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 Asunto: La cucaracha en la mesada: análisis de Los Sauces de
NotaPublicado: MiĆ© Ago 10, 2022 1:19 pm 
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La cucaracha en la mesada: análisis de Los Sauces de Algernon Blackwood.


La cucaracha en la mesada: análisis de Los Sauces de Algernon Blackwood.




En El Espejo Gótico hoy analizaremos el relato de Algernon Blackwood: Los Sauces (The Willows), publicado en la antología de 1907: El oyente y otros relatos (The Listener and Other Stories).


[La sensación de lejanía de la humanidad, el absoluto aislamiento, la fascinación de este singular mundo de sauces, vientos y aguas, nos hechizó instantáneamente, de modo que nos dijimos entre risas que habíamos llegado audazmente, sin pedir permiso, a un pequeño reino de maravillas y magia, un reino que estaba reservado para otros que sí tenían derecho, con advertencias no escritas a los intrusos que tuvieran la imaginación para descubrirlas.]


El narrador anónimo y su compañero [el Sueco] se encuentran en medio de un viaje en canoa por el Danubio durante una crecida estival. Llegan a una región de singular soledad y desolación, donde islas cubiertas de sauces emergen y se hunden de la noche a la mañana. En las primeras horas de la tarde acampan en una de las islas. Han llegado a conocer bien el Danubio, sin embargo, no desdeñan sus peligros. En la tienda de Pressburg, donde compraron provisiones, un oficial húngaro les advirtió que cuando la inundación disminuya, podrían quedar varados lejos de cualquier ayuda. Pero son hombres prácticos y se han abastecido bien.

El Sueco [cuyas habilidades de supervivencia se comparan con las de los pueblos originarios de Norteamérica] toma una siesta y el narrador explora el área. La isla es pequeña y las aguas empiezan a devorarla lentamente. Está cubierta densamente por sauces. En medio de su deleite contemplativo, el narrador reconoce un curioso sentimiento de inquietud. De alguna manera esta inquietud está relacionada con los sauces, un sentimiento que parece atacar la mente y el corazón, haciéndolo sentir un intruso en el lugar.

El narrador no menciona nada de todo esto a su compañero, a quien considera desprovisto de imaginación.

Levantan una tienda y acuerdan continuar al día siguiente. Mientras recogen leña, ven algo extraño: el cuerpo de un hombre dando vueltas en el río. Sus ojos despiden un extraño fulgor amarillo. Luego se sumerge. Debe ser una nutria, se tranquilizan; pero justo cuando están recuperándose del sobresalto, ven a un hombre que pasa en un bote. Mira, gesticula, grita de manera inaudible y hace la señal de la cruz antes de desaparecer de la vista. Probablemente es otro de esos supersticiosos campesinos húngaros. Debe haber pensado que eran espíritus o algo así. De todos modos, el narrador está contento de que el Sueco sea tan poco imaginativo. El sol se pone, y el viento empieza a cobrar corporalidad:


[Me hizo pensar en los sonidos que debe hacer un planeta, si solo pudiéramos escucharlo, moviéndose a través del espacio.]


Se quedan despiertos hasta tarde, hablando, no de los incidentes del día, aunque normalmente serían los principales temas de conversación. Antes de acostarse, el narrador va a recoger más leña. Esta vez logra descifrar su sensación de inquietud: los sauces son hostiles. No los quieren allí, deambulando a su gusto. Este es su reino, y allí son intrusos:


[Entramos en la tierra de la desolación].


Mientras el narrador está acosado por la psicología del lugar, la creciente conciencia de que algo no está bien [los sauces ahora son un ejército que agita desafiantemente sus innumerabls lanzas de plata], el Sueco permanece en silencio la mayor parte del tiempo. Sus observaciones son lacónicas, centradas en el aquí y el ahora. En este contexto, el narrador despierta en el umbral de un nuevo día y presencia lo que pueden ser los espíritus de los árboles, que se manifiestan como una serie de siluetas monstruosas. Decide no despertar a su compañero, quizás porque no quiere una corroboración. Señala estar poseído por una sensación de asombro. En efecto, parece estar contemplando las fuerzas elementales personificadas de esta región encantada y primigenia. El narrador está atrapado en la majestuosidad de la naturaleza, en su belleza, en su subliminalidad.

En este estado emocional ve extrañas siluetas entre los sauces: figuras monstruosas de color bronce que bailan y se elevan hacia el cielo. Intenta convencerse de que está soñando, pero todos sus sentidos admiten que esto es real. Se arrastra hacia adelante, mientras trata de llegar a alguna explicación racional. Las figuras desaparecen.

A partir de aquí, el asombro del narrador es reemplazado por el terror. La sensación de que hay alguien, o algo, siluetas monstruosas moviéndose entre los árboles, haciendo ruidos inexplicables, transforma el paisaje en algo directamente hostil, incluso voluntariamente hostil, cuya malevolencia está dirigida hacia los dos hombres.

De vuelta en la tienda, el narrador escucha pequeños golpeteos multitudinarios. Algo presiona la tienda hacia abajo. De repente se le ocurre una explicación racional: una rama ha caído y pronto aplastará la tienda. Pero afuera no hay indicios de tal cosa. Tienda, canoa y ambos remos parecen estar bien. Por la mañana, el Sueco descubre el verdadero horror: parte de la madera del bote fue arrancada y falta un remo. Un intento de preparar a la víctima para el sacrificio, afirma. El narrador se burla. Está más molesto por este cambio en la mente poco imaginativa de su compañero que por el sabotaje.

Emparchan la canoa, sabiendo que la brea no se secará hasta el día siguiente, y discuten sobre los pozos que se ven en la arena. El Sueco se burla del débil intento de autoengaño del narrador y lo insta a mantener su mente lo más firme posible. La isla se hace más pequeña; el viento amaina. Aseguran la canoa y el remo restante, y preparan un reconfortante estofado. Pero el consuelo es exiguo, porque el pan ha desaparecido. El narrador olvidó guardarlo en la tienda de Pressburg? Plausible [En esta escena uno casi espera escuchar a Gollum y San discutiendo por las provisiones de lembas.]

Algo retumba repetidamente en el cielo, como un inmenso gong. Se sientan y fuman en silencio. El narrador es consciente de que no pueden seguir negando la situación. Eventualmente deben discutirla. El Sueco murmura algo sobre la desintegración y sonidos cuatridimensionales. El narrador piensa que tiene razón: este es un lugar donde seres no humanos se asoman a la tierra [fuerzas elementales en cuyo poder yacemos indefensos cada hora del día y de la noche]. Quédate demasiado tiempo y serás sacrificado, tu propia naturaleza y tu yo cambiarán.

Por fin hablan. El Sueco explica que ha sido consciente de esas otras dimensiones o planos durante toda su vida, llenas de inmensas y terribles criaturas, en comparación con las cuales los asuntos terrenales son como polvo en el viento. Su única posibilidad de supervivencia es permanecer inmóviles y, sobre todo, mantener la mente en silencio para que ellos no puedan sentirlos. No pienses, sobre todo eso, porque lo que pienses pasará. Por supuesto, este grado de autocontrol es imposible.

Se preparan para acostarse, pero ven que algo se mueve frente a la tienda. Viene hacia ellos! El narrador tropieza, el Sueco cae encima de él en un inusual ejemplo de un personaje que se desmaya por algún otro motivo que no es la transición de una escena. El desmayo y el dolor los salvan, distrayendo sus mentes. El zumbido se ha ido. La tienda está caída, rodeada por esos extraños huecos en la arena. Duermen con dificultad.

El narrador despierta, escucha de nuevo el golpeteo afuera. El Sueco se ha ido. Afuera, un torrente de zumbidos lo rodea. Encuentra a su compañero a punto de tirarse a la corriente. El narrador lo arrastra hacia atrás mientras despotrica sobre tomar el camino del agua y el viento. Por fin pasa el ataque. Han encontrado una víctima en nuestro lugar, exclama el Sueco antes de caer dormido. Por la mañana, encuentran un cadáver atrapado entre las raíces de los sauces. Cuando tocan el cuerpo, el zumbido se eleva. La piel y la carne están marcadas con pequeños huecos, bellamente formados, exactamente como los que cubren la arena.


En El horror sobrenatural en la literatura, Lovecraft postula que Algernon Blackwood no tiene rival en evocar esa sensación incierta de realidades y dimensiones superiores presionando sobre nuestro mundo. Sin dudas, el mejor de estos cuentos es Los Sauces.


[Aquí, el arte y la moderación en la narrativa alcanzan su máximo desarrollo, y se produce una impresión de patetismo duradero sin un solo pasaje forzado o una sola nota falsa.]


Los Sauces de Algernon Blackwood está marcado por la abrumadora generosidad del paisaje. Desborda, tanto literal como figurativamente, borrando los hitos físicos y psicológicos a medida que avanza. Comienza como la típica historia naturalista, quizás con un toque de aventura. El Danubio inundado es una exuberante cornucopia de vida, a kilómetros de cualquier esperanza de ayuda si algo sale mal. Este tipo de narrativas abundan en ejemplos de lo fácil que viajeros experimentados pueden desaparecer en la naturaleza, incluso sin perturbaciones sobrenaturales. La gente real a menudo emprende este tipo de aventuras para encontrarse a sí mismas [sea lo que sea que eso signifique], pero Algernon Blackwood no se involucra en las motivaciones de los protagonistas. Simplemente tenemos a estos dos hombres de acción, valientes y desapegados, que se mueven en un entorno natural inusualmente rico, descrito con la profundidad y la precisión de un viajero experimentado [ver: El Pantano Arquetípico en el Horror]

Si bien estas Entidades elementales podrían incribirse dentro del Horror Cósmico, sobre todo por el contraste con nuestra insignificante escala humana, no producen miedo en un sentido tradicional. Más bien, incitan a la adoración, incluso cuando el adorador no es bienvenido. Cuando el narrador sale de la tienda y encuentra que está rodeado por las Entidades, en ese momento, se perciben como algo terrible, es cierto, pero también como algo hermoso [ver: Cosmicismo: la filosofía del Horror Cósmico]

Debería el narrador caer de rodillas en adoración a esas Entidades que se elevan hacia las estrellas, o debería salir corriendo? En realidad, hace ambas cosas, y también su compañero, el Sueco, no tan poco imaginativo después de todo.

De hecho, eventualmente nos damos cuenta de que al Sueco no le falta imaginación. El narrador lo ha prejuzgado. De hecho, la teoría del Sueco sobre las intenciones de estas Entidades extradimensionales contrasta con la del narrador [ver: Seres Interdimensionales y una teoría sobre el Horror]. Para el Sueco, ellos son intrusos en esta tierra porque profanaron inconscientemente algún tipo de lugar sagrado:


[Nos tomó de manera diferente, cada uno según la medida de su sensibilidad. Lo traduje vagamente en una personificación de elementos poderosamente perturbados, invistiéndolos con el horror de un propósito deliberado y maléfico, resentidos por nuestra audaz intrusión; mientras que mi amigo lo masticó como la violación de algún viejo santuario, algún lugar donde los antiguos dioses aún gobiernan, donde las fuerzas emocionales de los antiguos adoradores aún se aferran a ellos.]


Después de presentar a estas Entidades colosales, que de algún modo inducen en el ser humano la sospecha de que somos intrusos en la naturaleza, Algernon Blackwood hace que acepten como sacrificio a un pobre campesino anónimo, al que no hemos visto antes y con el que no tenemos ninguna conexión emocional. Por supuesto, el lector seguramente se habría entristecido al ver a los protagonistas encontrándose con el típico destino lovecraftiano, pero este deus ex machina también funciona, incluso cuando no hay razón para que funcione. El pobre campesino sacrificado está solo, desconocido, no sabemos nada de él. El narrador y el Sueco al menos se tienen a sí mismos; en el peor de los casos, pueden matarse en entre sí. Pero, el hombre solo? Se ahogó o fue arrojado al agua como un despojo inservible luego de haber sido vejado de forma inimaginable? Nunca sabremos nada al respecto. Está fuera de nuestro ámbito, unheimlich, no se puede contar.

Los Sauces de Algernon Blackwood inmediatamente me hace pensar en el Viejo Hombre-Sauce, uno de los primeros peligros que encuentran los Hobbits en su camino hacia Rivendell, del cual son rescatados por Tom Bombadil; de hecho, me pregunto si Los Sauces pudo haber sido una influencia para J.R.R. Tolkien. En cualquier caso, parece que Tolkien tenía razón, los árboles hablan entre sí. En ocasiones, quizás en una isla arenosa en medio del Danubio, bajo un velo cada vez más delgado hacia otra dimensión, hablan con los forasteros.

Podría ser el Bosque Viejo otro lugar donde los límites entre realidades o planos se desgarran? Podría ser Tom Bombadil [el Sin Padre] el terrible genius loci de esta tierra pantanosa sobrenatural? Serán los sauces las últimas Ent-Mujeres, enloquecidas por el triunfo y la expansión de la industrialización? No lo creo, pero es divertido pensar que sí [ver: Qué pasó con las Ent-Mujeres?]

En cualquier caso, los Sauces son opresivos en su multitud. Son una masa cerrada e indefinible que amenaza, sofoca y, sin embargo, también son inquietantemente pasivos, permaneciendo en una densa formación milla tras milla:


[Sus apretadas filas se volvían cada vez más oscuras a medida que las sombras se hacían más profundas, moviéndose con furia pero suavemente en el viento, despertando en mí la curiosa y desagradable sugerencia de que habíamos traspasado las fronteras de un mundo extraño, un mundo en el que éramos intrusos, un mundo en el que no se nos quería ni se nos invitaba a permanecer, un mundo en el que tal vez corríamos grave peligro.]


La naturaleza de la amenaza sobrenatural cambia a medida que progresa la historia. Los contornos monstruosos que presencia el narrador al comienzo se tornan más definidos. El Sueco habla de una cuarta dimensión [ver: El Sendero de los Muertos y un pasaje a la Cuarta Dimensión]. Su teoría es que estas misteriosas Entidades provienen de un mundo completamente diferente:


[Nos habíamos desviado, como dijo el sueco, a alguna región o conjunto de condiciones donde los riesgos eran grandes, pero ininteligibles para nosotros; donde las fronteras de algún mundo desconocido yacen cerca. Era un lugar ocupado por los habitantes de algún espacio exterior, una especie de mirilla desde la cual podían espiar la tierra, sin ser vistos, un punto donde el velo se había desgastado. Como resultado final de una estadía demasiado larga, debíamos ser llevados al otro lado de la frontera y privados de lo que llamamos nuestras vidas, pero por procesos mentales, no físicos. En ese sentido, como dijo, deberemos ser víctimas de nuestra aventura, un sacrificio.]


El horror de Dunwich (The Dunwich Horror) es la respuesta de H.P. Lovecraft a Los Sauces de Algernon Blackwood. El flaco de Providence abre su historia con un recorrido por el río Miskatonic, no en bote, sino en auto, serpenteando a la vera a través de densos bosques y pantanos. Luego están esas figuras enigmáticas que se ven en las laderas rocosas. Los protagonistas de Los Sauces tienen varias teorías para explicar este extraño zumbido que vibra en el aire y deja marcas en la arena. Lovecraft, con la autoridad que impone la sabiduría del Necronomicón, puede decirnos con certeza qué tipo de entidades dejan huellas en el lodo de Dunwich:


[Los Antiguos fueron, los Antiguos son y los Antiguos serán. No en los espacios que conocemos, sino entre ellos, caminan serenos y primitivos, entre dimensiones para nosotros invisibles.]


Es evidente que las presencias extradimensionales de Algernon Blackwood y Lovecraft recorren la misma corriente. Otra coincidencia entre Los Sauces y El horror de Dunwich tiene que ver con los campesinos, descritos en ambos casos como gente bruta y supersticiosa. Por supuesto, al final resultan ser los únicos que realmente saben lo que está pasando. Por otro lado, en un cuento de Lovecraft el Sueco definitivamente no hubiese sobrevivido [ver: La Biblia de Yog-Sothoth: análisis de El horror de Dunwich]

Debido a sus propiedades analgésicas [el ácido salicílico es el componente activo de la aspirina], y a las propiedades astringentes y diuréticas de su savia, los sauces están asociados con la medicina desde tiempos inmemoriales. Sin embargo, tal vez debido a su proximidad con el agua, también están conectados con procesos mágicos y espirituales, especialmente relacionados con la luna. Los griegos creían que los sauces eran sagrados para la diosa Hécate. En el folclore inglés tienen un carácter malvado y poco confiable, sospechoso de poder desarraigarse y seguir a los caminantes imprudentes. Esto los convierte en una adición poco confiable al paisajismo. No es casualidad que Algernon Blackwood utilizara algunas de estas características en su relato.

La esencia de Los Sauces de Algernon Blackwood radica en la malevolencia del escenario natural y las respuestas psicológicas de los dos hombres ante su situación. La historia comienza en soleadas áreas urbanas en las afueras de Viena, pero a medida que el narrador y su compañero viajan río abajo, el estado de ánimo general se oscurece, se vuelve más siniestro, así como las aguas se vuelven más turbulentas. Algernon Blackwood personifica al Danubio a través de una vívida descripción de su comportamiento a lo largo de su curso, lo que sugiere que el espíritu de las aguas madura, o se envilece, en su viaje.


[El Danubio deambula a su antojo por la intrincada red de canales que cruzan las islas, con amplias avenidas por las que las aguas se vierten gritando, generando remolinos, rápidos espumosos; desgarrando los bancos de arena; llevándose masas de costa y macizos de sauces; y formando innumerables islas nuevas que cambian diariamente en tamaño y forma; y que poseen, en el mejor de los casos, una vida impermanente, ya que el tiempo de la inundación borra su existencia misma.]


Algernon Blackwood insiste en la naturaleza caprichosa y destructiva del río, en su capacidad para rehacer el paisaje en cualquier momento. El Danubio es como un niño que destruye el escenario de sus juegos al aburrirse, reorganizándolo todo a continuación.

A medida que los dos hombres se alejan de la civilización, Algernon Blackwood también simplifica el paisaje: el río se convierte en un pantano turbulento, lleno de costas en constante cambio y pequeñas islas pobladas solo por sauces. En este punto, el narrador comienza a examinar su sensación de inquietud:


[He llegado a la comprensión de nuestra absoluta insignificancia ante este poder desenfrenado de los elementos. El enorme río también tuvo algo que ver con eso: la vaga y desagradable idea de que habíamos jugado con estas fuerzas elementales en cuyo poder yacemos indefensos cada hora del día y de la noche.]


A medida que los bordes de la isla se van reduciendo, la cordura de los dos hombres sufre una erosión paralela. Desde la perspectiva de Carl Jung, la isla cada vez más pequeña, los humedales llenos de sauces gesticulantes, la presencia de la luna y los frecuentes cambios de forma que ocurren a su alrededor, marcan este escenario como típico de la etapa onírica de albedo: una fase de la consciencia en la que nos despojamos de las proyecciones de nuestra Sombra, y donde todas las conceptualizaciones innecesarias se eliminan de la psique. En este estado de consciencia el mundo que nos rodea se convierte en algo más que una visión sesgada.

Carl Jung creó una metáfora alquímica para describir las etapas de las fantasías oníricas que progresan a medida que el inconsciente lucha con algún conflicto. Al igual que la transmutación del plomo en oro, el inconsciente refina el material base en tres etapas. Estas son, en términos generales, de calidad oscura, intermedia y brillante. El nigredo es el punto inicial en el ciclo de la imaginería onírica, tipificado por temas como la decadencia, la desintegración, el desmembramiento y la tristeza. Siguen otras dos fases: albedo, en la que las imágenes de los sueños cambian de forma e identidad, moviéndose de un lado a otro y volviéndose más definidas [Los Sauces de Algernon Blackwood pertenece a este territorio]; y rubedo, donde finalmente se logra una síntesis o disolución, caracterizada por el brillo, el color y la energía.

En términos alquímicos, el metal base, oscuro y frío, el plomo de la pesadilla, se transforma a través de una etapa intermedia en oro cálido y brillante. El sol sale en un amanecer simbólico. No está claro si el narrador y el Sueco llegan a esta etapa al final de la historia, o si alguna vez escapan de la menguante porción de tierra que los sostiene durante esta crisis psicológica.

Las interacciones entre los dos hombres son interesantes. El narrador busca constantemente una explicación racional, mientras que su pragmático compañero comprende la situación de forma intuitiva, con todas sus implicaciones religiosas. Ambos representan dos perspectivas de una misma mente. Esto [me refiero al uso integral de nuestra mente] acaso es un requisito indispensable para captar la esencia de una entidad sobrenatural que no se preocupa por la humanidad; o mejor dicho, que considera a los dos hombres como insignificantes intrusos, como cucarachas que merodean en la cocina. Molestas, sin dudas, pero de ningún modo peligrosas [ver: Black Goo y otras monstruosidades amorfas en la ficción]

En un chispazo de integralidad psicológica, el narrador ofrece lo que podría ser una idea destilada de lo que ocurrió:


[Por Júpiter, fue todo una alucinación? Fue simplemente algo subjetivo? No discutía mi razón a la antigua y fútil manera desde el pequeño estándar de lo conocido?]


Cuando uno se enfrenta a esta clase de horrores psicológicos que se proyectan en un islote en medio del Danubio, un lugar en el que se supone que ningún ser humano debe estar, de nada sirve pensar, hablar o reflexionar. Lo mejor que puedes hacer es remar como un maniático. Ya habrá tiempo de analizar la situación.

Son muchos los relatos de Algernon Blackwood que se centran en este encuentro del Hombre con el Espíritu de la Naturaleza. En El hombre al que amaban los árboles (The Man Whom the Trees Loved), gana la Naturaleza; lo mismo sucede en Los lobos de Dios (The Wolves of God) y El Wendigo (The Wendigo). Los Sauces termina con una decisión dividida. Los protagonistas sobreviven, pero la Naturaleza aún recibe un sacrificio al final [ver: La Llamada de lo Salvaje: análisis de El Wendigo]

En este contexto, es razonable que el destino de dos hombres que llegan a la frontera de la realidad como la conocemos también esté fuera de los límites de la historia. Algernon Blackwood simplemente selecciona un punto para concluir la narración, pero la historia continúa. Todavía están en el Danubio, todavía hay fuerzas desconocidas.

La naturaleza de la amenaza nunca se aclara en el relato, así como otros enigmas menores. Están los misteriosos pozos en la arena reflejados en las marcas en el cadáver, y el extraño zumbido que nos hace pensar en insectos [y con el Al-Azif, el nombre del Necronomicón, que alude al zumbido nocturno de los insectos]. Está esto relacionado con la sensación de terror, o con otra cosa que se reúne en esta intersección entre dimensiones? Los Sauces de Algernon Blackwood es un relato que abre muchas posibilidades, como esas islas del Danubio, unas más estables que otras, pero todas dispuestas derrumbarse sin previo aviso. Lo que queda claro es que hay otros mundos, otras dimensiones, que se desbordan sobre el nuestro [ver: Seres Interdimensionales en los Mitos de Cthulhu]

La clave de la historia, por supuesto, es el Otro [no humano], es decir, estas Entidades cuya diferencia con el ser humano es total. Un encuentro con el Otro Absoluto socava las estructuras que constituyen lo humano [la cultura, la razón], en síntesis, desmorona la subjetividad. Al obligarnos a imaginar una perspectiva desde la cual no solo somos insignificantes, sino irrelevantes, Algernon Blackwood va más allá de un simple desafío al antropocentrismo, nos hace conscientes de las limitaciones de la experiencia humana incluso para contemplar parcialmente la vastedad del Otro Absoluto [ver: Freud, el Hombre de Arena, y una teoría sobre el Horror]

Como hemos visto mucho en El Espejo Gótico, no todos los Monstruos están disponibles para su identificación [ver: La biología de los Monstruos]. No todos se dejan conocer o comprender. El Horror está poblado por numerosas criaturas cuya extrañeza es irreductible, cuya diferencia con la esfera de lo humano es total. Desafiando toda familiaridad, estas figuras plantean un desafío interesante, porque si el poder de lo monstruoso proviene de nuestras reacciones [conflictivas] de negación y reconocimiento, cómo podemos explicar el impacto de los Monstruos que, por definición, son irreconocibles?

A diferencia del concepto de unheimlich [lo Siniestro] de Sigmund Freud, que es el regreso de algo familiar que se vuelve extraño, los horrores de Los Sauces de Algernon Blackwood son completamente nuevos para los ojos humanos. No hay unheimlich en ellos porque no han nada familiar que pueda regresar a nosotros de forma distorsionada [ver: Lo Siniestro en la ficción: cuando lo familiar se vuelve extraño]

En Los Sauces hay más de un tipo de Otro No-Humano en acción, pero un solo Otro Absoluto. Uno de esos Otros No-Humanos se materializa en el paisaje y el Danubio, el cual se describe como un ser vivo:


[Soñoliento al principio, pero luego desarrollando deseos violentos al tomar conciencia de su alma profunda, rodaba, como un enorme ser fluido, sosteniendo nuestra pequeña embarcación sobre sus poderosos hombros.]


El río tiene su propia voz a lo largo de la historia: cantando, riendo, susurrando, murmurando, gritando y rugiendo. Inicialmente es un Otro No-Humano casi amistoso con los protagonistas. Es cierto, de vez en cuando les juega una broma pero que sigue siendo generalmente benévolo. Después de que ingresan al delta, el río se convierte en una presencia más seria, reclamando su asombro y respeto. El Danubio se convierte en una fuerza poderosa capaz de forjar el paisaje a su antojo, incluso de devorar la isla en la que acampan los dos hombres. Pero, por encima de este Otro No-Humano que es el río, son los Sauces que cubren las orillas arenosas de la zona lo que le da al paisaje su sensación de Otredad Absoluta:


[Los sauces siempre charlaban y hablaban entre ellos, riéndose un poco, llorando estridentemente, a veces suspirando (...) era algo completamente ajeno al mundo que yo conocía, o al de los salvajes pero bondadosos elementos. Me hacían pensar en una multitud de seres de otro plano de vida, otra evolución en conjunto, tal vez, todos discutiendo un misterio que solo ellos conocen.]


El horror de los Sauces radica en su extrañeza, en su Otredad en relación a la vida humana. El narrador se ve obligado a considerar la perspectiva inimaginable de los Sauces, y se da cuenta de que el suyo es un mundo inaccesible, un mundo con el que no tenemos posibilidad de comunicación, un punto de vista orgánico radicalmente diferente de nuestras formas mamíferas [ver: Algunas lenguas para la comunicación interdimensional]

Es interesante que el narrador mencione la diferencia evolutiva de los Sauces en este párrafo, que se hace eco de la la máxima del filósofo Vilém Flusser: el asco recapitula la filogénesis. En otras palabras: cuanto más lejos de lo humano está una criatura en la rama evolutiva, más aversión, asco y, finalmente, miedo, sentimos por ella. Esta explotación de la distancia evolutiva con el Otro Absoluto es el motivo central en Los Sauces de Algernon Blackwood [ver: Toda materia es sensible: nosotros también somos IA]

Esta sensación de aversión está presente desde el comienzo del relato de Algernon Blackwood, y surge de la sensación de vitalidad y agencia del paisaje circundante. El Río y los Sauces no son un terreno pasivo para que los dos viajeros lo atraviesen, ni un recurso que puedan utilizar, son antagonistas activos y astutos. El río crece, el viento aúlla, los árboles susurran. Nada en Los Sauces está quieto o es pasivo; todo, incluida la tierra, está cambiando, moviéndose, resistiendo los intentos de los viajeros de darle sentido o usarla. Durante la noche, su bote es saboteado, sus alimentos desaparecen y los sauces parecen haberse acercado a la tienda, actos que el narrador interpreta como signos de agencia personal, de intención deliberada, de hostilidad. A lo largo de la historia hay un sentido de la agencia impredecible del entorno, una agencia que desafía las interpretaciones antropocéntricas [ver: La Tierra como superorganismo consciente]

Sin embargo, más allá del Río y los Sauces, el cuento de Algernon Blackwood contiene otra entidad de un tipo más nebuloso y amorfo: al despertarse en medio de la noche, el narrador se arrastra fuera de la tienda y ve una masa de tentáculos, formas fluidas y desnudas retorciéndose en una columna hacia el cielo, cambiando y fundiéndose entre sí. Sin rostro y sin rasgos distintivos, estas Entidades completamente alienígenas le inspiran asombro y espanto. Más tarde, cuando amaina el viento, escuchan un sonido que parece provenir de todas las direcciones a la vez, incluso desde dentro de ellos mismos, un sonido no humano, un sonido fuera de la humanidad. No son dioses ni elementos naturales. Las criaturas, sin forma y sin nombre, no son un espectro del pasado, son nuevas para los sentidos humanos. Procedentes de más allá de los límites de la experiencia humana, rechazan cualquier identificación. Son el Otro Absoluto, y los protagonistas han llamado su atención [ver: Los Perros de Tindalos y los ángulos del tiempo]


[Cállate! susurró el sueco, levantando la mano. No los menciones más de lo necesario. No los llames por ningún nombre. Nombrar es revelar; es la pista inevitable, y nuestra única esperanza está en ignorarlos, para que ellos nos ignoren a nosotros.]


Jean-Paul Sartre sostiene que ser confrontado con la mirada objetivante del Otro es la fuente de nuestra conciencia como sujetos. Esta experiencia es desconcertante, porque nos obliga a percibirnos como un objeto en la mirada del Otro. El efecto inmediato de esta comprensión es sentirnos vulnerables. Ser observados por el Otro amenaza con desestabilizar nuestro sentido del Yo. Y todo esto solo por ser visto por otro ser humano! Cuáles son, entonces, las consecuencias de ser visto por el Otro Absoluto? O mejor aún, cuando somos observados por el Otro Absoluto, qué es lo que ve? Lo mismo que nosotros al encender la luz de la cocina en medio de la noche y observar una cucaracha corriendo desesperadamente de regreso a la oscuridad? [ver: Horror Cósmico: qué es, cómo funciona, y por qué el tamaño sí importa]

La analogía es incompleta, porque una cucaracha puede producirnos algo, asco, por ejemplo; mientras que para el Otro Absoluto no significamos nada. Pero, este razonamiento también es inexacto, porque el eje no está en la cucaracha. Imaginemos, por ejemplo, que vamos caminando tranquilamente por la calle y vemos una cucaracha correteando por el cordón de la vereda. Es probable que la dejemos en paz. No está en nuestro camino y no está ocupando nuestro espacio vital. Es poco probable que alguien desvíe su curso para pisarla. Ahora pensemos en la misma cucaracha caminando sobre la mesada de la cocina. La notaremos enseguida. Contrasta sobre nuestro espacio vital. Hasta entonces, la cucaracha merodeaba tranquilamente, pero al encender la luz de la cocina es súbitamente consciente la mirada el Otro Absoluto [nosotros] y su reacción instintiva es correr de regreso a la oscuridad, cuya seguridad radica en aislarse de nuestra mirada [ver: Si los ves, Ellos te ven]

En Los Sauces de Algernon Blackwood, la mirada del Otro Absoluto es una presencia constante, imponente y amenazante. Primero se manifiesta en la atención dirigida por los Sauces hacia los protagonistas, que se describe como presionando, observando, esperando, escuchando. Pero el verdadero peligro es capturar la atención de las Entidades más allá de los Sauces. Por eso se vuelve imprescindible no nombrarlos, no hablar de ellos, no pensar en ellos. Su destino, si son atrapados o ceden, se describe por el Sueco como peor que la muerte: una transformación radical, un cambio completo, una horrible pérdida de uno mismo por sustitución. Entonces, lo que está en juego en este encuentro con el Otro Absoluto es pérdida del Yo.

Pero, cómo se produce esta pérdida de uno mismo? Qué hay en la mirada del Otro Absoluto capaz de desatar nuestra desintegración como individuos?

Estas preguntas nos llevan a una paradoja en Los Sauces de Algernon Blackwood. Si somos insignificantes para el Otro Absoluto, por qué estaría interesado en dirigir su atención sobre nosotros? 

Es la gran paradoja lovecraftiana, con sus seres inconcebiblemente distantes de lo humano, cuya agenda está muy por encima de la comprensón de simples mamíferos. Por qué se interesan en nosotros? La respuesta es bastante simple: no se interesan en nosotros hasta que nosotros somos conscientes de su mirada. Mientras bajemos la vista ante su profundo sentido de indiferencia por la raza humana, estaremos bien. Si nos hacemos conscientes del Otro Absoluto, este nos devolverá la mirada, y es una mirada capaz de desintegrar nuestro sentido del yo.

Y no lo digo metafóricamente.

Ser conscientes de la mirada del Otro Absoluto nos obliga a considerar una perspectiva desde la cual el mundo como lo conocemos, todo el conocimiento y la experiencia humana, incluso nuestra sentido del Yo, son cuestiones periféricas, intrascendentes. En la atención del Otro Absoluto nos enfrentamos con nuestra propia insignificancia [ver: Horror Cósmico: la vida no tiene sentido, la muerte tampoco]

En Los Sauces [y en todos los cuentos de Horror Cósmico de Lovecraft] este sentido de la insignificancia humana se hace explícito, como cuando el Sueco le dice a su compañero que nuestra única oportunidad es quedarnos completamente quietos. Nuestra insignificancia tal vez pueda salvarnos. Es un recurso inteligente. En cierto modo, transforma la insignificancia humana en nuestra única defensa.

Esta impresión de insignificancia se intensifica con la noción de que el protagonista y su compañero han tropezado con un área a la que no pertenecen: Habíamos traspasado las fronteras de un mundo extraño, un mundo en el que éramos intrusos. Son cucarachas en la mesada. De repente, se vuelven notorios para el Otro Absoluto. Contrastan. Ya no son míseros humanos en su medio ambiente urbano [como la cucaracha en el cordón de la vereda], ahora se han introducido en su cocina.

El narrador se experimenta a sí mismo como un intruso, un invasor. Cada vez le queda más claro que no tienen derecho a estar allí. Hasta el sonido de su voz parece sacrílego en ese entorno:


[La voz humana, siempre bastante absurda en medio del rugido de los elementos, ahora llevaba consigo algo casi ilegítimo.]


Los dos hombres están experimentando el repentino colapso de los sistemas de significado. El Otro Absoluto, su mirada intrusiva, desintegran el marco humano de significado. Los desesperados intentos del narrador por aferrarse a la razón y tratar de explicar sus experiencias, de darles algún tipo de significado, son inútiles; y el Sueco lo comprende:


[Este débil intento de autoengaño solo hace que la verdad sea más difícil de enfrentar.]


El Otro Absoluto no significa nada excepto la ausencia de significado. Los Sauces de Algernon Blackwood evoca un universo que no es el nuestro. No está ahí para nosotros. No se ajusta a nuestras categorías, y solo se doblega ante voluntades completamente distintas. Este desplazamiento de lo humano como centro de todo es la consecuencia final y vertiginosa del encuentro con el Otro Absoluto.

Todo en Los Sauces, desde la escala física a la desconcertante belleza del lugar, trabaja en conjunto para generar una impresión de inmensidad. La alienación de los Sauces, su innegable agencia, y el encuentro con el Otro Absoluto, tensan las estructuras mentales de los dos protagonistas, lo que conduce a un punto de crisis. Se encuentran ante la posibilidad de tener que renunciar a su subjetividad [a su Yo], y dejarse transformar en el encuentro con el Otro Absoluto, perspectiva que ambos encuentran comprensiblemente aterradora.

