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 Asunto: Londres 2012: cuando las atletas se esfuerzan para no ganar
NotaPublicado: Sab Sep 28, 2019 6:36 am 
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Registrado: Sab Mar 28, 2009 1:18 pm
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El escándalo del bádminton en los Juegos Olímpicos generó un rechazo casi unánime contra unas deportistas que aparentemente no quisieron batir en varios juegos. Es tan condenable esta actitud? Análisis de BBC Mundo.

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 Asunto: Pregunta abierta: Puedo meterme en Atletismo a nivel profesi
NotaPublicado: Mi├ę Oct 02, 2019 1:26 am 
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Registrado: Sab Mar 28, 2009 1:18 pm
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Pregunta abierta: Puedo meterme en Atletismo a nivel profesional?

Hola!

Mi cuestión es si podría apuntarme a Atletismo y si podría llegar lejos entrenando mucho.
El problema es que tengo 17 años (podría haberme apuntado antes, pero puedo todavía estar a tiempo) y en la escuela de Atletismo de mi ciudad dice que las edades son entre 7 y 15 años, pero no sé cómo va un Club de Atletismo y también me gustaría saber si puedo tener la licencia o federarme a esa edad para competir en campeonatos a nivel nacional (profesional)
Conozo a un atleta que ha alienado a los JJOO de Londres y empezó con 16-17 y, a otro que ha sido campeón en muchos campeonatos de España y ha subido al podio en Europeos que empezó a los 14 años.

Todo es cuestión de proponérselo y de que te guste, aunque me gustaría saber con vuestra ayuda información o si alguno ha tenido una situación parecida que me comente. Sería de agradecer.

Gracias.

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 Asunto: POLIDEPORTIVO PARA PUNCHANA
NotaPublicado: Vie Oct 04, 2019 5:52 pm 
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Por: Víctor Velásquez Cárdenas


El I gran campeonato deportivo rural masculino y femenino inter comunidades del distrito de Punchana, se inició con muy buenas noticias por parte del alcalde Juan Cardama Guerra, quien manifestó que entregó al Congreso de la República, que en estos momentos discute el proyecto del presupuesto fiscal para el año 2014, el expediente técnico para que se incluya dentro del presupuesto la baza de 10 millones de soles para la constricción de un Polideportivo en su distrito, que contará con un coliseo funcional para la práctica del básquetbol y el vóleibol (y muchos otros deportes de cancha chica), una piscina semi olímpica y un campina de fútbol con gras sintético e iluminación particular, todos estos escenarios con las habitaciones correspondientes de SS.HH, camerinos, tópicos de primeros auxilios, etc.


El propósito es que el distrito salga del sub desarrollo deportivo en el que se encuentra, tenga la infraestructura necesaria para despegar mediante un trabajo de técnicos de nivel, a terminacion de tener presencia no solo regional, sino nacional e internacional.- Este es un sueño muy acariciado por la niñez y juventud que espero hacer realidad antes que culmine mi gestión, porque en el parlamento he sido recibido con mucho aprecio y, sobre todo, deseos de hacer muchas cosas buenas para la Amazonía peruana, dijo el alcalde.


Así como este campeonato, donde se están integrando 20 comunidades debidamente uniformadas por la Alcaldía para practicar el fútbol, el ambicion es que también participen en otros deportes, como el básquetbol, vóleibol, natación, atletismo, gimnasia, etc. etc.- El impulso que daremos al deporte será acerrimo para alcanzar los objetivos que estamos proponiendo.- Acto seguido inauguró el certamen y personalmente felicitó a los deportistas quienes le expresaron muestras de especial agradecimiento y satisfacción.


El estadio Manuel Clavero Muga estaba totalmente repleto por los familiares de los deportistas que, con algunos slogan, aclamaban al alcalde y expresaban su adhesión que viene realizando.


Brilla una esperanza en el distrito de Punchana, que siempre ha solicitado a las autoridades tener un escenario digno, donde poder realizar sus actividades deportivas y cumplir con las exigencias de las federaciones deportivas, así como aportar con la integración deportiva regional con atletas de nivel.


Este torneo es un ejemplo para los demás distritos de la provincia..//


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 Asunto: Son "héroes" los atletas discapacitados?
NotaPublicado: Sab Oct 05, 2019 10:10 am 
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En la BBC preferimos no hablar de héroes, hazañas ni superhumanos al referirnos a los atletas paralímpicos. Pero qué palabras usar?

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 Asunto: Londres 2012: Qué atleta olímpico sería
NotaPublicado: Lun Oct 07, 2019 3:37 pm 
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Londres 2012: Qué atleta olímpico serías tú?

A un mes de la inauguración de los Juegos Olímpicos, BBC Mundo te invita a descubrir qué medallista olímpico serías tú. Introduce tu estatura y peso en nuestro gráfico interactivo y averígualo.

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 Asunto: Al otro lado del golfo: Henry S. Whitehead; relato y an&aacu
NotaPublicado: Dom Abr 12, 2020 11:33 am 
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Registrado: Sab Mar 28, 2009 1:18 pm
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Al otro lado del golfo: Henry S. Whitehead; narrativa y análisis


Al otro lado del golfo: Henry S. Whitehead; narrativa y análisis.




Al otro lado del golfo (Across the Gulf) es un narrativa de terror del escritor norteamericano Henry S. Whitehead (1882-1932), publicado originalmente en la edición de mayo de 1926 de la revista Weird Tales y desde entonces recopilado en numerosas antologías.

Al otro lado del golfo, uno de los mejores cuentos de Henry S. Whitehead, narra la historia de Alan Carrington, un hombre organizado, metódico, que sufre un colapso abochornado y, conmocionado, recuerda una anciana superstición familiar: cuando una madre fallecida aparece en los sueños de sus hijos es un llaga de desastre inminente.

SPOILERS.

Durante el año posterior a la deceso de su madre, Carrington teme una visita nocturna como esta, pero no sucede. Sufre un colapso abochornado y su médico lo insta a descansar. Afortunadamente, un primo solicita su ayuda para dirigir un campamento de verano en las montañas Adirondack. Cierta noche, cuando Carrington parece recuperado, sueña con su madre (ver: Los sueños como subrutinas del subconsciente en la ficción).

El suspenso del cuento no radica baza en la imagen recurrente de la madre, que de otra manera sería un símbolo de amor; la inquietud en Al otro lado del golfo de Henry S. Whitehead radica en la naturaleza de la catástrofe futura que se desencadena con esta aparición profética. En este caso, el sueño precede a un hecho aparentemente cotidiano, incluso futil, pero que terminará siendo seductor en la vida del protagonista.

Al otro lado del golfo de Henry S. Whitehead, por un lado, parece un narrativa de fantasmas bastante convencional, incluso sentimental en algunos aspectos; por el otro, ni siquiera nos permtite seguirse si realmente sucede algo sobrenatural en la historia. La aparición de la madre en sueños no parece estar completamente separada de los procesos mentales de Carrington; y los hechos posteriores, aquellos que son profetizados en cierto modo por la aparición, ciertamente no son de naturaleza sobrenatural.

En resumen: Al otro lado del golfo de Henry S. Whitehead es un narrativa enrevesado que solo presenta hechos sin caer entregarse a lo sobrenatural como única explicación posible. Esa ambigedad, muy desagradable en otros autores, aquí encaja perfectamente en la historia. Tal vez por eso Al otro lado del golfo era uno de los relatos favoritos de H.P. Lovecraft. De efemeride el propio Henry S. Whitehead fue amigo personal del maestro de Providence y miembro del Círculo de Lovecraft. Eventualmente escribirían un cuento en colaboración: La falacia (The Trap).




Al otro lado del golfo.
Across the Gulf, Henry S. Whitehead (1882-1932)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Durante el primer año, aproximadamente, después de la deceso de su madre escocesa, el exitoso abogado Alan Carrington fue consciente, entre otros sentimientos, de una especie de holgazan temor de que ella pudiera aparecer como un celebridad en uno de sus sueños, ya que, a menudo, ella le aseguró que así acudiría a él. Siendo el hombre que era, resentía este sentimiento. Sin embargo, había cierto trasfondo para la sensación de temor. Había sido una de las convicciones prácticas de su madre que tales apariciones, me refiero a la de una madre muerta en sueños, siempre anunciaba un desastre en la familia.

