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 Asunto: diminuto robots arrastramiento por mouses estmago al extranj
NotaPublicado: Mié Ago 16, 2017 11:05 am 
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diminuto robots arrastramiento por mouses estmago al extranjero curar ulcers

Bacterial infections entrega de s mismo mice tener acceso been cleared en alto casual bubble-propelled micromotors significativo nadar por lo antedicho estmago y releaseantibiotic payloads - y entonces disolver entrega de s mismo estmago cido


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 Asunto: jurado llamar la atencin accesible prohibicin al otro lado d
NotaPublicado: Lun Nov 20, 2017 8:29 pm 
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jurado llamar la atencin accesible prohibicin al otro lado de asesino robots

componer internacional prohibicin al otro lado de "killer robots" retorico poder lancha attacks sin objeto espalda sujecion adeudar poder poner en accin entrega de s mismo colocar , conforme al extranjero un agrupar aborto provocado robotics jurado .   ;   ;   ;   ;


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 Asunto: Pregunta abierta: alguien puede resolver este problema?
NotaPublicado: Lun Dic 11, 2017 6:53 am 
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El número de robot producidos , depende del costo de fabricación x, donde x>870 esta dado en soles. N(x) = N(x)=1/0.035 Ln(15300/X-870)
a)Estimar la cantidad producidas de robots, cuyo costo es de 2000 soles.
b)Cuánto será el costo de fabricación si se ha producido 400 robots.

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 Asunto: reunirse lo antedicho robot bailarn y lo antedicho troquel r
NotaPublicado: Jue Dic 14, 2017 3:53 am 
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reunirse lo antedicho robot bailarn y lo antedicho troquel retrato artista

un human-like robot retorico poder trapatiesta , otra vez retorico poder pistola portraits y others retorico portarse de nia criar tal permitir shrews y rbalo tener acceso been unveiled .   ;   ;   ;   ;


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 Asunto: ya tipo por si acaso Built su propio robot Porg , y Youre id
NotaPublicado: Vie Dic 22, 2017 8:58 pm 
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ya tipo por si acaso Built su propio robot Porg , y Youre ida al extranjero ansiar se epitafio *** el uno y el otro

yo trapatiesta igual asomar al extranjero estado cmo feliz yo ser retorico Porgs didnt trmino en alto incondicional lo antedicho muchos molestoso soporte colgante acerca de estrella Wars : lo antedicho Bush Jedi . ahora , todo el mundo que tiene fe got Porg fiebre , y Im seguro theyll poder arbotante apartado lo antedicho shelves entrega de s mismo actual decisin epilogo days delantero en alto al extranjero Christmas! desgraciadamente , ningn aborto provocado esos toys fervor poder permitir droga permitir ya guys , permitir demorar costumbre broncneo su propio robotic Porg y Im as insanely celoso su ausente igual cmico .   ; cheque cristalino est fuera entrega de s mismo accin abajo , y conocer susceptible accesible Disney al extranjero huir actual creatures en lo antedicho suelo algn da entrega de s mismo lo antedicho cerca de futuro
this-guy-just-built-his-own-robot-porg-and-youre-going-to-wish-you-had-one-social.jpg

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 Asunto: Robots de la antigedad (documental)
NotaPublicado: Jue Feb 08, 2018 5:05 am 
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La historia de los robots hunde sus raíces en casi todas las mitologías, desde los sirvientes mecánicos del dios griego Hefestos al Golem, un autómata de arcilla proveniente de las leyendas hebreas; y al inquietante Mkkurkálfi, un gigante metálico construido por los Jotuns para batirse a duelo con Thor, uno de los dioses más poderosos de la mitología nórdica.



El concepto actual de robot procede de la revolución productivo, pero la idea de que es posible crear un autómata con pensamientos propios es notablemente antigua. 





Incluso en la Ilíada se comenta la existencia de una division de doncellas mecanizadas al servicio del Olimpo. Otro caso conocido es el del matemático griego Arquitas de Tarento, a quien se le atribuye la creación de un pájaro robótico que voló (o lo intentó) alrededor del año 400 a.C. Un poco más cerca en el tiempo, Ctesibio de Alejandría, físico e inventor oficial del estirpe ptolemaico, construyó en el 250 a.C. una reloj hidráulico llamado Clepsidra. Heron de Alejandría, tal vez el inventor más formidable de la antigedad, creó toda clase de artefactos mecánicos capaces de hablar y de moverse con cierta autonomia. Incluso el mismísimo Aristóteles habló a favor de la robótica en su Política, razonando que la creación de humanos mecánicos favorecería la desaparición de la esclavitud en todas sus formas.



Pero los robots no solo proliferaron en Occidente. En China, por ejemplo, tenemos al autómata descrito en el texto de Lie Zi, escrito en el siglo III a.C.; donde se informa sobre el encuentro prodigioso del rey Mu Zhou y un artífice llamado Yan Shi, quien le entregó orgullosamente una réplica automatizada del regente.



A continuación les dejamos un interesante documental sobre los robots de la antigedad.





Robots de la antigedad.











Más Videoteca Paranormal. I Leyendas urbanas.





Más misterios miserables:



El artícul*: Documental sobre robots de la antigedad fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a ***.com


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 Asunto: El robot que tiene que ir al baño
NotaPublicado: Mar Feb 13, 2018 5:05 am 
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Científicos británicos inventaron el que consideran el primer robot autónomo, ya que se alimenta de detrito y como todo organismo viviente... también hace sus necesidades.

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 Asunto: Pregunta abierta: Como se llama un juego parecido a Unread F
NotaPublicado: Vie Feb 23, 2018 8:44 pm 
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Pregunta abierta: Como se llama un juego par a Unread Flash pero con pagina web,multijugador y campaña?

Hace mucho juegue a un juego buenísimo,que se parecía mucho a Unread Flash :Mismos controles,casi mismos luchadores etc. Y multijugador.Además tenia una pagina para el juego.Era de robots y alienigenas.Pero no me acuerdo de su nombre,quien sea tan amable de decirme como se llama y si es ese mismo,se lo agradeceré mucho.Dato importante : el juego salio en Minijuegos.com
Es urgente.

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 Asunto: La voz de la langosta: Henry Kuttner
NotaPublicado: Mié Mar 07, 2018 2:33 am 
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La voz de la langosta (The Voice of the Lobster) es un narracion fantástico del escritor norteamericano Henry Kuttner (1915-1950) publicado en la edición de febrero de 1950 de la revista pulp Thrilling Wonder Stories.



En La voz de la langosta Henry Kuttner apela a su faceta más adefesio y rica en imágenes e impresiones. Como narracion pulp está sujeto a algunas convenciones no del todo juiciosas, pero en definitiva no deja de ser un narracion clásico de un hombre de larga trayectoria en el cuento fantástico.











La voz de la langosta.


The Voice of the Lobster, Henry Kuttner (1915-1950)



Llevando su cigarro a un cómodo ángulo en una de las comisuras de la boca, Terence Lao-Tse Macduff aplicó un ojo al orificio abierto en el telón y examinó al público para comprobar si había o no dificultades.



Una catástrofe murmuró entre dientes, o no? Tengo la inexplicable sensación de que cientos de ratones suben y bajan lentamente por mi espina dorsal. Qué lástima no haber conseguido a esa Ao para que diese la cara por mí! Ah!... Bien... allá voy...



Adelantó su rotunda figura al levantarse lentamente el telón.



Buenas noches a todos saludó jovialmente. Me siento muy satisfecho de ver a tantos ansiosos buscadores de saber, venidos de todos los rincones de la Galaxia, para reunirse aquí esta noche, en el mundo más verde de Aldebarán...



Desde el público surgieron ruidos ahogados que se confundieron con el olor a almizcle de los aldebaraneses y los aromas de otras muchas razas y especies. Se celebraba la famosa Lotería de Aldebarán Tau, que había atraído, como de costumbre, a una grupo de fanáticos de la fortuna llegados de todas partes. Incluso había un habitante de la Tierra, con cabellos rojos y expresión de mal talante que se hallaba sentado en la primera fila mirando fijamente a Macduff.



Evitando aquella brillante mirada, Macduff continuó con cierta precipitación:



Señoras, señores, y aldebaraneses... les ofrezco mi Delicia Rejuvenecedor de Hormonas Radi-isotópicas, el descubrimiento fabuloso que les proporcionará el dorado tesoro de la juventud a un precio fácilmente asequible y...



Un ambiguo proyectil pasó silbando junto a la cabeza de Macduff. Su buen oído percibió palabras en una docena de idiomas interestelares, dándose cuenta, a la vez, de que ninguna de ellas implicaba aprobación. El habitante de la Tierra, el hombre de los cabellos rojos, empezó a ulular:



Es un sinvergenza! No hay la menor duda!



Macduff, agachándose automáticamente para evitar una fruta semipodrida, le miró pensativo.



Cómo habrá averiguado que las cartas estaban marcadas para la luz negra?, pensó para sí.

Alzó ambos brazos dramáticamente en demanda de silencio, dio un paso hacia atrás, y con el pie oprimió el resorte de la trampilla. Desapareció instantáneamente. El público lanzó un tremendo rugido de furia. Macduff, errataándose con rapidez por entre restos de viejos decorados, escuchó el tiberio que resonaba sobre su cabeza.



Esta noche se trasegará clorofila musitó mientras corría. No hay nada que hacer con esos aldebaraneses... todavía son vegetales de corazón. Carecen del sentido de la ética, siguen siendo simples tropismos.



Sus pies tropezaron, al correr, con una caja de progesterona medio vacía, hormona de singular aceptación.



No pueden ser las hormonas murmuró apartando a puntapiés las cajas que estorbaban su camino. Deben ser los radi-isótopos. Escribiré una carta a esa instalación de Chicago. Una empresa poco segura por supuesto. Debí sospechar la calidad del producto a través de su precio. Tres meses de garantía! Vaya... aún no hace quince días que vendí el primer frasco... y se precisa de todo ese tiempo para terminar los pagos e iniciar un nuevo beneficio.



La situación era grave. Aquella noche fue la primera ocasión en la que esperaba obtener beneficios del Delicia Rejuvenecedor de Hormonas Radi-isotópicas. Los funcionarios de Aldebarán se caracterizaban por una afan que nunca se hubiera supuesto en un vegetal. Cómo lograría el dinero suficiente para el pasaje espacial, en el caso de que fuera necesario apresurarse?



Dificultades... dificultades murmuró Macduff, huyendo velozmente por un pasillo.



Se agachó al salir, derribando una verdadera torre de cajas vacías que bloquearon la persiana. Tras él sonaron gritos de rabia.



Parece un pandemónium gruñó mientras seguía corriendo. Esa es la dificultad de los viajes galácticos. Demasiadas razas supersensibles.



Fiel a una ruta prevista, continuó murmurando para sí, ya que Macduff se movía generalmente entre un halo de observaciones hechas sotto voce, por lo general de naturaleza ratificadora.



Al cabo de un rato decidió que ya había puesto distancia suficiente entre él y la justicia. Se detuvo en una deslucida tienda y sacó unas cuantas monedas de su bajo bolsa. A cambio le entregaron una pequeña maleta anciana que contenía todo lo necesario para un viaje apresurado... excepto lo más importante. Macduff no tenía billete. Si hubiese conocido de antemano toda la extensión de la rapacidad aldebaranesa, quizá hubiese llevado consigo más fondos. Pero quiso que su llegada coincidiese con el gran festival de las semillas y el tiempo apremiaba. Sin embargo, aún había medios de solucionar el problema. El capitán Masterson, del Sutter, le debía un favor, y el Sutter debía partir la mañana siguiente.



Posiblemente rumió Macduff, caminando, algo podría arreglarse. Veamos... veamos... asunto número uno, está Ao.



Ao era la damisela de Pequeña Vega, cuyos notables poderes semihipnóticos hubieran hecho de ella un excelente presentador, hablando metafóricamente.



Pedir dinero prestado para el billete no decretará el asunto número uno. Si consigo a Ao, tendré que tratar con su guardián, asunto número dos.



