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 Asunto: El séptimo encantamiento: Joseph Payne Brennan; relat
NotaPublicado: Vie Sep 03, 2021 11:37 pm 
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El séptimo encantamiento: Joseph Payne Brennan; relato y análisis


El séptimo encantamiento: Joseph Payne Brennan; relato y análisis.




El séptimo encantamiento (The Seventh Incantation) es un relato de terror del escritor norteamericano Joseph Payne Brennan (1918-1990), publicado originalmente en la antología de 1963: Grito a medianoche (Scream at Midnight), y luego reeditado en la colección de 2001: Acólitos de Cthulhu (Acolytes of Cthulhu).

El séptimo encantamiento, posiblemente uno de los mejores cuentos de Joseph Payne Brennan, relata la historia de Emmet Telquist, un lector curioso que se aventura en la biblioteca prohibida de su tío y descubre un antiguo manuscrito dedicado al culto blasfemo de Nyogtha.

SPOILERS.

El séptimo encantamiento de Joseph Payne Brennan pertenece a los Mitos de Cthulhu de H.P. Lovecraft, y se desarrolla a partir de un motivo lovecraftiano ligeramente modificado: un individuo ingenuo [no un erudito, como en los cuentos del flaco de Providence] que, habiendo encontrado un viejo libro prohibido, se aventura con impunidad en sus páginas malditas y termina invocando a una entidad no humana con terribles consecuencias para sí mismo.

Aquí, un sujeto llamado Emmet Telquist descubre un misterioso manuscrito entre las pertenencias de su tío, recientemente fallecido, un volumen desgastado, posiblemente único, titulado: Magia Verdadera, de un tal Theophilis Wenn. El libro es una especie de enciclopedia de lo oculto, con detalladas descripciones de conjuros y encantamientos, pero con un particular interés en los Ghouls; seres detestables, necrófagos, que responden a Nyogtha. De hecho, el séptimo encantamiento del libro, aparentemente el más poderoso, formulado en una lengua bárbara, tiene como objetivo invocar a Nyogtha [ver: Lovecraft y las lenguas prehumanas]

Nyogtha, la Cosa Que No Debería Ser [THE THING THAT SHOULD NOT BE] es un Primordial engendrado por Tsathoggua [o por Ubbo-Sathla, según otros] que normalmente se manifiesta como una oscura masa amorfa [ver: Black Goo y otras monstruosidades amorfas en la ficción]. Posee características vampíricas, alimentándose de las almas de aquellos que tienen la imprudencia de invocarlo. Habita en las profundidades de las Cavernas de Yoth, aunque otros lo sitúan en un mundo oscuro cerca de Arcturus. Nyogtha solo puede manifestarse a través de ciertas aberturas en nuestro plano. Algunas de ellas se han encontrado en Massachusetts, Siria, Tartaria, Rumania, Nueva Zelanda y la Meseta de Leng, pero sin duda existen en otros lugares aún por descubrir.

Nyogtha no tiene un culto activo en nuestro planeta, aunque los hechiceros solitarios lo invocan para obtener poder personal. Se lo ha relacionado con una de las brujas ejecutadas en los juicios de Salem, y ha habido otros casos de adoración esparcidos por todo el mundo, sobre todo en pequeños cultos inarticulados asociados con los Ghouls.

Nyogtha fue creado por Henry Kuttner y apareció por primera vez en el relato: El horror de Salem (The Salem Horror) [ver: Los Mitos de Khut-Nhah].  De acuerdo a esta historia, el Necronomicón se refiere a Nyogtha como El Morador de la Oscuridad (Dweller in Darkness), un epíteto usado por August Derleth en el relato El Morador de la Oscuridad (The Dweller in Darkness) para referirse a Nyarlathotep; lo cual ha llevado a algunos a especular que el propio Nyogtha es un avatar de Nyarlathotep [ver: El nido de Nyarlathotep]. Sin embargo, Nyogtha es un Primigenio, y posiblemente el único conocido que es nativo de la Tierra, lo cual lo excluye como avatar del Caos Reptante.

No hay mucha información sobre Nyogtha en los libros prohibidos de los Mitos de Cthulhu. Friedrich von Junzt se ocupa brevemente de esta entidad en el Unaussprechlichen Kulten, y también es mencionado en el Necronomicón, el Cultes des Goules, pero es en Magia Verdadera (True Magick), donde se proporciona este séptimo encantamiento para contactar con él, precisamente el libro que Emmet Telquist, protagonista de El séptimo encantamiento, lee con imprudencia en este interesante relato de Joseph Payne Brennan.

El séptimo encantamiento refuerza el vínculo entre Nyogtha y los Ghouls, tal como Robert Bloch lo estableció en el Cultes des Goules. En el Multiverso de Lovecraft los Ghouls son seres que viven en túneles debajo de los cementerios, tanto en nuestro plano como en la Tierra de los Sueños [Dreamlands]. Se los puede identificar por sus rasgos caninos, patas con pezuñas, piel gomosa, olor a moho y hábitos muy repugnantes. Abdul Alhazred convivió varios meses en una colonia de Ghouls, pero no es mucho lo que aportó sobre sus costumbres y organización. Recientemente, una colonia debajo de Providence, Rhode Island, se ha dedicado a secuestrar bebés humanos, criarlos y usarlos como sus sirvientes en la superficie [ver: De la luz a la oscuridad: psicología de El modelo de Pickman]. Si bien no responden a ningún amo, ni se comprometen con ninguna entidad superior, los Ghouls reconocen a Nyogtha y suelen prestarle sus servicios.

Joseph Payne Brennan es un autor que mantuvo viva la tradición de Weird Tales cuando la revista declinó y finalmente desapareció. Es un autor capaz de poner el horror justo frente a la cara del lector, pero a través de un estilo austero, incluso modesto. Stephen King destaca el estilo de Joseph Payne Brennan y sobre todo el efecto que logra: no encontrarás nada llamativo en su trabajo dice King pero a pesar de todo, posee un estilo robusto, capaz de ejercer un poder enorme cuando se usa bien. En lo personal, creo que los cuentos de Joseph Payne Brennan han sido injustamente subestimados [La caza (The Hunt) es una joya]. Es un autor competente, muy austero, capaz de forjar ideas extraordinarias y de ejecutarlas de manera eficaz, aunque esto a menudo se confunda con cierto desdén por el impacto, incluso con incompetencia.

En definitiva, El séptimo encantamiento expresa este sello distintivo de Joseph Payne Brennan: una prosa simple y sin adornos que nos permite una sutil incursión en lo extraño.




El séptimo encantamiento.
The Seventh Incantation, Joseph Payne Brennan (1918-1990)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


De estas oraciones negras o encantamientos, hay siete, tres para los hechizos y ayudantes ordinarios, y un número similar para la destrucción impía y completa de todos los enemigos. Pero del séptimo se advierte a los curiosos en todas estas partes. No dejes que se recite el último encantamiento, a menos que desees ver el más terrible demonio.

