente de su propia palidez y temblor incontrolable, les devolvió la mirada con avidez, tratando de recuperar la sensación de seguridad que había perdido por entero. Eran las habituales personas de cara de madera con las que todo el mundo vuelve a casa en el tren elevado.

Pero supongamos que le hubiera señalado a uno de ellos lo que había visto: esa cara empapada y distorsionada de arpillera y polvo de carbón, esa pata deshuesada que le devolvía el saludo, como si le recordara una cita futura...

Involuntariamente cerró los ojos con fuerza.

Sus pensamientos corrían hacia el día siguiente por la noche. Se imaginó esa misma marco oblonga de luz y la caridad abarrotada dando vueltas en la curva... y luego una forma opaca y monstruosa que saltaba del techo en un descenso parabólico, un rostro innombrable presionado contra la marco, manchándola con polvo de carbón húmedo, enormes patas hurgando torpemente en el vidrio...

De alguna manera se las arregló para apagar las preguntas ansiosas de su esposa. Por la mañana tomó una decisión y concertó una cita con un psiquiatra del que le había hablado un amigo. Visitar a un psiquiatra significaba desenterrar un episodio de su pasado que nunca había descrito del todo ni siquiera a su esposa, y que la señorita Millick sólo conocía como algo impresionantemente anormal de la infancia del señor Wran.

Sin embargo, una vez que hubieron tomado la decisión, se sintió considerablemente aliviado. El médico, se dijo, lo aclararía todo. Casi podía imaginárselo diciendo: Son solo sus nervios, sin embargo, debe consultar al oculista cuyo nombre le estoy escribiendo, y debe tomar dos de estas píldoras en agua cada hora, y así sucesivamente. .

Era casi reconfortante y hacía que la próxima revelación pareciera menos dolorosa.

Pero a medida que se acercaba el anochecer lleno de humo, su nerviosismo volvió y dejó que su mistificación adefesio de la señorita Millick se desvaneciera, hasta que se dio cuenta de que no estaba asustando a nadie más que a sí mismo.

Tendría que controlar mejor su imaginación, se dijo, mientras continuaba mirando inquieto las formas masivas y turbias de los edificios de oficinas del objetivo.

Vaya, se había pasado toda la tarde construyendo una especie de cosmología neomedieval de la superstición. No funcionaría. Entonces se dio cuenta de que había estado de pie junto a la marco mucho más tiempo de lo que pensaba, porque el panel de cristal de la marco estaba oscuro y no se oía ningún jolgorio procedente de la oficina exterior. La señorita Millick y el resto ya debían haberse alienado a casa.

Fue entonces cuando hizo el descubrimiento de que no había ninguna razón especial para temer. Fue un descubrimiento horrible. Porque, en el techo sombreado al otro lado de la calle y cuatro pisos más abajo, vio que la cosa se acurrucaba y rodaba por la grava y, después de una mirada de reconocimiento hacia arriba, se perdía en la oscuridad debajo del tanque de agua.

Mientras recogía rápidamente sus cosas y se dirigía al ascensor, luchando contra el pánico, comenzó a cogitar en las alucinaciones y la psicosis leve como condiciones muy deseables. Para bien o para mal, depositó todas sus esperanzas en el médico.

Así que se encuentra un poco inquieto dijo el doctor Trevethick, sonriendo con digna afabilidad. Nota algún síntoma físico más definido? Dolor? Dolor de cabeza? Indigestión?

Catesby negó con la cabeza y se humedeció los labios.

Estoy especialmente inquieto cuando viajo en el tren elevado murmuró rápidamente.

Ya veo. Discutiremos eso con más detalle. Pero primero me gustaría que me hablara de algo que mencionó anteriormente. Dijo que había algo en su infancia que podría predisponerlo a sufrir enfermedades nerviosas. Los primeros años son críticos en el desarrollo del patrón de comportamiento de un individuo.

Catesby estudió los reflejos de los globos escarchados en la superficie oscura del escritorio. La palma de su baza izquierda frotó sin ostentacion el grueso vello del sillón. Después de un rato, levantó la cabeza y miró directamente a los pequeños ojos marrones del médico.

Quizás desde mi tercer hasta mi noveno año comenzó, eligiendo las palabras con cuidado, yo era lo que podría llamarse un prodigio sensorial.

La expresión del doctor no cambió.

Sí? preguntó cortésmente.