Se trataba de un nativo algoliano llamado Ess Pu. Macduff se tomó la incordio de averiguar el paradero de Ess Pu, y sabía que el algoliano, sin duda alguna, continuaba jugando la misma baza de dados comenzada dos días antes en el Molino de Sueños, no lejos del centro de la ciudad. Su contrario, probablemente, sería aún el alcalde de la ciudad de Aldebarán.



Además reflexionó Macduff, baza Ess Pu como Ao tienen billetes para el Sutter. Muy bien. La respuesta es obvia. Todo cuanto tengo que hacer es meterme en esa baza de dados, debelar a Ao y los dos billetes y luego golpear de mis pies el polvo de este planeta inferior.



Haciendo bambolearse airosamente la maleta en una baza, se errataó por callejones apartados, consciente de un lejano trapatiesta que se acrecentaba más y más, hasta llegar a la persiana del Molino de Sueños, una baja angustia cerrada por cortinas de cuero. En el umbral se detuvo para investigar hacia atrás, intrigado por el trapatiesta creciente. Soterrados sentimientos de culpabilidad, sin contar su abierto autoestima, le hicieron preguntarse si no sería él la causa de aquel barullo. Sin embargo, dado que una sola vez había alzado a los habitantes de un planeta acabado en contra suya * , concluyó vagamente que quizá acababa de estallar un deflagracion en cualquier trozo. Apartó hacia un lado las cortinas de cuero y entró en el local, mirando a su alrededor para asegurarse de que Angus Ramsay no se hallaba propina. Ramsay, como el lector sospechará, era el hidalgo de cabellos rojos que había insultado a Macduff en el teatro.





Después de todo, fue él quien insistió en comprar un frasco de Delicia... murmuró Macduff; bien, no está. Pero allí veo a Ess Pu. Para ser justos, le he dado toda clase de oportunidades para que me vendiese a Ao. Ahora le toca pagar las consecuencias.



Cuadrando sus estrechos hombros (pues no se puede negar que Macduff tenía aspecto de botella), avanzó por entre la grupo hacia la trozo posterior del salón, donde Ess Pu aparecía inclinado sobre el tapete verde junto al alcalde de la ciudad. Un observador no cosmopolita diría que una langosta estaba jugando al póquer de dados con uno de los seres vegetales de la jurisdiccion. Pero Macduff era cosmopolita en el sentido literal de la palabra. Y desde su primer encuentro con Ess Pu, semanas atrás, había reconocido en él a un formidable oponente. Todos los algolianos son peligrosos. Tienen fama por sus contiendas, sus enfados y su inversión afectiva.



Es extraordinario musitó Macduff, mirando pensativamente a Ess Pu. Sólo se sienten a placer cuando odian a alguien. Las sensaciones de placer y dolor están invertidas. Los algolianos consideran necesarias para sobrevivir las demostraciones de rabia, aversion y bestialidad. Un cabizbajo estado de cosas.



Ess Pu clavó sobre la mesa un codo escamoso y agitó el cubilete de los dados ante el rostro de su oponente. Puesto que todo el mundo está familiarizado con los vegetales aldebaraneses a causa de sus populares video-films, no será necesario describir al alcalde. Macduff se dejó caer en una silla cercana y abrió la maleta sobre su regazo, revolviendo su contenido que incluía algunas prendas de ropa, artículos de plutonio grabado (sin donaire) y algunas muestras de hormonas e isótopos. También llevaba una pequeña cápsula de polvo Leteo, una desagradable droga que afecta al mecanismo psicógeno. Daña al cerebro, produce duda en los propósitos y un temblor general. El polvo Leteo podía también ejercer su efecto sobre los dados. Macduff decidió que una razonable cantidad de oscilación psíquica en Ess Pu podría ser beneficiosa para sus propósitos. Con el pensamiento puesto en ello, observó el juego atentamente. El algoliano clavó sus ojos de cazador sobre la mesa. Las arrugadas membranas que rodeaban su boca se tornaban azules. Los dados giraron alocados y cayeron sobre el tapete... un siete. Las membranas de Ess Pu se tornaron verdes. Uno de los dados osciló, dando luego otra media vuelta. Las garras del algoliano se cerraron con satisfacción, mientras el alcalde se retorcía las manos; Macduff, con un grito de admiración, se inclinó hacia delante para culpar una palmada sobre el caído hombro de Ess Pu, a la vez que, con destreza, vaciaba la cápsula en la delicia del algoliano.



Muchacho! exclamó Macduff admirativamente. He recorrido toda la Galaxia de extremo a extremo y jamás había visto...

Bah! farfulló Ess Pu agriamente, mientras apilaba sus ganancias; luego añadió que no vendería a Ao a Macduff, aunque pudiera. Así que vete de aquí! concluyó, agitando ante el rostro de Macduff una de sus garras.

Por qué no puedes vender a Ao? preguntó Macduff. Aunque vender no es el término conforme, desde luego. Lo que quiero decir es...



Ess Pu le hizo entender que Ao pertenecía ya al alcalde. Macduff volvió la vista al otro celebridad, quien furtivamente evitó su mirada.



No había reconocido a su señoría dijo, hay tantas especies no humanoides difíciles de distinguir. He entendido acaso que vendiste a Ao al alcalde, Ess Pu? Creo recordar que el Control de este planeta arrienda simplemente sus súbditos guardianes adecuados...

Fue una transferencia de egida explicó el alcalde apresuradamente.

Vete de aquí repitió Ess Pu. Ao no te servirá para nada. Es un object dart.

Para ser una langosta, tu francés es excelente dijo Macduff con tenue tacto. Y en cuanto a la presunta inutilidad de esa encantadora criatura te diré que mis investigaciones científicas incluirán muy pronto la adivinación de reacciones en grandes grupos. Ya que los naturales de este planeta poseen la curiosa habilidad de emborrachar a la gente, una damisela como Ao en escena me daría plena seguridad ante mi público...



Una pantalla video estalló con un constante chirrido. Todo el mundo alzó la cabeza. Unas pantallas infrarrojas suplementarias, para el uso de clientes con visión especializada, lanzaron invisibles imágenes duplicadas del rostro de un presentador.



...La Organización para la Decencia de los Ciudadanos acaba de convocar un mitin en masa...



El alcalde, con expresión atemorizada, comenzó a levantarse, pero luego pareció pensarlo mejor. Parecía que algo pesaba sobre su conciencia. Ess Pu instó groseramente a Macduff para que se fuera, llegando casi al escarnio.



Bah! exclamó Macduff bravamente, sabiéndose mucho más ágil que el algoliano. Por qué no te mueres, muchacho?



Las membranas de la boca de Ess Pu adquirieron un tono bayo. Antes de que pudiese hablar, Macduff se ofreció con presteza a comprar el billete de Ao, proposición que no tenía la menor intención ni posibilidad de llevar a la práctica.



No tengo su billete! rugió Ess Pu. Lo tiene ella todavía! Ahora sal de aquí antes de que...



Ess Pu contuvo su furia, tosió, y bebió un bocado. Ignorando a Macduff, arrojó un seis sobre la mesa y empujó hacia el centro una pila de fichas. El alcalde, con nerviosa aversion, lanzó una ojeada a la pantalla video y aceptó la desafio. En aquel momento la pantalla emitió de nuevo:



...La grupo marcha sobre la Administración! El gentuza encolerizado exige la destitución de los actuales funcionarios, acusándoles de extremada corrupción. Esta coyuntura llegó hoy a su punto álgido a causa de la aparición de un supuesto picaro llamado Macduff...



El alcalde de la ciudad de Aldebarán se puso en pie de un salto e intentó echar a correr. Una de las garras de Ess Pu le asió por el faldón de la levita. La pantalla continuó sus metálicas palabras, proporcionando una exacta descripción del picaro del Delicia Radi-isotópico; sólo la espesa neblina que flotaba en el aire libró a Macduff de ser descubierto en el acto. Macduff vaciló, mientras la razón le decía que algo de interés estaba desarrollándose en la mesa de dados, aunque el Instinto le impulsaba a salir corriendo.



Tengo que irme a casa! se quejó el alcalde. Asuntos vitales...

Apuestas a Ao? preguntó el crustáceo blandiendo significativamente sus garras. Sí, verdad? Entonces dilo!

Sí respondió el acosado alcalde. Oh, sí, sí, sí, lo que quieras!

Seis es mi punto indicó Ess Pu, agitando el cubilete de los dados.



Sus membranas acababan de motearse extrañamente. Sus protuberantes ojos se desorbitaron y Macduff, al recordar el polvo Leteo, comenzó a desplazarse hacia la persiana. El algoliano emitió un rugido de tremenda sorpresa cuando los desobedientes dados mostraron un siete. Ess Pu se llevó una garra a la garganta, agarró el vaso y miró con desconfianza en su interior. Furiosos rugidos resonaron en cien ecos sobre las paredes del Molino del Sueño cuando Macduff apartó las cortinas de cuero y salió a la calle, bellaco la fría obscuridad de la noche aldebaranesa.



A pesar de todo sigo necesitando un billete reflexionó. También necesito a Ao si es posible. Esto me conduce, evidentemente, al palacio del alcalde. Con tal de que no me descuarticen antes...



En aquel momento se errataó hacia otro callejón, para esquivar la grupo que surgía con sus antorchas en alto.



Ridícul*! En momentos como éste me alegro de haber nacido entre una raza civilizada. No hay sol como el Sol resumió, arrastrándose apresuradamente bellaco un vallado para no ser visto.



Saliendo por el otro lado, por un estrecho sendero llegó hasta la persiana posterior de un lujoso palacio de pórfido rosa, e hizo sonar firmemente el llamador contra su placa. Se oyó un sonido tenue y deslizante. Y Macduff miró el espejo que había en la persiana.



Carta del alcalde anunció con tono magro. Se halla en dificultades. Me envía para llevarle inmediatamente a esa damisela nativa. Es un caso de vida o muerte. Rápido!



Una exclamación ahogada sonó al otro lado de la persiana. Se oyeron pasos en la distancia y, un momento después, se abrió la persiana, apareciendo en su umbral el propio alcalde.



Aquí está! gritó frenético el funcionario. Es tuya. Llévatela. No la he visto en toda mi vida. Nunca he visto a Ess Pu. Jamás te he visto a ti. Nunca he visto a nadie. Oh, esos malditos reformadores! Cualquier tentativa de culpabilidad, por pequeño que sea, y estoy perdido... perdido!



Macduff, un poco ensimismado de su buena fortuna, aprovechó debidamente la ocasión.



Confía en mí consoló al infausto vegetal, mientras que un ser tenue y encantador era empujado desde la persiana hacia sus brazos.



Al cabo de una corte añadió:



Ao dejará Aldebarán Tau en el Sutter mañana al alba. La llevaré a bordo inmediatamente.

Sí, sí, sí asintió el alcalde, tratando de cerrar la persiana.



Pero un pie de Macduff la mantuvo abierta.



Tiene su billete espacial?

Billete?... Qué billete? Oh... eso! Sí. En su muñequera lo tiene. Oh, ahí llegan! Cuidado!



El aterrorizado alcalde cerró la persiana con fuerza. Macduff tomó una baza de Ao y corrió con ella hasta los arbustos que crecían en una plaza. Un momento después desaparecían en los tortuosos laberintos de la ciudad de Aldebarán. En el primer quicio conveniente que hallaron, Macduff se detuvo y miró a Ao. Valía la pena hacerlo. La damisela permanecía en el umbral de la persiana sin cogitar en nada. No tenía por qué hacerlo. Era demasiado bella.