Aunque se diga que el demonio no se muestra a menos que las palabras sean dichas en el sanguinario altar de los Antiguos, sin embargo, conviene tener cuidado. Porque se sabe que el hechicero sarraceno, Mai Lazal, cantó desenfrenadamente las palabras espantosas y que el demonio vino, y al no encontrar una ofrenda sanguinaria enfureció. La sangre vital de un niño o una doncella casta es lo mejor, pero una bestia, un buey o una oveja, se dice que es suficiente. Pero ten cuidado de que la bestia no muera cuando se tome la sangre, porque entonces la ira del demonio será terrible. Si la ofrenda es buena, el demonio dará poder impío para que el siervo se enriquezca y supere a todos sus vecinos.


Por tercera vez, y con creciente emoción, Emmet Telquist leyó las palabras descoloridas. Estaban contenidas en un manuscrito encuadernado que se estaba desmoronando, curioso y probablemente único, que él había descubierto casi por accidente unos días antes mientras revolvía las cajas de embalaje cargadas de polvo que contenían la biblioteca de su tío fallecido.

El libro se titulaba simplemente Magia Verdadera, y el escritor firmaba como Theophilis Wenn. Es muy posible que fuera un seudónimo; ciertamente, a juzgar por el contenido, el autor imprudente debe haber tenido motivos para mantener en secreto su verdadera identidad.

El libro era una verdadera enciclopedia de la tradición del diablo. Manifestaba una erudición genuina que se había prodigado en una amplia variedad de temas esotéricos y prohibidos. Había discusiones detalladas sobre encantamientos y posesión, párrafos sobre vampirismo y leyendas de ghouls, páginas dedicadas a la demonología, la adoración de brujas y los ídolos, notas sobre ritos del holocausto, maculaciones indescriptibles y temibles sacrificios de luna llena a los poderes de la oscuridad prístina.

Evidentemente, el escritor había sido un nigromante notable. El estilo en general era arbitrario y seguro, mostrando egoísmo y no poca arrogancia. No tenía una leve nota de humor. Theophilis Wenn, o quienquiera que disfrazara su verdadera identidad bajo ese nombre, había escrito con extrema seriedad. De eso no cabía duda.

Emmet Telquist, el paria de la aldea, amarga y misantrópica cuestión de un padre infame y una madre que había muerto locamente, consideraba el libro como un tesoro, un depósito secreto de conocimiento y poder que le permitiría competir con sus vecinos más exitosos.

Siempre había sido un forastero, un inadaptado, objeto de críticas y vengativos chismes locales. Siempre se había sentido más o menos aliado de leyes y agencias inhumanas.

Su tío, el único pariente que recordaba, había sido un anciano amargado, de corazón negro y melancólico que lo toleraba solo por las tareas domésticas y los recados que realizaba. Nunca había tenido la menor duda de que su tío lo habría repudiado por completo si no hubiera sido un esclavo útil. El vínculo de sangre no habría tenido sentido para el anciano. De hecho, si no hubiera sido por su muerte repentina y algo misteriosa, el sinvergenza probablemente se habría encargado de que su sobrino heredara solo recuerdos oscuros. Pero como no se había localizado ningún testamento, Emmet Telquist se había apoderado de la ruinosa granja de su tío y de los escasos bienes que contenía.

Pero mientras entrecerraba los ojos ansiosamente ante la caligrafía descolorida y pintoresca del nigromante Theophilis Wenn, Telquist comenzó a creer que el libro manuscrito era, con mucho, el artícul* más valioso que su pariente malvado había puesto involuntariamente en sus manos.

Además, una serie de asuntos que siempre lo habían desconcertado en el pasado se volvieron menos desconcertantes. A menudo se había preguntado por el comportamiento peculiar de su tío: sus largas ausencias de la casa, especialmente de noche, los murmullos que con frecuencia provenían de su habitación, sus inexplicables fuentes de ingresos.

Con una sensación de creciente suspenso y expectativa, pasó las páginas en las que estaba inscrito el séptimo encantamiento. Estaba escrito con una peculiar tinta gris azulada que parecía débilmente fosforescente. No se atrevió a leer las palabras en voz alta; comprobando que eran lo que parecían ser: simplemente una mezcla de sonidos sin sentido frecuentemente intercalados con el nombre Nyogtha.

Sonriendo maliciosamente para sí mismo, volvió las páginas y releyó el párrafo que servía como introducción y explicación de los encantamientos. Bueno, él sabía lo que Theophilis Wenn tenía en mente cuando se refirió al altar sanguinario de los Antiguos. l, Emmet Telquist, había visto tal altar.

Aunque eso había sido años antes, cuando el pantano no era tan intransitable. No tenía ninguna duda de que podría localizar el maldito cromlech sacrificial. Qué bien recordaba haberse arrastrado por el sendero levemente elevado que serpenteaba a través del pantano! El montícul* repentino, inesperado, el agua oscura, incluso a la luz del sol del mediodía, el círculo de enormes monolitos, el montícul* en el centro, la enorme losa plana en su parte superior, roja por las manchas indecibles que incluso las lluvias y vientos de siglos no podía borrar.

Nunca le había hablado de su descubrimiento a nadie. El pantano era un lugar prohibido, aparentemente debido a los rumores de arenas movedizas y serpientes venenosas. Pero en más de una ocasión había visto santiguarse a los aldeanos de antaño cuando se mencionaba la zona. Y se decía que incluso los perros de caza abandonarían la persecución si esta huía hacia allí.

Ya anticipando el poder que finalmente sería suyo, Emmet Telquist comenzó a formular planes. No cometería el error del desafortunado hechicero sarraceno, Mai Lazal. Aunque no se atrevió del todo a dar los pasos necesarios para conseguir un sacrificio humano. Una oveja debería ser relativamente fácil de obtener. Podría robar una por la noche de cualquiera de los varios rebaños de la aldea. Conocía todos los bosques y senderos y estaría a salvo mucho antes de que se descubriera la pérdida.

La noche antes del advenimiento de la luna llena se deslizó a un prado cercano donde pastaban ovejas y se llevó una, empujándola y arrastrándola por un muro de piedra y luego conduciéndola a lo largo de tortuosos caminos secundarios. Al día siguiente realizó una visita furtiva a los alrededores del pantano prohibido, explorando la maleza hasta descubrir el comienzo del tenue sendero que había visto años antes. Aunque estaba parcialmente cubierto por un espeso crecimiento de juncos, enredaderas y exuberante hierba de pantano, había indicios de que los ciervos lo usaban ocasionalmente. Probablemente se necesitaría paciencia para abrirse paso, pero al menos el camino no debería ser intransitable. Observando cuidadosamente su ubicación, regresó a casa y completó sus preparativos para la noche.

Poco antes de las once entró sigilosamente en el cobertizo donde había atado a la oveja y la condujo a la luz de la luna. El campo estaba impregnado de una hechizante luz plateada. No experimentó ninguna dificultad para llegar al pantano y después de una pequeña búsqueda localizó el sendero estrecho. Pero cuando se sumergió en la hierba que le llegaba hasta los hombros, la correa se apretó en su mano. La oveja se tensó contra la cuerda, sus ojos repentinamente enloquecidos por el miedo.

Maldiciendo, se revolvió y la pateó brutalmente. Se lanzó hacia adelante unos metros y se detuvo. Con determinación, apretó la correa hasta que cortó la piel de la oveja a través de la lana.