Al final se salvan, no por ningún esfuerzo propio, sino por medio de un sacrificio humano, o, más precisamente, de una víctima sustituta: la muerte de un extraño cuyo cadáver descubren en las orillas de la isla. Inicialmente, el concepto del sacrificio parece fuera de lugar con la lógica que plantea Algernon Blackwood. Por qué estas criaturas extradimensionales se preocuparían por un sacrificio humano? Si no tienen absolutamente nada que ver con la humanidad, qué significado tendría tal acto para ellos?

La respuesta es que no tiene ningún significado. Sin embargo, sí tiene significado para los humanos. Mediante el concepto de un sacrificio humano, el hombre es restituido como centro del sentido, y los dos viajeros tienen la oportunidad de apartar la mirada de la idea de su propia insignificancia. Después de estar cara a cara con lo impensable, se les permite retroceder. Ya no necesitan confrontar la presencia imponente del Otro Absoluto. No es que el muerto permite que los dos hombres escapen de la mirada de las Entidades; al revés, les permite apartar la mirada, y por eso dejan de tener algún interés.

Este escape a último momento parece anular cualquier promesa de transformación para nuestros protagonistas. Es fácil imaginar que continúan con sus viajes, una vez más confiados en su capacidad para dar sentido al universo. El verdadero horror de la historia, por supuesto, que el sacrificio no hace desaparecer a las Entidades, simplemente le permite a nuestros protagonistas pensar en otra cosa, cerrar las puertas de la percepción e intentar olvidar, para continuar con su cosmovisión antropocéntrica relativamente intacta.

De esta manera, Los Sauces de Algernon Blackwood posiciona a las Entidades como un ataque al significado, mientras que el antropocentrismo, lejos de ser un rasgo de arrogancia, se muestra como nuestra única [y frágil] defensa contra el sinsentido. La historia también puede prestarse a una lectura nihilista [mas superficial, creo], en la que todos los esfuerzos humanos por encontrar y darle un significado a la realidad son engaños a los que nos aferramos desesperadamente porque somos incapaces de existir en la realidad y aceptar nuestra propia intrascendencia.




Algernon Blackwood. I Taller gótico.


Más literatura gótica:
El artícul*: La cucaracha en la mesada: análisis de Los Sauces de Algernon Blackwood fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a ***.com


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La cucaracha en la mesada: análisis de Los Sauces de Algernon Blackwood.


La cucaracha en la mesada: análisis de Los Sauces de Algernon Blackwood.




En El Espejo Gótico hoy analizaremos el relato de Algernon Blackwood: Los Sauces (The Willows), publicado en la antología de 1907: El oyente y otros relatos (The Listener and Other Stories).


[La sensación de lejanía de la humanidad, el absoluto aislamiento, la fascinación de este singular mundo de sauces, vientos y aguas, nos hechizó instantáneamente, de modo que nos dijimos entre risas que habíamos llegado audazmente, sin pedir permiso, a un pequeño reino de maravillas y magia, un reino que estaba reservado para otros que sí tenían derecho, con advertencias no escritas a los intrusos que tuvieran la imaginación para descubrirlas.]


El narrador anónimo y su compañero [el Sueco] se encuentran en medio de un viaje en canoa por el Danubio durante una crecida estival. Llegan a una región de singular soledad y desolación, donde islas cubiertas de sauces emergen y se hunden de la noche a la mañana. En las primeras horas de la tarde acampan en una de las islas. Han llegado a conocer bien el Danubio, sin embargo, no desdeñan sus peligros. En la tienda de Pressburg, donde compraron provisiones, un oficial húngaro les advirtió que cuando la inundación disminuya, podrían quedar varados lejos de cualquier ayuda. Pero son hombres prácticos y se han abastecido bien.

El Sueco [cuyas habilidades de supervivencia se comparan con las de los pueblos originarios de Norteamérica] toma una siesta y el narrador explora el área. La isla es pequeña y las aguas empiezan a devorarla lentamente. Está cubierta densamente por sauces. En medio de su deleite contemplativo, el narrador reconoce un curioso sentimiento de inquietud. De alguna manera esta inquietud está relacionada con los sauces, un sentimiento que parece atacar la mente y el corazón, haciéndolo sentir un intruso en el lugar.

El narrador no menciona nada de todo esto a su compañero, a quien considera desprovisto de imaginación.

Levantan una tienda y acuerdan continuar al día siguiente. Mientras recogen leña, ven algo extraño: el cuerpo de un hombre dando vueltas en el río. Sus ojos despiden un extraño fulgor amarillo. Luego se sumerge. Debe ser una nutria, se tranquilizan; pero justo cuando están recuperándose del sobresalto, ven a un hombre que pasa en un bote. Mira, gesticula, grita de manera inaudible y hace la señal de la cruz antes de desaparecer de la vista. Probablemente es otro de esos supersticiosos campesinos húngaros. Debe haber pensado que eran espíritus o algo así. De todos modos, el narrador está contento de que el Sueco sea tan poco imaginativo. El sol se pone, y el viento empieza a cobrar corporalidad:


[Me hizo pensar en los sonidos que debe hacer un planeta, si solo pudiéramos escucharlo, moviéndose a través del espacio.]


Se quedan despiertos hasta tarde, hablando, no de los incidentes del día, aunque normalmente serían los principales temas de conversación. Antes de acostarse, el narrador va a recoger más leña. Esta vez logra descifrar su sensación de inquietud: los sauces son hostiles. No los quieren allí, deambulando a su gusto. Este es su reino, y allí son intrusos:


[Entramos en la tierra de la desolación].


Mientras el narrador está acosado por la psicología del lugar, la creciente conciencia de que algo no está bien [los sauces ahora son un ejército que agita desafiantemente sus innumerabls lanzas de plata], el Sueco permanece en silencio la mayor parte del tiempo. Sus observaciones son lacónicas, centradas en el aquí y el ahora. En este contexto, el narrador despierta en el umbral de un nuevo día y presencia lo que pueden ser los espíritus de los árboles, que se manifiestan como una serie de siluetas monstruosas. Decide no despertar a su compañero, quizás porque no quiere una corroboración. Señala estar poseído por una sensación de asombro. En efecto, parece estar contemplando las fuerzas elementales personificadas de esta región encantada y primigenia. El narrador está atrapado en la majestuosidad de la naturaleza, en su belleza, en su subliminalidad.

En este estado emocional ve extrañas siluetas entre los sauces: figuras monstruosas de color bronce que bailan y se elevan hacia el cielo. Intenta convencerse de que está soñando, pero todos sus sentidos admiten que esto es real. Se arrastra hacia adelante, mientras trata de llegar a alguna explicación racional. Las figuras desaparecen.

A partir de aquí, el asombro del narrador es reemplazado por el terror. La sensación de que hay alguien, o algo, siluetas monstruosas moviéndose entre los árboles, haciendo ruidos inexplicables, transforma el paisaje en algo directamente hostil, incluso voluntariamente hostil, cuya malevolencia está dirigida hacia los dos hombres.

De vuelta en la tienda, el narrador escucha pequeños golpeteos multitudinarios. Algo presiona la tienda hacia abajo. De repente se le ocurre una explicación racional: una rama ha caído y pronto aplastará la tienda. Pero afuera no hay indicios de tal cosa. Tienda, canoa y ambos remos parecen estar bien. Por la mañana, el Sueco descubre el verdadero horror: parte de la madera del bote fue arrancada y falta un remo. Un intento de preparar a la víctima para el sacrificio, afirma. El narrador se burla. Está más molesto por este cambio en la mente poco imaginativa de su compañero que por el sabotaje.

Emparchan la canoa, sabiendo que la brea no se secará hasta el día siguiente, y discuten sobre los pozos que se ven en la arena. El Sueco se burla del débil intento de autoengaño del narrador y lo insta a mantener su mente lo más firme posible. La isla se hace más pequeña; el viento amaina. Aseguran la canoa y el remo restante, y preparan un reconfortante estofado. Pero el consuelo es exiguo, porque el pan ha desaparecido. El narrador olvidó guardarlo en la tienda de Pressburg? Plausible [En esta escena uno casi espera escuchar a Gollum y San discutiendo por las provisiones de lembas.]

Algo retumba repetidamente en el cielo, como un inmenso gong. Se sientan y fuman en silencio. El narrador es consciente de que no pueden seguir negando la situación. Eventualmente deben discutirla. El Sueco murmura algo sobre la desintegración y sonidos cuatridimensionales. El narrador piensa que tiene razón: este es un lugar donde seres no humanos se asoman a la tierra [fuerzas elementales en cuyo poder yacemos indefensos cada hora del día y de la noche]. Quédate demasiado tiempo y serás sacrificado, tu propia naturaleza y tu yo cambiarán.

Por fin hablan. El Sueco explica que ha sido consciente de esas otras dimensiones o planos durante toda su vida, llenas de inmensas y terribles criaturas, en comparación con las cuales los asuntos terrenales son como polvo en el viento. Su única posibilidad de supervivencia es permanecer inmóviles y, sobre todo, mantener la mente en silencio para que ellos no puedan sentirlos. No pienses, sobre todo eso, porque lo que pienses pasará. Por supuesto, este grado de autocontrol es imposible.

Se preparan para acostarse, pero ven que algo se mueve frente a la tienda. Viene hacia ellos! El narrador tropieza, el Sueco cae encima de él en un inusual ejemplo de un personaje que se desmaya por algún otro motivo que no es la transición de una escena. El desmayo y el dolor los salvan, distrayendo sus mentes. El zumbido se ha ido. La tienda está caída, rodeada por esos extraños huecos en la arena. Duermen con dificultad.

El narrador despierta, escucha de nuevo el golpeteo afuera. El Sueco se ha ido. Afuera, un torrente de zumbidos lo rodea. Encuentra a su compañero a punto de tirarse a la corriente. El narrador lo arrastra hacia atrás mientras despotrica sobre tomar el camino del agua y el viento. Por fin pasa el ataque. Han encontrado una víctima en nuestro lugar, exclama el Sueco antes de caer dormido. Por la mañana, encuentran un cadáver atrapado entre las raíces de los sauces. Cuando tocan el cuerpo, el zumbido se eleva. La piel y la carne están marcadas con pequeños huecos, bellamente formados, exactamente como los que cubren la arena.


En El horror sobrenatural en la literatura, Lovecraft postula que Algernon Blackwood no tiene rival en evocar esa sensación incierta de realidades y dimensiones superiores presionando sobre nuestro mundo. Sin dudas, el mejor de estos cuentos es Los Sauces.


[Aquí, el arte y la moderación en la narrativa alcanzan su máximo desarrollo, y se produce una impresión de patetismo duradero sin un solo pasaje forzado o una sola nota falsa.]


Los Sauces de Algernon Blackwood está marcado por la abrumadora generosidad del paisaje. Desborda, tanto literal como figurativamente, borrando los hitos físicos y psicológicos a medida que avanza. Comienza como la típica historia naturalista, quizás con un toque de aventura. El Danubio inundado es una exuberante cornucopia de vida, a kilómetros de cualquier esperanza de ayuda si algo sale mal. Este tipo de narrativas abundan en ejemplos de lo fácil que viajeros experimentados pueden desaparecer en la naturaleza, incluso sin perturbaciones sobrenaturales. La gente real a menudo emprende este tipo de aventuras para encontrarse a sí mismas [sea lo que sea que eso signifique], pero Algernon Blackwood no se involucra en las motivaciones de los protagonistas. Simplemente tenemos a estos dos hombres de acción, valientes y desapegados, que se mueven en un entorno natural inusualmente rico, descrito con la profundidad y la precisión de un viajero experimentado [ver: El Pantano Arquetípico en el Horror]

Si bien estas Entidades elementales podrían incribirse dentro del Horror Cósmico, sobre todo por el contraste con nuestra insignificante escala humana, no producen miedo en un sentido tradicional. Más bien, incitan a la adoración, incluso cuando el adorador no es bienvenido. Cuando el narrador sale de la tienda y encuentra que está rodeado por las Entidades, en ese momento, se perciben como algo terrible, es cierto, pero también como algo hermoso [ver: Cosmicismo: la filosofía del Horror Cósmico]

Debería el narrador caer de rodillas en adoración a esas Entidades que se elevan hacia las estrellas, o debería salir corriendo? En realidad, hace ambas cosas, y también su compañero, el Sueco, no tan poco imaginativo después de todo.

De hecho, eventualmente nos damos cuenta de que al Sueco no le falta imaginación. El narrador lo ha prejuzgado. De hecho, la teoría del Sueco sobre las intenciones de estas Entidades extradimensionales contrasta con la del narrador [ver: Seres Interdimensionales y una teoría sobre el Horror]. Para el Sueco, ellos son intrusos en esta tierra porque profanaron inconscientemente algún tipo de lugar sagrado:


[Nos tomó de manera diferente, cada uno según la medida de su sensibilidad. Lo traduje vagamente en una personificación de elementos poderosamente perturbados, invistiéndolos con el horror de un propósito deliberado y maléfico, resentidos por nuestra audaz intrusión; mientras que mi amigo lo masticó como la violación de algún viejo santuario, algún lugar donde los antiguos dioses aún gobiernan, donde las fuerzas emocionales de los antiguos adoradores aún se aferran a ellos.]


Después de presentar a estas Entidades colosales, que de algún modo inducen en el ser humano la sospecha de que somos intrusos en la naturaleza, Algernon Blackwood hace que acepten como sacrificio a un pobre campesino anónimo, al que no hemos visto antes y con el que no tenemos ninguna conexión emocional. Por supuesto, el lector seguramente se habría entristecido al ver a los protagonistas encontrándose con el típico destino lovecraftiano, pero este deus ex machina también funciona, incluso cuando no hay razón para que funcione. El pobre campesino sacrificado está solo, desconocido, no sabemos nada de él. El narrador y el Sueco al menos se tienen a sí mismos; en el peor de los casos, pueden matarse en entre sí. Pero, el hombre solo? Se ahogó o fue arrojado al agua como un despojo inservible luego de haber sido vejado de forma inimaginable? Nunca sabremos nada al respecto. Está fuera de nuestro ámbito, unheimlich, no se puede contar.

Los Sauces de Algernon Blackwood inmediatamente me hace pensar en el Viejo Hombre-Sauce, uno de los primeros peligros que encuentran los Hobbits en su camino hacia Rivendell, del cual son rescatados por Tom Bombadil; de hecho, me pregunto si Los Sauces pudo haber sido una influencia para J.R.R. Tolkien. En cualquier caso, parece que Tolkien tenía razón, los árboles hablan entre sí. En ocasiones, quizás en una isla arenosa en medio del Danubio, bajo un velo cada vez más delgado hacia otra dimensión, hablan con los forasteros.

Podría ser el Bosque Viejo otro lugar donde los límites entre realidades o planos se desgarran? Podría ser Tom Bombadil [el Sin Padre] el terrible genius loci de esta tierra pantanosa sobrenatural? Serán los sauces las últimas Ent-Mujeres, enloquecidas por el triunfo y la expansión de la industrialización? No lo creo, pero es divertido pensar que sí [ver: Qué pasó con las Ent-Mujeres?]

En cualquier caso, los Sauces son opresivos en su multitud. Son una masa cerrada e indefinible que amenaza, sofoca y, sin embargo, también son inquietantemente pasivos, permaneciendo en una densa formación milla tras milla:


[Sus apretadas filas se volvían cada vez más oscuras a medida que las sombras se hacían más profundas, moviéndose con furia pero suavemente en el viento, despertando en mí la curiosa y desagradable sugerencia de que habíamos traspasado las fronteras de un mundo extraño, un mundo en el que éramos intrusos, un mundo en el que no se nos quería ni se nos invitaba a permanecer, un mundo en el que tal vez corríamos grave peligro.]


La naturaleza de la amenaza sobrenatural cambia a medida que progresa la historia. Los contornos monstruosos que presencia el narrador al comienzo se tornan más definidos. El Sueco habla de una cuarta dimensión [ver: El Sendero de los Muertos y un pasaje a la Cuarta Dimensión]. Su teoría es que estas misteriosas Entidades provienen de un mundo completamente diferente:


[Nos habíamos desviado, como dijo el sueco, a alguna región o conjunto de condiciones donde los riesgos eran grandes, pero ininteligibles para nosotros; donde las fronteras de algún mundo desconocido yacen cerca. Era un lugar ocupado por los habitantes de algún espacio exterior, una especie de mirilla desde la cual podían espiar la tierra, sin ser vistos, un punto donde el velo se había desgastado. Como resultado final de una estadía demasiado larga, debíamos ser llevados al otro lado de la frontera y privados de lo que llamamos nuestras vidas, pero por procesos mentales, no físicos. En ese sentido, como dijo, deberemos ser víctimas de nuestra aventura, un sacrificio.]


El horror de Dunwich (The Dunwich Horror) es la respuesta de H.P. Lovecraft a Los Sauces de Algernon Blackwood. El flaco de Providence abre su historia con un recorrido por el río Miskatonic, no en bote, sino en auto, serpenteando a la vera a través de densos bosques y pantanos. Luego están esas figuras enigmáticas que se ven en las laderas rocosas. Los protagonistas de Los Sauces tienen varias teorías para explicar este extraño zumbido que vibra en el aire y deja marcas en la arena. Lovecraft, con la autoridad que impone la sabiduría del Necronomicón, puede decirnos con certeza qué tipo de entidades dejan huellas en el lodo de Dunwich:


[Los Antiguos fueron, los Antiguos son y los Antiguos serán. No en los espacios que conocemos, sino entre ellos, caminan serenos y primitivos, entre dimensiones para nosotros invisibles.]


Es evidente que las presencias extradimensionales de Algernon Blackwood y Lovecraft recorren la misma corriente. Otra coincidencia entre Los Sauces y El horror de Dunwich tiene que ver con los campesinos, descritos en ambos casos como gente bruta y supersticiosa. Por supuesto, al final resultan ser los únicos que realmente saben lo que está pasando. Por otro lado, en un cuento de Lovecraft el Sueco definitivamente no hubiese sobrevivido [ver: La Biblia de Yog-Sothoth: análisis de El horror de Dunwich]

Debido a sus propiedades analgésicas [el ácido salicílico es el componente activo de la aspirina], y a las propiedades astringentes y diuréticas de su savia, los sauces están asociados con la medicina desde tiempos inmemoriales. Sin embargo, tal vez debido a su proximidad con el agua, también están conectados con procesos mágicos y espirituales, especialmente relacionados con la luna. Los griegos creían que los sauces eran sagrados para la diosa Hécate. En el folclore inglés tienen un carácter malvado y poco confiable, sospechoso de poder desarraigarse y seguir a los caminantes imprudentes. Esto los convierte en una adición poco confiable al paisajismo. No es casualidad que Algernon Blackwood utilizara algunas de estas características en su relato.

La esencia de Los Sauces de Algernon Blackwood radica en la malevolencia del escenario natural y las respuestas psicológicas de los dos hombres ante su situación. La historia comienza en soleadas áreas urbanas en las afueras de Viena, pero a medida que el narrador y su compañero viajan río abajo, el estado de ánimo general se oscurece, se vuelve más siniestro, así como las aguas se vuelven más turbulentas. Algernon Blackwood personifica al Danubio a través de una vívida descripción de su comportamiento a lo largo de su curso, lo que sugiere que el espíritu de las aguas madura, o se envilece, en su viaje.


[El Danubio deambula a su antojo por la intrincada red de canales que cruzan las islas, con amplias avenidas por las que las aguas se vierten gritando, generando remolinos, rápidos espumosos; desgarrando los bancos de arena; llevándose masas de costa y macizos de sauces; y formando innumerables islas nuevas que cambian diariamente en tamaño y forma; y que poseen, en el mejor de los casos, una vida impermanente, ya que el tiempo de la inundación borra su existencia misma.]


Algernon Blackwood insiste en la naturaleza caprichosa y destructiva del río, en su capacidad para rehacer el paisaje en cualquier momento. El Danubio es como un niño que destruye el escenario de sus juegos al aburrirse, reorganizándolo todo a continuación.

A medida que los dos hombres se alejan de la civilización, Algernon Blackwood también simplifica el paisaje: el río se convierte en un pantano turbulento, lleno de costas en constante cambio y pequeñas islas pobladas solo por sauces. En este punto, el narrador comienza a examinar su sensación de inquietud:


[He llegado a la comprensión de nuestra absoluta insignificancia ante este poder desenfrenado de los elementos. El enorme río también tuvo algo que ver con eso: la vaga y desagradable idea de que habíamos jugado con estas fuerzas elementales en cuyo poder yacemos indefensos cada hora del día y de la noche.]


A medida que los bordes de la isla se van reduciendo, la cordura de los dos hombres sufre una erosión paralela. Desde la perspectiva de Carl Jung, la isla cada vez más pequeña, los humedales llenos de sauces gesticulantes, la presencia de la luna y los frecuentes cambios de forma que ocurren a su alrededor, marcan este escenario como típico de la etapa onírica de albedo: una fase de la consciencia en la que nos despojamos de las proyecciones de nuestra Sombra, y donde todas las conceptualizaciones innecesarias se eliminan de la psique. En este estado de consciencia el mundo que nos rodea se convierte en algo más que una visión sesgada.

Carl Jung creó una metáfora alquímica para describir las etapas de las fantasías oníricas que progresan a medida que el inconsciente lucha con algún conflicto. Al igual que la transmutación del plomo en oro, el inconsciente refina el material base en tres etapas. Estas son, en términos generales, de calidad oscura, intermedia y brillante. El nigredo es el punto inicial en el ciclo de la imaginería onírica, tipificado por temas como la decadencia, la desintegración, el desmembramiento y la tristeza. Siguen otras dos fases: albedo, en la que las imágenes de los sueños cambian de forma e identidad, moviéndose de un lado a otro y volviéndose más definidas [Los Sauces de Algernon Blackwood pertenece a este territorio]; y rubedo, donde finalmente se logra una síntesis o disolución, caracterizada por el brillo, el color y la energía.

En términos alquímicos, el metal base, oscuro y frío, el plomo de la pesadilla, se transforma a través de una etapa intermedia en oro cálido y brillante. El sol sale en un amanecer simbólico. No está claro si el narrador y el Sueco llegan a esta etapa al final de la historia, o si alguna vez escapan de la menguante porción de tierra que los sostiene durante esta crisis psicológica.

Las interacciones entre los dos hombres son interesantes. El narrador busca constantemente una explicación racional, mientras que su pragmático compañero comprende la situación de forma intuitiva, con todas sus implicaciones religiosas. Ambos representan dos perspectivas de una misma mente. Esto [me refiero al uso integral de nuestra mente] acaso es un requisito indispensable para captar la esencia de una entidad sobrenatural que no se preocupa por la humanidad; o mejor dicho, que considera a los dos hombres como insignificantes intrusos, como cucarachas que merodean en la cocina. Molestas, sin dudas, pero de ningún modo peligrosas [ver: Black Goo y otras monstruosidades amorfas en la ficción]

En un chispazo de integralidad psicológica, el narrador ofrece lo que podría ser una idea destilada de lo que ocurrió:


[Por Júpiter, fue todo una alucinación? Fue simplemente algo subjetivo? No discutía mi razón a la antigua y fútil manera desde el pequeño estándar de lo conocido?]


Cuando uno se enfrenta a esta clase de horrores psicológicos que se proyectan en un islote en medio del Danubio, un lugar en el que se supone que ningún ser humano debe estar, de nada sirve pensar, hablar o reflexionar. Lo mejor que puedes hacer es remar como un maniático. Ya habrá tiempo de analizar la situación.

Son muchos los relatos de Algernon Blackwood que se centran en este encuentro del Hombre con el Espíritu de la Naturaleza. En El hombre al que amaban los árboles (The Man Whom the Trees Loved), gana la Naturaleza; lo mismo sucede en Los lobos de Dios (The Wolves of God) y El Wendigo (The Wendigo). Los Sauces termina con una decisión dividida. Los protagonistas sobreviven, pero la Naturaleza aún recibe un sacrificio al final [ver: La Llamada de lo Salvaje: análisis de El Wendigo]

En este contexto, es razonable que el destino de dos hombres que llegan a la frontera de la realidad como la conocemos también esté fuera de los límites de la historia. Algernon Blackwood simplemente selecciona un punto para concluir la narración, pero la historia continúa. Todavía están en el Danubio, todavía hay fuerzas desconocidas.

La naturaleza de la amenaza nunca se aclara en el relato, así como otros enigmas menores. Están los misteriosos pozos en la arena reflejados en las marcas en el cadáver, y el extraño zumbido que nos hace pensar en insectos [y con el Al-Azif, el nombre del Necronomicón, que alude al zumbido nocturno de los insectos]. Está esto relacionado con la sensación de terror, o con otra cosa que se reúne en esta intersección entre dimensiones? Los Sauces de Algernon Blackwood es un relato que abre muchas posibilidades, como esas islas del Danubio, unas más estables que otras, pero todas dispuestas derrumbarse sin previo aviso. Lo que queda claro es que hay otros mundos, otras dimensiones, que se desbordan sobre el nuestro [ver: Seres Interdimensionales en los Mitos de Cthulhu]

La clave de la historia, por supuesto, es el Otro [no humano], es decir, estas Entidades cuya diferencia con el ser humano es total. Un encuentro con el Otro Absoluto socava las estructuras que constituyen lo humano [la cultura, la razón], en síntesis, desmorona la subjetividad. Al obligarnos a imaginar una perspectiva desde la cual no solo somos insignificantes, sino irrelevantes, Algernon Blackwood va más allá de un simple desafío al antropocentrismo, nos hace conscientes de las limitaciones de la experiencia humana incluso para contemplar parcialmente la vastedad del Otro Absoluto [ver: Freud, el Hombre de Arena, y una teoría sobre el Horror]

Como hemos visto mucho en El Espejo Gótico, no todos los Monstruos están disponibles para su identificación [ver: La biología de los Monstruos]. No todos se dejan conocer o comprender. El Horror está poblado por numerosas criaturas cuya extrañeza es irreductible, cuya diferencia con la esfera de lo humano es total. Desafiando toda familiaridad, estas figuras plantean un desafío interesante, porque si el poder de lo monstruoso proviene de nuestras reacciones [conflictivas] de negación y reconocimiento, cómo podemos explicar el impacto de los Monstruos que, por definición, son irreconocibles?

A diferencia del concepto de unheimlich [lo Siniestro] de Sigmund Freud, que es el regreso de algo familiar que se vuelve extraño, los horrores de Los Sauces de Algernon Blackwood son completamente nuevos para los ojos humanos. No hay unheimlich en ellos porque no han nada familiar que pueda regresar a nosotros de forma distorsionada [ver: Lo Siniestro en la ficción: cuando lo familiar se vuelve extraño]

En Los Sauces hay más de un tipo de Otro No-Humano en acción, pero un solo Otro Absoluto. Uno de esos Otros No-Humanos se materializa en el paisaje y el Danubio, el cual se describe como un ser vivo:


[Soñoliento al principio, pero luego desarrollando deseos violentos al tomar conciencia de su alma profunda, rodaba, como un enorme ser fluido, sosteniendo nuestra pequeña embarcación sobre sus poderosos hombros.]


El río tiene su propia voz a lo largo de la historia: cantando, riendo, susurrando, murmurando, gritando y rugiendo. Inicialmente es un Otro No-Humano casi amistoso con los protagonistas. Es cierto, de vez en cuando les juega una broma pero que sigue siendo generalmente benévolo. Después de que ingresan al delta, el río se convierte en una presencia más seria, reclamando su asombro y respeto. El Danubio se convierte en una fuerza poderosa capaz de forjar el paisaje a su antojo, incluso de devorar la isla en la que acampan los dos hombres. Pero, por encima de este Otro No-Humano que es el río, son los Sauces que cubren las orillas arenosas de la zona lo que le da al paisaje su sensación de Otredad Absoluta:


[Los sauces siempre charlaban y hablaban entre ellos, riéndose un poco, llorando estridentemente, a veces suspirando (...) era algo completamente ajeno al mundo que yo conocía, o al de los salvajes pero bondadosos elementos. Me hacían pensar en una multitud de seres de otro plano de vida, otra evolución en conjunto, tal vez, todos discutiendo un misterio que solo ellos conocen.]


El horror de los Sauces radica en su extrañeza, en su Otredad en relación a la vida humana. El narrador se ve obligado a considerar la perspectiva inimaginable de los Sauces, y se da cuenta de que el suyo es un mundo inaccesible, un mundo con el que no tenemos posibilidad de comunicación, un punto de vista orgánico radicalmente diferente de nuestras formas mamíferas [ver: Algunas lenguas para la comunicación interdimensional]

Es interesante que el narrador mencione la diferencia evolutiva de los Sauces en este párrafo, que se hace eco de la la máxima del filósofo Vilém Flusser: el asco recapitula la filogénesis. En otras palabras: cuanto más lejos de lo humano está una criatura en la rama evolutiva, más aversión, asco y, finalmente, miedo, sentimos por ella. Esta explotación de la distancia evolutiva con el Otro Absoluto es el motivo central en Los Sauces de Algernon Blackwood [ver: Toda materia es sensible: nosotros también somos IA]

Esta sensación de aversión está presente desde el comienzo del relato de Algernon Blackwood, y surge de la sensación de vitalidad y agencia del paisaje circundante. El Río y los Sauces no son un terreno pasivo para que los dos viajeros lo atraviesen, ni un recurso que puedan utilizar, son antagonistas activos y astutos. El río crece, el viento aúlla, los árboles susurran. Nada en Los Sauces está quieto o es pasivo; todo, incluida la tierra, está cambiando, moviéndose, resistiendo los intentos de los viajeros de darle sentido o usarla. Durante la noche, su bote es saboteado, sus alimentos desaparecen y los sauces parecen haberse acercado a la tienda, actos que el narrador interpreta como signos de agencia personal, de intención deliberada, de hostilidad. A lo largo de la historia hay un sentido de la agencia impredecible del entorno, una agencia que desafía las interpretaciones antropocéntricas [ver: La Tierra como superorganismo consciente]

Sin embargo, más allá del Río y los Sauces, el cuento de Algernon Blackwood contiene otra entidad de un tipo más nebuloso y amorfo: al despertarse en medio de la noche, el narrador se arrastra fuera de la tienda y ve una masa de tentáculos, formas fluidas y desnudas retorciéndose en una columna hacia el cielo, cambiando y fundiéndose entre sí. Sin rostro y sin rasgos distintivos, estas Entidades completamente alienígenas le inspiran asombro y espanto. Más tarde, cuando amaina el viento, escuchan un sonido que parece provenir de todas las direcciones a la vez, incluso desde dentro de ellos mismos, un sonido no humano, un sonido fuera de la humanidad. No son dioses ni elementos naturales. Las criaturas, sin forma y sin nombre, no son un espectro del pasado, son nuevas para los sentidos humanos. Procedentes de más allá de los límites de la experiencia humana, rechazan cualquier identificación. Son el Otro Absoluto, y los protagonistas han llamado su atención [ver: Los Perros de Tindalos y los ángulos del tiempo]


[Cállate! susurró el sueco, levantando la mano. No los menciones más de lo necesario. No los llames por ningún nombre. Nombrar es revelar; es la pista inevitable, y nuestra única esperanza está en ignorarlos, para que ellos nos ignoren a nosotros.]


Jean-Paul Sartre sostiene que ser confrontado con la mirada objetivante del Otro es la fuente de nuestra conciencia como sujetos. Esta experiencia es desconcertante, porque nos obliga a percibirnos como un objeto en la mirada del Otro. El efecto inmediato de esta comprensión es sentirnos vulnerables. Ser observados por el Otro amenaza con desestabilizar nuestro sentido del Yo. Y todo esto solo por ser visto por otro ser humano! Cuáles son, entonces, las consecuencias de ser visto por el Otro Absoluto? O mejor aún, cuando somos observados por el Otro Absoluto, qué es lo que ve? Lo mismo que nosotros al encender la luz de la cocina en medio de la noche y observar una cucaracha corriendo desesperadamente de regreso a la oscuridad? [ver: Horror Cósmico: qué es, cómo funciona, y por qué el tamaño sí importa]

La analogía es incompleta, porque una cucaracha puede producirnos algo, asco, por ejemplo; mientras que para el Otro Absoluto no significamos nada. Pero, este razonamiento también es inexacto, porque el eje no está en la cucaracha. Imaginemos, por ejemplo, que vamos caminando tranquilamente por la calle y vemos una cucaracha correteando por el cordón de la vereda. Es probable que la dejemos en paz. No está en nuestro camino y no está ocupando nuestro espacio vital. Es poco probable que alguien desvíe su curso para pisarla. Ahora pensemos en la misma cucaracha caminando sobre la mesada de la cocina. La notaremos enseguida. Contrasta sobre nuestro espacio vital. Hasta entonces, la cucaracha merodeaba tranquilamente, pero al encender la luz de la cocina es súbitamente consciente la mirada el Otro Absoluto [nosotros] y su reacción instintiva es correr de regreso a la oscuridad, cuya seguridad radica en aislarse de nuestra mirada [ver: Si los ves, Ellos te ven]

En Los Sauces de Algernon Blackwood, la mirada del Otro Absoluto es una presencia constante, imponente y amenazante. Primero se manifiesta en la atención dirigida por los Sauces hacia los protagonistas, que se describe como presionando, observando, esperando, escuchando. Pero el verdadero peligro es capturar la atención de las Entidades más allá de los Sauces. Por eso se vuelve imprescindible no nombrarlos, no hablar de ellos, no pensar en ellos. Su destino, si son atrapados o ceden, se describe por el Sueco como peor que la muerte: una transformación radical, un cambio completo, una horrible pérdida de uno mismo por sustitución. Entonces, lo que está en juego en este encuentro con el Otro Absoluto es pérdida del Yo.

Pero, cómo se produce esta pérdida de uno mismo? Qué hay en la mirada del Otro Absoluto capaz de desatar nuestra desintegración como individuos?

Estas preguntas nos llevan a una paradoja en Los Sauces de Algernon Blackwood. Si somos insignificantes para el Otro Absoluto, por qué estaría interesado en dirigir su atención sobre nosotros? 

Es la gran paradoja lovecraftiana, con sus seres inconcebiblemente distantes de lo humano, cuya agenda está muy por encima de la comprensón de simples mamíferos. Por qué se interesan en nosotros? La respuesta es bastante simple: no se interesan en nosotros hasta que nosotros somos conscientes de su mirada. Mientras bajemos la vista ante su profundo sentido de indiferencia por la raza humana, estaremos bien. Si nos hacemos conscientes del Otro Absoluto, este nos devolverá la mirada, y es una mirada capaz de desintegrar nuestro sentido del yo.

Y no lo digo metafóricamente.

Ser conscientes de la mirada del Otro Absoluto nos obliga a considerar una perspectiva desde la cual el mundo como lo conocemos, todo el conocimiento y la experiencia humana, incluso nuestra sentido del Yo, son cuestiones periféricas, intrascendentes. En la atención del Otro Absoluto nos enfrentamos con nuestra propia insignificancia [ver: Horror Cósmico: la vida no tiene sentido, la muerte tampoco]

En Los Sauces [y en todos los cuentos de Horror Cósmico de Lovecraft] este sentido de la insignificancia humana se hace explícito, como cuando el Sueco le dice a su compañero que nuestra única oportunidad es quedarnos completamente quietos. Nuestra insignificancia tal vez pueda salvarnos. Es un recurso inteligente. En cierto modo, transforma la insignificancia humana en nuestra única defensa.