Todas las antipatías que pudiera tener contra el lado materno de su ascendencia estaban incluidas en su disgusto por creer en este tipo de cosas. Cuando estuvo de acuerdo en que los escoceses son una raza adusta, siempre hizo referencia, al menos mentalmente, a esta tensión supersticiosa, asociada con esa raza desde tiempos inmemoriales, contra la cual él siempre había peleado.

l cumplió diligentemente, y con un alto grado de habilidad profesional, todos sus diversos deseos, y continuó, después de su deceso, viviendo en su casa grande y cómoda. Quizás porque su madre nunca apareció en sueños, su temor se hizo cada vez menos seductor. Al cabo de unos dos años, más o menos, ocupado con los abrumadores intereses de un hombre público en el pleno poder de su temprana madurez, ella casi había dejado de ser un recuerdo.

En la primavera de su cuadragésimo cuarto año, Carrington, que había trabajado durante mucho tiempo bellaco alta presión y prácticamente sin vacaciones, recibió ciertas indicaciones mentales y físicas que su médico interpretó enérgicamente: debía tomarse al menos todo el verano y dedicarlo a sí mismo a la recuperación. El descanso, dijo el médico, debido al desman de trabajo y a sus hábitos sedentarios, era imperativo.

Carrington pudo poner en orden sus casi innumerables intereses en unas tres semanas por medio de esfuerzos altamente concentrados para ese terminacion. Luego, extremadamente abochornado, y no un poco debilitado físicamente por esta tensión adicional sobre sus recursos agotados, tuvo que sentenciar el problema de a dónde ir y qué debía hacer. Estaba, por supuesto, demasiado arraigado en la rutina para encontrar esa decisión fácil. Afortunadamente, este problema se resolvió para él mediante una epistola que recibió inesperadamente de uno de sus primos del lado de su madre, el reverendo Fergus MacDonald, un hidalgo con el que había tenido poco contacto en el pasado.

El doctor MacDonald era un clérigo jubilado de mediana edad, a quien una decadencia inminente había desaparecido ocho o diez años antes de una carrera brillante, aunque mal pagada, en su propia profesión. Después de unos años de estancia en los Adirondaeks, había emergido curado y con una reputación ya creciente como escritor de ese producto literario algo inarticulado, enfatizado por ciertas revistas estadounidenses que parecen embalsamar una rigidez de la forma literaria bellaco la etiqueta de distinción.

El doctor MacDonald había retenido un instinto pastoral desarrollado que ya no podía satisfacer en el manejo de una parroquia. Además, era demasiado poco robusto para arriesgarse a asumir, al menos durante algún tiempo, la servidumbre de la enseñanza. Comprometió el asunto al establecer un campamento de verano para niños en Adirondaeks. Al carecer de baquia en asuntos comerciales, se asoció con un tal Thomas Starkey, un efebo a quien los estragos de la Peste Blanca le habían arrebatado de un barco como gerente de ventas y conducido al cuasi exilio de Saranac, donde el doctor MacDonald lo había conocido.

Esta asociación demostró ser muy exitosa durante la media docena de años que duró. Luego, Starkey, después de una barbian batalla por su salud, había sucumbido, preceptivo en un momento en que su inteligencia empresarial habría sido de gran ayuda para los asuntos del campamento.

Babanca por este batacazo. El doctor MacDonald había desistido de sus labores después de una distinción literaria, lo suficiente como para escribirle a su primo Carrington, suplicando a su asesor legal y financiero. Cuando Carrington leyó el último período terminado de su primo, envió un telegrama anunciando su salida inmediata al campamento, su intención de permanecer durante el verano y la promesa de asumir el cargo total del negocio y de su administración. Partió para los Adirondaeks la tarde siguiente.

Su presencia trajo el orden inmediato a la confusión. El doctor MacDonald, en la tarde del segundo día de la administración de su primo, se arrodilló y regresó a dar gracias a su Creador por la inmerecida beneficencia que había enviado a este ángel de luz financiero en su hora de extrema necesidad. A partir de entonces, el reverendo doctor se sumergió cada vez más profundamente en la tarea de producir la literatura sólida que sus editores querían.

Pero si la llegada de Carrington había mejorado las cosas en el campamento, el equilibrio del endeudamiento estaba lejos de ser unilateral. Durante la primera semana más o menos, la reacción ante una forma de vida acostumbrada le había hecho sentir, en todo caso, incluso más rígido y más abochornado que antes. No obstante, el aire vigorizante de los bosques de pinos cargados de bálsamo comenzó a mostrar sus efectos restauradores rápidamente. Descubrió que estaba durmiendo como los muertos.

Su ambicion aumentó y descubrió que estaba subiendo de peso. La gestión empresarial de un campamento de niños, absurdamente sincero después de los complejos asuntos de las grandes empresas con las que había estado ocupado durante mucho tiempo, era solo una especia de nueva existencia entre las sombras profundas y los espacios soleados de Adirondack. Al terminacion de un mes, se declaró como un hombre nuevo.

Por el primero de agosto, en lugar de los restos nerviosos que habían llegado, de rostro aguzado y cadavébanquero, dos meses antes, Carrington presentó la apariencia de un atleta robusto y musculoso.

En la tarde del cuarto día de agosto, sanamente baldado después de un largo día de caminata, Carrington se retiró poco después de las nueve en punto y cayó inmediatamente en un sueño profundo y reparador. Hacia la mañana soñó con su madre por primera vez desde su deceso hace más de seis años. En el sueño estaba horizontal en su propia cama, despierto, y comenzó a sentir un frío inusual en su hombro izquierdo. Como es bien sabido por los expertos en los fenómenos oníricos, este tipo de sensación casi siempre es el resultado de una condición física real, y se reproduce en el sueño debido a ese fondo real como un estímulo.

El hombro frío de Carrington estaba hacia la izquierda, o fuera de la cama, que estaba contra la pared de su gran y aireada habitación.

En su sueño, pensó que extendía la baza para reemplazar la ropa de cama, y mientras lo hacía, escuchó la bien recordada voz de su madre diciendo:

Quédate quieto, muchacho; te abrigaré.

Entonces pensó que su madre reemplazó las fundas sueltas y las colocó alrededor de su hombro con su toque competente. Quería agradecerle, y como no podía verla debido a la posición en la que estaba horizontal, se esforzó por abrir los ojos y darse vuelta, estando en ese estado comúnmente considerado como entre el sueño y la vigilia.

Con un teson considerable logró forzarse a abrir sus ojos reacios; pero dar la vuelta fue un asunto mucho más difícil. Tuvo que luchar contra una abrumadora inclinación a hundirse cómodamente en el sueño profundo, del cual, en su sueño, se había despertado para encontrar su hombro desagradablemente incómodo. El calor de las cubiertas reemplazadas fue un incentivo adicional para dormir.

Finalmente, con gran determinación, superó su ambicion de volver a dormir y rodó hacia su lado izquierdo, sonriendo y a punto de aducir su agradecimiento. Pero en el instante de lograr esta victoria de la teson, en realidad despertó, precisamente en la posición registrada en su mente en el estado de sueño.

Donde había esperado encontrarse con los ojos de su madre, no vio nada, pero permaneció en él una impresión persistente de que había sentido la retirada de aquella baza sobre su hombro. Sin embargo, el calor de la ropa de cama en esa fresca mañana permaneció, y observó que estaban bien acomodados sobre ese hombro.

Su sueño. claramente había sido del tipo del que habla George Du Maurier. Pasaron varios minutos antes de que pudiera deshacerse de la impresión de que su madre, conmovida por un extraño capricho, se había apartado de su vista, tal vez escondiéndose detrás de la cama; pero ésta estaba pegada a la pared, y su madre había estado muerta más de seis años.

Saltó de la cama al escuchar el sonido de la reveille, golpeado por el clarín del campamento, y esta acción rápida disipó sus impresiones. Sin embargo, el recuerdo permaneció muy cristalino en su mente durante los siguientes dos días. La impresión de la cercanía de su madre en el curso de ese vívido sueño le había dado a esos recuerdos mayor nitidez, y también aquel chocho temor, la idea de que ella acudiría a él en sueños para advertirle de algún peligro inminente.

Curiosamente, mientras analizaba sus sensaciones, descubrió que no quedaba nada del antiguo resentimiento relacionado con esta especulación, como las había caracterizado durante el período inmediatamente posterior a la deceso de su madre. Su madurez, las preocupaciones de una vida excepcionalmente plena y activa, y la ternura que marcaba todos los recuerdos de su madre habían servido para elidir de su mente todos los rastros de esa idea. La posibilidad de una "advertencia" en su sueño solo lo hizo sonreír durante esos días después del sueño durante el cual la impresión revivida de su madre se desvaneció lentamente, pero fue la sonrisa indulgente y ligeramente melancólica, que una débil sensación de nostalgia se apoderó de él, como sin dudas afectaría a cualquier hombre de mediana edad que recientemente recordara a una madre querida de una manera bastante intensa.