Progresó lentamente. La oveja tuvo que ser arrastrada a intervalos regulares. Y mientras penetraba hacia el corazón del pantano, la creciente altura y espesor de la exuberante maleza dificultaba el paso. La luz de la luna se filtraba inquietantemente entre los árboles y por todos lados charcos traicioneros brillaban de color negro plateado en la penumbra.

De vez en cuando, observadores ocultos lo miraban desde las profundidades y, muy a menudo, enormes sapos saltaban al camino y lo miraban con sus ojos ambarinos. Parecían estar desprovistos de miedo, casi como si consideraran el pantano como su dominio especial y, a él, incapaz de dañarlos. Empezó a imaginar que había algo vagamente maligno en ellos. Nunca antes los había visto tan grandes, ni en tal cantidad. Pero probablemente eso se debió a que se los dejó reproducirse y desarrollarse sin encontrar los obstáculos artificiales que inevitablemente prevalecerían en cualquier área menos evitada.

Mientras se adentraba en el corazón del pantano, el silencio que se acumulaba se volvió opresivo. Los sonidos normales de la noche cesaron por completo y sólo su propia respiración forzada rompió el silencio. La oveja se volvió más obstinada que nunca; se requirió toda su fuerza para arrastrarla. Parecía, imaginó, sentir el destino que le aguardaba.

De repente, tanto que estuvo a punto de gritar de asombro, la maleza terminó y se encontró ante la base del montícul* impío.

Era tal como lo recordaba: enormes menhires que formaban un áspero círculo alrededor de un montícul* central sobre el que había una gran losa plana de un tono oscuro que no coincidía con el color de los monolitos circundantes. Por encima de todo, pareció caer una sombra y, sin embargo, cuando miró hacia arriba, vio que la luna llena estaba directamente sobre su cabeza.

Sacudiendo la sensación de pavor que se apoderó de él, echó a andar por la pendiente cubierta de líquenes. Pero ahora la oveja se hundió sobre sus patas delanteras y se vio obligado a arrastrarla centímetro a centímetro hacia el círculo de megalitos. Sin embargo, le dio la bienvenida al esfuerzo, ya que liberó su mente del miedo innombrable que el cromlech despertó en él.

Cuando arrastró a la oveja junto al anillo de rocas, estaba casi exhausto, pero no se atrevió a detenerse para descansar, porque sabía que la demora sería su perdición. Ya tenía un deseo salvaje de dejar la oveja y correr de regreso a través del pantano infestado de sapos hacia el familiar mundo exterior. De modo que ató las patas del animal firmemente juntas y con un tremendo tirón la empujó sobre la losa de sacrificio de color óxido.

Rechazando un impulso casi incontrolable de huir, desenvainó el cuchillo de caza que llevaba y sacó de su bolsillo el curioso manuscrito encuadernado, Magia Verdadera de Theophilis Wenn.

No tuvo ninguna dificultad para localizar el séptimo encantamiento extrañamente siniestro, porque a la brillante luz de la luna, la inusual tinta gris azulada en la que estaban inscritos los caracteres parecía realmente luminosa.

Sosteniendo el libro en una mano y el cuchillo listo en la otra, comenzó a repetir el revoltijo de sonidos ininteligibles.

Mientras leía, las sílabas parecían ejercer sobre él una influencia sobrenatural, de modo que su voz se elevó hasta convertirse en un aullido salvaje, inhumano y agudo que penetró hasta las profundidades más lejanas del pantano. A intervalos, su voz se convertía en guturales bajos o en un siseo sibilante.

Y luego, en la última enunciación de la palabra tantas veces repetida, Nyogtha, llegó a sus oídos, como desde una gran distancia, un sonido como el de un viento impetuoso, aunque ni siquiera una hoja se agitó en los árboles circundantes.

De repente, el libro se oscureció en su mano y vio que una sombra había caído sobre la página.

Miró hacia arriba y la locura dio vueltas en su cerebro.

En cuclillas, en el borde de la losa, había una forma que vivía en una pesadilla, una cosa con garras escamosas como una gárgola monstruosa o un sapo deforme que lo miraba con rojizos ojos inquisidores.

Se congeló de horror y una repentina rabia brilló en los ojos de la cosa. Un siseo enojado salió de su pico moteado.

Emmet Telquist fue impulsado a la acción. Sabía lo que la cosa quería: sangre.

Levantó el cuchillo, avanzó y estaba a punto de hundirlo en la oveja cuando un nuevo horror se apoderó de él.

La oveja ya estaba muerta.

La indescriptible presencia que estaba en cuclillas ya la había reclamado. Había muerto de miedo. Sus ojos estaban vidriosos y no había indicios de que aún respirara.

Recordando la advertencia de Theophilis Wenn, ten cuidado de que la bestia no muera , Emmet Telquist se quedó como una estatua de piedra con el cuchillo aún sin levantar en la mano.

Luego lo dejó caer y echó a correr.

Se lanzó entre dos menhires, por la loma, y corrió hacia el sendero del pantano.

Levantando su cuello escamoso, la presencia en la losa lo miró y, finalmente, silbando con furia, saltó de la piedra y se lanzó en su persecución.

Un terrible chillido sonó y pronto la cosa saltó de nuevo sobre la losa, sosteniendo en su pico ensangrentado una forma sin vida, flácida, un sacrificio apropiado.

Joseph Payne Brennan (1918-1990)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Joseph Payne Brennan.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Joseph Payne Brennan: El séptimo encantamiento (The Seventh Incantation), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a ***.com


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El séptimo encantamiento: Joseph Payne Brennan; relato y análisis


El séptimo encantamiento: Joseph Payne Brennan; relato y análisis.




El séptimo encantamiento (The Seventh Incantation) es un relato de terror del escritor norteamericano Joseph Payne Brennan (1918-1990), publicado originalmente en la antología de 1963: Grito a medianoche (Scream at Midnight), y luego reeditado en la colección de 2001: Acólitos de Cthulhu (Acolytes of Cthulhu).

El séptimo encantamiento, posiblemente uno de los mejores cuentos de Joseph Payne Brennan, relata la historia de Emmet Telquist, un lector curioso que se aventura en la biblioteca prohibida de su tío y descubre un antiguo manuscrito dedicado al culto blasfemo de Nyogtha.

SPOILERS.

El séptimo encantamiento de Joseph Payne Brennan pertenece a los Mitos de Cthulhu de H.P. Lovecraft, y se desarrolla a partir de un motivo lovecraftiano ligeramente modificado: un individuo ingenuo [no un erudito, como en los cuentos del flaco de Providence] que, habiendo encontrado un viejo libro prohibido, se aventura con impunidad en sus páginas malditas y termina invocando a una entidad no humana con terribles consecuencias para sí mismo.