Esta impresión de insignificancia se intensifica con la noción de que el protagonista y su compañero han tropezado con un área a la que no pertenecen: Habíamos traspasado las fronteras de un mundo extraño, un mundo en el que éramos intrusos. Son cucarachas en la mesada. De repente, se vuelven notorios para el Otro Absoluto. Contrastan. Ya no son míseros humanos en su medio ambiente urbano [como la cucaracha en el cordón de la vereda], ahora se han introducido en su cocina.

El narrador se experimenta a sí mismo como un intruso, un invasor. Cada vez le queda más claro que no tienen derecho a estar allí. Hasta el sonido de su voz parece sacrílego en ese entorno:


[La voz humana, siempre bastante absurda en medio del rugido de los elementos, ahora llevaba consigo algo casi ilegítimo.]


Los dos hombres están experimentando el repentino colapso de los sistemas de significado. El Otro Absoluto, su mirada intrusiva, desintegran el marco humano de significado. Los desesperados intentos del narrador por aferrarse a la razón y tratar de explicar sus experiencias, de darles algún tipo de significado, son inútiles; y el Sueco lo comprende:


[Este débil intento de autoengaño solo hace que la verdad sea más difícil de enfrentar.]


El Otro Absoluto no significa nada excepto la ausencia de significado. Los Sauces de Algernon Blackwood evoca un universo que no es el nuestro. No está ahí para nosotros. No se ajusta a nuestras categorías, y solo se doblega ante voluntades completamente distintas. Este desplazamiento de lo humano como centro de todo es la consecuencia final y vertiginosa del encuentro con el Otro Absoluto.

Todo en Los Sauces, desde la escala física a la desconcertante belleza del lugar, trabaja en conjunto para generar una impresión de inmensidad. La alienación de los Sauces, su innegable agencia, y el encuentro con el Otro Absoluto, tensan las estructuras mentales de los dos protagonistas, lo que conduce a un punto de crisis. Se encuentran ante la posibilidad de tener que renunciar a su subjetividad [a su Yo], y dejarse transformar en el encuentro con el Otro Absoluto, perspectiva que ambos encuentran comprensiblemente aterradora.

Al final se salvan, no por ningún esfuerzo propio, sino por medio de un sacrificio humano, o, más precisamente, de una víctima sustituta: la muerte de un extraño cuyo cadáver descubren en las orillas de la isla. Inicialmente, el concepto del sacrificio parece fuera de lugar con la lógica que plantea Algernon Blackwood. Por qué estas criaturas extradimensionales se preocuparían por un sacrificio humano? Si no tienen absolutamente nada que ver con la humanidad, qué significado tendría tal acto para ellos?

La respuesta es que no tiene ningún significado. Sin embargo, sí tiene significado para los humanos. Mediante el concepto de un sacrificio humano, el hombre es restituido como centro del sentido, y los dos viajeros tienen la oportunidad de apartar la mirada de la idea de su propia insignificancia. Después de estar cara a cara con lo impensable, se les permite retroceder. Ya no necesitan confrontar la presencia imponente del Otro Absoluto. No es que el muerto permite que los dos hombres escapen de la mirada de las Entidades; al revés, les permite apartar la mirada, y por eso dejan de tener algún interés.

Este escape a último momento parece anular cualquier promesa de transformación para nuestros protagonistas. Es fácil imaginar que continúan con sus viajes, una vez más confiados en su capacidad para dar sentido al universo. El verdadero horror de la historia, por supuesto, que el sacrificio no hace desaparecer a las Entidades, simplemente le permite a nuestros protagonistas pensar en otra cosa, cerrar las puertas de la percepción e intentar olvidar, para continuar con su cosmovisión antropocéntrica relativamente intacta.

De esta manera, Los Sauces de Algernon Blackwood posiciona a las Entidades como un ataque al significado, mientras que el antropocentrismo, lejos de ser un rasgo de arrogancia, se muestra como nuestra única [y frágil] defensa contra el sinsentido. La historia también puede prestarse a una lectura nihilista [mas superficial, creo], en la que todos los esfuerzos humanos por encontrar y darle un significado a la realidad son engaños a los que nos aferramos desesperadamente porque somos incapaces de existir en la realidad y aceptar nuestra propia intrascendencia.




Algernon Blackwood. I Taller gótico.


Más literatura gótica:
El artícul*: La cucaracha en la mesada: análisis de Los Sauces de Algernon Blackwood fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a ***.com


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Los Hombres Lobo: William Wilfred Campbell; poema y análisis.


Los Hombres Lobo: William Wilfred Campbell; poema y análisis.




Los Hombres Lobo (The Were-Wolves) es un poema gótico del escritor canadiense William Wilfred Campbell (1860-1918), publicado en la antología de 1893: El viaje aterrador (The Dread Voyage).

Los Hombres Lobo, sin dudas uno de los mejores poemas de William Wilfred Campbell, se introduce en la leyenda de los Hombres Lobo para razonar una horrorizada respuesta a la lógica de la supervivencia del más fuerte planteada por Darwin. Es un poema discordante, que relaciona la alegoría cristiana de la Edad Media con imágenes bestiales de que amenazan con subvertir su marco religioso [ver: Análisis psicológico del Hombre Lobo en la ficción]

Los Hombres Lobo está ambientado en los páramos del norte, donde los licántrpos están condenados a merodear en la fría medianoche del Polo hasta el día del juicio. Según el narrador, los Hombres Lobo alguna vez fueron humanos, son las almas de los hombres de las lejanas edades oscuras; es decir, no son nativos de la región boreal, sino que han migrado desde la Europa medieval, posiblemente perseguidos por el cristianismo. En este contexto, los licántropos encarnan una severa advertencia moral:


stos, que podrían haber sido como dioses,
eligieron, cada uno, ser una bestia repugnante,
entre los inmundos cementerios del corazón,
cebándose en pensamientos putrefactos;
pero el gran Dios que los hizo
les dio a cada uno un alma humana,
y así, en una eterna medianoche,
merodean alrededor del Polo.


El mensaje de Los Hombres Lobo queda casi sepultado por la atmósfera gótica que impregna cada verso. El uso que hace William Wilfred Campbell de estas figuras bestiales para simbolizar el mal mueve más a la piedad, si no directamente a la fascinación, que a la condena moral; la cual era claramente la intención del autor, muy preocupado por la erosión que el darwinismo produjo en la barrera entre las especies [ver: Razas y clanes de Hombres Lobo]

En este sentido, los Hombres Lobo [anteriormente humanos], plantean una involución, una regresión atávica hacia algo más primitivo, más elemental. William Wilfred Campbell ciertamente estaba preocupado por las teorías evolutivas de Darwin que [según su propia visión] redujeron al ser humano de una poderosa creación divina a un simio más o menos ingenioso.

El planteo de William Wilfred Campbell sería el siguiente: muy bien, acepto que el ser humano moderno ha evolucionado desde formas más primitivas, incluso estoy dispuesto a aceptar que no somos el producto de la creación divina, siempre que tú [Charles Darwin] aceptes que ese camino también puede recorrerse de forma inversa; es decir, que el progreso evolutivo del ser humano puede ser interrumpido, o incluso revertido, a un tipo de atavismo bestial. Por supuesto, no me refiero al primitivo culto a los antepasados o a las salvajes costumbres del totemismo, sino a involucionar realmente en bestias salvajes [ver: Freud y el caso del Hombre de los Lobos]

La figura del Hombre Lobo es pertinente para este razonamiento. Las leyendas de licántropos no adquirieron sus rasgos más horribles hasta que el pensamiento pagano que las originó en primer lugar fue modificado por el contacto con la teología cristiana. Recién en la Edad Media la licantropía pasó a ser considerada una especie de brujería, un don, si se quiere, obtenido a través de algún tipo de pacto satánico. Hasta entonces estaba más relacionada con la locura [por ejemplo, la de los Berserkers escandinavos] que con una maldición o castigo divino.

William Wilfred Campbell intenta resucitar el marco cristiano de la leyenda de los Hombres Lobo, incluso cuando su horrorizada fascinación por el atavismo acepta la teoría evolutiva de Darwin. De esta forma, un poema que intenta confrontar los aspectos más sombríos de la teoría de la evolución termina concediéndole veracidad. Sin embargo, el autor se toma una pequeña revancha personal. Estos Hombres Lobo que alguna vez fueron humanos, ahora se ven reducidos a perseguirse sus propios rabos en los confines de la tierra por el crimen de repudiar al gran Dios que los hizo, análogo al crimen darwiniano de repudiar a Dios en términos científicos [ver: El origen de la enemistad entre Vampiros y Hombres Lobo]




Los Hombres Lobo.
The Were-Wolves, William Wilfred Campbell (1860-1918)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Corren, todavía corren,
desde el atardecer hasta el alba;
y sus ojos cansados resplandecen
bajo los cielos blancos del norte.
Cada pantera en la oscuridad
es un alma embrujada por demonios,
los sombríos, fantasmagóricos hombres lobo
que merodean alrededor del Polo.

Sus lenguas son de llameante carmesí,
sus atormentados ojos azules brillan,
y se esfuerzan al máximo
sobre lagos y arroyos helados;
sus gritos son una nota de agonía,
que no es ladrido ni aullido,
estas panteras del páramo del norte
que lo recorren en la oscuridad.

Puedes oír la agitada respiración,
puedes ver sus formas fugaces
en la pálida medianoche polar,
cuando el norte amasa tormentas;
cuando llamean las heladas árticas
y retumban los truenos sobre el campo de hielo;
estos demoníacos hombres lobo
merodean alrededor del Polo.

Corren, todavía corren
a través de la noche boreal,
llenos de una aterradora locura,
un horror por la luz;
por siempre y para siempre,
como hojas ante el viento,
dejan muy atrás el pálido
resplandor del alba.

Su única paz es la oscuridad,
corren sin descanso
hasta el corazón de la medianoche,
para siempre desde el amanecer.
A través de lejanos y fantásticos témpanos,
el ojo de la noche puede marcar
a estos hombres lobo
por el espanto que los acosa en la oscuridad.

A lo largo de este odioso viaje
son las almas de los hombres
que en la lejana edad oscura
hicieron de Europa un pantano negro.
Huyeron de las cortes y los conventos,
y ataron su polvo mortal
con demoníacos, lobunos cinturones
de humano odio y lujuria.

stos, que podrían haber sido como dioses,
eligieron, cada uno, ser una bestia repugnante,
entre los inmundos cementerios del corazón,
cebándose en pensamientos putrefactos;
pero el gran Dios que los hizo
les dio a cada uno un alma humana,
y así, en una eterna medianoche,
merodean alrededor del Polo.

Una oración por la negrura,
un anhelo por la noche,
porque cada uno está condenado
por el horror de la luz;
y lejos en el corazón de la medianoche,
donde se lanza su vuelo sombrío,
sienten con dolor el amanecer
que se arrastra en torno al mundo.

Bajo la medianoche del norte,
sobre el hielo blanco y reluciente,
corren, todavía corren
con su horror al amanecer;
por los siglos de los siglos,
corren hacia la noche,
todavía corren hasta el día del juicio.


They hasten, still they hasten,
From the even to the dawn;
And their tired eyes gleam and glisten
Under north skies white and wan.
Each panter in the darkness
Is a demon-haunted soul,
The shadowy, phantom werewolves,
Who circle round the Pole.

Their tongues are crimson flaming,
Their haunted blue eyes gleam,
And they strain them to the utmost
Oer frozen lake and stream;
Their cry one note of agony,
That is neither yelp nor bark,
These panters of the northern waste,
Who hound them to the dark.

You may hear their hurried breathing,
You may see their fleeting forms,
At the pallid polar midnight,
When the north is gathering storms;
When the arctic frosts are flaming,
And the ice-field thunders roll;
These demon-haunted werewolves,
Who circle round the Pole.

They hasten, still they hasten,
Across the northern night,
Filled with a frighted madness,
A horror of the light;
Forever and forever,
Like leaves before the wind,
They leave the wan, white gleaming
Of the dawning far behind.

Their only peace is darkness,
Their rest to hasten on
Into the heart of midnight,
Forever from the dawn.
Across far phantom ice-floes
The eye of night may mark
These horror-haunted werewolves
Who hound them to the dark.

All through this hideous journey
They are the souls of men
Who in the far dark-ages
Made Europe one black fen.
They fled from courts and convents,
And bound their mortal dust
With demon, wolfish girdles
Of human hate and lust.

These, who could have been godlike,
Chose, each a loathsome beast,
Amid the hearts foul graveyards,
On putrid thoughts to feast;
But the great God who made them
Gave each a human soul,
And so mid night forever
They circle round the Pole.

A-praying for the blackness,
A-longing for the night,
For each is doomed forever
By a horror of the light;
And far in the heart of midnight,
Where their shadowy flight is hurled,
They feel with pain the dawning
That creeps in round the world.

Under the northern midnight,
The white, glint ice upon,
They hasten, still they hasten,
With their horror of the dawn;
Forever and forever,
Into the night away
They hasten, still they hasten
Unto the judgment day.


William Wilfred Campbell
(1860-1918)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de hombres lobo.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de William Wilfred Campbell: Los Hombres Lobo (The Were-Wolves), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a ***.com


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NotaPublicado: Sab Ago 13, 2022 6:42 am 
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Desde que morí: Elizabeth Stuart Phelps; relato y análisis.


Desde que morí: Elizabeth Stuart Phelps; relato y análisis.




Desde que morí (Since I Died) es un relato de fantasmas de la escritora norteamericana Elizabeth Stuart Phelps (1844-1911), publicado originalmente en la edición de febrero de 1873 de la revista Scribners Monthly.

Desde que morí, uno de los cuentos de Elizabeth Stuart Phelps más importantes, es [superficialmente] una historia de fantasmas. En su corazón subyace la imposibilidad de representar una relación lésbica entre dos mujeres vivas en la literatura victoriana. De hecho, la historia se presenta desde el otro lado [en varios sentidos] del típico relato de fantasmas. En lugar de expresar el anhelo o el miedo de los vivos por los muertos, Desde que morí expresa el deseo de una mujer muerta por una mujer viva, su antigua compañera. Por supuesto, al tratarse de un fantasma, este es un deseo impotente [ver: El cuerpo de la mujer en el Gótico]

El lector entiende rápidamente que ha habido una muerte reciente, y que la pareja en duelo todavía está en la habitación con el cuerpo. El espíritu de la mujer muerta se levanta, luchando con el apego a su vida anterior. Ella es la narradora, quien observa la quietud de su amada mientras vela, seguido de una notable serie de frases condicionales, incompletas, que comunican el agudo escrutinio y el conocimiento íntimo del fantasma sobre su amada, así como el intenso deseo de que  la mujer viva note su presencia:


[Si la sombra de una pestaña se moviera sobre tu mejilla; si esa línea alrededor de tu boca rompiera su tensión; si la palidez de tu perfil se entibiara un poco; si ese pequeño músculo en tu frente, justo en la curva de la ceja izquierda, se activara y se contrajera; si te inquietaras un poco, sentada allí bajo mi mirada fija; si movieras un dedo de tus manos cruzadas; si voltearas y miraras detrás de tu silla, o levantaras tu rostro, medio perdido y anhelante, medio amoroso e indiferente, para meditar sobre el gemido contrariado que hace el viento donde yo me interpongo contra la ventana entrecerrada]


La narradora extiende sus brazos hacia la mujer viva, y la consideración de las posibilidades de ese abrazo imposible se vuelve más sensual:


[Si me atreviera a acercarme; si fuera permitido que cruzara la corriente de tu aliento vivo; si pudiera sentir el fluir de la sangre en tus venas; si se me permitiera tocar tus manos, tus mejillas, tus labios; si pudiera colocar un brazo alrededor de tu hombro con la ligereza de un copo de nieve...]


Sin embargo, sus esperanzas se ven frustradas por el miedo que ningún corazón ha sondeado, el destino que ninguna fantasía ha recorrido, el enigma que ningún alma ha leído, que se interponen entre la sustancia de su amada y el alma de la narradora. Entonces deja caer los brazos, impotente para atraer su atención y concretar el abrazo. Ahora la narradora está abrumada por la emoción; está llena de anhelo y frustración por su incapacidad para hacer que su amada note su presencia y transmitirle su intenso deseo [ver: La Casa Embrujada como representación del cuerpo de la mujer]

Tras esta conmovedora escena de deseo frustrado, la narradora de Desde que morí de Elizabeth Stuart Phelps reflexiona sobre su historia de amor junto a su compañera, y sobre la secuencia de acontecimientos que la llevaron a su propia disolución física. Al parecer, la narradora padecía una enfermedad terminal. Ella y su amada a menudo se sentaban en el jardín, tomadas de la mano, hablando entre lágrimas de la muerte que se aproximaba. En esas charlas, la mujer viva expresó la creencia de que, después de la muerte, el espíritu de su compañera partiría, pero la narradora aseguró que no. La Muerte, explica, no llegó con dolor, sino con una gloriosa expansión de los sentidos y un extático estallido de la conciencia.

Por supuesto, es el apego físico y emocional hacia su compañera viva lo que le impide a la narradora romper los lazos mortales y trascender definitivamente hacia el otro lado. La narradora explica:


[Sólo una cosa colgaba entre la inmensidad y yo. Tu rostro demacrado. Te miré por última vez a los ojos. Más fuertes que la muerte, sostuvieron y reclamaron mi alma. Débilmente levanté mi mano para encontrar la tuya. Más cruel que la tumba, tu agarre salvaje me encadenó.]


Ahora bien, después de haber muerto, la narradora afirma que permanece en el reino terrenal para cumplir una promesa hecha durante aquellas charlas: iluminar a su compañera sobre la realidad de la muerte. Según su experiencia, la muerte no es algo terrible; pero la narradora no puede traspasar la barrera que la separa de su amada, no puede comunicarse con ella ni hacerla consciente de su presencia, no puede hablar sobre aquello que los vivos no pueden oír. Inquieta, sale corriendo de la habitación. Mientras transita por el mundo sin ser parte de él, remarcando los detalles de la lluvia y el viento y el frío sin ser afectada por ellos, la narradora llega a un lugar solitario donde reflexiona, ya sin emociones violentas, sobre la vida y la muerte, el amor y la agonía.

Desde que morí de Elizabeth Stuart Phelps invierte los términos del relato victoriano de fantasmas, donde los espíritus son un remanente de la persona viva; aquí, por el contrario, son entidades mucho más completas, más plenas y conscientes que cuando estaban vivas. Dado que la historia se cuenta desde la perspectiva de la persona muerta, todo lo que vemos es frustración e impotencia. Ella intenta entablar una conversación con su amada, pero nunca obtiene una respuesta. Intenta mover cosas, y a veces lo logra, pero esto nunca es percibido por los vivos como una señal de su presencia. Ni siquiera logra capturar la atención de sus deudos.

Contrariamente a lo que sucede en los relatos de fantasmas del siglo XIX, aquí el fantasma no aparece [ni siquiera logra hacerse notar], por lo que el verdadero eje de la historia gira en torno a los recuerdos de su vida, y a este intento conmovedor y, a la vez, patético, por consolar a su pareja [ver: El ABC de las historias de fantasmas]

Desde que morí de Elizabeth Stuart Phelps es exquisitamente conmovedor. La historia está ejecutada con elegancia, aunque a veces roza peligrosamente la prosa poética. No puedo decidirme si brinda una visión de la muerte como un viaje fantástico hacia una nueva vida, o si ese destino es frío y desolador. Uno pensaría que, con una consciencia expandida, el dolor de los que han quedado atrás sería experimentado de otra forma por el espíritu, quizás con mayor distancia y entendimiento, pero no parece ser el caso aquí. La narradora simplemente está siendo desgarrada por el deseo de quedarse en el plano físico para consolar a su compañera y un abrumador llamado a una libertad más grande.

Debajo de todo esto está la relación entre las dos mujeres. Por qué el fantasma insiste en quedarse para consolar a su compañera? Probablemente porque sabe que la relación sentimental entre ambas, al ser clandestina, no será reconocida por la sociedad en general, y por lo tanto la mujer viva no podrá atravesar los mismos rituales de duelo que cualquier persona heterosexual. No podrá derrumbarse emocionalmente, en definitiva, llorar abiertamente a su pareja, hablar de ella con otros, recordarla en voz alta. En todo caso, será un duelo oculto, disimulado. Ciertamente no podrá hablar de la naturaleza de su dolor con alguien más. En una fascinante inversión lésbica, la difunta parece experimentar a la mujer viva como si ella hubiese muerto [ver: El cuerpo de la mujer en el Horror]

Las ideas de Elizabeth Stuart Phelps están fuertemente influenciadas por el espiritismo del siglo XIX, liderado por Allan Kardec, y la creencia en la presencia material de los muertos en nuestro plano. Por otro lado, es imposible leer Desde que morí sin recordar el poema de Emily Dickinson: Oí zumbar una mosca cuando morí (I Heard a Fly Buzz when I Died).


Oí zumbar una mosca cuando morí,
la quietud del cuarto
era como la quietud del aire
entre los espasmos de la tormenta.
Entregué mis recuerdos cedí
esa porción de mí que podía
darse y entonces
se interpuso una mosca
Con un tono azul indeciso, entrecortado, zumbaba
entre la luz y yo
y entonces las ventanas se cerraron y ya
no pude ver para ver




Desde que morí.
Since I Died, Elizabeth Stuart Phelps (1844-1911)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Qué quieta te sientas!

Si la sombra de una pestaña se moviera sobre tu mejilla; si esa línea gris alrededor de tu boca rompiera su tensión; si la palidez de tu perfil se entibiara un poco; si ese pequeño músculo en tu frente, justo en la curva de la ceja izquierda, se pusiera en marcha y se contrajera; si te inquietaras un poco, sentado allí bajo mi mirada fija; si movieras un dedo de tus manos cruzadas; si voltearas y miraras detrás de tu silla, o levantaras tu rostro, medio perdido y anhelante, medio amoroso e indiferente, para meditar sobre el gemido contrariado que hace el viento donde yo me interpongo entre él y tú, contra la ventana entrecerrada

Ah, sí!

Suspiras y te agitas, creo. Levantas la cabeza. El pequeño músculo es un cautivo todavía; la línea alrededor de tu boca es tensa y dura; veo que el hueco cada vez más profundo de tu mejilla no tiene un tinte más cálido que la gran columna dórica que la luz de la luna construye contra la pared.

Me apoyo en ella.

Extiendo mis brazos.

Levantas la cabeza y me miras a los ojos.

Si un escalofrío recorriera tu figura; si tus brazos, extendidos sobre la mesa, saltaran una sola vez por encima de tu cabeza; si pronunciaras mi nombre; si aguantaras la respiración de terror, o sollozaras en voz alta de amor, o saltaras, o lloraras

Pero solo levantas la cabeza y me miras a los ojos.

Si me atreviera a acercarme; si fuera permitido que cruzara la corriente de tu aliento vivo; si pudiera sentir el fluir de la sangre en tus venas; si se me permitiera tocar tus manos, tus mejillas, tus labios; si pudiera colocar un brazo alrededor de tu hombro con la ligereza de un copo de nieve...

El miedo que ningún corazón ha sondeado, el destino que ninguna fantasía ha enfrentado, el enigma que ningún alma ha leído, se interpone entre tu sustancia y mi alma.

Dejo caer mis brazos.

Me hundo en el corazón de las columnas de luz sobre la pared. No me preguntaré qué pasaría si mis contornos se definieran ante tu vista. No pensaré en lo que podría ser si tropezara con tu visión, cara a cara.

Ay de mí, qué quieta se sienta!

Con qué mirada fija e indiferente me mira a los ojos!

El viento, ahora que ya no me interpongo, entra con envidia. Levanta la cortina y da vueltas por la habitación. Golpea la superficie de la gran columna perlada donde me apoyo. Estoy atrapada dentro de él. Habla por mí. Mudas articulaciones llenan el aire. Las lágrimas y la risa, y el sonido de los labios suaves, y la caída de los gemidos, me poseen.

Ella escuchará?

Inclinará la cabeza?

Se separarán sus labios en reconocimiento? Hay un alfabeto entre nosotros? O tienen los vientos de la noche un vocabulario para alzarse ante sus ojos encerrados?

Nos sentamos juntas muchas veces y hablamos de esto. Te acuerdas, querida? Sostuviste mi mano. Lágrimas que no pude ver, cayeron sobre ella; nos sentamos junto a la gran ventana del vestíbulo de arriba, donde la sombra del arce se va a dormir sobre el suelo en una noche iluminada; la vieja cortina verde agitó sus manos sobre nosotras como un hipnotizador, pensé; como un sacerdote, dijiste.

Cuando nos separemos, te irás dijiste; y cuando negué con la cabeza, sonreíste, siempre sonreías cuando decías eso, pero siempre lo decías exactamente igual.

Creo que apenas te entendí entonces.

Ahora que tengo tus ojos en los míos, y no me ves; ahora que extiendo mi mano y no me tocas; ahora que grito tu nombre y no lo oyes, te comprendo. Había una sabiduría no terrenal en tus palabras.

Vivir es morir; moriré. Morir es vivir, y vivirás.

Ahora, cuando la fiebre bajó, pensé en esto.

Eso debe haber sido hace cuánto? Echo de menos la concepción del tiempo.

Sin embargo, recuerdo perfectamente que morí un domingo lluvioso a las tres de la mañana. Tu pequeño reloj estaba en su caja de madera de olivo sobre la mesa, y había gotas en la ventana. Me di cuenta de ambas cosas, aunque tú no lo sabías. Veo el reloj ahora, en tu bolsillo. No puedo decir si las manecillas se mueven, o sólo palpitan de un lado a otro; se paran y señalan, mudos dedos de oro, paralizados y suplicantes, para siempre a las tres.

Cuando dijiste por primera vez que me estaba hundiendo rápidamente, las palabras sonaron tan antiguas y familiares como un cuento infantil. Te escuché en el pasillo. El doctor acababa de irse, y fuiste donde mamá y tomaste su cara entre tus dos brazos, y pusiste tu mano sobre su boca, como si fuera ella quien hubiera hablado. Ella gritó y levantó sus manos delgadas y viejas; pero permaneciste tan quieta como la Eternidad. Entonces volví a pensar:

Es ella la que muere; viviré.

Tantas veces y con tanta ansiedad hemos hablado de esa cosa llamada muerte, que ahora que todo ha terminado no puedo entender por qué encontramos en ella una fuente de angustia tan grande. Me desconcierta. A menudo estoy desconcertada aquí. Las cosas y las fantasías de las cosas poseen una relación que todavía me es nueva y extraña. Aquí hay un misterio.

Ahora, en verdad, me parece sencillo decirte cómo me ha ido desde la última vez que tus labios me tocaron y tus brazos me sostuvieron en el aire que se desvanecía.

Oh, labios pálidos y tensos! Te dije que vendría. Alguna vez fallé una promesa?

Vuelve y muéstrame la Muerte dijiste.

He venido a mostrarte la Muerte. Podría mostrarte la vista más hermosa y más dulce que jamás haya bendecido tus ojos. Mira! No es justo? Soy terrible? Te encoges o tiemblas? Te alejarías de mí u ocultarías tu rostro tenso y expectante?

Podría ella hacerlo? Lo hará?

Ah, cómo se ensanchó la habitación! Podría decirte eso. Se hizo grande y luminosa día tras día. Por la noche, las paredes palpitaban; en torno a ellas corrían luces rosadas, y fuego azul, y una tracería como de sombras de hojitas. A medida que las paredes se expandieron, el aire huyó. Pero traté de decirte cuán poco dolor conocía o temía. Tu rostro demacrado se inclinó sobre mí. No podía hablar; cuando quise, luché, y dijiste:

Ella sufre!

Cariño, sufría muy poco!

Escucha hasta que te cuente cómo llegó esa noche. Cayó el sol y se deslizó el rocío. Me pareció que se deslizó en mi corazón, pero aún así no sentí dolor. Donde las paredes latían y retrocedían, las colinas se abrían paso. Donde estaba la vieja cómoda, por encima del cristal, vi una sola montaña con una cara de fuego y cabello púrpura. Traté de decirte esto, pero dijiste:

Desvaría.

Me reí en mi corazón por eso.

Mientras la noche encerraba al sol bajo la cara solemne y vigilante de la montaña, las Puertas del Espacio se alzaron ante mí; las puertas eternas de la Materia giraron sobre sus herrumbrosos goznes, y el Rey de las Glorias salió. Todos los reinos de la tierra, y el poder de ellos, me hicieron señas a través de la niebla: ruinas y rosas, y las frentes de Jurá y el canto del Rin; un rayo de luz roja sobre la sonrisa de la Esfinge, y caravanas en tormentas de arena, y un viento helado en el mar, y oro en minas que ningún hombre conocía, y madres sentadas a sus puertas cantándoles a sus bebés; y mujeres en sótanos húmedos vendiendo almas por pan, y el zumbido de las ruedas en fábricas gigantes, y una sola oración en algún lugar de muerte; y el humo de la batalla, y la música entrecortada, y una sensación de lirios junto a un arroyo a la salida del sol, y, por fin, tu cara, querida, completamente sola.

Entonces descubrí que las paredes y el techo de la habitación se habían desvanecido por completo. Sopló el viento de la noche. El arce del jardín casi me roza la mejilla. Las estrellas me rodeaban y pensé que había dejado de llover, pero me pareció oír gotas en lo alto de una ventana que no pude encontrar.

Sólo una cosa colgaba entre la inmensidad y yo. Tu rostro demacrado. Te miré por última vez a los ojos. Más fuertes que la muerte, sostuvieron y reclamaron mi alma. Débilmente levanté mi mano para encontrar la tuya. Más cruel que la tumba, tu agarre salvaje me encadenó. Entonces luché, y gritaste, y tu rostro resbaló, y quedé libre.

Me paré en el suelo, al lado de la cama. Lo que había sido yo, yacía allí en reposo, pero terrible, ante mí. Escondiste tu rostro, y te vi deslizarte sobre tus rodillas. Puse mi mano sobre tu cabeza; no te moviste; te hablé:

Querida, mira a tu alrededor un minuto! pero te arrodillaste muy quieta.

Caminé de un lado a otro de la habitación y, al encontrarme con mi madre, la toqué en el codo; ella solo dijo:

Se ha ido! y sollozaba en voz alta.

No me he ido! grité; pero ella siguió sollozando.

Las paredes de la habitación se habían asentado ahora, y el techo estaba en su lugar sólido. La ventana estaba cerrada, pero la puerta estaba abierta. De repente me inquieté y corrí.

Te rocé al pasar a toda prisa y golpeé el pequeño soporte de luz donde estaban los vasos. Miré para ver si caería, pero solo se estremeció, como si un soplo de viento lo hubiera golpeado.

Pero yo estaba inquieta, y corrí. En el pasillo me encontré con el Doctor. Esto me divirtió, y me detuve.

Ah, doctor dije, no necesita molestarse en subir. Estoy bastante bien esta noche, sabe?

Pero él no me respondió; no me miró; colgó el sombrero, apoyó la mano en la barandilla en la que yo me apoyaba y subió pesadamente.

No fue hasta que estuvo a punto de llegar al descanso que se me ocurrió, todavía apoyado en la barandilla, que su pesado brazo debía haberme barrido y atravesado contra las molduras de roble que él agarraba.

Vi sus pies caer sobre las escalones encima de mí; pero no emitieron ningún sonido que llegara a mis oídos.

No me molestará ahora con sus grandes botas, señor dije, asintiendo.

Desapareció de mi vista por encima de mí, y no escuché ningún sonido.

El doctor había dejado la puerta principal entreabierta.

Cuando la toqué, se abrió de par en par y solemnemente. Bajé los escalones. Pude ver que hacía frío, pero no sentí frío. La escarcha estaba sobre la hierba, y en el este había una línea pálida, como la mejilla de alguien que había vigilado toda la noche. Las flores de las pequeñas parcelas cuadradas bajaron la cabeza y encogieron los hombros; había un lirio solitario y tardío que arranqué y acerqué a mi corazón, donde lo olí y me miró amablemente a los ojos. Esto, recuerdo, me dio placer.

Entré y salí del jardín bajo la lluvia torrencial; mis pies no dejaron huella sobre la hierba que goteaba, y vi con interés que la ropa que llevaba puesta no acumulaba humedad ni frío. Me quedé un rato meditando en la plaza, en la silla de jardín, sin ganas de entrar. Hacía tantos meses que no me sentía capaz de sentarme en la plaza al aire libre.

Poco a poco pensé, entraría y subiría las escaleras para verte una vez más.

Las cortinas de las ventanas del salón estaban corridas y pasé y volví a pasar, mirando hacia adentro.

Todo esto sucedió mientras este se calentaba, y el aire acumulaba débiles calores y luces a mi alrededor. Recordé, en ese momento, el viejo cenador al pie del jardín, donde, antes de enfermarme, nos sentábamos tanto juntos.

Se sorprenderá al saber que he bajado sola pensé.

Tenía la intención de volver y verte, querida, una vez más. Vi las luces en la habitación donde había estado enfermo, arriba; y tu sombra sobre la cortina; y la bendije con todo el amor de la vida y de la muerte.

El aire estaba cargado de la dulzura de las flores moribundas. Los pájaros despertaron, el cenit se iluminó, y salud estaba en mis extremidades. El viejo cenador me tendió sus suaves brazos, pero yo estaba inquieta y corrí.

El campo se abrió ante mí, y prados con amplios senos, y un río brilló ante mí como una cimitarra, y los bosques entrelazaron sus manos para detenerme, pero estando inquieta, seguí corriendo.

La casa menguaba detrás de mí; y la luz en mi cuarto de enfermo, y tu sombra en la cortina. Pero, sin embargo, estaba inquieta y corrí.

En un abrir y cerrar de ojos caí en un lugar solitario. Había arena y rocas en él, y un viento que caía. Hice una pausa, me arrodillé en la arena y medité un poco en este lugar. Reflexioné sobre ti, sobre la vida y la muerte, sobre el amor y la agonía; pero éstos se habían alejado de mí, tan oscuros y distantes como el viento. Una sensación de solemne expectativa llenó el aire. Un temblor y una angustia envolvieron mi alma.

Debo estar muerta! dije en voz alta.

Apenas hube hablado, supe que no estaba sola.

El sol había salido, y en una saliente de roca antigua, roja y manchada por la intemperie, había caído sobre mí el contorno de una Presencia levantada contra el cielo, y dándome vuelta repentinamente, vi

Es lícito decirlo, pero la expresión se me ha escapado. Es lícito hablar, pero una ley mayor me retiene. Estoy borrada de tus desolados ojos fijos? Labios que mis labios mortales han besado, no podéis estremeceros cuando lloro? Alma que mi alma eterna ha amado, puedes estar envuelta en mi presencia y no brotar como una fuente para mí? No sabrías cómo me ha ido desde que tus ojos perecederos contemplaron mi rostro muerto? Qué vieron mis ojos, u oyeron mis oídos, o concibió mi corazón sin ti? Si te he extrañado o llorado por ti? Si te he mirado o anhelado, marcado tus días solitarios y noches de insomnio, oído el monótono eco de mi nombre sin respuesta? No lo sabrías?

Pobre de mí! Podría ella? No lo haría ella? Mi alma me maltrata con un miedo solitario e inigualable. Soy llamada, y me deslizo de ella. Me llaman y la pierdo.

Su rostro se oscurece y sus manos juntas y solitarias se desvanecen de mi vista.

Es hora de decirle algo! Es hora de susurrar una palabra atesorada! Un momento para decirle que la Muerte es muda, porque la Vida es sorda! Un momento para decirle

Elizabeth Stuart Phelps (1844-1911)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Elizabeth Stuart Phelps.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Elizabeth Stuart Phelps: Desde que morí (Since I Died), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a ***.com


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 Asunto: Rapsodia húngara: Robert Bloch; relato y análi
NotaPublicado: Dom Ago 21, 2022 8:39 am 
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Rapsodia húngara: Robert Bloch; relato y análisis.