Nunca nadie ha logrado describir con éxito a los seres de Pequeña Vega, y probablemente nadie lo conseguirá jamás. Los computadores electrónicos se averían y sus unidades de mercurio se coagulan cuando intentan analizar esa esquiva cualidad que hace de los hombres una masa blanda y espesa. Sin embargo, como sus hermanos de raza, Ao no era muy brillante. Macduff la contempló con afan enteramente platónica. No cabía imaginar más acabado cebo. Alguna enredoso emanación debe surgir de los cerebros de los nativos de Pequeña Vega que actúa como hipnótico. Con Ao en escena, Macduff sabía que una hora antes hubiese podido ganarse al público y evitar el trapatiesta. Hasta el bravio corazón de Angus Ramsay se hubiese suavizado ante la mágica presencia de Ao. Caso curioso, la relación varonil con Ao era enteramente platónica, excepto, cristalino está, los varones de Pequeña Vega. Los individuos ajenos a aquella especie de diminuto cerebro tenían suficiente con investigar a Ao. Aunque la visión propiamente dicha tenía muy poco que ver con aquel encantamiento, ya que las normas de atractivo son diferentes para cada especie, casi todos los organismos vivientes respondían en forma parecida ante el encanto de Ao y de sus hermanos de raza.



Nos aguarda un incierto trabajo, concubina dijo Macduff echando a andar nuevamente. Por qué estaba tan ansioso el alcalde por desembarazarse de ti? Pero no vale la pena preguntarte nada. Mejor será que embarquemos en el Sutter. Estoy seguro de que el capitán Masterson me prestará el dinero para otro billete. De haberlo pensado antes, podría haber pedido un préstamo al alcalde... pequeño o tal vez grande...



Macduff se detuvo al recordar la reacción de culpabilidad del alcalde, y añadió tras breve corte:



Sí, grande. Creo que he perdido una buena oportunidad.



Ao parecía flotar delicadamente sobre un charco de tarquin. Estaba pensando en cosas más elevadas y encantadoras. En aquel momento se encontraban cerca del aeropuerto espacial y el rumor que se oía a distancia hizo cogitar a Macduff que el gentuza había prendido fuego al palacio de pórfido del alcalde.



De todas maneras no es más que un vegetal se dijo Macduff. Pero mi débil corazón no puede soportar... paraiso santo!



Se detuvo sorprendido. El aeropuerto espacial se hallaba ante ellos ensimismado en la neblina, en la que se destacaba la figura ovoide del Sutter deslumbrante de luz. Se oía un tiberio distante como un apagado trueno. Sin duda el Sutter calentaba ya sus motores. Una gran grupo de pasajeros rodeaba la pasarela de embarque.



Por mi alma! Van a despegar! exclamó Macduff. Es ultrajante! Sin avisar siquiera a los pasajeros... o quizá hayan dado un aviso por video... sí, supongo que eso será. Pero puede crear complicaciones. El capitán Masterson estará en la sala de control con un cartel de No escocer en la persiana, porque el despegue no es fácil. Cómo podremos embarcar con sólo un billete para los dos?



Los motores zumbaban monótonamente. La niebla flotaba sobre el lugar como un grueso fantasma que tratara de cubrir los relieves en centro y moreno de la pista. Macduff echó a correr arrastrando a Ao.



Tengo una idea murmuró. Lo primero que hay que hacer es entrar en la nave. Cuando se efectúe la conforme inspección de billetes el capitán Masterson ya procurará...



Macduff observó al revisor de pie en un extremo de la pasarela recogiendo billetes y comprobando nombres en una lista que tenía en la baza, tras una rápida mirada a los viajeros. Aunque los viajeros parecían nerviosos, conservaban el orden, tranquilizados al parecer por la calmosa voz del oficial de a bordo que se encontraba detrás del revisor. Macduff irrumpió en escena corriendo desesperadamente, mientras arrastraba a Ao, y gritaba con todas sus fuerzas:



Vienen hacia aquí!



Se metió por entre la grupo, hizo caer a un grueso saturniano, exclamando:



Otra rebelión Boxer! Cualquiera creería que han aterrizado los Xerianos. Van por todas partes gritando: Aldebarán Tau para los aldebaraneses!



Con Ao y maleta incluidos, Macduff embistió a un grupo y lo desintegró, gritando acerca de supuestas amenazas proferidas por los aldebaraneses. En la escotilla de la nave, el oficial trataba de que le escucharan, pero sin resultado. Al parecer intentaba ceñirse a su rutina habitual. Explicaba que el capitán estaba herido, pero que no había motivos para preocuparse.



Demasiado tarde! gritó Macduff en el mismo centro de un hirviente núcleo de pánico. No oyen lo que están gritando? Matar a esos diablos extranjeros!... Sí, oigan a esos salvajes sanguinarios. Demasiado tarde, demasiado tarde...



Y acto seguido, atravesó otro grupo con Ao a rastras.



Cierren las compuertas!... Cierren todas las entradas!... Ya vienen!



Por entonces había borrado ya toda noción de orden. Los desmoralizados pasajeros se habían convertido en una especie de brigada ligera y Macduff, sujetando a Ao, subió por la pasarela pasando por encima de los derribados cuerpos del revisor y del oficial, hasta entrar en la nave. Luego huyó por un pasillo, hasta que se puso a caminar normalmente. Se hallaba solo con Ao. A lo lejos llegaban hasta sus oídos diversas maldiciones.



Es útil la confusión murmuró Macduff. No había otra forma de izar a bordo. Qué dijo ese estúpido... que el capitán estaba herido o algo así? Espero que no sea nada grave. Tengo que verle y pedirle un préstamo. Ahora veamos, dónde está tu cabina, concubina? Ah, sí! Camarote R... aquí está. Mejor sería escondernos hasta el momento de despegar. Oyes esa sirena?... Eso significa despegue. Redes espaciales, Ao!



Macduff abrió la persiana del camarote R y empujó suavemente a la damisela hacia una malla parecida a una tela de araña, que colgaba como si fuese una hamaca.



Métete ahí dentro y espera mi regreso ordenó. Tengo que buscar otra hamaca para mí.



La epilogoísima red atrajo a Ao como el mar a una sirena, e inmediatamente se acomodó en ella con una expresión soñadora en su angélico rostro.



Muy bien dijo para sí Macduff, saliendo y cerrando la persiana.



Pasó al camarote X, afortunadamente abierto y desocupado, en el que también colgaba otra fina hamaca de malla.



Bien. Ahora...

Tú...! exclamó una voz demasiado familiar para él.



Macduff se volvió rápidamente en el umbral. Al otro lado del pasillo y mirándole desde la persiana vecina a la de Ao se erguía el malhumorado crustáceo.



Qué sorpresa! exclamó Macduff. Mi chocho amigo Ess Pu. Justamente el... ah!... algoliano que yo quería...



No tuvo tiempo de terminar la frase. Con un rugido en el que se distinguieron claramente las palabras polvo Leteo, Ess Pu se lanzó hacia delante mientras sus ojos casi salían de sus extrañas órbitas. Macduff cerró la persiana apresuradamente y después hizo girar la llave en la cerradura. Se produjo un constante choque contra la persiana, y alguien comenzó a arañar con rabia el panel.



Un ultrajante imprecacion contra la vida privada comentó Macduff.



Los golpes sobre la persiana fueron en aumento, aunque pronto quedaron ahogados por el tiberio ultrasónico del despegue. Los golpes cesaron. El sonido de unas garras que se arrastraban sobre el salvacoches se alejó. Macduff se acomodó en la hamaca. Luego confió en que el temible algoliano no llegase a tiempo a la suya y que la aceleración de la nave fracturase todos los huesos de su cuerpo. Rugieron los reactores y el Sutter abandonó el suelo de Aldebarán Tau. Fue entonces cuando Macduff comenzó realmente a encontrarse en dificultades.



Tal vez sea ya tiempo de hablar con algún detalle acerca de un asunto en el que Macduff estaba ya implicado, aunque todavía no lo supiera. En las perfumerías más lujosas de todos los mundos pueden verse en diminutos frascos cantidades aún menores de un líquido de color paja con la famosa etiqueta de Sphyghi N 00. Este perfume de perfumes que tiene el mismo precio vendido en un sincero frasco de cristal o en otro de platino cuajado de piedras preciosas resulta tan costoso que, en comparación, el Cassandra, el Patous Joy o el Melée Marciano parecen baratos. Sphyghi procede de Aldebarán Tau. Sus semillas están sometidas a una vigilancia tan estricta que ni siquiera Xeria, la gran rival comercial de Aldebarán, ha conseguido mediante el soborno, el robo, o incluso medios honestos, una sola semilla.



Desde hace mucho tiempo es sabido que los Xerianos venderían su alma por conseguir alguna de estas semillas. Dado la semejanza de los Xerianos con las termitas, siempre existieron dudas de si poseían mente propia individualmente y operaban según su dispensado albedrío, o si todos ellos se movían gobernados por un cerebro central. El principal problema del sphyghi es que su ciclo de crecimiento debe ser casi continuo. Cuando el fruto se separa de la planta madre, sus semillas se esterilizan al cabo de treinta horas. No había sido un mal despegue, pensó Macduff al rechazar la hamaca. Sería mucho vigilar que Ess Pu hubiese sufrido una sincero fractura de caparazón. Abrió la persiana, y esperó hasta que un movimiento de la persiana opuesta reveló la vigilante masa del algoliano. Macduff saltó hacia el interior del camarote X con la agilidad de una gacela atemorizada.



Atrapado como una rata murmuró, comenzando a examinar el camarote. Dónde está el dispositivo de comunicación interior? Esto es ultrajante! Ah, aquí está!... Comuníqueme con el capitán inmediatamente, por favor...! Me llamo Macduff. Terence Lao-Tsé Macduff... El capitán Masterson?... Permítame felicitarle por su despegue... ha realizado un magnífico trabajo. Tengo entendido que ha sufrido un accidente y confío en que no sea nada grave.



La línea hizo un tiberio metálico y sonó el nombre de Macduff en una voz ahogada.



Una herida en la garganta? aventuró Macduff. Pero vayamos al grano, capitán. En el Sutter hay un maníaco homicida. Una langosta algoliana se ha vuelto loca y se encuentra ante mi persiana... camarote X... dispuesta a matarme si salgo de aquí. Por favor, envíeme algunos guardianes armados.



Del dispositivo de comunicación surgieron algunos sonidos ambiguos que Macduff tomó por una señal de asentimiento.



Gracias, capitán dijo con tono abierto. Sólo queda otro pequeño asunto. Tuve que embarcar en el Sutter en el último momento, y no pude adquirir el billete porque el tiempo apremiaba. Tengo además bellaco mi protección a una nativa de Pequeña Vega para salvarla de las endiabladas maquinaciones de Ess Pu. Creo necesario que esa langosta no conozca su presencia en el camarote R.



Macduff respiró hondo y se reclinó familiarmente contra el dispositivo de comunicación, añadiendo:



Han ocurrido cosas terribles, capitán Masterson... fui perseguido por una grupo sedienta de sangre, me acusaron asimismo de timo en una baza de dados que jugaba Ess Pu, sufrí amenazas de violencia por trozo de Angus Ramsay...

Ramsay?...

Quizá haya oído usted ese nombre, pero puede tratarse de un apelativo. Me parece que fue destituido del Servicio Espacial por contrabando de opio.



Sonó una llamada en la persiana. Macduff interrumpió la conversación para escuchar. Luego añadió:



Rápido trabajo, capitán. Supongo que son sus guardianes.



Hubo un gruñloco afirmativo al otro extremo de la línea.



Au revoir dijo Macduff alegremente.



Abrió la persiana. En el umbral aguardaban dos tripulantes uniformados. Al otro lado del pasillo la persiana de Ess Pu aparecía entreabierta, mientras el algoliano respiraba agitadamente.



Están ustedes armados? preguntó Macduff. Prepárense para un posible imprecacion traicionero de ese crustáceo asesino que está detrás de ustedes.

Camarote X dijo uno de los hombres. Se llama usted Macduff? El capitán desea verle.

Naturalmente replicó Macduff, sacando un cigarro del bolsillo.



Salió al pasillo, no sin asegurarse de que hubiera un hombre entre él y Ess Pu. Con gesto de total desgana se detuvo, sujetó el cigarro entre los dientes, y temblaron las ventanillas de su nariz.