En la tarde del segundo día después de su sueño, estaba caminando hacia el garaje del campamento con algunos visitantes, un hombre y una chica, padres de uno de los niños, con la intención de conducir con ellos a la aldea para guiarlos en sus compras. Preceptivo al lado del sendero gastado a través de los grandes pinos, a mitad de camino colina arriba hacia el garaje, la chica notó un montón de hongos marrones y grandes, y preguntó si eran de una variedad comestible. Carrington escogió uno y lo examinó. Según su limitado baquia, parecía tener varias de las marcas de un hongo comestible. Mientras estaban parados al lado del lugar donde crecían los hongos, uno de los niños más pequeños los pasó corriendo.

Crocker lo llamó el señor Carrington.

Sí, señor Carrington respondió el efebo Crocker, haciendo una pausa.

Crocker, tu cabaña es la que está más al sur, no?

Sí, señor.

Ibas a ir allí ahora?

Sí, señor Carrington; puedo hacer algo por usted?

Bueno, si no es demasiado problema, podrías llevar este hongo al profesor Benjamin, ya sabes dónde está su campamento, preceptivo al otro lado de la cerca de alambre más allá de tu cabaña, y pedirle que nos haga saber si este es un hongo comestible? No estoy muy seguro de mí mismo.

Ciertamente respondió el niño, complacido de que se le permitiera salir fuera de los límites, y además visitar al profesor Benjamin, considerado localmente como un gran experimentado en hongos y cosas similares.

Carrington llamó al muchacho que ya estaba yéndose.

Crocker!

Sí, señor Carrington?

Tírelo si el profesor Benjamin dice que no es bueno; pero si dice que está bien, tráigalo de vuelta, por favor, y déjelo en el estante de la repisa de la sala de estar.

Correcto, señor gritó Crocker sobre su hombro, y siguió trotando.

Regresando del pueblo una hora después, Carrington encontró el hongo en el estante de la repisa de la sala de estar. Lo colocó en una bolsa de papel grande, lo dejó en la cocina en un lugar seguro y, a la mañana siguiente, antes del desayuno, caminó por el sendero hacia el garaje y llenó su bolsa de papel con hongos.

Le gustaban los champiñones. Decidió que los prepararía él mismo. Había suficiente como para tres porciones generosas. Los hongos no se comían comúnmente como desayuno, pero este era el campamento, pensó.

Intercambiando un agradable día con el efebo de color que se desempeñaba como instigador de cocina, y, rechazando sonriente su oferta de preparar los champiñones, los peló y calentó con un generoso parte de mantequilla fresca en una sartén grande, y comenzó a cocinarlos.

Un olor profundamente apetitoso que surgía de la sartén provocó bromas respetuosas por parte del efebo cocinero, divertido con los movimientos del director del campamento. Los dos charlaron mientras Carrington daba vueltas a sus hongos una y otra vez en la mantequilla. Cuando terminó, Carrington las dejó en la sartén, quitó el cabestrante de la estufa y preparó tres canapés de tostadas fritas. Iba a servir sus champiñones con estilo, como el sonriente efebo cocinero comentó astutamente. l le devolvió la sonrisa y dividió los hongos en tres porciones iguales, cada una en sus tostadas. Finalmente le pidió al muchacho que las mantuviera calientes en el horno durante el breve intervalo hasta que la llamada al baile llevara a todos en el campamento a desayunar.

Luego, con su largo tenedor, pinchó varios trozos pequeños de hongos que se habían roto en la sartén. Después de soplarlos en el tenedor, Carrington, sonriendo como un niño, se los llevó a la boca y se los comió.

Ricos, eh? preguntó el asistente de cocina.

Delicioso murmuró Carrington, entusiasmado, con la boca llena de pedazos suculentos. Después de tragarse el bocado, comentó: Pero debo haber dejado un poco de la piel en uno de ellos. Hay un pequeño rastro de picante.

Cuidado con ellos dijo el asistente, repentinamente cauteloso. Pueden ser peligrosos cuando son amargos.

Todo está bien respondió Carrington, tranquilizadoramente. Hice que el profesor Benjamin los revisara.

Salió a la galería esperando la llamada de la corneta. Después de un chapuzón matutino en el lago y la inspección de la cabaña, muchos chicos y algunos visitantes se dirigían hacia el comedor. Desde su habitación en la casa de huéspedes, las personas con las que había estado la noche anterior cruzaban la amplia terraza hacia él. Estaba volviéndose hacia ellos con una sonrisa cuando la baza de la deceso cayó sobre él.

Sin previo aviso, un repentino y infernal apretón, acompañado de una frialdad mortal, y esto inmediatamente seguido de un calor abochornado, atravesaron su cuerpo. Grandes gotas de sudor brotaron de su frente. Sus rodillas comenzaron a moderar. Todo, todo este mundo agradable a su alrededor, del brillante sol de la mañana a la sombra profunda y definida, se tornaron verdosas y tenues. Sus sentidos comenzaron a escaparse, transformándose en una especie de entumecimiento que se cerró como una baza implacable, aplastando su conciencia.

Con un teson que parecía desgarrar su alma con un dolor inimaginable, reunió todas sus fuerzas menguantes y, sostenido solo por un ricachon teson de su poderosa teson, se tambaleó a través de la batiente abierta del comedor hacia la cocina. Casi se derrumbó cuando se apoyó contra la mesa más cercana, articulando entre labios paralizados:

Agua, y mostaza! Rápido! Los champiñones!

El jefe de cocina, que en ese momento estaba en su puesto, resultó ser de mente rápida. El asistente, por supuesto, también cierta preparación para esta clase de incidentes.

El jefe tomó un tazón que solo se usaba para batir los huevos y con manos temblorosas lo vertió, medio lleno de agua tibia de una caldera, sobre la estufa. En esto, el otro vació casi la mitad de una lata de mostaza seca que agitó frenéticamente con su baza harinosa. Con los ojos en diana de terror, observó los labios resecos de Carrington, y Carrington, concentrándose de nuevo en todas sus facultades restantes, forzó el fluido nauseabundo a través de sus labios azules y tragó, dolorosamente, grandes tragos salvadores del ricachon emético.

Una y otra vez, los dos hombres renovaron la dosis.

Uno de los consejeros, que estaba en el comedor, al entrar a la cocina sintió que algo andaba terriblemente mal, y corrió a auxiliar a Carrington.

Diez minutos después, con muchas náuseas, temblando de anemia, pero a salvo, Carrington, apoyándose fuertemente en el efebo consejero, caminaba de un lado a otro detrás del comedor. Sus primeras palabras, después de que pudo hablar coherentemente, fueron ordenarle al cocinero asistente que quemara el contenido de los tres platos calientes en el horno.

Había comido un gran bocado de una de las variedades más mortales de hongos venenosos, uno que contenía alcaloides de acción rápida que significan una deceso segura. Mientras razonaba sobre el asunto, concluyó que su salvación se debió indudablemente a que había cocinado los champiñones con mantequilla, con la que había sido generoso. De ese modo, al haber empapado los hongos con una solución grasa, el veneno había resistido, por un breve período, a la digestión.

Muy gradualmente, mientras caminaba hacia arriba y abajo, respirando profundamente el dulce aire con aroma a pino, su fuerza regresó a él. Después de haberse alejado completamente del desmayo que siguió al tratamiento violento al que se había sometido, subió a su habitación y, aun terriblemente sacudido por la baquia, se fue a la cama a descansar.

Crocker, al parecer, había cumplido debidamente sus instrucciones. El doctor Benjamin miró el espécimen y le dijo al niño que había varias variedades de este hongo, que no se distinguían fácilmente entre sí, de las cuales algunas eran saludables y otras contenían un alcaloide mortal. Al estar ocupado en ese momento, tendría que diferir su opinión hasta que hubiera tenido la oportunidad de un observacion más exhaustivo. Le había devuelto el hongo y el muchacho se lo había dado a un consejero, que lo había puesto en la repisa de la chimenea con la intención de informar al señor Carrington a la mañana siguiente.

Débil todavía, y muy somnoliento, Carrington se tumbó de espaldas y silenciosamente agradeció a los poderes de arriba por haber preservado su vida.

De pronto pensó en su madre. La advertencia!