Rapsodia húngara: Robert Bloch; relato y análisis.




Rapsodia húngara (Hungarian Rhapsody) es un relato de vampiros del escritor Robert Bloch (1911-1994), publicado originalmente en la edición de junio de 1958 de la revista Fantastic [con el seudónimo Wilson Kane], y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1960: Agradables sueños y pesadillas (Pleasant DreamsNightmares).

Rapsodia húngara, uno de los cuentos de Robert Bloch menos conocidos, relata la historia de Solly Vincent, un mafioso retirado en una casa de campo, quien se entera de que su nueva vecina, una voluptuosa refugiada húngara, es propensa a retorcerse desnuda sobre un lecho de monedas de oro [ver: El cuerpo de la mujer en el Horror]

Cuando ella rechaza fríamente sus avances, Solly decide que la situación requiere acciones drásticas: robo, violación y asesinato. Sin embargo, el gángster descubrirá que el oro sobre el que duerme la mujer es un remanente de su tierra natal; y que ella es un Vampiro. No estoy seguro sobre este punto, pero creo Robert Bloch podría estar sugiriendo que esta condesa húngara es en realidad Elizabeth Bathory.

Aunque Robert Bloch se caracteriza por encontrar nuevos ángulos desde los cuales abordar el tema de los Vampiros, varias de sus historias presentan chupasangres relativamente tradicionales. Rapsodia húngara es evidentemente un relato de vampiros tradicional, pero sus personajes no lo son. Es cierto, Helene Esterhazy parece la típica Vampiresa, exhuberante y seductora, sin embargo, realmente no quiere problemas. De hecho, rechaza el primer avance de Solly, quizás porque es cautelosa y no quiere despertar sospechas sobre su verdadera identidad; sin embargo, cuando el Solly se revela como un criminal, forzando su entrada en la casa [en cierto modo, entrando sin ser invitado], Helene despliega su verdadera naturaleza vampírica:


[Viniste de todos modos, eh? susurró ella. Tenías que venir, es eso? Bueno, aquí estás. Y aquí te quedarás. Te tendré como mascota. Eres grande y gordo. Durarás mucho, mucho tiempo.]


Solly Vincent, en cambio, no es la típica víctima del Vampiro. Es un sujeto cruel, insensible, que está dispuesto a robar, violar y asesinar a una mujer solo porque ella lo rechazó. Si bien las monedas de oro son una tentación, Robert Bloch establace claramente que el dinero no es la motivación principal de Solly. Si Jonathan Harker es el paradigma de la víctima masculina retenida por una Vampiresa, Solly Vincent se encuentra en el otro extremo [ver: La verdad sobre las tres Vampiresas de Drácula]. Su destino no es ingrato.

Rapsodia húngara logra su objetivo a través de la austeridad. Si bien no es una historia profunda, es oportuno recordar que Robert Bloch no estaba interesado en la ficción como herramienta de reflexión, sino en contar historias. Casi siempre cuenta historias interesantes, y casi siempre las cuenta bien. Creo que eso es todo lo que podemos pedirle a un escritor: que no decepcione dentro de sus propios términos.

Ahora bien, debajo de la aparente sencillez de Rapsodia húngara se agitan aguas profundas, como este impulso encarnado en Solly Vincent, estas ansias de violencia que brotan de sus instintos más bajos. Este sujeto pasa de cortejar a su vecina a intentar vejarla y torturarla hasta la muerte por haberlo rechazado [ver: El Machismo en el Horror]. Con un estilo minimalista y una voz directa, Robert Bloch consigue que esta transición psicológica sea eficaz, e incluso nos permite sentir cierta gratificación cuando Helene captura al protagonista para tenerlo como mascota. Ambos [Solly y Helene] actúan de acuerdo a su naturaleza: los dos son asesinos implacables, ambos intentan ocultar esa naturaleza bajo una fachada, y ambos eventualmente terminan liberándola.

Rapsodia húngara de Robert Bloch es un relato de vampiros, no hay dudas de ello, pero el aspecto más interesante de la historia es cómo un relato de vampiros puede convertirse en un salto en picada hacia las motivaciones humanas más oscuras, como la codicia y violencia, terminando en una especie de parábola de castigo. Es cierto, Helene Esterhazy tiene a Solly Vincent atado como un cerdo listo para ser desangrado durante sucesivas noches hasta que su cuerpo ya no lo soporte [suponemos que un Vampiro debe saber cómo conservar una mascota durante un buen tiempo]. Ese es el castigo; pero, es un castigo a la altura del crimen que el mafioso estaba a punto de cometer? No lo sé, y tampoco importa demasiado.

El estilo de Robert Bloch es tan directo y sencillo que el efecto final a menudo se percibe como algo humorístico. Quiero decir, en el curso de la historia el autor nos lleva a visitar los abismos de la decadencia, algún lugar entre lo cotidiano y lo imposible, pero el final es un poco agridulce, inexpresivo. En cualquier caso, uno de los principales placeres de los relatos de Robert Bloch es la facilidad con la que sus argumentos y personajes, aparentemente simplificados, en realidad desafían la caracterización exagerada de la literatura seria.




Rapsodia húngara.
Hungarian Rhapsody, Robert Bloch (1911-1994)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Inmediatamente después del Día del Trabajo, el clima se volvió frío y toda la gente de las cabañas de verano se fue a casa. Cuando comenzó a formarse hielo en Lost Lake, no había nadie más que Solly Vincent.

Vincent era un hombre grande y gordo que había alquilado una casa para todo el año a principios de esa primavera. Llevaba camisetas deportivas llamativas durante todo el verano, y aunque nadie lo vio cazando o pescando, los fines de semana entretenía a muchos invitados de la ciudad en su casa. Lo primero que hizo cuando alquiló la casa fue poner un gran cartel que decía SONOVA BEACH. La gente que iba se lo pasó bomba.

Pero no fue hasta el otoño que empezó a venir al pueblo y darse a conocer. Luego empezó a pasar por Docs Bar una o dos noches a la semana, jugando a las cartas con los clientes habituales en la trastienda.

Incluso entonces, Vincent no se abrió exactamente. Jugaba bien al póquer y fumaba buenos puros, pero nunca decía nada de sí mismo. Una vez, cuando Specs Hennessey le hizo una pregunta directa, dijo que venía de Chicago y que era un hombre de negocios jubilado. Pero nunca mencionó de qué negocio se había retirado.

La única vez que abrió la boca fue para hacer preguntas, y en realidad no lo hizo hasta la noche en que Specs Hennessey sacó la moneda de oro y la dejó sobre la mesa.

Alguna vez han visto algo así antes? le preguntó a la pandilla.

Nadie dijo nada, pero Vincent se acercó y la recogió.

Alemana, no? murmuró. Quién es el tipo de la barba, el káiser?

Hennessey se rió entre dientes.

Cerca dijo. Ese es el viejo Francisco José. Fue jefe del Imperio austrohúngaro. Eso es lo que me dijeron en el banco.

Dónde la conseguiste, en una máquina tragamonedas? preguntó Vincent.

Specs negó con la cabeza.

Vino en una bolsa, junto con unas mil más.

Fue entonces cuando Vincent realmente comenzó a parecer interesado. Recogió la moneda de nuevo y la giró entre sus dedos rechonchos.

Vas a contar lo que pasó? preguntó.

Specs no necesitaba más estímulo.

Algo divertido dijo. Estaba sentado en la oficina el miércoles pasado cuando apareció esta dama y me preguntó si yo era el hombre de bienes raíces y si tenía a la venta alguna propiedad en el lago. Así que dije que sí, la casa de campo de Schultz en Lost Lake, amueblada y todo, aunque con un costo elevado. Estaba listo para darle un discurso real, pero ella dijo que no importaba. Podría mostrársela? Por supuesto, qué tal mañana? Ella dijo: por qué no ahora, esta noche?

Así que le mostré el lugar y ella dijo que lo tomaría, así como así. Debería ver al abogado y preparar los papeles y ella regresaría el lunes por la noche y cerraría el trato. Efectivamente, apareció, cargando una gran bolsa de monedas. Tuve que llamar a Hank Felch desde el banco para averiguar qué eran y si eran buenas. Resulta que sí. Buenas como el oro Specs sonrió. Por eso sé lo de Francisco José.

Tomó la moneda de Vincent y se la guardó en el bolsillo.

De todos modos, parece que vas a tener un nuevo vecino por ahí. La casa de Schultz está a solo media milla más abajo de la tuya. Y si yo fuera tú, iría corriendo y pediría prestada una taza de azúcar.

Vincent parpadeó.

Crees que está cargada de dinero, eh?

Specs negó con la cabeza.

Tal vez sí, tal vez no sonrió de nuevo. Se llama Helene Esterhazy. Helene, con una e al final. Lo vi cuando firmó. Habla como uno de esos refugiados húngaros, imagino que eso es lo que es. Una condesa, tal vez, algún tipo de nobleza. Probablemente de detrás de la Cortina de Hierro y decidió esconderse en algún lugar donde los comunistas no pudieran encontrarla. Por supuesto, solo estoy suponiendo, porque ella no tenía mucho que decir por sí misma.

Vincent asintió.

Cómo estaba vestida? preguntó.

Como un millón de dólares Specs le sonrió. Estás pensando en casarte por dinero, o algo así? Te digo, una mirada a esta dama y te olvidarás de la pasta. Habla algo así como Zsa Zsa Gabor* [*actriz húngara-estadounidense]. Se parece un poco a ella también, solo que tiene el pelo rojo. Vaya, si no fuera un hombre casado, yo...

Cuando dijo que se estaba mudando? interrumpió Vincent.

No lo dijo. Pero calculo que enseguida, en un día más o menos.

Vincent bostezó y se levantó.

Oye, todavía no vas a renunciar, verdad? La partida es joven

Estoy cansado dijo Vincent. Tengo que irme a la cama.

Y se fue a casa, y se acostó, pero no a dormir. No dejaba de pensar en su nueva vecina.

En realidad, Vincent no estaba muy complacido con la idea de tener a alguien como vecina, incluso si resultaba ser una hermosa refugiada pelirroja. Porque Vincent era algo así como un refugiado, y había venido al norte para alejarse de la gente; de todos excepto los pocos amigos especiales que invitaba durante los fines de semana de verano. Esas personas en las que podía confiar, porque eran antiguos socios comerciales. Pero siempre existía la posibilidad de toparse con antiguos rivales, y no quería ver a ninguno de ellos. Jamás. Algunos podrían albergar rencores, y en el negocio anterior de Vincent, un rencor podría generar problemas.

Por eso Vincent no dormía muy bien por las noches y por eso siempre guardaba un pequeño recuerdo de su antiguo negocio justo debajo de la almohada.

La historia de Specs sonaba legítima; la dama probablemente era una refugiada húngara. Aún así, todo el asunto podría ser complicado, una forma de acercarse a Vincent de la que nadie sospecharía. En cualquier caso, decidió que no perdería de vista la vieja cabaña de Schultz. Así que a la mañana siguiente volvió a la ciudad y se compró un par de binoculares, y al día siguiente los usó cuando el camión de mudanzas entró en el camino de la casa de Schultz a media milla de distancia.

La mayoría de las hojas se habían caído de los árboles y Vincent tenía una vista bastante clara desde la ventana de su cocina. El camión era pequeño, y solo estaban el conductor y un ayudante transportando un montón de cajas y cajones. Vincent no vio ningún mueble y eso lo desconcertó hasta que recordó que la cabaña de Schultz se había vendido amueblada. Aún así, se preguntó acerca de las cajas, que parecían ser bastante pesadas. Podrían ser más monedas de oro? No podía decidirse. Siguió esperando a que la mujer llegara, pero ella no apareció, y después de un rato los hombres se subieron a su camión y se fueron.

Vincent observó la mayor parte de la tarde y no pasó nada. Luego se cocinó un bistec y se lo comió, mirando la puesta de sol sobre el lago. Fue entonces cuando notó la luz que brillaba desde la ventana de la cabaña. Debió haberse colado mientras él estaba ocupado en la cocina.

Sacó sus binoculares y los ajustó. Vincent era un hombre grande y tenía un temple poderoso, pero lo que vio casi hizo que los binoculares se le cayeran de los dedos. La cortina estaba levantada en su dormitorio y la mujer estaba acostada en la cama. Estaba desnuda, excepto por una cubierta de monedas de oro.

Vincent se estabilizó y apoyó ambas manos en el alféizar mientras entrecerraba los ojos a través de los binoculares.

No había error al respecto: vio a una mujer desnuda, revolcándose en una cama cubierta de oro. La luz reflejada en las monedas bailaba y deslumbraba a través de su cuerpo desnudo, irradiando un tono rojizo desde su largo cabello castaño. Estaba pálida, con los ojos muy abiertos y voluptuosamente hermosa, y su rostro ovalado con pómulos agudos y labios carnosos parecía transformado en una máscara de éxtasis lascivo mientras acariciaba su desnudez con puñados de oro reluciente.

Entonces Vincent supo que ella no era una farsante. Era una auténtica refugiada, de acuerdo, pero eso no era importante. Lo que era importante era la forma en que la sangre latía en sus sienes, la forma en que su garganta se tensaba hasta que casi se atragantó mientras la miraba toda esa belleza larga y esbelta, y el blanco, el rojo y el dorado.

Entonces se obligó a dejar los binoculares. Se obligó a tirar de la persiana y esperar hasta la mañana siguiente, aunque esa noche no descansó.

Se levantó muy temprano, afeitándose al ras, vistiéndose con el gab cruzado que ocultaba su barriga, usando la loción que le sobraba del verano cuando solía traer a los vagabundos de la ciudad. Y se puso su corbata nueva y su gran sonrisa, y caminó muy rápido hacia la cabaña y llamó a la puerta.

No hubo respuesta.

Llamó a la puerta una docena de veces, pero no pasó nada. Las persianas estaban bajadas y no se oía ningún sonido.

Por supuesto que podría haber forzado la cerradura. Si hubiera pensado que era una farsante, lo habría hecho en un momento, porque llevaba el recuerdo en el bolsillo del abrigo, listo para la acción. Y si hubiera tenido la idea de llegar a las monedas, también habría forzado la cerradura. Ese sería el momento ideal, cuando ella no estaba.

Sólo que a él no le importaba un comino el dinero. Lo que quería era a la mujer. Helene Esterhazy. Nombre con clase. verdadera clase. Una condesa, tal vez. Una pelirroja retorciéndose sobre un lecho de monedas de oro.

Vincent se fue después de un tiempo, pero se pasó todo el día sentado en la ventana y observando. Observando y esperando. Probablemente había ido a la ciudad a abastecerse de suministros. Tal vez también visitó el salón de belleza. Pero ella debería estar de vuelta. Tenía que volver. Y cuando lo hizo

Esta vez la perdió, cerca del crepúsculo, cuando tuvo que ir al baño; pero cuando volvió a su puesto y vio la luz en la sala de estar, no dudó. Hizo la caminata de media milla en unos cinco minutos, resoplando un poco. Luego se obligó a esperar en el umbral un momento antes de llamar. Finalmente, su puño de jamón golpeó y ella abrió la puerta.

Se quedó allí, mirando sobresaltada en la oscuridad, y la luz de la lámpara desde atrás brilló a través de la transparencia de su largo vestido de anfitriona, luego llameó a través del largo cabello rojo que fluía suelto sobre sus hombros.

Sí? murmuró ella.

Vincent tragó dolorosamente. No pudo evitarlo. Parecía una chica de cien por noche; diablos, de mil por noche, un millón. Un millón en monedas de oro, y su cabello rojo como un velo. Eso era todo en lo que podía pensar, y no podía recordar las palabras que había ensayado, la línea que tan cuidadosamente había construido por adelantado.

Mi nombre es Solly Vincent se oyó decir. Soy tu vecino, justo al final del lago. Escuché que te mudaste y pensé que debería, bueno, presentarme.

Bien. Entonces

Ella lo miró fijamente, sin sonreír, sin moverse, y él tuvo la corazonada de que ella sabía exactamente lo que había estado pensando.

Tu nombre es Esterhazy, no? Dime que eres húngara. Bueno, pensé que tal vez no conocías a nadie por aquí.

Estoy bastante satisfecha aquí.

Aun así, ella no sonrió ni se movió. Sólo miraba como una estatua; una estatua fría, dura, malditamente hermosa.

Me alegra escucharlo. Solo quise decir que tal vez te gustaría pasarte por mi casa para charlar. Tengo un poco de ese vino Tokay y un gran tocadiscos, ya sabes, cosas clásicas. Creo que Incluso tengo esa pieza, esa cosa de la Rapsodia Húngara, y

Qué había dicho?

Porque de repente se estaba riendo. Riendo con los labios, con la garganta, con todo el cuerpo, riendo con todo menos con esos ojos verde hielo.

Luego se detuvo y habló, y su voz también era verde hielo.

No, gracias dijo ella. Como decía, estoy bastante satisfecha aquí. Todo lo que pido es que no me molesten.

Bueno, tal vez en otro momento

Permítame repetirlo. No deseo que me molesten. Ahora o en cualquier momento. Buenas noches, señor.

La puerta se cerró.

Ni siquiera recordaba su nombre. La perra engreída ni siquiera recordaba su nombre. A menos que hubiera pretendido olvidarlo a propósito; al igual que le cerró la puerta en la cara, para derribarlo.

Bueno, nadie menospreció a Solly Vincent. Ni en los viejos tiempos, ni ahora tampoco.

Caminó de regreso y, cuando llegó, volvió a ser él mismo. No el idiota que se había acercado a su puerta como un vendedor de cepillos con el sombrero en la mano. Y no el idiota que la había mirado a través de los binoculares como un niño con pantalones cortos. Era Solly Vincent, y no tenía por qué recordar su nombre si no quería. l le mostraría quién era. Y pronto.

En la cama, esa noche, se dio cuenta de todo. Tal vez se había ahorrado mucho dolor al no involucrarse. Incluso si ella era una verdadera diosa, estaba más loca que un pastel de frutas. Extranjera loco, revolcándose en un montón de monedas. Todos estos refugiados estaban locos. Dios sabe lo que podría haber pasado si se hubiera mezclado con ella. No necesitaba una mujer, de todos modos. Un chico siempre podía tener una mujer, sobre todo si tenía dinero.

Dinero. Eso era lo importante. Ella tenía dinero. l lo había visto. Probablemente esas cajas estaban llenas de monedas. No es de extrañar que se escondiera aquí; si los comunistas supieran sobre su botín, estarían justo en el lugar. Así lo calculó él, así lo había calculado Specs Hennessey, el hombre de bienes raíces.

Entonces, por qué no?

Todo el plan se le ocurrió de inmediato. Conseguiría algunos contactos en la ciudad, tal vez Carney y Fromkin, ellos podrían mover cualquier cosa, incluso monedas de oro. El escenario era perfecto. Estaba completamente sola, no había nadie más alrededor en tres millas, y cuando terminara no habría preguntas. Parecería que los comunistas habían aparecido y derribaron el antro. Además, quería ver la expresión de su rostro cuando él entrara.

Podía imaginárselo ahora.

Se lo imaginó todo al día siguiente, cuando llamó a Carney y Fromkin y les dijo que fueran a eso de las nueve.

Tengo un pequeño trato dijo. Se los diré cuando los vea.

Y todavía lo estaba imaginando cuando llegaron. Tal es así que Fromkin y Carney notaron que algo andaba mal.

De qué se trata todo esto? Carney quería saber.

l solo se rió.

Espero que tengas buenos resortes en tu Caddy dijo. Puede que tengas que transportar una gran carga de regreso a la ciudad.

Dime instó Fromkin.

No hagas preguntas. Tengo algo de botín para vender.

Dónde está?

Lo estoy llamando ahora.

Y eso es todo lo que diría.

Les ordenó que se quedaran quietos, que esperaran allí en la casa hasta que él regresara. Podrían servirse bebidas si quisieran. Sólo tardaría media hora más o menos.

Luego salió.

No les dijo a dónde iba, y deliberadamente dio vueltas alrededor de la casa en caso de que se asomaran. Entonces se dirigió a la casa de campo por el camino. La luz brillaba en la ventana del dormitorio y era hora de que el niño errante volviera a casa.

Ahora realmente podía dejarse llevar, imaginándolo todo. La forma en que ella se vería cuando abriera la puerta, la forma en que se vería cuando él agarrara su vestido y se lo arrancara, la forma en que se vería cuando...

Pero se estaba olvidando del dinero.

Al diablo con el dinero. También conseguiría eso, sí, pero lo más importante era lo otro. Le mostraría quién era él. Ella lo sabría, antes de morir.

Vincent sonrió. Su sonrisa se amplió cuando notó que la luz en el dormitorio parpadeaba y expiraba. Iba a dormir ahora. Iba a dormir en su lecho de oro. Mucho mejor. Ahora ni siquiera se molestaría en llamar. Simplemente forzaría la puerta, la forzaría muy silenciosamente y la sorprendería.

Resultó que ni siquiera tuvo que hacer eso, porque la puerta estaba abierta.

Entró de puntillas, muy suavemente. La luz de la luna brillaba a través de la ventana para ayudarlo a encontrar el camino. Sintió otra vez el nudo en la garganta, pero no provenía de la confusión. Sabía exactamente lo que estaba haciendo, exactamente lo que iba a hacer. Se le hizo un nudo en la garganta porque estaba excitado, porque podía imaginarla allí, desnuda sobre el montón de monedas.

Porque él podía verla.

Abrió la puerta del dormitorio. La persiana estaba subida ahora, de modo que la luz de la luna caía sobre la blancura y el rojo y el brillo dorado, y era incluso mejor de lo que había imaginado porque era real.

Entonces los fríos ojos verdes se abrieron y por un momento lo miraron. De repente hubo un cambio. Los ojos eran de color verde llama ahora, y ella estaba sonriendo y extendiendo los brazos. Estaba loca? Tal vez. Tal vez hacer el amor con todo ese dinero la excitaba. No importaba. Lo que importaba eran sus brazos, y su cabello como un velo rojo, y la cálida boca abierta y jadeante. Lo que importaba era saber que el oro estaba aquí y ella estaba aquí y él los iba a tener a ambos, primero a ella y luego al dinero.

Se arrancó la ropa y luego jadeó y se hundió para desgarrarla. Ella se retorció, sus manos resbalaron sobre las monedas y luego sus uñas se hundieron en la tierra debajo.

La suciedad debajo...

Había suciedad en su cama. Podía sentirla. Podía olerla, porque de repente ella estaba encima y detrás de él, presionándolo hacia abajo de modo que su cara estaba rozando la tierra. l tiró, pero ella era muy fuerte, y sus dedos fríos estaban ocupados en sus muñecas, anudando algo con fuerza. Demasiado tarde trató de sentarse. Ella lo golpeó con algo. Algo frío y duro, algo que ella había sacado de su propio bolsillo; mi propia arma, pensó.

Entonces debió haberse desmayado por un minuto, porque cuando volvió en sí pudo sentir la sangre corriendo por un lado de su cara, y la lengua de ella, lamiéndola.

Ahora lo tenía apoyado en un rincón y le había atado las manos y las piernas al poste de la cama. No podía moverse. Lo supo porque lo intentó, Dios, cómo lo intentó. El olor a tierra estaba por todas partes en la habitación. Venía de la cama, y también de ella. Estaba desnuda y le estaba lamiendo la cara. Se estaba riendo.

Viniste de todos modos, eh? susurró ella. Tenías que venir, es eso? Bueno, aquí estás. Y aquí te quedarás. Te tendré como mascota. Eres grande y gordo. Durarás mucho, mucho tiempo.

Vincent trató de apartar la cabeza.

Ella se rió de nuevo.

No es lo que planeaste, verdad? Sé por qué volviste. Por el oro. El oro y la tierra que traje conmigo para dormir, como lo hice en el viejo país. Duermo todo el día, pero por la noche me despierto. Y cuando vuelva a despertar, estarás aquí. Nadie nos encontrará ni nos molestará jamás. Es bueno que seas fuerte. Pasarán muchas noches antes de que termine.

Vincent encontró su voz.

No gruñó. Nunca creí debes estar bromeando, eres una refugiada...

Ella se rió de nuevo.

Sí. Soy una refugiada. Pero no una refugiada política.

Entonces ella retrajo su lengua y Vincent vio sus dientes. Sus largos dientes blancos, moviéndose contra el costado de su cuello a la luz de la luna...

De vuelta en la casa, Carney y Fromkin se prepararon para subir al Cadillac.

l no se presentará, eso es seguro dijo Carney. Vamos a volar antes de que haya algún problema. Lo que sea que haya preparado, el trato salió mal. Lo supe en el momento en que vi su rostro. Tenía una mirada extraña, ya sabes, como si se hubiera vuelto loco.

Sí estuvo de acuerdo Fromkin. Algo anda mal con el viejo Vincent. Me pregunto qué le está picando últimamente.

Robert Bloch (1911-1994)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Robert Bloch.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Robert Bloch: Rapsodia húngara (Hungarian Rhapsody), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a ***.com


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 Asunto: Slime: Joseph Payne Brennan; relato y análisis.
NotaPublicado: Sab Sep 03, 2022 7:15 pm 
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Slime: Joseph Payne Brennan; relato y análisis.




Slime (Slime) es un relato de terror del escritor norteamericano Joseph Payne Brennan (1918-1990), publicado originalmente en la edición de marzo de 1953 de la revista Weird Tales, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1958: Nueve horrores y un sueño (Nine Horrors and a Dream). Finalmente aparecería en El monstruoso libro de los monstruos (The Monster Book Of Monsters);

Slime, uno de los cuentos de Joseph Payne Brennan más reconocidos, presenta una nueva y siniestra forma de vida: una entidad protoplásmica que emerge del océano y comienza a devorar todo a su paso [ver: Black Goo y otras monstruosidades amorfas en la ficción]

Slime es el relato más exitoso de Joseph Payne Brennan, y de él se desprenden buena parte de las películas sobre monstruos amebianos. Slime es un monstruo genuino: una verdadera singularidad. Hemos analizado a muchos monstruos en El Espejo Gótico, y los mejores siempre son los más puros, es decir, aquellos que existen fuera de las limitaciones de nuestras leyes naturales. No nacen, no mueren, no tienen pares, no se reproducen: Frankenstein, Cthulhu, Slime; cada una de estas entidades es aislada, una mónada, única. Y en su singularidad se remontan al origen de la palabra misma, porque un monstruo es un presagio, una señal, algo que se muestra, que se revela [ver: La biología de los Monstruos]

Slime presenta a una entidad amorfa que es la manifestación de un desequilibrio en el orden natural, la revelación de una terrible ruptura en el patrón subyacente de la realidad. En este contexto, esta monstruosidad vomitada desde las profundidades del océano es elegantemente única:


[Se formó cuando la tierra y los mares eran jóvenes; era casi tan antigua como el océano mismo. Se movió a través de una noche que no tuvo comienzo ni disolución. La cuenca del mar donde acechaba había estado a oscuras desde que comenzó el mundo, y ese entorno era solo un poco menos hostil que los estupendos golfos del espacio interplanetario.]


Slime tiene una deuda con los Shoggoths de H.P. Lovecraft, pero mientras aquellos tienen intelecto y bullen con extremidades y ojos efímeros, Slime de Joseph Payne Brennan es mucho más eficaz: no tiene rasgos, ni forma definida, y solo conoce el hambre. Qué son los Shoggoths después de todo? Antiguos esclavos de los Yith que sobreviven a duras penas en los túneles del metro de Nueva York. Slime no tiene de historia, y mucho menos un trasfondo de motivaciones personales. Es hambre elemental [ver: Toda materia es sensible]

Joseph Payne Brennan destruye todos los trucos del libro. No hay una astuta acumulación de indicios antes de que veamos a la criatura. Ya en la primera oración se nos presenta una enorme masa negra de protoplasma que se esconde en el fondo del océano. No tiene forma ni estructura interna, y es capaz de generar y proyectar tentáculos según sea necesario, contrayéndose o expandiéndose según convenga. Su única motivación es el hambre, y no tiene enemigos naturales. Cualquier cosa a la que pueda acercarse, ya sea un gran tiburón o un Kraken, es absorbido y digerido rápidamente. Además, puede moverse a una velocidad aterradora [ver: Tentáculos por default]

Slime nunca descansa ni duerme, solo merodea por el fondo del mar, matando y comiendo. Nada de lo que debamos preocuparnos... hasta que una erupción volcánica submarina provocó un enorme tsunami que arrojó al limo protoplásmico a la tierra, afortunadamente, en un pantano, donde se atiborra de serpientes, ranas y ratas. No muy lejos del pantano se encuentra la ciudad de Clinton Corners. Allí, un vagabundo llamado Henry Hossing encuentra un billete de diez dólares. Con esta riqueza sin precedentes, come, compra un litro de alcohol y se dirige al Pantano de Wharton para encender un fuego y disfrutar de una alegre borrachera. Henry será la primera víctima humana [ver: El Pantano Arquetípico en el Horror]

Una a una, la gente comienza a desaparecer. El limo es realmente aterrador. Parece solo otro charco negruzco en el pantano hasta que se levanta y te devora. Puede moverse a una velocidad extraordinaria y las balas, por supuesto, no tienen ningún efecto sobre él. Poco a poco, un número cada vez mayor de personas llega a un final espeluznante. Como era de esperar, la incredulidad inicial se evapora a medida que más y más personas desaparecen y los avistamientos de Slime se acumulan [La desaparición de Sarey, la vaca del Viejo Gowse, es un lindo detalle]. El jefe Underbeck demuestra que no es el estereotipado rústico. Llama a la policía estatal y al ejército. Al caer la noche, trescientos soldados, policías y voluntarios salen a registrar el pantano, armados con todo lo que pueden llevar.

Ni las armas ni los hombres significan nada para Slime; sin embargo, esos odiosos humanos tienen algo que le incomoda: luz. En efecto, Slime ha existido en las profundidades del mar durante millones de años ignorando la existencia del sol. Durante el día, se acurruca en cualquier pozo oscuro que encuentre y espera la llegada de la noche. Pero ahora los humanos son capaces de arrojarle haces de luz, generándole algo que nunca antes había sentido: miedo.

Durante la última noche de patrullaje, el jefe Underbeck coloca guardias a lo largo de la playa. Esto corta la retirada de Slime hacia el mar. La criatura queda atrapada en un alambre de púas, lo que le da tiempo a un soldado con un lanzallamas para asarla.

La biología de Slime es tan interesante como su psicología. Es una masa voraz y consciente que existe desde tiempos inmemoriales deslizándose por el lecho marino, sin luz, sin depredadores; sin embargo, demuestra ser capaz de adaptarse rápidamente a su nuevo entorno terrestre, lo cual imbuye a esta pegajosa entidad de Joseph Payne Brennan con una astuta sensibilidad depredadora [ver: Vermifobia: gusanos y otros anélidos freudianos en la ficción]




Slime.
Slime, Joseph Payne Brennan (1918-1990)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Era un gran manto de horror que se movía sobre el fondo del mar. Se deslizó a través del suave lodo como un monstruoso manto de baba obscenamente animada con una vida inquisitiva. Era a su vez viscoso y sólido. Aunque no poseía ojos, tenía un sentido del tacto maravillosamente desarrollado, y poseía una sensibilidad a las vibraciones casi similar a la telepatía. Era de plástico, esencialmente sin forma. Podía lanzar largos tentáculos hasta que se asemejaba a un calamar de pesadilla o una enorme estrella de mar; podía retraerse en un aplanado disco redondo, o apretarse en una forma encorvada e irregular para que pareciera una roca negra hundida en el fondo del mar.

Había rondado las aguas negras sin cesar. Se había formado cuando la tierra y los mares eran jóvenes; era casi tan viejo como el mismo océano. Se movía a través de una noche que no tenía comienzo ni disolución. La cuenca del mar donde acechaba había estado a oscuras desde el comienzo del mundo, un entorno solo un poco menos hostil que los estupendos golfos del espacio interplanetario.

Lo animaba un único impulso, incesante, nunca satisfecho: un hambre voraz, insaciable. Podría sobrevivir durante meses sin comida, pero minutos después de comer estaba tan hambriento como siempre. Su apetito era espantoso e incalculable.

En el suelo helado del mar, negro como la tinta, la batalla por la supervivencia fue salvaje, espantosa y, por lo general, breve. Pero para el limo no hubo batalla. Comía todo lo que se cruzaba en su camino; independientemente de su tamaño, forma o disposición. Absorbió plancton microscópico y calamares gigantes con igual seguridad. Si su superficie hubiera sido menos fluida, podría haber conservado las cicatrices circulares dejadas por los retoños del calamar de aguas profundas que trilla salvajemente, o las marcas de dientes irregulares del anacrónico frillshark, pero tal como estaba, ninguno de los dos dejó evidencia de su absorción. Cuando la cortina de cieno viviente que se levantaba se balanceó fuera del lodo y se cerró sobre ellos, sus más feroces estertores de muerte quedaron en nada.

El horror no conoció el miedo. No había nada que temer. Comía todo lo que se movía, o intentaba no moverse, y nunca se había encontrado con nada que pudiese comérselo. Si la ventosa de un calamar, o el diente de un tiburón, desgarraba la masa de su viscosidad, la grieta fluía sobre sí misma y se cerraba de inmediato. Si se separaba un segmento, podía recuperarse y absorberse de nuevo en el todo.

El manto negro reinaba en su salvaje mundo de limo y silencio. Tanteaba con avidez y sin cesar a través del barro, comiendo y nunca durmiendo, nunca descansando. Si se quedó quieto, fue solo para atrapar comida que de otro modo podría perderse. Si se precipitaba a una velocidad aterradora por el fondo fangoso, nunca era para escapar de un enemigo, sino para arrojar su espantosa fluidez sobre su única e inevitable presa.

Había evolucionado a partir de la suciedad y el limo del fondo marino primitivo, y era tan extraño para la vida terrestre ordinaria como los extraños habitantes de algún planeta salvaje en una galaxia distante. Fue un experimento anacrónico comparado con el cual el tigre dientes de sable, el mamut lanudo e incluso el Tyrannosaurus, el rey asesino y acuchillante de los grandes reptiles terrestres, eran entidades débiles y dóciles.

Si no hubiera sido por una gran agitación volcánica en el fondo de la cuenca del océano, lo más probable es que el horror negro hubiera arrastrado toda su existencia en el silencioso lodo del mar sin manifestar sus horribles poderes a la humanidad.

El destino, en forma de una violenta explosión subterránea, que cubrió grandes áreas del fondo del océano, lo arrojó fuera de su mundo de limo negro y lo envió girando hacia la superficie.

Si hubiera sido un pez ordinario de aguas profundas, nunca habría sobrevivido a la experiencia. La explosión en sí, o la drástica disminución de la presión del agua al salir disparada hacia la superficie, lo habrían destruido. Pero no era un pez ordinario. Su viscosidad, o plasticidad, o lo que fuera que constituía su estructura esencialmente ameica, le permitió sobrevivir.

Llegó a la superficie ligeramente aturdido y se dejó caer sobre las aguas embravecidas como una gran masa de grasa negra. Inmensas olas levantadas por la explosión subterránea lo arrastraron rápidamente hacia la orilla, y como estaba algo aturdido, no trató de resistir las rugientes montañas de agua.