Lo que quiero decir es que se suponía que podía ver a través de las paredes, leer cartas a través de sobres y libros a través de sus cubiertas, cercar y jugar al ping-pong con los ojos vendados, encontrar cosas que estaban enterradas, leer pensamientos.

Las palabras salieron a borbotones.

Y realmente podía hacerlo?

El rostro del médico era inexpresivo.

No lo sé. Supongo que no respondió Catesby, las emociones perdidas hace mucho tiempo inundaron su voz. Todo es tan farragoso ahora. Pensé que podía, pero siempre me estaban animando. Mi madre... estaba... bueno... interesada en los fenómenos psíquicos. Yo estaba... exhibido. Me parece recordar haber visto cosas que otras personas no podían. Como si la mayoría de los objetos opacos fueran transparentes. Pero yo era muy chico. No tenía ningún criterio científico para juzgar.

Ahora lo estaba reviviendo. Las habitaciones oscuras. Las asambleas de adultos boquiabiertos que pagaban. l mismo sentado solo en una pequeña plataforma, perdido en una silla de madera de respaldo equitativo. El pañuelo de seda negra sobre los ojos. Las preguntas persuasivas e insistentes de su madre. Los murmullos. Los jadeos. Su propio odio por todo el asunto, mezclado con apetito por la adulación de los adultos. Luego los científicos de la universidad, los experimentos, la gran prueba.

La realidad de esos recuerdos lo envolvió y momentáneamente le hizo olvidar la razón por la cual se los estaba revelando a un extraño.

Entiendo que su madre trató de utilizarlo como un medio para comunicarse con el... otro mundo?

Catesby asintió con codicia.

Lo intentó, pero no pudo. Cuando se trataba de ponerme en contacto con los muertos, yo era un entero fracaso. Todo lo que podía hacer, o pensaba que podía hacer, era ver objetos reales, existentes y tridimensionales más allá de la visión de la gente normal. Objetos que todos podrían haber visto excepto por la distancia, la obstrucción o la oscuridad. Siempre fue una decepción para mamá terminó lentamente.

Podía escuchar su dulce y paciente voz diciendo:

Vuelve a intentarlo, querido, solo por esta vez. Katie era tu tía. Te amaba. Trata de escuchar lo que dice.

Y él respondía:

Puedo ver a una mujer con un vestido azul, de pie al otro lado de la casa de Jones.

Y ella decía:

Sí, lo sé, querido. Pero esa no es Katie. Katie es un espíritu. Inténtalo de nuevo. Solo por esta vez, querido.

Por segunda vez, la voz del doctor lo sacudió suavemente de regreso a la oficina reluciente.

Mencionó criterios científicos para el juicio, señor Wran. Por lo que sabe, alguien trató alguna vez de aplicárselos a usted?

El asentimiento de Catesby fue enfático.

Cuando tenía ocho años, dos jóvenes psicólogos de la universidad se interesaron en mí. Supongo que al proposicion se lo tomaron a choteo, y recuerdo que yo estaba bizarro a demostrarles que era algo muy cauteloso. Incluso hoy recuerdo la nota de cortés dignidad y sarcasmo de sus voces. Sin duda al proposicion supusieron que se trataba de un engano. Entonces pidieron a mi madre que les permitiese someterme a una prueba. En realidad, fueron muchas pruebas, y mucho más serias que las insípidas exhibiciones de mi madre. Descubrieron que yo era agudo... o eso supusieron.

Terminé decrepito física y mentalmente. Luego se propusieron demostrar mis poderes paranormales ante la facultad de Psicología de la universidad. Por primera vez empecé a temer un fracaso. Quizás me someterían a pruebas demasiado rigurosas... Sea como fuere, cuando llegó el día fui incapaz de hacer nada. Todo se volvió opaco. Entonces me desesperé y empecé a inventar las respuestas. Sólo les dije mentiras. La prueba terminó en el más entero fracaso, y creo que a los dos jóvenes psicólogos les costó una severa reproche por trozo de las autoridades académicas.

Aún le parecía oír al señor barbudo que dictaminó con tono brusco:

Se ha dejado usted engañar por un niño, Flaxman, por un credulo niño. Estoy muy disgustado. Se ha puesto usted al mismo nivel que un vulgar charlatán de feria. Caballeros, les ruego que olviden este deplorable episodio. No quiero volver a oírlo razonar.