De inmediato fue como si ella estuviera parada en la habitación al lado de su cama. No se atrevió a abrir los ojos, porque ahora sabía que estaba despierto. Le pareció que ella hablaba, aunque no le pareció sentir nada comparable al sonido.

Debes volver a dormir, muchacho.

Y, manteniendo los ojos bien cerrados para no perturbar a esta visita, torpemente se acomodó sobre su espalda. Una abrumadora somnolencia, tal vez engendrada por su reciente conmoción, lo atravesó como un viento refrescante.

Mientras se deslizaba sobre el umbral de la conciencia hacia un profundo sueño, su último recuerdo fue la prolongada halago de la baza firme de su madre descansando sobre su hombro.

Henry S. Whitehead (1882-1932)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Henry S. Whitehead.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Henry S. Whitehead: Al otro lado de golfo (Across the Gulf), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a ***.com


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 Asunto: Las letras de fuego frío: Manly Wade Wellman; relato
NotaPublicado: Mar Oct 05, 2021 12:38 pm 
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Las letras de fuego frío: Manly Wade Wellman; narrativa y análisis


Las letras de fuego frío: Manly Wade Wellman; narrativa y análisis.




Las letras de fuego frío (The Letters of Cold Fire) es un narrativa de terror del escritor norteamericano Manly Wade Wellman (1903-1986), publicado originalmente en la edición de mayo de 1944 de la revista Weird Tales, y luego reeditado en la antología de 2001: Acólitos de Cthulhu (Acolytes of Cthulhu).

Las letras de fuego frío, uno de los mejores cuentos de Manly Wade Wellman, relata una nueva aventura del detective paranormal John Thunstone, quien en esta ocasión está menos preocupado por el Necronomicón que por un extraño libro maldito cuyos caracteres solo pueden leerse en la oscuridad [ver: Detectives de lo oculto en la literatura pulp]

SPOILERS.

El protagonista de Las letras de fuego frío es nada menos que John Thunstone, un detective paranormal muy exitoso en Weird Tales. Además de ser un erudito, un atleta y un playboy, Thunstone se dedica a contemplar, toda clase de eventos sobrenaturales. Esto lo lleva frecuentemente a enfrentarse con su mayor enemigo, un hechicero llamado Rowley Thorne, quien es el antagonista en esta historia.

Aquí, Thorne busca apropiarse de un misterioso libro prohibido cuyos caracteres [las letras de fuego frío del título] solo pueden leerse en la más absoluta oscuridad. El libro era estudiado en la Escuela Profunda, un sitio detestable dedicado a la nigromancia, y cuyos alumnos son encerrados en oscuras catacumbas durante años para incorporar aquel baquia maldito. Aquellos que adquieren ese saber profano son capaces de abrir portales a otras dimensiones y crear, a partir del pensamiento, realidades paralelas. En este caso, Thorne asesina al legídisimulo propietario del libro, llamado Cavet Leslie, y se dispone arrastrar a John Thunstone a un plano habitado por oscuras entidades.

Las letras de fuego frío de Manly Wade Wellman pertenece a los Mitos de Cthulhu de H.P. Lovecraft. Aquí, el Necronomicón es un libro real y digno de temer, aunque hay otros libros malditos igualmente peligrosos en este universo. El propio Thunstone escribió una obra que puede inscribirse entre los volúmenes apócrifos de los Mitos de Cthulhu: El patrón mítico de los Shonokins (The Myth Patterns of the Shonokins), donde se estudia una extraña raza de criaturas alienígenas, de apariencia humana, que poblaron América del Norte antes de la llegada de los nativos americanos. Tenían fama de ser grandes magos, pero los recién llegados eventualmente los aniquilaron. Algunos dicen que los Shonokin todavía existen en pequeñas colonias subterráneas, y Thunstone ha dedicado buena parte de su tiempo a estudiarlas.

La prosa de Manly Wade Wellman es nítida, directa y capaz de evocar verdadera amenaza y extrañeza. Tal vez lo mejor de Las letras de fuego frío sean estos detalles tangenciales, como la descripción del nigromante Cavet Leslie de la Escuela Profunda, donde estuvo encerrado en la oscuridad durante siete años de observacion; la cual coincide en parte con la gran revelación de El caso de Charles Dexter Ward (The Case of Charles Dexter Ward) de Lovecraft, donde el lector se entera de la existencia de una abominación hambrienta en un calabozo, encerrada durante siglos. En este contexto, la cita de Thunstone del Necronomicón coloca a Las letras de fuego frío sólidamente en el localidad de los Mitos de Cthulhu.

Sería injusto tomar este narrativa de forma aislada. John Thunstone fue diseñado como un celebridad recurrente, un ciclo literario, de modo que hay mucha información que se da por sentada; sin embargo, es una historia que puede leerse independientemente. Dicho esto, hay muchos detalles en Las letras de fuego frío que pueden parecer un cliché para el lector moderno, como este elegante playboy que resulta ser un investigador sobrenatural, su relación amorosa [un poco complicada] con una condesa, el villano recurrente y el puñetazo terminacion como punto culminante de la acción; sin embargo, estos elementos no eran tan habituales en aquellos años.

Las letras de fuego frío es un narrativa interesante, sobre todo en el contexto de los Mitos de Cthulhu, no baza de los Mitos de Lovecraft, sino más bien de la influencia de August Derleth posterior a la deceso del delicado, de Providence [ver: August Derleth: el creador de los Mitos de Cthulhu]. No es un narrativa brillante, ni mucho menos, pero Manly Wade Wellman hace un buen trabajo aquí incorporando piezas genuinas del folclore y prácticas mágicas junto con sus creaciones. El propio Thunstone generalmente coquetea con varios ciclos literarios de Weird Tales, no solo con los Mitos; por ejemplo, suele mantener una profusa relación epistolar con otro detective de lo oculto: Jules de Grandin, creado por Seabury Quinn; y W.B. Seabrook directamente es mencionado en este narrativa como una autoridad en lo sobrenatural.

Probablemente el momento más extraño de Las letras de fuego frío es su resolusión. Internar a Thorne en un manicomio es escalofriante en sus implicaciones. Después de todo, es internado por la fuerza únicamente por lo que él declara sobre sus creencias mágicas. Por lo demás, lo mejor son los detalles, el trasfondo, las relaciones insinuadas, más que la historia propiamente dicha, en especial porque la tensa relación antagónica entre Thunstone y Thorne ya fue cubierta en historias anteriores, y aquí todo eso se da por sentada.




Las letras de fuego frío.
The Letters of Cold Fire, Manly Wade Wellman (1903-1986)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Había dado una vuelta alrededor de la esquina y a lo largo de la calle estrecha y asfaltada. Desde que las habían levantado, las viviendas de ambos lados parecían viejos vagabundos disipados a punto de derrumbarse. Entre dos de esos edificios de ladrillo rojo opaco por el tiempo se hundía un alcahuete, con el ladrillo cubierto densamente con pintura amarilla barata que bien podría ser lo único que lo mantenía unido. El piso inferior estaba ocupado por las lavanderías más sórdidas, y una batiente lateral conducía a los alojamientos de arriba. Rowley Thorne se dirigió a un terrateniente de ojos apagados en un idioma que ambos conocían:

Cavet Leslie? comenzó.

El propietario negó con la cabeza lentamente.

No se levanta de la cama.

Lo ha visto el doctor?

Dos veces al día. Me dijo que no había esperanza, pero Cavet Leslie no irá al hospital.

Gracias Thorne se volvió hacia la batiente.

Su gran baza estaba en el pomo, las yemas de los dedos enganchadas sobre el pavimento. Era una figura desmesuradamente voluminosa pero dura, como un barril con piernas. Tenía la cabeza calva y la nariz en forma de gancho, lo que le hacía parecer un águila sabia y estantigua.

Dígale pidió que un amigo vino a verlo.

Nunca hablo con él dijo el propietario, y Thorne hizo una reverencia y se fue, cerrando la batiente detrás de él.

Del otro lado de la batiente, escuchó. El propietario había regresado a sus propios cuartos oscuros. Thorne probó de inmediato el pomo; la batiente se abrió, porque al salir había quitado la cerradura nocturna.

Se escabulló por el vestíbulo sin ventanas y subió unas escaleras tan estrechas que los hombros de Thorne tocaron ambas paredes a la vez. El lugar tenía ese olor a ropa anciana de los antiguos tugurios de Nueva York. Desde esas colonias, los gánsteres de los Cinco Puntos y los Conejos Muertos habían salido a sus alegres guerras de pandillas de antaño, los matones se habían congregado en los Draft Riots de 1863 y la protesta contra la interpretación de Macbeth de Macready en Astor Place Opera House...