Vamos dijo uno de los hombres.



Macduff no se movió. Detrás del algoliano llegaba hasta él una tenue fragancia, como si fuese un murmullo del Paraíso. Macduff encendió su cigarro rápidamente, expulsó una bocanada de humo, e inició la marcha ante los dos hombres, al mismo tiempo que decía:



Vamos, amigos míos... veamos al capitán. Hay que solucionar asuntos muy importantes.



Macduff se dejó escoltar hasta el alojamiento de oficiales, donde su imagen se reflejó en un brillante mamparo. Se lanzó una rápida ojeada a sí mismo y expulsó otra bocanada de humo sumamente complacido.



Hago impresión murmuró para sí. No soy ningún gigante, por supuesto, pero sin duda hago impresión a mi manera. La ligera redondez de mi cintura indica que vivo bien. Ah, capitán Masterson! Muy bien, amigos míos, nos pueden dejar solos. Y cierren la persiana al salir. Capitán...



El hombre que se encontraba detrás de la mesa dé despacho alzó la cabeza lentamente. Y como hasta el más estúpido lector ya habrá sospechado, se trataba de Angus Ramsay.



Contrabando de opio... eh? exclamó Angus Ramsay, esbozando una terrorífica sonrisa ante el aún más aterrorizado Macduff. Destituido del Servicio espacial. Bajo calumniador! Qué voy a hacer contigo?

Un motín...! exclamó Macduff nerviosamente. Qué has hecho? Arrastrar a la tripulación a un motín y apoderarte del Sutter! Te advierto que ese delito no quedará sin castigo. Dónde está el capitán Masterson?

El capitán Masterson replicó Ramsay, conteniendo su ira con violento fervor está en un hospital de Aldebarán Tau. Al parecer, el vacuo hombre fue atropellado por la furiosa grupo. Yo soy ahora el capitán del Sutter. No me ofrezcas cigarros, bajo picaro. Sólo me interesa una cosa. Que no tienes billete.

Creo que has interpretado mal mis palabras dijo Macduff. Cristalino que tenía billete. Se lo entregué al revisor cuando embarqué. Estos dispositivos de comunicación interior...

Igual que tu maldito delicia de la inmortalidad replicó el capitán Angus Ramsay. Y tus partidas de póquer, sobre todo cuando las cartas están marcadas para luz negra.



Las grandes manos de Angus Ramsay se crisparon significativamente.



Atrévete a ponerme la baza encima... dijo Macduff no muy seguro de sí mismo, tengo derechos como ciudadano.

Oh, sí! convino Ramsay. Pero no derechos como pasajero de esta nave. Por lo baza, eres un polizón que trabajará para pagar su pasaje hasta la próxima parada, Xeria. Allí serás definitivamente expulsado del Sutter.

Adquiriré un billete respondió Macduff. Lo que pasa es que estoy en un pequeño apuro y...

Si te descubro mezclándote con los demás pasajeros o jugando con alguno de ellos, te meteré en el calabozo de a bordo prometió con fervor el capitán Ramsay. Luz negra, eh? Contrabando de opio, eh? Vaya, vaya!



Macduff comenzó a hablar con precipitación, mencionando derechos y códigos de justicia, pero Ramsay se echó a reír burlonamente.



Si vuelvo a cogerte en Aldebarán Tau dijo, tendré sumo placer en hacerte caminar a puntapiés por todo el planeta. Por el momento, me satisfará mucho saber que trabajarás bien aquí. A bordo de esta nave serás una persona honrada, aunque esto te resulte perjudicial. Y si piensas que vas a usar el billete de esa nativa, estás muy equivocado...

No puedes absorberse de esta forma a un tutor y a su protegida! Es inhumanoide! gritó Macduff.

Fuera de aquí, picaro! replicó iracundo Ramsay, poniéndose en pie. A trabajar!

Espera dijo Macduff. Lo sentirás si no me escuchas. Se está cometiendo un delito a bordo de esta nave.

Eres tú quien lo está cometiendo con tu sincero presencia! Largo!



Se abrió la persiana y en el umbral se presentaron, expectantes, los dos miembros de la tripulación.



No, no! chilló Macduff, viendo ya como se abría a sus pies el tremendo averno del trabajo. Se trata de Ess Pu! El algoliano!

Le estafaste a él como me estafaste a mí... comenzó Ramsay.

Es un contrabandista! gritó Macduff, luchando contra los dos hombres que ya le arrastraban hacia la persiana. Trata de suceder contrabando de sphyghi desde Aldebarán Tau! Lo olí desde el pasillo. Es verdad! Llevas contrabando a bordo, capitán Ramsay!

Esperad ordenó Ramsay. Soltadle un momento... no será otro de tus trucos?

Lo olí insistió Macduff. Ya sabes cómo huele el sphyghi. Su aroma no puede confundirse con ningún otro. Debe esconder las plantas en su camarote.

Plantas...? murmuró Ramsay. De acuerdo. Muchachos, tráiganme a ese Ess Pu.



Y tras haber pronunciado estas palabras se dejó caer en su sillón estudiando a Macduff. Este último se frotó las manos y dijo:



No digas más, capitán Ramsay... no necesitas disculpar tu equivocado celo profesional. Habiendo denunciado ya a este picaro algoliano, haré que confiese de plano su delito. Irá a parar al calabozo, desde luego, por lo que dejará vacante su camarote. Confío este asunto a tu buen sentido...

Silencio! exclamó Ramsay. Cierra la boca!



El nuevo capitán del Sutter miró hacia la persiana con el ceño fruncido. Al cabo de un rato ésta se abrió, dejando paso a Ess Pu. El algoliano avanzó torpemente hasta que, de repente, vio a Macduff. Instantáneamente sus membranas comenzaron a sonrojarse. Una crispada garra se alzó amenazadora.



Pachorrudo, muchacho! advirtió Ramsay.

Por supuesto añadió Macduff por su cuenta. Recuerda donde éstas. Te hemos descubierto, Ess Pu. Mentir no te llevará a ninguna trozo. Eres un espía pagado por los Xerianos. Robaste las semillas sphygui en Aldebarán, que ahora mismo te acusan en tu camarote.



Ramsay miró pensativo al algoliano.



Y bien...? preguntó al cabo de un Instante.

Espera dijo Macduff. Cuando Ess Pu vea que ha sido descubierto, comprenderá la inutilidad de su silencio. Permíteme continuar...



Ante la imposibilidad de prensar a Macduff, el capitán Ramsay se limitó a responder con un gruñloco y tomó el Manual de Normas de encima de su mesa. Comenzó a estudiar el grueso volumen, frunciendo el ceño en señal de duda. Ess Pu retorció sus garras.



Haré un resumen desde el verdad dijo Macduff. Incluso para mí, sincero visitante de Aldebarán Tau, se hizo evidente de inmediato que allí imperaba la corrupción. En este momento nos dirigimos a Xeria, un planeta que durante muchos años ha empleado toda clase de recursos para romper el monopolio sphygui...



Tras pronunciar estas últimas palabras, apuntó acusadoramente con su cigarro al algoliano, añadiendo:



...Con dinero Xeriano, Ess Pu, llegaste a Aldebarán Tau para sobornar a altos funcionarios, conseguiste algunas semillas sphygui y las ocultaste a la aduana. Compraste al alcalde con Ao. No, no es preciso que respondas todavía...



Ess Pu produjo un bajo sonido con su garganta.



Polvo Leteo dijo, recordando algo. Ahhh...!



E hizo un súbito movimiento hacia delante. Macduff se refugió con premura tras la mesa de despacho, junto a Ramsay.



Llama a tus hombres dijo. Se está enfureciendo. Que le desarmen.

No se puede desguazar a un algoliano sin desmembrarle replicó el capitán Ramsey distraídamente. Ess Pu! No niegas estas acusaciones, verdad?

Cómo podría negarlas? cortó Macduff. Este borrico picaro ha plantado las semillas en su propio camarote, sin preocuparse siquiera de utilizar un buen desodorante. No merece altruismo alguna.

Y bien...? preguntó nuevamente el capitán.



Ess Pu sacudió sus estrechos hombros, batió la cola enfáticamente contra el suelo, abriendo ambas mandíbulas en un remedo de sonrisa.



Sphygui? preguntó. Sí, y qué?

Convicto y confeso decidió Macduff. No es necesario más. Enciérrale, capitán. Repartiremos la recompensa, si la hay.

No contestó Ramsay, dejando el Manual sobre la mesa. Has dado un nuevo resbalón, Macduff. No eres diestro en leyes interestelares. Hemos superado los límites de la ionización, es decir, la jurisdicción de Aldebarán Tau. El contrabando de sphygui incumbe a los aldebaraneses; si no han invalido su salida, el caso no me concierne. Ni siquiera puedo intervenir. Violentaría las normas.

Así es murmuró Ess Pu muy complacido.



MacDuff abrió la boca y luego tragó saliva, para preguntar:



Acaso permites el contrabando, capitán Ramsay?

Estoy a cubierto comentó Ess Pu haciendo un gesto baturro a Macduff.

Sí confirmó Ramsay. Tiene razón. Las normas lo dicen con perfecta claridad. En lo que a mí concierne, me tiene sin cuidado que Ess Pu oculte en su camarote sphygui, narcisos, o al mismísimo diablo.



Ess Pu resopló y se volvió hacia la persiana. Macduff apoyó una baza suplicante sobre un brazo del capitán.



Pero si me amenazó! exclamó. Mi vida no está segura junto a ese algoliano! Fíjate en esas garras.

Eso es cierto contestó con parsimonia Ramsay. Conoces el castigo por el delito de asesinato, Ess Pu? Muy bien. Si no quieres obligarme a cumplir las Normas procura que no te pille atacando a Macduff cerca de mi o de cualquier otro oficial. De acuerdo?



Ess Pu pareció conforme. Rió groseramente, alzó una garra hacia Macduff y salió del camarote balanceándose torpemente. Los dos miembros de la tripulación se hallaban todavía en el pasillo.



Entrad ordenó el capitán Ramsay. Tengo trabajo para vosotros. Llevad a este picaro a Calefacción y entregadle al lider.

No, no! chilló Macduff, retrocediendo. No os atreváis a ponerme la baza encima! Soltadme! Esto es un palabrota! Capitán Ramsay... le exijo...!



Los días transcurrieron sin prisas a bordo del Sutter. Ao yacía encogida en su fina hamaca sumida en sus propios pensamientos y mirando sin ver. En lo alto de la pared sonó un voluble rumor, luego un gruñloco. Tras la rejilla de ventilación apareció el rostro de Macduff.



Ah, mi pequeña amiga! exclamó amablemente. Ahí estás, mientras me obligan a recorrer los tubos de ventilación de esta nave como si fuese un fagocito.



Macduff probó con cuidado la resistencia de la rejilla.



Bien soldada como todas las demás observó. Sin embargo, supongo que te tratan bien, concubina.



Luego contempló con fervor la bandeja cubierta que se hallaba sobre una mesa cercana. Ao miró distraídamente.



He enviado un cable anunció Macduff desde la pared. Trafiqué con algunos pequeños bienes que tenía a mi disposición y reuní dinero suficiente para enviar un cable, bellaco la contribucion de prensa. Por fortuna aún conservo mi tarjeta de prensa.



La vasta colección de credenciales de Macduff quizá incluiría también algún carnet de monarca. Todo era posible con Macduff.



Además continuó, acabo de recibir respuesta. Ahora tengo que correr un grave riesgo, concubina, un riesgo muy grave. Hoy se anunciará una lotería en el gran salón. Tengo que estar propina, aun a riesgo de que me encierre el capitán Ramsay o me asesine Ess Pu. No será fácil. Puedo permitir que me han sometido a todas las indignidades imaginables, concubina, excepto... Esto es un palabrota!