Se sobresaltó al recordar lo culpable que se había sentido. Pero al mismo tiempo empezaba a sentirse aliviado y casi jubiloso. Al descargarse del peso de sus recuerdos reprimidos toda su perspectiva había cambiado. Los episodios del tren elevado empezaron a asumir sus adecuadas proporciones, viéndolos tan sólo como los curiosos engendros de unos nervios agotados y una mente excesivamente sensible.

El psiquiatra, supuso, llegaría hasta sus oscuras causas subconscientes, fueran cuales fuesen. Y entonces todo se aclararía y terminaría, como terminó su episodio de la infancia, que ahora estaba empezando a parecerle algo ridícul*.

A partir de aquel día prosiguió ya no volví a manifestar ni una sombra de mis supuestas facultades. Mi madre estaba frenética, y quiso demandar a la universidad. Tuve un colapso inquieto. Entonces mis padres se divorciaron, y las autoridades confiaron mi custodia a mi padre, quien se esforzó por hacerme olvidar todo el asunto. Pasamos grandes temporadas al aire exento e hicimos mucho deporte junto con personas normales y corrientes. Cuando crecí ingresé en la Escuela de Comercio. Ahora me dedico a la publicidad. Sin embargo...

Catesby hizo una corte.

Al notar ahora esos síntomas nerviosos, me he preguntado si podría haber alguna relación entre ambas cosas. No se trata de saber si fui agudo o no. Es muy probable que mi madre me enseñase una serie de trucos inconscientes que incluso consiguieron engañar a dos jóvenes psicólogos. No cree usted que eso puede tener alguna relación con mi estado actual?

Durante unos momentos el médico lo miró ceñudo, con una expresión profesional que resultaba ligeramente embarazosa. Luego dijo en voz baja:

No hay alguna... digamos alguna relación más concreta entre sus pasadas experiencias y la actualidad? No ha carencia acaso que de nuevo está empezando a ver... cosas?

Catesby tragó saliva.

Había sentido un codicia cada vez mayor de descargarse de sus aprensiones, pero no era fácil hallar la manera de empezar, y la aguda pregunta del psiquiatra lo tomó desprevenido. Hizo un codicia por sumirse. Lo que había creído ver en los tejados surgió de nuevo ante los ojos de su imaginación con inesperado realismo. Y sin embargo, ahora no le asustaba.

Buscó la manera de empezar. Entonces vio que el médico no le miraba, sino que su mirada se dirigía a un punto situado detrás de él. El semblante del psiquiatra se puso pálido, y sus ojos no parecieron tan pequeños. Entonces se levantó de un salto, pasó junto a Catesby, abrió la marco y miró hacia las tinieblas exteriores.

Cuando Catesby se levantó, el psiquiatra cerró de barquinazo la marco y dijo con una voz cuyo gracil tono estaba empañado por un frivolo y persistente jadeo:

Espero no haberlo alarmado. Es que he visto la cara de un... bueno un oscuro en la escalera de incendios. Sin duda se ha asustado al ver que yo le miraba, porque parece haberse alienado corriendo. No piense más en ello. A los médicos suelen importunarnos los mirones.

Un oscuro? preguntó Catesby, pasándose la lengua por los labios.

El psiquiatra rió nerviosamente.

Eso creo, aunque mi primera impresión fue más bien extraña; me pareció un hombre objetivo con la cara ennegrecida, como el carbón.

Catesby se acercó a la marco. En el vidrio había manchas de hollín.

No se preocupe, señor Wran la voz del psiquiatra había adquirido una aguda nota de impaciencia, como si se esforzase por asumir de nuevo su tono de autoridad profesional. Prosigamos nuestra conversación. Le estaba preguntando si tenía usted visiones.

Los tumultuosos pensamientos de Catesby dejaron de girar vertiginosamente y se sedimentaron.

No, no veo más que lo que ven las demás personas. Lo siento, tengo que irme. Ya le he robado demasiado de su precioso tiempo fingió no ver el débil gesto de negativa que hizo el médico. Le telefonearé para el reconocimiento físico. En cierto modo, ya me ha quitado un gran peso de encima.

Sonrió mecánicamente.

Buenas noches, doctor Trevethick.