Junto con la ceniza esparcida, la piedra pómez y los cuerpos hinchados de peces muertos, el horror negro fue arrojado hacia una playa. Las enormes olas lo arrastraron más de una milla tierra adentro, mucho más allá de la franja de arena de la costa, y lo depositaron en medio de una profunda y salobre zona pantanosa.

Por suerte, la explosión submarina y el maremoto subsiguiente tuvieron lugar durante la noche y, por lo tanto, el horror del limo no fue sometido de inmediato a una nueva y odiosa experiencia: la luz. Aunque la oscuridad de la medianoche del pantano no se comparaba con la negrura estigia del fondo del mar, donde ni siquiera los rayos violetas del espectro podían penetrar, era profunda e intensa.

Mientras las aguas retrocedían, abriéndose paso a través de la jungla espinosa y volviendo al mar, el horror negro se aferró a un banco de lodo rodeado por una espesa vegetación de espadañas. Fue consciente del cambio repentino y sorprendente en su entorno y durante algún tiempo permaneció inmóvil, concentrando su atención en el oscuro reajuste interno que exigía la ausencia de presión aplastante y un manto circundante de agua de mar gélida. Su adaptabilidad era increíble y horrible. Logró en unas pocas horas lo que una criatura ordinaria podría haber logrado solo a través de un proceso de evolución gradual. Tres horas después de que la ola titánica lo arrojara al banco de lodo, había sufrido rápidos cambios orgánicos que lo dejaron relativamente cómodo en su nuevo entorno. De hecho, se sintió más ligero y móvil que nunca antes en su existencia en la cuenca marina.

Mientras lanzaba antenas y se sintonizaba con las vibraciones y emanaciones más diminutas de la zona pantanosa, su hambre prístina se reafirmó con una urgencia abrumadora. Y el relato que su aparato sensorial le daba a ese algo que le servía de cerebro, lo excitó tremendamente. De inmediato sintió que el pantano estaba lleno de deliciosos bocados, comida de mayor variedad de la que jamás había encontrado en el frío suelo del mar.

Su hambre salvaje e incesante parecía insoportable. Su masa viscosa fue barrida por una ola estremecedora de anticipación.

Deslizándose del banco de lodo, fluyó hacia un área adyacente que consistía en profundos estanques negros. Los tallos de algas sobresalían del agua y los troncos podridos de los árboles caídos flotaban medio sumergidos en los charcos más grandes. Voraz, se deslizó hacia el área pantanosa, sacudiendo sus tentáculos. En cuestión de minutos había atrapado varias ranas gordas y varios peces pequeños. Estos, sin embargo, simplemente estimularon su apetito. Su hambre se convirtió en una especie de furia extática. Comenzó una cacería sistemática, sumergiéndose en el fondo de cada estanque y explorando rápida pero cuidadosamente cada centímetro de su fondo fangoso. La primera criatura que encontró fue una rata almizclera. El aterrorizado roedor nunca tuvo una oportunidad. Una inmensa cortina de baba adhesiva surgió repentinamente de la oscuridad, se cerró sobre él y lo apretó.

Animado y estimulado por su hallazgo, el limo revolvió los repugnantes estanques con celo renovado. Cuando salió a la superficie, sondeó cuidadosamente las matas en busca de algo que pudiera haberse escapado en el agua. Una vez atrapó a un pájaro pequeño que anidaba en la hierba del pantano. De vez en cuando se deslizaba por los troncos de los árboles caídos, derribándolos con su indescriptible masa viscosa, y quedaba brevemente suspendido como una gran cortina goteante de lodo negro.

Se estaba acercando a un área algo menos pantanosa y más boscosa cuando gradualmente se dio cuenta de un cambio sutil en su nuevo entorno. Se detuvo, vacilando, y permaneció medio dentro y medio fuera de un pequeño estanque cerca del borde de los árboles más cercanos. Aunque había absorbido veinticinco o treinta libras de comida en forma de ranas, peces, serpientes de agua, la rata almizclera y algunas criaturas más pequeñas, su hambre no lo había abandonado. Su monstruoso apetito lo impulsaba y, sin embargo, algo lo mantenía anclado en el estanque.

Lo que sintió, pero no pudo ver literalmente, fue el sol naciente esparciendo una luz gris sobre el pantano. No había conocido nada parecido, salvo los grotescos apéndices fosforescentes de varios peces de aguas profundas. La luz natural le era totalmente desconocida.

A medida que la luz del amanecer se fortalecía, atravesando las nubes de tormenta que se dispersaban, el monstruo de baba negra recién salido del fondo oscuro del mar sintió que algo completamente desconocido y probablemente hostil lo estaba inundando. La luz le era odiosa. Lanzó tentáculos rápidos, con la esperanza de atrapar la luz y aplastarla, y si era posible, comérsela. Pero cuanto más frenéticos se volvían sus esfuerzos, más intenso se volvía el odioso algo que lo rodeaba.

Finalmente, cuando el sol se elevó visiblemente por encima de los árboles, el horror, con rabia desconcertada más que con miedo, se deslizó de mala gana de nuevo en el estanque y se metió en el lodo blando en su fondo. Allí permaneció mientras brillaba el sol y las pequeñas criaturas del pantano se aventuraban en furtivas diligencias.

A unas pocas millas del Pantano de Wharton, en el pequeño pueblo de Clinton Center, Henry Hossing salió adormilado de una choza improvisada en el callejón que le había brindado cierto refugio para pasar la noche, y salió a la calle. Se pasó una mano por los ojos legañosos, se rascó la barba incipiente y parpadeó con apatía ante el sol naciente. No había dormido bien; la tormenta de la noche anterior lo había mantenido despierto. Además, se había ido a la cama con hambre, y eso nunca le sentaba bien.

Mirando furtivamente a lo largo de la calle, caminó encorvado hacia adelante, con la cabeza inclinada hacia abajo, y la mayor parte del tiempo sus ojos se fijaron en la acera o en la cuneta con la esperanza de encontrar una moneda. El Centro Clinton no había sido amable con él. Las limosnas eran escasas y el día anterior uno de los policías locales le había advertido que se fuera de la ciudad.

Refunfuñando consigo mismo, llegó al final de la calle y empezó a cruzar. De repente, se agachó rápidamente y recogió algo del borde de la acera. Era un billete y, mientras lo desdoblaba frenéticamente, una mirada de éxtasis estupefacto se extendió por su rostro erizado. Diez dólares! Más dinero del que había poseído en meses!

Guardándolo cuidadosamente en el único bolsillo bueno de su sórdida chaqueta gris, cruzó la calle con paso rápido. En lugar de barrer las aceras, ahora sus ojos se movían a lo largo de las hileras de tiendas y restaurantes. Se detuvo en un local, vaciló y finalmente siguió hasta que encontró otro menos pretencioso a unas cuadras de distancia. Cuando se sentó, el camarero negó con la cabeza.

Lárgate, amigo. Hoy no hay café gratis.

Con una amplia sonrisa, el hombre sacó su billete de diez dólares y lo extendió sobre el mostrador.

Eso cubre un buen desayuno aquí, socio?

El camarero parecía irritado.

Qué vas a tomar? miró el billete con desconfianza.

Henry Hossing pidió zumo de naranja, tostadas, huevos con jamón, avena y café. Se lo comió todo, pidió tres tazas más de café, pagó la cuenta como si los desayunos de diez dólares fueran habituales para él y luego volvió a la calle.

Poco después del mediodía, después de su almuerzo de tres dólares, vio la tienda de licores. Durante unos minutos se quedó de pie frente a ella, manoseando su billete de cinco dólares. Finalmente cruzó con una sonrisa abstraída, entró y compró una botella. Vaciló en la acera, debatiendo si debía o no regresar a la pequeña choza en el callejón lateral. Después de uno o dos minutos de indecisión, resolvió no hacerlo y, en su lugar, fue hacia el Pantano de Wharton. Era mucho menos probable que la policía local lo molestara allí, y dado que el cielo se estaba despejando y el clima era templado, había poca necesidad inmediata de refugio.

Saliendo de la carretera que bordeaba el pantano a varias millas de la ciudad, cruzó un prado pantanoso, se abrió paso a través de una franja de maleza y se sentó bajo un árbol que bordeaba una zona boscosa. A última hora de la tarde había alcanzado un brillo bastante alegre y tenía pocas ganas de volver al Centro Clinton. Despertándose de su ensoñación, se tambaleó al reunir leña para un pequeño fuego y volvió a su asiento selvático bajo el árbol.

Durmió brevemente mientras caía el crepúsculo, finalmente se movió de nuevo para encender un fuego mientras sombras más profundas caían sobre el pantano. Luego volvió a su botella que disminuía rápidamente. Estaba suspendido en una cálida red de fantasía cuando algo rompió abruptamente el hechizo y lo devolvió a la tierra.

Las llamas parpadeantes de su fuego se habían reducido hasta que ahora solo un resplandor tenue y espeluznante iluminaba el área inmediata debajo del árbol. No vio nada y, por el momento, no oyó nada, sin embargo, se sintió invadido por una repentina y profunda sensación de amenaza.

Se puso de pie, tambaleándose, y miró temeroso hacia las sombras. En la profunda oscuridad, más allá del arco menguante de la luz del fuego, no pudo distinguir nada que tuviera forma o color perceptibles.

Entonces detectó el hedor y de repente se estremeció. A pesar del olor a whisky barato que lo envolvía, el hedor era insoportable. Era pesado y hediondo, extraño y totalmente repelente. Era vagamente parecido a un pez, pero por lo demás estaba más allá de cualquier comparación conocida.

Mientras estaba temblando bajo el árbol, Henry Hossing pensó en algo muerto que había yacido durante mucho tiempo en el fondo del mar.

Lleno de creciente alarma, miró a su alrededor en busca de leña que pudiera añadir al fuego moribundo. Sin embargo, todo lo que pudo encontrar cerca fueron algunas ramitas. Las arrojó y las llamas las lamieron brevemente y se calmaron. Escuchó, o imaginó que escuchó, una especie de sonido extraño que se deslizaba entre los arbustos cercanos. Pareció retroceder un poco cuando las llamas se dispararon.

El terror se apoderó de él. Sabía que no estaba en condiciones de huir, y llegó a la horrible conclusión de que cualquier amenaza indescriptible que acechara en la oscuridad circundante se mantenía temporalmente a raya solo por el brillo decreciente de su pequeño fuego. Frenéticamente miró a su alrededor en busca de más leña, pero no encontró nada. Nada, es decir, dentro del débil resplandor del fuego. No se atrevía a aventurarse más allá.

Empezó a temblar incontrolablemente. Intentó gritar pero ningún sonido salió de su garganta apretada. El hedor espantoso se hizo más fuerte, y ahora estaba seguro de que podía escuchar un extraño sonido de deslizamiento en las sombras más allá de la chispa restante del fuego. Se quedó congelado en un pánico absoluto e impotente mientras el pequeño fuego ardía lentamente en la oscuridad.

En el último instante, un trozo de madera carbonizada se partió, lanzando algunas chispas, y en ese parpadeo de luz final vislumbró el horror.

Ya se había deslizado fuera de los arbustos y ahora se precipitaba a través del pequeño claro con una velocidad de pesadilla. Era la encarnación final de todos los miedos, aprensiones y pesadillas que Henry Hossing había conocido en su vida. Era un demonio del abismo del infierno que finalmente vino a reclamarlo.

Un grito terrible y resonante brotó de su garganta, pero fue sofocado antes de que terminara cuando la forma negra de limo se aferró a él con una fuerza irresistible.


Giles Gowse se levantó de la cama después de ocho horas de sacudidas irregulares y pesadillas intermitentes. Malhumorado, preparó café en la cocina de su ruinosa casa de campo en el borde del Pantano de Wharton. Durante la mitad de la noche, al parecer, el hedor del agua de mar viciada había penetrado en la casa. Su sueño había estado lleno de presentimientos, lleno de sombras y presagios malignos.

Murmurando para sí mismo, terminó el desayuno, tomó un balde de la despensa y se dirigió al establo donde guardaba su única vaca. A medida que se acercaba al granero, el extraño olor desagradable que lo había acosado durante la noche asaltó nuevamente sus fosas nasales.

El Pantano de Wharton! Eso es lo que es! se lo dijo a sí mismo, y agitó el puño.

Cuando entró en el granero, el hedor era más fuerte. Con el ceño fruncido, se dirigió hacia el establo desvencijado donde tenía a la vaca, Sarey. Luego se paró como piedra y miró fijamente. Sarey se había ido. El establo estaba vacío.

Volvió a entrar en el corral.

Sarey! llamó.

Corriendo de regreso al granero, inspeccionó el establo. El rancio escozor del mar era fuerte aquí y ahora notó una especie de brillo en el suelo. Inclinándose vio que era una capa resbaladiza de baba, como si una criatura indescriptible cubierta de cieno hubiera entrado y salido del establo. Este descubrimiento, junto con la extraña desaparición de Sarey, fue demasiado para sus nervios. Con un grito salvaje salió corriendo del granero y se dirigió al Clinton Center, a dos millas de distancia.

Su recepción en la ciudad lo enfureció. Cuando trató de contarle a la gente sobre la desaparición de Sarey, sobre el hedor y el lodo en su granero, se rieron de él. Los más descorteses. La mayoría de los demás escucharon pacientemente, luego guiñaron y se tocaron la cabeza de manera significativa cuando estaba fuera de la vista.

Un hombre, el farmacéutico, Jim Jelinson, parecía levemente interesado. Dijo que mientras conducía por su patio trasero desde el garaje a última hora de la tarde anterior, había oído un grito aterrador en algún lugar de la oscuridad lejana. Podría haber venido de la dirección del Pantano de Wharton. Pero no se había repetido y finalmente lo había descartado de su mente.

Cuando el Viejo Gowse partió hacia su casa a última hora de la tarde, estaba lleno de una amargura hosca y resentida. Pensaron que estaba loco, eh? Bueno, Sarey se había ido; no podían explicar eso, o sí? Explicaron el olor diciendo que era pescado muerto arrojado por la gran ola que se había arrastrado al pantano durante la tormenta. Bien, quizás. Y la baba en el suelo de su granero decían que eran caracoles! Caracoles! Como si cualquier caracol que hubiera visto pudiera causar tanta baba.

Cuando se acercaba a casa, se encontró con Rupert Barnaby, su vecino más cercano. Rupert llevaba un rifle y lo acompañaba Jibbe, su sabueso. Aunque había habido un elemento de mala sangre entre los dos vecinos solteros durante algún tiempo, el Viejo Gowse, para sorpresa de Barnaby, asintió y se detuvo.

Vas a cazar por la noche, vecino?

Barnaby asintió.

Pensé que Jibbe podría buscar un mapache. Habrá luna más tarde, probablemente.

Mi vaca se ha ido dijo el viejo Gowse abruptamente. Si llegaras a verla... hizo una pausa. Pero no creo que lo hagas...

Barnaby, desconcertado, lo miró fijamente.

A qué te refieres?

Gowse repitió lo que había estado diciendo todo el día en el Clinton Center. Sacudió la cabeza cuando terminó y agregó:

No iría a cazar a ese pantano esta noche ni por diez mil dólares!

Rupert Barnaby echó la cabeza hacia atrás y se rió. Era un hombre grande, musculoso, ingenioso y sensato, poco dado a los más leves vuelos de la imaginación.

Vaya se rió, no sirve de nada que me cuentes esas historias de fantasmas. Tu vaca se soltó y se alejó. Ni siquiera he visto un gato montés en ese pantano durante más de un año!

El Viejo Gowse apretó los labios en una línea sombría.

Tal vez dijo mientras se alejaba veas cosas peores que un gato montés en ese pantano esta noche.

Sacudiendo la cabeza, Barnaby salió tras su impaciente sabueso. El viejo Gowse se estaba poniendo muy raro. Uno de estos días probablemente tendrían que encerrarlo.

Jibbe corrió adelante, olfateando, saltando de un lado a otro. A medida que se acercaba el crepúsculo, Barnaby se salió de la carretera principal y tomó un camino sinuoso que conducía directamente al Pantano de Wharton. Le encantaba la caza. Prefería caminar entre la maleza que sentarse en casa en un sillón. E incluso si la incursión de una noche no arrojaba nada, no le importaba particularmente. En realidad, se las arreglaba bastante bien; al menos la mitad de su suministro de carne consistía en conejos, mapaches y ciervos ocasionales que cazaba en el Pantano de Wharton.

Cuando la luna comenzó a salir, estaba en lo profundo del pantano. En dos ocasiones, Jibbe salió tras los conejos, pero las dos veces regresó rápidamente, con aspecto algo avergonzado. Algo acerca de sus acciones comenzó a desconcertar a Barnaby. El perro parecía reacio a seguir adelante. Una vez, Barnaby tropezó con él y casi se cayó de cabeza.

El cazador se detuvo, frunciendo el ceño, y miró a su alrededor. El pantano no parecía diferente de lo habitual. Es cierto, un hedor bastante desagradable se cernía sobre él, pero eso era simplemente el resultado de las grandes olas que habían salpicado tierra adentro durante la reciente tormenta. Probablemente una acumulación de algas y los cuerpos en descomposición de algunos peces muertos yacían pudriéndose en los estanques del pantano.

Barnaby le habló bruscamente al perro.

Qué te pasa? Vamos! Si me haces tropezar de nuevo te patearé!

El perro se adelantó a cierta distancia, pero con desgano. Olfateó las matas de hierba de manera superficial y parecía haber perdido interés en la caza. Barnaby se exasperó. Incluso cuando descubrieron la huella reciente de un mapache en el lodo blando cerca de un pequeño estanque, Jibbe manifestó solo un ligero interés.

Sin embargo, siguió corriendo un poco más y Barnaby comenzó a esperar que recuperara su entusiasmo habitual. Se equivocó. Cuando se acercaron a una zona boscosa, enrejada con cuernos de árboles y cubierta por una tupida espadaña, el perro de repente se agazapó en las sombras y se negó a moverse. Barnaby estaba seguro de que el mapache se había refugiado en los matorrales cercanos. La conducta inaudita del perro lo enfureció.

Después de una serie de golpes fuertes, Jibbe se levantó y se alejó, el pelo de su cuello se erizó como la melena de un león. Maldiciéndose a sí mismo, Barnaby se adentró en los oscuros matorrales tras él. Estaba bastante oscuro bajo los árboles, a pesar de la luz de la luna, y se movió con cautela para evitar meterse en un estanque. De repente, con un grito frenético de terror, Jibbe literalmente se lanzó entre sus piernas y salió disparado de la espesura. Siguió corriendo, aullando extrañamente a medida que avanzaba.

Por primera vez esa noche, Barnaby experimentó un escalofrío de miedo. En toda su experiencia previa, Jibbe nunca se había vuelto loco. En una ocasión incluso se lanzó tras un oso negro de tamaño considerable.

Frunciendo el ceño en la profunda oscuridad, Barnaby no pudo ver nada. No había ojos siniestros mirándolo.

Mientras sus propios ojos intentaban penetrar la negrura circundante, recordó la advertencia del Viejo Gowse con una mueca amarga. Si el viejo tonto veía a Jibbe saliendo del pantano, Barnaby nunca se enteraría del final. La idea de esto lo enfureció. Siguió adelante con un sentimiento de furia por lo que fuera que había aterrorizado al perro. Un buen tiro de rifle resolvería el misterio.

De repente se detuvo y escuchó. Desde la oscuridad, adelante, detectó un sonido extraño. Era una especie de sonido de deslizamiento, como si una gran masa estuviera siendo arrastrada por las espadañas. Vaciló, incapaz de ver nada, resistiendo valientemente un impulso idiota de huir. La oscuridad y el hedor viscoso de las charcas estancadas parecían estar asfixiándolo.

Su corazón comenzó a latir con fuerza cuando el ruido de deslizamiento se acercó. Su instinto le decía que se diera la vuelta y echara a correr, pero una especie de terquedad desesperada lo mantuvo clavado en el sitio. El sonido se hizo más fuerte y de repente estuvo seguro de que algo mortal y formidable se precipitaba hacia él a través de los matorrales a una velocidad acelerada.

Apuntó en la dirección del sonido. Con el breve destello del rifle, vio algo negro, enorme y reluciente, como una gran masa ondeante que se abría paso entre los últimos matorrales. Parecía estar rodando hacia él, y se movía con una rapidez de pesadilla.

Quería gritar y correr, pero incluso cuando el horror se abalanzó sobre él, entendió que huir en este punto sería inútil. Aunque la sangre parecía haberse coagulado en sus venas, sostuvo el rifle y siguió disparando. Los disparos no tuvieron más efecto que piedras lanzadas desde una honda. En el último instante trató de escapar, pero la cosa monstruosa se abalanzó sobre él, y apretó, y su intento de gritar se convirtió en un pequeño gorgoteo en su garganta.

El Viejo Gowse se levantó temprano, después de otra noche incómoda, y salió a inspeccionar el área del corral. Nada más parecía estar mal, pero todavía no había señales de Sarey. Y ese olor detestable se elevaba desde la dirección del Pantano de Wharton cuando el viento era propicio. Después del desayuno, se dirigió a casa de Rupert Barnaby, a más o menos un kilómetro y medio de distancia. No estaba seguro de lo que esperaba encontrar.

Cuando llegó a la pequeña pero ordenada casa de madera de Bamaby, todo estaba silencioso. Muy silencioso. Por lo general, Barnaby se levantaba poco después del amanecer. En un impulso repentino, Gowse caminó por el sendero y llamó a la puerta principal. Esperó y no hubo respuesta. Volvió a llamar y, tras otra pausa, salió del porche.

Jibbe, el sabueso de Barnaby, se escabulló por un costado de la casa. Por lo general, saltaba y ladraba. Pero esta vez se quedó inmóvil o casi, estaba temblando y miró a Gowse. El perro tenía un aire acobardado y culpable que le era completamente extraño.

Dónde está Rup? Gowse lo llamó: Ve a buscar a Rup!

En lugar de ponerse en marcha, el perro echó la cabeza hacia atrás y emitió un aullido espeluznante y prolongado. Gowse se estremeció. Con una mirada hacia la casa silenciosa, comenzó a bajar por el camino.

Ahora tal vez lo escucharían, pensó sombríamente. El día anterior se habían reído de la desaparición de Sarey. Tal vez no se reirían tan fácilmente cuando les dijera que Rupert Barnaby había ido al Pantano de Wharton con su perro, y que el perro había regresado solo.

Cuando el jefe de policía, Miles Underbeck, vio al viejo Gowse entrar en el departamento general del Centro Clinton, se echó hacia atrás y suspiró profundamente. Estaba ocupado esa mañana y, sin duda, el Viejo Gowse vendría a preguntar por esa vaca infernal suya que se había ido. Sin embargo, el viejo excéntrico tenía un informe nuevo y sorprendente. Afirmó que Rupert Barnaby no estaba. Se había metido en el pantano la noche anterior, insistió Gowse, y no había regresado.

Cuando el jefe Underbeck lo interrogó detenidamente, Gowse admitió que no estaba seguro de que Barnaby no hubiera regresado. Apenas era posible que hubiera regresado a casa muy temprano en la mañana y luego se hubiera ido antes de que llegara Gowse.

Pero Gowse fijó sus ojos centelleantes en el Jefe y sacudió la cabeza.

l nunca salió, te lo aseguro! Ese perro suyo lo sabe! Aulló, lo hizo, como un perro aúlla por los muertos! Lo que sea que viniera se llevó a Sarey, y atrapó a Barnaby en el pantano anoche!

El jefe Underbeck no era un hombre excitable. El estallido de melodrama de Gowse lo irritó y no lo dejó impresionado. Un tanto bruscamente, prometió investigar el asunto si Barnaby no se presentaba por la noche. Barnaby, señaló, conocía el pantano mejor que nadie en el condado. Y era perfectamente capaz de cuidar de sí mismo. Probablemente, sugirió, había enviado al perro a casa y se había ido a otra parte después de terminar su cacería la noche anterior. Lo más probable era que estuviera de vuelta a la hora de la cena.

El Viejo Gowse sacudió la cabeza con una especie de escepticismo fatalista. Dando fe de que los acontecimientos pronto demostrarían que sus temores estaban bien fundados, salió de la estación arrastrando los pies, malhumorado. Pasó el día y no había ni rastro de Rupert Barnaby. A las seis entró en el Crown, el hotel de Clinton Center, y se registró para una habitación. A las siete en punto, el jefe Underbeck envió un coche patrulla a la casa de Barnaby.

Esperó con impaciencia su regreso, tamborileando en el escritorio, barajando desinteresadamente un montón de informes que se habían acumulado durante el día. El coche patrulla volvió poco antes de las ocho. El sargento Grimes hizo su informe.

No hay nadie allí, señor. El lugar está bien cerrado. Registramos los terrenos. Todo lo que vimos fue el perro de Barnaby. Aulló y salió corriendo como si el diablo lo estuviera siguiendo.

El jefe Underbeck estaba preocupado. Si faltaba Barnaby, se debía iniciar una búsqueda de inmediato. Pero ya estaba oscureciendo, y partes del Pantano de Wharton eran casi intransitables incluso durante el día. Además, no había ninguna prueba de que Barnaby no hubiera ido de visita, tal vez a la cercana Stantonville, por ejemplo, para visitar a un compinche y pasar la noche.

A las nueve había decidido posponer cualquier acción hasta la mañana. Una búsqueda ahora probablemente sería inútil en cualquier caso. El pantano ofrecía demasiados obstáculos. Si Barnaby no aparecía por la mañana y no había informes de que lo hubieran visto en otro lugar, se podría iniciar una búsqueda sistemática en el área del pantano.

No mucho después de haber llegado a esta decisión, y mientras se preparaba con algo de cansancio para dejar el Cuartel General y volver a casa, se produjo una nueva y verdaderamente alarmante interrupción. Poco antes de las nueve y media, un automóvil frenó frente a la Sede. Un anciano entró apresuradamente, sosteniendo del brazo a una jovencita histérica que sollozaba. Tenía la falda y las medias rotas y tenía varios rasguños en la cara. Después de ayudarla a sentarse, el hombre se volvió hacia el jefe Underbeck y los demás oficiales que se habían reunido alrededor.

La recogí en la carretera cerca del Pantano, gritando a todo pulmón se limpió la frente. Corrió justo en frente de mi auto. No la atropellé de milagro. Estaba tan loca de miedo que no pude encontrar ningún sentido a lo que dijo. Parece que algo agarró a su novio en los arbustos. De todos modos, la subí al auto sin muchos problemas y creo que rompí algún límite de velocidad para llegar aquí.

El jefe Underbeck observó atentamente al hombre. Obviamente, él también estaba conmocionado, y como no parecía estar ocultando nada. El Jefe se volvió hacia la niña. Habló con dulzura, haciendo todo lo posible por tranquilizarla, y finalmente ella se compuso lo suficiente como para contar su historia.

Su nombre era Dolores Rell y vivía en las cercanías de Stantonville. Más temprano había ido a dar una vuelta con su prometido, Jason Bukmeist. Mientras Jason conducía por la carretera adyacente al Pantano de Wharton, ella había comentado que la luz de la luna se veía muy romántica. Jason había detenido el coche y, después de observar la escena durante unos minutos, sugirió que, dado que la noche era cálida, un breve paseo a la luz de la luna podría ser divertido.

Dolores se había resistido a dejar el coche, pero al final la convencieron de que diera un breve paseo por el borde del pantano, donde el terreno era relativamente firme. Mientras la pareja caminaba bajo los árboles, a unos veinte metros del auto, Dolores percibió un olor desagradable y quiso regresar. Jason, sin embargo, le dijo que solo lo imaginaba e insistió en ir más allá. A medida que los árboles se acercaban, caminaron en fila india, con Jason a la cabeza.

De repente, dijo, ambos escucharon algo silbando a través de la maleza. Jason le dijo que no se asustara, que probablemente era la vaca de alguien. Sin embargo, a medida que se acercaba, parecía moverse a una velocidad increíble. Y no parecía estar haciendo el tipo de ruido que haría una vaca. En el último segundo, Jason se dio la vuelta con un grito de miedo y le dijo que corriera. Antes de que pudiera moverse, vio algo monstruoso corriendo bajo los árboles bajo la tenue luz de la luna. Por un instante se quedó paralizada por el horror; luego dio media vuelta y echó a correr. Creyó escuchar a Jason corriendo detrás de ella. No podía estar segura. Pero inmediatamente después lo escuchó gritar.

A pesar de su terror, se volvió y miró hacia atrás. En este punto de su historia volvió a ponerse histérica y pasaron varios minutos antes de que pudiera continuar.

No podía describir exactamente lo que había visto mientras miraba por encima del hombro. La cosa que había vislumbrado bajo los árboles había alcanzado a Jason. Lo cubrió casi por completo. Todo lo que podía ver de él era su rostro agonizante y parte de un brazo, cerca del suelo, como si la cosa estuviera a horcajadas sobre él. No podía decir qué era. Era negra, sin forma, bestial. Era el tipo de horror indescriptible, oscuro y resbaladizo que la había estremecido cuando era una niñita.

Ahora se estremeció y se cubrió los ojos mientras trataba de imaginarse lo que había visto.

Oh Dios, la oscuridad cobró vida! La oscuridad cobró vida!

De alguna manera, se dio cuenta de que se había tropezado con los árboles en el camino. Estaba tan aterrorizada que apenas notó el auto que se acercaba.

No cabía duda de que Dolores Rell era presa de auténtico terror. El jefe Underbeck actuó con presteza. Después de que la chica fuera conducida a un hospital cercano para que la trataran de sus rasguños y le administraran un sedante, Underbeck reunió a todos los hombres disponibles, los equipó con escopetas, rifles y linternas, los metió rápidamente en cuatro autos de patrulla, y partió hacia el Pantano.

El auto de Jason fue encontrado donde lo había estacionado. No había sido perturbado. Sin embargo, una búsqueda en la zona, a la luz de una linterna, resultó infructuosa. Fuera lo que fuese lo que había atacado al muchacho, se lo había llevado a los rincones más recónditos del extenso pantano.

Después de dos horas fútiles de matorrales y chapoteos en los pantanos. El jefe Underbeck reunió a sus hombres con cansancio y suspendió la búsqueda hasta la mañana.

Cuando los primeros rayos débiles del amanecer aparecieron en el cielo sobre el Pantano de Wharton, la búsqueda comenzó de nuevo. Habían llegado refuerzos, incluidos voluntarios civiles del Centro Clinton, y comenzó un peinado sistemático de todo el pantano. Al mediodía, la búsqueda había resultado infructuosa, o casi. Uno de los buscadores trajo un sombrero abollado y una botella de whisky de centeno que había descubierto en el borde del pantano bajo un árbol. El sombrero de fieltro era viejo y estaba gastado, pero estaba seco. Por lo tanto, aparentemente había sido desechado en el pantano desde de la tormenta de unos días antes. La botella de whisky parecía nueva; de hecho, quedaban en ella algunas gotas. El buscador informó que también se encontraron los restos de una pequeña fogata debajo del mismo árbol.

Con la esperanza de que esta evidencia pudiera tener alguna relación con la desaparición de Jason, el jefe Underbeck ordenó un sondeo de todas las licorerías en Clinton Center en un intento de conocer los nombres de todos los que habían comprado recientemente una botella de la marca particular encontrada debajo del árbol. La búsqueda continuó y, a media tarde, se produjo un descubrimiento más siniestro. Un buscador diligente, investigando un área pisoteada en un gran crecimiento de espadañas, sacó un rifle del barro. Después de limpiar el lodo y la suciedad, dos de los buscadores aseguraron que pertenecía a Rupert Barnaby. Uno de ellos había cazado con él y recordaba la culata del rifle.

Mientras el jefe Underbeck sopesaba esta prueba, llegó un informe de la tienda de licores en el Centro Clinton. Se había investigado a todos los compradores recientes de una botella de un cuarto de galón de la marca en cuestión. Solo uno no pudo ser localizado: un vagabundo que había rondado por la ciudad durante varios días y al que se le había ordenado salir.

Al anochecer, la mayoría del exhausto grupo de búsqueda estaba convencida de que el vagabundo, probablemente en un estado de maldad homicida provocada por la bebida, había asesinado tanto a Rupert Barnaby como a Jason y había escondido sus cuerpos en uno de los profundos estanques del pantano. Lo más probable era que el asesino todavía estuviera durmiendo por los efectos de la bebida en algún lugar de los enmarañados matorrales espinosos del pantano.

La mayoría de los buscadores vieron la melodramática historia de Dolores Rell con mucho escepticismo. A la tenue luz de la luna, señalaron:

Un vagabundo frenético y con ojos desorbitados, empeñado en un asesinato inminente, bien podría haber parecido una especie de monstruo. Y la histeria de la niña probablemente magnificó lo que había visto.

Mientras la noche se cerraba sobre el lúgubre pantano, el jefe Underbeck suspendió la búsqueda a regañadientes. Sin embargo, en vista del hecho de que el asesino probablemente todavía acechaba en el bosque, decidió establecer un sistema de patrullas nocturnas a lo largo de la carretera que discurría paralela al pantano. Si la presa estaba escondida en la traicionera maraña de árboles y maleza, no podría escapar a la carretera sin toparse con una de las patrullas. El único otro medio de salida del pantano se encontraba a kilómetros de distancia, donde el mar abierto bañaba una playa llena de juncos. Era bastante improbable que el fugitivo siquiera intentara escapar en esa dirección.

Las patrullas se establecieron en turnos de tres horas, dos hombres por patrulla, ambos fuertemente armados y equipados con potentes reflectores. Se les ordenó investigar todo sonido o movimiento que detectaran en la maleza que bordeaba la carretera. Después de una sola orden de alto, debían disparar a matar. A cualquier automovilista curioso que se detuviera para preguntar se le indicaría rápidamente que siguiera su camino, después de que se le advirtiera que no llevara a nadie y que informara de todos los autoestopistas.

Fred Storr y Luke Matson, de la patrulla de la medianoche, pasaron dos horas sin incidentes en su tramo particular de la carretera. Matson finalmente se sentó en el tocón de un árbol caído a unos metros del borde de la carretera.

Las piernas se están rindiendo comentó con ironía, apoyando su rifle en el tocón. También podrías sentarte unos minutos.

Fred Storr se quedó cerca.

Supongo que sí, Luke. No pareces... de repente frunció el ceño hacia los bordes negros del pantano. Oyes algo, Luke?

Luke escuchó, girando sobre el tocón.

Bueno, tal vez dijo finalmente, un poco como un sonido áspero.

Se levantó, recuperando su rifle.

Vamos a echar un vistazo sugirió Fred en voz baja.

Pasó por encima del tocón y Luke lo siguió hacia la maleza que marcaba el borde de la jungla pantanosa. Varios metros más adelante se detuvieron de nuevo. El sonido se hizo más audible. Era una especie de sonido de raspado, de deslizamiento, como el que podría producir un cuerpo pesado arrastrándose por un terreno irregular.

Suena como... una serpiente aventuró Luke. Una maldita serpiente grande!

Bueno, acércate un poco más susurró Fred. Prepárate cuando encienda mi luz!

Avanzaron unos metros más. Luego, un poderoso rayo amarillo se clavó en los matorrales cuando Fred encendió su linterna. El rayo buscó en la oscuridad, sondeando en una dirección y luego en otra. Luke bajó un poco su rifle, frunciendo el ceño.

No veo nada dijo. Nada más que un gran charco negro allá arriba.

Antes de que Fred tuviera tiempo de responder, el charco negro cobró una horrible vida. En un espantoso segundo se transformó en una indescriptible masa reluciente y rodó hacia adelante a una velocidad aterradora.