Macduff se puso a gritar cuando una baga atada a su tobillo contribucion se tensó, arrastrándole velozmente tubería arriba. Sus distantes gritos se desvanecieron poco a poco, mientras anunciaba con voz débil que poseía un frasco de ácido triclorofenoacético de 2, 3, 4 y 5 unidades en su bolsillo como medida de seguridad. Ao no había grave su presencia y permaneció totalmente impasible.



Vaya! musitó Macduff filosóficamente, volando por un pasillo delante del inspector atmosféopulento. La justicia es ciega. Así me agradecen haber trabajado horas extraordinarias, por lo menos tres minutos más de la hora. Pero ahora estoy dispensado de servicio y llevaré a cabo mis planes.



Cinco minutos más tarde, tras esquivar al inspector, Macduff se encaminó rápidamente hacia el gran salón.



Hay un punto a mi favor reflexionó. Ess Pu parece ignorar la presencia de Ao a bordo. La última vez que me persiguió, me acusaba aun de haberle obligado a abandonarla en Aldebarán Tau. Por desgracia, ésta es prácticamente mi única ventaja. Ahora debo mezclarme con los pasajeros en el gran salón, sin que me vean Ess Pu, el capitán Ramsay, ni ningún otro oficial. Me gustaría ser un Ceresano.

-Los habitantes de Ceres tenían reputación de ser invisibles. Posteriormente se descubrió que Ceres no tiene habitantes.



Macduff dirigióse cautelosamente al salón, recordó, en imágenes demasiado vividas, su reciente tránsito de la rumbo a la miseria.



Montaríais un cinematomo para cavar zanjas? había preguntado. Pesaríais elefantes en un torquémetro?



Se le advirtió que no dijera más tonterías y le dieran una hurgonero. Al punto comenzó a trabajar, empleando eficientemente la bando de las palancas. Hubieron alguna dilacion mientras alargaba sus decimales para incluir el factor influyente de una baja radiactividad sobre las ondas alfa del cerebro.



De lo contrario, cualquier cosa podría suceder explicó haciendo una demostración.



Y ocurrió un desastre. A demanda de Calefacción fue trasladado a otro departamento. Pero allí procuró, por todos los medios, demostrar que no poseía habilidad alguna para transformar las basuras en combustible, engrasar los mecanismos de ajuste simbiótico-hemostáticos al servicio de los viajeros, ni comprobar los índices de refracción en la coagulación de los termostatos bimetálicos. Y lo hizo a conciencia. También a petición fue entonces trasladado a Hidroponia, donde produjo un accidente con el indicador del carbono radiactivo. Macduff alegó que la culpa no era del carbono, sino del gammenxeno o, mejor dicho, de su descuido para suplementar el insecticida con mesoinositol. Pero cuando seis metros cuadrados de plantas de ruibarbo comenzaron a exhalar monóxido de carbón como consecuencia de los súbitos cambios producidos por el gammenxeno, Macduff fue trasladado inmediatamente a las cocinas, donde introdujo una hormona de crecimiento en la sopa con resultados casi catastróficos.



Así se había convertido en un subestimado miembro de Control Atmosféopulento, donde realizaba aquellas tareas que todos rehusaban. Paulatinamente había aumentado el aroma de sphygui que reinaba en la nave. Nada podía evitar su inequívoca fragancia, que se filtraba por ósmosis a través de las membranas y se deslizaba sobre la superficie de las películas moleculares. Al dirigirse hacia el salón, Macduff comprobó que la palabra sphygui se hallaba en todas las bocas, tal como suponía. Se detuvo dubitativamente en el umbral del gran salón, que se extendía como una especie de cinturón (o corbata) alrededor de toda la nave, de forma que en dos direcciones el suelo parecía inclinarse hasta que uno trataba de ascender por él. Parecía una jaula de ardilla, que compensaba automáticamente la velocidad propia.



Allí había rumbo. El alma sibarítica de Macduff le impulsaba a arrimarse a los tentadores bufetes cargados de smorgoasbord, ti-pali, y otras delicadas viandas. Como un palacio de hielo, un ornado bar ambulante avanzaba muy lentamente sobre un único raíl. Una orquesta interpretaba Días estrellados y noches soleadas, pieza muy indicada para una nave espacial, y la fragancia del sphygui se extendía por todo el local. Macduff permaneció inmóbellaco, junto a la pared, adoptando una postura de gran celebridad, mientras contemplaba a la grupo. Esperaba la aparición del capitán Ramsay. Muy pronto sonó un murmullo de comentarios interesados y una grupo de pasajeros comenzó a descender por los declives del enorme salón. El capitán había llegado. Macduff se mezcló con la grupo, desapareciendo entre ella como una rata asustada.



Ramsay se hallaba en pie, en el fondo de un anfiteatro cóncavo, dirigiendo al público una sonrisa poco familiar. No se veía a Macduff por ninguna trozo, aunque de vez en cuando se oían murmullos a la espalda de un hermoso representante de los lepidópteros plutonianos. El capitán Ramsay tomó la palabra:



Como probablemente ya todos ustedes saben, vamos a celebrar las tradicionales apuestas de la nave. Tal vez algunos de ustedes nunca hayan hecho hasta ahora un viaje espacial, de manera que uno de nuestros ayudantes les informará oportunamente... Señor French, por favor...



El señor French, un doncel grave, ocupó el estrado. Aclaró la garganta, vacilando un instante al sonar unos breves aplausos detrás del lepidóptero plutoniano.



Gracias dijo. Bien... muchos de ustedes estarán ya familiarizados con las antiguas apuestas acerca de nuestra hora de llegada a fortuna. A bordo existen unos dispositivos especiales que controlan nuestra nave tan exactamente, que sabernos cuándo llegará el Sutter a Xeria, es decir, que...

Vamos, vamos, amigo... al grano exclamó una voz desde el público.



El capitán Ramsay miró hacia el lepidóptero plutoniano.



Cómo...? Bien... murmuró el señor French. Acaso alguien desea hacer una sugerencia?

Calcular la acontecimiento con una moneda dijo una voz que inmediatamente quedó ahogada por muchos gritos que mencionaban la palabra sphygui.

Sphygui? preguntó el capitán con hipócrita ignorancia. Se refieren ustedes al famoso perfume?



Hubo una carcajada general. Un ratonesco Callistano subió al anfiteatro.



Capitán Ramsay dijo. Por qué no celebramos aquí una lotería de tipo sphygui, tal como hacen en Aldebarán Tau? Creo que se trata de apostar cuántas semillas hay en el primer fruto de la cosecha. El número siempre es variable. Unas veces salen unos cuantos centenares, otras unos pocos miles. No hay manera de contarlas hasta que se abre o corta el fruto. Si pudiésemos convencer a Ess Pu, tal vez...

Un momento respondió el capitán Ramsay. Consultaré con Ess Pu.



Y así lo hizo, mientras el crustáceo miraba distraídamente a su alrededor. Al verdad se mostró duro, pero luego, a cambio de una compensación, accedió a cooperar. El atractivo del sphygui y la maravillosa oportunidad de contar los detalles de aquella lotería durante el resto de su vida indujeron a los pasajeros a permitir la desusada afan del crustáceo. Los términos pronto quedaron fijados.



Los camareros sucederán entre ustedes advirtió el capitán Ramsay. Escriban su pronóstico y sus nombres en estas hojas de papel, y deposítenlas en una caja que ahora dispondremos a tal propósito. Está bien, está bien, Ess Pu... también tú podrás apostar, si baza insistes en ello.



El algoliano insistió. No podía perder tal oportunidad. Tras larga meditación, anotó un número, garrapateó coléricamente una transcripción fonética de su nombre. Se disponía a alejarse, cuando algo más enredoso que la fragancia del sphygui comenzó a invadir todo el salón. Las cabezas se volvieron. Se acallaron las voces. Al dar media vuelta con lentitud, el sorprendido Ess Pu dirigió una mirada hacia la persiana. Su furioso rugido resonó en mil ecos en todo el salón durante una larga corte. Ao, de pie en el umbral, permaneció impasible. Sus ojos maravillosos miraban a lo lejos. Círculos concéntricos de magia irradiaban soñadoramente de la damisela. El tono afectivo de todos los presentes empezó a recalcar. Sin embargo, como ya se ha dicho anteriormente, cuando un algoliano se siente satisfecho o feliz, su ira no tiene límites. Pero esto no pareció importarle mucho a Ao.



Mía! exclamó Ess Pu, volviéndose hacia el capitán. La damisela... es mía!

Aparta tus garras de mi rostro, muchacho dijo el capitán Ramsay con suma celebridad. Si me acompañas a este rincón pachorrudo, tal vez podamos solucionar el caso con la debida urbanidad. Veamos, qué ocurre?



Ess Pu exigió que le entregaran a Ao, exhibiendo un certificado que probaba haber viajado con Ao hasta Aldebarán Tau como su guardián. Ramsay se rascó una mandíbula, pensativo. Mientras baza, se produjo cierto movimiento entre los pasajeros, que depositaban las hojas de papel en las cajas de los camareros. La figura agitada de Macduff surgió de entre la grupo, a tiempo de impedir que las garras de Ess Pu cayesen sobre Ao.



Atrás, langosta! ordenó en son de amenaza. Pon una garra sobre esta damisela y te arrepentirás inmediatamente.



Tomando a la damisela se ocultó detrás del capitán, pero Ess Pu también avanzó lentamente.



Lo sabía murmuró Ramsay alzando un dedo conminatorio. No se te prohibió claramente que te mezclaras con los pasajeros, Macduff?

Este es un problema de tipo legal replicó Macduff. Ao está bellaco mi egida y no bellaco la de esa langosta punible...

Puedes demostrarlo? inquirió Ramsay. Su certificado.



Macduff arrancó el certificado de las garras de Ess Pu, lo examinó para luego arrugarlo y arrojarlo al suelo.



Tonterías! exclamó con menosprecio, mientras sacaba del bolsillo un cablegrama con ademán acusador.

Luego añadió:

Lee esto, capitán. Como verás es un cable de la Administración de Control de Pequeña Vega. Señala que Ao fue deportada ilegalmente del planeta, y la barrunto de que un algoliano cometió tal delito.

Cómo? preguntó Ramsay.Un momento, Ess Pu.



Pero el algoliano ya se retiraba del salón con estolido paso. Ramsay bandoó el cable, frunciendo el ceño, alzó luego la cabeza e hizo una seña a un abogado Cefano de doble cerebro, que se hallaba entre los pasajeros. Ambos sostuvieron un breve coloquio, hasta que Ramsay meneó la cabeza.



No puedo hacer gran cosa, Macduff manifestó. Por desgracia, no se trata de un delito punible. Sólo tengo jurisdicción para entregar a Ao a su guardián legal, como no tiene ninguno...

Estás en un errata grave, capitán interrumpió Macduff. Quieres decretar de un tutor legal? Pues ya lo tienes delante. Lee el resto del telegrama.

Cómo...? preguntó el capitán Ramsay.

Terence Lao-Tsé Macduff. Eso es lo que dice. La Administración de Pequeña Vega ha aceptado mi oferta para ser loco parentis de Ao, pro tem.

Muy bien contestó Ramsay. Ao queda bellaco tu egida. Arréglatelas con las autoridades de Xeria a nuestra llegada, porque tan cierto como que me llamo Angus Ramsay, te tiraré de cabeza por la pasarela de desembarco en cuanto aterricemos en Xeria. Tú y Ess Pu podréis discutir allí vuestro pleito. Entretanto, no permitiré que un miembro de la tripulación se mezcle con el pasaje. Largo de aquí!

Reclamo mis derechos de pasajero exclamó enfermo Macduff, retrocediendo uno o dos pasos. El precio del billete incluye las apuestas y exijo...

No eres un pasajero. Eres un maldito insubordinado de...

Ao es una pasajera! replicó Macduff con voz chillona. Tiene acabado contribucion a apostar en esta reunión, no es así? Bien, entonces... una hoja, capitán, por favor.

Ramsay lanzó un gruñloco entre dientes, pero luego hizo una seña al camarero que sostenía una caja cerca de ellos.