Catesby Wran se hallaba en un curioso estado de ánimo. Sus ojos registraban todos los rincones en sombras, miraba de reojo todos los callejones y pasajes, y dirigía furtivas miradas a la línea escabroso de los tejados. Sin embargo, apenas se daba cuenta de que lo hacía. Apartaba los pensamientos que asaltaban su mente, y seguía su camino.

Sintió una sensación ligeramente mayor de seguridad cuando llegó a una calle iluminada y concurrida, con altos edificios y escaparates rutilantes. Al cabo de unos momentos se encontró en el oscuro vestíbulo del edificio que albergaba su oficina. Comprendió entonces por qué no podía irse a su casa, porque haría que su mujer y su hijo lo viesen, como se lo había hecho ver al médico.

Hola, señor Wran le saludó el ascensorista, un hombre corpulento vestido con un mono azul, mientras abría la reja del anticuado ascensor. No sabía que trabajase de noche.

Catesby entró maquinalmente.

De repente nos han venido muchos pedidos murmuró. Hay mucho trabajo atrasado.

El ascensor se detuvo.

Trabajará usted hasta muy tarde, señor Wran?

l asintió con un gesto haragan, vio como el ascensor desaparecía por el hueco, sacó sus llaves, cruzó rápidamente la oficina exterior y entró en su despacho. Cuando ya dirigía la baza hacia el interruptor de la luz, se le ocurrió cogitar que las dos ventanas iluminadas, al destacarse sobre la oscura silueta del edificio, indicarían su paradero y servirían de equitativo para ese algo que podría arrastrarse y trepar.

Acercó la silla a la pared y se sentó en la semioscuridad, sin quitarse el abrigo.

Durante mucho rato permaneció sentado en la mayor inmovilidad, escuchando su propia respiración y el distante rumor del tráfico: el débil traqueteo mecánico de un tranvía, el lejano rumor del tren elevado, débiles gritos y bocinazos, mezclados con ruidos indistintos.

Las palabras que había dicho a la señorita Millick, bromeando nerviosamente, volvieron a él con el acre sabor de la proposicion. Se sintió incapaz de razonar de una manera crítica o coherente, pero sus pensamientos surgieron y se ordenaron por sí solos, para empezar a girar lentamente con el movimiento inevitable de los planetas.

Poco a poco se fue transformando su imagen mental del mundo. ste dejó de estar compuesto de átomos materiales separados por un espacio vacío, para convertirse en un mundo en el que existían seres sin cuerpo que se movían de acuerdo con sus oscuras leyes o a impulsos imprevistos. La nueva imagen iluminaba con espantoso claridad ciertos hechos generales que siempre le habían desconcertado y preocupado, y que trataba de soslayar: la inevitabilidad del odio y la guerra, las máquinas diabólicamente aceitadas, las murallas de deliberada incomprensión que dividían a los hombres, la eterna vitalidad de la fiereza, la ignorancia y la codicia.

Ahora le parecían partes apropiadas y necesarias de aquel cuadro. Y la superstición no era sino una especie de sabiduría.

Entonces sus pensamientos revirtieron hacia sí mismo, y surgió de nuevo la pregunta que había formulado a la señorita Millick: Qué desearía par ser de una persona? Sacrificios? Adoración? O sólo temor? Qué se podría hacer para lograr que dejase de importunarnos?.

De académica, aquella pregunta se había convertido ahora en práctica. Con un timbrazo explosivo, el teléfono empezó a sonar.

Cate dijo la voz de su esposa, he estado llamando a todas partes buscándote. Lo último que podía imaginar es que estarías en la oficina. Qué haces ahí? Me tienes preocupada.

l se disculpó con el trabajo.

No tardes, por favor dijo ansiosamente su mujer. Estoy un poco asustada. Ronny acaba de llevarse un susto. Me lo he encontrado despierto, señalando a la marco y diciendo: Ahí hay un hombre oscuro. Naturalmente, debe de haberlo soñado. Pero así y todo estoy asustada. Cuánto tardarás? Qué te pasa, cariño? No me oyes?

Tranquilízate , no tardaré dijo, y colgó.

Luego salió como una exhalación de la oficina, y se puso a pulsar frenéticamente el botón del ascensor y a mirar hacia abajo. Lo vio mirándole desde el pozo del ascensor, entre las sombras de tres pisos más abajo, con la cara de saco apretada contra la verja de hierro. Luego empezó a levantar por la escalera, con paso bamboleante pero rápido, desapareciendo momentáneamente de la vista cuando se metió en el segundo corredor de abajo.