Aquí, un sujeto llamado Emmet Telquist descubre un misterioso manuscrito entre las pertenencias de su tío, recientemente fallecido, un volumen desgastado, posiblemente único, titulado: Magia Verdadera, de un tal Theophilis Wenn. El libro es una especie de enciclopedia de lo oculto, con detalladas descripciones de conjuros y encantamientos, pero con un particular interés en los Ghouls; seres detestables, necrófagos, que responden a Nyogtha. De hecho, el séptimo encantamiento del libro, aparentemente el más poderoso, formulado en una lengua bárbara, tiene como objetivo invocar a Nyogtha [ver: Lovecraft y las lenguas prehumanas]

Nyogtha, la Cosa Que No Debería Ser [THE THING THAT SHOULD NOT BE] es un Primordial engendrado por Tsathoggua [o por Ubbo-Sathla, según otros] que normalmente se manifiesta como una oscura masa amorfa [ver: Black Goo y otras monstruosidades amorfas en la ficción]. Posee características vampíricas, alimentándose de las almas de aquellos que tienen la imprudencia de invocarlo. Habita en las profundidades de las Cavernas de Yoth, aunque otros lo sitúan en un mundo oscuro cerca de Arcturus. Nyogtha solo puede manifestarse a través de ciertas aberturas en nuestro plano. Algunas de ellas se han encontrado en Massachusetts, Siria, Tartaria, Rumania, Nueva Zelanda y la Meseta de Leng, pero sin duda existen en otros lugares aún por descubrir.

Nyogtha no tiene un culto activo en nuestro planeta, aunque los hechiceros solitarios lo invocan para obtener poder personal. Se lo ha relacionado con una de las brujas ejecutadas en los juicios de Salem, y ha habido otros casos de adoración esparcidos por todo el mundo, sobre todo en pequeños cultos inarticulados asociados con los Ghouls.

Nyogtha fue creado por Henry Kuttner y apareció por primera vez en el relato: El horror de Salem (The Salem Horror) [ver: Los Mitos de Khut-Nhah].  De acuerdo a esta historia, el Necronomicón se refiere a Nyogtha como El Morador de la Oscuridad (Dweller in Darkness), un epíteto usado por August Derleth en el relato El Morador de la Oscuridad (The Dweller in Darkness) para referirse a Nyarlathotep; lo cual ha llevado a algunos a especular que el propio Nyogtha es un avatar de Nyarlathotep [ver: El nido de Nyarlathotep]. Sin embargo, Nyogtha es un Primigenio, y posiblemente el único conocido que es nativo de la Tierra, lo cual lo excluye como avatar del Caos Reptante.

No hay mucha información sobre Nyogtha en los libros prohibidos de los Mitos de Cthulhu. Friedrich von Junzt se ocupa brevemente de esta entidad en el Unaussprechlichen Kulten, y también es mencionado en el Necronomicón, el Cultes des Goules, pero es en Magia Verdadera (True Magick), donde se proporciona este séptimo encantamiento para contactar con él, precisamente el libro que Emmet Telquist, protagonista de El séptimo encantamiento, lee con imprudencia en este interesante relato de Joseph Payne Brennan.

El séptimo encantamiento refuerza el vínculo entre Nyogtha y los Ghouls, tal como Robert Bloch lo estableció en el Cultes des Goules. En el Multiverso de Lovecraft los Ghouls son seres que viven en túneles debajo de los cementerios, tanto en nuestro plano como en la Tierra de los Sueños [Dreamlands]. Se los puede identificar por sus rasgos caninos, patas con pezuñas, piel gomosa, olor a moho y hábitos muy repugnantes. Abdul Alhazred convivió varios meses en una colonia de Ghouls, pero no es mucho lo que aportó sobre sus costumbres y organización. Recientemente, una colonia debajo de Providence, Rhode Island, se ha dedicado a secuestrar bebés humanos, criarlos y usarlos como sus sirvientes en la superficie [ver: De la luz a la oscuridad: psicología de El modelo de Pickman]. Si bien no responden a ningún amo, ni se comprometen con ninguna entidad superior, los Ghouls reconocen a Nyogtha y suelen prestarle sus servicios.

Joseph Payne Brennan es un autor que mantuvo viva la tradición de Weird Tales cuando la revista declinó y finalmente desapareció. Es un autor capaz de poner el horror justo frente a la cara del lector, pero a través de un estilo austero, incluso modesto. Stephen King destaca el estilo de Joseph Payne Brennan y sobre todo el efecto que logra: no encontrarás nada llamativo en su trabajo dice King pero a pesar de todo, posee un estilo robusto, capaz de ejercer un poder enorme cuando se usa bien. En lo personal, creo que los cuentos de Joseph Payne Brennan han sido injustamente subestimados [La caza (The Hunt) es una joya]. Es un autor competente, muy austero, capaz de forjar ideas extraordinarias y de ejecutarlas de manera eficaz, aunque esto a menudo se confunda con cierto desdén por el impacto, incluso con incompetencia.

En definitiva, El séptimo encantamiento expresa este sello distintivo de Joseph Payne Brennan: una prosa simple y sin adornos que nos permite una sutil incursión en lo extraño.




El séptimo encantamiento.
The Seventh Incantation, Joseph Payne Brennan (1918-1990)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


De estas oraciones negras o encantamientos, hay siete, tres para los hechizos y ayudantes ordinarios, y un número similar para la destrucción impía y completa de todos los enemigos. Pero del séptimo se advierte a los curiosos en todas estas partes. No dejes que se recite el último encantamiento, a menos que desees ver el más terrible demonio.

Aunque se diga que el demonio no se muestra a menos que las palabras sean dichas en el sanguinario altar de los Antiguos, sin embargo, conviene tener cuidado. Porque se sabe que el hechicero sarraceno, Mai Lazal, cantó desenfrenadamente las palabras espantosas y que el demonio vino, y al no encontrar una ofrenda sanguinaria enfureció. La sangre vital de un niño o una doncella casta es lo mejor, pero una bestia, un buey o una oveja, se dice que es suficiente. Pero ten cuidado de que la bestia no muera cuando se tome la sangre, porque entonces la ira del demonio será terrible. Si la ofrenda es buena, el demonio dará poder impío para que el siervo se enriquezca y supere a todos sus vecinos.


Por tercera vez, y con creciente emoción, Emmet Telquist leyó las palabras descoloridas. Estaban contenidas en un manuscrito encuadernado que se estaba desmoronando, curioso y probablemente único, que él había descubierto casi por accidente unos días antes mientras revolvía las cajas de embalaje cargadas de polvo que contenían la biblioteca de su tío fallecido.

El libro se titulaba simplemente Magia Verdadera, y el escritor firmaba como Theophilis Wenn. Es muy posible que fuera un seudónimo; ciertamente, a juzgar por el contenido, el autor imprudente debe haber tenido motivos para mantener en secreto su verdadera identidad.

El libro era una verdadera enciclopedia de la tradición del diablo. Manifestaba una erudición genuina que se había prodigado en una amplia variedad de temas esotéricos y prohibidos. Había discusiones detalladas sobre encantamientos y posesión, párrafos sobre vampirismo y leyendas de ghouls, páginas dedicadas a la demonología, la adoración de brujas y los ídolos, notas sobre ritos del holocausto, maculaciones indescriptibles y temibles sacrificios de luna llena a los poderes de la oscuridad prístina.

Evidentemente, el escritor había sido un nigromante notable. El estilo en general era arbitrario y seguro, mostrando egoísmo y no poca arrogancia. No tenía una leve nota de humor. Theophilis Wenn, o quienquiera que disfrazara su verdadera identidad bajo ese nombre, había escrito con extrema seriedad. De eso no cabía duda.