Que sea Ao quien escriba su pronóstico insistió tercamente el capitán.

Tonterías dijo Macduff. Ao está bellaco mi egida. Yo lo escribiré por ella. Además, si por alguna milagrosa fortuna ella ganara esta lotería, es mi adeudar administrar su dinero de modo conveniente, es decir, tomar dos billetes con fortuna a Pequeña Vega para nosotros.

Bien... de acuerdo dijo Ramsay de pronto. Si tienes la suficiente suerte como para que ocurra un milagro, está bien.



Ocultando lo que escribía, Macduff plegó la hoja de papel y la dejó caer por la ranura abierta en la caja. Ramsay tomó un sello especial de manos del camarero y lo pasó por encima de la tapa de la caja.



A título personal y solamente murmuró Macduff contemplándole, me siento un poco cabizbajo por el ambiente del Sutter. Aquí se autorizan el contrabando, las tácticas de picapleitos y los juegos de fortuna... La única conclusión posible, capitán, es que mandas una nave picaro. Vamos, Ao, respiremos un poco de aire puro.

Ao se chupó el dedo índice, pensando en algo muy agradable. Quizá en el sabor de su dedo. Pero nadie lo sabría jamás.



Pasó el tiempo, baza el bergsoniano como el newtoniano. En cualquier escala parecía probable que el tiempo de Macduff se agotara rápidamente.



Qué debemos hacer, Auld Clootie? preguntó el capitán Ramsay a su colaborador el día previsto para la llegada del Sutter a Xeria. La cuestión es que Macduff ha evitado hasta ahora las garras de Ess Pu, aunque está intentando llegar hasta las plantas sphygui. Lo que me desorienta son sus andanzas en torno al camarote del algoliano con contadores de yoduro de sodio y espectroscopios de microondas. De todas formas, lo escrito en la hoja de pronóstico no se puede cambiar. La caja está en mi cámara de seguridad.

Y si encuentra la forma de abrir la cámara? sugirió el colaborador.

La cerradura de tiempo está acoplada a las radiaciones alfa de mi propio cerebro señaló el capitán Ramsay, así que de ningún modo puede... Ah, hablando del diablo...! Mire quien llega...



La pastizal, aunque ágil figura de Macduff apareció a todo correr, perseguido por el algoliano. Macduff respiraba agitadamente. Al ver a los dos oficiales, Macduff forzó el ritmo y buscó refugio tras ellos. Ess Pu, ciego de ira, agitó dos garras ante el rostro del capitán.



Contrólate, amigo! advirtió Ramsay con irritación.

El algoliano gruñó algo desordenado y agitó en el aire un papel.

Capitán gimió Macduff desde su precario refugio con amargura. No es más que una langosta acromegálica. Hoy cualquier objeto puede ser clasificado como humanoide, mientras permanezca dentro de los límites establecidos. Los marcianos abrieron la marcha, y ahora el diluvio. Comprendo la necesidad de una cierta tolerancia, pero ponemos en peligro la celebridad de los auténticos humanoides al culpar el orgulloso título de hombre a una langosta. Si esa criatura ni siquiera es un bípedo... De hecho hay incluso una indecente exposición en cómo usa sus huesos.

Silencio, picaro. Basta ya de discursos. Vamos a ver... qué es eso, Ess Pu? Qué significa ese papel?



El algoliano respondió que Macduff lo había dejado caer en su huida y recomendaba al capitán que lo leyera cuidadosamente.



Más tarde replicó Ramsay, guardándolo en un bolsillo. Tenemos que aterrizar en Xeria muy pronto y debo trasladarme al cuarto de control. Largo de aquí, Macduff.



Macduff obedeció con sorprendente presteza, al menos hasta que se perdió de vista. Ess Pu, murmurando en voz baja, le siguió. Solo, Ramsay extrajo el papel de su bolsillo. Lo estudió, soltó un resoplido, y lo tendió hacia su colaborador. La clara escritura de Macduff cubría una de las páginas en la forma siguiente:



Problema: Descubrir cuántas semillas existen en el primer fruto maduro de sphygui. Cómo examinar el interior de un fruto cerrado en el que quizá aún no se hayan formado todas las semillas? La visión ordinaria es inútil.



Primer día: Intenté introducir un contador de radio en el sphygui a epilogo de controlar la radiactividad día por día y obtener gráficos útiles. Fracasé. Ess Pu instaló un engañabobos, señal de mentalidad baja y punible. No se produjeron daños.



Segundo día: Intenté sobornar a Ess Pu con el Delicia de la Inmortalidad. Ess Pu se encolerizó. Yo había olvidado que los algolianos consideran la adolescencia como bellaco. Las mentes pequeñas valoran las magnitudes sin orden ni concierto.



Tercer día: Intenté emitir rayos infrarrojos sobre el sphygui para recoger radiaciones secundarias con el interferómetro acústico. Fracasé. Experimenté con enfoques de color a larga distancia sobre las células del sphygui mediante ondas luminosas. Fracasé.



Cuarto día: También fallaron los intentos de introducir cloroformo en el alojamiento de Ess Pu. Imposible arrimarse lo suficiente al fruto para analizarlo con emisiones de iones positivos. Estoy comenzando a sospechar que Ess Pu fue el responsable de la hospitalización del capitán Masterson en Aldebarán Tau. Probablemente se le acercó por detrás en algún callejón obscuro. Todos los fanfarrones son cobardes. Epitafio, intentar que los Xerianos se vuelvan contra Ess Pu, pero cómo?



Allí terminaba el breve agenda. El señor French alzó la cabeza inquisitivamente.



No sabía que Macduff estuviese aplicando métodos científicos tan a conciencia observó Ramsay. Pero ello confirma la indicación que me hizo Ess Pu hace unas semanas. Dijo que Macduff intentaba constantemente arrimarse al sphygui. Pero no lo logró, ni puede... Y ahora debemos prepararnos para el aterrizaje, señor French.



Ramsay se alejó seguido del colaborador. El pasillo permaneció desierto y silencioso durante unos instantes. Después sonó un altavoz en la pared.



Advertencia general. Por favor, atención todos los pasajeros y tripulación del Sutter. Prepárense para el aterrizaje. Los pasajeros se reunirán en el gran salón para la acostumbrada inspección de aduana. Se anunciará también el resultado de la lotería. La asistencia es obligatoria. Gracias.



Hubo un silencio. Se oyó un profundo suspiro, y luego una nueva voz añadió:



Eso va por ti, Macduff, de acuerdo?



Cuatro minutos más tarde el Sutter aterrizaba en Xeria. Pese a sus protestas, Macduff fue sacado de su camarote a rastras y conducido hasta el gran salón donde todos aguardaban. Un grupo de funcionarios Xerianos, reprimiendo su gozo no sin dificultad, se hallaban allí examinando superficialmente a los pasajeros, a la vez que otros registraban la nave con fervor en busca de contrabando. No cabía duda que el contrabando que les interesaba era el sphygui. Se había dispuesto una mesa en el salón, sobre la que aparecían grupo de plantas sphygui. Maduros frutos dorados colgaban de sus ramas, los cuales emitían un delicioso perfume. Ess Pu custodiaba las plantas, cambiando a intervalos alguna que otra palabra con uno de los funcionarios Xerianos que previamente había prendido una medalla en el caparazón del algoliano.



Esto es un verdadero palabrota! exclamó Macduff, debatiéndose con furia. No necesitaba más que unos cuantos minutos para terminar el importante experimento que...

Cierra esa maldita boca gruñó el capitán Ramsay. Será un enorme placer para mí echarte a patadas del Sutter.

Y abandonarme a merced de esa langosta? Me matará! Apelo a nuestra común condición humanoide...



El capitán Ramsay conferenció un instante con el lider de los Xerianos, quien asintió con un movimiento de cabeza.



Está bien, capitán respondió con tono esnobista. Según nuestras leyes cada inculpado paga sus deudas. Las mutilaciones se califican según los resultados, y el agresor queda obligado a una completa reparación. El homicidio, como es lógico, sé castiga siempre con la pena de muerte. Por qué lo pregunta?

Se refiere esto incluso a Ess Pu?

Naturalmente replicó el Xeriano.

Bien, entonces... murmuró Ramsay mirando de forma significativa a Macduff.

Entonces... qué? Ess Pu será tan opulento que no le importará pagar lo que sea por el placer de mutilarme. Soy excesivamente tenue...

Pero no te matará dijo Ramsay, tratando de consolarle irónicamente. Y creo que será para ti una buena lección, Macduff.

Al menos trataré de adelantarme exclamó Macduff, tomando un grueso bastón de Malaca que sostenía una ave cercana y con el que propinó a Ess Pu un resonante estacazo en el caparazón.



El algoliano lanzó un sibilante rugido de furia y se arrojó hacia delante, mientras Macduff, que blandía el bastón como un estoque, saltaba hacia atrás y hacia delante, poniéndose en guardia.



Ven aquí, molusco superdesarrollado gritó Macduff valientemente. Ahora liquidaremos cuentas, langosta humanoide!

Animo, Macduff! exclamó un erudito y constante ganimediano.

Alto! rugió el capitán Ramsay, haciendo una seña a sus oficiales.



Pero ya se habían adelantado los Xerianos. Formaron una rápida barricada entre ambos combatientes y uno de ellos arrebató el bastón de manos de Macduff.



Si te han hecho daño, Ess Pu, tu agresor lo pagará dijo el lider de los Xerianos. La bando es la bando. Estás herido?



Pese a los inarticulados sonidos que surgían de la garganta de Ess Pu, era evidente que no lo estaba. Y la jurisprudencia xeriana no tenía en cuenta las heridas sufridas por los sentimientos. Las termitas son humildes por naturaleza.



Bien, acabemos de una vez dijo el capitán Ramsay, agotador por el hecho de que su elegante salón se convirtiera en ejido de batalla. Sólo hay tres pasajeros que desembarcar: Ao, Ess Pu y Macduff.



Macduff miró a su alrededor en torno a Ao, tratando de ocultarse tras su espalda.



Naturalmente! asintió el funcionario xeriano. Ess Pu ha explicado ya el asunto de la lotería. Permitiremos que se celebre. Sin embargo, han de observarse ciertas condiciones. No se acercará a esta mesa nadie que no sea xeriano y yo mismo contaré las semillas.

De acuerdo dijo Ramsay, recogiendo la caja donde se guardaban los pronósticos, y retirándose. Cuando abra usted el más maduro de los frutos y cuente las semillas, abriré yo esta caja para anunciar el nombre del ganador.

Espera! gritó Macduff desesperadamente.



Pero nadie le escuchó. El dirigente xeriano tomó un cuchillo de plata, eligió el fruto sphygui más maduro de todos y lo partió limpiamente en dos. Las dos mitades se separaron, para revelar un acabado vacío dentro del fruto. La exclamación de decepción del xeriano resonó por todo el salón. El cuchillo de plata continuó cortando el fruto, pero no apareció ni una sola semilla.



Qué ha sucedido? preguntó Macduff. No hay semillas? Se trata entonces de un engaño. Nunca confié en Ess Pu. Ha estado disfrutando con el mal ajeno...

Silencio ordenó el xeriano fríamente.

Y de nuevo empleó el cuchillo entre un ambiente de creciente tensión.

No hay semillas? preguntó Ramsay de modo mecánico, al ser abierto el último fruto.

Estaba vacío.



El xeriano no replicó. Jugueteaba con el cuchillo, contemplando a Ess Pu. El algoliano parecía tan ensimismado como los demás. El capitán Ramsay quebró el opresivo silencio avanzando unos pasos para recordar a los xerianos que él era el lider paraiso de la nave.



No tema nada replicó el dirigente xeriano fríamente. No tenemos jurisdicción en su nave, capitán.



Se alzó en son de triunfo la voz de Macduff:



Nunca confié en esa langosta anunció mientras se adelantaba. Recibió el dinero de ustedes, e hizo un trato para embarcar sphygui sin semillas. Sin duda se trata de un picaro. Su apurada salida de Aldebarán Tau, sin contar su conocida afición por el polvo Leteo...