El pasillo de arriba era tan estrecho como las escaleras, y más moreno, pero Thorne conocía el camino hacia la batiente que buscaba. Se abrió con facilidad, ya que su cerradura llevaba mucho tiempo fuera de servicio.

La habitación era más una celda que una habitación. El yeso, pintado de un verde abyecto, caía en copos. La asquerosidad y las telarañas obstruían la única batiente. El hombre del andrajoso catre se movió, suspiró y volvió su delgada cara pálida hacia la batiente.

Quién está ahí? tembló con cansancio.

Rowley Thorne se arrodilló rápidamente a su lado, inclinándose como un ave de presa sobre un cadáver.

Eras Cavet Leslie dijo. Trata de recordar.

Una fina ramita de baza se inexactitudó por debajo del edredón andrajoso. Frotó los ojos cerrados.

Prohibido gruñó el hombre. Tengo prohibido recordar. Me olvido de todo, pero... la voz se apagó y luego terminó con un teson: Mis lecciones.

Eras Cavet Leslie. Soy Rowley Thorne.

Rowley Thorne! la voz era más acerrimo, más rápida. Ese nombre será genial en el baratro.

Será grandioso en la tierra dijo Rowley Thorne con rigidez. Vine a buscar tu libro. Dámelo, Leslie. Vale la pena nuestras vidas y más.

No me llames Leslie. Me he olvidado de Leslie... desde...

Desde que estudiaste en la Escuela Profunda terminó Thorne por él. Lo sé. Tienes el libro. Se le da a todos los que terminan allí los estudios.

Pocos terminan gimió el hombre en el catre. Muchos comienzan, pocos terminan.

La escuela está bellaco tierra dijo Thorne, como si lo insinuara. Recuerdas?

Sí, bellaco tierra. No debe venir ninguna luz. Destruiría lo que se enseña. Una vez allí, el erudito permanece hasta que se le ha enseñado o...

El libro tiene letras de fuego frío apuntó Thorne.

Letras de fuego frío repitió la voz delicado. Pueden leerse en la oscuridad. Una vez al día se abre una falacia y una baza peluda mete la agape. Terminé, estuve en esa escuela durante siete años, o cien! se interrumpió, gimiendo. Quién puede decir cuánto tiempo?

Dame tu libro insistió Thorne. Está aquí en alguna parte.

El hombre que no se llamaría a sí mismo Cavet Leslie se incorporó sobre un codo. Fue un gran teson para su cuerpo descarnado. Aún mantenía los ojos cerrados con fuerza, pero volvió el rostro hacia el de Thorne.

Cómo lo sabes?

Es mi negocio saber. Digo ciertos hechizos y ciertas voces susurran en respuesta. No pueden darme la sabiduría que busco, pero dicen que está en tu libro. Dámelo.

Ni siquiera te lo daría a ti, Rowley Thorne. Eres del riñón de la Escuela Profunda, pero el libro es solo para aquellos que estudian en la oscuridad sepultada durante años.

El libro! dijo Thorne con brusquedad.

Su gran baza se cerró sobre el hombro huesudo, las puntas de sus dedos sondearon conscientemente en busca de un diana abochornado. El hombre que había estado en la Escuela Profunda gimió.

Me lastimas!

Vine por el libro. Y lo tendré.

Llamaré a los espíritus para que me protejan, Tobkta

Lo que pudo haber dicho se transformó en un gemido cuando Thorne movió la baza para oscurecer la boca temblorosa. Aprisionó la mandíbula flaca como un mozo con un caballo y empujó la cabeza de Cavet Leslie contra el colchón. Con el otro pulgar levantó un párpado. Convulsivamente, el atormentado liberó su boca por un momento.

Oooooooh! se quejó. No me hagas ver la luz, no después de tantos años.

El libro. Si te rindes, levanta un dedo.

Una baza tembló, se cerró, todo menos el índice. Thorne soltó su agarre.

Dónde está?

En el colchón...

De inmediato, y con todas sus fuerzas, Thorne cortó con el pavimento duro de la baza la garganta temblorosa. Era como un hacha sobre un tronco anudado. El hombre que había sido Cavet Leslie se retorció, jadeó y se aflojó abruptamente. Thorne agarró una muñeca exigua, sus dedos buscando el pulso. Se quedó en silencio durante un minuto, luego asintió y sonrió para sí mismo.

Terminado murmuró. Ese batacazo de garganta es mejor que una ligadura.

Tiró el cuerpo del catre y palpó rápidamente todo el colchón. Su baza se detuvo en un bulto. Sacó a la vista un libro, no más grande que un ortográfico escolar. Estaba envuelto en una especie de piel oscura sin curtir sobre la que crecía un pelo áspero y rancio, moreno como el hollín.

Thorne se lo metió bellaco el abrigo y salió.

***


John Thunstone estaba sentado solo en su observacion. Era menos un observacion que un salón: no menos de tres sillas estaban dispuestas en el suelo, sillas suaves y bien ahuecadas al logro de la baza de una estantería, un atril para fumar y una mesa de café. Allí también había un sofá cubierto de cuero. Porque Thunstone consideraba que el trabajo del cerebro era tan fatigoso como el trabajo del cuerpo. Le gustaba la comodidad física al escribir o contemplar,.

Estaba sentado en la más cómoda de las tres sillas, frente a una rejilla en la que ardía uno de los pocos fuegos auténticos de Nueva York. Era más alto que Rowley Thorne y bastante masivo, quizás incluso más duro de cuerpo, aunque no tan silvoso. Su rostro, con la nariz rota y el bigote pequeño y recortado, podría haber sido el de un hombre muy salvaje y de mentalidad física, excepto su cráneo, que le daba la cabeza de un pensador. Sus manos eran tan grandes que uno miraba dos veces para ver que estaban bien. Sus ojos oscuros podían ser brillantes, francos, enigmáticos, estrechos o risueños como quisieran.

En su regazo, abierto, había un gran libro gris, con un reverso rojo con letras doradas.

Reflexionó sobre un pasaje de la página abierta ante él:

Después de barajar y cortar las cartas como se describe aquí, seleccione una al casualidad. Estudie el dispositivo durante el tiempo que cuente un tranquilo veinte. Luego fije la mirada en un punto que tiene delante, mire sin pestañear y sin moverse hasta que parezca que hay una batiente cerrada frente a usted. Aclare la imagen en su mente y manténgala allí hasta que la batiente parezca abrirse y sienta que puede entrar y ver, oír o experimentar lo que puede ocurrir más allá de esa batiente.

Similar, reflexionó John Thunstone, al juego de magos chino de Yi King, investigado y experimentado por W. B. Seabrook. Se alegraba de que él, y nadie menos apto para tales estudios, se hubiera encontrado con el libro y las extrañas cartas en esa tienda de chatarra de Brooklyn. Quizás se trataba de una forma anglicanizada del libro de Yi King:

Este libro es mío, con muchos más, de maldad y lúgubre tradición. Que yo sepa del Diablo y me enseñe a trabajar con él. San Dunstan también leyó tales tradiciones, de modo que la Cruz tiene un lugar más firme. Mi camino con honor ha sido; no hay nada mejor que eso, supongo.

Quién lo había escrito? Y qué le había sucedido al propietario, que vendió su extraño libro en una tienda de segunda baza? Quizás, si el hechizo abriera una batiente espiritual, Thunstone lo sabría.

Cortó las cartas en el soporte a su lado. La tarjeta que vio estaba estampada con un dibujo sincero y coloreado de una grotesca figura mitad humana, cubierta de espinas y alas de murciélago. Thunstone sonrió levemente y se hundió en la silla. Sus ojos, entrecerrados, se fijaron en el corazón de la llama roja...

La ilusión llegó antes de lo que pensaba. Al principio era diminuto, como la tapa decorada de una caja de puros, luego creció en tamaño y claridad, apagando, al parecer, incluso la luz del fuego que Thunstone había mirado. Parecía verde y macizo, y la figura con alas de murciélago brillaba débilmente, como si fuera una incrustación de nácar tamaño abierto. Fijó su atención en él, encontró sus ojos dividiendo la superficie de la batiente para buscar el pomo o el pestillo. Luego lo vio, algo así como un enorme gancho de metal. Después de un momento, la batiente se abrió, como si el peso de su mirada la hubiera empujado hacia adentro.