Emmet Telquist, el paria de la aldea, amarga y misantrópica cuestión de un padre infame y una madre que había muerto locamente, consideraba el libro como un tesoro, un depósito secreto de conocimiento y poder que le permitiría competir con sus vecinos más exitosos.

Siempre había sido un forastero, un inadaptado, objeto de críticas y vengativos chismes locales. Siempre se había sentido más o menos aliado de leyes y agencias inhumanas.

Su tío, el único pariente que recordaba, había sido un anciano amargado, de corazón negro y melancólico que lo toleraba solo por las tareas domésticas y los recados que realizaba. Nunca había tenido la menor duda de que su tío lo habría repudiado por completo si no hubiera sido un esclavo útil. El vínculo de sangre no habría tenido sentido para el anciano. De hecho, si no hubiera sido por su muerte repentina y algo misteriosa, el sinvergenza probablemente se habría encargado de que su sobrino heredara solo recuerdos oscuros. Pero como no se había localizado ningún testamento, Emmet Telquist se había apoderado de la ruinosa granja de su tío y de los escasos bienes que contenía.

Pero mientras entrecerraba los ojos ansiosamente ante la caligrafía descolorida y pintoresca del nigromante Theophilis Wenn, Telquist comenzó a creer que el libro manuscrito era, con mucho, el artícul* más valioso que su pariente malvado había puesto involuntariamente en sus manos.

Además, una serie de asuntos que siempre lo habían desconcertado en el pasado se volvieron menos desconcertantes. A menudo se había preguntado por el comportamiento peculiar de su tío: sus largas ausencias de la casa, especialmente de noche, los murmullos que con frecuencia provenían de su habitación, sus inexplicables fuentes de ingresos.

Con una sensación de creciente suspenso y expectativa, pasó las páginas en las que estaba inscrito el séptimo encantamiento. Estaba escrito con una peculiar tinta gris azulada que parecía débilmente fosforescente. No se atrevió a leer las palabras en voz alta; comprobando que eran lo que parecían ser: simplemente una mezcla de sonidos sin sentido frecuentemente intercalados con el nombre Nyogtha.

Sonriendo maliciosamente para sí mismo, volvió las páginas y releyó el párrafo que servía como introducción y explicación de los encantamientos. Bueno, él sabía lo que Theophilis Wenn tenía en mente cuando se refirió al altar sanguinario de los Antiguos. l, Emmet Telquist, había visto tal altar.

Aunque eso había sido años antes, cuando el pantano no era tan intransitable. No tenía ninguna duda de que podría localizar el maldito cromlech sacrificial. Qué bien recordaba haberse arrastrado por el sendero levemente elevado que serpenteaba a través del pantano! El montícul* repentino, inesperado, el agua oscura, incluso a la luz del sol del mediodía, el círculo de enormes monolitos, el montícul* en el centro, la enorme losa plana en su parte superior, roja por las manchas indecibles que incluso las lluvias y vientos de siglos no podía borrar.

Nunca le había hablado de su descubrimiento a nadie. El pantano era un lugar prohibido, aparentemente debido a los rumores de arenas movedizas y serpientes venenosas. Pero en más de una ocasión había visto santiguarse a los aldeanos de antaño cuando se mencionaba la zona. Y se decía que incluso los perros de caza abandonarían la persecución si esta huía hacia allí.

Ya anticipando el poder que finalmente sería suyo, Emmet Telquist comenzó a formular planes. No cometería el error del desafortunado hechicero sarraceno, Mai Lazal. Aunque no se atrevió del todo a dar los pasos necesarios para conseguir un sacrificio humano. Una oveja debería ser relativamente fácil de obtener. Podría robar una por la noche de cualquiera de los varios rebaños de la aldea. Conocía todos los bosques y senderos y estaría a salvo mucho antes de que se descubriera la pérdida.

La noche antes del advenimiento de la luna llena se deslizó a un prado cercano donde pastaban ovejas y se llevó una, empujándola y arrastrándola por un muro de piedra y luego conduciéndola a lo largo de tortuosos caminos secundarios. Al día siguiente realizó una visita furtiva a los alrededores del pantano prohibido, explorando la maleza hasta descubrir el comienzo del tenue sendero que había visto años antes. Aunque estaba parcialmente cubierto por un espeso crecimiento de juncos, enredaderas y exuberante hierba de pantano, había indicios de que los ciervos lo usaban ocasionalmente. Probablemente se necesitaría paciencia para abrirse paso, pero al menos el camino no debería ser intransitable. Observando cuidadosamente su ubicación, regresó a casa y completó sus preparativos para la noche.

Poco antes de las once entró sigilosamente en el cobertizo donde había atado a la oveja y la condujo a la luz de la luna. El campo estaba impregnado de una hechizante luz plateada. No experimentó ninguna dificultad para llegar al pantano y después de una pequeña búsqueda localizó el sendero estrecho. Pero cuando se sumergió en la hierba que le llegaba hasta los hombros, la correa se apretó en su mano. La oveja se tensó contra la cuerda, sus ojos repentinamente enloquecidos por el miedo.

Maldiciendo, se revolvió y la pateó brutalmente. Se lanzó hacia adelante unos metros y se detuvo. Con determinación, apretó la correa hasta que cortó la piel de la oveja a través de la lana.

Progresó lentamente. La oveja tuvo que ser arrastrada a intervalos regulares. Y mientras penetraba hacia el corazón del pantano, la creciente altura y espesor de la exuberante maleza dificultaba el paso. La luz de la luna se filtraba inquietantemente entre los árboles y por todos lados charcos traicioneros brillaban de color negro plateado en la penumbra.

De vez en cuando, observadores ocultos lo miraban desde las profundidades y, muy a menudo, enormes sapos saltaban al camino y lo miraban con sus ojos ambarinos. Parecían estar desprovistos de miedo, casi como si consideraran el pantano como su dominio especial y, a él, incapaz de dañarlos. Empezó a imaginar que había algo vagamente maligno en ellos. Nunca antes los había visto tan grandes, ni en tal cantidad. Pero probablemente eso se debió a que se los dejó reproducirse y desarrollarse sin encontrar los obstáculos artificiales que inevitablemente prevalecerían en cualquier área menos evitada.

Mientras se adentraba en el corazón del pantano, el silencio que se acumulaba se volvió opresivo. Los sonidos normales de la noche cesaron por completo y sólo su propia respiración forzada rompió el silencio. La oveja se volvió más obstinada que nunca; se requirió toda su fuerza para arrastrarla. Parecía, imaginó, sentir el destino que le aguardaba.

De repente, tanto que estuvo a punto de gritar de asombro, la maleza terminó y se encontró ante la base del montícul* impío.

Era tal como lo recordaba: enormes menhires que formaban un áspero círculo alrededor de un montícul* central sobre el que había una gran losa plana de un tono oscuro que no coincidía con el color de los monolitos circundantes. Por encima de todo, pareció caer una sombra y, sin embargo, cuando miró hacia arriba, vio que la luna llena estaba directamente sobre su cabeza.

Sacudiendo la sensación de pavor que se apoderó de él, echó a andar por la pendiente cubierta de líquenes. Pero ahora la oveja se hundió sobre sus patas delanteras y se vio obligado a arrastrarla centímetro a centímetro hacia el círculo de megalitos. Sin embargo, le dio la bienvenida al esfuerzo, ya que liberó su mente del miedo innombrable que el cromlech despertó en él.