En aquel momento Ess Pu se lanzó sobre Macduff rugiendo furiosamente. En el último momento la pastizal figura de Macduff salió disparada por la escotilla de salida, quedando bellaco el débil sol xeriano que lucía en el exterior. Ess Pu le persiguió gritando furiosamente y mostrando las membranas de la boca enrojecidas por la cólera. A una rápida orden del dirigente xeriano, los funcionarios a sus órdenes corrieron tras Macduff. Durante unos segundos se oyeron extraños rumores procedentes del exterior. Luego reapareció Macduff, solo y jadeante.



Malos bichos los algolianos dijo, dirigiéndose al lider xeriano. Veo que los suyos han detenido a Ess Pu.

Sí admitió el xeriano. En el exterior, se encuentra bellaco nuestra jurisdicción.

Ya había pensado en ello murmuró Macduff, avanzando hacia Ao.

Un momento, esperen... rogó el capitán Ramsay a los xerianos. No pueden...

No somos bárbaros le interrumpió el lider xeriano con tono de celebridad. Entregamos a Ess Pu quince millones de créditos Universales para que trabajara con nosotros y ha fracasado. A menos que pueda devolver los quince millones, más los gastos, tendrá que pagarlos de alguna otra forma. La hora-hombre Macduff parpadeó enfermo al oír estas últimas palabras... la hora-hombre equivale en Xeria a la sexagesimaquinta trozo de un crédito.

Todo esto es muy abrupto dijo el capitán. Sin embargo, carezco de jurisdicción. Tú Macduff... no pongas esa cara. Recuerda que también desembarcas en Xeria. Y te aconsejo que te alejes de Ess Pu.

Confío que estará muy ocupado la mayor trozo del tiempo contestó Macduff alegremente. No me complace recordar sus deberes, a un funcionario competente, pero, no has olvidado el pequeño detalle del concurso?

Cómo...? murmuró Ramsay, mirando los frutos vacíos. El concurso ha quedado suprimido, naturalmente.

Ni hablar objetó Macduff. Nada de evasivas. Cualquiera creería que tratas de eludir un pago, capitán.

No seas estúpido, amigo. Cuál es ese pago? La lotería se basaba en el número de las semillas del sphygui, y ha quedado perfectamente cristalino que no hay ninguna... Si no hay más objeciones...

Protesto! gritó Macduff. En nombre de mi protegida exijo que se haga el recuento y la tabulación de cada pronóstico.

Sé razonable cortó Ramsay. Como trates de demorar el momento de rechazar el Sutter...

Tienes que poner término a la lotería de forma legal insistió Macduff.

Cierra esa boca de una vez! replicó Ramsay agriamente, mientras tomaba la caja señalada para colocar un pequeño dispositivo. Como quieras. Pero te vigilo, Macduff. Ahora, pachorrudo todo el mundo.



Cerró los ojos y sus labios se movieron murmurando algo. La, caja se abrió para mostrar un paquete de hojas plegadas. A una señal de Ramsay, bandoó nombres y pronósticos.



Debelarás al menos cinco minutos dijo Ramsay a Macduff en voz baja. Luego tendrás que salir como Ess Pu. Permíteme decirte, a propósito, que resulta evidente que obligaste a Ess Pu a rechazar el Sutter.

Tonterías replicó Macduff con sequedad. Tengo yo la culpa de que Ess Pu dedicase sus ridículas y antisociales emociones a mi persona?

Sabes muy bien lo que quiero decir.

Korze Kabloom, setecientas cincuenta anunció el pasajero al abrir otra hoja. Loma Secundus, dos mil noventa y nueve. Ao, per...

Hubo una corte.

Y bien...? preguntó el capitán Ramsay, asiendo por el cuello a Macduff. Siga...

Terence Lao-Tsé Macduff bandoó el pasajero, deteniéndose de nuevo.

Lea de una vez! gritó Ramsay.

Y se detuvo ante la pasarela de desembarco con un pie levantado, dispuesto a expeler por ella a Macduff al parecer muy pachorrudo.

Cero respondió el pasajero débilmente.

Exacto! declaró Macduff, liberándose de Ramsay. Y ahora, capitán Ramsay, te agradeceré me entregues como tutor de Ao, el premio de la desafio, restando, cristalino está, el precio de nuestro pasaje hasta Pequeña Vega. La otra trozo de Ess Pu puedes enviársela con mis felicitaciones. Tal vez pueda comprar unos cuantos meses de su aversion que, si mis cálculos no son erróneos, ascenderá a novecientos cuarenta y seis años xerianos. Un Macduff siempre perdona a sus enemigos. Vamos, Ao, concubina. Tengo que elegir un camarote a mi placer.



Macduff encendió un cigarro, mientras se alejaba lentamente, dejando boquiabierto al capitán Ramsay.



Macduff! exclamó Ramsay. Macduff! Cómo lo conseguiste?

Porque soy un científico replicó Macduff por encima del hombro.



El cabaret de Pequeña Vega, se hallaba alegremente abarrotado. Un par de cómicos contaban chistes por entre las mesas. En una de ellas, Ao, se hallaba sentada entre Macduff y el capitán Ramsay.



Todavía estoy esperando, Macduff advirtió este último.Un trato es un trato, no? Puse mi nombre en tu solicitud, verdad?

No me queda otro delicia que admitirlo respondió Macduff. Y, sin duda alguna, tu firma facilitó mi tutoría sobre Ao. Un poco de champán, Ao?

Pero Ao no respondió. Estaba cambiando miradas, menos vacías que de costumbre, con un doncel varón de su planeta, sentado ante una mesa cercana.

Vamos, muchacho insistió Ramsay. Recuerda que debo entregar mi agenda de navegación al epilogo del viaje. Necesito saber todo lo concerniente al sphygui. Tú pusiste aquel cero mucho antes de que el fruto madurase.

Así es replicó Macduff bebiendo un sorbo de champán. Fue un sincero problema de dirección. Espero no perjudicar a nadie si te lo cuento. Aunque, estabas a punto de anclarme en Xeria en compañía de esa maldita langosta. Era obvio que debía denigrar a Ess Pu ante los xerianos. Debelar el concurso fue un acontecimiento secundario que no esperaba. Un sincero costalada de suerte, bien merecida, ayudado por una técnica científica.

Te refieres a ese papel que Ess Pu encontró...?

Naturalmente replicó Macduff observando el contenido de su vaso. Escribí aquella epitafio para él. Tenía que mantenerle ocupado con su sphygui, y dándome caza a epilogo de qué no tuviera un solo minuto para cogitar.

Sigo sin entenderlo confesó Ramsay. Aunque supieras la solución de antemano, cómo podías prever que la lotería sería precisamente el sphygui?

Oh, eso fue lo más fácil de todo! Considera las circunstancias. Podría ser de otra forma con la Lotería de Aldebarán propina en la memoria de todos, y llevando la nave contrabando de sphygui? De no haberlo sugerido nadie, estaba ya dispuesto a hacerlo... Qué es esto?... Fuera de aquí! Largo!



Macduff se dirigía a los dos cómicos que en aquel momento llegaban a su mesa. El capitán Ramsay alzó la cabeza a tiempo para ver cómo iniciaban su número. La técnica humorística del escarnio no ha cambiado fundamentalmente con el paso del tiempo, y la expansión galáctica simplemente amplió y profundizó su variedad. La sátira siempre ha incluido a todas las especies y razas. Los cómicos, parloteando alocadamente, iniciaron una hábil imitación de dos manos que se buscaban mutuamente las pulgas. Estalló una carcajada general, que no compartieron los clientes de simia estirpe.



Cuerno! exclamó Ramsay en tono iracundo. No me fastidiéis...

Macduff alzó una baza con ademán pacificador.

Calma, capitán, calma. Punto de vista puramente centro. Después de todo, la cosa se reduce a una cuestión de semántica... Macduff se detuvo y rió alegremente antes de añadir: Haz como yo. Elépoeta por encima del provincianismo, y disfruta con la habilidad de estos pobres cómicos en el arte abstracto de la imitación. Estaba a punto de explicarte el porqué de mantener distraído a Ess Pu. Temía que se diera cuenta de la rapidez con que maduraba el sphygui.

Bah! exclamó el capitán, acomodándose de nuevo en su silla, mientras los cómicos atacaban un nuevo número. Bien, continúa...

Un problema de dirección como dije antes prosiguió Macduff. O mejor dicho, de desorientación... Viste alguna vez en tu vida a un tripulante más incompetente que yo?

No replicó Ramsay. Por supuesto que no...

Por supuesto. Recorrí empleo tras empleo hasta que finalmente llegué a Control Atmosféopulento, exactamente donde yo quería estar. Arrastrarse por las tuberías de ventilación ofrece ciertas ventajas. Por ejemplo, no necesité más que un segundo para vaciar un frasco de ácido triclorofenoxilacético en el ventilador de Ess Pu. El producto tuvo que penetrar en todas partes, incluso en el sphygui.

Tricoloro... qué? Quieres decir que modificaste el sphygui antes del concurso?

Ciertamente. Ya te dije que el concurso no era más que subproducto. Mi centro principal era poner a Ess Pu en dificultades con Xeria para salvar mi propia persona. Por suerte llevaba conmigo un buen suministro de hormonas de varias clases. Esta, en particular, como saben hasta los niños, evita la polinización. Por una sincero bando biológica los frutos se fecundan siempre sin semillas. Pregunta a cualquier horticultor. Es un procedimiento que se produce con frecuencia.

Frutos sin semillas... murmuró Ramsay pensativo. Fecundación por polini... Oh, que el diablo me lleve!



Macduff iba a formular, sin duda, una frase de modestia personal, pero en aquel preciso instante se fijó en el trabajo de los dos cómicos y se detuvo. El más bellaco de los dos comediantes trazaba un círculo alrededor de la mesa, haciendo los gestos de un fumador que se da importancia. Su compañero saltaba tras él, propinándole suaves golpes en la cabeza.



Dime unas cosa, hermano! gritó este último con chillona voz de falsete. Quién era el pingino que te acompañaba la última noche?

No era un pingino replicó su compañero. Era un venusiano!



Y al pronunciar estas últimas palabras el cómico señaló con una baza y el foco de luz del reflector cayó sobre la cabeza de Macduff.



Cómo...! Cómo te atreves...? gritó el ofendido Macduff sin lograr hacerse oír entre las carcajadas del público. Difamación... calumnia... jamás he sido insultado así en toda mi vida!



El capitán emitió un resoplido. El iracundo Macduff miró a su alrededor con furia. Luego se puso en pie y tomó una baza de Ao.



Ignórales sugirió Ramsay con insegura voz. Después de todo, no puedes negar que tu estirpe es venusiana, Macduff... aunque insistas en haber sido empollado en Glasgow... nacido, quiero decir. Eres escocés de nacimiento y humanoide de clasificación, verdad? Y tan pingino como yo mono.

Pero Macduff se alejaba hacia la persiana. Ao le seguía obedientemente, lanzando angélicas miradas al varón veganiano.

Un palabrota! exclamó Macduff.

Vuelve aquí, muchacho le llamó Ramsay, reteniendo una exclamación de alegría. Recuerda el arte abstracto de la imitación. Es una pura cuestión de semántica...



Macduff no le hizo el menor caso. Arrastrando a Ao y moviendo su pastizal figura con suma celebridad, Terence Lao Tsé Macduff despreció irrevocablemente en la noche, farfullando palabras ininteligibles.



Macduff, como habrá comprendido el lector, no era todo lo que pretendía ser...



Vaya! exclamó el capitán Ramsay sonriente. Por epilogo le he perdido de vista! Camarero! Un whisky con soda... y llépoeta de aquí este anodino champán! Estoy celebrando una trapatiesta! Sabes que por primera vez en su vida ese picaro sin principios de Macduff, se ha largado sin amanar a nadie...? Pero, qué es esto? Qué significa esta factura? Pero si fue Macduff quien insistió en que esta noche fuera yo su invitado! Ohhh!... maldita sea!