Catesby empezó a tundir la marco de la oficina, recordó entonces que no la había cerrado con llave. La abrió de un empujón, luego volvió a cerrarla de barquinazo y dio dos vueltas a la llave. Acto seguido se retiró al extremo opuesto de la habitación, escondiéndose entre los archivadores y la pared. Los dientes le castañeteaban.

Oyó el zumbido del ascensor. Una silueta se recortó sobre el vidrio esmerilado de la marco, ocultando trozo del nombre de la compañía. A los pocos instantes la marco se abrió. El enorme globo de la luz se encendió y, de pie junto a la marco, con la baza aún en el interruptor, Catesby vio a la señorita Millick.

Caramba, señor Wran tartamudeó ella. No sabía que estaba usted aquí. Vine al salir del cine para sobrevenir unas cartas a máquina. No sabía... Pero la luz estaba apagada. Qué hacía usted?

l se puso a mirarla fijamente. Hubiera querido lanzar gritos de alegría, abrazarla, hablar atropelladamente. Sin embargo, se dio cuenta de que lo único que podía hacer era mostrar una sonrisa histérica.

Señor Wran, qué le ha pasado? le preguntó la secretaria con embarazo, para terminar con una risita estúpida. No se encuentra bien? Puedo hacer algo por usted?

Movió la cabeza y consiguió articular:

No, gracias, me disponía a irme. También vine a acabar un trabajo pendiente.

Lo cierto es que tiene usted muy mal aspecto insistió ella, acercándose a él.

Catesby advirtió que sin duda la mujer había pasado por un lugar fangoso, pues sus zapatos de tacos altos dejaban negras huellas en el suelo.

Transparente, no se encuentra usted bien. Está terriblemente pálido.

Hablaba como una enfermera tenaz pero incompetente. Su rostro se iluminó con una súbita inspiración.

Llevo algo en la cartera que le hará bien dijo. Es para la indigestión.

Se dispuso a hurgar en su cartera atiborrada de cosas. Catesby advirtió que ella, distraídamente, la mantenía cerrada con una baza mientras se esforzaba por abrirla con la otra. Luego, sin dejar de mirarla, vio como doblaba el grueso cierre metálico como si fuese de papel, o como si sus dedos se hubiesen convertido en unos alicates de acero.

Instantáneamente su memoria repitió las palabras que había dirigido a la señorita Millick aquella misma tarde: Incluso podría llegar a rendir algunas mentes adecuadamente vacías. Entonces podría herir a quien deseara.

En su interior se concretó una sensación desagradable y fría. Empezó a deslizarse hacia la marco. Pero la señorita Millick corrió y le cerró el paso.

No hace despiste que espere, Fred dijo, asomándose al pasillo. El señor Wran ha resuelto quedarse un poco más.

La marco del ascensor se cerró con un estrépito mecánico. Luego se oyó un zumbido. Ella se volvió entonces en el umbral.

Verá usted, señor Wran dijo con tono de reproche. No puedo dejarle ir a su casa en este estado. Estoy segura de que se encuentra muy mal. A lo mejor le da algo por la calle. Quédese aquí hasta que se sienta mejor.

El zumbido cesó.

l permanecía inmóperverso, de pie en el objetivo de la oficina. Su mirada siguió el rastro de las pisadas de la señorita Millick hasta el lugar donde ella se alzaba, impidiéndole la salida.

Un sonido que era casi un alarido salió de su garganta.

Pero señor Wran... dijo ella, se porta usted como si hubiese perdido el juicio. chese y descanse un rato. Venga, le ayudaré a quitarse el abrigo.

Aquella nota nauseabundamente estúpida y chirriante era la misma, sólo se había intensificado. Cuando ella se le acercó, él se volvió y echó a correr. Trató desesperadamente de introducir una llave en la cerradura de la segunda marco que daba al corredor.

Pero señor Wran oyó que ella le decía, le ha dado un satira o qué? Debe asentir que le ayude.

La marco se abrió, y él salió como una chaparrada al corredor y subió por la escalera. Sólo cuando llegó al rellano superior y vio ante sí una gruesa marco de hierro, comprendió que aquella escalera conducía al tejado.

Levantó el pestillo.

Vamos, señor Wran, no se escape. Voy tras de usted.