Luke Matson gritó y disparó simultáneamente cuando la monstruosa masa de baba salió disparada hacia adelante. Un momento después, se balanceó sobre él. Disparó de nuevo y la cosa cayó sobre él.

Al evitar la avalancha inicial del horror, Fred Storr perdió el equilibrio. Cayó de cabeza y se dio la vuelta justo a tiempo para presenciar un espectácul* que ralentizó la sangre en sus venas. El monstruo se había abalanzado sobre Luke Matson. Ahora, mientras Fred observaba, literalmente paralizado por el horror, se extendió sobre y alrededor de la forma de Luke hasta que estuvo completamente envuelto. Todavía se podía ver la leve contracción de sus extremidades. Entonces la cosa apretó, se hinchó hasta convertirse en una capucha y volvió a aplanarse. Entonces cesaron las contorsiones.

Cuando la cosa se elevó y giró hacia delante en su dirección, Fred Storr, aguijoneado por un miedo frenético, superó la parálisis del horror que lo había congelado. Agarrando el rifle, que había caído a su lado, apuntó a la forma de limo viviente y comenzó a disparar. Puro terror se apoderó de él al ver que los disparos no surtían efecto. La cosa se abalanzó hacia él, completamente ajena a las balas que desgarraban su repugnante masa viscosa.

Actuando por algún instinto que él mismo no podría haber explicado, Fred Storr dejó caer el rifle y agarró su linterna, proyectando su potente haz directamente sobre el horror que se abalanzaba sobre él. La cosa se detuvo, a escasos metros de distancia, y pareció vacilar. Se deslizó rápidamente a un lado, pero él la siguió de inmediato con el cono de luz. Finalmente retrocedió y se aplanó, como si tratara de evitar la luz por ese medio, pero él apuntó el rayo de manera constante, sintiendo con cada fibra primitiva que poseía que el haz de luz era lo único que mantenía a raya a la muerte.

Hubo gritos en la oscuridad cercana y otras luces comenzaron a apuñalar las sombras. Los miembros de las patrullas adyacentes, alarmados por el sonido de los disparos de los rifles, habían ido corriendo a investigar. De repente, el horror sin nombre salió rápidamente del haz de luz de la linterna y se alejó en la oscuridad.

En la luz plomiza de la madrugada, el jefe Underbeck se subió a un coche de policía que esperaba en la carretera cerca del Pantano de Wharton y se dirigió de regreso a Clinton Center. Había tomado una decisión y estaba sombríamente resuelto a actuar de inmediato. Cuando llegó al Cuartel General, hizo dos llamadas telefónicas en rápida sucesión, una al gobernador del estado y la otra al comandante de la cercana Reserva Militar Camp Evans. El horror en el Pantano de Wharton, había decidido, no podía ser enfrentado por los hombres y recursos limitados a su mando.

Rupert Barnaby, Jason Bukmeist y Luke Matson sin duda habían desaparecido en el pantano. El vagabundo anónimo, ahora empezaba a parecer, no un asesino, sino una víctima más. Y Fred Storr... bueno, no había desaparecido. Pero los otros miembros de la patrulla lo habían encontrado sentado en el suelo cerca del borde del pantano en las garras de un miedo alucinante que lo había reducido, al menos temporalmente, a la idiotez. Horas después de que lo llevaran a casa y lo acostaran, se negó a soltar la linterna. Cuando la apagaron, gritó y tuvieron que volver a encenderla. Su historia era tan salvajemente melodramática que apenas podía ser aceptada por mentes racionales.

Sin embargo, habían dicho las mismas cosas sobre el relato histérico de Dolores Rell. Y Fred Storr no era una joven excitable; tenía una reputación de sensatez, estolidez y honestidad verbal que se tocaba con subestimación en lugar de exageración. Cuando el jefe Underbeck se levantó y se dirigió a su automóvil para regresar al Pantano, notó que el Viejo Gowse venía calle abajo.

Con un repentino escalofrío de horror, recordó la vaca desaparecida del excéntrico. Sin embargo, antes de que el anciano llegara, cerró la puerta del auto y dio instrucciones claras al conductor que esperaba. Mientras el auto se alejaba, miró por el espejo retrovisor. El Viejo Gowse permanecía inmóvil en el camino frente a la Jefatura de Policía.

Vamos murmuró el jefe Underbeck.

El conductor le lanzó una rápida mirada y pisó el acelerador.

Menos de dos horas después de que el jefe Underbeck regresara al pantano, la carretera adyacente estaba atestada de autos: patrullas de la policía estatal, autos de curiosos locales y camiones del ejército de Camp Evans. A las nueve en punto, más de trescientos soldados, policías y ciudadanos voluntarios, todos armados, entraron en el pantano para iniciar una cuidadosa búsqueda.

Poco antes del anochecer la mayoría había llegado al mar, al otro lado del pantano. Sus esfuerzos no habían logrado nada. Un soldado, al notar ojos feroces que brillaban desde un árbol, había cazado una lechuza, y uno de los policías estatales había hecho sonrojar a un joven gato montés. Alguien más había pisado una víbora y había sido tratado con éxito por mordedura de serpiente. Pero no había señales de un monstruo, un vagabundo asesino, ni ninguno de los hombres desaparecidos.

Sin embargo, frente al creciente escepticismo. El jefe Underbeck se mantuvo firme. Señalando que, hasta donde sabían, el asesino había merodeado solo de noche, ordenó que después de un período de descanso y comida de cuatro horas continuara la búsqueda.

Varios helicópteros que habían sobrevolado la zona durante la tarde aterrizaron en la franja de costa, trayendo víveres y suministros. Ante la insistencia del jefe Underbeck, se instalaron barreras en la playa. Se apostaron guardias a lo largo de toda la carretera: se encendieron potentes reflectores. Llegó un blindado del campamento Evans con una ametralladora portátil y varios lanzallamas.

A pesar de la búsqueda infructuosa del día, el jefe Underbeck estaba convencido de que el monstruo todavía acechaba en algún lugar del pantano. Había densos matorrales y tramos de jungla casi infranqueables que ni siquiera trescientos hombres podían recorrer a fondo en un solo día.

A las once de la noche el escenario estaba listo. Las barreras de la playa estaban en su lugar, los guardias estaban en sus estaciones y enormes reflectores, erigidos cerca de la carretera, barrían la lúgubre ciénaga. A las once y cuarto las patrullas nocturnas, compuestas cada una por diez hombres fuertemente armados, atacaron de nuevo el pantano.

Hambrienta, la cosa de horror se levantó del barro en el fondo de un estanque rancio y se elevó hacia la superficie. Desembarcando en la oscuridad, se deslizó rápidamente sobre los matorrales dispersos. La impulsaba, como siempre, un hambre salvaje y enorme.

Aunque la caza en su nuevo entorno había sido buena, su inmenso apetito no conocía apaciguamiento. Cuanto más comida consumía, más parecía necesitar.

Mientras se alejaba, alerta a las diminutas vibraciones que indicaban comida, se dio cuenta de varias emanaciones perturbadoras. Aunque era el momento de la oscuridad en este mundo extraño, la oscuridad en este período habitual de caza era atravesada por el odiado enemigo del monstruo: la luz. Las vibraciones de los alimentos eran más fuertes de lo que jamás había experimentado. Estaban por todos lados, poderosas, decididas, moviéndose en muchas direcciones a través de las capas inferiores de la desconcertante oscuridad hendida por la luz.

Surgiendo del lodo, fluyó hacia arriba por un entramado de troncos nudosos y permaneció inmóvil, mientras gotas de agua turbia rodaban por su superficie reluciente. El aparato sensorial de la cosa le dijo que los enloquecedores rayos de ausencia de oscuridad estaban en todas partes. Incluso mientras colgaba suspendida como una gran alfombra sucia, un terrible roce de luz atravesó la oscuridad circundante y la quemó.

Inmediatamente se soltó y volvió a caer en el lodo con un fuerte plop. Cerca, las vibraciones aumentaron repentinamente en intensidad. Los enloquecedores rayos de luz atravesaron la oscuridad por todos lados. Enloquecida, la cosa se sumergió en el lodo y se propulsó en la dirección opuesta. Pero esto resultó ser sólo un respiro temporal. Las vibraciones redoblaron su intensidad. La oscuridad casi desapareció, hendida y atravesada por ríos de luz.

Por primera vez en su incalculable existencia, la cosa experimentó algo vagamente parecido al miedo. La luz no podía ser arrebatada, exprimida y sofocada hasta la muerte. Era un enemigo extraño contra el cual solo había aprendido una defensa: huir, esconderse. Y ahora que su mundo de oscuridad era desgarrado, el monstruo buscó instintivamente el refugio que le brindaba esa enorme cuna negra de la que había subido. Lanzándose a sí mismo a través del pantano, se dirigió de nuevo al mar.

Las patrullas apostadas a lo largo de la playa, despertadas por el sonido de los disparos y los urgentes gritos de advertencia desde el interior del pantano, se pusieron de pie o se arrodillaron con las armas listas mientras el clamor se acercaba rápidamente al mar. La lúgubre playa de juncos yacía totalmente expuesta a la dura luz de los reflectores.

Las olas avanzaban hacia la orilla, salpicando crestas de espuma en la arena. A la luz de los reflectores, las aguas oscuras brillaban con una iridiscencia aceitosa. Los gritos estridentes aumentaron. Los observadores se tensaron, esperando. Y de repente apareció una forma de pesadilla que congeló a las patrullas costeras.

Una cosa de negrura viscosa, una cosa que no tenía forma esencial, sin rasgos terrenales perceptibles, se precipitó a través de los matorrales espinosos. Era una forma de absoluta oscuridad, una masa, un charco negro y viscoso de cieno vivo que fluía sobre sí mismo, deslizándose hacia adelante a una velocidad increíble.

Algunos de los guardias permanecieron clavados donde estaban, demasiado abrumados por el horror como para apretar los gatillos. Otros rompieron el hechizo y empezaron a disparar. Las balas de media docena de rifles atravesaron al monstruo que corría a toda velocidad por las marismas.

A medida que la cosa se acercaba a las primeras dunas de la playa abierta, los guardias que la habían sacado del pantano irrumpieron en el espacio abierto. Uno de ellos se detuvo, gritando a los guardias de la playa.

Se dirige hacia el mar! Por el amor de Dios, no lo dejen escapar!

Los guardias de la playa redoblaron sus disparos, y de repente se dieron cuenta con una especie de horror enfermizo de que el monstruo aparentemente no había sido afectado por las balas. Sin una sola pausa, rodó a través de la última franja de espadañas y se dejó caer sobre la arena.

Como en una espantosa pesadilla, los guardias lo vieron deslizarse hacia el mar. Sin embargo, un momento después, recordaron la barrera de alambre de púas en la playa que el jefe Underbeck había insistido obstinadamente en que erigieran. Cobrando ánimo, se acercaron, corriendo sobre las dunas hacia el lugar donde el horror negro golpearía el alambre. Alguien a la cabeza gritó con repentino triunfo.

Está atrapado! Está atascado en el alambre!

Los reflectores concentraron franjas de luz en la barrera. La cosa aparentemente se había arrojado contra los alambres retorcidos. Ahora parecía haber sido atrapada irremediablemente; se retorcía, se desplomaba y se convulsionaba como una indescriptible medusa atrapada en la red de un pescador.

Los guardias corrieron hacia adelante, seguros de su victoria. De repente, sin embargo, el guardia a la cabeza gritó una advertencia salvaje:

Se está abriendo paso! Se está escapando!

Bajo el resplandor de la luz vieron con consternación que el monstruo parecía fluir a través del alambre, como una gota de cieno licuado. Más adelante había unos pocos metros de playa y, más allá, ondulantes olas de mar abierto.

Hubo un colectivo grito ahogado de consternación cuando el monstruo, con una rápida sacudida hacia adelante, se coló al otro lado de la barrera. Se inclinó allí brevemente, retorciéndose, como si algunos de sus últimos hilos aún pudieran estar enredados. Mientras se movía para soltarse y precipitarse por las arenas hacia el mar negro, uno de los guardias se lanzó hacia delante hasta que estuvo casi a la altura de la barrera. Deslizándose sobre sus rodillas, apuntó algo a la cosa que escapaba.

Un segundo después, un gran chorro de llamas abrasadoras salió disparado de su arma y estalló en la cosa, ahora humeante, al otro lado del alambre. Un humo negro y aceitoso se elevó en la noche. Un hedor espantoso inundó la playa. Los guardias vieron una masa llameante de horror alejarse a tientas de la barrera. El soldado que apuntó el lanzallamas lo mantuvo firme, sin remordimientos, sin embargo, hubo un espantoso sonido burbujeante y sibilante. Vastas gotas de humo espeso y grasiento se arremolinaban en el aire de la noche. El hedor se volvió casi insoportable.

Cuando el soldado finalmente apagó el lanzallamas, no había nada a la vista excepto los alambres incandescentes de la barrera y una gran mancha de arena ennegrecida. Con razón la cosa de limo había odiado la luz, ya que su principal fuente era el fuego, el último y desconocido enemigo que ni siquiera ella podía arrastrar y devorar.

Joseph Payne Brennan (1918-1990)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Joseph Payne Brennan.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Joseph Payne Brennan: Slime (Slime), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a ***.com


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NotaPublicado: Sab Sep 03, 2022 7:17 pm 
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El Tritón abandonado: Matthew Arnold; poema y análisis.


El Tritón abandonado: Matthew Arnold; poema y análisis.




El Tritón abandonado (The Forsaken Merman) es un poema gótico del escritor inglés Matthew Arnold (1822-1888), publicado originalmente en la antología de 1849: El juerguista perdido y otros poemas (The Strayed Reveller, and Other Poems).

El Tritón abandonado, uno de los mejores poemas de Matthew Arnold, relata la historia de un Rey del Mar, un Tritón [ser mitológico mitad humano, mitad pez], casado con una doncella mortal, llamada Margaret, que lo abandonó a él y a sus hijos bajo el impulso cristiano de regresar a la superficie y rezar por su alma.

El Tritón se aflige por su esposa humana, quien, después de escuchar las campanas de la iglesia en Pascua, lo abandona para vivir en la tierra, entre los humanos, para nunca regresar a las profundidades del mar. El poema está impregnado de sentimientos de melancolía y pérdida; porque hubo un tiempo en el que Margaret fue feliz en este reino sumergido donde los vientos duermen y las ballenas pasan navegando. Sin embargo, todo cambió el día en que escuchó el tañido de las campanas de Pascua desde el mundo mortal de arriba, despertando su deber religioso. Decide dejar al Tritón y a sus hijos. El Tritón le concede partir y ver a su pueblo, suponiendo que su visita será efímera: Sube corazón, entre las olas; di tu oración y vuelve a las bondadosas cuevas marinas. Pero Margaret no regresa.

El Tritón abandonado de Matthew Arnold [fuertemente influenciado por Christabel (Christabel) y La Balada del Viejo Marinero (The Rime of the Ancient Mariner) de Samuel Taylor Coleridge] abre con la cruda realidad del aislamiento en el que Margaret ha dejado al Tritón y a sus hijos. Ellos intentan recordarla y traerla de vuelta a su mundo, pero todos sus esfuerzos son en vano. Fue ayer que los abandonó?, se preguntan. Llámala una vez más, se dicen. El Tritón sigue repitiendo estas frases, aferrándose a la esperanza de un posible retorno.

Matthew Arnold describe la vida del Tritón en comparación con la esterilidad del mundo de los humanos. El reino bajo el mar ilustra una historia diferente; está lleno de colores y tiene una naturaleza salvaje. El Tritón y los niños viven una vida sin preocupaciones, haciendo cosas que los hacen felices, sin razonar en normas y obligaciones. El abandono de Margaret los hace enfrentar interrogantes que nunca se han planteado. Por supuesto, el Tritón está profundamente herido por la repentina elección de Margaret de volver a la vida terrenal, dejándolo a él y a sus hijos en un estado de desconcierto, soledad y tristeza. Por otro lado, Margaret tampoco es feliz en su nueva vida. Ella regresa a la iglesia, trabaja en un telar y gime incesantemente por todo lo que ha dejado atrás. Ha resignado su felicidad por este llamado de las campanas.

La historia aparentemente simple de El Tritón abandonado en realidad tiene varias capas. La existencia del Tritón en las profundidades del mar, lejos del pueblo humano, pretende ser un símbolo de un estilo de vida pagano anterior en el que la vida se llevaba pacíficamente, sin la interferencia de ninguna religión organizada. El sonido de las campanas ha incitado a la mujer a partir. Así, el poema contrasta la vitalidad del paganismo con el monótono cristianismo. Los dos mundos están tan separados el uno del otro que, al volver a la tierra, la mujer ya no puede regresar. Una vez que el mundo ha aceptado el cristianismo, ya no puede volver a las formas paganas simples.

Por lo tanto, El Tritón abandonado puede tomarse como la crítica de Matthew Arnold al cristianismo y los efectos adversos que él creía que estaba teniendo en el pueblo. En este contexto, el poema está impregnado de un intenso sentimiento de nostalgia por la felicidad perdida. El Tritón recuerda con cariño sus días felices en compañía de su esposa, pero sabe que tendrá que vivir prisionero de sus recuerdos.




El Tritón abandonado.
The Forsaken Merman, Matthew Arnold (1822-1888)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Vengan, queridos hijos, descendamos bien abajo.
Ahora mis hermanos llaman desde la bahía,
ahora los grandes vientos soplan hacia la costa,
ahora las mareas saladas fluyen hacia el mar;
ahora los salvajes caballos blancos juegan,
golpean y se irritan y arrojan al agua.
Hijos queridos, descendamos!
Así, así!

Llámala una vez antes de partir.
Llámala una vez más!
Con una voz que ella reconocerá:
Margaret! Margaret!
Las voces de los niños deben ser queridas
(Llama una vez más) al oído de una madre;

Voces de niños enloquecidas por el dolor:
[seguramente volverá!]
Llámala una vez y ven, así.
Madre querida, no podemos quedarnos!
Los salvajes caballos blancos echan espuma y se inquietan.
Margaret! Margaret!

Vengan, queridos hijos, bajen.
No llamen más!
Una última mirada a la ciudad de paredes blancas
y la pequeña iglesia gris en la orilla ventosa,
y luego bajen!
Ella no vendrá aunque la llamen todo el día;
vengan, vengan!

Queridos niños, fue ayer
que escuchamos las dulces campanas sobre la bahía?
En las cavernas donde yacíamos,
a través del oleaje y las mareas,
escuchamos el sonido lejano de una campana de plata?
Cavernas cubiertas de arena, frescas y profundas,
donde los vientos duermen;
donde las luces tiemblan y brillan,
donde la hierba salada se balancea en la corriente,
donde las bestias marinas, alineadas a su alrededor,
se alimentan en el lodo de sus pastos;
donde las serpientes marinas se enroscan,
secan su malla y toman sol en la salmuera;
donde las grandes ballenas pasan navegando,
incansablemente, con los ojos abiertos,
alrededor del mundo para siempre;
cuándo nos llegó la música?
Niños queridos, fue ayer?

Queridos niños, fue ayer
(llamen una vez más) que ella se fue?
Una vez se sentó, con ustedes y conmigo,
en un trono de oro rojo en el corazón del mar,
y la menor se sentó en sus rodillas.
Peinaba su pelo brillante y lo cuidaba bien,
cuando se oyó el sonido de una campana lejana.
Ella suspiró, miró hacia arriba a través del mar;
y dijo: Debo ir a orar con mis parientes
en la pequeña iglesia gris en la orilla.
Será el tiempo de Pascua en el mundo, ay de mí!,
si pierdo mi pobre alma, Tritón, aquí contigo.
Dije: Sube, querido corazón, a través de las olas;
Di tu oración y regresa a las amables cuevas marinas!
Ella sonrió, subió a través de las olas en la bahía.
Queridos niños, fue ayer?

Niños queridos, estuvimos mucho tiempo solos?
El mar se vuelve tormentoso, los pequeños gimen
largas oraciones, dije, en el mundo dicen: vuelve!
Y nos elevamos a través de las olas en la bahía.
Subimos por la playa, por la arena donde florecen
los peces, hasta la ciudad de paredes blancas;
por las estrechas calles pavimentadas, donde todo estaba en silencio,
hasta la pequeña iglesia gris en la colina ventosa.
De la iglesia llegó un murmullo de gente en sus oraciones,
pero nos quedamos afuera en el aire frío.
Trepamos a las tumbas, a las piedras gastadas por la lluvia,
y miramos el pasillo a través de los pequeños cristales emplomados.
Ella estaba sentada junto a la columna; la vimos claramente:
Margaret! Ven pronto, estamos aquí! Amor mío!, dije,
estamos solos desde hace mucho tiempo;
el mar se embravece, los pequeños gimen.
Pero, ah, ella nunca me miró,
porque sus ojos estaban sellados en el libro sagrado!
Ruega en voz alta el sacerdote; cierra la puerta.
Vengan, niños, no llamen más!
Vengan, bajen, no llamen más!

Abajo, abajo, abajo!
A las profundidades del mar!
Ella se sienta en la ciudad bulliciosa,
cantando con la mayor alegría.
Escuchen su canción: Oh alegría, oh alegría,
por la calle que zumba, y el niño con su juguete,
por el sacerdote, y la campana, y el pozo santo;
por la rueda donde yo hilaba, y la bendita luz del sol!
Y así canta hasta hartarse,
con la mayor alegría,
hasta que el huso se le cae de la mano
y la rueda zumbante se detiene.
Se acerca sigilosamente a la ventana y mira en la arena,
y sobre la arena hacia el mar;
y sus ojos están fijos en una mirada;
y luego rompe un suspiro,
y luego cae una lágrima
de un ojo nublado por la pena,
y un corazón cargado de dolor,
un largo, largo suspiro,
por los ojos extraños y fríos de una pequeña Sirena
y el brillo de su cabello dorado.

Vengan, niños
Vengan, bajen.
El viento ronco sopla con frialdad;
las luces brillan en la ciudad.
Ella se sobresaltará de su sueño
cuando las ráfagas sacudan la puerta;
ella oirá los vientos aullando,
oirá rugir las olas del mar.
Veremos, mientras sobre nosotros
rugen y se arremolinan las olas,
un techo de ámbar,
un pavimento de perlas.
Y cantaremos: Aquí vino una mortal,
pero infiel era ella!
Y solos habitan para siempre
los reyes del mar.

Pero, hijos, a medianoche,
cuando los vientos soplan suaves,
cuando la luz de la luna cae despejada,
cuando las mareas vivas están bajas;
cuando los dulces aires llegan hacia el mar
desde los brezales estrellados con retamas,
y las altas rocas proyectan
sombras sobre las arenas blancas;
por las tranquilas y resplandecientes playas,
por los riachuelos caminaremos,
sobre bancos de brillantes algas marinas,
sobre las hojas que se secan al bajar la marea.
Contemplaremos, desde las colinas de arena,
la ciudad blanca y dormida;
la iglesia en la ladera de la colina,
y luego volveremos, cantando:
Allí vive una mujer amada,
pero cruel es ella.
Para siempre abandonó
a los reyes del mar.


Come, dear children, let us away;
Down and away below!
Now my brothers call from the bay,
Now the great winds shoreward blow,
Now the salt tides seaward flow;
Now the wild white horses play,
Champ and chafe and toss in the spray.
Children dear, let us away!
This way, this way!

Call her once before you go
Call once yet!
In a voice that she will know:
"Margaret! Margaret!"
Childrens voices should be dear
(Call once more) to a mothers ear;

Childrens voices, wild with pain
Surely she will come again!
Call her once and come away;
This way, this way!
"Mother dear, we cannot stay!
The wild white horses foam and fret."
Margaret! Margaret!

Come, dear children, come away down;
Call no more!
One last look at the white-walld town
And the little grey church on the windy shore,
Then come down!
She will not come though you call all day;
Come away, come away!

Children dear, was it yesterday
We heard the sweet bells over the bay?
In the caverns where we lay,
Through the surf and through the swell,
The far-off sound of a silver bell?
Sand-strewn caverns, cool and deep,
Where the winds are all asleep;
Where the spent lights quiver and gleam,
Where the salt weed sways in the stream,
Where the sea-beasts, ranged all round,
Feed in the ooze of their pasture-ground;
Where the sea-snakes coil and twine,
Dry their mail and bask in the brine;
Where great whales come sailing by,
Sail and sail, with unshut eye,
Round the world for ever and aye?
When did music come this way?
Children dear, was it yesterday?

Children dear, was it yesterday
(Call yet once) that she went away?
Once she sate with you and me,
On a red gold throne in the heart of the sea,
And the youngest sate on her knee.
She combd its bright hair, and she tended it well,
When down swung the sound of a far-off bell.
She sighd, she lookd up through the clear green sea;
She said: "I must go, to my kinsfolk pray
In the little grey church on the shore to-day.
T will be Easter-time in the worldah me!
And I lose my poor soul, Merman! here with thee."
I said: "Go up, dear heart, through the waves;
Say thy prayer, and come back to the kind sea-caves!"
She smiled, she went up through the surf in the bay.
Children dear, was it yesterday?

Children dear, were we long alone?
"The sea grows stormy, the little ones moan;
Long prayers," I said, "in the world they say;
Come!" I said; and we rose through the surf in the bay.
We went up the beach, by the sandy down
Where the sea-stocks bloom, to the white-walld town;
Through the narrow paved streets, where all was still,
To the little grey church on the windy hill.
From the church came a murmur of folk at their prayers,
But we stood without in the cold blowing airs.
We climbd on the graves, on the stones worn with rains,
And we gazed up the aisle through the small leaded panes.
She sate by the pillar; we saw her clear:
"Margaret, hist! come quick, we are here!
Dear heart," I said, "we are long alone;
The sea grows stormy, the little ones moan."
But, ah, she gave me never a look,
For her eyes were seald to the holy book!
Loud prays the priest; shut stands the door.
Come away, children, call no more!
Come away, come down, call no more!

Down, down, down!
Down to the depths of the sea!
She sits at her wheel in the humming town,
Singing most joyfully.
Hark what she sings: "O joy, O joy,
For the humming street, and the child with its toy!
For the priest, and the bell, and the holy well;
For the wheel where I spun,
And the blessed light of the sun!"
And so she sings her fill,
Singing most joyfully,
Till the spindle drops from her hand,
And the whizzing wheel stands still.
She steals to the window, and looks at the sand,
And over the sand at the sea;
And her eyes are set in a stare;
And anon there breaks a sigh,
And anon there drops a tear,
From a sorrow-clouded eye,
And a heart sorrow-laden,
A long, long sigh;
For the cold strange eyes of a little Mermaiden
And the gleam of her golden hair.

Come away, away children
Come children, come down!
The hoarse wind blows coldly;
Lights shine in the town.
She will start from her slumber
When gusts shake the door;
She will hear the winds howling,
Will hear the waves roar.
We shall see, while above us
The waves roar and whirl,
A ceiling of amber,
A pavement of pearl.
Singing: "Here came a mortal,
But faithless was she!
And alone dwell for ever
The kings of the sea."

But, children, at midnight,
When soft the winds blow,
When clear falls the moonlight,
When spring-tides are low;
When sweet airs come seaward
From heaths starrd with broom,
And high rocks throw mildly
On the blanchd sands a gloom;
Up the still, glistening beaches,
Up the creeks we will hie,
Over banks of bright seaweed
The ebb-tide leaves dry.
We will gaze, from the sand-hills,
At the white, sleeping town;
At the church on the hill-side
And then come back down.
Singing: "There dwells a loved one,
But cruel is she!
She left lonely for ever
The kings of the sea."


Matthew Arnold
(1822-1888)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Matthew Arnold.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Matthew Arnold: El Tritón abandonado (The Forsaken Merman), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a ***.com


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 Asunto: Eso: Theodore Sturgeon; relato y análisis.
NotaPublicado: Dom Sep 11, 2022 11:36 pm 
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Eso: Theodore Sturgeon; relato y análisis.




Eso (It) es un relato de terror del escritor norteamericano Theodore Sturgeon (1918-1985), publicado originalmente en la edición de agosto de 1940 de la revista Unknown, y luego reeditado por August Derleth en la antología de 1946: Quién llama? (Who Knocks?). Posteriormente aparecería en 65 grandes cuentos de terror (65 Great Tales Of Horror); Archivos del mal (Archives of Evil) y Los hacedores de monstruos (The Monster Makers).

Eso, uno de los mejores cuentos de Theodore Sturgeon, relata la historia de un monstruo que emerge de un pantano y aterroriza a una familia. La criatura no tiene emociones [humanas] y simplemente siente curiosidad por las cosas que observa. Su aterradora fuerza le permite agarrar y despedazar todo a su paso para observar cómo funcionan estas cosas [y vidas] internamente. Finalmente, Theodore Sturgeon revela que Eso se formó alrededor de un esqueleto humano [ver: Black Goo y otras monstruosidades amorfas en la ficción]


[Eso se arrastró desde la oscuridad y el moho caliente y húmedo hasta el fresco de la mañana. Eso era enorme. Estaba aglomerado y cubierto de sus propias sustancias odiosas, y pedazos de él cayeron a medida que avanzaba, cayeron y se retorcieron. Y Eso se calmó, se hundió putrefacto en la marga del bosque. No tenía piedad, ni risa, ni belleza. Eso tenía fuerza y gran inteligencia. Y, tal vez, no podía ser destruido. Se arrastró fuera de su montícul* en el bosque y se quedó tendido a la luz del sol durante un largo momento. Partes de él brillaron húmedas en el resplandor dorado. Qué huesos muertos le habían dado la forma de un hombre?]


Más tarde, Eso se encuentra y mata a un perro llamado Kimbo. Cuando este no regresa con su dueño, Theodore Sturgeon nos presenta a dos granjeros, Alton y su hermano, Cory. Cuando Alton va a buscar al perro, los hermanos se pelean por las tareas de la granja, una discusión que continúa más tarde entre Cory y su esposa, Clissa. Esa noche, después de que Cory renuncia a las tareas pendientes, sale al bosque a buscar a su hermano y terminan teniendo una discusión aún más seria. Durante esto, Cory, sin saberlo, se para sobre una parte de Eso, que yace inactiva en la oscuridad. Las cosas se complican al día siguiente cuando Cory escucha múltiples disparos en el bosque. Toma su escopeta y logra dispararle a un extraño, quien se ata la mano y abandona el área mientras piensa en un hombre que está buscando, llamado Roger Pike.

Al mismo tiempo, la hija pequeña de Cory, Babe, también se adentra en el bosque en busca de su tío Alton. Esta historia de ritmo rápido y bien articulada llega a un punto crítico con Cory encuentra el cuerpo de Alton, que ha sido destrozado. Por su parte, Babe llega a una cueva con el maletín y los papeles que el extraño dejó caer. Entonces Eso se acerca a la boca de la cueva.

En la escena culminante, Babe corre a través de las piernas de Eso y, cuando este la persigue, la chica arroja una piedra y golpea a la criatura. Eso tropieza, cae a un arroyo y es arrastrado por el agua. El esqueleto que queda es el del hombre desaparecido, Roger Pike. Como de costumbre, Theodore Sturgeon ofrece una pequeña sorpresa al final. En Eso, la sorpresa es la desaparición del monstruo. El lector espera una lucha culminante, con el monstruo resistiendo hasta el final, tal vez incluso matando a uno o dos más en su agonía; pero Theodore Sturgeon opta por un final muy diferente para su monstruo:


[El monstruo yacía en el agua. No le gustó ni le disgustó este nuevo elemento. Descansaba en el fondo, su enorme cabeza a treinta centímetros por debajo de la superficie, y consideraba con curiosidad los datos que había recopilado. Hubo un pequeño zumbido de la voz de Babe que envió al monstruo a buscar dentro de la cueva. Estaba el material negro del maletín que resistía mucho más que las cosas verdes cuando lo rasgaba. Estaba la pequeña de dos patas que gritaba cuando él se acercaba. Estaba esta nueva cosa fría y móvil en la que había caído. Estaba lavando su cuerpo. Nunca había ocurrido antes. Era interesante. El monstruo decidió quedarse y observar esta cosa nueva. No sintió ningún impulso de salvarse a sí mismo; sólo podía sentir curiosidad.]


Lo más interesante de Eso de Theodore Sturgeon es el Monstruo, un ser extraño, inocente e ingenuo. En su inocencia es destructivo, pero no es deliberadamente malvado ni cruel; no es inmoral, sino amoral. Eso no tiene sentido del bien y del mal, y esto, no tanto su repugnante forma física, es lo que lo convierte en un Monstruo [ver: Los Monstruos y lo Monstruoso]. Eso bien podría despojarse de su fisicalidad [es una masa de vegetación, moho y lodo que se forma alrededor de un cadáver] y seguir siendo una extraordinaria monstruosidad. No sabemos cómo funciona exactamente este proceso, solo que el esqueleto de un hombre muerto yace bajo una masa de vegetación podrida, y que esta cobró vida en algún tipo de lento y espontáneo proceso de combustión:


[Eso caminó por los bosques. Eso nunca nació. Existió. Bajo las agujas de los pinos los fuegos arden, profundos y sin humo en el moho. En el calor, la oscuridad y la descomposición hay crecimiento. Hay vida y hay crecimiento. Eso creció, pero no estaba vivo.]


Al final, la curiosidad de Eso se desplaza desde el funcionamiento interno de los organismos biológicos con los que se encuentra [el perro, algunos animales, el tío Alton], a los cuales destroza solo para ver cómo funcionan, hacia el agua. Ese elemento resulta ser su final, ya que remueve la capa de vegetación putrefacta del esqueleto de Roger Pike; sin embargo, incluso después de que Eso es destruido, la vida no vuelve a la normalidad. De hecho, el horror que ha atravesado la familia recién comienza:


[Así que los Drew tenían un granero nuevo y ganado nuevo y excelente y contrataron a cuatro hombres. Pero no tenían a Alton. Y no tenían a Kimbo. Y Babe grita por la noche y ha adelgazado mucho.]


Aparte de la singular repugnancia de su ser físico, Eso de Theodore Sturgeon es uno de los ejemplos más convincentes de una conciencia no humana en la ficción [ver: La biología de los Monstruos]. Eso tiene una gran curiosidad, pero carece de recuerdos, por lo que está comenzando desde cero. Destroza desapasionadamente a un perro para ver qué hay dentro y luego [con una lógica un poco surrealista] cuando cae la noche, concluye que está muerto y se acuesta pasivamente en el bosque:


[Negro y líquido yacía en la negrura, sin vida, sin comprender la muerte, creyéndose muerto.]


Este comportamiento extraño e impredecible [Eso asume que está muerto y por lo tanto actúa como las cosas muertas que conoce: quedándose inmóvil] es mucho más espeluznante que cualquier monstruo con la intención de hacer daño [ver: Monstruología: cuatro categorías para lo monstruoso]. Eso no tiene otra motivación que su curiosidad. Es una conciencia que despierta y se encuentra rodeada de cosas que no conoce. Hace algunas deducciones, es cierto, pero en general prefiere investigar las cosas en profundidad, y eso incluye destrozar cualquier cosa viva que tenga la mala fortuna de cruzarse con él.




Eso.
It, Theodore Sturgeon (1918-1985)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Eso caminaba por el bosque. Nunca nació; existió. Bajo las agujas de los pinos los fuegos arden, profundos y sin humo en el moho. En el calor y en la oscuridad y la decadencia hay crecimiento. Hay vida y hay crecimiento. Eso creció, pero no estaba vivo. Caminaba sin respirar por el bosque, y pensó y vio y era espantoso y fuerte, y no nació y no amaba. Se movía sin vivir.