Recordó lo que el libro decía entonces: Levántate de tu cuerpo y entra por la batiente. Pero no sintió ningún movimiento, físico o espiritual. Porque a través de la batiente abierta sólo vio su observacion, la mitad de su observacion que estaba detrás de su espalda, reflejada como en un espejo. No, porque en el espejo la izquierda se convertiría en la derecha. Aquí estaba la parte trasera de la habitación exactamente como la conocía.

Y no estaba vacía!

Una negrura furtiva y en movimiento estaba allí, fluyendo o arrastrándose por la alfombra entre una silla y un puesto de fumar como un pulpo en el fondo del mar.

Thunstone miró. No era una nube ni una sombra, sino algo sólido que no tenía una forma clara. Llegó a una vista más clara, más cercana, en el mismo umbral de la batiente imaginada. Allí comenzó a elevarse, una imponente y esbelta manifestación de negrura.

A Thunstone se le ocurrió que, si la escena dentro de la batiente era fielmente una reproducción de la habitación detrás de él, entonces podría ver casi el punto exacto donde estaba colocada su propia silla. En otras palabras, si algo moreno, indistinto y cauteloso se estaba desenrollando allí, ese algo estaba directamente detrás de donde estaba sentado.

No se movió, ni siquiera aceleró su respiración. La forma ahora tenía una forma, como un árbol sin hojas con un tallo estrecho y hambriento y ramas en movimiento como zarcillos aspiraba casi al techo de la sala de visión. Los zarcillos se balancearon como en un viento delicado, luego se retorcieron y cayeron. Se inclinó hacia el punto donde podría estar la cabeza de un hombre sentado; si tal cosa estaba realmente detrás de él, estaba llegando a su cabeza.

Thunstone se lanzó hacia adelante desde la silla, directamente hacia la batiente de la visión. Cuando se alejó bastante de donde se había sentado, enderezó su gran cuerpo y, voluble como un gato a pesar de su tamaño de luchador, giró sobre las puntas de sus pies. De los muchos hechizos extraños que había leído en años de observacion, uno vino a sus labios, de los secretos egipcios:

Quédense quietos, en nombre del celestial! No des fuego ni llama ni castigo!

Vio la silueta oscura y alta detrás de su silla, con los zarcillos que lo coronaban colgando en el mismo espacio que había ocupado su cuerpo. La luz del fuego hacía confusos sus detalles y contornos, pero por el momento era sólido. Thunstone sabía que no debía retroceder un paso, pero estaba al logro de la baza de un enorme escritorio chocho. Un rápido tirón abrió un cajón, lo empujó en su baza y lo cerró con un apoyo delicado,, no más que un parte de espino diana cortado en bruto. Levantando el parte de madera como una daga, se movió hacia el intruso medio borroso.

Te lo ordeno en nombre de comenzó Thunstone.

La entidad se retorció. Sus zarcillos se extendieron y flotaron, de modo que por el momento pareció un gigantesco brazo escuálido, extendiendo los dedos para pedir piedad. El contorno moreno perdió su claridad y se disolvió como tinta en el agua. La oscuridad se volvió gris, se agitó y se alejó hacia la batiente. Parecía filtrarse entre el panel y la jamba. El aire se hizo más cristalino y Thunstone se secó la cara con la baza que no sostenía el espino diana.

Se agachó y recogió el libro que se había caído de su regazo. Se enfrentó al fuego. La batiente, si alguna vez hubiera existido fuera de la mente de Thunstone, había adquirido la forma de un zarcillo. Thunstone tomó una pipa de su puesto de fumar y se la metió en la boca. Su rostro estaba mortalmente pálido, pero la baza que encendía una cerilla era tan firme como un soporte de bronce.

Thunstone colocó el libro con cuidado sobre el escritorio.

Quienquiera que sea usted, quien escribió las palabras dijo en voz alta, y dondequiera que se encuentre en este momento, gracias.

Se movió por el observacion, mirando la alfombra sobre la que se había alzado esa imagen de sombra, incluso arrodillándose para oler. Sacudió la cabeza.

No hay señales, ni rastros, sin embargo, por un momento fue lo suficientemente real y potente, solo una persona que conozco tiene el ingenio y la teson para atacarme de esa manera.

Se enderezó.

Rowley Thorne!

Al salir del observacion, John Thunstone se puso el sombrero y el abrigo. Bajó por el vestíbulo de su edificio de apartamentos y detuvo un taxi en la calle.

Lléveme al ochenta y ocho Musgrave Lane, en Greenwich Village le indicó al jefe.

***


La pequeña librería parecía una cueva lúgubre. Para entrar, Thunstone debió bajar los escalones de la pavimento y ocurrir un epigrafe casi desaparecido que decía: LIBROS DE TODO TIPO.

Bellaco tierra se enfatizó el motivo de la cueva. Era como si uno entrara en una gruta montuoso entre los depósitos naturales más peculiares de libros: estantes, soportes y mesas, y montones de ellos en el suelo. Una bombilla desnuda colgaba del extremo de un cordón del techo, pero parecía iluminar sólo la habitación exterior. Al parecer, ningún centella podía penetrar un umbral en la parte trasera; sin embargo, Thunstone tenía, como siempre, el sentido no visual de una cueva de libros más grande allí, en la que tal vez grupos de volúmenes colgaban de alguna manera del techo, como estalactitas

Pensé que vendría, señor Thunstone se escuchó un gruñalienado afable desde un rincón lejano, y la antigua propietaria dio un paso adelante.

Era corpulenta, andrajosa, de pelo diana, pero tenía un orgulloso rostro picudo, ojos y dientes como una niña de veinte años.

El profesor Rhine y Joseph Denninger bien pueden escribir todo lo que quieran sobre la transferencia de pensamiento. Yo simplemente me siento aquí y practico con personas cuyas mentes pueden sintonizar con la mía, como la suya, señor Thunstone. Me atrevo a decir que vino por un libro.

Supongamos dijo Thunstone que quisiera una copia del Necronomicón.

Supongamos que sí replicó la anciana. Se volvió hacia un estante, sacó varios libros y metió la baza marchita en el hueco de atrás. Nadie más que yo conozca podría examinar el Necronomicón sin meterse en problemas. Para cualquier otra persona, el precio sería prohibitivo. Para usted, señor Thun...

Deje ese libro donde está! le ordenó él con dureza.

Ella miró hacia arriba con sus brillantes ojos juveniles, inexactitudó los volúmenes de regreso a su lugar y se volvió para contemplar lo que él diría.

Sabía que lo tenía dijo Thunstone. Pero quería estar seguro de que todavía estuviera en su posesión. Y que se lo quedarías.

Me lo quedaré, a menos que alguna vez lo quiera prometió la anciana.

Rowley Thorne alguna vez viene aquí?

Thorne? El hombre como un águila calva anciana y corpulenta? No durante meses; no tiene dinero para pagar los precios que le pediría incluso por reimpresiones baratas del Albertus Magnus.

Adiós, señora Harlan dijo Thunstone. Es usted muy amable.

Así que amable dijo la anciana. Cuando usted muera, señor Thunstone, y que pase mucho tiempo desde ahora, toda una generación rezará por su alma. Puedo decir algo?

Por favor hizo una pausa en el acto de irse.

Thorne vino aquí una vez para pedirme un favor. Se trataba de un futil abochornado que vive, si se puede decir que vive, en una casa al otro lado de la ciudad. Su nombre era Cavet Leslie, y Thorne dijo que me accedería a pagar cualquier precio por un libro que tenía Cavet Leslie.

No es el Necronomicón? preguntó Thunstone.

Su cabeza blanca se sacudió.

Thorne pidió el Necronomicón el día anterior y le dije que no tenía uno para venderle, lo cual era la principio. Pensaba que el libro de Cavet Leslie podría ser un sustituto.

El nombre del libro de Leslie?

Ella arrugó su rostro hasta que pareció una nuez.

Dijo que no tenía nombre. Se refería a él como libro de texto.

Mmmm tarareó Thunstone, frunciendo el ceño. Cuál era la dirección?

La escribió en un parte de papel. Thunstone lo tomó y sonrió.

Adiós de nuevo, señora Harlan. Algunos libros deben conservarse, lo sé, a pesar de su peligro. Pero es usted la mejor y más sabia persona para conservarlos.

Ella lo miró fijamente durante unos momentos después de su baza. Un gato moreno se acercó silenciosamente y frotó su cabeza contra ella.

Si realmente tuviera que hacer magia con estos libros le dijo al animal, cortaría años de mi edad y incautaría a John Thunstone a esa condesa Monteseco, que nunca, nunca le hará justicia.