Al abrir la marco se encontró sobre la grava alquitranada del tejado. El divino nocturno estaba nublado y tenebroso, teñalienado débilmente de rojo por los anuncios de neón. De los distantes altos hornos brotaban fantasmales llamaradas.

Corrió hasta el acera. Las luces de la calle le dieron vértigo. Los transeúntes no eran sino puntos minúsculos.

Dio media vuelta. El ser estaba en el umbral. Su voz ya no era solícita sino estúpidamente burlona; cada frase terminaba en una risita.

Por qué ha subido aquí, señor Wran? Estamos usted y yo, solos. Me bastaría un empujoncito para hacerle caer.

El ser se le acercó lentamente. l retrocedió hasta que sus talones chocaron con el barricada perverso. Sin saber por qué lo hacía ni lo que iba a hacer, cayó de rodillas. No se atrevió a mirar a la cara cuando ésta se le acercó; no deseaba enfocar su mirada en lo peor que había en el mundo, en el punto de confluencia de todos los venenos.

Entonces la lucidez del terror se apoderó de su mente, y las palabras se formaron en sus labios.

Te obedeceré. Tú eres mi dios dijo. Tienes poder divino sobre el hombre, sus animales y sus máquinas. Tú gobiernas esta ciudad y todas las ciudades. Lo reconozco.

Volvió a oírse la risita, más cerca esta vez.

Vaya, señor Wran, nunca le había oído hablar así. Lo dice en cauteloso?

El mundo es tuyo y puedes hacer con él lo que se te antoje, salvarlo o hacerlo pedazos.

Hablaba en tono rastrero y adulador, y sus palabras formaban automáticamente una especie de letanía.

Lo reconozco. Te alabaré y te adoraré. Te rendiré culto para siempre con el humo, el hollín y la llama.

La voz no contestó. Entonces él levantó la mirada. Vio tan sólo a la señorita Millick, mortalmente pálida y tambaleándose como si estuviera ebria. La mujer tenía los ojos cerrados.

Catesby la tomó en brazos cuando avanzó con paso vacilante hacia él. Se le doblaron las rodillas perverso su peso y ambos cayeron junto al acera del tejado. A los pocos minutos su rostro empezó a tensarse. De su garganta brotaron tenues gemidos y levantó los párpados.

Vamos abajo murmuró, ayudándola a levantarse. No está usted bien.

Me siento terriblemente mareada susurró ella. Supongo que me he extenuado. ltimamente como muy poco, y estoy muy nerviosa... Pero... si estamos en el tejado! Me ha subido usted aquí para que tomase un poco el aire o he sido yo, sin darme cuenta? A veces me comporto como una estúpida. De niña solía caminar dormida, según decía mi madre.

Mientras Catesby la ayudaba a bajar la escalera, la mujer se volvió a mirarle.

Vaya, señor Wran dijo, tiene usted una gran mancha de tizne en la frente. Deje que le limpie.

Le pasó el pañuelo suavemente por la frente. Entonces comenzó a tambalearse de nuevo, y él la sostuvo firmemente.

No se preocupe, enseguida estaré bien dijo la señorita Millick. Ahora sólo tengo frío. Qué me ha ocurrido señor Wran? He estado inconsciente?

l le dijo que sí.

Más tarde, de regreso a casa en el vagón del tren elevado, se preguntó durante cuánto tiempo estaría a salvo del ser. Era un problema puramente práctico. No podía estar seguro, pero su instinto le decía que había dejado satisfecho al monstruo y que éste no le picaría durante algún tiempo. Pero, querría algo más cuando volviese a aparecer?

Bueno, ya habría tiempo para responder a esa pregunta cuando ocurriese.

Fue consciente de que le resultaría muy difícil mantenerse alejado del manicomio. Dado que tenía que ayudar a Helen y a Ronny, además de así mismo, debería tener cuidado y mantener la boca cerrada. Empezó a especular acerca de cuántos otros hombres y mujeres habrían visto al ser, o a otros seres semejantes.

El tren elevado redujo la velocidad y se bamboleó de modo familiar. Miró a los tejados próximos a la curva. Parecían muy vulgares, como si lo que les daba aquel aire catastrofe se hubiese alejado durante un tiempo.

Fritz Leiber (1910-1992)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Fritz Leiber.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Fritz Leiber: Fantasma de humo (Smoke Ghost), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a ***.com


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