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Era 1438, el temible ejército de los chancas, liderado por su rey Astoy Huaraca, estaba listo para invadir el Cusco y destruir a los incas. Eran 50 mil guerreros que tenÃan fama de sanguinarios e invencibles. Jamás habÃan sido derrotados. Lo peor de todo era que el anciano Sapa Inca Huiracocha y su hijo, el prÃncipe Urco, habÃan escapado sin organizar la defensa.
En ese momento tan dificil para los cusqueños surge la figura del joven prÃncipe Cusi Yupanqui, quien se dirigió al pueblo pidiendo que no huyan, que se queden para defender sus tierras, que luchen por el Cusco.
Cuando los chancas iniciaron el terrible ataque, Cusi Yupanqui lideró la heróica resistencia con no más de 10 mil valientes. Las faldas de los cerros cusqueños se tiñeron de sangre con varias horas de feroz combate, hasta que los incas empezaron a retroceder.
Cuando ya parecÃa todo perdido, ocurrió un milagro. De pronto miles de piedras del Cusco y los cerros cercanos comenzaron a tomar formas humanas para incorporarse a la batalla. Fue el dios Wiracocha quien se apiadó de su pueblo y transformó las rocas en poderosos guerreros que comenzaron a aniquilar a los enemigos. Los chancas no lo podÃan creer, por primera vez su rey Astoy Huaraca ordenó la retirada.
El Cusco se habÃa salvado. Poco después el prÃncipe Cusi Yupanqui fue proclamado como nuevo Sapa Inca con el nombre de Pachacútec. Los mÃticos guerreros, al ver cumplida su misión, volvieron a ser piedras; muchas de ellas fueron llevadas a los principales templos para ser veneradas como huacas. Hasta hoy los cusqueños los recuerdan como los sagrados "pururaucas", los guerreros invencibles que volverán cuando el pueblo los necesite.
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