Cuando arrastró a la oveja junto al anillo de rocas, estaba casi exhausto, pero no se atrevió a detenerse para descansar, porque sabía que la demora sería su perdición. Ya tenía un deseo salvaje de dejar la oveja y correr de regreso a través del pantano infestado de sapos hacia el familiar mundo exterior. De modo que ató las patas del animal firmemente juntas y con un tremendo tirón la empujó sobre la losa de sacrificio de color óxido.

Rechazando un impulso casi incontrolable de huir, desenvainó el cuchillo de caza que llevaba y sacó de su bolsillo el curioso manuscrito encuadernado, Magia Verdadera de Theophilis Wenn.

No tuvo ninguna dificultad para localizar el séptimo encantamiento extrañamente siniestro, porque a la brillante luz de la luna, la inusual tinta gris azulada en la que estaban inscritos los caracteres parecía realmente luminosa.

Sosteniendo el libro en una mano y el cuchillo listo en la otra, comenzó a repetir el revoltijo de sonidos ininteligibles.

Mientras leía, las sílabas parecían ejercer sobre él una influencia sobrenatural, de modo que su voz se elevó hasta convertirse en un aullido salvaje, inhumano y agudo que penetró hasta las profundidades más lejanas del pantano. A intervalos, su voz se convertía en guturales bajos o en un siseo sibilante.

Y luego, en la última enunciación de la palabra tantas veces repetida, Nyogtha, llegó a sus oídos, como desde una gran distancia, un sonido como el de un viento impetuoso, aunque ni siquiera una hoja se agitó en los árboles circundantes.

De repente, el libro se oscureció en su mano y vio que una sombra había caído sobre la página.

Miró hacia arriba y la locura dio vueltas en su cerebro.

En cuclillas, en el borde de la losa, había una forma que vivía en una pesadilla, una cosa con garras escamosas como una gárgola monstruosa o un sapo deforme que lo miraba con rojizos ojos inquisidores.

Se congeló de horror y una repentina rabia brilló en los ojos de la cosa. Un siseo enojado salió de su pico moteado.

Emmet Telquist fue impulsado a la acción. Sabía lo que la cosa quería: sangre.

Levantó el cuchillo, avanzó y estaba a punto de hundirlo en la oveja cuando un nuevo horror se apoderó de él.

La oveja ya estaba muerta.

La indescriptible presencia que estaba en cuclillas ya la había reclamado. Había muerto de miedo. Sus ojos estaban vidriosos y no había indicios de que aún respirara.

Recordando la advertencia de Theophilis Wenn, ten cuidado de que la bestia no muera , Emmet Telquist se quedó como una estatua de piedra con el cuchillo aún sin levantar en la mano.

Luego lo dejó caer y echó a correr.

Se lanzó entre dos menhires, por la loma, y corrió hacia el sendero del pantano.

Levantando su cuello escamoso, la presencia en la losa lo miró y, finalmente, silbando con furia, saltó de la piedra y se lanzó en su persecución.

Un terrible chillido sonó y pronto la cosa saltó de nuevo sobre la losa, sosteniendo en su pico ensangrentado una forma sin vida, flácida, un sacrificio apropiado.

Joseph Payne Brennan (1918-1990)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Joseph Payne Brennan.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Joseph Payne Brennan: El séptimo encantamiento (The Seventh Incantation), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a ***.com


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NotaPublicado: Jue Sep 09, 2021 11:53 am 
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Lovecraft y la ansiedad de género: análisis de El ser en el umbral.


Lovecraft y la ansiedad de género: análisis de El ser en el umbral.




Hoy analizaremos el relato de H.P. Lovecraft: El ser en el umbral (The Thing on the Doorstep), escrito en agosto de 1933 y publicado en la edición de enero de 1937 de la revista Weird Tales. Posteriormente sería reeditado por Arkham House en la colección de 1939: El extraño y otros (The Outsider and Others). Primero repasemos brevemente el argumento de la historia.

Lovecraft abre con Daniel Upton, quien se dispone a dar una declaración para explicar por qué mató a su mejor amigo. Describe los orígenes de su amistad con Edward Derby, cuando este era un niño prodigio: enfermizo, brillante y obsesionado con lo macabro. Derby conoce a Asenath Waite cuando él tiene 38 años y ella, aparentemente, 23. Es oriunda de Innsmouth y tiene fama de bruja. En la escuela podía mirar a las personas e infundirles la sensación de que sus personalidades fueron despojadas de sus cuerpos, como si se miraran a sí mismos desde su perspectiva [ver: Las familias extrañas de Lovecraft]

Esto se atribuyó generalmente a su habilidad hipnótica. Su padre, Ephraim [ahora fallecido], tenía una reputación similar. Edward y Asenath se casan rápidamente y se establecen en Arkham. Upton los ve poco durante dos años. Sin embargo, escucha que Derby ha comenzado a actuar... fuera de lugar.

Por ejemplo, aunque antes no sabía conducir, ahora se lo ve corriendo fuera de la ciudad con una mirada inusualmente determinada en sus ojos. Conducir a grandes velocidades aparentemente era algo nefasto para Lovecraft, y no solo en esta historia; de hecho, siempre le atribuye a sus conductores un caracter depredador.

Cuando Upton vuelve a ver a su amigo, Derby insinúa cierta inquietud: teme por su propia identidad. Abundan los rumores extraños. Un amigo ve a Asenath mirando miserablemente desde una ventana del piso de arriba cuando supuestamente está fuera de la ciudad. Derby comienza a hablar más directamente de los horrores que ha visto y deja entrever que el viejo Ephraim puede que no esté realmente muerto. A veces se interrumpe abruptamente, como si Asenath pudiera estar usando alguna forma de control mental para limitar sus comunicaciones [ver: In Articulo Mortis: Lovecraft y algunas opciones para retrasar la muerte]

Derby sale tambaleándose de los bosques de Maine, delirando, recordando solo lo suficiente para enviar un telegrama a Upton. Upton lo recoge y se nos introduce en los Mitos de Cthulhu. Los Shoggoth están involucrados [ver: Lovecraft y la IA: el futuro es de los Shoggoth]. Derby también habla con más franqueza; afirma que Asenath lo obligó a cambiar de cuerpo. Además, por fin, admite que ha descubierto que Asenath es en realidad Ephraim, que Ephraim robó su cuerpo y luego envenenó su viejo cuerpo... con ella en él [ver: Atrapado en el cuerpo equivocado: la identidad de género en el Horror]

Upton cree que Asenath ha sometido a Derby a una especie de prueba hipnótica y decide ayudarlo a divorciarse. Entonces se precipitan los acontecimientos más dramáticos: la voz de Derby se eleva hasta convertirse en un grito agudo mientras delira, cuando de repente se apaga con un clic casi mecánico:


[Pensé en esas otras ocasiones en las que sus confidencias habían cesado abruptamente, cuando casi había imaginado que alguna oscura onda telepática de la fuerza mental de Asenath estaba interviniendo para mantenerlo en silencio. Esto, sin embargo, era algo completamente diferente y me sentí infinitamente peor. La cara a mi lado se torció casi irreconociblemente, mientras que por todo su cuerpo se agitó un movimiento tembloroso, como si todos los huesos, órganos, músculos, nervios y glándulas se reajustaran a una postura radicalmente diferente.]