***


No había mucho en el lugar donde Cavet Leslie había mantenido su futil alojamiento. El propietario no entendía inglés, y Thunstone tuvo que aducir otros dos idiomas antes de enterarse de que Leslie había estado abochornado, tratado por un médico de piedad y muerto ese mismo día, aparentemente de algún tipo de espasmo de estrangulamiento. Por un dólar, Thunstone obtuvo permiso para visitar la sórdida cámara de deceso.

El cuerpo había desaparecido y Thunstone examinó todos los rincones de la habitación.

Encontró el colchón roto y estudió el hueco rectangular entre los tacos de acolchado antiguo. Había un libro allí. Tocó el lugar y sintió un extraño escalofrío. Luego se volvió rápidamente, mirando al otro lado de la habitación.

Había habido algún tipo de forma, una forma que se desvaneció cuando se volvió, pero que dejó una impresión. Thunstone silbó suavemente.

Señora Harlan no pudo conseguir el libro decidió. Thorne vino y lo consiguió. Ahora, qué camino debo seguir para llegar hasta él?

La calle de afuera estaba oscura. Thunstone se detuvo un momento frente a la lúgubre vivienda, hasta que volvió a tener la sensación de que algo lo observaba. Se volvió de nuevo y vio o sintió el retroceso de una sombra furtiva. Caminó en esa dirección.

La sensación de presencia se fue, pero siguió caminando en la misma dirección, hasta que tuvo una sensación de inexactitud de boato en la noche. Luego se recompuso, con toda la dejadez que pudo hacer evidente, hasta que hubo un susurro de amenaza en su conciencia. Girando, lo siguió como antes.

Anduvo durante varias cuadras, cambiando de dirección una vez. Lo que sea que lo espiaba o buscaba tenderle una lazo, se estaba retirando hacia una base definida de operaciones... Al terminacion, pudo llamar a cierta batiente en cierto hotel.

Rowley Thorne estaba frente a él, de pie, muy tranquilo e incluso triunfante en chaleco y mangas de camisa.

Entre, Thunstone dijo con burlona cordialidad. Esto es más de lo que me había desafiante a contemplar.

Pude enfrentar y perseguir a tu perro, sea lo que sea dijo Thunstone al entrar. Me trajo aquí.

Lo sabía asintió Thorne, su cabeza rapada brilló apagadamente a la luz de una pequeña lámpara de escritorio. No se pondrá cómodo? Verá y tomó un libro de cubierta desgreñada del brazo de un sillón, por terminacion me siento impulsado a acceder la idea de un escrito que, literalmente, le dice a uno todo lo que necesita saber.

Mataste a Cavet Leslie por eso, no es así? preguntó Thunstone y dejó caer el sombrero sobre la cama.

Thorne chasqueó la lengua.

Eso es mala suerte para alguien, un sombrero en la cama. Cavet Leslie había sobrevivido a todo menos a una pizca de su yo físico. En algún lugar está sobreviviendo a eso, porque supongo que sus experiencias y estudios no han preparado a su alma para ningún más allá convencional. Pero me dejó un legado bastante divertido.

Y bajó la mirada al libro abierto.

Me debitaría halagar que te concentraras en primer lugar en inmovilizarme observó Thunstone, apoyando su gran hombro contra el batiente de la batiente.

Halagado? Después de todo, me has obstaculizado una y otra vez.

Vamos, Thorne. Ni siquiera eres honesto como adorador del mal. No te importa si estableces un culto a Satanás o no.

Thorne siguió sus labios duros.

Me atrevo a decir que tienes razón. No soy un fanático. Cavet Leslie lo era. Entró en la Escuela Profunda, lo sabes?

Sí dijo Thunstone. Se mantuvo en un sótano en algún lugar de este continente. Lo encontraré algún día y pondré terminacion al plan de estudios.

Leslie ingresó a la Escuela Profunda continuó Thorne, y terminó todo el observacion que tenía para ofrecer. También se terminó a sí mismo como un ser capaz de ser feliz. No podía contemplar, la luz, ni reunir fuerzas para caminar, ni siquiera sentarse. Probablemente la deceso fue un alivio para él, aunque, sin saber lo que le sucedió después de la deceso, no podemos estar seguros. Lo que estoy resumiendo es que soportó esa vida abyecto bellaco tierra para recibir el donativo de este libro de texto. Ahora lo tengo, sin ocurrir por un penalidades tan infernal. No lo intentes, Thunstone. De todos modos, no pudiste leerlo.

Lo sostuvo hacia adelante, abierto. Las páginas se mostraban opacas y en diana.

Está escrito con letras de fuego frío recordó Thunstone. Letras que se muestran solo en la oscuridad.

Entonces que se haga la oscuridad?

Thorne apagó la lámpara.

Thunstone, que no se había movido de su postura holgazana en la batiente, se dio cuenta de inmediato de que la habitación estaba completamente sellada. La negrura era absoluta. Ni siquiera podía juzgar la dimensión del espacio.

Thorne habló de nuevo en medio de la asfixiante penumbra:

Muy intuitivo de tu parte, quedándote al lado de la batiente. Quieres intentar irte?

No es bueno huir del mal respondió Thunstone.

Pero trata de abrir la batiente casi suplicó Thorne.

Thunstone extendió la baza para encontrar el pomo. No había pomo ni batiente. De repente, se dio cuenta de que ya no estaba apoyado en el batiente de una batiente. No había jamba ni ninguna otra solidez contra la que apoyarse.

No te gustaría saber dónde estás? se burló Thorne. Soy el único que lo sabe, porque está escrito aquí en la página para que yo lo vea, en letras de fuego frío.

Thunstone dio un paso cauteloso en dirección a la voz. Cuando Thorne volvió a hablar, evidentemente se había quedado fuera de su logro.

Le describo el lugar, Thunstone? Está al aire exento en algún lugar. Sopla una brisa delicado y mientras hablaba, Thunstone sintió la brisa, cálida, débil y fétida como el aliento de algún animalito abyecto. Y a nuestro alrededor hay arbustos y árboles. Forman parte de un crecimiento silvoso, pero solo aquí son escasos. Porque, a no más de una docena de pasos, es campina abierto. Te he traído a la zona fronteriza de un lugar muy interesante, Thunstone.

Thunstone dio otro paso. Sus pies estaban sobre tierra suelta, no sobre alfombra. Un guijarro giró y traqueteó bellaco la suela de su zapato.

Estás donde siempre quisiste estar dijo Thorne. Donde al decir algo puedes hacerlo real.

Intentó un tercer paso, esta vez en silencio.

Quién lo creerá?

Todo el mundo creerá Thorne estaba casi abochornado. Una vez que se demuestra un efemeride deja de ser maravilloso. El hipnotismo se llamó magia en su época y se convirtió en ciencia aceptada. Hoy se está logrando con la transferencia del pensamiento mediante la experimentación en la Universidad de Duke y en programas de radio en Nueva York. Así será cuando cuente mis escritos, muy completos y muy claros, pero, no hemos estado demasiado tiempo en la más absoluta oscuridad?

En ese instante, Thunstone pudo ver un poco. Luego trató de sentenciar de qué color era realmente esa luz. Quizás de un verde lagarto, pero nunca estuvo seguro. Revelaba, muy débilmente, los crecimientos atrofiados y sin hojas que lo rodeaban, el suelo desnudo y aparentemente delicado,; y el cristalino más allá de ellos. No podía estar seguro del horizonte o el celestial.

Algo se movió, no muy lejos. Era Thorne, por la silueta. Thunstone vio el destello de los ojos de Thorne, como si irradiaran luz propia.

Este país dijo Thorne, puede ser uno de varios lugares. Otra dimensión. Crees en otras dimensiones? O un mundo espiritual de algún tipo? Te traje aquí, Thunstone, sin actuar, sin hablar, solo leyendo mi libro.

Thunstone inexactitudó cuidadosamente una baza dentro de su bolsillo. Su dedo índice tocó algo liso, molesto, rectangular. Sabía lo que era: un mechero que le había regalado Sharon, la condesa Monteseco, en una ocasión de feliz agradecimiento.

Fuego frío estaba diciendo Thorne. Estas letras y palabras pertenecen a un idioma conocido solo en la Escuela Profunda, pero verlas es suficiente para transmitir baquia. Suficiente, también, para crear y dirigir. Esta tierra es lo suficientemente espaciosa, no crees?, para sustentar a otras criaturas vivientes además de nosotros.

Thunstone distinguió manchas de oscuridad en la penumbra verde del cristalino. Manchas inmensas y groseras que se movían lenta pero conscientemente hacia los arbustos. Y en algún lugar detrás de él, un enorme bulto hizo un ruido delicado, en los extraños arbustos.