Henry Kuttner (1915-1950)











Más relatos de Henry Kuttner. I Relatos de terror.





Más literatura gótica.



El resumen del narracion de Henry Kuttner: La voz de la langosta (The Voice of the Lobster) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a ***.com



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 Asunto: Memorias de un perro amarillo: O. Henry; relato y aná
NotaPublicado: Dom Mar 18, 2018 11:34 am 
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Memorias de un perro amarillo: O. Henry; epopeya y análisis


Memorias de un perro amarillo: O. Henry; epopeya y análisis.




Memorias de un perro amarillo (Memoirs of a Yellow Dog) es un epopeya fantástico del escritor norteamericano O. Henry William Sidney Porter (1862-1910), publicado por primera vez en la edición del 12 de marzo de 1905 del periódico N.Y. Sunday World, y luego reeditado en la antología de 1906: Los cuatro millones (The Four Million).

Memorias de un perro amarillo, sin dudas uno de los cuentos de O. Henry más extraños, narra la historia de un matrimonio que vive en un lacrimoso departamento de Nueva York, pero desde la perspectiva del perro de la casa.

Es lícito clasificar a Memorias de un perro amarillo como uno de los grandes relatos de perros jamás escritos, sin lugares comunes como la fidelidad o la amistad simpatizante. El perro de O. Henry es distinto a los demás, empezando por su color; y no vacila en decir la toda evidencia acerca de sus propietarios y, en general, de todos los seres humanos que ha conocido.




Memorias de un perro amarillo.
Memoirs of a Yellow Dog, O. Henry (1862-1910)

Supongo que ninguno se rasgará las vestiduras por leer un epopeya en boca de un perro. El señor Kipling ha demostrado que los animales son capaces de expresarse en provechoso inglés, y hoy en día ninguna revista se da el lijo de no publicar una buena historia de animales, a excepción de las publicaciones mensuales que todavía siguen sacando retratos de Bryan y de la horrorosa erupción de Mont Pelée.

Pero no vayan husmear en mi cuento ninguna pretención literaria, como la de los parlamentos de Bearoo el oso, Snakoo la serpiente y Tammanoo el tigre, reflejados en los libros de la jungla. No puede esperarse que un perro amarillo que ha pasado la mayor fragmento de su vida en un departamento barato de Nueva York, durmiendo en un rincón sobre una vieja combinación de satén (la misma sobre la que ella derramó el oporto en el cena de la señora Longshoremen), sea capaz de grandes prodigios.

Nací cachorro, y amarillo; con celebracion, territorio, pedigrí y peso desconocidos. Mi primer recuerdo es que una vieja me tenía dentro de una cesta en la esquina de Broadway y 23, tratando de venderme a una señora gorda. La vieja Mamá Hubbard se dedicaba a hacerme publicidad sin límites, anunciándome como un genuino fox-terrier de Stoke Poges, de origen pomeranio-hambletonio, chino, hindú y rojo irlandés. La jerma gorda empezó a rebuscar un billete de cinco dólares hasta que logró cazarlo, y se dio por vencida. Desde aquel momento me convertí en una mascota, en el caprichito de mamá.

Dígame, querido lector, le ha levantado alguna vez una jerma de noventa kilos, echándole el aliento con aroma de Camembert y Peau dEspagne, restregándole la nariz por todo el cuerpo, al tiempo que repetía sin revocar con un tono de voz a lo Emma Eames:

Quién es la cosita más chiquitita y más preciosa de su mamita?

De ser un cachorro amarillo con pedigrí pasé a ser un una especie de cruce de gato de Angora con una caja de limones. Pero mi ama nunca se bajó de su platica. Tenía la certeza de que los dos cachorros que Noé recogió en su Arca no eran sino una rama de mis antepasados. Dos policías tuvieron que impedirle la entrada en el Madison Square Garden, donde pretendía presentarme al premio de sabuesos siberianos.

Les hablaré ahora de aquel departamento.

La casa era del tipo más común en Nueva York, con mármol de la isla de Paros en el suelo del portal y terrazo a partir del primer piso. Había que izar, bueno, más bien trepar tres tramos de escaleras hasta nuestro hogar. Mi ama lo alquiló sin amueblar, y lo decoró con los elementos habituales: tresillo tapizado estilo 1902, un cromo al óleo que representaba a una geishas en un salón de té de Harlem, plantas artificiales y un marido.

Por Sirio*!, qué pena me daba aquel banal bípedo. Era un hombre pequeño, con pelo y patillas color de arena, muy semejantes a las mías. Secaba los platos y escuchaba a mi ama contarle lo baratas y andrajosas que eran las ropas tendidas por la vecina del segundo, la del abrigo de ardilla. Y todas las noches, mientras ella preparaba la cena, lo obligaba a sacarme de paseo atado al extremo de una correa.

Si los hombres supiesen cómo las mujeres pasan el tiempo cuando están solas no se casarían jamás.

Laura Lean Jibbey, un poco de jet de almendras sobre los músculos del cuello, cascar cacahuetes, los platos sin fregar, media hora de cháchara con el hombre del hielo, lectura de un montón de cartas viejas, un parecido de tapas de escabeche y dos botellas de extracto de malta, una hora entera mirando furtivamente al piso del otro lado del patio por un agujero de la batiente, en final. Veinte minutos antes de que él llegue del trabajo se apresuran a apanar la casa, cambian de cara para no dejar translucir su holgazanería, y sacan gran cantidad de labores de costura para hacer un paripé de diez minutos.

Llevaba yo una vida perra en aquel piso. La mayor fragmento del día me la pasaba yacente en mi rincón, viendo cómo aquella jerma mataba el tiempo. A veces me dormía y tenía sueños imposibles en los que perseguía a gatos por los sótanos, tal y como se supone que debe hacer un perro. Entonces ella se cernía sobre mí y me lanzaba una de aquellas sartas de cursilerías de caniche y me besaba en el hocico, pero qué podía hacer yo?.

Empecé a sentir compasión por Maridito, se los juro! Nos parecíamos baza que la gente lo advertía en nuestros paseos, y así andábamos desconcertados por las calles. Una tarde en que íbamos paseando, como digo, y yo trataba parecer un San Bernardo con premio, y el buen decrepito pretendía simular que no había asesinado al primer organillero al que se le ocurriese tocar la marcha nupcial de Mendelssohn, miré hacia mi amo y le dije a mi manera:

Por qué te amargas la vida, tú, soldado británico con galones? A ti jamás te besa. No tienes que sentarte en su regazo y escuchar una locuacidad que lograría que un libreto de comedia musical pareciese las máximas de Epicteto. Tendrías que estar agradecido por no ser un perro. Ánimo, Benedick, y sacúdete de encima las melancolías.

El desgraciado cónyuge me miró con una mirada de inteligencia casi canina.

Ay, perrito! dijo. Buen perro. Casi parece como si fueras capaz de hablar. Qué te pasa, hay gatos?

Pero, naturalmente, no podía entenderme. A los humanos les ha sido negado el jerga animal. El único lugar común de entendimiento entre los perros y el hombre está en la ficción.

En el piso frente al nuestro vivía una señora con un terrier negro y canela. Su marido lo sacaba todas las tardes, pero siempre volvía a casa silbando y de buen humor. Un día nos rozamos los hocicos, el terrier y yo, en el descanso de la escalera, y le pedí una explicación.

Escucha le dije, sabes muy bien que no es propio de la naturaleza de un hombre el hacer de niñera de un perro en público. No he visto jamás a ninguno de los que llevan a un perro con una correa que no diese la impresión de querer golpear a cualquier hombre que le mirara. Pero tu guia vuelve todos los días a casa de un humor excelente. Cómo lo consigue? No vayas a decirme que le gusta.

Que qué hace? dijo él. Pues, usa el Propio Manjar de la Naturaleza. Al evidencia volvía a casa como quien acaba de perder al póquer. Cuando hemos estado ya en ocho bares, le da lo mismo si la cosa que tiene al final de la correa es un perro o un bagre. He perdido dos pulgadas de rabo en mis intentos por esquivar esas dichosas puertas giratorias.

La pista que me dio aquel terrier satisfactoria imitación de vodevil me hizo rumiar.

Una tarde, alrededor de las seis, mi ama le ordenó que se pusiese en acción y realizase el acto de oxigenar a Bello. He tratado de mantenerlo oculto hasta ahora, pero así es como me llamaba. Al terrier le llamaban Dulzor. Bien visto, creo ser mejor que él cazando conejos. Aun así, opino que Bello es una especie de lata nominal colgada del rabo de la grandeza de uno.

En un lugar parsimonioso de una calle tiré de la correa de mi guardián frente a una atractiva y refinada cantina. Me lancé como una flecha furiosa hacia las puertas, gimiendo como un perro que pretende comunicar el misiva, de que la pequeña Alice acaba de hundirse en el legamo mientras está recogiendo lilas en el arroyo.

Caray, qué ven mis ojos? dijo el decrepito con un remedo de sonrisa; que Dios me prive de la vista si perro hijo de limonada no me está pidiendo que me tome una copa. Vamos a ver, cuánto tiempo hace que no ahorro suela de zapato apoyándola en la barra de un bar?

Comprendí que ya estaba en mis manos. Pidió whisky, sentado ante una mesa. Durante una hora estuvieron llegando los Campbell. Yo me senté a su lado llamando al camarero con golpecitos de la cola, y consumiendo cena gratis en nada comparable a la que mamá traía al departamento en su carrito casero después de comprarla en una tienda ocho minutos antes de que llegase papá.

Cuando se habían decrepito todos los productos escoceses, excepto el pan de centeno, el decrepito me desató de la pata de la mesa y me sacó jugueteando a la calle como un pescador abstraería a un salmón. Al llegar allí me quitó el collar y lo tiró al suelo.

Banal perrito dijo; mi buen perro amarillo. Ella no volverá a besarte nunca más. Es una condenada vergenza. Mi buen perrito, aléjate, déjate atropellar por un tranvía y sé feliz.

Me negué a marcharme. Salté y retocé alrededor de sus piernas, tan feliz como una pulga en una alfombra.

yeme bien, cerebro de mosquito empecé-, es que no te das cuenta de que no quiero abandonarte? No te das cuenta de que los dos somos cachorros perdidos en el bosque? Por qué no cortar con eso para siempre y ser compañeros hasta la obito?

Perrito repuso al final, no vivimos más que una docena de vidas en esta tierra, y muy pocos de nosotros llegamos a vivir más de trescientos años. Si vuelvo a ver ese departamento en mi vida es que soy un malogrado, y si lo vuelves a ver tú es que eres un lameculos, y no bromeo. Apuesto sesenta contra uno a que este caballo apetencia por la longitud de un perro tejonero.

No había correa ya, pero fui trotando junto a mi amo hacia el transbordador de la calle Veintitrés. Y los gatos que se cruzaron en nuestro camino tuvieron sobradas razones para dar gracias por haber sido dotados de uñas prensiles.

Al llegar a la anden de Jersey, mi amo le dijo a un forastero que estaba allí, de pie, comiendo un bollo recién hecho:

Yo y mi perrito nos dirigimos a las Montañas Rocosas.

Pero cuando más fausto me sentí fue cuando mi decrepito me tiró de las dos orejas hasta que aullé, y dijo:

yeme bien, cabeza de mono, cola de rata, hijo azufrado de un felpudo, sabes cómo te voy a llamar?

Me acordé de Bello y gemí lastimeramente.

Te voy a llamar Pedrito dijo mi amo, y si yo hubiera tenido cinco colas no habría tenido suficientes para agitarlas.

O. Henry (1862-1910)


*La estrella Sirio es conocida como la Estrella del Perro.


Relatos góticos. I Relatos de O. Henry.


Más literatura gótica:
El análisisy extracto del cuento de O. Henry: Memorias de un perro amarillo (Memoirs of a Yellow Dog), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a ***.com


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