Entonces se desata el horror supremo:


[Se apoderó de mí una ola tan abrumadora de enfermedad y repulsión, una sensación tan helada y petrificante de total alienación y anormalidad, que mi agarre del volante se hizo débil e inseguro. La figura a mi lado parecía menos un amigo de toda la vida que una monstruosa intrusión del espacio exterior, un maldito foco de fuerzas cósmicas desconocidas y malignas.]


Derby obliga a Upton a cambiar de lugar y toma el volante. Finalmente, se disculpa por su arrebato, y le promete a Upton que estará bien después de unas semanas de descanso. Derby de hecho desaparece durante unas semanas mientras Upton vacila, luego aparece de nuevo pareciendo una vez más él mismo. Afirma haber reunido sus propias defensas ocultas y haber obligado a Asenath a marcharse sin él. Sin embargo, se retrasa en salir de la casa que compartía con ella y su estado de ánimo cambia salvajemente. Por fin tiene un colapso, despotricando que ni siquiera la muerte puede detenerlo. Upton lo envía al manicomio de Arkham [ver: En el Manicomio: la locura en la ficción gótica]

Después de unas semanas, alguien lo llama desde el manicomio para informarle que Derby ha recuperado la razón, aunque su memoria es irregular. Debería poder irse en una semana. Sin embargo, cuando Upton lo visita, Derby exhibe la personalidad inquietante que mostró en el coche. Upton siente una fealdad cósmica inefable. Regresa a casa para caminar y preocuparse.

Esa noche, Upton escucha llamar a su puerta, en el patrón con el que Derby siempre solía anunciarse. Abre la puerta y encuentra una cosa enana, grotesca y maloliente que parece apenas viva. La cosa [en el umbral] le entrega una carta de Derby en la que confiesa que no envió a Asenath/Ephraim lejos, sino que la mató. Sin embargo, incluso en la muerte, el alma de Ephraim sobrevivió y sus seguidores llevaron a cabo el sacrificio final que le permitiría hacerse cargo del cuerpo de Derby de forma permanente, dejando a Derby en el cadáver de Asenath [ver: El cuerpo de la mujer en el Gótico]

Derby le ruega a Upton que mate a la cosa en su cuerpo. Le ruega que se asegure de que el cuerpo sea incinerado para que Ephraim no pueda robar otro, por el bien del mundo entero. La cosa deja de moverse.

Por la mañana, Upton va al manicomio y dispara al cuerpo de Derby. El cadáver en el umbral de la puerta se identifica como Asenath.

El ser en el umbral es particularmente ácido en términos de racismo. Lovecraft, hay que decirlo, era propenso a incluir descripciones étnicas poco favorecedoras en sus historias. Para él, cualquier etnia que no fuera puramente nórdica era simplemente otro elemento de horror cósmico; y aquí, por alguna razón que desconozco, esa tendencia está muy acentuada. Por supuesto, algunos elementos de los Mitos de Cthulhu [sobre todo en las diatribas de Derby] adquieren cierto relieve. Está la descripción estándar del autor del Necronomicón, el árabe loco Abdul Alhazred, y una de las sirvientes de Innsmouth es una moza morena que tenía marcadas anomalías de rasgos y parecía exudar un olor perpetuo a pescado [ver: La Sombra sobre Innsmouth: del odio racial a la empatía].

El ser en el umbral expone una sólida biblioteca arcana, que incluye Azathoth y otros horrores (Azathoth and Other Horrors), una antología poética de Edward Pickman Derby; El pueblo del monolito (The People of the Monolith) de Justin Geoffrey; El libro de Eibon (Book of Eibon); el Unaussprechlichen Kulten de von Junzt, y, por supuesto, el Necronomicón. De hecho, el secreto para la transferencia de cuerpos está en el Necronomicón, pero Derby se abstiene de aclarar en qué página.

Y hace bien, porque en el Multiverso de Lovecraft el conocimiento tiene su precio: la locura y la muerte. Justin Geoffrey murió gritando en un manicomio en 1926 después de una visita a un pueblo siniestro de Hungría. Abdul Alhazred estaba loco. Ephraim Waite aparentemente murió loco, pero uno sospecha que la pobre Asenath estaba demasiado cuerda al final. Edward Derby termina en el manicomio de Arkham, y Ephraim [en el cuerpo de Derby] muere allí [con suerte].

Y eso es todo acerca de los Mitos de Cthulhu, porque El ser en el umbral es una historia que trata sobre la ansiedad de género [ver: El horror hereditario y la enfermedad de Lovecraft]

El ser en el umbral es una de las historias finales de Lovecraft, y resulta interesante porque encapsula perfectamente sus contradicciones. Tiene pasajes que cortan el aliento, que evocan ciertos estados de ánimo y generan un horror genuino, a veces permitiéndonos vislumbrar los prejuicios del autor. Lovecraft escribió esta historia justo después de separarse de de Sonia Greene. Quizás por eso es uno de los pocos relatos del flaco de Providence con un personaje femenino importante, y tal vez también el motivo por el cual es una historia tan misógina. Sin embargo, Lovecraft quería sinceramente a Sonia, y su relación con ella fue buena y frecuente hasta su último día [ver: Lovecraft y Sonia: una historia de amor]

Este grado de afecto por Sonia parece haber influido en la opinión de Lovecraft sobre las mujeres, aunque sus personajes siguieron siendo rabiosamente misóginos. El ser en el umbral no solo exhibe las infatigables peroratas de Ephraim [como Asenath] sobre la inferioridad del cerebro femenino, sino que cuando uno mira más de cerca, las mujeres en esta historia se borran casi por completo. Tanto que Derby se pregunta: Asenath... existe tal persona? Claro que sí; su historia es incluso más espantosa que la de Derby, pero nunca la vemos ni escuchamos su voz [ver: El cuerpo de la mujer en el Horror]

Las mujeres en El ser en el umbral son, de hecho, una ilusión.

Derby intenta casarse con una, pero ella es secretamente un hombre, y la comprensión de que la única persona por la que se ha sentido atraído es un hombre parece ser deliberadamente parte del horror, aunque sea una parte sutil. Upton tiene esposa, pero nunca aparece en escena. La amistad masculina es la única relación real y saludable, pero al final del día no puede salvarte [ver: El Machismo en el Horror]

Una de las cosas que encuentro interesantes de El ser en el umbral es que, desde el exterior, la relación entre Derby y Asenath parece bastante abusiva. Sus amigos universitarios la ven encarcelada en la casa y luciendo completamente desesperada, escuchan sus gritos, la ven envejecer prematuramente. Y estos amigos, incluido Upton, usan las pequeñas inconsistencias de esas señales como excusas para no hacer absolutamente nada. Esta es posiblemente la parte más realista y deprimente de la historia.

Lovecraft no puede resistirse a unir todos los niveles de horror, y creo que esa difuminación interfiere un poco con el efecto final, que sigue siendo consistente. Lo que podría ser una amenaza muy personal está vagamente relacionado con Shoggoths y Shub-Niggurath y sectas secretas. Ephraim se describe como una amenaza cósmicamente maligna para el mundo, pero la simple línea de las vidas robadas que deja atrás parece horrible por sí sola. Agregar Shoggoths a la mezcla no lo empeora significativamente.