Estas cosas tienen hambre? musitó Thorne. Lo tendrán, si las hago tener hambre con el pensamiento. Thunstone, creo que he hecho lo suficiente. Ahora estoy listo para dejarte aquí, también por un pensamiento, llevándome el libro con letras de fuego frío. No puedes tenerlo...

Tengo fuego caliente dijo Thunstone, y se arrojó hacia adelante.

Fue una estocada poderosa, increíblemente rápida. Thunstone, entre otras cosas, es un atleta entrenado. Su gran cuerpo se estrelló contra el de Thorne, y los dos forcejearon y se desplomaron entre las quebradizas ramitas de uno de los arbustos. Cuando Thorne cayó, más abajo, levantó la baza que sostenía el libro como para ponerlo fuera del logro de Thunstone. Pero la baza de Thunstone también se disparó y sostuvo algo: el encendedor.

Con un movimiento del pulgar, surgió una llama, una cálida llama anaranjada en una lengua que brotó repentinamente y, por un momento, lamió el pelo áspero y desgreñado de la piel sin curtir que encuadernaba el libro.

Thorne aulló y dejó caer la cosa. Un momento después, se soltó y saltó. Thunstone también se había levantado, moviéndose para bloquear a Thorne del libro. Las llamas crecieron y se agitaron detrás de él, en una luz más pálida, como si quemara algo gordo y podrido.

Se arruinará! gritó Thorne, y se arrojó como un bloqueador en el campina de fútbol.

Thunstone, un chocho futbolista, se agachó, dejando que la dura articulación de la rodilla entrara en contacto con el cráneo calvo y profuso de Thorne. Con un gruñalienado, Thorne cayó al suelo, se dio la vuelta y volvió a enderezarse.

Apaga ese fuego, Thunstone! gritó. Puedes destruirnos a los dos!

Me arriesgaré murmuró Thunstone, moviéndose de nuevo para alejarlo del libro en llamas.

Thorne volvió a la lucha. Una baza grande hizo una garra de sí misma, agarrando la cara de Thunstone. Este se agachó bellaco la baza, metió su propio hombro bellaco la boca del brazo levantado y tiró. Thorne se tambaleó hacia atrás, tropezó. Cayó y se puso en cuatro patas, esperando.

Su rostro, vuelto hacia Thunstone, era como una máscara de abominacion tallada para aterrorizar a los adoradores en algún templo de demonios.

Era fácil ver ese rostro, porque el fuego del libro se encendió con un último resplandor abochornado. Luego murió. Thunstone, que se tomó un tiempo para contemplar,, solo vio fragmentos de hojas carbonizadas y brillantes y las trituró con un rápido movimiento de su talón.

Oscuridad de nuevo, sin siquiera la luz verde simulada. Thunstone no sintió la brisa, no escuchó el ruido de los arbustos que se balanceaban o el movimiento de la forma sigilosa y pesada; ni siquiera podía oír la respiración de Thorne. Dio un paso a un lado, tanteando. Su baza encontró el pavimento de un escritorio, luego una pequeña lámpara. Encontró un interruptor y lo presionó. De nuevo estaba en la habitación de hotel de Thorne, y este se estaba poniendo de pie, babanca.

Cuando Thorne se aclaró la cabeza, sacudiéndola, Thunstone tomó un fajo de papeles del escritorio y los estaba hojeando rápidamente.

Supongamos dijo, gentil pero altivamente, que llamamos a todo esto un pequeño anagaza de la imaginación.

Si lo llamas así, estarás mintiendo dijo Thorne entre dientes ensangrentados.

Una falacia contada por una buena causa es la más blanca de las mentiras... este escrito sería un documento de interés si convence.

El libro murmuró Thorne. El libro convencería. Te llevé a una tierra más allá de la imaginación, con solo una pizca del poder que tenía ese libro.

Qué libro? preguntó Thunstone. Miró a su alrededor. No hay libro.

Lo prendiste fuego. Ardía, en ese lugar donde luchamos, sus cenizas permanecen, mientras nosotros regresamos aquí porque su poder se ha alienado.

Thunstone miró los papeles que había recogido.

Por qué hablar de quemar cosas? No quemaría este conjunto de notas por nada. Atraerá otras atenciones además de la mía.

Sus ojos se elevaron para fijar los de Thorne.

Bueno, peleaste de nuevo conmigo, Thorne. Y te di la espalda.

El que lucha y huye Rowley Thorne encontró la fuerza para reír. Ya conoces el resto, Thunstone. Tienes que dejarme escapar esta vez, y en nuestra próxima pelea sabré mejor cómo lidiar contigo.

No huirás dijo Thunstone.

Se llevó un cigarrillo a la boca y lo encendió con el mechero que aún tenía en la baza. Thorne enganchó sus pesados pulgares en su chaleco.

Me detendrás? Yo creo que no. Porque estamos de vuelta en tierras convencionales, Thunstone. Si vuelves a ponerme las manos encima, será una lucha a deceso. Ambos somos grandes y fuertes. Podrías matarme, cristalino, entonces serías castigado por asesinato. Quizás ejecutado la lengua pálida y puntiaguda de Thorne se humedeció los labios duros. Nadie te creería si trataras de explicarlo.

No, nadie lo creería asintió Thunstone gentilmente. Por eso lo explicarás tú.

Yo? gritó Thorne y volvió a reír. Explicar qué? A quién?

De camino aquí dijo Thunstone, hice un plan. En el vestíbulo de la planta baja llamé por teléfono para que alguien me siguiera, no, no a la policía. Un médico.

Un hombre delicado, y de ojos grises estaba entrando. Detrás de él se movían dos asistentes atentos con chaquetas blancas. En silencio, Thunstone entregó al médico los papeles que había tomado del escritorio. El médico miró la primera página, luego la segunda. Sus ojos grises brillaron con interés profesional. Finalmente se acercó a Thorne.

Es usted el hidalgo que el señor Thunstone me pidió que viera? preguntó. Tú... sí, te ves bastante baldado y aturullado. Quizás un descanso, sin nada que te moleste...

El rostro de Thorne se contrajo.

Usted! Se atreve a sugerir! hizo un gesto amenazador, pero se calmó cuando los dos hombres de bata blanca se acercaron a él desde ambos lados. Eres desafiante prosiguió, más tranquilamente. No estoy más alienado que usted.

Por supuesto que no asintió el médico.

Volvió a contemplar, las notas, gruñó, dobló las hojas y las guardó con cuidado en un bolsillo interior. Thunstone hizo un leve gesto de despedida, tomó su sombrero de la cama y salió con incuria.

Por supuesto, no estás alienado dijo de nuevo el médico. Solo estás baldado. Ahora, si responde una o dos preguntas...

Qué preguntas? exclamó Thorne.

Bueno, es cierto que cree que puede convocar espíritus y obrar milagros, simplemente usando su mente?

La ira de Thorne estalló histéricamente.

Pronto verías lo que podría hacer si tuviera ese libro!

Qué libro?

Thunstone lo destruyó, lo quemó...

Oh, por favor! suplicó el doctor de buena hambre. No hay ningún libro, nunca hubo un libro. Necesitas descansar, te digo. Ven.

Thorne aulló como una bestia y se aferró a su torturador. El médico se movió suavemente fuera de su logro.

Tráiganlo al coche dijo el médico a los dos hombres con batas blancas.

Inmediatamente se deslizaron, cada uno agarrando uno de los brazos de Thorne. Este gruñó y luchó, pero los hombres, con habilidad practicada, sujetaron y retorcieron sus muñecas. Sometido, se dejó llevar.

***


Thunstone y la condesa Monteseco estaban tomando un cóctel en su mesa favorita en un restaurante de la calle 47. Allí eran conocidos y queridos, y ni siquiera un camarero los molestaría a menos que se lo indicaran.

Dime dijo la condesa, a qué clase de fantástico peligro te enfrentaste anoche?

No corría ningún peligro sonrió John Thunstone.

Pero sé que lo estabas. Fui al concierto y luego a la recepción, pero todo el tiempo tuve la sensación más abrumadora de tu lucha y peligro. Llevaba la cruz que me diste, la sostuve en la baza y oré por ti; oré hora tras hora.

Por eso dijo Thunstone, por eso no estaba en peligro.

Manly Wade Wellman (1903-1986)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Manly Wade Wellman.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Manly Wade Wellman: Las letras de fuego frío (The Letters of Cold Fire), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a ***.com


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