Eso se arrastró desde la oscuridad y el moho caliente y húmedo hasta el frescor de una mañana. Era enorme. Estaba aglomerado y cubierto de sus propias sustancias repugnantes. Se le caían pedazos a medida que avanzaba, pedazos que se retorcían y se aquietaban. No tenía piedad, ni risa, ni belleza. Tenía fuerza y gran inteligencia. Y tal vez no podría ser destruido.

Eso se arrastró fuera de su montícul* en el bosque y se quedó latiendo a la luz del sol durante un largo momento. Parches de él brillaban húmedos en el resplandor dorado, partes de él que eran protuberantes y descascaradas. Los huesos de quién le habían dado la forma de un hombre?

Escarbaba dolorosamente con sus manos a medio formar, golpeando el suelo y el tronco de un árbol. Rodó y se levantó sobre sus codos desmoronados, y arrancó un gran manojo de hierbas y las desmenuzó contra su pecho. Se detuvo y miró los jugos grises y verdosos con inteligente calma. Se puso de pie, agarró un árbol joven y lo destruyó, doblando el esbelto tronco sobre sí mismo una y otra vez, observando atentamente las inútiles astillas fibrosas. Y chilló, agarrando a una criatura de campo congelada por el miedo, aplastándola lentamente, dejando que la sangre y la carne pulposa rezumaran de entre sus dedos y se pudrieran en los antebrazos.

Empezó a buscar.


Kimbo se deslizó a través de la hierba alta como una nube de polvo, su cola tupida se enroscó con fuerza, su espalda y sus largas mandíbulas abiertas. Corría a paso ligero, amando su libertad y la fuerza de sus flancos y hombros peludos. Su lengua colgaba apáticamente sobre sus labios. Sus labios eran negros y dentados. Kimbo era todo perro, todo animal sano.

Saltó por encima de una roca y aterrizó con un aullido de sorpresa cuando un conejo de orejas largas salió disparado de su escondite bajo la roca. Kimbo se lanzó tras él, gruñendo con cada gran empujón de sus piernas. El conejo rebotó justo delante de él, manteniendo la distancia, con las orejas pegadas al dorso curvo y las patitas mordisqueando a la distancia con avidez. Se detuvo y Kimbo se abalanzó. El conejo salió disparado y se estrelló contra un tronco hueco.

Kimbo aulló de nuevo y se apresuró a olisquear el tronco. Consciente de su fracaso, dio una vuelta alrededor del tocón y corrió hacia el bosque. La cosa que observaba levantó sus brazos encostrados y esperó a Kimbo.

Kimbo lo sintió allí, inmóvil. Para él, era un bulto que olía a carroña. Arrastró los pies con disgusto y corrió. La cosa le permitió acercarse y le lanzó un pesado puño retorcido. Kimbo lo vio venir y se acurrucó con fuerza. La mano golpeó, sorprendentemente, en su trasero, enviándolo rodando y aullando por la pendiente.

Kimbo se puso de pie a horcajadas, sacudió la cabeza, sacudió el cuerpo con un gruñido profundo, volvió a la cosa silenciosa con una furia verde en los ojos. Caminaba rígido, con las piernas rectas, la cola baja y una gorguera de furia alrededor de su cuello. La cosa volvió a levantar su brazo, esperó.

Kimbo redujo la velocidad y luego se lanzó por los aires hacia la garganta del monstruo. Sus mandíbulas se cerraron sobre él; sus dientes entrechocaron a través de una masa de inmundicia, y cayó ahogado y gruñendo a sus pies. La cosa se inclinó y golpeó dos veces. La espalda del perro estaba rota. Se sentó a su lado y comenzó a desgarrarlo.

Vuelvo en una hora más o menos dijo Alton Drew; recogiendo su rifle.

Su hermano se rió.

El viejo Kimbo se encarga de tu vida, Alton dijo.

Ah, conozco al viejo diablo dijo Alton. Cuando le silbo durante media hora y no aparece, está en un aprieto o está arrastrándose contra algo al que disparar. El viejo hijo de puta me llama no contestando.

Cory Drew empujó un vaso lleno de leche hacia su hija de nueve años y sonrió. Piensas tanto en ese perro tuyo como yo en Babe.

Babe se deslizó de su silla y corrió hacia su tío.

El tipo malo me va a atrapar, tío Alton? gritó ella.

El tipo malo fue un invento de Cory, el que acechaba en los rincones listo para abalanzarse sobre las niñas pequeñas que perseguían a las gallinas y jugaban con las cortadoras de césped y arrojaban manzanas verdes con un poderoso brazo joven a los costados de los cerdos. También se ocupaba de las niñas que maldecían con acento austríaco.

Vuelve aquí y mantente alejada del arma del tío Alton.

Si ves al tipo malo, Alton, persíguelo hasta aquí; tiene una cita con Babe por ese asunto de anoche.

La noche anterior, Babe, amablemente, había echado pimienta en el bloque de sal de las vacas.

No te preocupes, niña sonrió su tío, te traeré la piel del tipo malo si no me atrapa primero.

Alton Drew caminó por el sendero hacia el bosque, pensando en Babe. Ella era un fenómeno: una niña granjera mimada. Bueno, tenía que serlo. Ambos amaban a Clarissa Drew, ella se había casado con Cory, y tenían que amar al hijo de Clissa.

Cosa graciosa, el amor.

Alton era un hombre de hombres. Su reacción al amor fue fuerte y asustada. Sabía lo que era el amor porque todavía lo sentía por la esposa de su hermano y lo sentiría mientras viviera por Babe. Lo condujo a través de su vida y, sin embargo, se avergonzaba al pensar en ello. Amar a un perro era cosa fácil, porque ninguno hablaba de ello.

El olor a humo de pistola y el silbido de la piel mojada bajo la lluvia eran perfume suficiente para Alton Drew, un gruñido de satisfacción y el grito de algo cazado y golpeado eran poesía suficiente. Amaba a su perro Kimbo y su Winchester, y dejó que su amor por las mujeres de su hermano, Clissa y Babe, lo devorara en silencio.

Sus rápidos ojos vieron las hendiduras recientes en la tierra blanda detrás de la roca, que mostraban dónde se había girado Kimbo y saltado persiguiendo al conejo. Ignorando las huellas, buscó el lugar más cercano donde podría esconderse un conejo y se acercó al tocón. Kimbo había estado allí, y había llegado demasiado tarde.

Eres un viejo tonto murmuró Alton. No puedes atrapar a un conejo persiguiéndolo. Quieres cruzarlo de alguna manera.

Lanzó un peculiar silbido, seguro de que Kimbo estaba cavando frenéticamente bajo algún tocón cercano en busca de un conejo que ya estaba a tres condados de distancia.

No hubo respuesta.

Un poco desconcertado, Alton volvió al camino.

l nunca había hecho esto antes dijo en voz baja.

Había algo que no le gustaba.

Amartilló su arma. En la feria del condado alguien había dicho una vez de Alton Drew que podía disparar a un puñado de sal y pimienta arrojados al aire y dar solo en la pimienta. Una vez partió una bala con la hoja de un cuchillo y apagó dos velas. No tenía por qué temer nada a lo que pudiera dispararse. Eso es lo que creía.


La Cosa del bosque miró con curiosidad lo que le había hecho a Kimbo y gimió como lo había hecho Kimbo antes de morir. Permaneció un minuto almacenando hechos en su mente inmunda y sin emociones. La sangre estaba caliente. La luz del sol era cálida.

Las cosas que se movían y tenían pelaje tenían un músculo para forzar el líquido espeso a través de diminutos tubos en sus cuerpos. El líquido se coagulaba después de un tiempo. El líquido sobre las cosas verdes enraizadas era más delgado y la pérdida de una extremidad no significaba la pérdida de la vida. Era muy interesante, pero la Cosa no estaba contenta. Tampoco estaba disgustada.

Su impulso accidental era una sed de conocimiento, y solo estaba interesado. Se estaba haciendo tarde, y el sol descansaba en el horizonte montañoso. La Cosa levantó la cabeza de repente, notando el crepúsculo. La noche siempre fue algo extraño, incluso para aquellos de nosotros que la hemos conocido en vida. Habría sido aterrador para el monstruo si hubiera sido capaz de asustarse, pero solo podía ser curioso; sólo podía razonar a partir de lo que había observado.

Qué estaba pasando? Cada vez era más difícil de ver. Por qué? Lanzó su cabeza sin forma de lado a lado.

Era cierto: las cosas eran cada vez más oscuras. Las cosas estaban cambiando de forma, tomando un color nuevo y más oscuro. Qué veían las criaturas que había aplastado y destrozado? Cómo veían? El más grande, el que había atacado, había usado dos órganos en su cabeza. Debe haber sido eso, porque después de que la Cosa hubo arrancado dos de las patas del perro, este había dejado caer pliegues de piel sobre los órganos. Ergo, el perro veía con sus ojos. Pero luego, después de que el perro estuvo muerto y su cuerpo inmóvil, los repetidos golpes no tuvieron efecto en los ojos. Permanecieron abiertos y mirando. La conclusión lógica era que un ser que había dejado de vivir, respirar y moverse, perdía el uso de sus ojos.

Debe ser que perder la vista era morir. Las cosas muertas no andaban. Se acostaban y no se movían. Por lo tanto, la Cosa en el bosque concluyó que debía estar muerta, así que se acostó junto al camino, no muy lejos del cuerpo disperso de Kimbo, y se creyó muerta.


Alton Drew subió al bosque a través del crepúsculo. Estaba francamente preocupado. Volvió a silbar, y luego llamó, y todavía no hubo respuesta.

El viejo Kimbo nunca había hecho esto antes y sacudió su pesada cabeza.

Ya había pasado la hora de ordeñar y Cory lo necesitaría.

Kimbo! rugió.

El grito resonó entre las sombras, y Alton accionó el seguro de su rifle y puso la culata en el suelo junto al camino. Apoyándose en él, se quitó la gorra y se rascó la parte de atrás de la cabeza, preguntándose. La culata del rifle se hundió en lo que pensó que era tierra blanda; se tambaleó y pisó a la Cosa que yacía junto al camino. Su pie se metió hasta el tobillo en su podredumbre flexible. Maldijo y retrocedió.

Uf! Seguro que estás muerto como el infierno!

Se limpió la bota con un puñado de hojas mientras el monstruo yacía en la creciente oscuridad con los bordes de la huella en su pecho, deslizándose en él, llenándolo. Yacía allí, observándolo vagamente con sus ojos turbios, pensando que estaba muerto a causa de la oscuridad, observando las articulaciones de Alton Drew, preguntándose por esta nueva criatura desprevenida. Alton limpió la culata de su arma con más hojas y siguió por el camino, silbando ansioso a Kimbo.

Clissa Drew estaba de pie en la puerta del cobertizo, muy hermosa con su vestido a cuadros rojos y un delantal azul. Su cabello era de un amarillo limpio, con raya en el medio y tirante hacia atrás en un pesado moño trenzado.

Cory! Alton! llamó un poco bruscamente.

Bien? respondió Cory desde el granero, donde estaba ordeñando a la Ayrshire. Los menguantes chorros de leche caían placenteramente en la espuma de un balde lleno.

He llamado y llamado dijo Clissa. La cena está fría y Babe no comerá hasta que vengas. Dónde está Alton?

Cory gruñó, apartó el taburete del camino y le dio una palmada al animal en la grupa. La vaca retrocedió y se llenó como un bote remolcador, traqueteó por la línea y salió al corral.

Todavía no ha vuelto.

No? Clissa entró y se paró a su lado mientras él se sentaba junto a la próxima vaca, puso su frente contra el tibio flanco. Pero, Cory, él dijo que...

Sí, sí, lo sé. Dijo que volvería para ordeñar. Lo escuché. Bueno, no lo ha hecho.

Y tienes que... Oh, Cory, te ayudaré a terminar. Alton regresará si puede. Tal vez esté...

Tal vez haya cazado un arrendajo azul espetó su esposo. l y ese maldito perro hizo un gesto con una mano mientras la otra seguía ordeñando. Tengo veintiséis cabezas de vaca para ordeñar. Tengo cerdos para alimentar y gallinas para degollar. Tengo que tirar heno para la yegua y sacar el equipo. Tengo leña para partir y transportar.

Ordeñó por un momento en silencio, mordiéndose el labio. Clissa se quedó de pie, retorciendo las manos, tratando de pensar en algo para detener la marea. No era la primera vez que la caza de Alton interfería con las tareas del hogar.

Así que tengo que seguir adelante con eso. No puedo interferir con el rastro de Alton. Cada maldito sabueso suyo huele a ardilla. Me voy sin mi cena. Me estoy enfermando.

Oh, te ayudaré! dijo Clissa.

Estaba pensando en la primavera, cuando Kimbo había mantenido a raya a doscientas libras de oso negro furioso hasta que Alton pudo meterle una bala en el cerebro, la vez que Babe encontró un osezno y comenzó a llevarlo a casa. No puedes odiar a un perro que ha salvado a tu hija, pensó.

No harás nada por el estilo! gruñó Cory. Vuelve a la casa. Encontrarás suficiente trabajo allí. Te acompañaré cuando pueda. Maldita sea, Clissa, no llores! No fue mi intención... Oh, carajo! él se levantó y puso sus brazos alrededor de ella. Estoy alterado. Ve ahora. No me gusta hablarte de esa manera. Lo siento. Vuelve con Babe. Pondré fin a esto para siempre esta noche. He tenido suficiente. Aquí hay trabajo para cuatro granjeros y todo lo que tenemos soy yo y ese cazador.

Está bien dijo ella en su hombro. Pero, Cory, escúchalo cuando regrese. Es posible que haya tenido problemas. Tal vez él... él.

A mi hermano no le hace daño nada que pueda morir de un balazo. Puede cuidarse solo. No tiene una excusa lo suficientemente buena esta vez. Vamos, ahora. Haz que el niño coma.

Clissa volvió a la casa, su joven rostro estaba fruncido. Si Cory se peleaba con Alton y lo echaba, con la sequía y la lechería a punto de cerrar y todo eso, simplemente no podrían arreglárselas! Contratar a un hombre estaba fuera de cuestión. Cory tendría que trabajar él mismo, hasta la muerte, y simplemente no sería capaz de hacerlo. Ningún hombre podría. Ella suspiró y entró en la casa. Eran las siete en punto y el ordeño aún no había terminado. Oh, por qué Alton tuvo que...

Babe estaba en la cama a las nueve cuando Clissa escuchó un grito en el cobertizo.

Alton ya ha vuelto? dijeron ambos cuando Cory entró a la cocina; y mientras ella negaba con la cabeza, él se acercó a la estufa; levantando una: tapa, escupió en las brasas.

Ven a la cama dijo.

Dejó la costura. Tenía veintiocho años, andaba y actuaba como un hombre diez años mayor y parecía cinco años más joven.

Me levantaré en un rato dijo Clissa.

Cory miró hacia la esquina detrás de la caja de madera donde solía estar el rifle de Alton, luego emitió un sonido indescriptible de disgusto y se sentó para quitarse los pesados zapatos embarrados.

Son más de las nueve Clissa se ofreció tímidamente.

Cory no dijo nada. Solo buscó sus pantuflas.

Cory, no vas a...

Qué?

Oh, nada. Solo pensé que tal vez Alton

Alton! estalló Cory. El perro va a cazar ratones de campo. Alton va a cazar al perro. Ahora quieres que vaya a cazar a Alton. Eso es lo que quieres?

Yo solo él nunca había llegado tan tarde antes.

No lo haré! Salir a buscarlo a las nueve de la noche? Maldita sea! No tiene motivos para usarnos, Clissa.

Clissa no dijo nada. Se acercó a la estufa, miró dentro de la caldera de lavado y la dejó a un lado en la parte trasera de la cocina. Cuando se dio la vuelta, Cory tenía los zapatos secos y el abrigo puesto de nuevo.

Sabía que irías dijo.

Regresaré pronto dijo Cory. No creo que se haya extraviado.

Agarró la escopeta, miró a través de los cañones, deslizó dos cartuchos en la boca y una caja de ellos en el bolsillo.

No esperes despierta dijo por encima del hombro mientras salía.

No lo haré respondió Clissa a la puerta cerrada, y volvió a su costura junto a la lámpara.

El sendero que ascendía por la ladera hasta el bosque estaba muy oscuro cuando Cory subió, mirando y llamando. El aire era frío y silencioso, y de él flotaba un olor fétido, a moho. Cory exhaló el sabor a través de las fosas nasales, lo inhaló de nuevo con el siguiente aliento y maldijo.

Cazar a las diez de la noche. Maldita sea. Alton! gritó. Alton Drew!

Los ecos le respondieron y entró en el bosque. La cosa acurrucada en la oscuridad lo escuchó y sintió las vibraciones de sus pasos y no se movió porque pensó que estaba muerta. Cory siguió caminando, mirando alrededor y hacia adelante, y no hacia abajo ya que sus pies conocían el camino.

Alton!

Eres tú, Cory?

Cory Drew se congeló. Ese rincón del bosque estaba espesamente asentado y tan oscuro como una bóveda. La voz que escuchó fue ahogada, tranquila, penetrante.

Alton?

Encontré a Kimbo, Cory.

Dónde demonios has estado? gritó Cory furiosamente.

No le gustaba esta negrura total; estaba asustado por la tensa desesperanza en la voz de Alton, y desconfiaba de su capacidad para permanecer enojado con su hermano.

Lo llamé, Cory. Le silbé, y el viejo diablo no respondió.

Puedo decir lo mismo de ti. Por qué no fuiste a ordeñar? Dónde estás? Te atraparon en una trampa?

El perro nunca dejó de responderme antes, ya sabes dijo la voz monótona y tensa desde la oscuridad.

Alton! Qué diablos te pasa? Qué me importa si tu perro no responde? Dónde estás?

Supongo que no responde porque nunca ha muerto antes dijo Alton, negándose a ser interrumpido.

Qué? Cory chasqueó los labios dos veces y luego dijo. Alton, te volviste loco? Qué es eso que dices?

Kimbo está muerto.

Kim... Oh! Cory estaba viendo esa imagen de nuevo en su mente. Babe yacía inconsciente en el aguacero, y Kimbo se enfurecía y golpeaba contra un oso monstruoso, reteniéndolo hasta que Alton pudiera llegar. Qué pasó, Alton?

Mi objetivo es averiguarlo. Alguien lo destrozó. No queda nada de él, Cory. Cada maldita articulación de su cuerpo se desgarró. Las tripas están fuera.

Buen Dios! Crees que fue un oso?

Ningún oso, ni nada en cuatro patas.

Buen Dios! dijo Cory de nuevo. Quién podría haber? hubo un largo silencio, entonces. Vuelve a casa dijo casi con suavidad.

No. Mi objetivo es estar aquí. Voy a comenzar a rastrear, y voy a seguir rastreando hasta que encuentre al que le hizo esto a Kimbo.

Estás borracho o loco, Alton.

No estoy borracho. Puedes pensar lo que quieras sobre el resto. Me quedo aquí.

Tenemos una granja allá atrás. Recuerdas? No voy a ordeñar veintiséis cabezas de vaca otra vez, Alton.

Alguien tiene que hacerlo. No puedo estar allí. Supongo que tendrás que hacerlo tú, Cory.

Sucia escoria! gritó Cory. Regresarás conmigo ahora!

La voz de Alton aún era tensa, medio adormecida.

No te acerques, amigo.

Cory siguió moviéndose hacia la voz de Alton.

Dije la voz ahora era muy tranquila, quédate donde estás.

Cory siguió acercándose. Un clic le informó de la liberación del seguro del .32-40. Cory se detuvo.

Me apuntaste con tu arma, Alton? susurró Cory.

Así es, amigo. No vas a pisar estas pistas. Las necesito al amanecer.

Pasó un minuto completo, y el único sonido en la oscuridad era el de la respiración dolorosa de Cory. Finalmente:

Yo también tengo mi arma, Alton. Ven a casa. No puedes ver para dispararme.

Sé exactamente cuál es tu posición, Cory. He estado aquí cuatro horas.

Mi arma se dispersa.

Mi arma mata.

Sin otra palabra, Cory Drew giró sobre sus talones y regresó a la granja.


Negro y licuado yacía en la negrura, no vivo, sin comprender la muerte, creyéndose muerto. Las cosas que estaban vivas veían y se movían. Las cosas que no estaban vivas no podían hacerlo. Descansó su mirada fangosa en la línea de árboles en la cima de la elevación, y en lo más profundo de su interior los pensamientos se deslizaron. Yacía acurrucado, dividiendo los hechos recién encontrados, diseccionándolos como había disecado cosas vivas cuando había luz, comparando, concluyendo, clasificando.

Los árboles en la parte superior de la pendiente apenas se podían ver, ya que sus troncos eran una fracción de sombra más claros que el cielo detrás de ellos. Al final, ellos también desaparecieron, y por un momento el cielo y los árboles fueron monótonos. La cosa sabía que ahora estaba muerta y, como muchos seres antes que ella, se preguntaba cuánto tiempo permanecería así. Luego el cielo más allá de los árboles se hizo un poco más claro. Era un hecho manifiestamente imposible, pensó la cosa, pero podía verlo y así debía ser. Las cosas muertas volvían a vivir? Eso era curioso. Qué pasa con las cosas muertas desmembradas?

Esperaría y vería.

El sol salió. Un pájaro pió en alguna parte. Un búho mató una a musaraña, un zorrillo se abalanzó sobre otro, para que las muertes del turno de noche y las del día siguieran sin cesar. Dos flores asintieron maliciosamente una a la otra, comparando sus lindas ropas. Una ninfa de libélula decidió que estaba cansada de parecer seria y se abrió la espalda para salir y secarse como una gasa. El primer rayo dorado descendió, rojo entre los árboles, a través de la hierba, pasó sobre la masa en los arbustos en sombra.

Estoy vivo de nuevo pensó. Estoy vivo, porque veo claramente.

Se puso de pie sobre sus gruesas patas hacia el resplandor dorado.

En poco tiempo los copos húmedos que habían crecido durante la noche se derritieron al sol, y cuando dio sus primeros pasos se partieron y cayó una pequeña lluvia de ellos. Subió la pendiente para encontrar a Kimbo, para ver si él también estaba vivo de nuevo.


Babe dejó que el sol entrara en su habitación abriendo los ojos. El tío Alton se había ido, eso fue lo primero que se le pasó por la cabeza.

Papá había llegado a casa anoche y le había gritado a mamá durante una hora. Alton estaba completamente loco. Le había apuntado con un arma a su propio hermano. Si Alton alguna vez se adentrara diez pies en la tierra de Cory, este lo llenaría de agujeros. Alton era vago, holgazán, egoísta y una o dos cosas más de dudoso gusto, pero indudable viveza.

Babe conocía a su padre. El tío Alton nunca estaría a salvo en este condado. Saltó de la cama con la forma envidiable de los muy jóvenes y corrió hacia la ventana. Cory caminaba penosamente hacia el pasto nocturno con dos bridas en el brazo. Abajo se escuchaban ruidos de cocina.

Babe metió la cabeza en el lavabo y se sacudió el agua como un terrier antes de secarse con la toalla. Arrastrando una camisa y un mono limpios, fue hasta el final de las escaleras, se puso la camisa y comenzó su ritual matutino con los pantalones.

Un paso hacia abajo era un paso a través de la pierna derecha. Uno más y estaba en la izquierda. Luego, saltando paso a paso sobre ambos pies, abrochándose un botón por paso, llegó al fondo completamente vestida y corrió a la cocina.

No volvió el tío Alton, mamá?

Buenos días, Babe. No, querida.

Clissa estaba demasiado callada, sonriendo demasiado, pensó Babe astutamente. No estaba feliz.

Adónde fue, mamá?

No lo sabemos, nena. Siéntate y come tu desayuno.

Qué es un mal nacido, mamá? preguntó Babe de repente.

Su madre casi dejó caer el plato que estaba secando.

Nena! Nunca debes decir eso otra vez!

Oh, bueno, el tío Alton no lo es.

Qué?

La boca de Babe se apretó alrededor de una cucharada descomunal de avena.

Un malnaci

Babe!

Ah, cierto, mamá dijo Babe con la boca llena.

Le dije a Cory que no gritara anoche dijo Clissa medio para sí misma.

Bueno, sea lo que sea que signifique, el tío no lo es dijo Babe con firmeza. Fue de caza otra vez?

Fue a buscar a Kimbo, cariño.

Kimbo? Oh, mamá, Kimbo también se fue? Tampoco volvió?

No querida. Oh, por favor, Babe, deja de hacer preguntas!

Está bien. Adónde crees que fueron?

Hacia los bosques del norte. Cállate.

Babe se tragó su desayuno. Se le ocurrió una idea; mientras pensaba en ello comía cada vez más despacio, y lanzaba más y más miradas a su madre por debajo de las lágrimas de sus ojos rasgados. Sería terrible que papá le hiciera algo al tío Alton. Alguien debería advertirle.

Babe estaba a medio camino del bosque cuando el .32-40 de Alton envió ecos arriba y abajo del valle.

Cory estaba montando un cultivador y maldiciendo al equipo cuando escuchó el arma. Llamó a los caballos y se sentó un momento para escuchar el sonido.

Uno dos tres cuatro contó.

Dirigió al equipo a la sombra de tres robles. Hizo cojear al caballo castrado con rápidos lanzamientos de una correa de repuesto y se dirigió al bosque.

Alton es un asesino murmuró, y volvió a la casa por su arma.

Clissa estaba parada justo afuera de la puerta.

Consigue munición! espetó y se precipitó dentro de la casa.

Clissa lo siguió. Estaba atando su cuchillo de caza antes de que ella pudiera sacar una caja del estante.

Cory... escuchaste esa pistola, verdad? Alton está loco. No desperdicia plomo...

Le disparó a alguien. Dame mi arma.

Cory

Oh, Dios, esto es un desastre. No puedo soportar mucho más. Que Babe no salga.

Cory salió corriendo por la puerta. Clissa lo tomó del brazo:

Cory, Babe no está.

El pesado rostro de Cory se tensó.

Dónde la viste por última vez?

En el desayuno Clissa estaba llorando.

Dijo a dónde iba?

No. Hizo muchas preguntas sobre Alton y dónde se encontraría.

Le dijiste algo?

Los ojos de Clissa se agrandaron, y ella asintió, mordiéndose el dorso de la mano.

No debiste haber hecho eso, Clissa gruñó, y corrió hacia el bosque.

Cory corrió con la cabeza erguida, esforzándose con las piernas, los pulmones y los ojos en el largo camino. Subió resoplando la pendiente hacia el bosque, agonizando por recuperar el aliento después de los cuarenta y cinco minutos de andar pesado. Ni siquiera podía notar el olor a moho en el aire.

Captó un movimiento en un matorral a su derecha y se dejó caer. Luchando por contener la respiración, se deslizó hacia adelante hasta que pudo ver con claridad. Había algo allí, de acuerdo. Algo negro, manteniéndose quieto. Cory relajó sus piernas y el torso para facilitar que su corazón bombeara algo de fuerza, y lentamente levantó el calibre .12 hasta que se dirigió a la cosa escondida en la espesura.

Sal! dijo Cory cuando pudo hablar.

No pasó nada.

Sal o por Dios que tiro! dijo Cory con voz áspera.

Hubo un largo momento de silencio, y su dedo apretó el gatillo.

Tú lo pediste dijo, y mientras disparaba, la cosa saltó al aire libre, gritando.

Era un hombrecillo delgado vestido de negro sepulcral y con la carita de niño más sonrosada que Cory jamás había visto. La cara estaba torcida por el miedo y el dolor. El hombrecito se puso de pie y saltó arriba y abajo, repitiendo:

Oh, mi mano. No dispares de nuevo! Oh, mi mano! No dispares de nuevo!

Se detuvo después de un momento, cuando Cory se había puesto de pie, y miró al granjero con ojos tristes de color azul porcelana.

Me disparaste dijo en tono de reproche, levantando una pequeña mano ensangrentada. Oh Dios mío...

Quién diablos eres tú? dijo Cory.

El hombre inmediatamente se puso histérico, pronunciando tal torrente de oraciones entrecortadas que Cory retrocedió un paso y medio levantó su arma en defensa propia. Parecía consistir principalmente en perdí mis papeles y no lo hice, y fue horrible y el hombre muerto.

Cory intentó hacerle una pregunta dos veces y luego se acercó y derribó al hombre. Yacía en el suelo, retorciéndose, gimiendo y lloriqueando y llevándose la mano ensangrentada a la boca donde Cory lo había golpeado.

Qué está pasando por aquí?

El hombre se dio la vuelta y se sentó.

Yo no lo hice! sollozó. No lo hice! Estaba caminando y escuché el arma, unas palabrotas y un grito espantoso. Fui para allá y eché un vistazo y vi al hombre muerto y salí corriendo y viniste y me escondí y disparaste yo

Cállate! el hombre lo hizo, como si hubiera accionado un interruptor. Ahora dijo Cory, señalando el camino, dices que hay un hombre muerto allá arriba?

El hombre asintió y comenzó a llorar de nuevo. Cory lo ayudó a levantarse.

Sigue este camino de regreso a mi granja dijo. Dile a mi esposa que te arregle la mano. No le digas nada más. Y espera allí. Me oyes?

Sí. Gracias. Oh, gracias.

Ve ahora Cory le dio un suave empujón en la dirección correcta y se fue por el camino hasta el lugar donde había encontrado a Alton la noche anterior...

Lo encontró allí también, y a Kimbo.

Kimbo y Alton habían pasado varios años juntos en la más profunda amistad; habían cazado, luchado y dormido juntos, y las vidas que se debían el uno al otro habían terminado ahora. Estaban muertos juntos.

Fue terrible que murieran de la misma manera. Cory Drew era un hombre fuerte, pero jadeó y se desmayó cuando vio lo que la cosa del moho les había hecho a su hermano y al perro.

El hombre pequeño de negro se apresuró por el sendero, gimiendo y agarrándose la mano herida como si deseara poder cojear con ella. Después de un rato, el gemido se desvaneció y el paso apresurado se transformó en una caminata mientras el terror de la última hora se desvanecía. Hizo dos inspiraciones profundas y se ató un pañuelo alrededor de la muñeca, pero la mano seguía sangrando. Probó atárselo al codo, y eso hizo que le doliera. Así que metió el pañuelo en su bolsillo y simplemente agitó la mano estúpidamente en el aire hasta que la sangre se coaguló.

No era una gran herida. Dos de las balas lo habían golpeado, una atravesando la parte carnosa de su pulgar y la otra el costado. Al pensar en ello, se sintió un poco orgulloso de haber tenido una herida de bala. Dio un largo paseo bajo la luz del sol de media mañana, sintiendo una comunión de ensueño con los chicos del frente de batalla. El silbido de los disparos y los proyectiles... Dónde había leído eso? Ah, qué historia sería. No ocurrían las cosas más horribles en los lugares más agradables? Este era un bosque agradable. Sin chillidos ni serpientes ni amenazas profundas y oscuras. No era un bosque de cuentos, en absoluto. Disparado por un arma de fuego.

Que interesante! se pavoneaba. Soy un caballero aventurero.

No vio el gran horror húmedo que se apiñaba detrás de él, aunque sus fosas nasales se arrugaron un poco. El monstruo tenía tres pequeños agujeros juntos en su pecho, y un pequeño agujero en el medio de su frente viscosa. Tenía tres hoyos muy juntos en la espalda y uno en la parte posterior de la cabeza. Estas marcas eran donde las balas de Alton Drew habían atravesado. La mitad de la cara sin forma se desprendió y había una profunda hendidura en su hombro. Esto era lo que había hecho la pistola de Alton Drew después de que golpeara y golpeara a la cosa.

Cuando sucedieron estas cosas, el monstruo no estaba herido ni enojado. Solo se preguntaba por qué Alton Drew actuaba de esa manera. Ahora seguía al hombrecito sin prisa alguna, igualando su paso y dejando tras de sí pequeñas partículas de lodo.

El hombrecito salió del bosque, se paró con la espalda apoyada contra un gran árbol en el borde del bosque, y pensó. Bastante le había pasado aquí. De qué serviría quedarse y enfrentar una horrible investigación por asesinato, solo para continuar esta búsqueda tonta y vaga? Se suponía que en las profundidades de este bosque, en alguna parte, estaban las ruinas de un antiguo pabellón de caza, y tal vez albergaría las pruebas que buscaba.

Pero era un informe vago, lo suficientemente vago como para olvidarlo sin remordimientos. Sería el colmo de la insensatez quedarse con todos los trámites burocráticos pueblerinos que seguirían a ese espantoso asunto en el bosque. Ergo, sería ridícul* seguir el consejo de ese granjero, ir a su casa y esperarlo. Volvería a la ciudad.

El monstruo estaba apoyado contra el otro lado del gran árbol. El hombrecito resopló con disgusto ante un repentino e insoportable olor a podredumbre. Tomó su pañuelo, lo buscó a tientas y lo dejó caer. Cuando se inclinó para recogerlo, el brazo del monstruo resopló pesadamente en el aire donde había estado su cabeza, un golpe que sin duda habría eliminado esa protuberancia. El hombre se levantó y se habría puesto el pañuelo en la nariz si no hubiera estado tan ensangrentado. La criatura, detrás del árbol, volvió a levantar el brazo, justo cuando el hombrecillo tiró el pañuelo, atravesando el campo hacia la lejana carretera; eso lo llevaría de regreso a la ciudad.

El monstruo se abalanzó sobre el pañuelo, lo recogió, lo estudió, lo rasgó varias veces e inspeccionó los bordes desgarrados. Luego contempló distraídamente la figura del hombrecillo que desaparecía y, al descubrir que ya no le interesaba, volvió a internarse en el bosque.

Babe echó a trotar con el sonido de los disparos. Era importante advertir al tío Alton sobre lo que había dicho su padre, pero era más interesante averiguar qué había sucedido. El tío Alton nunca disparaba sin matar. Esta fue la primera vez que lo escuchó disparar así.

Debe ser un oso, pensó emocionada, tropezando con una raíz y rodando para ponerse de pie otra vez. Le gustaba la idea de tener otra piel de oso. Dónde la pondría? Tal vez podrían forrarla y ella podría tenerla como manta. El tío Alton podría sentarse y leerle por la noche. Oh, no. No. No con este problema entre él y papá. Oh, si pudiera hacer algo!

Intentó correr más rápido, preocupada y ansiosa, pero estaba sin aliento y, en cambio, avanzó más despacio.

En lo alto de la elevación junto al borde del bosque se detuvo y miró hacia atrás. Observó el panorama buscando a su padre. Los nuevos senderos y los viejos estaban nítidamente definidos, y sus agudos ojos vieron inmediatamente que Cory se había salido de la línea con el cultivador y había inclinado al equipo hacia los árboles. Eso no era propio de él. Podía ver al equipo ahora.

Un poco más cerca estaba la casa; y cuando su mirada cayó sobre ella, se apartó del camino despejado. Venía su padre; ella había visto su escopeta y él estaba corriendo. Realmente podía cubrir terreno cuando quería. Debía estar persiguiéndola, pensó inmediatamente. Supuso que ella correría hacia el sonido de los disparos, e iba a seguir sus huellas hasta el tío Alton y dispararle. Sabía que él era tan buen leñador como Alton; seguramente vería sus huellas. Bueno, ella lo arreglaría.