En mis días de escuela primaria, incluso el sexo heteronormativo era un misterio. Este era mi grado de iluminación cuando leí por primera vez El ser en el umbral; es decir, me concentré en sus horrores no sexuales: brujería, Shoggoths y cadáveres ambulantes. Solo con el tiempo, al regresar varias veces al relato, el drama psicosexual se volvió evidente.

La única historia de Lovecraft con un personaje femenino prominente se revuelve de ansiedad por el sexo, el género y la identidad misma. La presunción de que los hombres son psíquicamente superiores es un tanto descarada, superficial, y posiblemente el aspecto menos interesante de las defensas naturales de Lovecraft [y de la sociedad de su tiempo] ante la ansiedad de género. En el sótano de la historia hay mucho más [ver: El Horror siempre viene desde el Sótano]

Con la transferencia de almas en el centro del argumento de El ser en el umbral, la cuestión de la identidad de género es inevitable. Pobre Ephraim Waite. No engendró hijos, así que cuando saltó de su cuerpo debilitado al de su hija, fue un cambio de hombre a mujer, un cambio de género radical. Eso hubiera sido un shock para cualquiera, y mucho más para un misógino que promulga la superioridad del hombre sobre la mujer. Y cuando Ephraim intercambia el cuerpo de Asenath por el de su esposo, Edward Derby también sufre un abrupto cambio de género. Desde ya que Lovecraft era conciente de este juego, y lo jugó con astucia, incluso deslizando que un cambio de género era apropiado para el ya afeminado Edward Derby [ver: Transgénero en la literatura]

Después de todo, Derby es descrito como un tipo de voluntad débil, suave, infantil, regordete, dominado por los padres, dependiente, tímido, inactivo. A diferencia del barbudo Ephraim, apenas le crece el bigote. Lovecraft no lo llama afeminado, pero no hace falta hacerlo; constantemente insinúa tendencias homosexuales en el comportamiento general de Derby, principalmente en su participación en un grupo universitario salvaje cuyas actividades son calificadas de atrevidas, bohemias y de conducta dudosa. Tanto es así que Derby debe pagar a un chantajista para que el escándalo no llegue a oídos de su padre. Lovecraft menciona la supuesta participación del grupo en actividades de magia negra directamente, de modo que las conductas dudosas de Derby probablemente eran de naturaleza mundana aunque poco convencional [ver: En la cama de Lovecraft]

Por otro lado, Asenath es considerablemente más femenina [para los estándares de Lovecraft] cuando en realidad su cuerpo está siendo ocupado por Ephraim. En otras palabras, Asenath nunca es más mujer que cuando es hombre. Por supuesto, Lovecraft deja el sexo en las penumbras de la historia, donde el lector poco imaginativo puede desconcertarse por completo.

Después de que Ephraim roba el cuerpo de su hija, asiste a una escuela de niñas donde hipnotiza a las estudiantes y se entrega a miradas y guiños inexplicables. Aquí podríamos limitar la obscena ironía de Asenath [cuyo cuerpo es ocupado por su padre] como una presencia lobuna entre las inocentes ovejas; pero la insinuación es doblemente intrigante. Ephraim no solo está ocupando el cuerpo de su hija, lo cual es lo suficientemente incestuoso como para alarmar a cualquier lector en 1933, sino que además usa el cuerpo de su hija para seducir a sus compañeras. Un depredador que ocupa el cuerpo de su presa para introducirse en el rebaño sin ser detectado. Horror mundano, no cósmico, e infinitamente peor.

Luego está la cuestión del matrimonio de Derby y Asenath. Aquí Lovecraft parece divertirse mucho comentando que ambos pasan la luna de miel en la Innsmouth natal de Ephraim. Derby regresa como un hombre cambiado. Lovecraft nos informa que Asenath ha hecho que su esposo se afeite el bigote sin desarrollar, pero lo hace pasar por una cuestión insignificante. Lo es? Si El ser en el umbral hubiese sido leído por Sigmund Freud, seguramente hubiese dicho que la afeitada de ese bigote incipiente [símbolo de una masculinidad infantil, no desarrollada] es una castración simbólica, un acto de subordinación del temperamento femenino de Derby al masculino de Asenath [recordemos, en este punto una mujer ocupada por su padre] [ver: Freud, el Hombre de Arena, y una teoría sobre el Horror]

Así como Lovecraft generalmente se esfuerza por darle al lector una idea aproximada de las entidades colosales y espantosas que habitan el universo, deja los horrores mundanos, como el sexo, en una prudente omisión. Derby y Asenath [ocupada por su padre] han consumado su matrimonio en la luna de miel en Innsmouth? No lo sabemos, pero la súbita feminización de Derby al regresar es alusiva. El viejo Ephraim parece dispuesto a ocupar el cuerpo de mujer de su hija; mierda, incluso está dispuesto a casarse con Derby, pero definitivamente no será la mitad pasiva de esa relación. El acto de afeitar a Derby lo afemina y, por lo tanto, lo sitúa en el rol pasivo de la relación.

Al parecer, Ephraim está dispuesto a muchas cosas, entre ellas, acostarse con su yerno, pero no a besar a un tipo con bigote, aunque sea incipiente e infantil. Eso sería simplemente una mariconada.

Definitivamente no es el aire malsano de Innsmouth lo que deja a Derby entristecido, afeminado y hasta castrado simbólicamente. Las cosas empeoran cuando Asenath/Ephraim le inflige la violación del robo de cadáveres. El clímax llega cuando Derby vuelve a su cuerpo durante un aquelarre que Ephraim está dirigiendo. Derby, desesperado, se para ante el abismo impío donde comienza el reino negro. La interpretación freudiana es fácil. Derby ve a un Shoggoth cambiar de forma. Y cambiar de forma, de identidad, se ha convertido para él en un horror. En una furia histérica grita:


[No puedo soportarlo, la mataré, mataré a esa entidad, ella, él, ella, la mataré!]

El ser en el umbral relata la historia de un L que se convierte en una ELLA y que finalmente se convierte en un ESO.

Claro, depende del lector quedarse con los aspectos de la historia relacionados con los Mitos de Cthulhu, con su misoginia flagrante y sus nociones sobre esta supuesta inferioridad femenina en términos inequívocos [no particularmente corrosivas cuando se las pone en un contexto histórico], o con esta ansiedad de género que sostiene todo el argumento. Aquí en El Espejo Gótico nos gusta Lovecraft en todas sus facetas, y una de ellas [aunque le pese a sus fundamentalistas], tiene que ver con miedos subyacentes, quizás risibles para nosotros, que algo hemos aprendido [no mucho] sobre tolerancia y aceptación, pero que definitivamente formaban parte del horror de la primera mitad del siglo XX.

Como drama psicosexual, El ser en el umbral es brillante; y eso no es una crítica a Lovecraft, sino más bien un elogio que sus acólitos fundamentalistas se rehúsan a profesar.




H.P. Lovecraft. I Mitos de Cthulhu.


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El artícul*: Lovecraft y la ansiedad de género: análisis de El ser en el umbral fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a ***.com


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