Corrió a lo largo del borde del bosque teniendo cuidado de clavar los talones profundamente en la marga. Se adentró hasta que llegó a una espesa arboleda. Como una ardilla saltó de un árbol a otro hasta que no pudo retroceder más hacia el camino, luego se tiró al suelo y siguió con pasos muy suaves.

Le llevaría una hora dar vueltas en busca de su rastro, pensó con orgullo, y para entonces podría llegar fácilmente hasta el tío Alton. Se rió para sí misma al pensar en la forma en que había engañado a su padre. Y el pequeño sonido de la risa ahogó, para ella, el sonido del ronco grito agonizante de Alton.

Alcanzó y cruzó el camino y se deslizó a través de la maleza. Los disparos vinieron de arriba, en alguna parte. Se detuvo y escuchó varias veces, y de repente oyó que algo venía hacia ella, rápido. Se agachó para ponerse a cubierto, aterrorizada, y un hombrecito de negro con ojos azules muy abiertos por el horror pasó a ciegas junto a ella, el maletín de cuero que llevaba se enganchó en las ramas. Giró un momento y luego cayó justo frente a ella.

Babe se quedó allí durante un largo rato y luego recogió el maletín y se desvaneció en el bosque. Las cosas estaban sucediendo demasiado rápido para ella. Quería al tío Alton, pero no se atrevía a llamar. Se detuvo de nuevo y aguzó el oído. Hacia el borde del bosque oyó la voz de su padre y la de otro, probablemente el hombre que había dejado caer el maletín. No se atrevió a ir allí. Llena de terror, pensó intensamente, luego chasqueó los dedos en señal de triunfo. Ella y Alton habían jugado muchas veces aquí; tenían todo un repertorio de señales secretas.

Había practicado cantos de pájaros hasta que los aprendió mejor que los propios pájaros. Qué podría ser? Ah, arrendajo azul. Echó la cabeza hacia atrás y, mediante alguna alquimia juvenil, emitió un chillido desgarrador que habría hecho justicia a cualquier arrendajo que hubiera volado alguna vez. Ella lo repitió, y luego dos veces más.

La respuesta fue inmediata: la llamada de un arrendajo azul, cuatro veces. Babe asintió para sí misma. Esa era la señal de que debían encontrarse de inmediato en El Lugar. El Lugar era un escondite que él había descubierto y compartido con ella, y nadie más lo conocía; un ángulo de roca junto a un arroyo no muy lejano. No era exactamente una cueva, pero casi. Suficiente para ser fascinante.

Babe trotó alegremente hacia el arroyo. Acababa de saber que el tío Alton recordaba la llamada del arrendajo azul y lo que significaba.

En el árbol que se arqueaba sobre el cuerpo disperso de Alton estaba posado un gran arrendajo, acicalándose y brillando al sol. Totalmente inconsciente de la presencia de la muerte, sin apenas percatarse del grito de Babe, volvió a gritar cuatro veces.

A Cory le tomó más de un momento recuperarse de lo que había visto. Se apartó y se apoyó débilmente contra un pino, jadeando. Ese era Alton tendido allí, en partes.

Dios! Dios, Dios, Dios

Poco a poco recobró las fuerzas y se obligó a volverse de nuevo. Caminando con cuidado, se inclinó y recogió la 32-40. Su cañón estaba brillante y limpio, pero la culata estaba manchada con algún tipo de podredumbre apestosa. Dónde había visto algo así? En algún lugar, no importa. Lo limpió distraídamente, tirando el pañuelo sucio después. Por su mente corrieron las palabras de Alton: voy a seguir rastreando hasta que encuentre al que le hizo esto a Kimbo.

Cory buscó hasta que encontró la caja de cartuchos de Alton. Estaba mojada y pegajosa. Eso lo hizo sentir mejor, de alguna manera. Una bala mojada con la sangre de Alton era lo correcto. Se alejó una corta distancia, dio vueltas hasta que encontró huellas pesadas y luego regresó.

Te estoy siguiendo, amigo susurró con voz espesa.

A través de la maleza siguió su rastro vacilante, asombrado por la cantidad de moho que había alrededor, asociándolo gradualmente con la cosa que había matado a su hermano. Ya no había nada en el mundo para él más que odio y obstinación.

Maldiciéndose a sí mismo por no haber llevado a Alton a casa anoche, siguió las huellas hasta el borde del bosque. Lo llevaron a un gran árbol. Allí vio algo más: otro juego de huellas pequeñas, de dedos puntiagudos, las huellas de Babe.

Babe! gritó Cory. Babe!

Sin respuesta. El viento suspiró. En algún lugar llamó un arrendajo azul.

Babe se detuvo y se volvió cuando escuchó la voz de su padre, débil con la distancia, penetrante.

Escúchalo gritar canturreó encantada. Vaya, suena enojado.

Le devolvió el canto de un arrendajo irrespetuosamente y se apresuró a ir a El Lugar. Consistía en una roca gigantesca junto al arroyo. Alguna agitación glaciar la había partido, cortando un enorme trozo en forma de V. La parte más ancha de la hendidura estaba al borde del agua, y la más angosta estaba oculta por arbustos. Formaba una pequeña habitación sin techo, áspera y desigual y llena de baches y depresiones por dentro, y sin embargo con un suelo bastante nivelado. El extremo abierto estaba al borde del agua.

Babe apartó los arbustos y miró por la hendidura.

Tío Alton! llamó en voz baja.

No hubo respuesta.

Oh, bueno.

Ella trepó y se deslizó hasta el suelo. Le encantaba estar ahí. Estaba sombreado y fresco, y el riachuelo parloteante lo llenaba de luces doradas, cambiantes, y gorgoteos risueños. Llamó de nuevo y luego se posó en un afloramiento para esperar. Fue entonces cuando se dio cuenta de que todavía llevaba el maletín del hombrecito.

Le dio la vuelta un par de veces y luego lo abrió. Estaba dividido en el medio por una pared de cuero. Por un lado había unos papeles en un gran sobre amarillo y por el otro unos sándwiches, una barra de chocolate y una manzana. Con la complaciente aceptación del maná del cielo, Babe guardó un sándwich para Alton, principalmente porque no le gustaba la mortadela muy especiada. El resto hizo todo un festín.

Estaba un poco preocupada por Alton, incluso después de haber consumido el corazón de la manzana. Se levantó y trató de deslizar algunos guijarros sobre el turbulento arroyo, y se paró sobre sus manos, y trató de pensar en una historia para contarse a sí misma. Trató de simplemente esperar.

Finalmente, desesperada, volvió a girarse hacia el maletín, sacó los papeles, se acurrucó junto a la pared rocosa y comenzó a leerlos. Era algo que hacer. Había un viejo recorte de periódico que hablaba de extraños testamentos que había dejado la gente. Una anciana había dejado una vez mucho dinero a quien hiciera el viaje de la Tierra a la Luna y viceversa. Otro había financiado un hogar para gatos cuyos amos y dueñas habían muerto. Un hombre dejó miles de dólares al primer hombre que pudiera resolver cierto problema matemático. Pero un elemento estaba escrito con lápiz azul: Uno de los más extraños de los testamentos en vigor es el de Thaddeus M. Kirk, quien murió en 1920.

Parece que construyó un elaborado mausoleo con bóvedas funerarias para todos los restos de su familia. Recogió y retiró ataúdes de todo el país para llenar los nichos designados. Kirk fue el último de su línea; no había parientes cuando murió. Su testamento establecía que el mausoleo se mantendría en reparación de forma permanente y que se reservaría una cierta suma como recompensa para quien pudiera presentar el cuerpo de su abuelo, Roger Kirk, cuyo nicho aún estaba vacío. Cualquiera que encuentre este cuerpo era elegible para recibir una fortuna sustancial.

Babe bostezó vagamente, pero siguió leyendo porque no había nada más que hacer. Lo siguiente era una hoja gruesa de correspondencia comercial, con el membrete de una firma de abogados. El cuerpo decía:

Con respecto a su consulta sobre el testamento de Thaddeus Kirk, estamos autorizados a afirmar que su abuelo era un hombre de aproximadamente cinco pies, cinco pulgadas, cuyo brazo izquierdo se había roto y que tenía un plato triangular de plata en su cráneo. No hay información sobre el paradero de su muerte. Desapareció y fue declarado legalmente muerto al cabo de catorce años. El monto de la recompensa, según consta en el testamento, más los intereses, asciende ahora a una fracción de más de sesenta y dos mil dólares. Este será pagado a quien presente los restos, siempre que estos respondan a las descripciones conservadas en nuestros archivos privados.

Había más, pero Babe estaba aburrida. Pasó al pequeño cuaderno negro. No había nada más que registros a lápiz y muy abreviados de visitas a bibliotecas; citas de libros con títulos como Historia de los condados de Angelina y Tyler y Historia familiar de Kirk. Babe también tiró eso a un lado.

Dónde estará el tío Alton? empezó a cantar desafinadamente. Tumalumaliim tum, ta ta ta fingiendo bailar un minueto con faldas sueltas como una chica que había visto en las películas.

Un susurro de los arbustos en la entrada de El Lugar la detuvo y miró hacia arriba.

Rápidamente corrió hacia un pequeño callejón sin salida en la pared de roca, lo suficientemente grande como para esconderse. Se rió al pensar en lo sorprendido que se sentiría el tío Alton cuando ella saltara hacia él.

Oyó que el recién llegado descendía arrastrando los pies por la empinada pendiente de la grieta y aterrizaba pesadamente en el suelo. Había algo en el sonido... Qué era? Se le ocurrió que, aunque era un trabajo duro para un hombre grande como el tío Alton pasar por la pequeña abertura en los arbustos, no podía oír una respiración pesada. No oía respirar en absoluto!

Babe se asomó a la cueva principal y chilló con sumo horror. De pie, allí, no estaba el tío Alton, sino una enorme caricatura de un hombre: una cosa enorme como un muñeco de barro irregular, hecho con torpeza. Tembló y partes de él brillaron y partes de él estaban secas y desmenuzadas. La mitad de la parte inferior izquierda de su rostro había desaparecido, dándole un aspecto torcido. No tenía boca ni nariz perceptibles, y sus ojos estaban torcidos, uno más alto que el otro, ambos de un color marrón oscuro sin nada de blanco.

Se quedó muy quieto, mirándola, su único movimiento fue un constante temblor sin vida. Se preguntó por el extraño ruidito que había hecho Babe. Ella se arrastró hacia atrás contra una pequeña bolsa de piedra, su cerebro dando vueltas y vueltas en círculos cansados de agonía. Abrió la boca para gritar y no pudo. Sus ojos se abultaron y su rostro ardió por el esfuerzo, y las dos cuerdas doradas de su cabello trenzado se retorcieron mientras buscaba desesperadamente una salida. Ojalá estuviera al aire libre, o en la semicueva en forma de cuña donde estaba la cosa, o en casa en la cama!

La cosa se acercó a ella, inexpresiva, moviéndose con una lenta inevitabilidad que era el quid del horror. Babe yacía con los ojos muy abiertos y congelada, la creciente presión del terror detenía sus pulmones, haciendo que su corazón se estremeciera por completo. El monstruo llegó a la boca del pequeño bolsillo intentó caminar hacia ella y fue detenido por los costados. Era una pequeña fisura tan estrecha; y Babe hizo todo lo posible para entrar. La cosa estaba de pie luchando contra la roca en sus hombros, presionando más y más fuerte para llegar a Babe. Se incorporó lentamente, tan cerca de la cosa que su olor era casi lo suficientemente denso para ver, y una esperanza salvaje estalló a través de su miedo mudo. No podía entrar! No podía entrar porque era demasiado grande!

La sustancia de sus pies se extendió lentamente bajo la tremenda tensión, y en su hombro apareció una ligera grieta. Se ensanchó cuando el monstruo se aplastó insensiblemente contra la roca y, de repente, un gran trozo del hombro se desprendió y el ser se retorció un metro más adentro. Se quedó quieto, con sus ojos fangosos fijos en ella, y luego levantó un brazo grueso sobre su cabeza.

Babe trepó más lejos que había creído imposible, y la sucia mano golpeada en un garrote le acarició la espalda, dejando un rastro de suciedad en la camisa azul que llevaba puesta. El monstruo surgió de repente y, yaciendo ahora de largo, ganó esa última y preciosa pulgada. Una mano negra agarró una de sus trenzas y las luces de Babe se apagaron.

Cuando volvió en sí, estaba colgando del cabello. La cosa la sostuvo en alto, de modo que su rostro y su cabeza sin rasgos no estaban a más de un pie de distancia. La miró con leve curiosidad en los ojos y la balanceó lentamente de un lado a otro.

La agonía de su cabello tirado hizo lo que el miedo no podía hacer: le dio una voz. Ella gritó. Abrió la boca e hinchó sus poderosos y jóvenes pulmones. Contuvo la garganta en la posición del primer grito, y su pecho se agitó y bombeó más aire a través de la garganta congelada. Estridentes y monótonos, e infinitamente penetrantes eran sus gritos.

A la cosa no le importó. La sostuvo como estaba y la observó. Cuando aprendió todo lo que pudo de este fenómeno, la dejó caer de manera discordante y miró alrededor de la semicueva, ignorando al aturdido y acurrucado cuerpo de Babe. Recogió el maletín de cuero y lo rasgó dos veces como si fuera un pañuelo. Vio el sándwich que le había dejado Babe, lo recogió, lo aplastó y lo dejó caer.

Babe abrió los ojos, vio que estaba libre, y justo cuando la cosa se volvió hacia ella, se zambulló entre sus piernas y salió al estanque poco profundo frente a la roca, chapoteó hasta la otra orilla gritando. Una lucecita viciosa de furia ardía en ella; recogió una piedra y la arrojó. Voló bajo y rápido, y golpeó el tobillo del monstruo. La cosa estaba dando un paso hacia el agua; la piedra lo desequilibró. Se tambaleó durante un largo y silencioso momento en el borde y luego se zambulló en el arroyo. Sin mirarlo dos veces, Babe salió corriendo.

Cory Drew estaba siguiendo las pequeñas gotas de moho que de alguna manera indicaban el camino del asesino, y estaba cerca cuando la escuchó gritar por primera vez. Echó a correr, dejó caer su escopeta y sostuvo la .32-40 lista para disparar. Corrió con un pánico tan mortal en su corazón que pasó por delante de la enorme roca hendida y estuvo cien metros más allá antes de que ella saliera del estanque y corriera hacia la orilla. Tuvo que correr fuerte y rápido para atraparla, porque cualquier cosa detrás de ella era ese horror sin rostro en la cueva, y ella vivía para la única idea de escapar de allí. l la atrapó en sus brazos y la atrajo hacia él, y ella gritó y gritó y gritó.

Babe no vio a Cory en absoluto cuando la abrazó y la calmó.

El monstruo yacía en el agua. No le gustó ni le disgustó este nuevo elemento. Descansaba en el fondo, su enorme cabeza a treinta centímetros por debajo de la superficie, y consideraba con curiosidad los datos que había recopilado. Hubo un pequeño zumbido de la voz de Babe que envió al monstruo a buscar dentro de la cueva. Estaba el material negro del maletín que resistió mucho más que las cosas verdes cuando lo rasgó. Allí estaba el pequeño de dos patas que cantó y que gritó cuando llegó. Estaba esta nueva cosa fría y móvil en la que había caído. Estaba lavando su cuerpo. Eso nunca había ocurrido antes. Eso era interesante.

El monstruo decidió quedarse y observar esta cosa nueva. No sintió ningún impulso de salvarse a sí mismo; sólo podía ser curiosidad.

El arroyo brotó de su manantial, corrió desde su fuente, llamando a los rayos del sol y abrazando riachuelos y arroyuelos. Gritaba y jugaba con pequeñas raíces y empujaba a los pececillos en sus diminutos remansos. Era un arroyo feliz. Cuando llegó al estanque, la roca desprendida encontró al monstruo y lo arrancó. Empapó las sustancias inmundas y derritió los mohos, y las aguas debajo de la cosa se arremolinaron oscuramente con su materia diluida.

Era un arroyo completo. Lavaba todo lo que tocaba, persistentemente. Donde encontraba inmundicia, inmundicia quitaba; y si había capa sobre capa de inmundicia, entonces capa por capa de inmundicia se eliminaba. Era un buen arroyo. No le importó el veneno del monstruo, sino que lo tomó y lo diluyó y lo esparció en pequeños anillos alrededor de las rocas río abajo, y lo dejó flotar hacia las plantas acuáticas para que pudieran crecer más verdes y hermosas. Y el monstruo se derritió.

Soy más pequeño pensó la cosa. Eso es interesante. No puedo moverme. Y ahora esta parte de mí que piensa también se va. Se detendrá en un momento y se alejará con el resto del cuerpo. Dejará de pensar y dejaré de ser. Eso también es muy interesante.

Entonces el monstruo derritió y ensució el agua, y el agua volvió a estar limpia, lavando y lavando el esqueleto que el monstruo había dejado.

No era muy grande y tenía un nudo mal curado en el brazo izquierdo.

La luz del sol parpadeó sobre la placa triangular de plata incrustada en el pálido cráneo, y el esqueleto estaba ahora muy limpio. El arroyo se rió de eso durante una era.

Encontraron el esqueleto seis hombres de labios sombríos que vinieron a buscar a un asesino. Nadie le había creído a Babe cuando contó su historia días después. Tuvieron que pasar días porque Babe había gritado durante siete horas sin parar y había yacido como un niño muerto durante un día. Nadie le creyó en absoluto, porque su historia era sobre el tipo malo, y sabían que el tipo malo era simplemente algo que su padre había inventado para asustarla. Pero fue a través de ella que se encontró el esqueleto, por lo que los hombres del banco enviaron un cheque a los Drew por más dinero del que nunca habían soñado. Era el viejo Roger Kirk, por supuesto, el esqueleto, aunque fue encontrado a cinco millas de donde había muerto y se hundió en el suelo del bosque donde el moho caliente se acumuló alrededor de su esqueleto y emergió: un monstruo. Así que los Drew tenían un granero nuevo y un excelente ganado nuevo y contrataron a cuatro hombres. Pero no tenían a Alton. Y no tenían Kimbo; y Babe grita por la noche y ha adelgazado mucho.

Theodore Sturgeon (1918-1985)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Theodore Sturgeon.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Theodore Sturgeon: Eso (It), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a ***.com


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 Asunto: Las tres brujas: Ernest Dowson; poema y análisis.
NotaPublicado: Dom Sep 11, 2022 11:40 pm 
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Las tres brujas: Ernest Dowson; poema y análisis.




Las tres brujas (The Three Witches) es un poema decadentista del escritor inglés Ernest Dowson (1867-1900), publicado en la antología de 1896: Versos (Verses).

Las tres brujas, posiblemente uno de los poemas de Ernest Dowson menos conocidos, expresa la atracción del poeta por la muerte a través de escenarios áridos, oscuros, que despojan a la vida de su estado de espera, de limbo. En la poesía de Ernest Dowson la voz narradora siempre mira la vida retrospectivamente; desea el final porque siente que el acto de vivir, de existir, es agotador. En este contexto, Las tres brujas es un poema simbólico que imagina a la muerte físicamente en un paisaje oscuro y desolado:


Las noches bañadas de luna han pasado,
y los días de gris y pardo;
no hay mayo ni trébol,
y el día y la noche son uno.
Ni una aldea, ni una ciudad
se encuentran con nuestros ojos cansados y sin lágrimas;
en la llanura sin piedad,
donde la hierba pálida cae y muere.


El motivo de la pérdida es frecuente en los poemas de Ernest Dowson, sin embargo, la tendencia del poeta a la aniquilación también es una alegoría del fin de siglo. Las tres brujas es un poema sobre el fin de la civilización conocida hasta entonces, una pieza que trata de capturar las ansiedades del autor sobre su propia situación cultural. Sin embargo, la Muerte parece estar suspendida en las Las tres brujas, y esa suspensión se manifiesta geográficamente como un paisaje de limbo que existe fuera del tiempo [Y el día y la noche son uno].

Es interesante cómo Ernest Dowson socava este limbo [aparentemente] inmóvil empleando un movimiento rápido, casi nervioso, de palabras en su mayoría monosilábicas. Las Tres Brujas con sus brazos de líquen son un símbolo que representa el anhelo de destrucción, decadencia y disolución, como las brujas en Macbeth o las Vampiresas de Drácula [ver: La verdad sobre las tres Vampiresas de Drácula]. Ellas son las hijas de Astarté, queridas abortos de la luna. Astarté es una diosa semítica y en el mito se la representa tanto como un demonio lunar como una madre fértil. La idea del regreso a la vida uterina es bastante claro aquí [ver: Horror Uterino: descenso hacia el inconsciente colectivo]. Astarté encarna la autocontradicción de la fertilidad en la esterilidad, ya que las Tres Brujas son abortos, pero también queridas. Las líneas: deambularemos por el significado de un día y no veremos la luz insinúa un avance hacia la nada. Así, el deseo de muerte tiene dimensiones intrincadas. Avanza pero está suspendido:


Murallas en llamas, siempre en llamas!
A la llama que nunca muere
estamos anhelando, anhelando, anhelando,
con nuestros ojos alegres y sin lágrimas.


La llama que nunca muere tiene sus raíces en el Romanticismo como símbolo del anhelo de destrucción. Se hace eco del poema de Percy Shelley: Epipsychidion [palabra acuñada por el poeta y que significa alma nacida del alma] donde el único deseo de la polilla es precipitarse hacia la luz y morir [una muerte radiante, un sepulcro de fuego / como si fuera una lámpara de llama terrenal]. Por otro lado, la llama que nunca muere también es una alusión al bíblico fuego que nunca se apagará [Marcos 9: 43], que más adelante sería utilizado brillantemente por May Sinclair en el cuento: Donde su fuego nunca se apaga (Where Their Fire Is Not Quenched).

La triple repetición de la palabra anhelando sugiere que el anhelo se perpetúa. La disposición destructiva de Ernest Dowson también puede detectarse en el anhelo de las Tres Brujas por la llama, de nuevo, como en la atracción de la polilla de Percy Shelley por la luz. Los ojos sin lágrimas de las Brujas indican un deseo contenido, una espera controlada de la expiración. Los ojos sin lágrimas, además, marcan el esfuerzo por evitar que el deseo se evapore, manteniéndolo atrapado en el interior.

Este estancamiento estético que de alguna manera inmoviliza el anhelo de muerte en Las tres brujas ofrece connotaciones simbólicas más amplias sobre el mundo del arte que representa Ernest Dowson, su propósito y su relación con la sociedad burguesa victoriana. La última estrofa completa el artificio de circularidad restringida del poema:


En la llanura sin piedad,
(ni aldea, ni ciudad)
donde la hierba pálida cae y muere.


La estrofa reorganiza estérilmente este limbo, y expresa una falta de capacidad para escapar; una especie de encierro artístico, también delimitado por el uso de paréntesis. Su [fútil] circularidad está impresa en la vista estéril y post-apocalíptica que domina el poema. La ausencia de civilización [ni aldea, ni ciudad] manifiesta cierta inquietud en relación con las Brujas y su linaje [de Astarté], cuyas raíces florecieron en las representaciones de la mujer decadente. De este modo, las Tres Brujas podrían encarnar la fascinación y la repulsión Ernest Dowson por la ciudad burguesa. Sugerentemente, las Tres Brujas son son musas [o anti-musas] que queman la ciudad burguesa y la alienante modernidad que esta representa, y se relacionan con la obsesión más amplia de Ernest Dowson con los temas del autoaislamiento y la abstinencia de la vida [ver: El monstruo femenino como figura de resiliencia]

Es importante tener en cuenta que Ernest Dowson formaba parte de un movimiento que trataba de encontrar la pureza en las cosas sucias, lo dulce en lo amargo. En todos sus poemas podemos encontrar esta fusión entre categorías supuestamente antitéticas: lo sagrado y lo profano, lo puro y lo corrupto, lo real y lo falso; tal es así que las mujeres en sus obras siempre son chicas rurales y espectrales, y están inspiradas en el gran amor de su vida, Adelaide Foltinowicz, que era una mujer trabajadora, urbana y mundana.

Esta aparente incongruencia no socava la sinceridad de Ernest Dowson; más bien ilustra cómo operaba su imaginación. El poeta adoraba a Adelaide, por su pureza y su perversidad, y sus poemas se basan en una tensión entre elementos aparentemente irreconciliables, como lo ideal y lo mundano. Por un lado, las Tres Brujas son agentes corruptores; por el otro, poseen una castidad invulnerable. Ningún extremo está completo sin el otro [ver: Virgen o Bruja: la mujer según la literatura gótica]




Las tres brujas.
The Three Witches, Ernest Dowson (1867-1900)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Las noches bañadas de luna han pasado,
y los días de gris y pardo;
no hay trébol ni mayo,
y el día y la noche son uno.

Ni una aldea, ni una ciudad
se encuentran con nuestros ojos cansados y sin lágrimas
en la llanura sin piedad,
donde la hierba pálida cae y muere.

Deambularemos por el significado
de un día y no veremos la luz,
porque nuestros brazos de líquen
se apoyan en los extremos de la noche interminable.

Nosotras, las hijas de Astarté,
queridas abortos de la luna,
en fiesta alegre y silenciosa,
pronto cabalgaremos hacia ustedes.

Murallas en llamas, siempre en llamas!
A la llama que nunca muere
estamos anhelando, anhelando, anhelando,
con nuestros ojos alegres y sin lágrimas.

En la llanura sin piedad,
(ni aldea, ni ciudad)
donde la hierba pálida cae y muere.


All the moon-shed nights are over,
And the days of gray and dun;
There is neither may nor clover,
And the day and night are one.

Not an hamlet, not a city
Meets our strained and tearless eyes;
In the plain without a pity,
Where the wan grass droops and dies.

We shall wander through the meaning
Of a day and see no light,
For our lichened arms are leaning
On the ends of endless night.

We, the children of Astarte,
Dear abortions of the moon,
In a gay and silent party,
We are riding to you soon.

Burning ramparts, ever burning!
To the flame which never dies
We are yearning, yearning, yearning,
With our gay and tearless eyes.

In the plain without a pity,
(Not an hamlet, not a city)
Where the wan grass droops and dies.


Ernest Dowson
(1867-1900)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Ernest Dowson.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Ernest Dowson: Las tres brujas (The Three Witches), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a ***.com


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 Asunto: La sombra de Lilith: Christopher Brennan; poema y aná
NotaPublicado: Lun Sep 19, 2022 11:14 pm 
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La sombra de Lilith: Christopher Brennan; poema y análisis.


La sombra de Lilith: Christopher Brennan; poema y análisis.




La sombra de Lilith (The Shadow of Lilith) es un poema de vampiros del escritor australiano Christopher Brennan Christopher John Brennan (1870-1932), publicado en la antología de 1913: Poemas (Poems).

La sombra de Lilith, sin dudas uno de los mejores poemas de Christopher Brennan, versifica una postura feminista muy progresiva para el siglo XIX, época en la cual la discriminación de género estaba fuertemente institucionalizada. Podemos resumir el poema como un intento por naturalizar la libido de las mujeres.

La sombra de Lilith constituye un ejemplo innovador de la representación del cuerpo femenino en la poesía. En este contexto, la figura mitológica de Lilith representa una desviación del modelo femenino socialmente aceptado. Ella es lo opuesto al ideal de la mujer dócil, y así se la representa en los mitos hebreos. Lilith fue la primera esposa de Adán, y fue castigada por actuar de acuerdo a sus deseos, es decir, por considerarse una igual de su esposo; quien al parecer no estaba dispuesto a compartir el rol dominante en la alcoba.

En los mitos, Lilith se rehúsa a subordinarse a su esposo y es desterrada, siendo reemplazada más adelante por la dócil Eva. En otras palabras, Lilith se niega a ser un objeto pasivo. No concede actuar de acuerdo a la satisfacción de Adán, que básicamente ansía una compañera decorativa y carente de deseos sexuales propios [ver: Eva era la Serpiente!]. En La sombra de Lilith, Christopher Brennan explora simbólicamente la rebeldía de Lilith, vista desde una perspectiva patriarcal como una mujer impura, por ejemplo, a través del nardo [que simboliza el placer desatado], de la rosa [que alude a los genitales femeninos], y de la sangre, símbolo tanto del ciclo femenino como de la pérdida de la virginidad.

De este modo, Christopher Brennan ilustra a través de la figura de Lilith la complejidad de la anatomía femenina [sus ciclos, su naturaleza intrincada, el misterio de su placer] y cómo las mujeres experimentan sus cuerpos de manera diferente a los hombres:


Un raro cieno hediondo ahoga nuestro deleite,
algún derrame de amor que languidece,
una rosa que sangra sin ser vista.


Christopher Brennan representa a Lilith como una igual a Adán; y aunque el relato bíblico retrata a Lilith bajo una luz monstruosa y pecaminosa, el poeta la caracteriza como mujer. Lilith es una mujer que se ha convertido en una marginada del paraíso, una figura solitaria que vaga por la noche por el crimen de haber expresado sus deseos latentes:


Esta es Lilith, por su nombre hebreo, Señora de la Noche
quien se unió a Adán en un deleite impío;
Ella, monstruosa por ese abrazo rechazado, podría volverse Quimera,
la esposa-serpiente, la bruja-vampiro
que drena la sangre fresca de los recién nacidos.
cuya sonrisa se oculta en su cabellera alborotada
que es la noche estrellada.


Lilith es el misterio de la noche, el misterio del cuerpo de la mujer, complejo y a la vez intimidante. Por eso es vista como una figura demoníaca en los mitos bíblicos, y por eso Christopher Brennan la identifica en el poema como la fuente de la libido femenina.




La sombra de Lilith.
The Shadow of Lilith, Christopher Brennan (1870-1932)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


El nardo espesa el aire: un desmayo
reposa sobre el cáliz abierto y la vaina deslizada
a través del jardín, bajo la densa noche de la que pende
su propia luna perturbadora:
Ni el cielo ni la tierra, buscando su favor,
se encuentran en esta sangrienta turbulencia
donde se ven los anhelos de una oscura dicha,
cuyos vapores envuelven alguna rosa de deleite raramente revelado:
Oh, pronto! ay, seguramente cerca la hora consiente en bendecir!
Y más cerca aún, todos los caminos de la noche convergen
en esa oscuridad deliciosa entre sus senos
que confiesan la noche y la flor y la sangre díscola,
donde todo el deseo del mundo ansía fundir su multitud
de singulares nidos de sufrimiento.

Vestida solo con oscuridad, oh, rosa y bálsamo,
donde la juventud quemada es una bendición curativa,
qué atrae la tensa oscuridad alrededor de tu palpitante calma?
O esa marea creciente del mediodía lujurioso,
ricamente destilada para tu dulce alimento, ahora traidora,
que oye a alguna luna secreta?
El disfraz de esposa de Eva, su dote que el Edén pautó,
ahora es alambique donde el alquimista enamorado
invoca la rosa más rara, descendencia fantasma;
tu esencia cubierta de rocío donde persisten los soles
es alterada por un rito oculto pero natural:
entre tus hojas fue la noche en que nos besamos.
Un raro cieno hediondo ahoga nuestro deleite,
algún derrame de amor que languidece,
una rosa que sangra sin ser vista, el corazón de la noche;
cuya dulzura nos tiene asombrados, atrapados:
por astuta, ella, la marginada, induce al despertar,
recordando tiempos anteriores al nuestro,
cuando el Paraíso brilló una vez, la gema de rocío en su corazón,
y la vil traición dio al mal el tiempo que aflige su rostro solitario,
y toda la viudez lúgubre de la noche la envolvió, y el desierto del espacio:
Oh, rosa sangrante, solitaria! Oh, corazón de la noche!

Esta es Lilith, por su nombre hebreo,
Señora de la Noche: ella, en el cuerpo delicado que fue
se unió a Adán en un goce impío;
quien, incapaz de ese amor terrible, engendró en ella no majestad,
como Júpiter, sino la prole de gusanos que la eligieron, en adelante,
como su nido, la espesura retorcida y alimentada por lodo de la mente.
Ella, monstruosa por ese abrazo rechazado, podría volverse Quimera
e inspirar dudas sobre su jardín, excitando el impulso de la flecha
para oscurecerse sobre la dicha humana, como después,
en el ancho camino de su trabajo, insinuando tentaciones,
cosas sin nombre reveladas, una perdición embrujada, la sirena legendaria;
fue vista más tarde como Melusina y Lamia, las fingidas esposas-serpiente,
la malicia de la bruja-vampiro
que drenó la sangre fresca de los recién nacidos.
Una ráfaga perversa: rostros de miedo, contemplados a lo largo del pasado
en la malinterpretada tradición junto al fuego,
de ella es el augusto y único pavor, morada cerrada,
en la casa del nacimiento y la muerte, y más cerca,
en los secretos de nuestro aliento, en el amor oculto,
cuya sonrisa escapa a nuestra vista en su cabellera alborotada
que es la noche estrellada.


The tuberose thickens the air: a swoon
lies close on opend calyx and slipt sheath
thro all the garden bosom-bound beneath
dense night that hangs, her own perturbing moon:
no star: and heaven and earth, seeking their boon,
meet in this troubled blood whereunder seethe
cravings of darkling bliss whose fumes enwreathe
some rose of rare-reveald delight: oh, soon!
Ay, surely near the hour consents to bless!
and nearer yet, all ways of night converge
in that delicious dark between her breasts
whom night and bloom and wayward blood confess,
where all the worlds desire is wild to merge
its multitude of single suffering nests.

Clothd now with dark alone, O rose and balm,
whence unto world-seard youth is healing boon,
what lures the tense dark round thy pulsing calm?
Or does that flood-tide of luxurious noon,
richly distilld for thy sweet nutriment,
now traitor, hearken to some secret moon.
Eves wifely guise, her dower that Eden lent,
now limbeck where the enamourd alchemist
invokes the rarer rose, phantom descent;
thy dewy essence where the suns persist
is alterd by occult yet natural rite:
among thy leaves it was the night we kissd.
Rare ooze of odour drowns our faint delight,
some spilth of love that languishes unshared,
a rose that bleeds unseen, the heart of night;
whose sweetness holds us, wondering, ensnared:
for cunning she, the outcast, to entice
to wake with her, remembering how she fared
in times before our time, when Paradise
shone once, the dew-gem in her heart, and base
betrayal gave her to the malefice
that all thro time afflicts her lonely face,
and all the mournful widowhood of night
closed round her, and the wilderness of space:
O bleeding rose, alone! O heart of night!

This is of Lilith, by her Hebrew name
Lady of Night: she, in the delicate frame
that was of woman after, did unite
herself with Adam in unblest delight;
who, uncapacious of that dreadful love,
begat on her not majesty, as Jove,
but the worm-brood of terrors unconfest
that chose henceforth, as their avoided nest,
the mire-fed writhen thicket of the mind.
She, monsterward from that embrace declined,
could change her to Chimera and inspire
doubt of his garden-state, exciting higher
the arrowy impulse to dim descried
oerhuman bliss, as after, on the wide
way of his travail, with enticing strain
and hint of nameless things reveald, a bane
haunted, the fabled siren, and was seen
later as Lamia and Melusine,
and whatsoeer of serpent-wives is feignd,
or malice of the vampire-witch that draind
fresh blood of fresh-born babes, a wicked blast:
faces of fear, beheld along the past
and in the folks scant fireside lore misread,
of her that is the august and only dread,
close-dwelling, in the house of birth and death,
and closer, in the secrets of our breath
or love occult, whose smile eludes our sight
in her flung hair that is the starry night.


Christopher Brennan
(1870-1932)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de vampiros.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Christopher Brennan: La sombra de Lilith (The Shadow of Lilith), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a ***.com


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